ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD
EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ
Décimo octava entrega

“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”
(Félix III, Papa)
VENIDA DEL MESÍAS
EN GLORIA Y MAJESTAD
PARTE SEGUNDA
Que comprende la observación de algunos fenómenos particulares sobre la Profecía de Daniel, y venida del Anticristo.
Fenómeno I
La estatua de cuatro metales del capítulo segundo de Daniel
Propongo este punto, en primer lugar, por ser una de las más ilustres Profecías que se hallan en toda la Divina Escritura, cuyo perfecto cumplimiento, exceptuando la última circunstancia, vemos ya con nuestros propios ojos, y debiéramos mirar con una religiosa admiración.
Represéntase aquí el Profeta de Dios, debajo de la figura de una estatua grande y de aspecto terrible, compuesta de cuatro diferentes metales, cuatro reinos o imperios grandes y célebres, que en diversos tiempos habían de afligir al mundo y dominarlo. A cada uno de ellos se le pone su distintivo propio y peculiar, para que por él pueda conocerse con toda certidumbre.
Represéntase del mismo modo el fin y término de todos estos reinos, el cual debe suceder con la caída de cierta piedra, que por sí misma, sin que nadie la tire, se ha de desprender de un monte, y volar directamente hacia los pies de la estatua; a cuyo golpe terrible e improviso, se quebrantan al punto, y se desmenuzan, no solamente los pies, sobre quienes cae, sino junto con ellos, todas las otras partes de la estatua, reduciéndose toda ella a una leve ceniza que desaparece con el viento. En consecuencia de este gran suceso, la piedra misma que hirió la estatua, crece y se hace un monte tan grande, que ocupa y cubre toda la tierra.
Tú, oh Rey, veías, y te pareció como una grande estatua; aquella estatua grande, y de mucha altura estaba derecha enfrente de ti, y su vista era espantosa. La cabeza de esta estatua era de oro muy puro, mas el pecho y los brazos de plata, y el vientre y los muslos de cobre, las piernas de hierro, y la una parte de los pies era de hierro, y la otra de barro. Así la veías tú, cuando sin mano alguna se desgajó del monte una piedra e hirió la estatua en sus pies de hierro y de barro, y los desmenuzó. Entonces fueron asimismo desmenuzados el hierro, el barro, el cobre, la plata, y el oro, y reducidos como a tamo de una era de verano, lo que arrebató el viento; y no parecieron más; pero la piedra que había herido la estatua se hizo un grande monte e hinchió toda la tierra (1).
La explicación que da el Profeta mismo a toda esta visión, se reduce a esto, que los cuatro metales de que la estatua se compone, significan cuatro imperios o reinos, que unos tras de otros han de ir apareciendo en el mundo, y haciendo en él un gran ruido y una gran figura.
El primero, simbolizado por la cabeza de oro, lo señala con su propio nombre, diciendo que es aquel mismo que acababa de fundar Nabucodonosor con sus prodigiosas y rápidas conquistas, y de que el mismo Nabuco era actualmente la cabeza.
Los otros tres no los nombra, sólo dice que el segundo reino será de plata, y por consiguiente menor que el primero, el tercero de bronce, que mandará sobre la tierra, y el cuarto de hierro mezclado con greda, etc.
Tú pues eres la cabeza de oro. Y después de ti se levantará otro reino menor que tú, de plata, y otro tercer reino de cobre, el cual mandará toda la tierra. Y el cuarto reino será como el hierro, etc (2).
En su lugar iremos copiando lo que resta del texto de esta gran profecía, conforme fuere necesario.
En ella tenemos que examinar dos puntos que creemos de una suma importancia. Así nuestro examen debe ser atento y prolijo, sin dejar pasar por alto la más mínima circunstancia.
El primero es, la repartición que hasta ahora se ha hecho de estos cuatro reinos, si es justa y conforme al texto y a la historia o no; si debemos pasar por ella o repugnarla. En suma, debemos conocer estos reinos célebres, y señalarlos por sus propios distintivos sin salir un punto del texto sagrado. Este conocimiento claro e individual nos es absolutamente necesario para poder observar el segundo punto, y entenderlo bien.
Es a saber: ¿qué piedra es esta que ha de caer a su tiempo sobre los pies de la estatua, y convertirla toda en polvo y ceniza? ¿Si esta piedra ha caído ya del monte, o debemos todavía esperarla? Por consiguiente, ¿si ya ha sucedido en el mundo lo que debe seguirse, después de que caiga según la profecía, esto es, la fundación de otro reino sobre toda la tierra incorruptible y eterno?
Se propone y examina la repartición que hasta ahora ha corrido de estos cuatro reinos
La admiración que siempre me ha causado esta repartición, en que veo que todos convienen, a lo menos cuanto a la sustancia, me ha hecho también pensar muchísimas veces cuál puede haber sido la verdadera causa que ha obligado a los doctores a unirse en este parecer, no obstante que lo repugna tanto, no sólo la Escritura divina, sino también la historia y la experiencia misma.
Os diré, amigo, simplemente lo que se me ofrece: tal vez lo tomarás a mal, mas ¿quién podrá detener la palabra una vez concebida? (3) La causa en sustancia, y guardada toda aquella proporción que se debe guardar en la semejanza, me parece la misma que tuvo Herodes para degollar a los inocentes; quiero decir, el miedo y pavor del reino de Cristo.
Este reino con todas las circunstancias tan claras y tan individuales, que señala esta profecía, y que se halla en millares de otras, como iremos observando, este reino, digo, no lo pueden sufrir en su sistema; los turba, los asusta, y tal vez los hace entrar en cierta especie de furor, el cual, aunque religioso y santo, no por eso deja de ocasionar la muerte a muchos inocentes, esto es, a tantos lugares de la escritura, a quienes se quita con tan manifiesta violencia su sentido propio y literal, con que sólo pueden vivir.
Este reino, vuelvo a decir, repugna terriblemente a todas sus ideas. No es posible admitirlo sino en sentido metafórico, o puramente espiritual. Aun así es necesario llegar a algunos malos pasos, y ver el modo o de pasarlos, o de evitarlos; lo cual también repugna a las mismas ideas, tómese el partido que se tomare.
Por ejemplo: el tiempo en que debe comenzar el último reino, que según expresa la profecía, debe ser cuando la estatua caiga al golpe de la piedra, y se reduzca toda a polvo y ceniza, y esto tampoco se puede componer, ni aun en sentido espiritual, con las ideas ordinarias. ¿Qué se hará pues, para poder salir de un embarazo tan terrible?
No se ha hallado otro expediente, por más que se ha buscado por los mayores ingenios, que invertir un poco el orden de los cuatro reinos figurados en la estatua, repartirlos de modo que no hagan mucho daño, olvidar del todo, como si no se viesen, algunas circunstancias bien notables, y con esto ir preparando insensiblemente el camino para colocar el quinto reino, donde pareciere menos incómodo, y para espiritualizarlo del todo. Pienso, que apenas entenderéis lo que acabo de decir; mas no tardaré mucho en explicarme.
Otra cosa quisiera deciros en el asunto, muy semejante a un enigma. Paréceme, que nuestros doctores han contado los cuatro reinos que figura la estatua, en esta forma: primero, cuarto, tercero, segundo.
Explícome, en el primer reino no hay dificultad ni tampoco interés de consideración, claramente lo señala el Profeta, y es el único que señala por su propio nombre, diciendo, que es aquel reino celebérrimo fundado por Nabucodonosor, y de quien él mismo era actualmente la cabeza: tú pues eres la cabeza de oro.
Conocido este primer reino, antes de conocer perfectamente los dos siguientes, parece que les arrebató toda la atención lo que se dice del cuarto, figurándose que era, sin duda alguna, el imperio romano, así por tal cual seña equívoca que pudieron acomodarle, como por la persuasión en que estaban (falsa a la verdad) de que el imperio romano había de durar hasta el fin del mundo.
Creyendo pues buenamente que ya tienen conocidos dos reinos, esto es, el primero y el cuarto, faltaba conocer los dos intermedios; mas como entre el imperio romano y el que fundó Nabuco no se hallaba otro claro y cierto que el de los Griegos, pareció un buen expediente dividir el primero por dos partes bien desiguales, llamando la parte menor del reino de los Babilonios o Caldeos, y a la otra mayor el reino de los Persas. Así se empezó a hacer en el siglo de Teodosio el grande, cuando el imperio romano estaba en tanta grandeza y esplendor, que parecía incorruptible y eterno, y así ha corrido hasta nuestros tiempos por las razones que luego veremos, con lo cual sale bien la cuenta enigmática, uno, cuatro, tres, dos.
Consideremos ahora brevemente el orden de estos cuatro reinos como se halla en los doctores, mas sin perder de vista el texto de la profecía.
El primer reino, dicen, es el de los Babilonios o Caldeos, cuyo fundador fue Nabuco a quien sucedió su hijo Evilmerodac, y a este Baltasar, en quien el reino tuvo fin.
Lo más común es confundir a Evilmerodac con Baltasar, haciendo de los dos una sola persona, y en caso que esto sea verdad, que parece muy lejos de serlo, sólo hubo dos reyes, padre e hijo en el primer reino. ¡Qué reino tan corto! ¡Parece que debía durar mucho más siendo de oro, y oro óptimo! La cabeza (dice el texto) era de oro muy puro.
Ahora pregunto yo, ¿este primer reino a quien llaman de los Babilonios o Caldeos se limitó solamente a la Caldea? Es evidente que no; en la Caldea estaba la corte del reino, que era la gran ciudad de Babilonia; mas su dominación se extendía a todos cuantos reinos particulares, principados y señoríos había entonces en el Asia, entrando en este número todo el Egipto.
