HISTORIA DE LAS HEREJÍAS EN LA IGLESIA

CONSERVANDO LOS RESTOS II

Cuadragésimo octava entrega

art02_img_03

LAS CONFESIONES ORIENTALES

Vamos a indicar brevísimamente la suerte de las confesiones orientales en este período: éstas son la rusa, la anatólica o greco-oriental y las antiguas iglesias orientales heterodoxas. Por fin indicaremos algunos conatos de unión intentados en estos dos últimos siglos.

1. Iglesia rusa

a) Suerte de los latinos anexionados

La Iglesia en Rusia, así la ortodoxa o cismática como los católicos de rito oriental o latino anexionados en los repartos de Polonia, ha sufrido la opresión de los zares. En el primer cuarto del siglo XIX los católicos de Rusia fueron duramente tratados.

Es cierto que Paulo I llegó a firmar con Pío VI un concordato en 1798, por el cual se restablecía la jerarquía, quedando las sedes de Poloczk, Luck y Brest para los uniatas (de rito oriental, unidos a Roma), y el arzobispado de Mohilew, con cinco sufragáneas, para los de rito latino.

Alejandro I, de temperamento religioso y propenso al misticismo, se mostró bastante favorable a los católicos; en su reinado se realizaron varias importantes conversiones: el príncipe J. X. Gagarin y el conde J. Martinov, que entraron jesuitas; el general Nicolai, que se hizo cartujo; el conde Schuwalov, que fue barnabita; la princesa Natalia Narischkin, que entró hermana de la Caridad; el príncipe Galitzin, madame Schwetchine y otros.

Pero Nicolás I (1825-1855) volvió al empeño de rusificar a los rutenos, haciéndolos cismáticos. Prohibió a los uniatas toda comunicación con Roma (1825) y fue suprimiendo los ritos latinos y la enseñanza católica. Determinó que la Iglesia rutena fuera gobernada por un colegio greco unido; que sus obispos fueran nombrados por el zar, y que el clero se formase en la Universidad de San Petersburgo. Además, en 1839 ciertos prelados cómplices, reunidos en un sínodo, denunciaron la unión rutena de 1595, suplicaron al zar los admitiese en la «Iglesia de sus padres», como lo hizo, y en seguida iniciaron la persecución contra los religiosos que se resistían a pasar al cisma.

En cuanto a los latinos, no tuvieron menos que sufrir, particularmente en la Polonia sometida a Rusia. Esta tirantez, así política como religiosa, provocó la insurrección polaca de 1830. Nicolás I se vengó prohibiendo las conversiones al catolicismo, suprimiendo conventos y aun toda la Orden basiliana, cerrando escuelas y seminarios, etc. Además, empezó a colocar obispos cómplices que preparasen la separación de Roma y el paso al cisma. Para ello hacía consagrar obispos, hechuras suyas, sin la confirmación del Papa.

La ruina de la iglesia uniata, consumada en 1839, según queda indicado, y el despojo de los bienes eclesiásticos de 1841 movieron a Gregorio XVI a protestar enérgicamente en la alocución del 22 de julio de 1842. Nicolás I fue a Roma en 1845, y con promesas y buenas palabras, dos años después firmaba un concordato con la Santa Sede, que no se publicó hasta 1856, y entonces mutilado y falseado.

b) La Iglesia ortodoxa

Alejandro II (1855-1881) por un rescripto de 1859 prohibía toda conversión, y en 1861 impedía el nombramiento para la sede de Varsovia. Otra vez se rebelaron los polacos, no pudiendo tolerar las medidas vejatorias que continuamente se les aplicaban. Esto fue en 1863. No se hizo esperar la dura represión rusa, marcada con el sello de la persecución religiosa. El arzobispo Eelinski fue deportado a Iaroslav y sucumbieron multitud de sacerdotes, como cómplices presuntos de los insurrectos. La mayor parte de las casas religiosas fueron suprimidas; de 125 conventos de hombres quedaron 25, y de 42 de mujeres quedaron sólo 10. Para remate de estas medidas se secularizaron los bienes eclesiásticos, y el Estado asignó una pensión al culto y clero. La administración de la Iglesia fue confiada a un colegio eclesiástico de San Petersburgo (1866).

En sus ansias de paz, León XIII trató de establecer relaciones con Rusia. En 1879 y 1880, el zar sufrió dos atentados. Con esta ocasión el Papa le expresó su simpatía, y, además, ese mismo año de 1880, por la encíclica Grande munus, extendía a toda la Iglesia la fiesta de San Cirilo y San Metodio.

