ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD
EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ
Décimo novena entrega

“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”
(Félix III, Papa)
VENIDA DEL MESÍAS
EN GLORIA Y MAJESTAD
PARTE SEGUNDA
Que comprende la observación de algunos fenómenos particulares sobre la Profecía de Daniel, y venida del Anticristo.
Fenómeno II
Las cuatro bestias del capítulo séptimo del mismo Daniel
El misterio de estas cuatro bestias, dicen todos los intérpretes de la Escritura que es el mismo que el de la estatua, representado solamente por diversos símbolos o figuras.
En esta suposición, que les parece cierta, no tienen que hacer aquí otra diligencia que procurar acomodar del modo posible a los cuatro reinos célebres de la estatua todo lo que dice de las cuatro bestias, con esta sola diferencia, bien digna de particular atención; a saber, que este último misterio, no obstante de ser el mismo que el de la estatua, según dicen, no lo concluyen como el primero, en la primera venida del Mesías, así les fuera de algún modo posible, sino que pasan muy adelante, y lo llevan hasta la segunda; llevando por consiguiente hasta aquel tiempo su imperio romano, bajado de la luna, o resucitado.
Este imperio romano, prosiguen diciendo, es el que aquí se representa bajo la figura de una bestia nueva y ferocísima, esto es, la cuarta, coronada de diez cuernos terribles, que el Profeta mismo explica diciendo que significan otros tantos reyes, los cuales aunque en el imperio romano, mientras vivía en este mundo, nadie los ha podido señalar; mas es cosa fácil señalarlos, a lo menos en general, para otros tiempos todavía futuros.
Estos diez reyes, pues (nos advierten con gran formalidad), hasta ahora no han venido al mundo; pero vendrán infaliblemente hacia el fin del mismo mundo. Aunque el Profeta los pone en la cabeza de la cuarta bestia, esto es, del imperio romano (nos advierten segunda vez), no por eso serán reyes del imperio romano, sino que saldrán de este imperio, y habiendo salido de este imperio, irán a reinar a otras partes, y en ellas harán todos aquellos males y estragos horribles que anuncia la profecía.
Esto es lo mismo que si dijéramos, según me parece, los cuernos que vemos en la cabeza, verbi gratia de un toro, no son en realidad cuernos de un toro, sino cuernos que han salido del toro y habiendo salido del toro hacen grandes males, y matan mucha gente, sin que el toro tenga en esto la menor parte; lo cual no dejará de parecer una novedad bien singular.
Veis aquí, señor, una prueba bastante buena de lo que acabamos de apuntar al fin del fenómeno antecedente; digo, del respeto y acatamiento mal entendido a los soberanos, que obliga a los doctores a disfrazar algunas verdades, o tal vez no conocerlas. Como piensan por una parte que la cuarta bestia de diez cuernos es el imperio romano, que suponen vivo; como piensan, por otra parte, que todos los soberanos de la Europa, del Asia, y del África, donde antiguamente dominaba Roma, son reyes del imperio romano (y no se alcanza cómo puedan caber ideas tan falsas en hombres tan cuerdos); como piensan, en suma, del mismo modo que se pensaba en el cuarto siglo, cuando el imperio romano estaba en su mayor esplendor y grandeza, no quieren que se piense que hablan de aquella reliquia del imperio romano que queda en Alemania, ni tampoco de los reyes que se han dividido entre sí, muchos siglos ha, lo que era antiguamente imperio romano.
Pues ¿cómo será? No hay otro remedio para poder cumplir con tantas y tan graves obligaciones, sino hacer salir del imperio romano (¿de cuál?) diez reyes que vayan a reinar por ese mundo, y hagan por allá lo que les pareciere.
Mas dejando estas cosas, que parecen tan poco serias, atendamos ya a la observación de nuestro fenómeno.
Dos puntos principales contiene este misterio, que piden toda nuestra atención, ni más ni menos que el misterio de la estatua.
El primero es, las bestias mismas, o el conocimiento y verdadera inteligencia de lo que en ellas se simboliza.
El segundo, la venida en las nubes de cierto personaje admirable, que al profeta le pareció, como Hijo de Hombre, y todas las resultas de su venida. Aunque este segundo punto es el principal, y el que hace inmediatamente a nuestro propósito, no por eso deja de ser importante, y aun necesaria la inteligencia del primero.
Descripción de las cuatro bestias
Y explicación de este misterio, según se halla en los expositores
El año primero de Baltasar, rey de Babilonia, vio Daniel un sueño y visiones que pasaban por su cabeza mientras estaba en su cama. En seguida escribió el sueño en forma de un resumen. Yo estaba mirando durante mi visión nocturna, dice Daniel tomando la palabra, y vi cómo los cuatro vientos del cielo revolvían el Mar Grande. Y subieron del mar cuatro grandes bestias, diferentes una de otra. La primera era como una leona, y tenía alas de águila. Mientras estaba todavía mirando, le fueron arrancadas las alas, y fue levantada de la tierra y puesta sobre sus pies como un hombre; y se le dio un corazón de hombre. Y vi otra bestia, la segunda, semejante a un oso; que se alzaba a un lado; tenía tres costillas en su boca, entre sus dientes, y le dijeron así: «¡Levántate y come carne en abundancia!» Después de esto seguí mirando, y vi otra, semejante a un leopardo, con cuatro alas de ave en sus espaldas. Tenía esta bestia cuatro cabezas; y le fue dado el dominio. Después de esto continué mirando la visión nocturna y vi una cuarta bestia, espantosa y terrible y extraordinariamente fuerte, que tenía grandes dientes de hierro. Devoraba y desmenuzaba, y lo que sobraba lo hollaba con los pies. Era diferente de todas las bestias anteriores y tenía diez cuernos. Estaba yo contemplando los cuernos, cuando divisé otro cuerno pequeño, que despuntaba entre ellos; y le fueron arrancados tres de los primeros cuernos. Y he aquí que había en este cuerno ojos como ojos de hombre y una boca que profería cosas horribles. (Dan., VII, 1-8).
Este es el texto de la primera parte de la profecía consideremos ahora la explicación común de los intérpretes.
La primera bestia, dice el Profeta, era semejante a una leona con alas de águila. A esta bestia, añade, la estuve mirando con atención, hasta que vi que la arrancaban las alas, la levantaron de tierra, ella se puso en pie como hombre y se le dio corazón de hombre.
Esta primera bestia, nos dice la explicación, corresponde a la cabeza de oro de la estatua, o al primer imperio de los Caldeos; se representa en figura de leona con alas, por su generosidad, valor e intrepidez, y por la suma ligereza con que hizo sus conquistas. Lo demás que se dice de esta leona, esto es, que la arrancaron las alas, que la levantaron de la tierra, que se puso en pie como hombre, y se le dio corazón de hombre, no significa otra cosa sino aquel célebre y justísimo castigo que dio el Señor a Nabuco, primer monarca de este primer reino, quitándole por fuerza las alas, esto es, el reino mismo, transformándolo formándolo en bestia, y después de algún tiempo volviéndolo a su juicio, dándole corazón de hombre, y restituyéndolo a su antiguo honor y dignidad.
Esta explicación no hay duda que tiene muy bellas apariencias, y aunque pudieran notarse en ella algunas impropiedades e inconexiones bien visibles, yo me contento con haceros notar una sola, porque no puedo disimular.
Ya sabéis el tiempo preciso en que este Profeta tuvo esta visión, que fue, como él mismo lo dice, en el año primero de Baltasar, rey de Babilonia (Dan., VII, 1). Segura esto, es evidente que el trabajo de Nabuco (llamo así esta trasformación en bestia, o lo que parece más verosímil, pérdida de su juicio, demencia, locura, frenesí, etc.) fue muy anterior a la visión. Este trabajo duró cuando menos siete años, después de los cuales volvió otra vez a reinar, no sabemos cuánto tiempo, hasta que por su muerte se sentó en el trono Baltasar, en cuyo tiempo sucedió la visión.
Ahora, ¿os parece creíble que Dios revelase a este Profeta debajo de un símbolo o figura tan oscura, un suceso público, que ya había pasado algunos años antes? ¿Un suceso, que el mismo Profeta había visto por sus ojos, como que estaba en Babilonia, y con oficio en palacio? ¿Un suceso, en fin, que el mismo Daniel se lo había anunciado al rey de parte de Dios un año antes que se verificase?
La cosa es realmente difícil de creer; mas será necesario creerlo así, si creemos buena la explicación. Desde aquí podemos ya empezar a sospechar que el misterio de esta bestia acaso es muy diverso de lo que hasta ahora se ha pensado; la cual sospecha deberá crecer al paso que la fuéremos mirando más de cerca, confrontándola con la explicación. La que acabáis de oír de la primera bestia no parece la más difícil, ni la más impropia de todas.
Algunos autores se dan por entendidos de la dificultad que hemos apuntado; mas responden en breve, que la visión de esta primera bestia, con todas las circunstancias con que se describe, no fue para revelar algún suceso nuevo, oculto, o futuro, sino solamente para tomar el hilo de aquel misterio, esto es, de los cuatro imperios, desde su principio. Yo dudo mucho, que os pueda contentar esta decisión, por más que se presente con figura de explicación.