Sin recurrir a la historia profana, la misma Escritura divina nos lo dice claramente en profecía, y en historia. Todos los pueblos de la Siria, Mesopotamia, Palestina, Tiro, Egipto, las Arabias, etc., eran conquistados por Nabuco; la Media y la Persia, aunque tuviesen sus príncipes particulares e inmediatos, mas todas reconocían al gran rey de Babilonia por príncipe supremo, y como a tal le obedecían y tributaban vasallaje. Los cautivos que sacó este príncipe de Jerusalén y Judea, no sólo fueron conducidos a Babilonia y a otras ciudades de Caldea, sino también a la Media y a la Persia, como a provincias del imperio. De los que fueron a la Media nos habla todo el libro de Ester (si acaso es cierto que Asuero era rey de Media). De los que fueron a Persia nos dice dos palabras el libro segundo de los Macabeos: Cuando nuestros padres (son sus palabras) fueron llevados a la Persia. Todas estas noticias nos servirán bien presto. Pasemos adelante.
El segundo reino, figurado en el pecho y brazos de plata de la estatua, dicen que fue el de los Persas, los cuales unidos con los Medos, bajo las dos cabezas de Dario Medo y Ciro Persa, conquistaron a Babilonia, y hechos dueños del imperio se coronaron uno después de otro en la misma ciudad de Babilonia.
No se detienen mucho en una gran dificultad que luego salta a los ojos, es a saber, que este nuevo reino (que llaman de los Persas, para distinguirlo del de los Caldeos), o creció y se hizo mucho mayor por la agregación de los Medos y Persas, o a lo menos quedó tan grande como estaba, si esta agregación no se hizo entonces, sino que ya estaba hecha en tiempo de Nabuco; y no obstante la profecía dice, que el segundo reino será menor que el primero; y después de ti se levantará otro… menor que tú, de plata.
A esta gran dificultad responden en breve diciendo que el verdadero sentido de estas palabras es, que el segundo reino será menor, no en extensión, ni en gente, sino en valor y gloria militar. Y como si esto mismo, aun prescindiendo de la suma violencia de este sentido, no se pudiese revocar en duda, y convencer de falso, pasan adelante con gran satisfacción, tanto, que un intérprete de los más clásicos se pone de propósito a probar con grande aparato de erudición, que la Persia fue antiguamente muy rica en minas de plata, y por eso es aquí simbolizada por este metal. Y la Caldea que no tenía minas de oro, ¿por qué se simboliza por el oro?
El tercer reino, figurado en el vientre y muslos de bronce de la estatua, quieren que sea el de los Griegos, fundado por Alejandro. ¿Mas cómo? ¿Al reino de los Griegos conocidamente el menor de todos, le compete el distintivo particular que señala el Profeta al tercer reino, esto es, que mandará sobre toda la tierra? (4) Diréis necesariamente que sí, haciéndome observar por todo fundamento aquellas palabras de la Escritura que hablando de Alejandro dice: calló la tierra delante de él; mas lo primero, estas palabras hablan de Alejandro, no del reino de los Griegos; ni de Alejandro se puede decir con propiedad que fundó el reino de los Griegos, sino que destruyó el de los Persas. Lo segundo: estas palabras de la Escritura no dicen que Alejandro imperó sobre toda la tierra, sino que la tierra calló en su presencia, expresión vivísima para explicar el terror y espanto que causó Alejandro en toda la tierra comprendida en el imperio de los Persas, por donde anduvo como un rayo, arruinándolo todo, sin que nadie le resistiese. En adelante examinaremos más de propósito el distintivo particular del tercer reino de bronce, y se lo daremos a quien alegare mejor derecho.
Finalmente, el cuarto reino de hierro mezclado con greda, dicen, que no puede ser otro que el imperio romano, del cual se verifica propiamente lo que dice la profecía del reino cuarto: Y el cuarto reino será como el hierro. Al modo que el hierro desmenuza, y doma todas las cosas, así desmenuzará, y quebrantará a todos estos (5).
Hasta aquí no había dificultad; la semejanza se podía muy bien acomodar al imperio romano, si el texto de la profecía se acabase aquí; si no diese otras señales y distintivos propios del cuarto reino, que no pueden competer al imperio romano. Lo que se sigue del texto sagrado, es el gran trabajo; y esta es sin duda la verdadera causa de variar tanto los doctores en la explicación, o acomodación de estas cosas al imperio romano, como que la dificultad es grande, y necesita de discurso e ingenio. Ved aquí el texto todo entero, pues luego hemos de volver a él.
Y el cuarto reino será como el hierro. Al modo que el hierro desmenuza, y doma todas las cosas, así desmenuzará, y quebrantará a todos estos. Y lo que viste de los pies y de los dedos una parte de barro de alfarero, y otra parte de hierro; el reino será dividido, el cual no obstante tendrá origen de vena de hierro, según lo que has visto de hierro mezclado con tiesto de barro. Y los dedos de los pies en parte de hierro, y en parte de barro cocido; en parte el reino será firme, y en parte quebradizo. Y el haber visto el hierro mezclado con el tiesto de barro, se mezclarán por medio de parentelas, mas no se unirán el uno con el otro, así como el hierro no se puede ligar con el tiesto. Mas en los días de aquellos reinos el Dios del cielo levantará un reino, que no será jamás destruido, y este reino no pasará a otro pueblo; sino que quebrantará y acabará todos estos reinos; y él mismo subsistirá para siempre. Según lo que viste, que del monte se desgajó sin mano una piedra, y desmenuzó el tiesto, y el hierro, y el cobre, y la plata, y el oro, el grande Dios mostró al rey las cosas que han de venir después. Y el sueño es verdadero, y su interpretación fiel (6).
Se propone otro orden y otra explicación de estos cuatro reinos
Aunque el orden que voy a proponer, y la explicación que voy a dar me parece justa en todas sus partes, como enteramente conforme con la profecía y con la historia, todavía, porque no tengo razón alguna para fiarme de mi dictamen, lo sujeto de buena fe a cualquier examen, por rígido que sea, con tal que no pase de aquellos límites justos que prescribe la verdadera crítica. Esto mismo protesto y deseo que se tenga por dicho, respecto de todos, y de cada uno de los puntos que he tratado y pienso tratar en toda esta obra. Lo cual supuesto y no olvidado, entremos en materia.
El primer reino figurado por la cabeza de oro de la estatua, fue sin controversia el de los Caldeos, o Babilonios, de quien Nabuco, que lo había fundado con sus prodigiosas y rápidas conquistas, era actualmente la cabeza o el rey.
Es evidente, no sólo por la Escritura santa, sino también por la historia profana, que el rey Nabuco no había conquistado ni fundado el reino particular de Babilonia, o Caldea; este reino particular lo había heredado de sus padres, y contaba tantos años o siglos de antigüedad, cuantos habían pasado hasta entonces desde Nemrod, que fue su fundador, y su primer soberano, como se dice en el capítulo X versículo 10 del Génesis; no fue este, pues, el reino de que habla la profecía, no es el figurado por la cabeza de oro de la estatua, ni le pueden competer a este reino particular las cosas que aquí se dicen del primero.
¿Cuál es, pues, este reino primero? Es el que fundó con sus armas siempre victoriosas el mismo Nabuco, sujetando en poco tiempo a su dominación todos cuantos reinos y señoríos particulares se conocían en aquel tiempo en todo el oriente. Por esta razón lo llama el mismo Profeta rey de reyes (7). Lo cual concuerda perfectamente con lo que dice el Señor por Jeremías: que todas las gentes, pueblos y naciones (se entiende del oriente, pues estas acaba de nombrar) se las había dado él mismo a Nabucodonosor. Yo he puesto… todas estas tierras en mano de Nabucodonosor, rey de Babilonia mi siervo; además le he dado también las bestias del campo, para que le sirvan. Y le servirán todas las naciones a él, y a su hijo, y al hijo de su hijo; hasta que venga el tiempo de su tierra y de él mismo; y le servirán muchas naciones, y reyes grandes. Mas la gente y el reino que se sirviere a Nabucodonosor rey de Babilonia, y cualquiera que no encorvare su cuello bajo el yugo del rey de Babilonia: visitaré aquel pueblo, dice el Señor, con cuchillo, y con hambre, y con peste; hasta que yo los consuma por su mano (8). Este solo lugar de la Escritura parece que basta, sin recurrir a la historia, para ver claramente el primer reino de oro con toda su extensión.
Del mismo modo parece evidente por la Escritura y por la historia que este reino o imperio, fundado por Nabuco, ni se destruyó, ni se mudó, ni se alteró en cosa alguna sustancial, cuando Darío Medo y Ciro Persa sacudieron el yugo de Baltasar, hijo o nieto del mismo Nabuco, y se apoderaron de la capital del imperio. La única novedad que hubo entonces fue mudar el mismo imperio de cabeza o de rey, sentándose en aquel trono Darío Medo en lugar de Baltasar Caldeo.
Expresamente lo dice así Daniel, testigo ocular, al fin del capítulo V: Aquella misma noche mataron a Baltasar rey caldeo. Y Darío, que era Medo, le sucedió en el reino (9); que es lo mismo que si dijéramos, murió Carlos II, rey de España, de la casa de Austria; y Felipe V francés, de la casa de Borbón, le sucedió en el reino. ¿En qué reino? No en otro sino en el mismo reino de España, de modo, que así como Felipe V sentándose en el trono de España no fundó otro reino nuevo, sino que imperó sobre el mismo de su antecesor, así Darío Medo, sentándose en el reino de Babilonia no hizo otra cosa que imperar sobre el reino, sobre el cual imperaba Baltasar.
El mismo Daniel lo vuelve a decir en estos precisos términos al principio del capítulo IX: En el año primero de Darío, hijo de Asuero, de la estirpe de los Medos, que tuvo el mando en el reino de los Caldeos (10). Y como Ciro Persa y todos sus sucesores hasta Darío Comano, no imperaron sobre otro reino que sobre el que les dejó Darío Medo, sucesor inmediato de Baltasar, se sigue legítimamente que hasta Darío Comano, vencido por Alejandro, duró el primer reino de oro que fundó Nabuco; llámese este reino de Caldeos, o de Medos, o de Persas, importa poquísimo o nada, pues los nombres no mudan las cosas.
Demás de esto es cosa cierta que ni Darío, ni Ciro su nieto, ni algún otro de sus sucesores destruyeron a Babilonia, antes en ella misma se sentaron como en la capital del imperio, y Babilonia fue por mucho tiempo la corte de muchos reyes descendientes de Ciro, los cuales se llamaban indiferentemente reyes de Media y Persia, y también reyes de Babilonia.