Las negociaciones llevadas por Jacobini y S. Vanutelli, nuncios en Viena, terminaron con el concordato de 1882 entre Alejandro III (1881-1894) y la Santa Sede. En las altas esferas corrían aires de más libertad y se presentían conversiones, como la del ilustre filósofo Soloviev, llamado «el Newman ruso», autor de obras tan notables como Rusia y la Iglesia universal, La justificación del bien y del mal, La metafísica y la ciencia positiva, Crítica de los principios revolucionarios, Fundamentos espirituales de la vida, etc.

Con el desastre de la guerra ruso-japonesa soplaron en Rusia vientos de mayor libertad; el zar Nicolás II pareció abrir los ojos y dio una Constitución menos autócrata, que los católicos supieron aprovechar. Desde 1905 desaparecieron las leyes que prohibían abandonar el rito nacional y las dadas contra los que administraban los sacramentos a los convertidos.

Entre los católicos polacos trabajó y organizó muchas asociaciones el capuchino P. Honorato de Biala (1864-1908).

La guerra de 1914 transformó por completo la faz de Rusia y de todo el Oriente. El año 1917, con la caída de los zares, cayó también la Iglesia ortodoxa rusa, que contaba con un bloque de unos 130 millones de adeptos, sometidos al yugo zarista, sobre todo desde Pedro el Grande. Ni el zar, ni el patriarca, ni el Santo Sínodo existían ya. El concilio panruso, reunido en Moscú en 1917, restauró por el momento el sistema patriarcal, suprimido en 1721 por Pedro el Grande, y el primer titular, Tykhon, fue elegido el 28 de octubre de 1917; pero la revolución bolchevique de noviembre del mismo año dio un nuevo sesgo a las cosas.

c) La revolución bolchevique. Los sin Dios

El partido comunista radical, bajo la dirección de Lenin, desencadenó una furiosa persecución de exterminio contra la Iglesia y contra toda religión. Por decretos del Comisariado del Pueblo, dados el 23 de enero de 1918, quedó separada la Iglesia del Estado, se introdujo el matrimonio civil, se prohibió la enseñanza religiosa en las escuelas, los niños no podían recibir instrucción alguna religiosa antes de los dieciocho años ni seguir religión alguna; los bienes de todas las confesiones fueron declarados bienes nacionales. Se intentaba borrar todo rastro de religión en la vida pública y privada.

Al principio, el patriarca Tykhon protestaba con valientes encíclicas contra tales desafueros; pero en mayo de 1922 fue encarcelado; para entonces las estadísticas daban 22 obispos y 250 sacerdotes muertos. Tykhon cedió un tanto, y los soviets se contentaron con recluirle en un monasterio, donde murió en 1925.

Por su parte, los rojos instituyeron un sínodo rojo o iglesia viviente, que simpatizaba con las ideas bolcheviques. Esta iglesia se reunió en 1922 en un concilio panruso, que decretó un cambio radical en la Iglesia; entre otras cosas se suprimió el monacato y hasta el celibato de los obispos. El sucesor de Tykhon, el metropolitano de Nowgorod, Sergio, intentó en vano entenderse con los bolcheviques, declarándose leal al régimen.

Los gobernantes comunistas, para acabar con la Iglesia en Rusia, se dieron a favorecer toda clase de tendencias reformatorias y cismáticas. Así brotaron la iglesia viviente, la iglesia de origen apostólico, formada por el metropolitano Antonio; la iglesia del renacimiento, la iglesia sinodal.

Georgia y Ucrania se separaron de la Iglesia rusa, declarándose autocéfalas.

Los católicos suscitaron el odio especial de los perseguidores. El 10 de marzo de 1922 fue arrestado Mgr. Cieplak, sufragáneo de Mohilew, y Mgr. Budkievitch. La pena de muerte del primero fue conmutada por dos años de prisión gracias a la intervención de Pío XI. El segundo fue ejecutado.