La segunda, prosigue el Profeta, era semejante a un disforme oso, el cual se puso a una parte, o a un lado. Tenía en su boca y en sus dientes tres órdenes, y le decían estas palabras: levántate y come muchas carnes (Dan., VII, 5).
Esta bestia, nos dicen, figura el imperio de los Persas, y corresponde al pecho y brazos de la estatua. ¿Cómo y en qué? ¿Qué similitud puede tener el imperio de los Persas, aun permitido que fuese un imperio diverso del de los Caldeos, con una bestia tan feroz y tan horrible a la vista como el oso? ¿Con qué propiedad se puede decir del imperio de los Persas que se puso a una parte, o a un lado (Dan., VII, 5), como lee Pagnini? ¿A qué propósito se le dice a este imperio: levántate, y come carnes en abundancia?
Ved aquí lo único que sobre esto se halla, no en todos, sino en algunos intérpretes de los más ingeniosos y eruditos. La semejanza con el oso, dicen, no deja de cuadrarle bien al imperio de los Persas; pues como dice Plinio, la osa pare sus hijos tan informes, que no se les ve figura de osos, ni casi de animales, hasta que la madre, a fuerza de lamerlos y frotarlos con su lengua, les va dando la forma y figura de lo que son en realidad. De esta suerte, añaden, Ciro, fundador de este imperio, viendo a los Persas informes, bárbaros y salvajes, les dio con su lengua, esto es, con sus exhortaciones e instrucciones, la forma y figura de hombres racionales, los hizo después de esto soldados, los llenó de valor y coraje militar, y conquistó con ellos tres órdenes de presas o de comidas, esto es, la Caldea, la Media y la Persia misma.
¡Cosa admirable! Aunque fuese cierto todo lo que aquí se dice de Ciro; tomado en gran parte de su panegirista Jenofonte (a quien ningún hombre sensato ha tenido jamás en esto por historiador), ¿será creíble a algún hombre sensato que el Espíritu Santo tuviese en mira el parto de la osa, ni las supuestas instrucciones de Ciro, para figurar con esta bestia el imperio de los Persas? ¡Oh!
¡Con cuanta mayor razón y prudencia proceden otros doctores, los cuales suponiendo que en el oso se figura el imperio de los Persas, no se detienen en probarlo con proporciones y congruencias, que les podrían hacer poquísimo honor! Vamos adelante.
La tercera bestia parecía un pardo o tigre: tenía cuatro alas como ave, y cuatro cabezas, y se le dio potestad (Dan., VII, 6). Este es, dicen, el imperio de los Griegos, correspondiente al vientre y muslos de la estatua. Viene aquí figurado en un pardo o tigre, por la variedad de colores, esto es por la variedad de gobiernos, y también por la variedad de artes, y ciencias que florecían entre los Griegos. También, porque como dice Aristóteles y Plinio, el pardo atrae a sí otras bestias inocentes con sus juegos, diversiones y halagos fingidos; y los Griegos con su elocuencia, con su industria, con sus juegos públicos, con sus poesías, con sus artes y ciencias, que cada día inventaban, atraían a sí otras naciones sencillas e inocentes, y seguramente les bebían la sangre, esto es, el dinero.
Ahora, las cuatro alas de este pardo, y sus cuatro cabezas deben significar una misma cosa, esto es, que el imperio que fundó Alejandro se dividiría después de su muerte en cuatro cabezas, y hacia los cuatro vientos, como sucedió, o por mejor decir, como no sucedió, pues los sucesores de Alejandro sólo fueron dos, Seleuco, y Ptolomeo, que el mismo Daniel llama rey de Aquilón, y rey de Austro. Mas esto parece nada en comparación de otras mil impropiedades y frialdades que yo dejo a vuestra reflexión. Volved a leer lo que queda observado en el fenómeno antecedente sobre el imperio de los Griegos.
La cuarta bestia en fin, como la más terrible de todas, es también la que más resiste a la explicación del sistema ordinario. Como todas las cosas que dicen de ella pertenecen manifiestamente a los últimos tiempos por confesión de los mismos doctores; como por otra parte, el imperio romano (en quien todas se deben acomodar según el sistema) días ha que ha desaparecido del mundo, y nadie sabe dónde se halla; es una consecuencia natural y forzosa, que la acomodación al imperio romano sea infinitamente difícil y embarazosa; pero al fin no hay otro recurso; todo se debe acomodar al imperio romano, cueste lo que costare.
Por consiguiente este imperio no sólo existe, sino que debe durar hasta el fin del mundo. En efecto, todos lo suponen así. Preguntadles ahora sobre qué fundamento, y quedaréis llenos de admiración, al ver que os remiten por toda respuesta a esta cuarta bestia, y os hacen notar los estragos que ha de hacer hacia los últimos tiempos, su castigo, su muerte, su sepultura, etc.
¿Y no hay otro fundamento que este? No, amigo, no hay otro, ¿Y si por desgracia esta cuarta bestia no significa el imperio romano, sino otra cosa diversísima? En este caso ¿no caerá todo el edificio por falta de fundamento? Sí; en este caso caerá; mas no hay que temer este caso, porque algunos antiguos sospecharon que el imperio romano (que en su tiempo se hallaba en la mayor grandeza y esplendor) duraría hasta el fin del mundo, creyendo que estaba figurado en esta cuarta bestia, y así lo han creído, y sospechado después casi todos los doctores.
No obstante esta persuasión común, yo voy a proponer una razón que tengo (dejando otras por brevedad) para no creer, que en la cuarta bestia se figure el imperio romano, aun prescindiendo de su existencia, o no existencia actual. Esta misma razón comprende a las tres primeras bestias, para tampoco creer que en ellas se figuran los otros tres imperios.
Argumento así, y pido toda vuestra atención. Si la cuarta bestia figura el imperio romano, y las otras tres figuran los otros tres imperios, no solamente el imperio romano, sino también los otros tres imperios de Caldeos, Persas, y Griegos, deben estar vivos y coexistentes en los últimos tiempos. O conceden esta proposición, o la niegan.
Si la conceden (lo que parece duro de creer), se les pide alguna buena razón, para hacer salir del sepulcro aquellos tres imperios, de quienes apenas nos queda alguna memoria por los libros.
Si la niegan, se les muestra al punto el texto expreso de esta misma profecía, el cual no pueden negar sin negarse a sí mismos. Y vi (dice el profeta, versículo 11) que había sido muerta la bestia, y había perecido su cuerpo, había sido entregado al fuego para ser quemado. Y que a las otras bestias se les había también quitado el poder, y se les habían señalado tiempos de vida hasta tiempo y tiempo (Dan., VII, 11-12).
De modo que, según la explicación de los doctores, la cuarta bestia, esto es, el imperio romano morirá muerte violenta en los últimos tiempos: su cuerpo perecerá y será arrojado al fuego, sin que puedan librarle los diez cuernos que tiene en la cabeza, y después de ejecutada esta justicia, las otras tres bestias, esto es, los tres primeros imperios de Caldeos, Persas, y Griegos, serán despojados de su potestad; y vi que había muerto la bestia… y que a las otras bestias se les había también quitado el poder… De aquí se sigue, evidentemente, que los tres primeros imperios no menos que el romano estarán en aquel mismo tiempo vivos, coexistentes, y cada uno con toda su potestad, y si no, ¿qué potestad se les podrá entonces quitar?
Apuro un poco más el argumento. Si las tres primeras bestias figuran los tres imperios de Caldeos, Persas, y Griegos, como la cuarta el imperio romano, parece necesario, que aquellos tres imperios primeros, no sólo duren tanto tiempo cuanto el romano, sino que le sobrevivan y alcancen en días. ¿Por qué? Porque expresamente dice la profecía, que muerta la cuarta bestia, a las otras tres se les quitó solamente la potestad, mas no se les quitó la vida, antes se les señaló algún tiempo o tiempos en que debían todavía vivir (Dan., VII, 12); el cual tiempo o tiempos no sabemos precisamente cuánto tiempo significa.
Ahora, pregunto yo, ¿qué sentido tienen estas palabras? ¿Cómo se pueden acomodar a los cuatro imperios de los últimos tiempos? Empresa verdaderamente difícil, imposible, y al mismo tiempo la más fácil de todas en el modo ordinario de exponer la Escritura.
Algunos autores, clásicos por otra parte, tocan este punto, y dan muestras de querer resolver esta dificultad, o a lo menos, de querer desembarazarse de ella del modo posible; mas, ¿qué es lo que responden? Apenas lo creyera, si no lo viera por mis ojos. Lo que responden es que, aunque el Profeta vio estas cosas después de la cuarta bestia; aunque entonces vio que despojaban de su potestad a las tres primeras bestias, y les señalaban cierto espacio de vida, no por eso se sigue que entonces sólo se haya de verificar, así el despojo de la potestad de las bestias, o de los imperios, como la asignación o limitación precisa de tiempo que debían vivir; pues estas son cosas muy anteriores.
