SAN NICOLÁS DE TOLENTINO

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

SAN NICOLÁS DE TOLENTINO
CONFESOR, ERMITAÑO DE SAN AGUSTÍN (1245-1306)

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DIOS, que prepara a sus santos para la gloria eterna, sabe santificar no sólo su vejez y edad madura, sino también su nacimiento.

Así obró con San Nicolás, cuyo nacimiento anunciaron los ángeles. Compañón de Guarutti, su padre, y Amada Guaidiani, su mujer, vivían en el pueblo de Sant’Ángelo, en la Marca de Ancona, y lloraban hacía mucho tiempo, la infecundidad de su matrimonio. Muy devotos de San Nicolás de Mira, esperaban, con su intercesión, ver cesar su dolor.

Con este fin hicieron voto de ir a Bari, ciudad del reino de Nápoles, a venerar sus reliquias. Un ángel se les apareció entonces y les diio: «Vuestros ruegos han sido escuchados; id a la tumba de San Nicolás» .

El gozo que les causó esta visión, despertó a los dos esposos, quienes, levantándose  al instante, dieron gracias al cielo por ello. Fiados en el mensaje recibido dejaron su hacienda al cuidado de sus amigos y emprendieron a pie la peregrinación.

Llegados a Bari, fueron presurosos a cumplir sus devociones. Mientras estaban al pie del altar, quedaron dormidos, vencidos por el cansancio.

Abriéronse entonces los ojos de su alma a las cosas celestiales y vieron San Nicolás. 
—Vengo —les dijo— a confirmar las palabras del ángel. Pronto tendréis un hijo. Dadle por nombre Nicolás, pues a mí me lo deberéis. Ese niño alegrará al Señor por su vida de oración y penitencia. Será sacerdote y se hará célebre con numerosos milagros. Ahora regresad en paz a vuestra casa.

Llenos de júbilo por tan halagüeña promesa, Compañón y Amada se volvieron a Sant’Ángelo, donde al cabo de nueve meses, en septiembre de 1245, la vieron cumplida con el nacimiento de un niño, a quien pusieron el nombre de Nicolás, y al que criaron en la práctica de las virtudes en que más se había distinguido su santo patrono y abogado.

MODELO DE NIÑOS. SU VOCACIÓN

Desde sus primeros años fue dedicado al estudio. Las mujeres inmodestas y los muchachos traviesos le causaban repulsión: huía de su compañía y se aplicaba a imitar las virtudes que brillan en los buenos cristianos. Atraía a los pobres a la casa paterna y les servía con sus propias manos. Frecuentaba las iglesias, oía misa, rezaba con mucha devoción y escuchaba la palabra divina con respeto de hombre. Su devoción profunda y su porte hicieron creer a los fieles que veía a Cristo con los ojos corporales. «Si Dios conserva la vida a este niño —decían— , será algún día un gran Santo».

Desde sus primeros años, puso especialísimo cuidado en imitar al santo de su nombre, cuya vida se aprendió de memoria para ajustar mejor sus actos a los del glorioso bienaventurado a quien había tomado por modelo; y, habiendo leído que San Nicolás, cuando aun se hallaba en la infancia, ayunaba tres veces por semana, determinó hacer lo mismo, y así lo ejecutó desde la edad de siete años hasta su muerte.

Tanto como en la virtud de la piedad sobresalía en la de la pureza, siendo tan perfecto en ella que jamás se vio turbado su espíritu por las tentaciones de la carne.

Estos felices augurios le valieron ser agraciado con una canongía en la Colegiata de Sant’Ángelo. Allí recibió la tonsura y fue ordenado de menoresa Pedro, aunque muy joven aún, aspiraba a más alta perfección; buscaba un estado que pudiera levantarle a tal grado de virtud, que el mundo no fuera digno de poseerle.

Había a la sazón en el monasterio agustiniano de Sant’Ángelo, un prior cuyas palabras y vida eran la edificación del pueblo. Cierto día la multitud le escuchaba en la plaza pública: «No améis el mundo —decía— , no améis el mundo!. pues el mundo y sus placeres pasarán veloces para nosotros».

Nicolás estaba  entre los oyentes. Este pensamiento impresionó su alma y le hizo concebir el deseo de la vida religiosa. Acabado el sermón, se arrojó a los pies del predicador y pidióle el hábito de San Agustín.

Oyóle atentamente el buen religioso y, conociendo por la sinceridad que brotaba de las palabras de nuestro Santo que se trataba de una vocación verdadera, decidió llevarle sin dilación a casa de sus padres para que de ellos se despidiera y recibiera la bendición, pues no quería que la felicidad del hijo fuese la desesperación de los padres.

Amada y Compañón, que amaban demasiado a su hijo para oponerse al bien de su alma, separáronse de él, bendiciendo a Dios, que así empezaba a cumplir sus promesas.