Después de un pequeño respiro, comenzó más encarnizada la persecución el 8 de abril de 1929. El enemigo era toda religión y el mismo Dios. En relación con el famoso plan quinquenal económico e industrial de trabajo colectivo (1932-1937), se votó también un plan de extirpación de toda idea y sentimiento religioso; quedó suprimido el domingo y días festivos, se prohibió celebrar las fiestas de Navidad, se dictaron leyes execrables contra el matrimonio, la familia y vida familiar, arrancando brutalmente a los hijos del seno de la familia. La juventud había de ser educada en el más craso materialismo y ateísmo en las escuelas del Estado y en las organizaciones comunistas, y se organizó una refinada propaganda de palabra, por escrito, con carteles e imágenes y gráficos, para borrar de los corazones hasta la idea de Dios. Se formó el partido de los sin Dios, que en sus filas de ateísmo militante contaba con unos dos millones de adeptos.

Sin embargo, el contacto de los soldados con el pueblo ruso en la última guerra mundial demuestra que aquel pueblo, profundamente piadoso, no ha perdido su fe; pero las masas juveniles fueron arrastradas por esas olas de impiedad y ateísmo.

2. Iglesia anatólica

Durante mucho tiempo el patriarca de Constantinopla fue un empleado más de la Sublime Puerta. El movimiento nacionalista, que contra el dominio turco se acentuó en los Balcanes a comienzos del siglo XIX, originó también la separación de varias iglesias de la jurisdicción del patriarca de Constantinopla, surgiendo varias iglesias autocéfalas.

En 1821, Grecia se sublevó contra el poder turco; las asambleas nacionales de Epidauro en 1822 y de Trezeno en 1827 proclamaron la independencia, así política como religiosa. Los 52 prelados ortodoxos residentes en Grecia redactaron una ley orgánica en julio de 1833 y proclamaron la autonomía de la Iglesia griega con un sínodo permanente. A medida que Grecia se iba agrandando políticamente con la anexión de las islas Jónicas en 1864 y el Epiro y Tesalia en 1882, la iglesia griega autónoma se iba extendiendo a esas regiones.

Este principio de independencia y autonomía o autocefalismo fue imperando en todos los Balcanes. En 1830, los servios cismáticos alcanzaban un comienzo de autonomía religiosa, y en 1879 el mismo patriarca de Constantinopla, Joaquín III, reconocía la santa iglesia del principado de Servia. Los servios de Hungría y Transilvania eran en 1914 un millón de almas, con seis obispos, dependientes del patriarcado de Karlowitz, independientes desde 1848. Los rumanos de Transilvania obtuvieron por decretos de 1864 y 1869 la erección de la sede metropolitana de Hermanstadt con dos sufragáneas. En 1873 volvió a dividirse Karlowitz, para formar la sede metropolitana de Tohernovitz con los rumanos de Bukovina y la Dalmacia, constituyendo la Iglesia servo-rumana.

En 1860 los búlgaros resolvieron separarse de Constantinopla y pasarse al catolicismo. Pero Rusia, inquieta por aquella barrera católica que se le ponía delante, consiguió que el patriarca de Constantinopla concediera a los búlgaros sus demandas: así quedaron las cosas como estaban. Mas el movimiento nacional y religioso avanzaba. En 1872 Bulgaria se constituyó en exarcado, y una vez que la nación se independizó, se constituyó un sínodo nacional y un patriarca, que el de Constantinopla tuvo que reconocer en 1885.

De esta manera, en 1914 el patriarca bizantino limitaba su jurisdicción en Europa a la pequeña Turquía europea, a Albania y Bosnia-Herzegovina, que desde la anexión a Austria eran prácticamente independientes. Fuera de Europa se extendía a Anatolia y gozaba de cierta supremacía sobre los patriarcas griegos.

Después de la guerra europea, dos Estados ortodoxos se han agrandado considerablemente: Servia y Rumania. La creación de Yugoslavia tuvo como efecto hacer cesar las iglesias autónomas nacionales de los servios de Hungría, Croacia, Bosnia y Montenegro. El 13 de mayo de 1919, los altos dignatarios eclesiásticos de estas regiones declararon la unión de sus territorios, siendo entronizado patriarca en Ipek el metropolitano de Belgrado, Dimitrié. Los católicos eran unos 4.975.000, contra 5.360.000 ortodoxos.

También Rumania creció considerablemente, abarcando en su seno cuatro iglesias ortodoxas independientes: la antigua rumana, la de Transilvania, la de Bucovina, la de Besarabia. El gobierno intentó hacer la unión bajo el primado de Bucarest, pero halló ruda resistencia en la Iglesia de Transilvania, que quiere conservar su autonomía administrativa y escolar. En 1925 el Santo Sínodo creó el patriarcado de Rumania. Los cismas producen cismas.