El año 32 de Artajerjes, cerca de cien años después de Ciro, el sacerdote Neemías que era su copero y favorito, no lo llama sino con el nombre de rey de Babilonia. Así dice: Mas a todas estas cosas yo no me hallé en Jerusalén, porque el año treinta y dos de Artajerjes, rey de Babilonia, fui a presentarme al rey (11).
Andando el tiempo, parece que la corte se pasó a otras partes, según la voluntad de sus reyes; mas el reino o imperio quedó siempre el mismo, sin novedad alguna, hasta Alejandro. Ni en el gobierno, ni en las leyes, ni en las costumbres, ni en la religión, nos consta que hubiese mudanza de consideración. Darío dejó la Media, y se pasó a Babilonia. Siguió allí mismo Ciro, Cambises, Artajerjes, etc. después de algunos años permaneció el nombre de Persia o imperio de los Persas, porque la corte se había pasado más de asiento a la provincia particular que se llamaba Persia, la cual en aquel tiempo era mucho menor del que después se ha llamado con este nombre.
No tenemos, pues, razón alguna para dividir el reino de los Persas del de los Caldeos o Babilonios, porque es evidentemente el mismo reino de oro, fundado por Nabuco, que con el tiempo mudó de nombre, y nada más.
Sobre todo (y esta es una circunstancia que no debemos disimular) el reino de los Persas que quieren que empiece desde Ciro, jamás fue menor, sino igual o mayor que el de los Caldeos, fundado por Nabuco, luego no puede ser el segundo reino figurado en la estatua, pues expresamente dice la profecía, que será menor que el primero, y quizá tanto menor, cuanto lo es la plata respecto del oro. Y después de ti se levantará otro reino menor que tú, de plata (12).
Segundo reino
El segundo reino, figurado en el pecho y brazos de plata de la estatua, decimos que no puede ser otro que el de los Griegos, así por el distintivo particular que pone el Profeta al segundo reino, de ser menor que el primero, como por su misma constitución, es decir, por componerse todo de pecho y brazos.
En el pecho podemos considerar el reino principal de los Griegos, que después se llamó de Siria, y en los brazos las dos ramas que se entendieron de los mismos Griegos, una hasta la Macedonia en Europa, y otra hasta Egipto en África, donde fundaron dos reinos particulares del todo independientes.
Este reino, pues, o este imperio célebre de los Griegos no lo podemos mirar como ya formado en los días de Alejandro; este no hizo otra cosa que destruir, no edificar. Apenas podemos decir con alguna propiedad que abrió las zanjas y puso una u otra piedra para que sobre ella se levantase después el edificio.
En esto trabajó diez o doce años andando por el Asia como un rayo, o mejor diremos como un loco furioso, matando gente por todas partes, robando y destruyendo ciudades, que en nada le habían ofendido, casi sin sistema o designio formado; tanto, que al morir dividió todas sus conquistas en tantas partes cuantos eran sus capitanes más favoritos, los cuales después de su muerte intentaron todos llamarse reyes y se coronaron como tales: y repartió entre ellos su reino, cuando estaba aún en vida. Y sus cortesanos ocuparon el reino, cada cual en su lugar; y después de su muerte se ciñeron la corona (13).
Es verdad que esta división o testamento de Alejandro no tuvo efecto, ni era posible que lo tuviese en aquellas circunstancias. A pocos días comenzó la discordia, y la guerra viva entre los nuevos reyes; y habiéndose quebrado las cabezas junto con las coronas, se redujo todo a solos cuatro pretendientes que fueron Antígono, Seleuco, Ptolomeo, y Casandro. Este último vino a Macedonia, donde apenas hizo una triste figura, Ptolomeo se hizo fuerte en Egipto donde Alejandro lo había dejado de gobernador. Antígono y Seleuco vinieron a las manos y disputaron largo tiempo sobre el pecho de la estatua, hasta que Seleuco por muerte de su competidor quedó dueño absoluto de la principal parte del reino o imperio que acababa de destruir, digo de la parte principal, y no del todo, porque es certísimo que no todo lo que comprendía el imperio de los Persas quedó sujeto a la dominación de Seleuco. Muchas ciudades así de Persia, como de Media, no lo reconocieron por soberano. En el Asia menor se levantaron otros reyes que al fin se hicieron independientes, y todo el Egipto quedó enteramente libre debajo de otra cabeza particular.
De esta suerte se verificó plenamente el distintivo que señala el Profeta al segundo reino, diciendo, que sería menor que el primero, como lo es la plata respecto del oro: menor que tú, de plata.
Este reino o imperio, que empezó en Seleuco, es propiamente el reino de los Griegos, absolutamente diverso del primero en extensión, en gente, en riquezas, en leyes, en costumbres, en dioses, y aun en la lengua misma, que en toda el Asia, como el Egipto, se empezó luego a hacer común la de los nuevos dominantes.
Tercer reino
El tercer reino o imperio célebre, figurado en el vientre y muslos de bronce de la estatua, es evidentemente el romano. La circunstancia o distintivo particular el cual mandará a toda la tierra, no sólo es notablemente agravante, sino que lo hace mudar de especie, y casi lo señala por su propio nombre.
¿De qué otro imperio se puede decir con verdad que dominó sobre toda la tierra conocida, sino del romano? Considerad este imperio en tiempo de Augusto, o de Trajano, o de Constantino, o de Teodosio; lo veréis tan grande, y de una tan vasta capacidad, que encierra dentro de su vientre todos cuantos reinos, principados y potestades se conocían entonces en el mundo viejo, esto es en Asia, África y Europa, sin quedar libres aún las islas del mar. Considerad el metal mismo que lo figura, que es el bronce, no sólo duro y fortísimo, sino también sonoro, porque no sólo sujetó tantos y tan diversos pueblos con la dureza y fuerza de sus armas, sino también quizá mucho más con el sonido y eco de su nombre.
El Profeta dice del tercer reino, que será de bronce hasta los muslos: el vientre y los muslos de cobre; otro distintivo claro del imperio romano que tantos tiempos estuvo dividido en imperio de oriente y occidente.
Llegando aquí, señor, paréceme que os veo sorprendido no poco con esta novedad. Siendo esto así, me replicáis ¿dónde está el cuarto reino de la profecía? Si el imperio romano es el realmente figurado en el vientre y muslos de bronce de la estatua, ¿cuál podrá ser el reino o imperio de hierro, figurado en las piernas, pies y dedos de la misma estatua?
A esta pregunta, yo os respondo en primer lugar con otra pregunta, que tal vez os causará mayor admiración. Decidme, señor, con formalidad, ¿cuál es vuestro sentimiento en orden al imperio romano? Más claro: ¿el imperio romano dónde está? ¿Se ha subido acaso a la luna, o a los espacios imaginarios?
Lo que ahora se llama o lo que es en realidad un imperio en Alemania, este es propiamente el imperio romano. Este, decís, es una reliquia del imperio romano, la cual después de destruido todo, se ha conservado, ya en Constantinopla, ya en Francia, ya en Alemania, hasta nuestros tiempos.
Bien; ¿y a una reliquia, y reliquia tan pequeña, le queréis dar el nombre tan grande y tan sonoro, como de verdadero imperio romano? Esta reliquia, ¿queréis que sea todavía uno de los cuatro reinos célebres de que habla la profecía? Mirad, amigo, no os equivoquéis.
De este modo deberéis decir, que todavía dura y persevera hasta nuestros días el imperio célebre de los Babilonios y Persas, señalando como con la mano aquella gran reliquia en que domina el Sofi, y que se llama reino de Persia. De este modo deberéis decir, que persevera hasta nuestros días el imperio célebre de los Griegos, señalando otra reliquia mucho mayor en que domina el gran Señor de Constantinopla; mas estas reliquias no son, amigo mío, los reinos o imperios célebres de que habla la profecía. Estos imperios célebres se acabaron ya; si queda alguna reliquia, esa reliquia no es imperio, ni merece con alguna propiedad este nombre.
Si queréis, no obstante, dar el nombre de imperio romano a esa reliquia que queda en Alemania, yo no contradigo, antes me conformo con el uso común; mas no por eso dejo de conocer que para el asunto de que hablamos, es este un nombre o título incapaz de llenar la profecía.
Preguntad a todos los soberanos de Europa, si pertenecen de algún modo al imperio de Alemania, y veremos lo que responden. Preguntad al mismo imperio de Alemania, ¿qué fuera, y a qué viniera a reducirse, si su digna cabeza no fuese por otra parte, un príncipe tan grande, si no tuviese tantos estados, reinos y señoríos hereditarios de su propia casa? No tenéis, pues, que recurrir a esta reliquia, como si fuese todavía el uno de los cuatro reinos célebres, figurados en la estatua.
Así como el imperio de los Griegos se edificó sobre las ruinas del primer imperio, y el de todos los Romanos sobre las ruinas del segundo, y de cuantos otros señoríos particulares se conocían en el mundo, así puntualmente se edificó el cuarto imperio, de que habla la profecía, sobre las ruinas del imperio romano, que a todos se los había tragado.
Para ver este cuarto y último imperio con toda claridad y con todas sus contraseñas, o distintivos particulares, no tenemos que encender muchas lámparas y linternas, ni tampoco nos es necesario navegar al oriente o al occidente. Nos basta abrir los ojos y mirar con alguna reflexión, mirar, digo, el estado presente de toda aquella gran porción de países que encerraba la estatua dentro de su vientre. Portugal, España, Francia, Inglaterra, Alemania, Polonia, Hungría, Italia, Grecia; en suma casi toda Europa. La Asia menor con todos sus reinos, la Siria, la Mesopotamia, Palestina, las tres Arabias, la Caldea, la Persia, el Egipto, todas las costas de África desde el Egipto hasta Marruecos, etc., todo esto comprendía y todo esto era el imperio romano. Mas ahora y algunos siglos ha, todo esto ¿qué es? Volved los ojos a la profecía, y estudiadla bien; y al punto descubriréis el cuarto imperio de hierro con tanta distinción y claridad, que os será imposible desconocerlo por más violencia que queráis hacer a vuestros ojos, y a vuestra propia razón.