El padre prior le condujo entonces al convento de su Orden, en el que fue admitido sin inconveniente alguno en vista de los informes que de él dio el religioso que en aquella ocasión le servía de padrino y fiador. Desde el momento mismo de su ingreso, entregóse Nicolás enteramente a su nueva vida y a subir los caminos de la perfección.

UN NOVICIADO FERVOROSO

Merced a la paz y recogimiento del claustro, nuestro Santo hízose pronto modelo de virtud. «No vive — decían— como hombre, sino como ángel». Sin embargo, Nicolás se creía el último de todos. Considerándose así, obedecía a todos sus hermanos, y sentía especial inclinación hacia aquellos que le causaban alguna humillación imprevista.

Rápido se deslizó el tiempo del noviciado y Nicolás fue admitido a emitir los votos solemnes del noviciado. El joven profeso comprendió que la lealtad obliga, tanto ante Dios como ante los hombres, a guardar gran compromisos. Por ello, previendo que no podría salvaguardar su pureza sino a costa de los más rudos sacrificios, sobrepujó a todos sus hermanos en austeridad. Su oración, sus ayunos prolongados, sus crueles maceraciones le dieron la victoria. Entre los mefíticos aires de la tierra, conservó, en toda su frescura y lozanía, el lirio de la virginidad.

Preguntáronle, algunas veces, si era posible al hombre rechazar todos los asaltos de la lujuria, pero él se guardó mucho de manifestar sus triunfos desde este punto. «Satanás es quien insinúa esa pregunta —pensaba— para hacerme caer en pecado; él quisiera enredarme en el lazo del orgullo y de la presunción».

Nicolás fué enviado a San Ginesio para hacer los estudios de teología bajo la dirección del célebre Ruperto, y más tarde pasó a Macerata.

MISA VOTIVA DE DIFUNTOS EN DOMINGO

Luego de haber recibido los órdenes sagrados en la colegiata de Santa María de Cingoli de manos de San Bienvenido, obispo de Ósimo, de radiante y constante devoción, celebró allí todos los días, contra la costumbre de aquellos tiempos, el santo sacrificio de la Misa. Estando celebrando, su rostro se inflamaba de fuego divino, y lágrimas de amor manaban de sus ojos. Los fieles acudían presurosos a oír su misa, para participar de sus oraciones.

Pero no sólo la Iglesia militante acudía a él para pedir sufragios. Cierta noche, oía gemidos y suspiros confusos: «Hermano Nicolás, siervo de Dios» apiádate de mí —repetía una voz lastimera. — ¿Quién eres? —inquirió. —Soy el alma del Hermano Pelegrino de Ósimo, a quien conociste, y que hoy sufro en las llamas del purgatorio. Te lo suplico; di mañana la misa de difuntos para librarme de mis penas. — La sangre del Redentor caiga sobre ti; pero no puedo acceder a tus deseos. Mañana es domingo y no puedo cambiar el oficio del día. Además, esta semana debo presidir en el coro y cantar la misa conventual. —Ven, pues, venerable Padre, y ve si puedes rechazar tan cruelmente las súplicas de los infortunados que me envían».

Nicolás fue entonces transportado a la soledad que rodeaba su convento. Una multitud de niños, mujeres y hombres se agitaban como en un mar de dolores. «¡Piedad! ¡Piedad por los que imploran tu socorro! —exclamaron al verle— . Mañana nos librarías a casi todos de nuestras penas, si quisieras decir la misa por nosotros».  El religioso fue presa de tal compasión, que volvió en sí. Inmediatamente se postra de rodillas, dirige al Señor fervientes plegarias y vierte abundantes lágrimas por el alivio de las almas del purgatorio. A la mañana siguiente manifiesta a su superior las instancias que la Iglesia purgante le ha hecho y obtiene fácilmente ser relevado de todo cargo. De ese modo, durante toda la semana consagra sus misas, oraciones y penitencias por el rescate de los difuntos. El último día, el alma del Hermano Pelegrino vino a darle las gracias por haberle abierto el cielo, así como a un gran número de sus compañeros. 

Tales fueron las primicias de su apostolado. Disponíase por la mortificación a hacerlo más fecundo en lo sucesivo. Nunca dejaba el cilicio; a menudo añadía un cinturón de hierro, cuyas aceradas puntas penetraban en sus carnes, y flagelábase todas las noches con unas disciplinas de acerados garfios, con lo que hacía brotar la sangre de su inocente cuerpo hasta quedar casi extenuado. Se impuso la obligación de ayunar cinco días por semana y de guardar abstinencia perpetua.