3. Otras iglesias orientales

Los nestorianos llamados caldeos, rechazados por los musulmanes, se concentraron en el Turqucstán entre Persia y la Turquía asiática. Entre 1843 y 1848, el jefe curdo Bader Kan Bey sacrificó muchos millares de caldeos. Durante la guerra europea los turcos repitieron esas horribles matanzas; se calcula que la población nestoriana se redujo a la mitad.

A la cabeza de la Iglesia nestoriana se encuentra el catholicos, que desde 1437 es dignidad hereditaria en la misma familia, pasando de tíos a sobrinos. El catholicos reside en Kotchenes, entre el lago Van y el Urmiah. Tiene todavía cinco sufragáneas; pero el clero nestoriano vegeta en la más crasa ignorancia.

Los cristianos de Santo Tomás de la India en su gran mayoría se han unido estos últimos años a Roma con Mar Ivanios y Mar Theofilos. Los disidentes pertenecen más bien a los monofisitas desde el siglo XVII, en que rompieron la unión del siglo precedente.

Desde 1672 existe un buen grupo de caldeos católicos. Actualmente la residencia del patriarca católico caldeo es Mosul. Desgraciadamente, uno de esos patriarcas, José VI Audo o Audu (1848-1878), benemérito por muchos títulos, se enredó en una serie de conflictos con Roma con ocasión del concilio Vaticano. Pío IX le excomulgó en 1876, y dos años después moría santamente reconciliado con el Papa, a quien envió su más precioso anillo pastoral. Sin embargo, estas disensiones estorbaron muchas conversiones. El patriarca Elías XII (1878-1894) devolvió la paz a la Iglesia caldea.

Los armenios residentes en Armenia, Siria y Egipto son en parte monofisitas y en parte católicos. Con las Cruzadas, muchos armenios monofisitas se unieron a Roma; pero la unión fue poco duradera; se llaman también gregorianos por el apóstol de Armenia, Gregorio el Iluminado. Al frente de esta iglesia monofisita se halla un catholicos, residente en el monasterio de Etschmiadzin. El catholicos de Constantinopla extiende su jurisdicción a todos los armenios del imperio turco, en número de más de un millón.

En 1860 redactaron su Constitución nacional, ratificada por la Sublime Puerta; pero los turcos vieron con malos ojos estos conatos nacionalistas, y, por otra parte, también los rusos desconfiaban de estos «judíos cristianos» que poblaban el Cáucaso. Alejandro III resolvió aniquilar la Iglesia gregoriana, rusificándola y secularizándola. Después de esa persecución legalista del zar vino la sangrienta del sultán. Hordas curdas, apoyadas por soldados, se lanzaron a la matanza. Entre 1894 y 1896 sucumbieron más de 15.000. Las potencias europeas se contentaron con protestar; León XIII con la protesta les envió socorros. Nicolás II prosiguió su obra rusificadora, despojando a esta Iglesia de sus bienes. En 1909 se renovaron esas horrendas matanzas, que costaron la vida tal vez a unos 200.000

Para 1914 los armenios gregorianos eran aproximadamente 1.700.000, bajo los catholicos de Sis y Aghtamar y Constantinopla. Las diócesis eran unas 40. Pero los «jóvenes turcos» arrasaron durante la guerra europea la mitad de la población por medio de matanzas y deportaciones. Unos 700.000 se refugiaron en el Cáucaso, Persia y Siria. En el Asia Menor y Constantinopla sólo quedaban unos 300.000 armenios.

En cuanto a los católicos armenios, fueron más rudamente perseguidos, si cabe. Después de la independencia de Grecia, se les concedió un arzobispo-primado, residente en Constantinopla, y además un catholicos, residente en el monasterio de Bzommar, con la jurisdicción sobre los armenios de Siria, Cilicia, Mesopotamia y Palestina. En 1867, Mgr. Hassoum, arzobispo primado de Constantinopla, fue nombrado catholicos de Bzommar. Con esta ocasión, el papa Pío IX publicaba su Bula Reversurus, determinando las atribuciones de los obispos orientales y la participación que podían tener los laicos.

Tanto entre los caldeos como entre los armenios hubo sus disensiones; pero Hassoum renunció, por bien de la paz, en 1880. En 1911 se tuvo en Roma un concilio nacional con buenos resultados. Pero las matanzas realizadas por los turcos durante la guerra de 1914-1918 y las deportaciones hechas por los kemalistas victoriosos acabaron casi por completo con el noble pueblo armenio.

