DE ÉSO NO SE HABLA

ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD

 

EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ

Tercera  entrega

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“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”

(Félix III, Papa)

 

Continuación…

CONTENIDO DE LA FAMOSA OBRA DE LACUNZA

LA VENIDA DEL MESÍAS EN GLORIA Y MAJESTAD: tal es el título que Lacunza dio a su obra.

¿Qué pudo sugerírselo? En la versión dela Biblia llamada Vulgata latina, la palabra griega dóxa se ha traducido por “gloria” en San Marcos 13: 26 y por “majestad”, en San Mateo 24: 30 y 25: 31.

La expresión “en gloria y majestad” no se encuentra muy frecuentemente en la literatura cristiana anterior a Lacunza.

Labadic, a quien Lacunza probablemente no leyó, se sirvió de una frase análoga: “en majestad y en gloria”. (1)

Las palabras latinas in gloria et majestate se encuentran en un escrito polémico atribuido a Rabí Samuel, judío de Marruecos convertido al cristianismo, que vivió en el siglo XI. (2)

Pietro Colonna, muerto alrededor de 1540 y que escribió con el seudónimo de Galatinus, usó las palabras cum gloria et majestate. (3)

Fue Lacunza, en los medios católicos, y su traductor inglés Irving, en los círculos protestantes, quienes pusieron de moda la locución “en gloria y majestad”.

El misionero Wolff, judío convertido, la empleó corrientemente a partir del momento en que leyó a Lacunza. (4)

Arribas, que negaba haber conocido a Lacunza a pesar de deberle préstamos bastante importantes, usó esa locución una decena de veces. (5)

EL TEMA

El tema del libro es el retorno y el reino futuro de Cristo.

Sólo la primera parte del argumento (el retorno) está expresamente indicada en el título.

La segunda (el reino), implicada en las palabras “en gloria y majestad”, está netamente subordinada a la primera, en el pensamiento de Lacunza, lo que le permitió afirmar, hacia el fin de su discurso preliminar: “Yo sólo trato un punto particular, que es la venida del Mesías, que todos esperamos”.

“Concentró toda su atención en uno de los dogmas fundamentales de nuestra fe: la segunda venida de N. S. Jesucristo”, dice Urzúa. (6)

Se puede juzgar la amplitud que Lacunza da a su argumento por las palabras siguientes: “Yo comprendo en esta segunda venida del Mesías no solamente su manifestación, o su revelación, como la llaman frecuentemente San Pedro y San Pablo, sino todas las cosas que a ella se ordenan inmediatamente, o tienen con ella relación inmediata: así las que deben precederla, como las que deben acompañarla, como también todas sus consecuencias”. (7)

PLAN Y ANÁLISIS

Al fin de su discurso preliminar, Lacunza indicó claramente el plan adoptado: “Esta obra, o esta carta familiar, que tengo el honor de presentaros, paréceme bien (buscando alguna especie de orden) que vaya dividida en aquellas tres partes principales a que se reduce el trabajo de un labrador: esto es, preparar, sembrar y recoger. Por tanto, nuestra primera parte comprenderá solamente los preparativos necesarios, y también los más conducentes; como allanar el terreno, ararlo, quitar embarazos, resolver dificultades, etc. La segunda comprenderá las observaciones, las cuales se pueden llamar con cierta semejanza el grano que se siembra… En la tercera, en fin, procuraremos obtener todo el fruto que pudiéremos de nuestro trabajo”.

En el encabezamiento de la obra, Lacunza colocó una dedicatoria al Mesías Jesucristo (cerca de tres páginas). El P. Luengo, de quien no puede sospecharse parcialidad hacia el autor, ha encontrado allí “mucha piedad y devoción, y algunas expresiones magníficas”. (8)

Sigue un prefacio de doce páginas. Lacunza refuta en él algunas objeciones. Viene en seguida el discurso preliminar, que ocupa diecisiete páginas. “Este discurso del P. Lacunza es sentido, persuasivo, elocuente”, dice Urzúa. (9)

La Primera Parte de la obra (cerca de 160 páginas) contiene nueve capítulos.

El primero es un tratado breve de hermenéutica.

En el segundo, Lacunza examina el valor de la tradición en la interpretación de las Escrituras.

