ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI
Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.
Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.
Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.
Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.
DOMINGO DECIMOSÉPTIMO DE PENTECOSTÉS
Mas los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo, y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba: Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley? Él le dijo: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas. Estando reunidos los fariseos, les propuso Jesús esta cuestión: ¿Qué pensáis acerca del Cristo? ¿De quién es hijo? Dícenle: De David. Díceles: Pues ¿cómo David, movido por el Espíritu, le llama Señor, cuando dice: “Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies?” Si, pues, David le llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo? Nadie era capaz de contestarle nada; y desde ese día ninguno se atrevió ya a hacerle más preguntas.
¿Qué pensáis acerca del Cristo? … Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies…
“Breve por el número de las palabras, grande por el peso de las sentencias”, al decir de San Agustín, este Salmo 109, paralelo del Salmo 2, goza del privilegio de haber sido interpretado por Jesús mismo.
Después de señalar allí como autor a David, el Señor prueba con él a los judíos la divinidad de su Persona. Prueba también que el Padre le reservaba el asiento a su diestra, glorificándolo como Hombre y destaca sus derechos como Mesías Rey, que Israel desconoció cuando Él vino y “los suyos no lo recibieron”.
Estos derechos los ejercerá cuando el Padre le ponga a todos sus enemigos bajo sus pies para “reunirlo todo en Cristo, las cosas del cielo y las de la tierra”, y someterlo todo a Él en el día de su glorificación final, porque, como dice San pablo, “al presente no vemos todavía sujetas a Él todas las cosas”.
El Mesías es aquí proclamado Hijo de Dios, Rey futuro y Sacerdote para siempre. Para cada una de estas proclamaciones habla solemnemente Dios en Persona, es decir, el Padre, tres veces sucesivas. En lo restante es David quien confirma la profecía explicando su sentido.
A mi Señor: a Cristo, al cual David llama proféticamente mi Señor, como a Hijo de Dios.
Siéntate a mi diestra: esto no se refiere al Verbo eterno antes de su Encarnación, sino a Cristo después de su Ascensión. Sentarlo a su diestra como Hombre, equivale a otorgar a su Humanidad santísima la misma gloria que como Verbo tuvo eternamente y que Él había pedido.
Hasta que yo ponga a tus enemigos como escabel de tus pies: esto es, hasta que llegue la hora en que el Padre se disponga a decretar el triunfo definitivo del divino Hijo, que en su primera venida fue humillado. Equivale al artículo del Credo, según el cual desde la diestra del Padre “vendrá otra vez con gloria a juzgar a vivos y a muertos y su reinado no tendrá fin”.
Donec ponam inimicos tuos scabellum pedum tuorum. Es decir, el Cristo será infinitamente poderoso; y, por numerosos y fuertes que sean sus enemigos, por muy coaligados que estén los deicidas judíos con los Césares perseguidores, con los cismáticos y obstinados herejes…, triunfará de todos ellos y su Reinado será eterno…
Estas palabras del Salmo, retomadas en el diálogo de Nuestro Señor con los fariseos, son un eco de aquellas otras del Arcángel San Gabriel a Nuestra Señora el día de su Anunciación y de la Encarnación del Verbo en sus entrañas purísimas: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. He aquí que concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús. Este será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David, su Padre: y reinará en la casa de Jacob por siempre, y su reino no tendrá fin.
Todo esto, y muchas más cosas que sobre este tema hay en las Escrituras, es necesario que se verifiquen algún día, pues hasta el día de hoy no se han verificado, y es necesario que se verifiquen, cuando la piedra profetizada por el Profeta Daniel baje del monte, en la Parusía; pues para entonces están todas anunciadas manifiestamente.
Entonces deberá comenzar otro nuevo reino sobre toda la tierra, absolutamente diverso de todos cuantos hemos visto hasta aquí; el cual reino lo formará la misma piedra que ha de destruir y consumir toda la estatua de la famosa profecía de Daniel: la piedra que había herido la estatua, se hizo un grande monte, e hinchió toda la tierra.
A lo que alude visiblemente San Pablo cuando añade, después de la evacuación de todo principado, potestad y virtud, que es necesario que Él reine: Después el fin, cuando Él entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya derribado todo principado y toda potestad y todo poder. Porque es necesario que Él reine “hasta que ponga a todos los enemigos bajo sus pies”.
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El Evangelio de hoy refiere, pues, la crucial pregunta planteada por Nuestro Señor a fariseos y escribas: ¿Qué pensáis acerca del Cristo?
Nuestro Señor, queriendo iluminar a los judíos acerca de su divinidad, les propone la gran cuestión de la filiación del Mesías. Jesús los pone a prueba, no con malignidad, sino para enseñarles la verdad: ¿Qué pensáis acerca del Cristo? Es una pregunta general, para concentrar la atención de sus oyentes en ésta, más concreta: ¿De quién es hijo?
