SAN GERMÁN

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

 San Gemán, obispo de París, confesor.

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San Germán, obispo de París, varón por su excelencia, santidad y grandes milagros, admirado, fue hijo de padres honrados y nobles: nació en Augustoduno: su padre se llamo Elenlirio y su madre Eusebia. Estando su madre preñada de él, aborrecida por haberle concebido en breve tiempo, después de otro hijo, tomo medios para matarle en el vientre y mover; y no pudo: porque Dios guardaba aquel niño, y le había escogido para gran ministro de su gloria. Después que nació, también su abuela le quiso matar con ponzoña, pero no pudo: antes el veneno que le había de dar a Germán, por error se dio a un hijo de la abuela, en castigo de la codicia con que ella pretendía quitar la hacienda al nieto. Habiendo, pues, pasado loablemente los años de la primera edad en buenos ejercicios y estudios de letras, se ordenó de diácono y de presbítero, y fue elegido por abad del monasterio de San Sinforiano, en el cual vivió con admirable ejemplo de religión, orando, velando y ayunando mucho, y siendo en todas sus acciones espejo de virtud a sus monjes.

Era muy compasivo, tan liberal y misericordioso para con los pobres, que les daba cuanto tenia, sin guardar nada para sí. Aconteciole una vez, que no teniendo pan para comer, y los monjes, sintiendo su falta y necesidad, se quejaron del abad; y él, encerrándose en su celda, se puso en oración, suplicando a nuestro Señor que los proveyese y sosegase aquellos monjes. Oyole Dios, y luego llegaron a la puerta del convento dos hombres cargados de pan que les enviaba una señora, la cual al día siguiente también les envió algunos carros cargados de mantenimiento; y con este milagro aprendieron los religiosos a confiar en Dios, y conocieron la fuerza que tiene la limosna, y comenzaron a estimar y respetar mas a su abad. Pero porque la buena obra para ser fina ha de pasar por la fragua y fuego de la tribulación, permitió Dios que por estas y otras buenas obras, el obispo, mal informado, le prendiese y le echase en la cárcel, con mucho gusto del santo, que habiéndose por voluntad divina abierto las puertas de la cárcel en que estaba, no quiso salir de ella sin licencia y bendición del mismo obispo.

Florecía, pues, san Germán con rara virtud y muchos milagros: tuvo revelación que Dios le quería hacer obispo de París; porque ensueños le apareció un venerable viejo que le daba las llaves de aquella ciudad: y preguntándole san Germán para qué le daba aquellas llaves; le respondió el viejo: Para que salves a los de París. Cumpliose esta revelación, y por voluntad del rey Childeberto, fue consagrado obispo de aquella nobilísima ciudad: y el santo de tal manera se encargo de la cura pastoral, que no dejo la de monje, y como si entonces comenzara a serlo; y así acrecentó su oración y penitencia, procurando aprovechar a sí, para poder aprovechar a otros. Era muy largo y maniroto en las limosnas, y Dios le ayudaba por muchos medios y especialmente por mano del rey Childeberto que le daba liberalmente que repartir a los pobres, hasta darle sus vasos de oro y plata, rogándole que lo diese todo: porque no le faltaría que dar.

Mucha gracia y favor tuvo el santo obispo con el rey Childeberto, y por sus oraciones y merecimientos Dios hizo grandes mercedes al rey; pero después de su muerte no fue tan favorecido del rey Clotario, su hermano; aun que Dios nuestro Señor le castigo por ello con una enfermedad, de la cual el mismo santo le sanó. Después, habiendo venido la corona de Francia al rey Chariberto, que estaba amancebado con la hermana de su mujer, y habiendo tomado los medios blandos y suaves para corregir al rey y quitar del reino aquel escándalo, sin provecho; san Germán con grande autoridad y espíritu excomulgo al mismo rey y a la amiga que él tenia por mujer: y como aun todo esto no bastase, porque estaban presos los desventurados del ciego amor, tomo Dios la mano y confirmo la sentencia de san Germán, quitando la vida primero a la amiga del rey, y después al mismo rey: porque el Señor quiere que los grandes príncipes y reyes se sujeten a las censuras de la Iglesia, y obedezcan sus leyes. También procuro san Germán que, siendo él obispo, se celebrase un concilio en París, en el cual él y los otros santos obispos que se juntaron, decretaron muchas y muy saludables cosas para la libertad de la Iglesia y reformación del reino, sin tener respeto a la voluntad del rey ni a la ambición y codicia de sus ministros y de otras personas que pretendían usurpar y profanar los bienes que los fieles habían dado a las Iglesias para remisión de sus pecados. En esto puso gran fuerza san Germán, y en mover con sus sermones (que eran admirables, y como de un ángel del cielo), a todos a la devoción y estimación de las cosas sagradas y del
culto divino. Y para moverlos mas, él mismo fue a Jerusalén en tiempo del emperador Justiniano, del cual fue recibido y regalado en gran manera: y ofreciéndole el emperador grandes dones de oro y plata, el santo varón no quiso aceptarlos; antes le suplico que si le quería hacer alguna merced, le diese algunas reliquias de su mano; y el emperador le dio la corona de espinas de Cristo nuestro Redentor, y de los cuerpos de los niños Inocentes , y un brazo de san Jorge, mártir : y el santo obispo, muy gozoso y rico con tan gran tesoro, volvió a Francia y le colocó con gran solemnidad en la iglesia de Santa Cruz y de San Vicente mártir, que el rey Childeberto, a instancia del mismo santo, había edificado en la ciudad de París.

