SAN FRANCISCO CARACCIOLO

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

SAN FRANCISCO CARACCIOLO

FUNDADOR DE LOS CLÉRIGOS REGULARES MÍNIMOS (1563 – 1608)

FranciscoCaracciolo

 

 

 

CLAMOROSA y eficaz respuesta a la rebelión luterana dieron las innumerables Órdenes religiosas que en el siglo XVI florecieron. A una de las principales, la de Clérigos Regulares Mínimos, cabe la gloria de contar entre sus ilustres fundadores a San Francisco Caracciolo.

Vastago de ilustre familia de la más rancia nobleza napolitana, vio la luz en Villa Santa María —diócesis de Chieti—, el 13 de noviembre de 1563. Ascanio fue su nombre de pila.

Destellos luminosos de sus altos destinos fueron en su alma, cuando niño, la tiernísima devoción a María Santísima y su amor a las mortificaciones que, con frecuencia, se imponía. Retraído ordinariamente de los juegos y entretenimientos infantiles, era su mayor placer dedicarse a la oración, a solas, dirigiendo al cielo largas y fervorosas plegarias, entre las que ocupaban el lugar preferente el Rosario y el Oficio Parvo, que le derretían en santos coloquios con su celestial Madre. Otra de las virtudes en él más apreciables, fue su caridad con los indigentes y desvalidos. Pero la más esplendorosa de todas y la que con mayor esmero y recato guardaba, era su angelical pureza, que, con la frescura y lozanía de su inocencia bautismal, crecía cual azucena en el centro de su alma.

Con el fin de sujetar la carne al espíritu, se imponía infinidad de privaciones y duros ejercicios corporales; de este modo escudaba la virtud contra cualquier acometida imprevista del enemigo.

VOCACIÓN. LLAMAMIENTO PRODIGIOSO


VEINTIDÓS años había cumplido Ascanio, cuando de repente vio por los suelos su belleza, juventud y fuerza, como despojos que horrible lepra acababa de arrebatarle. Éste fue el resquicio por donde penetró el rayo de luz divina que había de iluminar toda su vida. Alzó, pues, sus miradas a Dios, prometiéndole con voto consagrarse a su servicio si sanaba de aquella enfermedad. No bien hubo terminado su promesa, cuando por completo le abandonaron tan horribles y asquerosas llagas, sin dejar la menor huella de su paso.

Quiso, al verse así curado, corresponder sin pérdida de tiempo a la generosidad que Dios usaba con él. Distribuyó, pues, toda su fortuna a los pobres y salió para Nápoles para dar principio a los estudios de Sagrada Teología. A los dos años, hacia el 1587, y gracias a su portentosa inteligencia y extraordinario fervor, fue ordenado sacerdote. Desde entonces sólo pensó en consagrarse de lleno a las obras de misericordia.

Existía a la sazón en Nápoles una hermandad o cofradía llamada Los penitentes blancos, cuyos fines eran: Evangelización de los menesterosos, auxilio espiritual de los cautivos y galeotes, y asistencia final a los condenados a muerte. Hacia ella tendió sus miradas y aspiraciones Ascanio.

Mientras estaba sumido en fervorosa oración cierto día de 1588, se le presentó un propio que puso en sus manos unas letras de su tío don Fabricio Caracciolo, preboste de la Colegiata de Santa María la Mayor de Nápoles.

En el sobre se leían estas palabras: «A don Ascanio Caracciolo». Por el contenido pudo ver que se trataba de una invitación para que se trasladase a casa de don Fabricio con el fin de ponerse al habla con otro noble genovés, Augusto Adorno, recientemente ordenado sacerdote, que llevaba entre manos la fundación de una Orden religiosa.

Su penetrante inteligencia abarcó con vista de águila la importancia de la misión que la Divina Providencia le confiaba; así es que, leída la carta, se trasladó, sin pérdida de tiempo, al lugar de la entrevista. Arrojóse a los pies de ambos, poniéndose incondicionalmente en sus manos, para cuanto, por su medio. Dios se sirviese mandarle.