Jesús trata de remover un prejuicio del espíritu de sus oyentes: creían ellos que el Cristo, el Mesías, sería un egregio descendiente del Rey David, pero un simple hombre, que restauraría el trono de su progenitor y que arrojaría a los romanos, injustos dominadores… y lanzaría a Israel a la conquista del mundo…
Jesús quiere elevar su consideración a una filiación más alta…, y les plantea una objeción que no esperaban. En efecto, la profecía de David contiene tres verdades de suma importancia:
1ª: el Mesías esperado será más que un hombre, porque es Dios.
2ª: el Cristo, el Mesías, es Dios, igual a su Padre.
3ª: el Cristo será infinitamente poderoso y, por numerosos y fuertes que sean sus enemigos…, triunfará de todos ellos y su reinado será eterno.
Esta magnífica declaración de la doble naturaleza, humana y divina, del Mesías y de su reinado eterno, era un misterio para los fariseos.
Nuestro Señor presenta un texto indiscutible y fulmina un argumento imposible de refutar. Vencidos, quedarán mudos ante Jesús; pero, orgullosos, no querrán caer a sus pies para adorarle…
Como los Herodianos y los Saduceos, estos Fariseos orgullosos también se reducen al silencio ante todo el pueblo; humillados en un punto esencial de la religión, como es la naturaleza del Mesías…, permanecen pertinaces en su error…
Con un poco de humildad y de buena voluntad habrían podido pedir al manso Salvador que los iluminase y les explicase este gran misterio. Pero no, cegados por Satanás, que avivó aún más su odio, se endurecieron cada vez más en su malicia e incredulidad; y, en lugar de reconocer la divinidad de Jesús y rendirle culto como a Cristo, Mesías y Dios, estuvieron a la espera para atraparlo, maltratarlo y matarlo…
Vencidos los adversarios, cuando creían triunfar de Jesús, lejos de confesarle y admitir su doctrina, se retiran, temerosos de su poder, dejando el campo de las disputas doctrinales para perderse en el de la intriga política y religiosa, en que eran maestros…
Es la posición mental de muchos millares que vendrán, después de los fariseos, para tentar a Jesús…
¿Qué pensáis acerca del Cristo?
Mis hermanos, meditemos a menudo esta pregunta… Y retengamos la respuesta y sus consecuencias; pues contiene grandes verdades, preciosas y consoladoras… ¡Máxime para los tiempos que nos tocan vivir!
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La esperanza en un redentor futuro es la esperanza que responde a la solemne promesa hecha por Dios a nuestros progenitores en el Paraíso, renovada con reiteración durante la historia del pueblo de Dios, y que se adulteró, como otras tantas verdades primitivas, en los pueblos de la gentilidad. Incluso en el mismo pueblo judío sufrió el concepto del Mesías lamentables deformaciones.
En el pueblo de Dios el futuro salvador de las naciones se llamó Mesías, palabra que equivale a Cristo o Ungido. Como se ungía a los sacerdotes, a los reyes y a veces a los profetas, y por ello eran llamados Cristos, como señal de la misión teocrática que debían ejercer en Israel, así debía ser el futuro redentor, el Mesías o Ungido por antonomasia, por cuanto debía recibir la plenitud de la unción, no la unción litúrgica o material, sino aquello simbolizado por ella, que no es otra cosa que la efusión sobre el ungido de los dones del divino Espíritu.
Mesías es, pues, un nombre representativo de todos los títulos que reúne el redentor. El Mesías, porque es el ungido con la plenitud de todos los dones de Dios, es el Rey, el Sacerdote, el Profeta, el Doctor del pueblo redimido; es el Hijo de Dios, el Hijo del hombre, el Hijo de David, el Enviado, el Admirable, el Padre de la raza futura, el Emmanuel, etc.
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Las profecías mesiánicas, así llamadas por referirse a la persona y a la obra del Mesías, jalonan todos los siglos anteriores a Cristo, desde las puertas del Paraíso hasta el mismo momento en que aparece Jesús a la vida pública, señalándole el Bautista como el Esperado de las naciones.
A través de las profecías mesiánicas se ve el pensamiento de Dios, manifestado en mil formas a los hombres, relativo al Salvador de las naciones. Forman un trazo de luz espléndida, que guía a la humanidad desde el Edén hasta Jesucristo.
Es el Mesías el hijo de la mujer que había de aplastar la cabeza de la serpiente; el Dios que habitará en las tiendas de Sem; el descendiente de Abraham, Isaac y Jacob; el hijo de Judá que vendría al mundo cuando se perdiese el cetro de Israel en la casa de este Patriarca; la estrella de Jacob que viera Balaam; el Profeta anunciado por Moisés…
La idea del Mesías, que en el período patriarcal pudo aparecer como un simple hombre, se desarrolla y explicita en el período de los reyes en el sentido de que será el mismo Yhavé quien revestirá la forma del Mesías.