El capítulo 3 presenta las ideas corrientes acerca del retorno de Cristo, a las cuales Lacunza opone las propias en el capítulo siguiente.

Sigue, en el capítulo 5, una disertación acerca del milenarismo.

El capítulo 6 establece dos resurrecciones, separadas por un intervalo de tiempo muy largo.

Una disertación acerca del doble juicio de los vivos y de los muertos ocupa el capítulo 7.

El capítulo 8 examina una objeción sacada de la descripción del juicio final que se lee en San Mateo 25.

El capítulo 9 está consagrado al estudio de un pasaje del capítulo tres de la segunda epístola de San Pedro, relativo a la conflagración final.

En la Segunda Parte, Lacunza pasa revista a diez profecías bíblicas:

1- La estatua metálica de Daniel 2.

2- Las cuatro bestias de Daniel 7.

3- El anticristo. Para él no se trata de un individuo, sino de un cuerpo moral.

4- El fin del anticristo.

5- Los judíos. Su conversión final y su restablecimiento nacional en Palestina.

6- La iglesia cristiana.

7- Babilonia y sus cautivos.

8- La Mujer-Iglesia de Apocalipsis 12. Interpretación escatológica.

9- El tabernáculo de David. Aplicación de Amós 9 a la restauración final de Israel.

10- El monte de Sión. Estudio de Isaías 2.

La Tercera Parte comprende dieciséis capítulos.

El primero describe la venida gloriosa del Señor.

Los dos siguientes dan una idea del juicio final.

Los capítulos 4 y 5 se refieren a los cielos nuevos y a la tierra nueva.

Los dos siguientes a la nueva Jerusalén.

El capítulo 8 da una interpretación profética del Cantar de los Cantares.

El 9 prevé una nueva distribución de la Tierra Santa entre las doce tribus israelitas.

El 10 se refiere al resto de las naciones, llamado a participar de la felicidad de la era milenaria.

Los tres capítulos siguientes describen esa dicha.

El capítulo 14 trata de lo que pasará al final del milenio.

El 15 se ocupa del estado del universo después del juicio final.

El 16 se refiere a la felicidad eterna de los justos.

Notas:

(1) Jean de Labadie (1610-1674), Le Héraut du grand Roy Jésus, págs. 94, 131. Ámsterdam, 1667.

(2) De Adventu Messiae, quem Judaei temere expectant. “La carta del presunto judío de Marruecos, obra del siglo XI, es en realidad composición del propio Alfonso de Burgos” (Luciano Serrano, O.S.B., Los Conversos D. Pablo de Santa Maria y D. Alfonso de Cartagena, obispos de Burgos, págs. 17, 18. Madrid 1942.

(3) Galatinus, Opus de arcanis catholicae veritatis, columnas 185, 186. Frankfurt, 1612.

(4) Joseph Wolff (1795-1862), Researches and Missionary Labours among the Jews, Mohammedans, and other Sects, pág. 52, 2ª ed., Londres, 1835. Narrativesof a Mission to Bokhara ,5ª ed., 1848, págs. 6, 95.

(5) Francisco Tiburcio Arribas (1815-1876), El Misterio de Iniquidad, 2ª ed., Madrid, 1873, págs. 56,74; 121, 122, 245, 532, 536, 537, 540, 561, 576. Véase también San Bernardo, Opera omnia, 1, pág. 735. París, 1719. Cornelius Jansenius, obispo de Gand, Comm. in sua Concordia evang., pág. 878. Lovaina, 1577.

(6) Miguel Urzúa, El P. M. Lacunza, Santiago, 1914, pág. 11.

(7) Lacunza, Venida, primera parte, cap. 1.

(8) Manuel Luengo (1735-1816), Diario de la expulsión de los jesuitas de los dominios del Rey de España, tomo 24, 1790,pág. 250.

9) Miguel Urzúa, Las doctrinas del P. M. Lacunza, Santiago, 1917, pág. 18

EL MÉTODO EXEGÉTICO Y EL SISTEMA DE LACUNZA

EL MÉTODO

Cuando Lacunza estaba aún en Chile, dedicado a la predicación y a las diversas actividades de su ministerio, gustaba ya de la Palabra de Dios, que prefería sondear directamente. En su dedicatoria, expresa el deseo de que los sacerdotes sacudan el polvo que cubre sus ejemplares de la Biblia, para dedicarse a un estudio atento del Libro divino.