Cuarto reino
Este cuarto reino o imperio de hierro, empezó a formarse desde el quinto siglo de la era cristiana, con la irrupción, que llaman de los bárbaros, los cuales como un torrente impetuoso y universal, inundaron, y arruinaron todas las provincias del imperio romano; o, siguiendo la semejanza de que usa la profecía, así como el hierro doma y quebranta todas las cosas por duras que sean, así esta multitud innumerable de gentes, unas por el oriente, otras por el occidente, casi nada dejaron que no quebrantasen domasen, y desmenuzasen: Y el cuarto reino será como el hierro. Al modo que el hierro desmenuza, y doma todas las cosas, así desmenuzará, y quebrantará a todos estos (14).
Este es el primer distintivo. En consecuencia, pues, de este destrozo casi universal, estas mismas gentes se dividieron entre sí todo el terreno, y formaron entre todas un reino o imperio del todo nuevo, diferentísimo de los otros tres. ¿Cuál es este? Es el mismo que actualmente vemos, y que hemos visto muchos siglos ha.
Y este es el segundo distintivo. El reino será dividido. Un reino será dividido; un reino de muchas cabezas, un reino compuesto de muchos reinos particulares, todos independientes, un reino cuyas partes confinan entre sí, como los dedos en los pies, comercian entre sí, se comunican, se ayudan mutuamente; pero jamás se unen de un modo que formen una misma masa. En una palabra: estas partes componen un todo, y al mismo tiempo conservan escrupulosamente su división, y su total independencia.
Los tres primeros reinos de la estatua, aunque compuestos de diferentes partes, o de diferentes pueblos y naciones, todas ellas se reunían bajo una sola cabeza, o física o moral, a quien reconocían, y a cuyas órdenes se movían. El reino cuarto no es así. Se compone, es verdad, de muchas partes diversas entre sí, de muchos reinos, repúblicas, principados y señoríos; pero cada cual es aparte, es una pieza, que se mueve por sí misma con movimiento particular; es absoluta e independiente, reconoce su cabeza propia y peculiar.
No obstante esta división, no obstante este movimiento particular de cada una, todas ellas se reúnen al fin, casi sin advertirlo, o a lo menos sin poder resistirlo, en unos mismos principios, en unos mismos intereses, en unas mismas leyes generales, necesarias para la conservación de todo el compuesto, y de todas y cada una de las partes que lo componen. Estos principios y leyes generales se reducen a una sola palabra, que todo lo comprende, y todo lo explica con suma propiedad, esto es, el equilibrio propísimo y necesarísimo para que las partes no se destruyan, antes se sostengan mutuamente por el interés general de todas; y así se conserva indemne todo el compuesto en la misma división e independencia de sus partes.
Sin esto pudiera con razón temerse, que alguna de las partes con la agregación de otras se hiciese tan grande, que dominase sobre todas, y ya teníamos en este caso otro reino o imperio, semejante a los tres primeros, el cual falsificara ciertamente la profecía. Mas no hay que temerlo; la profecía se cumplirá infaliblemente; porque Dios ha hablado, y las partes mismas que componen este todo singular, tendrán buen cuidado, como hasta ahora lo han tenido, de mantener su independencia, y conservarse divididas. El reino será dividido.
Dice más el Profeta de Dios, y este es el tercer distintivo, que este cuarto reino, aunque nacido, de vena de hierro, de aquel hierro fortísimo que a fuerza de golpes reiterados había hecho vomitar a la estatua, todo cuanto había devorado, y encerraba en su vientre, aunque su origen y raíz fuese el hierro mismo; no por eso sería sólido y duro como el hierro, sino parte sólido, y parte quebradizo. Esto significa, dice él mismo, estar mezclado el hierro con la greda en los dedos de los pies: Y los dedos de los pies en parte de hierro, y en parte de barro cocido, en parte el reino será firme, y en parte quebradizo.
¿Y qué otra cosa nos ha mostrado hasta ahora la experiencia? En la agitación y movimiento de todas las partes de este reino, en el choque casi continuo de unas con otras, en los golpes terribles que se han dado entre sí, ninguna otra cosa ha sucedido, sino que lo que era de hierro, ha quedado sólido y duro; y lo que era de greda, ha padecido necesariamente algunas quiebras, uniéndose después, ya con una, ya con otra, según la mayor o menor fuerza de la parte chocante.
Mas las partes sólidas, o los reinos particulares, lejos de unirse entre sí, después de los golpes que se han dado, por eso mismo se han endurecido y consolidado más, y han quedado más divididos y más independientes. ¡Qué guerras tan sangrientas y tan obstinadas! ¡Qué batallas por mar y por tierra! ¡Qué máquinas! ¡Qué invenciones! ¡Qué preparativos! ¡Qué gastos! Parecía muchas veces que las partes del reino se iban a destruir infaliblemente. Parecía que alguna o algunas de ellas crecerían notablemente, convirtiendo a las otras en su propia sustancia; mas el efecto mostraba bien presto la verdad de la profecía; El reino será dividido, en parte firme, y en parte quebradizo.
Finalmente, concluye el profeta señalando el último distintivo: estas partes o reinos particulares, que componen el cuarto reino o imperio célebre, se unirán muchas veces entre sí con aquella especie de unión, que parece la más estrecha e indisoluble, cual es el matrimonio; mas no por eso dejarán de quedar tan divididas, como estaban antes. Se mezclarán por medio de parentelas, mas no se unirán el uno con el otro.
Este distintivo parece tan claro, y tan conforme con el evento, que no ha menester otra explicación que una mediana noticia de la historia. Quién vio, por ejemplo, a Felipe II, rey de España contraer matrimonio con la reina propietaria de Inglaterra, pensaría sin duda, que aquellos dos reinos, duros y sólidos, se iban a unir entre sí para formar entre los dos un solo reino; mas a pocos días mostró el suceso todo lo contrario. Quedaron aquellos reinos tan divididos como antes, y mucho más que antes. De este modo podemos discurrir por innumerables uniones de éstas, que nos ofrece la historia, y no son de este lugar.
En suma, desde que se fundó este cuarto reino, se fundó dividido. Las partes que lo componen, aunque todas tienen un mismo origen, que es el hierro (15), aunque todas confinan entre sí, como confinan los dedos en los pies, divididas empezaron, y divididas han perseverado sin interrupción. No se ha podido hasta ahora, ni se podrá jamás hacer de todas ellas un reino o un imperio, semejante a los tres primeros, que reconozca y se sujete a una sola cabeza. El reino será dividido… se mezclarán por medio de parentelas, mas no se unirán el uno con el otro; o como leen las otras versiones, no se unirá esto a eso otro, o el uno con el otro (16).
Porque el conocimiento de este reino cuarto nos es absolutamente necesario para poder entender la segunda y principal parte de la profecía, a donde ella se dirige, parece necesario tener presente lo que sobre esto se halla en los doctores, y el modo con que pretenden acomodar al imperio romano los cuatro distintivos de que acabamos de hablar. Con esto podremos fácilmente comparar una explicación con otra, y, pesadas ambas en fiel balanza, hacer una prudente elección.
El cuarto reino será como el hierro. Al modo que el hierro desmenuza, y doma todas las cosas, así desmenuzará y quebrantará a todos estos. Esta semejanza, dicen, le cuadra perfectamente sólo al imperio Romano, el cual creció, y se engrandeció tanto como sabemos, quebrantando y domando todos los otros reinos, pueblos y naciones, como el hierro doma y quebranta todas las otras cosas.
Si esto es verdad o no, lo pueden decidir los que tuvieren suficiente noticia de la historia romana. A nosotros nos parece claro que los dos verbos quebrantar y desmenuzar, hablando de los Romanos y de sus conquistas son muy impropios; y su verdadero significado no concuerda con los hechos. ¿Con qué propiedad, ni con qué razón se puede decir de los Romanos que sujetaron a los otros pueblos a su dominación a fuerza de duros golpes de martillo? ¿Que los quebrantaron, que los desmenuzaron, que los molieron, al modo que el hierro desmenuza, y doma todas las cosas? Otra idea muy diversa nos da la historia, y aun la misma Escritura divina nos dice, hablando de los Romanos, como eran poderosos en fuerzas, y que venían en todo lo que se les pedía, y que cuantos se llegaron a ellos, habían ajustado con ellos, amistad… y habían conquistado toda la región por su consejo y paciencia (17).
Cotejad estas últimas palabras: poseyeron los Romanos todo lugar con su consejo y prudencia; con aquellas otras, todo lo poseyeron golpeando, quebrantando, desmenuzando, moliendo; y veréis qué diferencia y qué contrariedad.
¿Cuánto mejor le compete todo esto a aquella innumerable multitud de bárbaros, que acometieron por todas partes al mismo imperio romano y lo destruyeron? De estos sí que podemos decir con toda verdad y propiedad: todo lo domaron, lo quebrantaron, lo desmenuzaron, lo molieron, al modo que el hierro desmenuza, y doma todas las cosas; y también, que todo lo poseyeron, sin más prudencia ni consejo, que su propio furor, y su propia y natural barbarie.
Ahora, amigo, si este primer distintivo del cuarto reino que es el que mostraba alguna apariencia, se halla mirado de cerca, inacomodable al imperio romano, ¿qué pensáis será de los otros tres?
El reino será dividido. Esto se verificó, según unos, en los dos imperios, o en las dos partes del mismo imperio, dividido en imperio de oriente y de occidente; que el primero duró más que el segundo; sin duda porque el primero era de hierro, y el segundo de greda.
Según otros esto se verificó en las cabezas de partido que fomentaron con tanta obstinación las guerras civiles; pues unos se rompieron como un vaso de barro, y otros permanecieron duros como el hierro.
En parte el reino será firme, y en parte quebradizo. Esto se verificó, según unos, cuando el imperio romano se dividió en imperio de oriente y de occidente.
Esto se verificó, según otros, que son los más, en tiempo de las guerras civiles entre Mario y Sila, entre César y Pompeyo, entre Augusto y Antonio. En ese tiempo el imperio romano fue como un reino dividido.