David le ve de lejos, y le canta con una magnificencia que nadie podrá igualar: es el Hijo de Dios: El Señor me ha dicho: Tú eres mi Hijo, yo te engendré hoy; es el Sacerdote eterno según el orden de Melquisedec; se ofrecerá Él mismo en holocausto a Dios; y cosa que parece inverosímil, este Hijo de Dios y Sumo Sacerdote sufrirá los dolores de una pasión atrocísima, que describe el real Profeta como si se hallara presente en el Calvario al pie de la Cruz de Jesús. Todo el Salterio está impregnado del pensamiento del Mesías y lleno de episodios de su vida futura.
En el período llamado propiamente profético florecen, por espacio de trescientos años, dieciséis profetas, algunos de los cuales viven simultáneamente. Cada uno de ellos aporta a la obra divina de la descripción del Mesías una serie de rasgos de precisión portentosa.
Su madre será virgen; nacerá en Belén, no obstante haber ya nacido del seno del Padre desde toda la eternidad; se fija, año por año, el de su nacimiento; visitará el templo de Zorobabel; será poderoso taumaturgo; se narra el episodio de su venta y el número de monedas en que se le estima; se describen minuciosamente los oprobios de la pasión; la gloria de su sepulcro; la dilatación de su reino…
Todos estos trazos, y cien otros que podrían añadirse, de tal manera formaban, en el pensamiento de Israel, la idea del futuro Mesías, que cuando llegó el Esperado de las naciones no hubo más que proyectar la luz de la profecía sobre Él para reconocerle de manera inconfundible y aclamarle Hijo de Dios e Hijo del hombre.
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Sin embargo, debido a la deformación que los judíos habían hecho de esta noción, Jesús sólo reivindica para sí el título de Mesías en los lugares y ocasiones en que la declaración de su mesianidad no fomenta equivocados prejuicios ni pone en peligro su obra.
Rehúye el título y la consideración de Mesías en los lugares y ante auditorios en que dominaba el prejuicio de un Mesías político que debiese restaurar el antiguo esplendor de Israel.
Pero cuando Jesús ha realizado ya su obra de evangelización y ha puesto los cimientos de su reino espiritual, deja todo reparo y se presenta claramente como Mesías.
Cuando pocos días antes de su última Pascua entra con solemnidad en Jerusalén, y las turbas le reciben como Mesías a los gritos de Hosanna al hijo de David, al ruego de los fariseos que le pedían hiciese callar a sus discípulos, responde Jesús: En verdad os digo que si callasen éstos, hablarán las piedras.
Y la noche antes de morir, al solemne conjuro del Sumo Sacerdote que le exige, en el nombre de Dios vivo que diga si es el Cristo Hijo de Dios, responde Jesús: Tú lo has dicho, es decir, sí, lo soy; y añade un rasgo que en la mente de todo judío es inseparable del carácter de Mesías-Dios, a saber, el presentarse un día Él, sentado a la diestra del Dios poderoso, viniendo sobre las nubes del cielo.
Después de su resurrección afirma reiteradamente su carácter de Mesías o Cristo, presentando sus sufrimientos y humillaciones, no sólo compatibles con su carácter de Mesías, sino como una condición esencial de la mesianidad, porque así estaba profetizado de antiguo. Sólo que Israel había desviado la idea del Mesías tomando de las profecías, y exagerándolas en su sentido temporal, aquellas que fomentaban el espíritu de reivindicación política del pueblo judío.
Después de la Ascensión de Jesús, en los mismos tiempos apostólicos y por los mismos Apóstoles, se unirá definitivamente a su nombre patronímico, Jesús, el de Mesías o Cristo. Jesús será para siempre Jesús-Cristo, o Jesucristo.
Y las generaciones sucesivas ya no esperarán, en ningún pueblo, salvo el deicida, el advenimiento del Mesías, porque no podía venir en otro tiempo que en el de Jesús, ni podía ser otro que Jesús.
Y el pueblo deicida, que anhela al mesías urdido por su apasionada ambición de conquista temporal, recibirá al Otro: Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése le recibiréis.
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Por todo lo que llevamos dicho, conviene recordar aquí aquella otra escena que nos relata el Santo Evangelio en otro lugar: Llegado Jesús a la región de Cesárea de Filipo, pregunta a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Y ellos respondieron: Los unos, que Juan el Bautista; los otros, que Elías; y los otros, que Jeremías, o uno de los Profetas. Y Jesús les pregunta: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondió Simón Pedro y dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.