Pablo de la Concepción (Galisteo), encargado de examinar la obra de Lacunza, escribió estas palabras elogiosas: “Infunde además un profundo respeto a la veracidad de las Santas Escrituras, y empeña a su lectura a todos los fieles, y muy particularmente a los sacerdotes, a los cuales pertenece más que a otros una exacta inteligencia y su explicación”.

“A un talento muy distinguido y original –leemos en Agier– el P. Lacunza unía un conocimiento profundo de la Santa Escritura. Parece que ella estaba presente por entero en su espíritu; sus citas, muy bien adaptadas al propósito de su trabajo, ofrecen aplicaciones escapadas tal vez a los intérpretes más renombrados por su sabiduría y sagacidad”. (1)

Al decir de Lacunza, todas las herejías nacerían del abandono del sentido literal de las Escrituras. Sin negar la utilidad de su sentido secundario, cuando se trata de levantar el espíritu de los fieles, es necesario atenerse al sentido principal para todo lo que se refiere a la doctrina. En lo que a esto atañe, el Ben-Ezra católico del siglo XVIII se muestra un digno heredero del Aben-Ezra judío del siglo XII. Violentamente atacada en una carta de Alfaro, (2) la hermenéutica de Lacunza ha sido defendida con energía por el autor de una disertación apologética anónima. (3)

Urzúa asegura que las páginas de Lacunza acerca de la exégesis bíblica “son un foco de luz para la interpretación de las Sagradas Escrituras: jamás se ha formulado un código más completo, luminoso y científico sobre dicha materia”. (4)

Esto es llevar la admiración demasiado lejos. Se ha reprochado a Lacunza el recurrir arbitrariamente tan pronto al sentido literal como al sentido alegórico, según las necesidades del momento. No es imposible notar algunas inconsecuencias de detalle en una obra tan voluminosa como La venida.

Pero esto no mengua para nada el valor del tratado teórico de Lacunza sobre la exégesis bíblica. Se podría reprocharle más bien el haber seguido demasiado rigurosamente su método. En materia de exégesis, como en cualquier otro asunto, es necesario evitar los excesos. El método de interpretación adoptado por Lacunza ha sido el mismo del abate Bernard Lambert. (5)

Pujati lo ha sometido a una crítica discreta, desde el punto de vista del Nuevo Testamento. (6)

EL SISTEMA

Incontestablemente, el sistema de Lacunza tiene una base bíblica. Es lo que proclamó el abate Morrondo: “Este es el sistema del P. Lacunza que expuso fundado en la Biblia, y nada más que en la Biblia, y por lo mismo prescindió, puede decirse que en absoluto, de los intérpretes, de los comentarios y de toda erudición patrística, teológica e histórica y de la ciencia judía”. (7)

Pablo de la Concepción resumió el sistema de Lacunza en dos puntos: la venida gloriosa de Cristo, seguida del reino milenario, y la conversión de los judíos.

El P. Vaïsse reduce la obra de Lacunza a tres tesis fundamentales: la caída de la iglesia cristiana, la restauración de la sinagoga y el reino milenario. (8)

Esto es subestimar la importancia del retorno de Cristo en el pensamiento de Lacunza.

Vidal se mostró injusto cuando dijo: “El objeto principal de Lacunza no es, según creo, el reino de Jesucristo y la vocación de los judíos, sino más bien la reprobación de la Iglesia actual”. (9)

Este crítico ha venido a subrayar, en el sistema de Lacunza, lo que tenía más riesgo de escandalizar al lector católico.

Permítasenos indicar los puntos esenciales del sistema del P.Lacunza:

1. Advenimiento premilenario de Cristo.

2. Conversión futura y restablecimiento de los judíos.

3. Dos resurrecciones corporales, separadas por un largo intervalo.

4. Reino terrestre de Cristo, en dos fases sucesivas, el período milenario y la eternidad.

Lacunza demostró una gran independencia de espíritu en todo lo que depende de la opinión, al mismo tiempo que una entera sumisión a la autoridad de su iglesia en lo que toca a los dogmas y a la disciplina.

Expresó opiniones arriesgadas con respecto a asuntos dejados a la apreciación individual.

No rechazó ningún dogma.

La Iglesia Católica Romana era a sus ojos la única iglesia auténtica.