Se mezclarán por medio de parentelas, mas no se unirán el uno con el otro. Esto se verificó, según unos, cuando César y Pompeyo se reconciliaron e hicieron amigos; y para que la amistad fuese durable, Pompeyo le dio a César su hija en matrimonio. Lo mismo hizo después Augusto con Antonio; y no obstante estos casamientos, siempre fue adelante la división y la discordia.
Yo no me detengo en hacer nuevas reflexiones sobre la acomodación de estos tres últimos distintivos, porque algo hemos de dejar a los lectores. Me contento solamente con pedir a todos los intérpretes de la Escritura, y a otros muchos escritores que han tocado este punto, que me señalen en el imperio romano, y esto con distinción y claridad, los pies y dedos de la estatua, en parte de hierro, en parte de barro cocido; de modo que todos ellos estén juntos, coexistentes, y en estado de recibir todos a un mismo tiempo el golpe de cierta piedra, que debe caer sobre ellos, y hacerlos polvo.
Este es, señor mío, el gran trabajo, la gran dificultad, el sumo embarazo. Lo que hasta aquí hemos visto y observado, es realmente nada, respecto de lo que queda.
Caída de la piedra sobre los pies de la estatua, y fundación de otro nuevo reino sobre las ruinas de todos
No me hubiera detenido tanto en esta primera parte de la profecía, si no viese la necesidad que hay de su plena inteligencia para la inteligencia plena de la segunda parte, que es la que hace inmediatamente a nuestro propósito. Mas en los días de aquellos reinos el Dios del cielo levantará un reino, que no será jamás destruido, y este reino no pasará a otro pueblo, sino que quebrantará y acabará todos estos reinos; y él mismo subsistirá para siempre (18).
Este último reino, dice la profecía, lo fundará establemente cierta piedra desprendida de un monte, sin manos, esto es por sí misma, sin que ninguno la desprenda, ni le dé movimiento, impulso y dirección, la cual bajará a su tiempo directamente contra la estatua, le dará el más terrible golpe que se ha dado jamás, no en la cabeza, ni en el pecho, ni en el vientre, pues allí ya no estará el reino o el imperio, sino en sus pies de hierro y de greda, a donde actualmente se hallará todo, habiendo ido bajando de la cabeza al pecho, del pecho al vientre, del vientre a las piernas y pies.
Al primer golpe los quebrantará, y aun los hará polvo; cuando sin mano alguna se desgajó del monte una piedra (dice Daniel), e hirió a la estatua en sus pies de hierro, y de barro, y los desmenuzó. Entonces, al mismo golpe de la piedra, sin ser necesario repetir otro golpe, todo el coloso vendrá a tierra, reduciéndose todo a una como leve ceniza, que desaparecerá con el viento; Entonces fueron asimismo desmenuzados el hierro, el barro, el cobre, la plata, y el oro, y reducidos como a tamo de una era de verano, lo que arrebató el viento; y no parecieron más; y la piedra misma que dio el golpe, se hará al punto un monte tan grande que ocupará toda la tierra; pero la piedra que había herido la estatua, se hizo un grande monte, e hinchió toda la tierra (19). Este es el hecho anunciado en la profecía. Veamos ahora la explicación.
Todos los intérpretes de la Escritura, en cuanto yo he podido averiguar, dan por cumplida plenamente esta profecía y verificado este gran suceso. Todos suponen citándose por toda prueba los unos a los otros, que la piedra de que aquí se habla ya bajó del monte siglos ha. ¿Cuándo? Cuando bajó del cielo a la tierra el Hijo de Dios… que fue concebido por el Espíritu Santo y nació de santa María Virgen (20). Esta encarnación del Hijo de Dios de María Virgen por obra del Espíritu Santo, quieren que signifique aquella expresión, sin mano alguna se desgajó del monte una piedra… esto es (dicen) sin consorcio de varón, que hirió ya la estatua, y la convirtió toda en polvo y ceniza. ¿Cuándo? Cuando con su doctrina, con su pasión, con su muerte de cruz, con su resurrección, con la predicación del evangelio, etc. destruyó el imperio del diablo, de la idolatría y del pecado.
Suponen que la misma piedra comenzó entonces a crecer, y poco a poco ha ido creciendo tanto, que se ha hecho un monte de una desmesurada grandeza, y ha llenado casi toda la tierra. ¿Qué monte es este? No es otro que la Iglesia cristiana, la cual es el quinto y último reino de la profecía, incorruptible y eterno.
No se puede negar que todo está bien discurrido. Aquí podéis ya ver con vuestros propios ojos, lo que os decía al principio, esto es, la verdadera razón que ha obligado a nuestros doctores a dar al imperio romano el cuarto lugar en el orden de los reinos que figura la estatua.
Mas yo no quiero ya reparar en esto, dejándolo todo a vuestras reflexiones, pues me llama toda la atención otra cosa que hallo aquí, mucho más admirable y digna de reparo; quiero decir, el salto repentino y prodigioso que veo dar en un momento desde lo material hasta lo espiritual.
Sobre este salto tan repentino se me ofrecen naturalmente dos dificultades, cuya solución no se halla en los doctores, ni me parece posible hallarla a lo menos del modo que la habíamos menester; no cierto porque no vean dichas dificultades, ni porque no den muestras de querer resolverlas; sino porque su respuesta me parece, como de una persona que habla entre dientes, o con voz tan baja, que no es fácil entender lo que quiere decir.
Si la piedra de que habla la profecía se desprendió ya del monte, y cayó o bajó sobre esta nuestra tierra en tiempo de Augusto, debió haber bajado o caído, directa o indirectamente sobre los pies y dedos de la grande estatua, y desmenuzarlos a ellos en primer lugar; porque esta circunstancia de la profecía, tan particular y tan ruidosa, debe significar algún suceso particular.
Se pregunta, pues, ¿qué pies y dedos pueden ser estos, parte de hierro y parte de greda que había en el mundo en tiempo de Augusto, o sea en el mismo imperio romano, o en el imperio del diablo, los cuales quebranto la piedra con su golpe?
Los cuatro metales de la estatua, oro, plata, bronce y hierro, ¿figuraban cuatro reinos sólo metafóricos o espirituales, o cuatro reinos materiales, corporales, visibles, que físicamente habían de aparecer en el mundo?
Si lo primero: ¿para qué nos cansamos, y se han cansado tanto los doctores en buscar estos reinos entre los Caldeos, Persas, Griegos y Romanos? ¿No ha sido este un trabajo perdido?
Si lo segundo: a estos reinos materiales, corporales, visibles, de que solamente se habla, debía haber quebrantado y desmenuzado ya la piedra; no a reinos metafóricos y espirituales de que no sé habla; quebrantará y acabará todos los reinos, dice la profecía hablando de la piedra, y luego añade; quebrantará el hierro, el barro, el cobre, la plata, y el oro.
Parece un modo de explicar la santa Escritura bien fácil y cómodo; tomar la mitad de un texto en un sentido, y la otra mitad en otro tan diverso y distante, cuanto lo es el oriente del occidente.
Mientras se responde a estas dos dificultades de algún modo, siquiera perceptible, yo voy a satisfacer a otra, o a mostrar el equívoco en que se funda.
Examen de la piedra
La piedra de que habla esta profecía, nos dicen con suma razón, es evidentemente el mismo Jesucristo Hijo de Dios e Hijo de la Virgen.
Del mismo modo es evidente, que esta piedra preciosa ya bajó del monte, o del cielo, al vientre de la virgen en el siglo de Augusto, cuando el imperio romano estaba en su mayor grandeza y esplendor.
Del mismo modo es evidente, que en consecuencia de esta bajada, en el vientre de la virgen, aunque no luego al punto, como parece que lo da a entender la profecía, mas poco a poco se ha ido arruinando el imperio del diablo, el cual estaba en los imperios de los hombres, y era sostenido por ellos.
Con lo cual también es evidente que poco a poco ha ido creciendo la misma piedra, y ha llenado casi todo el mundo por medio de la predicación del evangelio, y establecimiento del cristianismo.
Todo esto en sustancia es lo que anuncia esta grande profecía ya cumplida, y no tenemos otra cosa que esperar, ni que temer en ella. Todo esto en sustancia, es también lo que se halla en los intérpretes de la Escritura, y a este sólo sofisma se reduce todo su modo de discurrir.
La piedra de que habla esta profecía, se responde, es evidentemente el mismo Mesías Jesucristo, hijo de Dios e hijo de la Virgen. Esta proposición general es cierta e indubitable.
Mas como todos los cristianos sabemos y creemos de la misma persona de Jesucristo, no una sola, sino dos venidas infinitamente diversas, para no confundir lo que es de la una, con lo que es de la otra, tenemos una regla cierta e indefectible dictada por la lumbre de la razón, y también por la lumbre de la fe; es a saber, que si lo que anuncia una profecía para la venida del Señor no tuvo lugar, ni lo pudo tener en su primera venida, lo esperamos seguramente para la segunda, que entonces tendrá lugar, y se cumplirá con toda plenitud.
Todo esto, pues, que nos dicen, de que la piedra, esto es, Cristo, bajó ya del cielo, al vientre de la Virgen, que predicó, que enseñó, que murió, que resucitó, que alumbró al mundo con la predicación del evangelio, que poco a poco ha ido destruyendo en el mundo el imperio del diablo, etc.; todo esto es cierto e innegable, lo creemos y confesamos todos los cristianos, penetrados del más vivo reconocimiento; mas todo eso pertenece únicamente a la venida del Mesías, que ya sucedió.
Fuera de esta esperamos otra no menos admirable, en la cual sucederá infaliblemente lo que a ella sólo pertenece, y está anunciado para ella clarísimamente, y entre otras cosas sucederá en primer lugar todo lo que anuncia esta grande profecía, que actualmente observamos.
Del Mesías, en su primera venida, se habla claramente en muchísimos lugares de la Escritura, y en ellos se anuncia su vida santísima, su predicación, su doctrina, sus milagros, su muerte, su resurrección, la perdición de Israel, y la vocación de las gentes, etc.
Mas no, no es preciso que siempre se hable de estos misterios por grandes y admirables que sean, habiendo otros igualmente grandes y admirables, que piden su propio y natural lugar.