La sorpresa de nuestros nobles caballeros no tuvo límites al ver a sus plantas, de hinojos, a un sacerdote joven, de finísimos modales y cuya virtud se reflejaba en el semblante, pero a quien ellos no habían llamado. La carta no iba a él dirigida sino a otro miembro de su familia llamado también Ascanio. Pronto quedó esclarecido el equívoco; pero sin que dejaran de ver en el mismo la expresa manifestación de la divina voluntad, diéronle las más efusivas gracias por haberles reunido por tan extraños modos.

Ascanio y Augusto se dirigían horas más tarde al convento de los Camaldulenses, cercano a Nápoles, para madurar su proyecto en la oración, el silencio y la más rigurosa penitencia. Su intento era fundar una Sociedad de clérigos regulares, en los que se hermanase la vida contemplativa con la activa.

Con el fin de atraer de continuo las bendiciones divinas sobre su incipiente obra, establecieron un turno de penitencias, de modo que, a diario, mientras el uno ayunase a pan y agua, debería el otro disciplinarse y, finalmente, un tercero llevar cilicio. Además sugirió Ascanio la idea de reemplazarse cada hora ante el Santísimo, de modo que hubiese adoración perpetua.

Tras este retiro de algunos días, volvieron los fundadores a Nápoles, donde pronto vieron acrecentarse su número con nuevas vocaciones, hasta llegar a doce. Entonces determinaron no admitir a nadie más, sin haber obtenido antes la aprobación de la Santa Sede. Augusto y Ascanio dirigiéronse a Roma para depositar a los pies de Su Santidad la naciente Congregación.

Hicieron el viaje a pie, y pidiendo de puerta en puerta un mendrugo de pan y un albergue.


APROBACIÓN DE LA ORDEN


AL día siguiente de su llegada, recorrieron los siervos de Dios los santuarios venerados de la Ciudad Eterna, para encomendar su naciente obra a tantos santos y gloriosos mártires como en ella sellaron la fe con su sangre. Los demás días mendigaban por conventos y hospitales el mendrugo de pan para su diario sustento. En esta humildísima ocupación fueron al fin sorprendidos por sus parientes, los cuales, profundamente apenados, ofreciéronles hospedaje digno de su alcurnia, que ellos, amablemente, rehusaron; como único favor aceptaron el ser presentados al Papa.

Al recibirlos Sixto V, con aquella dulzura y amabilidad que le caracterizaba, fijó en ellos su bondadosa a la par que penetrante mirada, y en un instante midió la prodigiosa sabiduría, piedad y prudencia del más joven,

Ascanio, a la sazón de veinticinco años, y quedó agradabilísimamente sorprendido. Encomendó el examen del proyecto de la nueva Orden religiosa a una comisión de tres cardenales, que él mismo nombró. Los tres rechazaron, por unanimidad, todo el articulado; pero no desanimó esta contrariedad a los humildes peregrinos. Con paciencia y oración esperaron, en silencio, a que Dios les manifestase nuevamente su voluntad.

Dos meses habían transcurrido, cuando, contra toda esperanza, el primero de julio de 158S, expidió Sixto V una bula creando una nueva Orden religiosa: la de Clérigos Regulares Mínimos. La comisión de los tres Cardenales habían examinado de nuevo, con más detención, el proyecto desechado en un principio y, no hallando reparo que oponer, consiguieron de Su Santidad la citada bula.

Rebosando de alegría por tan feliz resultado, regresaron apresuraádamente a Nápoles mendigando también como habían venido. Consagráronse por entero a Dios con los votos religiosos, el 9 de abril de 1589. Tomó entonces Ascanio el nombre de Francisco, en recuerdo del Serafín de Asís, de quien era muy devoto.