Ante tan subida santidad, los Superiores de la Orden confiáronle el importante cargo de maestro de novicios, que desempeñó durante un año y con gran satisfacción de todos, en el monasterio de San Elpidio. Posteriormente fue enviado, como predicador, a Ferino, ciudad asentada en lo alto de una colina que domina el mar Adriático. Su primo, abad de un monasterio benedictino sito no lejos de allí, quiso llevarle a su convento, pero Nicolás
se fue a la iglesia y armóse con el escudo de la oración. «¡Señor! —exclamó—, ¡haz que siempre camine ante ti!» Al momento veinte jóvenes divididos en dos coros le rodearon y cantaron por tres veces: «En Tolentino, en Tolentino morirás. Persevera en tu vocación, en ella encontrarás la salvación eterna». El hombre de Dios comprendió que eran ángeles aquellos a quienes había oído. El mismo día, vuelto a Fermo, recibió la orden de trasladarse al convento de Tolentino. La mayor parte de los historiadores están acordes
en señalar que la salida tuvo lugar en 1275.

AMOR A LA MORTIFICACIÓN.  LOS PANECILLOS

Para prepararse a la muerte que creía le había de llegar pronto en Tolentino, Nicolás entró en una vía aun más estrecha: prohibióse el uso de la leche, huevos, frutas y pescados; algunas hierbas hervidas eran su único alimento. Estas nuevas privaciones hiciéronle contraer una enfermedad grave. Su confianza en el médico divino. Nuestro Señor Jesucristo, hizo que no quisiera la visita de los de la tierra. Sin embargo, sus Hermanos, a pesar suyo, hicieron que le visitaran. Los hombres de ciencia diagnosticaron que, para recuperar la salud, el enfermo debía comer carne.

Aquella solución iba en contra de las promesas que el Santo había hecho a Dios. Sin embargo, por imponerlo así las circunstancias y de acuerdo con la prescripción médica, el superior se lo mandó. Nicolás «prefería tener la muerte entre los dientes antes que un trozo de carne»; no obstante, por obediencia tomó un bocado de ella.

En otra ocasión estuvo obligado a aceptar una perdiz asada. Ya el cocinero había cortado un trozo, cuando el enfermo levantando los ojos al cielo exclamó: «¡Dios mío, vos conocéis mi corazón!» Al momento —refiere uno de su contemporáneos— las dos partes de la perdiz se volvieron a juntar, cubrióse de plumas su cuerpo, y el ave. recibida la bendición del Padre, se voló del plato y de la habitación a vista de los presentes. Al mismo tiempo, cesó la enfermedad y Nicolás se encontró perfectamente sano.

Algún tiempo después de aquello, tuvo otro ataque tan violento, que se creyó a las puertas de la muerte. El temor del juicio de Dios vino a acrecentar su mal. Mas la Santísima Virgen, San Agustín y Santa Mónica, apareciérosele  y le animaron. «No temas —le dijeron— , tu Salvador te ama y nosotros intercedemos por ti ante Él. La hora de tu muerte no ha llegado aún. Envía a la granja vecina por un pan del día; remójalo en agua, cómelo y recuperarás la salud». Nicolás obedeció y se levantó lleno de fuerza y de vida, cual si nunca hubiera estado enfermo.

En memoria de este milagro, los religiosos agustinos bendicen panecillos el día de su fiesta. Los que los toman con fe, invocando el nombre de la Virgen María y el de San Nicolás, se ven a menudo libres de sus males.

También se hace comer de estos panecillos a los animales para preservarlos de accidentes y epidemias.

VANAS TENTATIVAS DEL DEMONIO

Nicolás aprovechó el tiempo que se le daba en este mundo para subir con más ardor por el camino de la santidad y dióse con mayor ahinco a sus mortificaciones. Para apartarle de estas prácticas saludables, el demonio le sugería el pensamiento de que su género de vida ofendía Dios. «Sólo el orgullo te mueve a ello —le decía, transformándose en ángel de luz— . Limítate a cumplir la regla común, pues de otro modo te debilitas, te haces inútil al prójimo y eres carga onerosa para tu Orden»,
Estas reflexiones sumieron a Nicolás en grandes sufrimientos, pues su solo deseo era conformarse con la voluntad divina. El Señor se compadeció de él, disipó sus temores y le animó a continuar sus mortificaciones.

A sus trabajos, el hombre de Dios unía oración incesante. Terminadas las Completas, la comunidad se retiraba del coro. Cuando volvía al día siguiente al romper la aurora, para el canto de Maitines, aun encontraba allí a Nicolás en oración. Después del Oficio decía Misa con aquella piedad encendidande que más arriba hemos hecho mención. Entregábase luego a obras de apostolado ya predicando, ya confesando, o ya dando consejos que hacían germinar la virtud en los corazones. Volvía en seguida a su contemplación. Empero, cierta noche, el demonio le tiró y rompió la lámpara con que se  alumbraba. Sin la menor impaciencia, el hombre de Dios recogió los trozos estos volvieron a soldarse tan íntimamente, que nadie hubiera creído que la malicia infernal los hubiese separado. Dos veces más el espíritu de las tinieblas renovó su fechoría y otras tantas Nicolás renovó el milagro.