El Señor, queriendo afirmar la fe de sus discípulos, comienza por alejar de sus espíritus las opiniones y los errores de sus contemporáneos. Por eso les pregunta: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?
Jesús sabe lo que las multitudes piensan de su Persona; pero su intención, al proponer solemnemente esta cuestión gravísima, era sin duda preparar una segunda pregunta que reclamase la definición absoluta y precisa de su Persona.
Eran graves y frecuentes las controversias de la gente sencilla, no pervertida por la malicia de escribas y fariseos, sobre la personalidad del gran Maestro y Taumaturgo. Todos le creían un hombre extraordinario, de mayor poder que los antiguos Profetas. Pero imbuido el pueblo en las desviadas ideas de la magnificencia y poder terrenal del Mesías, ninguno le reconocía por tal.
Pregunta el Señor a los discípulos para que conozcamos nosotros las diversas opiniones que había entonces sobre Jesucristo entre los judíos; y para que investiguemos la opinión que se forman los hombres hoy en día sobre Él.
Y Jesús, yendo al fondo del pensamiento de los Apóstoles, les dice: Mas vosotros, acentuando el pronombre y distinguiéndoles de las multitudes, indicándoles ya con eso que espera de ellos otra respuesta, ¿quién decís que soy yo?
Vosotros, que estáis siempre conmigo y que habéis presenciado milagros más grandes que los que ha visto el pueblo…; vosotros, bajo ningún concepto debéis tener sobre mí la misma opinión que éstos.
Vosotros, ¿pensáis de mí como el vulgo?
San Pedro confesó: Tú eres el Cristo, cosa que ignoraban los judíos. Y lo que es aún más: El Hijo de Dios vivo…
La definición que da Pedro de Jesús es llena, precisa, enérgica: Tú eres el Cristo, el Mesías en persona, el prometido a los judíos y ardientemente esperado por ellos. Más aún: Tú eres el Hijo de Dios, no en el sentido de una relación moral de santidad o por una filiación adoptiva, como así eran llamados los santos, sino el Hijo único de Dios según la naturaleza divina, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.
Le llama también Dios vivo para distinguirle de aquellos dioses que llevan el nombre de dioses, pero que están muertos como todas las ficciones de los idólatras.
San Pedro comprendió, pues, en sí todo lo que expresa su naturaleza y su nombre.
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En las famosas visiones de la estatua de los cuatro imperios y de las cuatro bestias, se le presenta al Profeta Daniel como un Hijo de hombre, que ha fundar el quinto imperio, indestructible, que no será otro que el Reino Mesiánico. He aquí un resumen de las visiones:
En los días de aquellos reyes el Dios del cielo suscitará un reino que nunca jamás será destruido, y que no pasará a otro pueblo; quebrantará y destruirá todos aquellos reinos, en tanto que él mismo subsistirá para siempre, conforme viste que de la montaña se desprendió una piedra —no por mano alguna—, que desmenuzó el hierro, el bronce, el barro, la plata y el oro…
… Seguía yo mirando en la visión nocturna, y he aquí que vino sobre las nubes del cielo uno parecido a un hijo de hombre, el cual llegó al Anciano de días, y le presentaron delante de Él. Y le fue dado el señorío, la gloria y el reino, y todos los pueblos y naciones y lenguas le sirvieron. Su señorío es un señorío eterno que jamás acabará, y su reino nunca será destruido.
Así como ninguno sabe cuándo bajará la piedra, así ninguno puede saber quiénes serán entonces las cabezas de los reinos, ni las novedades que en ellos habrá.
Por eso el mismo Señor con frecuencia nos exhorta en los Evangelios a la vigilancia en todo tiempo, porque no sabemos cuándo vendrá. Velad… porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor. Velad… en todo tiempo; Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad.
Dichosos mil veces los que la creyeren; dichosos los que le dieren la atención y consideración que pide un negocio tan grave; ellos procurarán ponerse a cubierto, ellos se guardarán del golpe de la piedra, ciertos y seguros que nada tienen que temer los amigos; pues sólo están amenazados los enemigos.
Mas si la noticia, o no se cree, o se desprecia y echa en olvido, ¿qué hemos de decir, sino lo que decía el Apóstol de la venida del Señor? Que el día del Señor vendrá como un ladrón de noche. Porque cuando dirán paz y seguridad, entonces les sobrecogerá una muerte repentina.
Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies…
Después el fin, cuando Él entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya derribado todo principado y toda potestad y todo poder. Porque es necesario que Él reine “hasta que ponga a todos los enemigos bajo sus pies”.
Las profecías no dejarán de verificarse porque no se crean, ni porque se haga poco caso de ellas…
¡Por eso mismo se verificarán con toda plenitud!