PRIMER VIAJE A ESPAÑA. VUELTA A NÁPOLES


LA sed de almas que los consumía, impulsaba a Francisco y a Augusto a ensanchar su campo de acción; así, pues, ya consolidada la obra en Nápoles, pensaron venir a España, objeto de sus anhelos, cumpliendo, además, un deseo que Su Santidad les manifestara en la entrevista. Penalidades sin cuento hubieron de sufrir en tan largo viaje, realizado a pie, 
como de costumbre. Tal oposición hallaron en la Corte de Madrid, que, sin pérdida de tiempo, se encaminaron a Valencia para embarcarse con rumbo a Italia; pero antes permitió Dios que un ermitaño les revelase los grandes destinos de su Orden en esta católica nación.

Antes del embarque, reunió Francisco a toda la tripulación, y puestos a los pies de la Virgen venerada en una ermita a orillas del Mediterráneo, invocó a la «Estrella de los mares» y exhortó a los pasajeros a ponerse bajo su amparo, pues habían de correr graves peligros en la travesía. Al tercer día de navegación, desencadenóse horrorosa tempestad que amenazaba sepultar el navío. Oíase en medio de la borrasca un confuso y ensordecedor clamoreo, desgarradores ayes, potentes voces de mando, ahogadas con frecuencia por el estruendo de las velas, violentamente sacudidas por el aquilón, el crujir de los mástiles y el correr de las jarcias. En algunos intervalos de mortal silencio, oíanse fatigosas voces de oración y de aliento, luchando contra la general desesperación, pavor y angustia de los navegantes: eran las de Francisco y Augusto; oraban de continuo; sólo Dios podía librarles de la horrible tumba que el mar les preparaba en sus entrañas. Las encrespadas olas fueron arrastrando el barco hasta depositarlo en desconocidas playas sin la menor desgracia, a pesar de la furia del temporal.

Espontánea manifestación de regocijo y agradecimiento a nuestros Santos estalló en todos los pechos, pues no les cabía la menor duda que debían la vida a Francisco y Augusto; pero su humildad no podía sufrir tales muestras de veneración, por lo cual desembarcaron apresurádamente y fueron a esconderse en un espeso y dilatadísimo bosque del litoral. A poco, les rindió la fatiga y, no pudiendo ya con sus cuerpos, extenuados por la pasada brega, quedaron profundamente dormidos. Al despertar pensaron embarcarse de nuevo; mas desorientados como estaban, vagaron de acá para allá por la interminable selva, hasta quedar desfallecidos, por no haber encontrado en los cuatro días que anduvieron errantes el menor alimento. En tal extremo acudieron al Cielo, que no fue sordo a sus plegarias. Al terminar la oración divisaron una cabra junto a un árbol y a pocos pasos un pan moreno. Ordeñaron al animal y, restauradas sus fuerzas con tan sobrio alimento, prosiguieron su extraviado camino. Sin pensarlo vieron el mar a sus pies; estaban ya fuera del bosque.

Por unos pescadores se enteraron que se hallaban en territorio genovés, y que a poca distancia había un puerto, y un velero presto a zarpar. Subieron a bordo y, al entrar en Nápoles, advirtieron, sorprendidos, que merced a la tempestad habíaseles acortado mucho el viaje.

SAN FRANCISCO, GENERAL DE LA ORDEN

LA profunda humildad de Francisco hizo que considerara a don Augusto como superior suyo, poniéndose por completo en sus manos, a pesar de haber ejercido él mayor influencia sobre el naciente Instituto y gozar de mayor ascendiente entre los religiosos. Su padre y superior, nombre que daba a don Augusto Adorno, fue llamado por Dios, el 29 de septiembre de 1591, a recibir el galardón merecido. Quedaba, pues, Francisco al frente de una obra, que, según los designios divinos, debía él organizar y llevar a su apogeo. Elegido Superior General por unánime aclamación de sus religiosos, no tuvo más remedio que aceptar el alto cargo que tan to repugnaba a su humildad.