Los milagros que Dios hizo por san Germán en vida y en muerte fueron innumerables. Sano a muchos enfermos de graves enfermedades, y dio vista a los ciegos, oído a los sordos, pies a los cojos, vida a los muertos, y consuelo y libertad a los endemoniados, y todas sus cosas parece que eran medicinales y que daban salud: su oración, la señal de la cruz hecha por él, su saliva, su vestido, las pajas de su camilla, su tocamiento, y finalmente cualquiera cosa de este glorioso santo, bastaba para vencer cualquiera enfermedad y trabajo: porque nuestro Señor, parece que le había dado señorío e imperio sobre las criaturas. La letra escrita de su mano y la firma de su nombre daba salud.

Estaba un mongo ya hacía dos años en la cama fatigado de calenturas; recibió su abad una carta de san Germán, y tomándola en su mano el monje enfermo con mucha devoción , comenzó con la lengua a lamer la firma de la carta, y luego quedo sano. Otro caballero llamado Lendegifito tenia una carta firmada de san Germán, y estando alguno de su familia enfermo, le daba de beber un poco de agua, en la cual antes había bañado aquella carta; y con este solo remedio los enfermos sanaban. Pero dejando los demás milagros, porque, como dije, son innumerables y se pueden leer en su vida: solo quiero yo referir el que Dios obro algunas veces por san Germán, para remedio y consuelo de los pobres de la cárcel, a los cuales parece que el santo era muy aficionado y deseoso de su consuelo.

Yendo camino , llego á un pueblo de un señor conde principal llamado Nicasio : supo que había muchos presos en la cárcel: y siendo convidado a comer del mismo conde, luego comenzó a hablarle el santo prelado de la misericordia y a rogarle que se apiadase de aquellos encarcelados, y se diese algún corte para que saliesen de la cárcel todos los que podían salir. Hizose el conde sordo y no quiso oír a san Germán, y él se levanto de la mesa y se fue a la cárcel, y postrado a la puerta , con muchas lágrimas suplico a nuestro Señor que le oyese y librase aquellos pobres, pues el conde no le había querido oír.

En acabando su oración, se quebraron las prisiones y se soltaron las cadenas, y resplandeció la cárcel, y se abrieron las puertas, y los presos salieron libres: y en castigo de su dureza, Nicasio, queriendo dar satisfacción a san Germán, tuvo una enfermedad, de la cual el mismo santo le sanó. Otra vez le aconteció casi lo mismo con un tribunal o maestre de campo, a quien rogó por ciertos encarcelado : y no habiendo alcanzado de él lo que pedía, lo alcanzo con sus oraciones de Dios, y milagrosamente se abrieron las puertas de la cárcel en que estaban y quedaron libres. Otra vez apareció de noche a otros presos , y les dijo lo que habían de hacer para librarse, como se libraron: y castigando el juez al carcelero y los guardas por haberse huido los presos; el santo convido a comer
al juez que traía consigo las llaves de la cárcel, en la cual había echado a los guardas: y estando comiendo, llegaron allí los mismos guardas presos, con espanto del mismísimo juez, que quedó atónito cuando vio delante de si a los que pensaba que tenía presos, y debajo de su llave, y conoció la gran santidad de Germán y las maravillas que Dios obraba por los merecimientos de sus siervos.

Habiendo, pues, san Germán florecido con tantos milagros, y alumbrado el mundo con su vida y doctrina, nuestro Señor le revelo el día en que le quería librar de este destierro, y llevarle a gozar de sí: y llamando a un notario suyo, le mando que escribiese sobre su cama estas palabras: «A los 28 de mayo.» Y aunque entonces no se entendió lo que quería decir, después cuando vieron que el mismo día dio su bienaventurado espíritu al Señor; todos conocieron que el santo sabía el día en que había de morir, y que Dios se lo había revelado.

Murió de casi ochenta años, y el del Señor de 178, y su sagrado cuerpo fue sepultado en el portal de la iglesia de San Vicente, con gran llanto y solemnidad: y en tiempo del rey Pepino, padre del emperador Carlomagno, como doscientos años después, se trasladó por divina revelación a la Iglesia mayor, concurriendo a esta traslación el rey, los obispos y grandes del reino, y obrando nuestro Señor muy notables milagros: entre los cuales fue uno, que ni el rey con los señores de su corte, ni los obispos ni los religiosos que allí estaban, pudieron mover el santo cuerpo, hasta que el rey hizo donación al santo de un territorio y villa que tenia al rededor de algunas tierras que poseía algún monasterio, y por la vecindad eran maltratadas de los ministros del rey.

La vida de san Germán, obispo de París, escribió Fortunato, obispo de Poiliers, autor de su tiempo, y la trae Surio en su tercer tomo. Hacen mención de él los Martirologios romano, de Beda, Usuardo y Adon , a los 28 de mayo; y Gregorio Turonense en la Historia de Francia,lib. iv , cap. 51 , y libro v , cap. 8 , y en el libro de Gloria Confessor. , cap. 92; y Aymon en el libro de su Historia, cap. 9 y 16; y Adon en su Crónica; y Vincencio, lib. xxi, eap. 63; y san Antonino, pág. 2 , til. xii, cap. 6.

La Historia do su traslación está en el séptimo tomo deSurio, a los 25 de junio. Y Aymon escribo dos libros de milagros que Dios obro en ella. Y Gregorio Turonense en el lib. vin, cap. 33 de la Historia de Francia, y el cardenal Baronio en sus anotaciones del Martirologio, y en el séptimo tomo de sus Anales, hablan mucho de san German , obispo de París.

 

LEYENDA DE ORO

DR. A. PALAU

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