EL ESTADO SERVIL

CONSERVANDO LOS RESTOS II

 

Séptima entrega

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HILAIRE BELLOC

EL ESTADO SERVIL

Traducido por Bruno Jacovella (Buenos Aires 1945)

SECCIÓN SEXTA

LAS SOLUCIONES ESTABLES DE LA ACTUAL INESTABILIDAD

Dado un Estado capitalista, inestable por naturaleza, tenderá a adquirir la estabilidad por un medio u otro.

La definición de equilibrio inestable es que un cuerpo en equilibrio inestable busca un equilibrio estable.

Por ejemplo, una pirámide que se sostiene sobre su cúspide se encuentra en equilibrio inestable; lo cual significa, sencillamente, que una ligera presión que se le aplique en cualquier sentido la hará caer y tomar una posición en que quedará en reposo.

Análogamente, se dice que algunas mezclas químicas se hallan en equilibrio inestable cuando sus componentes tienen entre sí tal afinidad que un leve estímulo puede provocar su combinación y la transformación de la estructura química del conjunto. Ejemplo de esto son los explosivos.

El hecho de que el Estado capitalista se halle en equilibrio inestable sólo quiere decir que está buscando un equilibrio estable, y que el capitalismo no puede hacer otra cosa que transformarse en algún otro régimen en que la sociedad pueda quedar en reposo.

No hay más que tres regímenes sociales que pueden reemplazar al capitalismo: la Esclavitud, el Socialismo y la Propiedad.

Puedo muy bien concebir una mezcla de dos de estos tres ingredientes, o de los tres juntos, pero cada uno constituye un tipo dominante, y en virtud de la misma naturaleza del problema, no es posible idear un cuarto régimen.

Recuérdese que el problema gira en torno al dominio de los medios de producción.

Capitalismo significa que se confiere este dominio a una minoría, en tanto que la libertad política es concedida a todos.

No pudiendo subsistir esta anomalía, por su inseguridad y por su propia contradicción respecto a su presunto fundamento moral, debe producirse la transformación de uno u otro de los dos elementos, cuya conjugación ha demostrado no ser viable.

Estos dos factores son: 1) la propiedad de los medios de producción, y 2) la libertad de todos.

Para dar una solución al capitalismo, hay que eliminar, sea la limitación de la propiedad, sea la libertad, o ambas a la vez.

Ahora bien, no hay más que un término alternativo de la libertad, y es su negación. Un hombre, o es libre de trabajar o no trabajar, a su gusto, o bien puede estar sujeto a una obligación legal de trabajar, respaldada por las fuerzas del Estado. En el primer caso, es un hombre libre; en el segundo, un esclavo por definición.

No tenemos, en consecuencia, por lo que se refiere a este factor de la libertad, opción alguna entre un número determinado de cambios, sino solamente la posibilidad de uno, a saber: el establecimiento de la esclavitud en lugar de la libertad.

Tal solución, el restablecimiento directo, inmediato y consciente de la esclavitud, sería una solución auténtica de los problemas que plantea el capitalismo, pues garantizaría a los desposeídos, mediante regulaciones viables, la seguridad y el necesario sustento. Esa solución, como lo mostraré, es la meta probable a la cual se encaminará de hecho nuestra sociedad. Hay, sin embargo, un obstáculo que impide su aceptación inmediata y consciente.

Lo que sobrevive de la tradición cristiana de nuestra civilización nos impele a rechazar el establecimiento directo y consciente de la esclavitud como solución al problema del capitalismo. Ningún reformador la preconizará; ningún profeta osa todavía darla como un hecho irremediable. Todas las teorías de una sociedad reformada, por consiguiente, tratarán primero de no tocar el factor de la libertad que se halla entre los elementos constitutivos del capitalismo, y se dedicarán a introducir algún cambio en el factor de la propiedad.

Con este término, «propiedad”, quiero significar, naturalmente, la propiedad de los medios de producción.

Ahora bien, al tratar de remediar los males del capitalismo, remediando aquel de sus dos factores que consiste en una mala distribución de la propiedad, uno encuentra dos caminos, y sólo dos, abiertos ante sí.

Si lo que veja es la limitación de la propiedad a unos pocos, puede modificarse tal factor del problema, sea poniendo la propiedad en manos de los muchos, o bien no poniéndola en manos de nadie. No hay otra posibilidad.

En la realidad concreta, no poner la propiedad en manos de «nadie» significa entregarla en fideicomiso en manos de funcionarios políticos. Si se dice que los males derivados del capitalismo se deben a la institución misma de la propiedad, y no a la desposesión de los muchos por los pocos, entonces debe prohibirse la posesión privada de los medios de producción por parte de cualquier miembro particular y privado de la comunidad; pero alguien debe manejar los Medios de producción: si no, no tendremos nada para comer.

De modo que, en la práctica, esa doctrina significa la administración de los medios de producción por aquellos que son los agentes públicos de la comunidad. La cuestión de si estos funcionarios públicos son, a su vez, fiscalizados o no por la comunidad, nada tiene que ver con el aspecto económico de esta solución.

El punto esencial que debe tenerse en cuenta es que la única alternativa que deja la propiedad privada es la propiedad pública. Alguien tiene que atender a que se are la tierra y tiene que manejar los arados; de otra manera, la tierra no sería arada. Es igualmente obvio que si se llega a la conclusión de que el mal no está en la propiedad en sí misma, sino en el exiguo número de los que la disfrutan, entonces el remedio radica en aumentar el número de esos propietarios.

Si se ha entendido todo lo expuesto hasta aquí, podemos recapitular y decir que una sociedad como la nuestra, que detesta el término «esclavitud» y evita un restablecimiento directo y consciente del status del esclavo, tendrá, necesariamente que contemplar la reforma de su mal distribuida propiedad de acuerdo a uno de los dos modelos.

El primero, la negación de la propiedad privada y la instauración de lo que se llama Colectivismo, vale decir: la administración de los medios de producción por los agentes públicos de la comunidad.

El segundo, la distribución más amplia de la propiedad, hasta que esta institución grabe su sello en todo el Estado, y hasta que los ciudadanos libres se hallen en posesión de capital o de tierra, si no de ambos a la vez.

Llamamos Socialismo, o Estado colectivista, al primer modelo; y Estado distributivo o de Propietarios, al segundo.

Elucidado todo esto, pasaré a mostrar en la sección siguiente por qué el segundo modelo, que implica la redistribución de la propiedad, es rechazado como inaplicable por nuestra actual sociedad capitalista, y por qué, en consecuencia, los reformadores escogen el primero, o sea, el del Estado colectivista.

Luego pasaré a mostrar cómo toda reforma colectivista, en su comienzo, se desvia necesariamente y produce, en lugar de lo buscado, otra cosa, a saber: una sociedad en que los propietarios continúan siendo pocos y en que la masa proletaria acepta la seguridad a costa de la servidumbre.

¿Me he explicado claramente?

Si no, repetiré por tercera vez, y en sus términos más sucintos, la fórmula que constituye el meollo de toda mi tesis.

El Estado capitalista engendra una Teoría Colectivista que, al actuarse, produce algo completamente distinto del Colectivismo, a saber: el ESTADO SERVIL.

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