Aceptó, pues; pero a condición de que el plazo de generalato no excediese de tres años. Sus oraciones, trabajos y penitencias fueron en aumento: ayunaba a pan y agua tres veces por semana; llevaba clavado en sus carnes casi de continuo un cilicio; a diario tomaba la disciplina, y repartía las noches entre el estudio y los coloquios íntimos con el dulce Prisionero de su amor; apenas le quedaba tiempo para el sueño, y, cuando éste le vencía, frecuentemente dormía en las mismas gradas del altar, pudiendo repetir con
la Esposa: «Yo duermo, pero mi corazón vela», y así su sueño era una continua vigilia en presencia del Amado. Tal era su amor a la pobreza, que nunca consiguieron que estrenase hábitos; los prefería usados, para lo cual cambiaba los nuevos por los que sus Hermanos hubiesen ya llevado.


SEGUNDO Y TERCER VIAJE A ESPAÑA

REVOLOTEABAN por su mente halagadores recuerdos de las proféticas palabras —que como tales las consideraba Francisco— del ermitaño valenciano, relativas al futuro florecimiento de su Orden en España. No menos le perseguían los ardientes deseos que el Sumo Pontífice le había manifestado. Convencido por tan poderosos motivos, resolvióse a probar fortuna por segunda vez con la casi seguridad de acierto. Salió, pues, de Nápoles en compañía de otro religioso en 1594. Llegado que hubo a Madrid, púsose al servicio de los enfermos en el hospital italiano, que le sirvió de albergue. De allí mismo dirigió la súplica a Felipe II, quien le dio benévola acogida, y permitióle fundar un convento en Madrid, bajo la advocación de San José y al amparo del cardenal Quiroga, arzobispo de Toledo.

Compensó Dios la ruindad y estrechez de la casa con la abundancia de gracias que a torrentes derramaba sobre ella. En poco tiempo fue incalculable el bien realizado por estos humildes religiosos. Furioso el enemigo, suscitó contra el pobre convento a un poderoso señor de la Corte, el cual, con su influencia en el Consejo Real, procuró por todos los medios aniquilar tan santa obra. Ordenó el Consejo el cierre inmediato de la casa, concediendo a los religiosos un plazo de diez días para salir de España.

De súbito apareció el horizonte cargado de tormentosos nubarrones, por la categórica disposición de los poderes públicos. No le quedaba en lo humano resorte alguno por tocar. Francisco acudió, pues, a sus armas favoritas: la oración y la penitencia; con ellas sentíase con fuerzas para luchar contra las potestades infernales. Empezó por solicitar del rey una prórroga de quince días, que le fue otorgada; terminado este tiempo, solicitó otra, y también se le concedió. Impaciente, entretanto, el Consejo, se deshacía en amenazas contra los religiosos, a quienes, según decía, conduciría hasta la frontera y los expulsaría airadamente. No pudo nuestro Santo aguantar más; fue a palacio y echóse a los pies del monarca. Dios había oído sus ruegos.

De tal modo trocó el corazón de Felipe II que, en oposición a su Real Consejo, admitió la fundación y permanencia de la Orden de Clérigos Regulares en sus reinos.

Francisco procuró dejar su Orden bien cimentada, conseguido lo cual regresó a Roma, donde fue cariñósamente recibido por el nuevo papa Clemente VIII, quien, sin poder disimular su alegría, escribió en persona al rey Felipe, interesándose mucho por la Orden. El mismo Papa fundó en Roma el hospicio de «San Leonardo» en junio de 1596.

La inquina, las pasiones humanas se habían desatado, en Madrid, contra la Orden de Clérigos Regulares, que fueron sometidos a malos tratos.

Tan grave situación exigía en Madrid la presencia de Francisco, que se presentó en ella, a los pocos días. Su primer pensamiento fue abogar por los enemigos de su Orden. Corrió a postrarse a los pies del Soberano implorando clemencia. Se trasladó en seguida a casa de su mayor enemigo, el cual, conmovido por tan heroico proceder y subyugado por el irresistible asendiente que sobre él ejerció el Santo, le pidió perdón y se convirtió, desde entonces, en su mejor amigo y defensor. Fundó Francisco, además, un convento en Valladolid y otro en Alcalá de Henares. No fue, pues, infructuosa su tercera venida a nuestra patria. Innumerables milagros y prodigios señalaron su estancia en Madrid.