Aun debajo de la similitud de piedra se habla en Isaías, capítulo XXVIII, de la primera venida del Mesías, y las consecuencias terribles para Israel. He aquí, (dice) que yo pondré en los cimientos de Sión una piedra, piedra escogida, angular, preciosa, fundada en el cimiento (21). Y en el capítulo octavo había anunciado que el Mesías sería para el mismo Israel, por su incredulidad y por su iniquidad, como una piedra de ofensión y de escándalo, y como un lazo y una ruina para los habitadores de Jerusalén (22).
Mas esta piedra preciosa, electa, probada, que bajó al vientre de la Virgen ni bajó con ruido ni terror, sino con una blandura y suavidad admirable, no bajó para hacer mal a nadie; sino antes para hacer bien a todos porque no envió Dios su hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él (23). Decía el mismo Señor, que lo envió Dios a este mundo, y lo puso en él como una piedra angular y fundamental, para que sobre esta piedra, como sobre el más firme y sólido fundamento, se levantase hasta el cielo el grande edificio de la Iglesia. Así lejos de hacer daño alguno con su caída, o con su bajada del cielo, lejos de caer sobre alguna cosa, y quebrantarla con el golpe, fue por el contrario, y lo es hasta ahora una piedra bien golpeada y bien martillada; una piedra sobre quien cayeron muchos, y caen todavía con pésima intención, con intención de quebrantarla, y desmenuzarla, y reducirla a polvo, si les fuese posible. Y no obstante la experiencia de su dureza, no obstante la experiencia de lo poco que se avanza, y de lo mucho que se arriesga en golpear esta piedra preciosa, hasta ahora no ha faltado, ni faltará gente ociosa y perversa que quiera tomar sobre sí el empeño inútil y vano de dar contra ella y perseguirla.
¿Nunca leísteis en las Escrituras (les decía él mismo a los Judíos), la piedra, que desecharon los que edificaban, esta fue puesta por cabeza de esquina… el que cayere sobre esta piedra será quebrantado, y sobre quien ella cayere, lo desmenuzara? (24) Veis aquí claramente las dos venidas del Mesías, y las consecuencias inmediatas de la una y de la otra; lo que ha hecho y hace con ella, y lo que hará cuando baje del monte contra la estatua, y contra todo lo que en ella se incluye.
De manera, que habiendo bajado la primera vez pacíficamente, sin ruido ni terror, habiendo sufrido con infinita paciencia todos los golpes que le quisieron dar, se puso luego por base fundamental del edificio grande y eterno que sobre ella se había de levantar. El que cree, de fe no fingida (25), el que quiere de veras ajustarse a esta piedra fundamental, el que para esto se labra a sí mismo, y se deja labrar, devastar y golpear, etc., este es salvo seguramente, este es una piedra viva, infinitamente más preciosa de lo que el mundo es capaz de estimar; éste se edifica sobre fundamento eterno, y hará eternamente parte del edificio sagrado. Al cual allegándoos, que es la piedra viva, desechada en verdad por los hombres, mas escogida de Dios, y honrada. Y sobre ella como piedras vivas sed edificados casa espiritual (26); les decía San Pedro a los primeros fieles al contrario, el que no cree, o sólo cree con aquella especie de fe, que sin obras es muerta (27); mucho más el que persigue a la piedra fundamental, y da contra ella, él tendrá toda la culpa, y a sí mismo se deberá imputar todo el mal, si se rompe la cabeza, las manos y pies; el que cayere sobre esta piedra será quebrantado (28).
Esto es puntualmente lo que sucedió a mis judíos en primer lugar. Después de haber reprobado y arrojado de sí esta piedra preciosa, después que, no obstante su reprobación, la vieron ponerse por cabeza de esquina (29), después que vieron el nuevo y admirable edificio, que a gran prisa se iba levantando sobre ella, llenos de celo, o de furor diabólico, comenzaron a dar golpes y más golpes a la piedra fundamental, pensando romperla, despedazarla, y hacer caer sobre ella misma el edificio que sustentaba; mas a poco tiempo se vio verificada en estos primeros perseguidores la primera parte de la profecía del Señor; el que cayere sobre esta piedra será quebrantado. Salieron de aquel empeño tan descalabrados, que ya veis por vuestros ojos, y ha visto y ve todo el mundo, el estado miserable en que han quedado; no han podido sanar, ni aun volver en sí en tantos siglos.
Siguieron los Gentiles el mismo empeño, armados con toda la potencia de los Césares; y habiéndola golpeado en diferentes tiempos, y cada vez con nuevo furor, nada consiguieron al fin, sino hacerse pedazos ellos mismos, y servir, sin saberlo, a la construcción de la obra, labrando piedras a millares, para que creciese más presto.
Después acá, ¿qué máquinas no se han imaginado y puesto en movimiento para vencer la dureza de esta piedra? Tantas cuantas han sido las herejías. ¿Con qué empeño, con qué obstinación, con qué violencia, con qué artificios, con qué fraudes han trabajado tantos para arruinar lo que ya está edificado sobre piedra sólida? (30) Pero todo en vano. No han sacado otro fruto de su trabajo, que el que se lee en Jeremías; trabajaron para proceder injustamente (31), y la piedra ha quedado incorrupta e inmóvil como el edificio que sustenta.
Y no obstante la experiencia de tantos siglos, piensan todavía algunos, que se dan a sí mismos el nombre bien impropio de espíritus fuertes, que bastará su filosofía y su coraje para salir con la empresa: veremos al fin en lo que para su coraje y su filosofía, el que cayere sobre esta piedra será quebrantado. Lo que sobre esto han visto los siglos pasados, eso mismo en sustancia deberán ver los venideros, como está escrito.
La piedra que bajó del cielo al vientre de la Virgen, cuanto es de su parte, a nadie ha hecho daño, porque no bajó sino para bien de todos, para que tengan vida, y para que la tengan en más abundancia (32). Si muchos se han quebrado en ella la cabeza, la culpa ha sido toda suya, no de la piedra. El hijo del hombre no ha venido a perder las almas, sino a salvarlas.
El profeta Isaías, hablando del Mesías en su primera venida, dice: la caña cascada no la quebrará, y la mecha que humea no la apagará (33). Expresiones admirables y propísimas para explicar el modo pacífico, amistoso, modesto y cortés con que vino al mundo, con que vivió entre los hombres, y con que hasta ahora se ha portado con todos, sin hacer violencia a ninguno, sin quitar a ninguno lo que es suyo, y sin entrometerse en otra cosa, que en procurar hacer todo el bien posible a cualquiera que quiera recibirlo, sufriendo al mismo tiempo con profundo silencio, y con infinita paciencia, descortesías, ingratitudes, injurias y persecuciones.
Pero llegará tiempo, y llegará infaliblemente, en que esta misma piedra, llenas ya las medidas del sufrimiento y del silencio, baje segunda vez con el mayor estruendo, espanto y rigor imaginable, y se encamine directamente hacia los pies de la grande estatua. El Señor como fuerte saldrá, como varón guerrero despertará su celo, voceará, y gritará, sobre sus enemigos se esforzará. Callé siempre, estuve en silencio, sufrí, hablaré como la que está de parto, destruiré, y devoraré al mismo tiempo (34). Entonces se cumplirá con toda plenitud la segunda parte de aquella sentencia, el que cayere sobre esta piedra será quebrantado, y sobre quien ella cayere lo desmenuzará; y entonces se cumplirá del mismo modo la segunda parte de nuestra profecía, cuya observación y verdadera inteligencia nos ha tenido hasta aquí suspensos y ocupados: cuando sin mano alguna se desgajó del monte una piedra, e hirió a la estatua en sus pies de hierro, y de barro, y los desmenuzó, etc.
No tenemos, pues, razón alguna para confundir un misterio con otro. Aunque la piedra en sí es una misma, esto es, Cristo Jesús, mas las venidas, o caídas, o bajadas a esta nuestra tierra son ciertamente dos muy diversas entre sí, y tan de fe divina la una como la otra.
Así, lo que no se verificó, ni pudo verificarse en la primera, se verificará infaliblemente en la segunda.
Esto es lo que andan huyendo los doctores, sin duda, para no exponer su sistema a un peligro tan evidente.
Esto los ha obligado a invertir el orden de los reinos, dando al de los Griegos el lugar y el distintivo que no es suyo, ni puede competerle; que es este; el cual mandará toda la tierra; y dándole al imperio romano el último lugar, para que se halle presente a lo menos a la primera venida del Señor; y a esto se enderezan, en fin, tantas ingeniosas acomodaciones, tan visiblemente arbitrarias, violentas y fuera del caso.
Se ve claramente que temen, y exceptuando el peligro de su sistema, no se sabe por qué temen, ni qué es lo que temen.
Pues bajando la piedra del monte, y habiendo desmenuzado y convertido en polvo la grande estatua, dice el texto sagrado, que la piedra misma se hizo luego un monte tan grande, que cubrió y ocupó toda la tierra. El cual enigma explica el Profeta por estas palabras. (Ved si las podéis acomodar a la Iglesia presente.) Mas en los días de aquellos reinos (de los que acaba de hablar, que son figurados en los dedos de la estatua, o si queréis de los figurados en toda ella) el Dios del cielo levantará un reino, que no será jamás destruido, y este reino no pasará a otro pueblo; sino que quebrantará y acabará todos estos reinos, y él mismo subsistirá para siempre.
Ahora decidme de paso, ¿la Iglesia presente es realmente aquel reino de Dios de quien se dice, y no pasará a otro pueblo? ¿Cómo, cuándo sabemos de cierto que habiéndose fundado este reino en solos los judíos, y habiendo estado algún tiempo en este pueblo, sólo la potestad o lo activo de este reino, después de algunos años se entregó a otro pueblo diverso, cuál es el de las gentes?
Decidme más. ¿La Iglesia presente es en realidad aquel reino célebre, que ha arruinado ya, ha desmenuzado, ha convertido en polvo y consumido enteramente todos los reinos figurados en la estatua, o en los dedos de sus pies? Pues esto asegura la profecía de este reino célebre: que quebrantará y acabará todos estos reinos.