A estas bestias, prosiguen, se les quitó la potestad; no a todas en un mismo tiempo, sino a cada cual en el suyo. A la primera, esto es, al imperio de los Caldeos, se les quitó en tiempo de Darío, y Ciro. A la segunda, esto es, al imperio de los Persas, en tiempo de Alejandro. A la tercera, esto es, al imperio de los Griegos, en tiempo de los Romanos; y al imperio romano se le quitará la potestad en los últimos tiempos.
Lo que añade el Profeta, esto es, que a las tres primeras bestias despojadas de su potestad se les señaló algún espacio más de vida, hasta tiempo y tiempo, no tiene otro misterio, sino que estos tres primeros imperios, así como todas las cosas caducas de este mundo, tuvieron su tiempo de vida fijo y limitado desde la eternidad por la providencia.
Leed otra vez el texto y juzgad: y vi, que había sido muerta la bestia, y había perecido su cuerpo, y había sido entregado al fuego para ser quemado. Y que a las otras bestias se les había también quitado el poder, y se les habían señalado tiempos de vida.
El poco caso que se hace, o que se afecta hacer de este texto, omitiéndolo unos como cosa de poco momento, dándole otros la inaudita explicación que acabáis de oír, ¿os parece, amigo, que será sin misterio? Por más que se quiera disimular, es visible y claro que debe poner en gran cuidado lo que aquí se dice sobre el fin de las bestias, conocidamente incompatible con las ideas ordinarias. Porque ¿qué quiere decir, que muerta la cuarta bestia, quedarán las tres primeras sin potestad, pero con vida? ¿Qué quiere decir lo que se añade poco después, esto es, que la potestad, reino o imperio, se dé al que acaba de llegar en las nubes, como Hijo de Hombre, y junto con él a todo el pueblo de los santos del Altísimo? ¿Qué quiere decir que la potestad, reino o imperio que se da entonces a Cristo y a sus santos, comprende todo cuanto esta debajo de todo el cielo? (Dan., VII, 27).
Todo esto es necesario que ponga en gran cuidado a los que piensan y dan por supuesto que el Señor ha de venir a la tierra por muy breve tiempo para volverse luego, que a su venida ha de hallar resucitado a todo el linaje humano, que luego al punto ha de hacer su juicio de vivos y muertos, y antes de anochecer se ha de volver al cielo con todos sus santos, etc.
Por tanto no hay otro remedio más oportuno, que o despreciar este cuidado, no dándose por entendidos de estas menudencias, o darles alguna especie de explicación, la primera que ocurra, que el pío y benigno lector les pasará por todo.
Párrafo III
Se propone otra explicación de estas cuatro bestias
Habiendo visto y considerado lo que sobre este misterio nos dicen los doctores, y quedando poco o nada satisfechos de su explicación, es bien que busquemos otra más verosímil, que se conforme enteramente con el texto sagrado, y con el contexto de la profecía.
Yo voy a proponer una que me parece tal. Si después de bien mirada y examinada intrínseca y extrínsecamente, no se hallare digna de particular atención, ni proporcionada a la grandeza de las metáforas que usa aquí el Espíritu Santo, fácil cosa es desecharla y reprobarla, poniéndola en el número de tantas otras, que en otros asuntos semejantes han merecido esta censura.
Así como yo no admito, antes tengo por impropia, por violenta, por falsa e improbable, la explicación que hasta ahora se ha dado a estas bestias metafóricas, así del mismo modo cualquiera es libre y perfectamente libre para admitir la que voy a proponer.
Esta yo no puedo probarla con evidencia, con la autoridad de la divina Escritura, porque se trata de una metáfora oscura, que la Escritura misma no explica, como suele hacerlo con otras metáforas. Así, sólo la propongo como una mera sospecha vehementísima, y a mi parecer fundada en buenas razones de congruencia, cuyo examen y decisión no me toca a mí, sino al que leyere.
Aun en caso de reprobarse, o no admitirse esta explicación, no por eso perderá alguna cosa sustancial nuestro sistema general, pues sea de estas bestias lo que yo pienso, o sea otra cosa diferente que hasta ahora no se ha pensado, a lo menos es evidente que todo ello se encamina, y todo se concluye perfectamente en la segunda parte de esta profecía, que es la que hace inmediatamente a mi asunto principal.
Y, primeramente, yo no puedo convenir en que el misterio de las cuatro bestias sea el mismo que el de los cuatro metales de la estatua, si a lo menos no se considera este último por otro aspecto muy diverso, o no se le añade alguna circunstancia sustancial y gravísima, que lo haga mudar de especie absolutamente.
El Profeta mismo dice de sí, acabando de referir esta última visión, versículo quince se horrorizó mi espíritu, yo Daniel fui consternado de estas cosas, y me conturbaron las visiones de mi cabeza (Dan., VII, 15).
Si hubiese visto el mismo misterio, ¿qué razón había para horrorizarse y conturbarse? ¿Este misterio no lo sabía muchos años antes? ¿No se lo había revelado Dios en su juventud? ¿El mismo no se lo había explicado individualmente a Nabuco, sin dar muestra de horror ni conturbación? Pues ¿por qué se horroriza y conturba en otra visión del mismo misterio?
Luego o el misterio no es el mismo, o a lo menos en esta segunda visión se le mostró el misterio por otro aspecto muy diverso, y él vio otras cosas de mayor consecuencia, capaces de conturbar y horrorizar a un Profeta, en aquel tiempo ya viejo y acostumbrado a grandes visiones.
Fuera de esto, a poca reflexión que se haga, comparando los cuatro metales con las cuatro bestias, se halla una diferencia tan sensible, cuanto difiere un cuerpo muerto de un cuerpo vivo, o cuanto va de una estatua inmóvil y fría, a un viviente que se mueve y obra.
No por eso decimos, que las cuatro bestias no simbolicen cuatro reinos, y los mismos reinos de la estatua, si así se quiere, pues expresamente se le dijo al Profeta en medio de la visión. Estas cuatro bestias grandes son cuatro reinos, que se levantarán de la tierra (Dan., VII, 17).
Lo que únicamente decimos es, que simbolizan los cuatro reinos mirados por otro aspecto diversísimo del que se miran en la estatua. En esta se miran los reinos solamente por su aspecto material, es decir, por lo que toca a lo físico y material de ellos mismos, sin respecto o relación con lo espiritual. En las bestias al contrario, se miran los reinos por el aspecto formal, esto es, en cuanto dicen relación a lo espiritual, como la dicen todos por precisión.
Más claro; en el misterio de la estatua se prescinde absolutamente de la religión de los reinos, ni hay señal alguna en toda la profecía de donde poder inferir alguna relación, o respecto o comercio de los reinos mismos con la divinidad. Sólo se habla de grandezas materiales, de conquistas, de pleitos, de dominación de unos hombres sobre otros, de fuerza, de violencia, de destrozos, de enemistades, de amistades, de casamientos, etc.; y todo ello figurado por metales de la tierra, por sí mismos fríos e inertes; mas en el misterio de las bestias no es así, se divisan algunas señales nada equívocas de religión, o de relación a la divinidad, verbi gratia, el corazón de hombre, que se le da a la primera bestia, las blasfemias contra el verdadero Dios, la persecución de sus santos, la opresión y humillación de estos mismos, el consejo, en fin, y tribunal extraordinario que se junta, en que preside el Anciano de días, para juzgar una causa tan grave que parece por todas sus señas una causa de religión, que inmediatamente pertenece a Dios.
En suma, en el misterio de la estatua solamente se habla de los reinos por la parte que estos tienen de tierra, o de terrenos, sin otro respecto o relación que a la tierra misma; mas en el misterio de las bestias ya se representan estos reinos con espíritu y con vida, por el respecto y relación que dicen a la divinidad; pero con espíritu y vida de bestias salvajes y feroces, porque este respecto y relación a la divinidad no se endereza a darle el culto y honor que le es debido; sino antes a quitarle este culto, y a privarle de aquel honor.
Estas dos cosas de que vamos hablando parecen necesarias y esenciales en un reino cualquiera que sea, esto es, lo material y terreno, que es todo lo que pertenece al gobierno político y civil, y lo formal o espiritual, que pertenece a la religión.
Según esto podemos ahora discurrir, sin gran peligro de alejarnos mucho de la verdad, que estas cuatro bestias grandes y diversas entre sí, no significan otra cosa que cuatro religiones grandes y falsas, que se habían de establecer en los diversos reinos de la tierra figurados en la estatua.
Todas cuatro grandes en la extensión, todas cuatro diversas entre sí (Dan., VII, 3); mas todas cuatro muy semejantes y muy hermanas en ser todas falsas, brutales, disformes y feroces, las cuales, como otras tantas bestias salidas del infierno, habían de hacer presa en el mísero linaje de Adán, habían de hacer en él los mayores estragos, y lo habían de conducir a su última ruina, y perdición irremediable y eterna.
Aquí, según parece, no se trata ya en particular de Caldeos, ni de Persas, ni de Griegos, ni de Romanos. No es este el aspecto de los reinos que aquí se considera. Ya este aspecto queda considerado en el misterio de la estatua. Se considera, pues, en general todo reino, todo principado, toda potestad, todo gobierno de hombres, comprendido todo en los cuatro reinos o imperios célebres que se han visto en esta nuestra tierra, sin atender en ellos a otra cosa, que a la religión dominante de ellos mismos.