El segundo grupo de los monofisitas lo forman los sirios o jacobitas, en número de unos 600.000; se extienden a lo largo del Eufrates, en Mosul, Diarbekir y Mardin, donde reside su sede patriarcal. También existen los sirios católicos, cuyo patriarca reside en Mardin. Tiene bajo su jurisdicción seis arzobispos: Mosul, Bagdad, Damasco, Alepo, Emesa y Gezrel, con unos 60.000 fieles.

Monofisitas son también los coptos y los abisinios. Estos, en número de cerca de cuatro millones, tienen por metropolitano al abuna de Addis-Abeba, dependiente de Alejandría; los coptos o monofisitas de Egipto son en número unos 850.000, bajo el patriarca de Alejandría, residente en El Cairo. Los católicos de Abisinia no llegan a 10.000, ni los de Egipto a 40.000.

Los maronitas del Líbano, en sus luchas por la fe, se han conservado entre los riscos de sus montañas. En el siglo XIX han sufrido crueles matanzas de parte de los drusos en connivencia con el gobierno turco. Sólo en 1860 hubo unas 6.000 víctimas. En Damasco, por ejemplo, fue incendiado el convento de los franciscanos y asesinados ocho religiosos. Durante la primera guerra europea se repitieron las matanzas, que causaron muchos millares de víctimas. A la cabeza de la Iglesia maronita se encuentra un patriarca, residente en Bekerke, cerca de Beirut; tiene bajo su jurisdicción siete arzobispos, que son el de Alepo, Beirut, Chipre, Damasco, Sidón, Trípoli, Tiro. La fundación de la Universidad de Beirut en 1885, dirigida por los jesuitas, les ha dado cierta prestancia científica y una sólida formación. Son unos 300.000 maronitas católicos.

Citemos, por fin, a los melquitas, o restos de los antiguos católicos sirios, que en tiempo de las herejías permanecieron en la fe del emperador, pero que después siguieron también la suerte de los emperadores orientales, pasándose al cisma. Actualmente se dispersan en tres patriarcados: el de Antioquía, que cuenta con unos 300.000; el de Alejandría, unos 100.000, en su mayor parte griegos residentes en Egipto, y el de Jerusalén, que custodia los monumentos más venerandos de Palestina. Su número no pasa de 45.000 fieles.

4. Conatos de unión

Nota de Radio Cristiandad: cuando LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN publicaron su libro, ya existían intentos de poner en práctica el falso ecumenismo, que irrumpiría con fuerza en el conciliábulo vaticanezco. Por eso hemos suprimido algunos pasajes. El lector sabrá comprender si quedan algunos conatos de ecumenismo.

El proceder seguido ordinariamente por la Iglesia católica en esta cuestión de las iglesias orientales, con sus variados ritos, ha sido el que los convertidos conserven su rito propio, como recuerdo venerando de la antigüedad. A estos convertidos se los llama uniatas.

Prescindiendo de los esfuerzos realizados en toda la historia para atraer a los orientales disidentes, indicaremos como más típico de este período la invitación que todas las iglesias separadas recibieron de Pío IX para asistir al concilio Vaticano. Además, en 1862 el mismo Pío IX había creado en la Congregación de Propaganda una sección para los asuntos orientales, que en 1917 Benedicto XV transformó en Congregación pro Ecclesia Orientali, y con esta Congregación fundó el Instituto Oriental en Roma para la formación superior del clero de aquellos países.

También León XIII se preocupó especialmente por las iglesias orientales; fundó varios colegios en Roma para la formación del clero de los diversos ritos e hizo que en las diversas regiones surgieran colegios y universidades, como la de Beirut: de los jesuitas y el colegio de Mosul de los dominicos. En su Motu proprio del 19 de marzo de 1896 León XIII trató de disipar la idea de que en Roma pretendían suprimir los antiguos ritos. Con esta tendencia unionista se han venido celebrando desde 1907, en Velehrad de Moravia, congresos unionisnas entre católicos y eslavos ortodoxos para preparar la aproximación.

Pío XI, en 1923, en su encíclica sobre San Josafat, exhorta con paternales amonestaciones a la unión en la casa paterna, y en 1928 escribió su Encíclica Rerum Orientalium, exhortando al estudio diligente de las cosas de Oriente para fomentar el mutuo conocimiento. Este mismo propósito se acentúa en la constitución sobre los estudios Deus scientiarum Dominus. Con este fin de favorecer la unión y fomentar el apostolado entre los orientales, los benedictinos y jesuitas han establecido sus monasterios o provincias de rito oriental. El conato ha sido atrevido; mas, por las circunstancias actuales del mundo, no han podido desde luego cosechar los frutos que de esta medida se esperaban.