Desde entonces fue conocido únicamente por el nombre de Apóstol del amor divino. Un rasgo más, de su humildad, añadió a los innumerables de que había dado ejemplo: acostumbraba a saludar a María Santísima al pasar por delante de su imagen, con el Avemaría. En cierta ocasión lo hizo en alta voz, según costumbre. Era tiempo de silencio. Oyóle el superior y amonestóle en estos términos: «¿Ha olvidado usted que es tiempo de silencio?» Francisco postróse de hinojos para recibir la reprensión, y en tal actitud permaneció más de una hora, hasta que el superior le mandó levantarse.

Después de varios años de permanencia en España, donde la Orden se extendía de un modo sorprendente, volvió a Italia en 1604 y acabó de afianzar en su vocación, con el ejemplo de sus virtudes y la fuerza de sus milagros, a los Hermanos de su Orden. Curaba a los enfermos y arrojaba a los demonios del cuerpo de los posesos con sólo la señal de la cruz.

A Clemente VIII había sucedido en el solio pontificio Paulo V. Éste cedió al Instituto la iglesia de San Lorenzo «in Lucina» de Roma.

Francisco edificó allí un convento, cuya inauguración se verificó en 1607. Desde entonces sólo pensó en prepararse a la muerte en el retiro, la oración y el silencio. A imitación de San Alejo, suplicó insistentemente a sus hijos, le dejasen por vivienda un rincón debajo de la escalera. En este mísero lugar le encontraron los delegados del Papa que fueron a ofrecerle la mitra y el pectoral. A las reiteradas instancias de los enviados respondía suplicante: «¿No veis que son muy breves mis días? ¿Por qué turbar mis últimos momentos? Con agigantados pasos veo acercarse la muerte; dejadme, por favor, prepararme a recibirla».

Con todo, una importante fundación reclamaba todavía su presencia: la de Agnona. Encaminóse allá en el mes de mayo de 1608. De paso por Loreto visitó la Santa Casa donde el Verbo se hizo carne, y permaneció en ella toda la noche en oración para que la Santísima Virgen tomase bajo su amparo la Orden de Clérigos Regulares. Vióse de repente, bañado en un foco de luz cuyo centro ocupaba su compañero don Augusto Adorno, quien le habló en estos términos: «Carísimo hermano, soy mensajero de María para decirte, de parte de tan bondadosa Madre, que gustosísima cubre con su manto a nuestra exigua familia, convirtiéndose desde ahora en su Protectora Abogada. Otro encargo me ha dado y es: que dentro de pocos días serás llamado a la eterna felicidad». Y desapareció.

Continuó su camino Francisco hasta Agnona. Apenas llegado repetía con la más viva alegría: «Este es el lugar de mi descanso». Palabras incomprensibles para sus hijos, que le veían disfrutar de excelente salud.

El primero de junio enfermó de ligera calentura, que al poco tiempo fue en aumento y le obligó a acostarse. Vio que la hora señalada por María Santísima había llegado.

Incorporábase en la cama como si intentara volar al cielo, no cesando de repetir: «¡Oh paraíso, oh paraíso!» La víspera del Corpus Christi, 4 de junio de 1608, recibió, con júbilo, el Viático, después tomó el Santo Cristo en la derecha y en la izquierda una imagen de María, y contemplándolos, como fuera de sí, pasó los últimos momentos de su vida.

Al atardecer, exclamó :«¡Vamos, alma mía, vamos!» —¿Adonde queréis ir, padre mío? —preguntóle un religioso. —Al cielo —contestó inundado de gozo, e inmediatamente entregó su alma en manos de la Divina Bondad.

Tenía cuarenta y cuatro años. Fueron sus restos trasladados a Nápoles, donde se conservan y veneran.

Fue beatificado por Clemente XIV, el 16 de septiembre de 1769; y canonizado, el 24 de mayo de 1807, por Su Santidad Pío VII. Su fiesta se celebra con rito doble desde el 5 de agosto del mismo año.

 

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EDELVIVES

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