Estas religiones falsas y disformes, aunque en los accidentes y en el modo han sido y son innumerables; todas ellas se reducen fácilmente a solas cuatro grandes y diversas entre sí. El Profeta de Dios las representa aquí con la mayor puntualidad y propiedad posible, las tres bestias conocidas de todos, y conocidas por las más salvajes, las más feroces y más dignas de horror y de temor. La cuarta debajo de la semejanza de otra bestia del todo nueva, inaudita en los siglos anteriores, diferentísima de todas las otras, y que une en sí sola la ferocidad de todas las demás.
Párrafo IV
Explicación de la primera bestia
La primera como leona, y tenía alas de águila; mientras yo la miraba, le fueron arrancadas las alas, y se alzó de tierra, y se tuvo sobre sus pies como un hombre, y se le dio corazón de hombre (Dan., VII, 4).
Esta primera bestia, o esta leona con alas de águila, parece un símbolo propio y natural de la primera y más antigua de todas las falsas religiones, quiero decir, de la idolatría.
Represéntase aquí esta falsa religión como una leona terrible, a la cual, aunque de suyo ligera, se le añaden alas de águila, con que queda no sólo capaz de correr con ligereza, sino de volar con rapidez y velocidad; expresiones todas propísimas para denotar, ya la rapidez con que voló la idolatría, y se extendió por toda la tierra; ya también los estragos horribles que hizo en poco tiempo en todos sus habitadores, sujetándolos a su duro, tiránico y cruel imperio.
Aun el pequeño pueblo de Dios, aun la ciudad santa, aun el templo mismo, lugar el más respetable el más sagrado que había entonces sobre la tierra, no fueron inaccesibles a sus alas de águila, ni respetados de su voracidad; y fue bien necesaria la protección constante, y los esfuerzos continuos de un brazo omnipotente, para poder salvar algunas reliquias, y en ellas la Iglesia de Dios vivo, o la verdadera religión. Toda la Escritura divina nos da testimonio de esta verdad.
No quedó en esto sólo la visión. Prosiguió el Profeta contemplando esta bestia hasta otro tiempo en que vio que le arrancaban las alas, la levantaban de la tierra, la ponían sobre sus pies como hombre, y le daban corazón de hombre. Veis aquí puntualmente lo que sucedió en el mundo al comenzar la época feliz de la vocación de las gentes.
Lo primero que sucedió a la idolatría con la predicación de los apóstoles, que por todas partes le dieron tan fuertes batallas, fue que se le cayeron las alas, o le fueron arrancadas a viva fuerza, para que ya no volase más en adelante (Dan., VII, 4). Estas dos alas, me parece (otros pueden pensar otra cosa mejor) que son símbolos propios de aquellos dos principios o raíces de todos los males que produjeron la idolatría y la hicieron extenderse por toda la tierra, quiero decir, la ignorancia por una parte, y la fábula por otra. La ignorancia del verdadero Dios, de quien las gentes brutales y corrompidas se habían alejado tanto, y la fábula que había sustituido tantos dioses falsos y ridículos, de quienes se contaban tantos prodigios.
A estas dos alas acometieron en primer lugar los hombres apostólicos; dieron noticias al mundo del verdadero Dios, dieron ideas claras, palpables, innegables de la divinidad, enseñaron lo que sobre esto acababan de oír de la boca del Hijo de Dios, y lo que les enseñaba e inspiraba el mismo Espíritu de Dios que en ellos hablaba; descubrieron por otra parte la falsedad, y la ridiculez de todos aquellos dioses absurdos, que hasta entonces habían tenido los hombres, y en quienes habían esperado; y con esto sólo la bestia quedó ya incapaz de volar, y empezó a caer en tan gran desprecio entre las gentes, que avergonzada y corrida como un águila sin plumas, se fue retirando hacia los ángulos más remotos, y más escondidos de la tierra.
Arrancadas las alas a la leona, todo lo demás que vio el Profeta debía luego seguirse sin gran dificultad, y realmente así sucedió. Una parte bien grande y bien considerable del linaje humano, en quien esta bestia dominaba, y que ya era ella misma, como que estaba convertida en su propia sustancia, fue levantada de la tierra, dándole la mano, y ayudándola los Apóstoles mismos. Con este socorro, puesta en pie como un hombre racional, se le dio al punto corazón de hombre, quitándole con esto la sustancia, y aun los accidentes de bestia: mientras yo la miraba (dice Daniel), le fueron arrancadas las alas, y se alzó de tierra, y se tuvo sobre sus pies como un hombre, y se le dio corazón de hombre. Leed las Actas de los Apóstoles, y la historia eclesiástica de los primeros siglos, y veréis verificado esto con toda propiedad.
No será inútil, ni fuera de propósito observar aquí una circunstancia que nos servirá bien a su tiempo; es a saber, que a esta primera bestia no le quitaron la vida, sino solamente las alas, y con ellas la libertad de volar. Así, aunque perdió por esto una gran parte de sí misma, y la mayor y máxima parte de sus dominios, ella quedó viva, y viva está aún, y lo estará sin duda hasta que se le quite enteramente la potestad, lo cual, según esta misma profecía, no sucederá sino después de la muerte de la cuarta bestia; vi (añade el mismo Daniel) que había sido muerta la bestia… y que a las otras bestias se les había también quitado el poder. Y aunque entonces, quitada la potestad, se les dará algún tiempo de vida, mas no ya vida bestial, sino vida racional; del cual privilegio no gozara ciertamente la cuarta bestia, como veremos a su tiempo.
Segunda bestia
Y vi a otra bestia semejante a un oso, que se paró a un lado, y tenía en su boca tres órdenes de dientes, y decíanle así: Levántate, come carnes en abundancia (Dan., VII, 5).
La segunda bestia era semejante a un oso. Este no tenía alas para volar y extenderse por toda la tierra como la leona, por lo cual se puso solamente a un lado, o hacia una parte determinada de la tierra en donde fijó su habitación, para moverse de allí a una parte, y como lee Pagnini, que se paró a un lado; mas en lugar de alas tenía esta bestia tres órdenes en su boca, y en sus dientes.
Estos tres órdenes no parece que pueden significar tres especies de viandas o carnes, como se dice comúnmente, en la suposición de que el oso simboliza el imperio de los Persas, pues este imperio no sólo tuvo los tres órdenes de viandas que le señalan, esto es, la Asiria, la Caldea, y la Persia misma, sino otras muchas más, que no hay para que olvidarlas; cuales fueron la Media, toda la Asia Menor, la Siria, la Palestina, el Egipto, las Arabias, y una parte considerable de la India, etc., según lo cual, el oso debía tener en su boca y en sus dientes, no sólo tres órdenes, sino diez o doce, y tal vez, veinte o treinta.
Fuera de esto, si en su boca tres órdenes de dientes significan tres especies de viandas o de carnes, ¿a qué propósito se le dice a esta bestia: Levántate, come carnes en abundancia? ¿Con qué propiedad se podrá convidar a un perro, o a un hombre que ya tiene en su boca y entre sus dientes tres especies de viandas, diciéndole: Levántate, come carnes en abundancia?
Parece, pues, mucho más natural que estos tres órdenes en la boca y en los dientes de esta segunda bestia signifiquen solamente tres modos de comer, o tres especies de armas con que hace su presa y atiende a su sustento y conservación.
Todas estas enseñanzas y circunstancias tan individuales, llevan naturalmente toda nuestra atención hacia otra religión grande y disforme, que se levantó de la tierra cuando ya la primera estaba sin alas, quiero decir, el Mahometismo.
De esta falsa religión se verifica con toda propiedad, lo primero, la semejanza con el oso, que es la bestia más disforme y horrorosa a la vista.
Lo segundo, la circunstancia o distintivo particular de ponerse hacia una parte, o hacia un lado de la tierra: a un lado… a una parte; porque es cierto que esta bestia no ha dominado jamás sobre toda la tierra como la leona, sino solamente en aquella parte, y hacia aquel lado, donde se estableció desde su juventud, esto es, hacia el mediodía del Asia, y a la parte septentrional del África. Habiendo nacido en Arabia cerca del mar rojo, creció desde allí al oriente y al occidente; al oriente hasta la Persia e India; al occidente por las costas de África hasta el océano. En esta parte o hacia este lado se ha estado el Mahometismo más de mil años casi sin dar un paso, ni moverse de allí, pues aunque los príncipes otomanos, que profesan esta religión, han hecho grandes conquistas en Asia, África, y Europa; mas el Mahometismo ha hecho pocas o ningunas. Todos los dominios del gran Señor están llenos de Cristianos y de Judíos, hacen la mayor parte de sus habitadores, y unos y otros están muy lejos de abrazar esta religión. Mas aunque el Mahometismo no ha hecho más progresos de los que hizo en su juventud, tampoco ha perdido alguna parte considerable de sus dominios.