Para atraerse las bendiciones del cielo se fundó en 1924 la Unio Catholica, que por medio de oraciones principalmente, y en concreto con la novena por la unión, que se celebra para el 25 de enero (conversión de San Pablo), trabaja eficazmente en este sentido.

Los católicos de las iglesias orientales que dependen de la Congregación pro Ecclesia Orientali, son en total unos 8,5 millones, de los cuales, 5,16 millones son los rutenos de Galitzia, Hungría y América. El número de obispos unidos es de 57, con ocho administradores apostólicos y 34 obispos titulares. Trabajan entre los unidos 28 institutos religiosos de varones y 41 de mujeres.

En medio de esta variedad veneranda y en cierta manera grata, no deja de vislumbrarse cierta confusión por esa multitud de ritos, principalmente en algunas regiones de Siria. Allí, además de los ritos disidentes, como el bizantino, siro o jacobita, armenio, melquita, se hallan católicos de rito latino, bizantino, armenio, siro, maronita, melquita. A veces en la misma ciudad levantan sus sedes los jerarcas de todos esos ritos.

LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN

HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA

Primer entrega:  LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?

Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones

Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)

Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo

Quinta entrega: El semipelagianismo

Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques.  San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)

 Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia.  Los monoteletas

 Octava entrega:  Segunda fase del monotelismo: 638-668

Novena entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente

Décima entrega: El error adopcionista

Undécima entrega: Gotescalco y las controversias de la predestinación

Duodécima entrega:  Las controversias eucarísticas del siglo IX al XI

Decimotercera entrega: El cisma de oriente

Decimocuarta entrega: El cisma de oriente (continuación)

Decimoquinta entrega: La lucha de la Iglesia contra el error y la herejía

Decimosexta entrega: Herejía de los Cátaros o Albigenses

Decimoséptima entrega: Otros herejes

Entrega especial (1era parte): La inquisición medieval

Entrega especial (2da parte): La inquisición medieval

Vigésima entrega: La edad nueva. El Wyclefismo

Vigésimo primera entrega:  El movimiento husita

Vigésimo segunda entrega: El movimiento husita (cont.)

Vigésimo tercera entrega:  El pontificado romano en lucha con el conciliarismo

Vigésimo cuarta entrega: Eugenio IV y el concilio de Basilea

Vigésimo quinta entrega: La edad nueva. El concilio de Ferrara-Florencia

Vigésimo sexta entrega: Desde el levantamiento de Lutero a la paz de Westfalia (1517-1648). Rebelión protestante y reforma católica

Vigésimo séptima entrega: Primer desarrollo del luteranismo. Procso y condenación de Lutero

Bula Exurge Domine

Bula Decet Romanum Pontificem

Vigésimo octava entrega: Desarrollo ulterior del movimiento luterano hasta la confesión de Augsburgo (1530)

Vigésimo novena entrega:  El luteranismo en pleno desarrollo hasta la paz de Ausgburgo 

Trigésima entrega: Causas del triunfo del protestantismo

Trigésimoprimera entrega:  Calvino. La iglesia reformada

Trigésimosegunda entrega: El cisma de Inglaterra. El anglicanismo

Trigésimotercera entrega: El cisma de Inglaterra. El anglicanismo (cont,)

Trigésimocuarta entrega: Movimientos heterodoxos y controversias. Los disidentes

 Trigésimoquinta entrega: Las sectas sismáticas orientales

Trigésimosexta entrega: La iglesia y el absolutismo regio

Trigésimo séptima entrega: España y Portugal. El regalismo

Trigésimo octava entrega:  El imperio alemán. Febronianismo y Josefinismo

Trigésimo novena entrega: La Iglesia y los disidentes

Cuadragésima entrega: El jansenismo

Cuadragésima primer entrega: El jansenismo, continuación.

Cuadragésima segunda entrega: En plena lucha jansenista

Cuadragésima tercera entrega: Aspecto moral del jansenismo

Cuadragésima cuarta entrega: Blas pascal, abanderado del jansenismo

Cuadragésima quinta entrega: Blas Pascal, abanderado del jansenismo, continuación

Cuadragésima sexta entrega: Queshel, tercer caudillo del jansenismo

Cuadragésima séptima entrega: Confesiones disidentes. Los protestantes