TRATADO DE LA ESPERANZA CRISTIANA

ARMADURA DE DIOS

CONTRA EL ESPÍRITU DE PUSILANIMIDAD Y DESCONFIANZA

Y CONTRA EL TEMOR EXCESIVO.

Traducida del francés en 1856. Autor desconocido (Rogad por su alma).

 

 “No hay ningún cristiano tan desesperado que rehúse el amar a Dios, si pudiere persuadirse que Dios le ama, y que le ama tanto, que quiere llegar a hacerlo eternamente participante del trono y reino de su Unigénito Hijo”.

Durante el mes de mayo, dedicado a la Esperanza Cristiana, les entregaremos un capítulo cada día. Finalizaremos el 31 de mayo, Fiesta de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, Esperanza de los Desesperados, con una consagración a Ella.

Día 28

ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS

Dios omnipotente, ante cuya soberana presencia dedicamos a María este Mes bajo el excelso título de Nuestra Señora del Sagrado Corazón Esperanza de los Desesperados, derramad sobre nuestras almas vuestras más abundantes misericordias y abrasadlas en el fuego santo de la caridad, para que nuestra devoción a la Purísima Madre del Verbo hecho carne, al paso que redunde en obsequio de Aquella que es Todopoderosa en sus súplicas al Corazón de Jesús, nos alcance su maternal protección, y sea poderoso auxilio que nos conserve en el camino del bien en esta vida, fuerte escudo que nos defienda contra los ataques de los enemigos de nuestra salvación y segura esperanza de la gloria que nos está prometida. Amén.

V

La dependencia de la misericordia de Dios y de los méritos de Jesucristo con que vive un verdadero cristiano, debe consolarle y fortificar su esperanza, lejos de debilitarla.

6- Sólo en el cielo se halla la soberana dicha, porque solo en el cielo se encontrará soberana Justicia. Los bienaventurados están todos penetrados del conocimiento de la excelencia infinita de Dios y do todas sus perfecciones; también lo están de la nada de todas las criaturas, y de los justos derechos que Dios tiene sobre ellas; de la obligación en que están ellas de referir a la gloria de Dios todo su ser y todas sus acciones; de la disforme injusticia de una criatura que se substrae del orden de Dios, o se retira de su dependencia. Esto es lo que constituye la superior justicia y felicidad de los ángeles y de los santos: Subjici Deo requies aeterna. Luego es claro que debemos buscar mientras vivimos la justicia, y poner nuestro único gozo en la aniquilación perfecta de todo nuestro ser delante de Dios, en la sujeción de todos nuestros quereres a la voluntad de Dios, y en una dependencia continua de su misericordia: porque lo que debe hacernos justos y bienaventurados en la eternidad, debe empezar a hacernos justos y dichosos en el tiempo; no debiendo ser la vida presente, sino el principio y aprendizaje de la vida futura. Nuestro júbilo y nuestra felicidad en la tierra debe ser esperar firmísimamente que conseguiremos la salvación por la misericordia de Dios, y los méritos de Jesucristo. Es imposible que perezcamos si mantenernos siempre estas disposiciones.

Bien podremos perderlas, pero no podremos perdernos mientras que las conservemos en el corazón; y Dios, que por su misericordia las ha puesto en él, nos manda muy expresamente que tengamos una firme confianza, que por la misma misericordia las conservará hasta el fin, y acabará en nosotros la obra de su bondad.

7-Si nuestra salvación estuviese únicamente dejada a nuestra voluntad, ¿que no tendríamos que temer? Porque, ¿qué podríamos encontrar en nosotros mismos sino nuevos motivos de temor, pecado, tinieblas, tentaciones, flaquezas, indignidad, etc.? Pero encontramos en Jesucristo todo lo que nos falta, y aún mucho más. Todas nuestras miserias, por serlo, nos impelen a que nos vayamos a Él, y vienen a ser nuevo motivo de esperar; porque ellas dan ocasión al poder de Jesucristo de manifestarse más, y esto es por lo mismo que S. Pablo se gloriaba en ellas. Este grande apóstol aún quiere que esperemos de nuestro soberano Libertador, que nos pondrá en un estado más relevante y más dichoso que aquel de que hemos caído (1); esto es, nos dará una gracia, una vida más gloriosa, más poderosa, más elevada, más abundante que la que perdimos en Adán: Ampliora adepti, dice S. León, per inefabilem Christi gratiami, quám per diaboli amiseramus invidiam (2). Desengañémonos, que toda nuestra seguridad y nuestra felicidad está en depender de su Majestad, mantenernos asidos a él, y abandonarnos a la conducta de su gracia.

(1) Rom. V, 15-17.

(2) S. León., Serm. 1 de Ascens.

8-Efectivamente esto es con lo que los profetas, los apóstoles y Jesucristo mismo nos consuelan y nos tranquilizan: ¡Qué dichoso eres tú, oh Israel, que encuentras tu salvación en el Señor! Él te sirve de broquel para defenderte, y de espada para darte esta gloriosa victoria: tú hollarás las cabezas de tus enemigos (3). No temas, porque yo te he rescatado: tú eres mío. Cuando marchares por en medio de las aguas, yo estaré contigo, y los ríos no te sumergirán. Cuando caminares por el fuego, no te quemarás (4). Más yo he puesto, Señor, en ti mi esperanza. Yo he dicho: Tú eres mi Dios; mi suerte está en tus manos. Sálvame según tu misericordia. Señor, yo no seré confundido, porque te he invocado (5). Yo no me avergüenzo, porque sé quién es aquel a quien he confiado mi depósito, y estoy asegurado que es poderoso para conservarle hasta aquel gran día (6). Mis ovejas, dice Jesucristo, oyen mi voz, yo las conozco, y ellas me siguen: yo les doy la vida eterna, y nunca perecerán, y ninguno me las arrebatará de las manos. Lo que mi Padre me ha dado es mayor que todas las cosas, y nadie lo puede robar de la mano de mi Padre. Mi Padre y yo somos una misma cosa (7). Moisés, David, S. Pablo, y el mismo Jesucristo, ¿no sabían lo que debía verdaderamente consolarnos, llenarnos de confianza y de gozo? ¿No sería locura e impiedad pensar que estas palabras, que ellos dijeron para inspirarnos confianza, gozo y valor, son antes más propias para debilitar nuestra esperanza, para desanimarnos, y para llenarnos de temor, de inquietud y turbación?

(3) Deut. XXXIII, 29.

(4) Is., XLIII, 1-2.

(5) Psalm, 30.

(6) II Tim., 1, 12.

(7) Joann., x , 27-30.

ORACIÓN FINAL

ACORDAOS A NUESTRA SEÑORA DEL SAGRADO CORAZÓN

ACORDAOS, ¡oh Señora Nuestra del Sagrado Corazón!, del inefable poder que vuestro Hijo divino os ha dado sobre su Corazón adorable. Llenos de confianza en vuestros merecimientos, acudimos a implorar vuestra protección. ¡Oh celeste Tesorera del Corazón de Jesús, de ese Corazón que es el manantial inagotable de todas las gracias, y el que podéis abrir a vuestro gusto para derramar sobre los hombres todos los tesoros de amor y de misericordia, de luz y de salvación que encierra! Concedednos, os lo suplicamos, los favores que solicitamos.

No, no podemos ser desairados, y puesto que sois nuestra Madre, ¡oh Señora Nuestra del Sagrado Corazón!, acoged favorablemente nuestros ruegos y dignaos atenderlos. ¡Amén!

¡Nuestra Señora del Sagrado Corazón, abogada de las causas difíciles y desesperadas, rogad por nosotros! (3 veces)