Lo tercero, se verifican propiamente en el Mahometismo aquellos tres órdenes que vio el Profeta en la boca y en los dientes de la segunda bestia; es decir, los tres modos de comer, o las tres especies de armas de que ha usado esta religión brutal para mirar por su conservación.
El primer orden, o la primera arma fue la ficción, suficientísima a los principios para hacer presa y devorar una tropa de ladrones, vagamundos, ignorantes y groseros.
Mas como era no solo difícil, sino imposible que la ficción durase mucho tiempo sin descubrirse, ni todas habían de ser tan rudos que creyesen siempre cosas tan increíbles, le eran necesarios a la bestia, para poder vivir, otros dos órdenes más u otras dos maneras de comer. Estas son, a mi parecer, la espada y la licencia.
La primera, para hacer creer por fuerza lo que por persuasión parece imposible, para defender de todo insulto la ficción misma, para responder a todo argumento con la espada, para resolver con ella misma toda dificultad, y para que esta espada quedase en los siglos venideros como una señal de credibilidad clara, patente e irresistible.
Aun con estos dos primeros órdenes, aun con estas dos armas o modo de comer, la bestia no podía naturalmente sustentarse, ni vivir largo tiempo. Su vitalicio quedaba a lo menos contingente e incierto; pues al fin una visión grosera se descubre con el tiempo, y a una espada se puede muy bien oponer otra espada igual o mejor.
Érale, pues, necesario al Mahometismo otro orden más u otra manera más de comer, sin lo cual en pocos años hubiera muerto de hambre, y se hubiera desvanecido infaliblemente. Érale, digo, necesaria para poder vivir, la licencia sin límite en todo lo que toca al sentido. Con este orden, mucho mejor que con la espada, se hacía creíble, respetable y amable todo el símbolo de esta monstruosa religión, no quedaba ya dificultad en creer cuanto se quisiese, el entendimiento quedaba cautivo, y cautiva la voluntad, ni había que temer herejías ni cismas, ni mucho menos apostasías.
Así armada la bestia con estos tres órdenes, y con estos tres modos de comer, se le podían ya decir, y realmente se le dijeron aquellas palabras irónicas: Levántate bestia feroz, come, y hártate de muchas carnes (Dan., VII, 5).
A esta bestia horrible y espantable no se le ha podido dar hasta ahora corazón de hombre; ni hay apariencia, ni esperanza alguna razonable de que ella quiera recibirlo jamás. Así como fue necesario, antes de todo, arrancarle las alas a la leona para disponerla con esta diligencia a querer recibir, y a recibir en realidad, un corazón de hombre, dejando el de fiera; así ni más ni menos era necesario arrancar al oso los tres órdenes que tiene en su boca y en sus dientes, a lo menos los dos últimos: y si ambos no se pueden a un tiempo, a lo menos el último de todos, que por desgracia suya es el más duro, y el más inflexible.
Bien se necesitaban para esta difícil empresa aquellas primicias del espíritu, que despreciando generosamente la propia vida, se presentaron delante de la leona, se llegaron a ella, la acometieron, y no sin heridas, consiguieron en fin arrancarle las alas, y después llenos de caridad y misericordia, la ayudaron a levantarse de la tierra. Paréceme más que verosímil, y poco menos que cierto, que esta segunda bestia, o esta falsa y monstruosa religión de que hablamos, perseverará en este mismo estado en que la hemos visto tantos siglos ha, hasta que juntamente con la primera y la tercera (de que luego vamos a hablar) se le quite toda la potestad (Dan., VII, 12); lo cual parece del mismo modo, o cierto o verosímil, que solo podrá suceder, según las escrituras, cuando venga el Señor en gloria y majestad, como iremos viendo en todo el discurso de estas observaciones.
Para este tiempo feliz espera toda la tierra, y espera todo el mísero linaje de Adán el remedio de todos sus males: y será muy llena de su majestad toda la tierra; así sea, así sea (Ps., LXXI, 19); porque la tierra está llena de la ciencia del Señor, así como las aguas del mar, que la cubren (Isai., XI, 9).
Tercera bestia
Después de esto estaba mirando, y he aquí como un leopardo, y tenía sobre sí cuatro alas como de ave, y tenía cuatro cabezas la bestia, y le fue dado el dominio (Dan., VII, 6).
La tercera bestia era semejante a un pardo o tigre, en cuya piel o superficie exterior se nota alguna especie de hermosura por la variedad de colores. En esta bestia se veían cuatro alas, como de ave, y también cuatro cabezas, y se le dio potestad.
Todas estas señales y distinciones parece que nos muestran como con la mano, y nos convidan a reparar con más atención lo mismo que tenemos a la vista. Esta tercera bestia, señor, (¡quien lo creyera!) esta tercera bestia es el cristianismo.
No penséis que hablo del cristianismo verdadero, de aquel que es la única y verdadera religión, esto no tiene semejanza alguna con las bestias, antes a las bestias las convierte en hombres, como a las piedras en hijos de Abrahán.
Hablo, pues, únicamente del cristianismo falso, del cristianismo sólo en la piel, en la superficie, en la apariencia, en el nombre: ved la propiedad.
Este cristianismo falso, lo primero, es muy vario en la superficie, como lo es el pardo, se ve en él una gran variedad y diversidad de colores, los cuales no dejan de formar alguna perspectiva agradable a los ojos superficiales.
Lo segundo, ha volado el falso cristianismo hacia los cuatro vientos cardinales, y ha extendido su dominación en todas las cuatro partes de la tierra; para esto son y a esto aluden las cuatro alas como de ave que se ven sobre la bestia.
Lo tercero, se ven en el falso cristianismo cuatro cabezas, que es cosa bien singular y bien monstruosa, y tenía cuatro cabezas la bestia. ¿Qué quieren decir cuatro cabezas en una misma bestia? Lo que quieren decir visiblemente es, que aunque aquella parece una sola individua bestia, mas en realidad son cuatro bestias muy diversas, unidas todas cuatro en un cuerpo, cubiertas en una misma piel, y como un seguro debajo del nombre sagrado y venerable de Cristianismo. Lo que quiere decir es, que cuatro bestias muy diversas se han unido entre sí, casi sin entenderlo, para despedazar y devorar, cada una por su lado, el verdadero cristianismo, y convertirlo todo (si esto fuese posible) en la sustancia de todas. Consideremos ahora con distinción estas cuatro bestias, o estas cuatro cabezas del falso cristianismo.
La primera de todas es, la que llamamos con propiedad herejía, en que debemos comprender todas cuantas herejías particulares se han visto y oído en el mundo, desde la fundación del cristianismo. Todas ellas son partes de esta bestia, y pertenecen a esta cabeza.
La segunda, es el cisma, que no se ignora ser un mal muy diverso de la herejía. A esta cabeza pertenece todo lo que se sabe: ¿y os parece poco? Toda la Grecia, la Asia Menor, la Armenia, la Georgia, la Palestina, el Egipto; en una palabra, todo lo que se llamaba antiguamente el imperio de oriente, donde floreció en los primeros siglos el verdadero cristianismo, y fuera de todo esto, un vastísimo imperio hacia el norte de la Europa y del Asia. Todo este cristianismo, sin cabeza, es el que forma la segunda cabeza de la bestia.
La tercera cabeza del falso cristianismo es la hipocresía. Le doy aquí este nombre equívoco, aunque no impropio, porque no me parece conveniente darle su propio nombre. Mi atención es servirla con un servicio real y oportuno, no ofenderla, ni exasperarla. Basta para mí propio que ella me entienda, y que me entiendan los que la conocen a fondo.
Como hablamos actualmente de falsas religiones, figuradas en las bestias, ninguno se podrá persuadir que aquí no se hable del vicio de la hipocresía en punto de religión. De aquella, digo, que tiene anunciada el Apóstol para los últimos tiempos, con estas palabras: Mas el espíritu manifiestamente dice, que en los postrimeros tiempos apostatarán algunos de la fe, dando oídos a espíritus de error, y a doctrinas de demonios, que con hipocresía hablarán mentira… (o como la versión siriaca) que engañan con hipocresía (I Timot., IV, 1-2).
De esta vuelve a hablar en otra parte, diciendo: Mas has de saber esto, que en los últimos días vendrán tiempos peligrosos… habrá hombres… teniendo apariencia de piedad; pero negando la virtud de ella… (II Timot., III, 1-5).
En suma, no hace a mi propósito el decir quiénes son, o quiénes serán estos hombres cubiertos con la piel de cristianos, y aun escondidos en el seno de la verdadera Iglesia, para despedazar este seno más a su salvo, me basta mostrar esta tercera cabeza, y pedir atención a los inteligentes.
Nos queda ahora que mostrar la cuarta y última cabeza de esta bestia, digo del falso cristianismo. No obstante de ser esta la más antigua y como madre de las tres primeras, que a sus tiempos las ha ido pariendo; no obstante de ser la más perjudicial y la más cruel, en medio de un semblante halagüeño, y de una cara de risa, es al mismo tiempo la menos conocida, y por eso es la menos temida de todas.