Aunque no hubiera otras pruebas que esto sólo, bastaba para hacernos conocer hasta la evidencia, la poca bondad de vuestra explicación; y por consiguiente de vuestro sistema. Pues ¿qué será, si a esto se añaden todas las otras observaciones generales y particulares que quedan hechas sobre el asunto?
Comparad ahora por último estas palabras que se dicen de la piedra, cuando bajó del monte; que quebrantará y acabará todos estos reinos; con aquella evacuación de que habla San Pablo; cuando hubiere destruido todo principado, y potestad, y virtud (35), y veréis un mismo suceso, anunciado con diversas palabras.
San Pablo dice, hablando de propósito de la resurrección de los santos, y por consiguiente de la venida de Cristo, en que esta debe suceder, que cuando el Señor venga, evacuará la tierra, en primer lugar, de todo principado, potestad y virtud. Daniel dice, que destruirá y consumirá todos los reinos figurados en la estatua. ¿No dicen una misma cosa el Apóstol y el Profeta?
Comparad del mismo modo estos dos lugares con lo que se dice en el salmo CIX, hablando con Cristo mismo, El Señor está a tu derecha, quebrantó a los reyes en el dio de su ira, con lo que se dice en el salmo II, entonces les hablará él en su ira, y los conturbará en su furor, con lo que se dice en Isaías en varias partes; que en aquel día visitará el Señor… sobre los reyes de la tierra, que están sobre la tierra. Y serán cogidos y atados en un sólo haz para el lago, etc. (36), con lo que se dice en Abacuc, capítulo III; maldijiste sus cetros (37); y por abreviar, con lo que se dice de todos los reyes de la tierra en el capítulo XIX del Apocalipsis, y esto al venir ya del cielo el Rey de los reyes.
Todo esto, y muchas más cosas que sobre esto hay en las Escrituras, es necesario que se verifiquen algún día, pues hasta el día de hoy no se han verificado, y es necesario que se verifiquen, cuando la piedra baje del monte; pues para entonces están todas anunciadas manifiestamente.
Entonces deberá comenzar otro nuevo reino sobre toda la tierra, absolutamente diverso de todos cuantos hemos visto hasta aquí, el cual reino lo formará la misma piedra que ha de destruir y consumir toda la estatua; la piedra que había herido la estatua, se hizo un grande monte, e hinchió toda la tierra. A lo que alude visiblemente San Pablo cuando añade luego después de la evacuación de todo principado, potestad y virtud, que es necesario que él reine, hasta que ponga a todos sus enemigos debajo de sus pies (38).
Y veis aquí, señor mío, claramente comenzado el juicio de los vivos, que nos enseña el símbolo de nuestra fe, y que tanto nos anuncian y predican las Escrituras.
La seria consideración de este gran fenómeno, después de observado con tanta exactitud, podría ser utilísima, en primer lugar para aquellas personas religiosas y pías, que lejos de contentarse con apariencias, ni deleitarse con discursos ingeniosos y artificiales, buscan solamente la verdad, no pudiendo descansar en otra cosa. Mucho más útil pudiera ser respecto de otras personas, de que tanto abunda nuestro siglo, que afectan un soberano desprecio de las Escrituras, en especial de las profecías; diciendo ya públicamente, que no son otra cosa que palabras al aire, sin otro sentido que el que quieren darle los intérpretes. Unas y otras podrían quedar, en la consideración de esta sola profecía, y en el confronto de ella con la historia, penetradas del más religioso temor, y del más profundo respeto a Dios y su palabra.
Desde Nabucodonosor hasta el día de hoy, esto es, por un espacio de más de dos mil trescientos años, se ha venido verificando puntualmente lo que comprende y anuncia esta antiquísima profecía. Todo el mundo ha visto por sus ojos las grandes revoluciones que han sucedido para que la estatua se formase y se completase desde la cabeza hasta los pies. La vemos ya formada y completa, según la profecía, sin que haya faltado la menor circunstancia.
Lo formal de la estatua, es decir, el imperio y la dominación, que primero estuvo en la cabeza, se ha ido bajando a vista de todos, por medio de grandes revoluciones, de la cabeza al pecho y brazos; del pecho y brazos al vientre y muslos; del vientre y muslos a las piernas, pies y dedos, donde actualmente se halla.
No falta ya sino la última época, o la más grande revolución, que nos anuncia esta misma profecía con quien concuerdan perfectamente otras muchísimas, que en adelante iremos observando.
Mas esta última ¿por qué no se recibe como se halla? Quien ha dicho la verdad en tantos y tan diversos sucesos que vemos plenamente verificados, ¿podrá dejar de decirla en uno sólo que queda por verificarse? ¿Por qué, pues, se mira este suceso con tanta indiferencia? ¿Por qué se afecta no conocerlo? ¿Por qué se pretende equivocar y confundir la caída de la piedra sobre los pies de la estatua, y el fin y término de todo imperio y dominación, con lo que sucedió en la primera venida quieta y pacífica del hijo de Dios?
No sé, amigo, ¡qué es lo que tememos, qué es lo que nos obliga a volver las espaldas tan de repente, y recurrir a cosas tan pasadas, y tan ajenas de todo el contexto! ¿Acaso tememos la caída o bajada de la piedra, la venida del Señor en gloria y majestad? Mas este temor no compete a los siervos de Cristo, a los fieles de Cristo, a los amadores de Cristo; porque la caridad… echa fuera el temor (39)…
Estos, por el contrario, deben desear en esta vida, y clamar día y noche con el profeta: ¡Oh si rompieras los cielos, y descendieras! A tu presencia los montes se derretirían. Como quemazón de fuego se deshicieran, las aguas ardieran en fuego, para que conociesen tus enemigos tu nombre (40). A estos se les dice en el salmo segundo; Cuando en breve se enardeciere su ira, bienaventurados todos los que confían en él (41). A estos se les dice en el evangelio, entonces verán al Hijo del Hombre venir sobre una nube con gran poder y majestad. Cuando comenzaren pues a cumplirse estas cosas, mirad, y levantad vuestras cabezas, porque cerca está vuestra redención (42). A estos les dice en el Apocalipsis; Y el Espíritu, y la Esposa dicen: Ven. Y el que lo oye diga: Ven (43). A estos en fin les dice San Pablo: esperamos al Salvador nuestro Señor Jesucristo, el cual reformará nuestro cuerpo abatido, para hacerlo conforme a su cuerpo glorioso, según la operación con que también puede sujetar a sí todas las cosas (44). Estos, pues nada tienen que temer, deben arrojar fuera de sí todo temor, y dejarlo para los enemigos de Cristo, a quienes compete únicamente temer, porque contra ellos viene.
¿Acaso tememos las consecuencias de la caída y bajada de la piedra, esto es, que la piedra se haga un monte tan grande, que cubra toda esta nuestra tierra? O por hablar con los términos que habla casi toda la divina Escritura, ¿tememos aquí al reino o al juicio de Cristo sobre la tierra?
Mas, ¿por qué? ¿No están convidadas todas las criaturas, aun las insensibles, a alegrarse y regocijarse, porque vino, porque vino a juzgar la tierra? (45) ¿No estamos certificados de que juzgará al orbe de la tierra con equidad, y los pueblos con su verdad (46); que juzgará el orbe de la tierra en justicia, y los pueblos en equidad; que juzgará la tierra, y no juzgará según vista de ojos, ni argüirá por oído de orejas (que ahora falla muchas veces); sino que juzgará a los pobres con justicia, y reprenderá con equidad en defensa de los mansos de la tierra? (47)¿No nos dan los Profetas unas ideas admirables de la bondad de este Rey, y de la paz, quietud, justicia y santidad de todos los habitadores de la tierra, de bajo del pacífico Salomón? Pues, ¿qué tienen que temer los inocentes un Rey infinitamente sabio, y un juicio perfectamente justo?
¿Acaso tememos (y este puede ser motivo aparente de temor) acaso tememos el afligir, desconsolar, ofender y faltar al respeto y acatamiento debido a las cabezas sagradas y respetables del cuarto reino de la estatua? ¡Oh, qué temor tan mal entendido!
El decir clara y sencillamente lo que está declarado en la escritura de la verdad (48); el decir a todos los soberanos actuales, que sus reinos, sus principados, sus señoríos, son conocidamente los figurados en los pies y dedos de la grande estatua, haciéndoselos ver por sus ojos en la Escritura de la verdad; el decirles, que estos mismos reinos son los inmediatamente amenazados del golpe de la piedra, ¿se podrá mirar como una falta de respeto, y no antes como un servicio de suma importancia? Lo contrario, sería faltarles al respeto, faltarles a la fidelidad, faltarles al amor que les debemos, como a imágenes de Dios, ocultándoles una verdad tan interesante después de conocida.
Para decir esta verdad, no hay necesidad de tomar en boca a las personas sagradas que actualmente reinan; esto sí que sería una falta reprensible; pues no es lo mismo los reinos actuales, que las cabezas actuales de los reinos; las cabezas se mudan, por cuanto la muerte no permitía que durasen (49); mas los reinos van adelante. Así como ninguno sabe cuándo bajará la piedra, ni Dios lo ha revelado, ni lo revelará jamas; así ninguno puede saber quiénes serán entonces las cabezas de los reinos, ni las novedades que en ellos habrá en los siglos venideros.
Por eso el mismo Señor con frecuencia nos exhorta en los Evangelios a la vigilancia en todo tiempo, porque no sabemos cuándo vendrá. Velad… porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor (50). Velad… en todo tiempo (51); Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad (52).
Ni a los soberanos presentes, ni a sus sucesores, ni a sus ministros, ni a sus consejeros, ni a sus grandes, les puede ser esta noticia del menor perjuicio; antes por el contrario, les puede ser de infinito provecho si la creen.
Y dichosos mil veces los que la creyeren; dichosos los que le dieren la atención y consideración que pide un negocio tan grave; ellos procurarán ponerse a cubierto, ellos se guardarán del golpe de la piedra, ciertos y seguros que nada tienen que temer los amigos; pues sólo están amenazados los enemigos.