Curioso Satanás, fue a colocarse en el techo de la habitación en donde el religioso oraba. Para distraerle imitaba alternativamente el ruido de las bestias más feroces; aparentaba romper las tejas, cortar las vigas y hundir el monasterio. Pero, todo en vano; Nicolás permaneció invenciblemente unido a Dios. Lleno de rabia, el demonio se armó con una maza y abrumó a golpes al Santo, le arrastró por el claustro y le dejó cubierto de heridas.

CARIDAD Y MILAGROS DEL SANTO

Nicolás se levantó, pero quedó cojo. A pesar de este defecto no quiso disminuir en nada sus trabajos. Como antes, continuó visitando a los enfermos y procurándoles los socorros corporales y los espirituales; y, cuando llegaba su turno, iba humildemente, de puerta en puerta, pidiendo para el sustento de sus hermanos.

Un día una pobre mujer le dio un pan entero, diciendo: «Sólo tengo harina para hacer otro pan como ése; cuando lo hayamos comido, moriremos». Conmovido por tal caridad, suplicó al Señor renovase, para su bienhechora, el prodigio verificado por el profeta Elias en favor de la viuda de Sarepta. Fue escuchado y la generosa mujer encontró en su troj gran cantidad de harina.

Hacía también en el convento el oficio de hostelero. Recibía a los forasteros como enviados de Dios. Para honrar a Jesucristo, besaban los pies y las manos de los que iban a pedir limosna a la puerta del convento.

Los últimos años del siervo de Dios fueron señalados con milagros numerosísimos. Una mujer de Tolentino tuvo la desgracia de que su primer hijo muriera.

Fue tal la aflicción que esta pérdida le produjo, que contrajo una grave enfermedad, y durante varios años no dio a luz más que hijos muertos.

En su dolor, fue a arrojarse a los pies del Santo anciano. Éste la bendijo y, en lo sucesivo, fue madre de numerosa y floreciente prole.

Otra mujer sufría desde hacía mucho tiempo de los ojos. Los remedios de los hombres no habían hecho más que agravar su mal: la habían vuelto loca y paralítica. El Santo puso la mano sobre la cabeza de esta desgraciada, rezó la oración dominical y quedó al instante curada.

La señal de la cruz era el remedio que empleaba más a menudo. Un joven tuvo la desgracia de caer en el fuego. Cuando le sacaron estaba completamente ciego. Nicolás hizo la señal de la cruz sobre sus llagas y el infortunado recobró la vista. Del mismo modo curó a un religioso de su comunidad, que por una caída contrajo una enfermedad intestinal.

Entre estas brillantes recompensas, de las que su humildad se alarmaba, experimentaba otras más íntimas y de más precio. Nuestro Señor le colmaba de consuelos espirituales.

Una noche en que oyera cantar a los ángeles, exclamó repetidas veces: «Quisiera morir para vivir con Cristo».

EL TRIUNFO

No tardaron en cumplirse sus deseos. Su mal aumentó hasta el punto de obligarle a usar muletas. Por fin, hubo de renunciar a todo movimiento y permanecer tendido en cama. Sintiendo que su fin se acercaba, hizo reunir a la comunidad.

Hermanos míos —dijo gimiendo— : mi conciencia no me reprocha nada, pero eso no quiere decir que yo sea inocente. Si he ofendido a alguno de vosotros, le pido humildemente perdón. En cuanto a Vos, Padre Prior, dignaos absolverme de mis faltas y administrarme los santos sacramentos.

Durante su agonía, pidió una reliquia de la verdadera Cruz y después dijo al enfermero: «Repítame a menudo al oído las palabras del Salmista: Señor, porque habéis roto mis ligaduras, os ofreceré un sacrificio de alabanza, así mi corazón podrá permanecer unido a Dios».

Quedó varias horas en éxtasis; después su rostro se iluminó con alegría sobrenatural. «Mi Señor Jesucristo, acompañado de su dulce Madre y de nuestro padre San Agustín —dijo— , me convida a entrar en el gozo de mi Dios»; y, juntando las manos, miró nuevamente a la cruz y exclamó: «Padre mio, en tus manos encomiendo mi espíritu»; y expiró. Era el sábado 10 de septiembre de 1306.

Eugenio IV le inscribió en el Catálogo de los Santos el 1.° de febrero de 1446. Las fiestas de su canonización se celebraron con gran pompa el 6 de junio siguiente, y Sixto V le incluyó en el Martirologio en 1585.

EL SANTO DE CADA DÍA

EDELVIVES

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