No os canséis, señor, en buscar esta bestia fuera de casa, es bestia muy casera y muy sociable, llena por otra parte de gracias, de dulzuras y de atractivos. Con ellos ha divertido, ha descuidado, ha encantado en todos tiempos la mayor parte de los hijos de Adán, y con ellos mismos ha hecho también, y hará todavía en adelante grandes presas, y daños sin número, en lo que pasa por verdadero cristianismo.
Dad una vista por todo el orbe cristiano. Visitad en espíritu, con particular atención, todos aquellos países católicos que pertenecen a la verdadera Iglesia cristiana. ¿Y qué veréis? Veréis sin duda con admiración y pasmo, tantas cosas universalmente recibidas, no sólo ajenas, no sólo contrarias al verdadero cristianismo, que os dará gana de cerrar luego los ojos, y de no volverlos a abrir jamás. No hablo de los pecados, flaquezas y miserias propias de nuestro barro, hablo sólo, o principalmente de aquellas cosas (tantas y tan graves) que siendo conocidamente monedas falsas, reprobadas y prohibidas en el Evangelio, corren, no obstante, sin contradicción, y son miradas como indiferentes, y tal vez como necesarias.
¿No os parece, señor mío, cosa durísima, después de haber leído los Evangelios, y estar bien instruido en la doctrina de los Apóstoles de Cristo, dar el nombre de verdadero cristianismo a todo aquello donde apenas se divisa otra cosa, por más que se desee, que aquellas tres de que habla San Juan: concupiscencia de carne, y concupiscencia de ojos, y soberbia de vida? (I Joan., II, 16).
¿Y pensáis que ésta es alguna cosa nunca vista, o muy rara en el mundo católico? ¿Pensáis que no corre esta falsa moneda aún en el sacerdocio? ¿No os parece cosa durísima dar el nombre de verdadero cristianismo a todo aquello donde apenas se ve otra cosa que un poco de fe, y esta fe, o muerta del todo, sin dar señal alguna de vida, o tan distraída y adormecida, que casi nada obra de provecho, fuera de tal cual acto externo que se lleva el viento?
¿No os parece cosa durísima dar el nombre de verdadero cristianismo a todo aquello donde por maravilla se ve alguno de aquellos doce frutos que debe producir el Espíritu Santo, esto es, caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, castidad? (Galat., V, 22-23).
¿No os parece, en fin, cosa durísima dar el nombre de verdadero cristianismo a todo aquello donde en lugar de frutos del Espíritu, apenas se ve otra cosa que los frutos, o las obras propias de la carne? Mas las obras de la carne están patentes; como son fornicación, impureza, deshonestidad, lujuria, enemistades, contiendas, celos, iras, riñas, discordias, sectas, envidias, homicidios, embriagueces, glotonerías, y otras cosas como estas, sobre las cuales os denuncio, como ya lo dije, que los que tales cosas hacen, no alcanzarán el reino de Dios (Galat., V, 19-21).
Si quieren que a todo esto le demos el nombre de verdadero cristianismo, sólo porque todo esto sucede dentro de la verdadera Iglesia de Cristo, sólo porque los que tales cosas hacen (Gal., V, 21), creen al mismo tiempo los principales misterios del cristianismo, cuya fe seca y estéril en nada perjudica a su sensualidad y vanidad; yo no me atrevo a darle este nombre, ni me parece que puedo hacerlo en conciencia, porque sé de cierto, que la fe que prescribe el verdadero cristianismo es aquella sola que obra por caridad (Gal., V, 6), aquella que, como principio de vida, porque el justo vive de la fe (Gal., III, 11), hace vivir al hombre en cuanto cristiano, y vivifica y anima todas sus acciones para la vida eterna.
Es pues este un cristianismo evidentemente falso, como tan ajeno y tan contrario a la institución del Hijo de Dios. Es verdad que ahora está mezclado con el verdadero, y tan mezclado que lo molesta, lo oprime, y casi no lo deja crecer, ni más ni menos como lo hace la cizaña con el grano, mas ya sabemos el fin y destino del uno y del otro. Coged primero la cizaña (dijo el Señor), y atadla en manojos para quemarla; mas el trigo recogedlo en mi granero (Mat., XIII, 30).
Parece muy difícil explicar con una palabra, o con un sólo nombre esta cuarta cabeza del falso cristianismo.
Ya sabéis cuántas cosas comprende la concupiscencia de la carne, cuando no se niega y crucifica, como deben hacerlo los verdaderos cristianos, pues según el Apóstol, los que son de Cristo, crucificaron su propia carne con sus vicios y concupiscencias (Galat., V, 24).
Ya sabéis cuántas cosas comprende la concupiscencia de los ojos; no digo de los ojos propios, que esta pertenece a la concupiscencia de la carne, sino de los ojos de otros, en que entra toda la gloria vana del mundo, y toda su pompa y ornato, a que todos los cristianos renunciamos desde el bautismo; todo lo cual no tiene otro fin que buscar la gloria que recibís los unos con los otros… para ser vistos de los hombres (Mat., VI, 5).
Ya sabéis cuantas cosas comprende la soberbia de la vida, que hace a los hombres verdaderos hijos del diablo, cuyo principal carácter es la soberbia, según esta expresión de Job: Es el rey de todos los hijos de soberbia (Job XLLI, 25).
No hallo, pues, otro nombre más propio, ni que más se acomode a esta cuarta cabeza del falso cristianismo, que el que acabamos de decir: concupiscencia de carne, y concupiscencia de ojos, y soberbia de vida.
Todo lo cual no sé si pudiera comprenderse con propiedad bajo el nombre de libertinaje.
Esta tercera bestia con sus cuatro cabezas, de que acabamos de hablar, parece cierto, que perseverará viva, y haciendo cada día más daño, hasta que venga el Señor a remediarlo todo; pues expresamente se dice en el Evangelio que habiéndose ofrecido los operarios para ir a arrancar la cizaña, que crecía con el trigo, respondió: No; … no sea que cogiendo la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad crecer lo uno y lo otro hasta la siega.. (Mat., XIII, 29-30)
Ahora, el mismo Señor explica lo que debemos entender por cizaña, diciendo: la cizaña son los hijos de la iniquidad Mat., XIII, 38), así como el buen grano son los hijos del reino Mat., XIII, 38).
Cuarta bestia terrible y admirable
Después de esto miraba yo en la visión de la noche, y he aquí una cuarta bestia espantosa, y prodigiosa, y fuerte en extremo, tenía grandes dientes de hierro, devoraba y despedazaba, y lo que le sobraba lo hollaba con sus pies, y era desemejante a las otras bestias, que yo había visto antes de ella, y tenía diez astas, Etc. (Dan., VII, 7).
Os considero, amigo, con gran curiosidad de saber quién es esta bestia, a qué es lo que aquí se nos anuncia. Si las tres primeras bestias, os oigo decir, simbolizan tres falsas religiones, esto es, idolatría, mahometismo, y falso cristianismo, ¿qué religión falsa nos queda todavía que ver, figurada por unas semejanzas tan terribles?
A esta pregunta yo no puedo responder en particular, porque no sé con ideas claras e individuales lo que será esta bestia en aquellos tiempos, para los cuales está anunciada.
Sobre lo que ya es actualmente podré decir cuatro palabras, y pienso que seré entendido desde la primera.
Esta bestia terrible parece hija legítima de las dos últimas que forman el pardo; a ellas dicen que debe su ser y su crianza, y no falta quien diga, que también debe no poco a la primera.
Mas ella descubre un natural tan impío, tan feroz, tan inhumano (aunque llena por otra parte de humanidad), que aun estando todavía en su primera infancia, ya no respeta ni conoce a los que la engendraron. Elevada en la contemplación de sí misma, y considerándose superior a todas las cosas, piensa de sí que es única en la especie, que a nadie tiene obligación alguna, que todo lo tiene de sí misma, o del fondo de su razón, y que todo se lo debe a sí misma.
Por este carácter tan sin ejemplar, que ya descubre desde la cuna, es fácil inferir lo que será después cuando llegue a la edad varonil. Ahora está todavía como un cachorro dentro de la cueva, y si tal vez se asoma a la puerta, y sale fuera de ella, no se aleja mucho, por pura prudencia, considerando su tierna edad, sus débiles armas, y la multitud de enemigos que pueden asaltarla.
Ahora se halla todavía, casi sin dientes, porque aunque los ha de tener de hierro, grandes y durísimos, estos le empiezan solamente a salir, y no están en estado de acometer a todo sin discreción.
Por otra parte, los diez cuernos que ha de tener en su cabeza, y con que ha de hacer temblar a todo el mundo, no los tiene aún; a lo menos, no los tiene como propios suyos, de modo que pueda jugarlos libremente y a su satisfacción.
Con todo eso, aún en este estado de infancia, ya se lleva las atenciones de todos, ya se hace temer, a lo menos de los que son capaces de temor, ya se hace admirar, y casi adorar de toda suerte de gentes, ya se ven estas dejar su campo, y correr a tributarle sus obsequios, y ofrecerle sus servicios.