Mas si la noticia, o no se cree, o se desprecia y echa en olvido, ¿qué hemos de decir, sino lo que decía el Apóstol de la venida del Señor? Que el día del Señor vendrá como un ladrón de noche. Porque cuando dirán paz y seguridad, entonces les sobrecogerá una muerte repentina (53).
Las profecías no dejarán de verificarse porque no se crean, ni porque se haga poco caso de ellas, por eso mismo se verificarán con toda plenitud.
Notas:
1) Tu rex videbas, et ecce quasi statua una grandis: statua illa magna, et statura sublimis stabat contra te, et intuitus ejus erat terribilis. Hujus statuae caput ex auro optimo erat, pectus autem et brachia de argento, porro venter et femora ex aere: Tibiae autem ferrae: pedum quaedam pars erat ferrea, quaedam autem fictilis. Videbas ita, donec abscissus est lapis de monte sine manibus: et percussit statuam in pedibus ejus ferreis et fictilibus, et comminuit eos. Tunc contrita sunt pariter ferrum, testa, aes, argentum, et aurum, et redacta quasi in favillam aestivae areae, quae rapta sunt vento: nullusque locus inventus est eis: lapis autem qui percusserat statuam, factus est mons magnus, et implevit universam terram. (Dan., II, 31-35).
2) Tu es ergo caput aureum. Et post te consurget regnum aliud minus te argenteum: et regnum tertium aliud aereum, quod imperabit universae terrae. Et regnum quartum erit velut ferrum, etc. (Dan., II, 38-40).
3) Forsitan moleste accipies, sed conceptum sermonem tenere quis poterit? (Job., IV, 2).
4) Quod imperabit universa terrae? (Dan., II, 39).
5) Et regnum quarturn erit velut ferrum. Quomodo ferrum comminuit, et domat omnia, sic comminuet, et conteret omnia haec. (Dan., II, 40).
6) Et regnum quartum erit velut ferrum. Quomodo ferrum comminuit, et domat omnia, sic comminuet, et conteret omnia haec. Porro quia vidisti pedum et digitorum partem testae figuli, et partem ferream: regnum divisum erit, quod tamen de plantario ferri orietur, secundum quod vidisti ferrum mistum testae ex luto. Et digitos pedum ex parte ferreos, et ex parte fictiles: ex parte regnum erit solidum, et ex parte contritum. Quod autem vidisti ferrum mistum testae ex luto, commiscebuntur quidem humano semine, sed non adhaerebunt sibi, sicut ferrum misceri non potest testae. In diebus autem regnorum illorum suscitabit Deus coeli regnum, quod in aeternum non dissipabitur, et regnuin ejus alteri populo non tradetur: comminuet autem, et consumet universa regna haec: et ipsum stabit in aeternum secundum quod vidisti, quod de monte abcissus est lapis sine manibus, et comminuit testam, et ferrum, et aes, et argentum, et aurum. Deus magnus ostendit regi quae ventura sunt postea. Et verurn est somnium, et fidelis interpretatio ejus. (Dan.. II, 40-45).
7) Tu rex regum es. (Dan., II, 37).
8) Ego dedi omnes terras istas in manu Nabuchodonosor regis Babylonis servi mei: insuper et bestias agri dedi ei, ut serviant illi. Et servient ei omnes gentes, et filio ejus, et filio filii ejus: donec veniat tempus terrae ejus, et ipsius: et servient ei gentes multae, et reges magni. Gens autem et regnum, quod non servierit Nabuchodonosor regi Babylonis, et quicumque non curvaverit collum suum sub jugo regis Babylonis: in gladio, et in fame, et in peste visitabo super gentem illam, ait Dominus, donec consumam eos in manu ejus. (Jer., XXVII, 6-8).
9) Eadem nocte interfectus est Baltassar rex Chaldaeus. Et Darius Medus successit in regnum. (Dan., V, 30-31).
10) In anno primo Darii filii Assueri de semine Medorum, qui imperavit super regnum Chaldaeorum. (Dan., IX, 1).
11) In omnibus autem his non fui in Jerusalem, quia anno trigesimo secundo Artaxerxis regis Babylonis veni ad regem etc. (II Esdr., XIII, 6).
12) Et post te consurget regnum aliud minus te argenteum. (Dan., II, 39).
13) Et divisit illis regnum suum, cum adhuc viveret. Et obtinuerunt pueri ejus regnum, unusquisque in loco suo: Et imposuerunt omnes sibi diademata. (I Mach., I, 7-10).
14) Et regnum quartum erit velut ferrum. Quomodo ferrum comminuit, et domat omnia, sic comminuet, et conteret omnia haec. (Dan., II, 40).
15) De plantario ferri. (Dan., II, 41).
16) Regnum divisum erit,… commiscebuntur quidem humano semine, sed non adhaerebunt sibi: [seu ut alii legunt] non adhaerebit hoc ad hoc, vel alter ad alterun. (Dan., II, 41-43).
17) Quia sunt potentes viribus, et acquiescunt ad omnia, quae postulantur ab eis: et quicumque accesserunt ad eos, statuerunt cum eis amicitias… et possederunt omnem locum concilio suo, et patientia. (Machab., VIII, 1, 3).
18) In diebus autem regnorum illorum suscitabit Deus coeli regnum, quod in aeternum non dissipabitur, et regnum ejus alteri populo non tradetur: comminuet autem, et consumet universa regna haec: et ipsurn stabit in aeternum. (Dan., II, 44).
19) Lapis autem qui percusserat statuam, factus est mons magnus, et implevit universam terram. (Dan., II, 35).
20) Et incarnatus est de Spiritu Sancto ex Maria Virgine. (Vide Conc. Constantinop.).
21) Ecce ego mittam in fundamentis Sion lapiden probatum, angularem, pretiosum, in fundamento fundatum. (Isai., XXVIII, 16).
22) In lapidem autem offensionis, et in petram scandali duabus domibus Israel, in laqueum, et in ruinam habitantibus Jerusalem. (Isai., VIII, 14).
23) Non enim misit Deus Filium suum in mundum, ut judicet mundum, sed ut salvetur mundus per ipsum. (Joan., III, 17).
24) ¿Numquam legistis in Scripturis: Lapidem, quem reprobaverunt aedificantes, hic factus est in caput anguli… qui ceciderit super lapidem istum, confringetur: super quem vero ceciderit, conteret eum? (Mat., XXI, 42-44).
25) Fide non ficta. (I Tim., I, 5).
26) Ad quem accedentes lapidem vivum, ab hominibus quidem reprobatum, a Deo autem electum, et honorificatum: Et ipsi tanquam lapides vivi super aedificamini, domus spiritualis. (I Pet., II, 4-5).
27) Quae sine operibus mortua est. (Jacob., II, 20).
28) Qui ceciderit super lapidem istum, confringetur. (Mat., XXI, 44).
29) In caput anguli. (Mat., XXI, 42).
31) Ut inique agerent, laboraverunt. (Jerem., IX, 5).
32) Ut vitam habeant, et abundantius habeant. (Joan., X, 10).
33) Calamum quassatum non conteret, et linum fumigans non extinguet. (Isai., 42, 3).
34) Dominus sicut fortis egredietur, sicut vir praeliator suscitabit zelum; vociferabitur, et clamabit : super inimicos suos confortabitur. Tacui semper, silui, patiens fui; sicut parturiens loquar; dissipabo, et absorbebo simul. (Isai., 42, 13-14).
35) Deinde finis : cum tradiderit regnum Deo et Patri, cum evacuaverit omnem principatum, et potestatem, et virtutem. (I Cor., 15, 24).
36) Et erit : in die illa visitabit Dominus super militiam caeli in excelso, et super reges terrae qui sunt super terram; [22] et congregabuntur in congregatione unius fascis in lacum, et claudentur ibi in carcere, et post multos dies visitabuntur. (Isai., 24, 21-22).
37) Maledixisti sceptris ejus, capiti bellatorum ejus, venientibus ut turbo ad dispergendum me : exsultatio eorum, sicut ejus qui devorat pauperem in abscondito. (Hab., 3, 14).
38) Oportet autem illum regnare, donec ponat omnes inimicos sub pedibus ejus. (I Cor., XV, 25).
39) Quoniam charitas foras mittit timorem. (I Joan., IV, 18).
40) Utinam dirumperes coelos, et descenderes ! A facie tua montes defluerent. Sicut exustio ignis tabescerent, aquae arderent igni, ut notum fieret nomen tuum inimicis tuis. (Isai., LXIV, 1-2).
41) Cum exarserit in brevi ira ejus, beati omnes, qui confidunt in eo. (Ps., II, 13).
42) Tunc videbunt Filium Hominis venientem in nube cum potestate magna, et majestate. His autem fieri incipientibus, respicite, et levate capita vestra: quoniam appropinquat redemptio vestra. (Luc., XXI, 27-28).
43) Et Spiritus, et Sponsa dicunt: Ven¡. Et qui audit, dicat: Veni. (Apoc., XXII, 17).
44) Salvatorem expectamus Dominum nostrum Jesum Christum, qui reformabit corpus humilitatis nostrae, configuratum corpori claritatis suae, secundum operationem, qua etiam possit subjicere sibi omnia. (Phil., III, 20-21).
45) Quia venit: quoniam venit judicare terram? (Ps., XCV, 13).
46) In aequitate, et populos in veritate sua. (Id).
47) Non secundam visionem oculorum judicabit, neque secundum auditum aurium arguet: sed judicabit in justitia pauperes, et arguet in aequitate pro mansuetis terrae. (Isai., XI, 3-4).
48) Quod expressum est in scriptura veritatis. (Dan., X, 21).
49) Eo quod morte prohiberentur permanere. (Hebr., VII, 23).
50) Vigilate ergo, quia nescitis qua hora Dominus vester venturus sit. (Mat., XXIV, 42).
51) Vigilate itaque omni tempore. (Luc., XXI, 36).
52) Quod autem vobis dico, omnibus dico: Vigilate. (Marc., XIII, 37).
53) Quia dies Domini, sicut fur in nocte, ita veniet. Cum enim dixerint pax, et securitas: tunc repentinus eis superveniet interitus. (I Thess., V, 2-3).