Principalmente observaréis, que de todas aquellas cuatro cabezas que componen el pardo, salen cada día desertores a centenares, con lo cual el cachorro va creciendo, y se va fortificando más presto de lo que se piensa. Pues si ahora sin salir de la cueva, sin dientes grandes, sin cuernos duros y crecidos, hace tantos males, cuantos ven y lloran los que tienen ojos, ¿qué pensamos que hará cuando se rebele, cuando se declare, cuando se deje ver en público, llena de coraje, vigor y fortaleza, y bien armada, ya de dientes grandes de hierro, ya también de diez cuernos terribles, que pueda manejar a su satisfacción? Y ¿qué hará cuando le nazca el undécimo cuerno, cuando este cuerno se arraigue, crezca y fortifique, cuando la bestia pueda usar de él a su voluntad, y manejar sin embarazo aquella arma, la más terrible que se ha visto?
Verdaderamente que se hace no sólo creíble, sino visible, por lo que ya vemos, todo cuanto se dice de esta bestia misma (aunque unida ya con las otras) desde el capítulo trece del Apocalipsis hasta el diez y nueve, y todo cuanto está anunciado a este mismo propósito en tantas otras partes de la Escritura santa, en los Profetas, en los Salmos, en las epístolas de San Pedro y San Pablo, y en el Evangelio mismo.
Verdaderamente que ya se hace no sólo creíble, sino visible, por lo que ya vemos, lo que de esta bestia se le dijo al Profeta en medio de la visión, esto es, que devorará toda la tierra, y la hollará, y desmenuzará. Leed lo que se sigue desde el versículo veinte y cuatro, y no hallaréis otra cosa que horrores y destrozos.
Acaso me preguntaréis, ¿cuál es el nombre propio de esta cuarta bestia, o de esta monstruosa religión? Yo me maravillo que ignoréis una cosa tan pública en el mundo, que apenas ignora aún la ínfima plebe. Años ha que se leen por todas partes públicos carteles, por los cuales se convida a todo el linaje humano a la dulce, humana, suave y cómoda religión natural.
Si a esta religión natural le queréis dar el nombre de deísmo, o de anticristianismo, me parece que lo podréis hacer sin escrúpulo alguno, porque todos estos tres nombres significan una misma cosa; aunque algunos son de sentir, y esto parece lo más cierto, que este último nombre es el más propio de todos, siendo los dos primeros vacíos de significación.
No obstante, se llama religión, lo primero, porque no se niega en ella la existencia de un Dios, aunque un Dios ciertamente hecho con la mano que no adoraron sus padres (Deuter., XXXII, 17); un Dios insensible a todo lo que pasa sobre la tierra, un Dios sin providencia, sin justicia, sin santidad, un Dios, en fin, con todas la cualidades necesarias para la comodidad de la nueva religión.
Lo segundo, se llama religión, porque no se impide, antes se aconseja que se dé a Dios alguna especie de culto interno, que como tan bueno, con este sólo se contenta, sin querer incomodar a sus adoradores. Aunque estos dicen que su Dios no les ha puesto otra ley, ni otro dogma de fe, que su propia razón (la cual en todos debe estar en toda su perfección); con todo eso, si hemos de creer a nuestros ojos, parece que tienen un dogma especial, y una ley fundamental a que todos deben asentir y obedecer efectivamente.
Este dogma, y esta ley, es todo cuanto significa la palabra anticristianismo con toda su extensión. Es decir; se profesa en esta religión terrible y admirable, no sólo el abandono total, sino el desprecio, la burla, el odio y la guerra viva, no digo ya a las religiones falsas, de que hemos hablado, sino a la verdadera religión, al verdadero cristianismo, y a todo lo que hay en él de venerable, de santo, de divino. Comía, dice el Profeta, y desmenuzaba, y lo que quedaba lo hollaba con sus pies (Dan., VII, 7 y 19).
El falso cristianismo con sus cuatro cabezas (mucho menos el mahometismo y la idolatría), no le dan gran cuidado a esta bestia feroz. Sabe muy bien que le bastan sus dientes de hierro, aunque todavía pequeños, para desmenuzarlos, y convertirlos en su propia sustancia. Ya vemos que lo hace en gran parte, y debemos pensar que hará infinito más, cuando los dientes hayan llegado a su perfección.
Mas el cristianismo verdadero es demasiadamente duro; no hay bronce, ni mármol, ni diamante que se le pueda comparar. Son poca cosa los dientes de hierro para poder vencer su dureza. Para este, pues, no hay otra arma que pueda hacer algún efecto, ni más fácil de manejar que los pies.
Por tanto, ya ha empezado la joven bestia a servirse de ellos desde la cueva; ya ha empezado a conculcar con grande empeño el verdadero cristianismo, a burlarlo, a ridiculizarlo, sin perdonar a la persona sacrosanta, infinitamente respetable y adorable y amable de Jesucristo.
Así lo vemos ya con nuestros ojos en nuestro mismo siglo, de donde inferimos legítimamente, según las Escrituras, lo que será esta bestia, cuando llegue a su perfecta edad, y cuando los dientes y cuernos estén bien crecidos y arraigados, y todos a su libre disposición.
El mismo Jesucristo, hablando de estos tiempos, dice, que será menester abreviarlos, y que se abreviarán en efecto por amor de los escogidos: Y si no fuesen abreviados aquellos días, ninguna carne sería salva, mas por los escogidos aquellos días serán abreviados (Mat., XXIV, 22).
Esto es, señor mío, lo que se me ofrece sobre el misterio de estas cuatro bestias, a quienes puedo decir con verdad, que he estudiado muchos años con todo el cuidado y atención de que soy capaz.
Si la inteligencia que he propuesto no es en realidad la verdadera, a lo menos puede servir como de ensayo para pensar otra cosa mejor, que se conforme enteramente con la profecía, con la historia, y con otros lugares de la Escritura, que iremos observando.
No penséis por esto, que ya tenéis concluida la observación de estas cuatro bestias, y que no nos queda otra cosa que decir en el asunto. Las veréis salir de nuevo en el fenómeno siguiente, en donde combinadas con la bestia del Apocalipsis se darán mejor a conocer. Lo que a lo menos parece evidente, es que este misterio no es el mismo que el de la estatua; ya por las razones que hemos apuntado, ya por otras más, que fácilmente pueden ocurrir a cualquiera que quiera entrar en este examen; ya también y mucho más por lo que se sigue.
Segunda parte de la Profecía
Muerte de la cuarta bestia, y sus resultas
Nos queda ahora por observar brevemente lo más claro que hay en esta visión, que es lo que hace inmediatamente a nuestro asunto principal; es a saber, el fin de las bestias, en especial de la cuarta, y todo lo que después de esto debe suceder.
Lo que vio el Profeta en los tiempos de la mayor prepotencia de la cuarta bestia; en los tiempos, digo, en que ya se veía en público, armada con todas sus armas, en que hacía en el mundo impunemente los mayores estragos, en que perseguía furiosamente a los santos, o al verdadero cristianismo, y podía más que ellos (Dan., VII, 21).
Lo que vio fue, que se pusieron sillas o tronos como para jueces, que iban luego a conocer aquella causa, y poner el remedio más pronto y oportuno a tantos males. Estaba mirando (dice Daniel) hasta tanto que fueron puestas sillas, y sentóse el Anciano de días, etc (Dan., VII, 9) (Este mismo consejo, o tribunal con las mismas circunstancias, y con otras todavía más individuales, lo veréis formarse para los mismos fines en el capítulo cuarto del Apocalipsis, como observaremos a su tiempo.)
Sentado, pues, Dios mismo, y con Él otros con jueces, y habiéndose producido y declarado toda la causa, se dio inmediatamente la sentencia final, cuya ejecución se le mostró también al Profeta.
La sentencia fue esta: que la cuarta bestia y todo lo que en ella se comprende, muriese con muerte violenta, sin remedio ni apelación; que su cuerpo (no ciertamente físico, sino moral, compuesto de innumerables individuos) se disolviese del todo, pereciese todo, y fuese todo entregado a las llamas, para ser quemado (Dan., VII, 11). Que a las otras tres bestias, cuyos individuos no se habían agregado a la cuarta, y hecho un cuerpo con ella, se les quitase solamente la potestad, que hasta entonces habían tenido, mas no la vida, concediéndoles algún espacio de vida, hasta tiempo y tiempo (Dan., VII, 12).
Dada esta sentencia irrevocable (y antes de su ejecución, como consta de otros lugares de la Escritura que se irán observando), dice el mismo Profeta que vio venir en las nubes del cielo una persona admirable, que parecía Hijo de Hombre, el cual entrando en aquella venerable asamblea, se avanzó hasta el mismo trono de Dios, ante cuya presencia fue presentado, que allí recibió solemnemente de mano de Dios mismo la potestad, el honor, y el reino, y que en consecuencia de esta investidura, le servirán en adelante todos los pueblos, tribus y lenguas, como a su único y legítimo soberano. Miraba yo, pues, en la visión de la noche, y he aquí venía como Hijo de Hombre con las nubes del cielo, y llegó hasta el Anciano, de días, y presentáronle delante de él. Y diole la potestad, y la honra, y el reino, y todos los pueblos, tribus, y lenguas, le servirán a él… (Dan., VII, 13-14).
Más adelante, versículo veinte y seis, explicando los males que hará en el mundo la cuarta bestia, especialmente por medio de su último cuerno, se le dice al Profeta el fin para que se juntará aquel consejo tan majestuoso y tan solemne por estas palabras: Y se sentará el juicio para quitarle el poder, y que sea quebrantado, y perezca para siempre. Y que el reino, y la potestad, y la grandeza del reino, que está debajo de todo el cielo, sea dado al pueblo de los santos del Altísimo, cuyo reino es reino eterno, y todos los reyes le servirán y obedecerán (Dan., VII, 26-27).
Ahora, amigo mío, después de haber leído, y considerado atentamente así este texto como el antecedente con todo su contexto, decidme con sinceridad, ¿qué os parece de lo que aquí se anuncia con tanta claridad? ¿Se verificará todo esto alguna vez, o no? ¿Podremos creerlo y esperarlo todo así como lo hallamos escrito, o será necesario borrarlo, o arrancarlo de la Biblia, como una cosa no solo inútil, sino peligrosa, y que puede confirmar y fomentar el error de los Milenarios?
¿Podremos creer, lo primero, que en aquellos tiempos de que aquí se habla (que por confesión precisa de todos los doctores son ya los tiempos del Anticristo), hará Dios una especie de consejo solemne, para quitar a los hombres toda la potestad que habían recibido de su mano?: Y se sentará el juicio para quitarle el poder, y que sea quebrantado y perezca para siempre. Y como los consejos de Dios, y sus decretos no pueden quedar sin efecto, parece que también podremos creer, que en aquellos mismos tiempos serán despojados enteramente de su potestad los que la tuvieren; a lo cual alude manifiestamente aquella evacuación de todo principado, potestad y virtud, de que habla el Apóstol (I Cor., XV, 24).
¿Podremos creer, lo segundo, que quitada la potestad a los hombres, se pondrá todo en aquel mismo consejo en manos del hijo del hombre, o del hombre Dios Jesucristo? ¿Y esta, no en acto primero, o en derecho, como ahora la tiene, sino en acto segundo, o en ejercicio?: y llegó hasta el Anciano de días, y presentáronle delante de él. Y diole la potestad, y la honra, y el reino.
¿Podremos creer, lo tercero, que toda la potestad que se acaba de quitar a los hombres, todo el reino, toda la grandeza de un reino tal, que comprende todo entero el orbe de la tierra, que está no encima sino debajo de todo el cielo, se dará entonces, junto con Jesucristo, que es el supremo Rey, a otros muchos correinantes, esto es, al pueblo de los santos del Altísimo? (Dan., VII, 27.) A lo cual alude claramente aquel texto célebre del Apocalipsis, que hablando de los mártires y de los que no adoraron a la bestia, dice: vivieron, y reinaron con Cristo mil años.
¿Podremos creer, lo cuarto, que tomada la posesión por Cristo y sus santos de todo el reino que está debajo de todo el cielo, le servirán en adelante todos los pueblos, tribus y lenguas? (Dan., VII, 14)
¿Podremos creer, en suma, que después de la venida del Hijo del Hombre, que creemos y esperamos todos los Cristianos, después del castigo y muerte de la cuarta bestia, o del Anticristo, después del destrozo y ruina entera de todo el misterio de iniquidad, han de quedar todavía en esta nuestra tierra, pueblos, tribus, y lenguas, que sirvan y obedezcan al supremo Rey y a sus santos, y también reyes, puestos sin duda de su mano, en diferentes países de la tierra, y sujetos enteramente a sus leyes? (Dan., VII, 27).
Todo esto leemos expreso y claro en esta profecía, y en otros mil lugares de la divina Escritura, que iremos observando, y si todo esto no es cierto, ni creíble, ¿qué hemos de decir, sino que o nos engañan nuestros ojos, o nos engaña la divina Escritura? Si esta no nos engaña, ni puede engañarnos; si tampoco nos engañan nuestros ojos, parece necesario confesar de buena fe, aquel gran espacio de tiempo que propusimos en nuestro sistema entre la venida del Señor y la resurrección y juicio universal.
Parece necesario mirar con más atención los capítulos XIX y XX del Apocalipsis, donde se dice esto mismo con mayor claridad.
Parece necesario reflexionar un poco más sobre el misterio grande de la piedra, que debe destruir y aniquilar toda la estatua, y cubrir luego toda la tierra.
Parece en fin necesario distinguir bien el juicio de los vivos del de los muertos, dando a cada uno lo que es propio suyo, dando vivos al primero, y muertos al segundo.
Si no se hace esta distinción, no se sabe, ni entiende cómo, ni en qué puedan servir a Jesucristo, después que vuelva del cielo a la tierra, todos los pueblos, tribus y lenguas (Dan., VII, 14). No se sabe, ni entiende, cómo, o en qué puedan obedecerle y servirle todos los reyes de la tierra (Dan., VII, 27). No se sabe ni entiende, para qué fin se les concede a las tres primeras bestias algún espacio más de vida (no cierto de vida brutal, sino de vida racional) quitándoles primero toda la potestad que hasta entonces se les había dado o permitido: vi (dice el texto) que había sido muerta la bestia… (la cuarta). Y que a las otras bestias se les había también quitado el poder, y se les habían señalado tiempos de vida hasta tiempo y tiempo.
Al contrario, si se hace la debida distinción entre uno y otro juicio, todo se entiende al punto, sin más dificultad que abrir los ojos, y sin más trabajo que tomar la llave y abrir la puerta.
Así se entiende seguidamente, sin que quede ni aún sospecha de duda, todo el salmo setenta y uno y todas las cosas que en él se dicen del Mesías; por ejemplo, estas: dominará de mar a mar, y desde el río hasta los términos de la redondez de la tierra. Delante de él se postrarán los de Ethiopia (o como lee la paráfrasis Caldea, se humillarán los de primer rango), y sus enemigos lamerán la tierra. Los reyes de Tharsis, y las islas le ofrecerán dones; los reyes de Arabia, y de Saba le traerán presentes, y le adorarán todos los reyes de la tierra, todas las naciones le servirán, etc (Ps. LXXI, 8-11).
Con este salmo, y con otros lugares semejantes que se hallan a cada paso en los Profetas, se han defendido siempre los judíos para no creer, antes negar absolutamente la venida de su Mesías; pues hasta ahora no se ha verificado lo que en ellos se anuncia.
Mas los cristianos, ¿qué les responden? Palabras en tono decisivo, y nada más, esto es, que este salmo, y esos otros lugares de los Profetas sólo pueden entenderse en sentido espiritual, y en este sentido espiritual, parte se han cumplido ya en las gentes y reyes que han creído, parte se cumplirán en adelante, cuando crea lo restante de la tierra.
Y si estos lugares de la Escritura, mirados con todo su contexto, hablan conocidamente para después de la venida del Mesías en gloria y majestad, como lo acabamos de ver en el texto de Daniel, y como lo hemos de ver en otros muchísimos; en este caso, ¿qué se les responde a los Judíos.
¡Oh! ¡Cuánto bien se pudiera haber hecho a estos míseros hombres, y se les pudiera hacer en adelante, si se les concediese, o no se les negase tan del todo lo que ellos creen o esperan, para que ellos por su parte conociesen también lo que creen los Cristianos, y lo que es tan necesario y esencial para su salud y remedio; si se les concediese o no se les negase tan del todo lo que pertenece a la segunda venida del Mesías en gloria y majestad, que ellos piensan ser la única, para que ellos, por su parte desengañados, abracen lo que pertenece a la primera!
Todo esto parece que estaba compuesto y allanado con solo distinguir el juicio de vivos del de los muertos.
A todas las reflexiones que acabamos de hacer, principalmente sobre la segunda parte de la profecía, yo no ignoro la única respuesta que se puede dar.
Esto es, que aunque todo lo que dice este profeta es cierto e indubitable; aunque todo se cree, como que es una escritura canónica, en que no habla el hombre sino Dios; mas eso que nos dice el espíritu de Dios, no debe ni puede entenderse como está escrito, sino en otro sentido diverso, conforme lo entienden comúnmente los doctores.
Que es lo mismo que decir en término equivalente: no puede, ni debe entenderse como lo mandó escribir el espíritu de Dios, sino como le pareció a este o a aquel hombre particular, a quienes han seguido otros, siguiendo el mismo sistema, como si fuese único y definido por verdadero.
¿Qué hemos de decir a esta respuesta decisiva, sino llorar la cautividad en que nos hallamos, sin sernos lícito dar un paso adelante, aun cuando ya el tiempo, y todas las circunstancias nos convidan a darlo?
¡Qué! ¿Hemos de cautivar nuestro entendimiento en obsequio de un sistema conocidamente inacordable con los hechos?
¡Qué! ¿Hemos de ver la verdad casi a dos pasos de nosotros, sin poderla abrazar ni confesar, por la atadura tiránica de respetos puramente humanos?
Si es justo delante de Dios, les decía San Pedro a los príncipes de los sacerdotes, oíros a vosotros antes que a Dios, juzgadlo vosotros (Act. Ap., IV, 19).