El Papa era, según él, el vicario de Cristo.

Lacunza defendió, contra los protestantes, el dogma católico de la presencia corporal de Cristo en la eucaristía, y vio allí un argumento en favor de su literalismo rígido.

He aquí el veredicto de Pablo de la Concepción: “En dicha obra no se contiene cosa alguna contra nuestra santa fe”.

El P. Mateos dio este testimonio: “Lacunza pudo errar; pudo salir o no con su intento de obtener un milenarismo católico. Pero de su buena voluntad no se puede dudar; su fe arraigada y su profunda devoción a Jesucristo y a la Iglesia fueron las que le pusieron la pluma en la mano”. (10)

Ved la declaración de un adversario, Blas Joaquín Álvarez de Palma: “No se trata aquí de culpar a Juan Josafat de hereje claro y manifiesto. Son expresas y terminantes las palabras con que reconoce y confiesa el dogma católico tradicional”. (11)

En su prefacio, Lacunza asegura haber consultado a muchos sabios católicos de primer orden; éstos, después de un examen prolongado y minucioso, no pudieron señalarle error alguno, ni nada reprensible. Menéndez y Pelayo se negó a insertar a Lacunza en su catálogo de los heterodoxos españoles. (12)

Es verdad que a veces Lacunza se mostró un poco duro con los Padres y los Doctores de la Iglesia que no veían las cosas como él. ¿Podemos reprobar a un hombre de corazón que se deja llevar por el ardor de sus convicciones personales? ¿Y podemos impedir a un hombre de espíritu el hacer un poco de ironía, llegada la ocasión?

Notas:

(1) Pierre-Jean Agier, Vues sur le second avènement de Jesus-Christ, 1818,pág. 113.

(2) Miguel Alfaro y Beaumont, Contestación del sacerdote Cristófilo a Juan Josafat Ben-Ezra sobre la venida del Mesías en gloria y majestad, I, México, 1826, págs. 26-37.

(3) Disertaciones crítico-teológicas sobre las doctrinas de Juan Josafat-Ben-Ezra, I, México, 1848, págs. 17-68.

(4) Miguel Urzúa, Revista Chilena de Historia y Geografía, Santiago, XII, pág. 148.

(5) Bernard Lambert, Exposition des prédictions el des promesses faites à I’Église pour les derniers temps de la gentilité, I, Paris, 1806, 1809, págs. 297, 298.

(6) Giuseppe Maria Pujati (1733-1824), Esame della opinione dai moderni millenari cattolici riprodotta e difesa del regno visibile in terra di Gesù Cristo,caps. 16-20. Venecia, 1814.

(7) Cristino Morrondo Rodríguez, La proximidad de la catástrofe del mundo y el advenimiento de la regeneración universal, Jaén, 1922, pág. 194.

(8) Emilio Vaïsse, El lacuncismo, págs. 9, 12,

(9) Vidal, 1, pág. XV.

(10) Francisco Mateos, Revista Chilena de Historia y Geografía, Santiago, 1er. sem. 1950, pág. 143.

(11) Álvarez de Palma, arzobispo de Granada (1815-1837), citado por Juan Buenaventura Bestard (1763-1831),“Observaciones que presenta al público por precaverle de la seducción que pudiera ocasionarle la obra intitulada La Venida del Mesías en Gloria y Majestad de J. J. Ben-Ezra”, I, Madrid, 1824, pág. 277.

(12) Marcelino Menéndez y Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, VI, 2ª ed., Madrid, 1930, págs.482-485.

EXTRACTOS Y ANÁLISIS DE LA OBRA DE LACUNZA

Mucho tiempo antes de haber acabado su obra, Manuel Lacunza prestó fragmentos de ella a algunos amigos de quienes solicitaba opiniones. Hubo copias más o menos fieles de esos fragmentos que circularon hasta en América, sin la autorización de nuestro jesuita. Éste se lamenta, en el comienzo de su prefacio, de la indiscreción de ciertos amigos poco escrupulosos y poco delicados, que le crearon dificultades por su celo intempestivo. Pide encarecidamente que las copias aludidas sean arrojadas al fuego y que no se juzgue su obra en base a esos bosquejos, por los cuales rehúsa aceptar toda responsabilidad. Un erudito argentino ha publicado uno de esos extractos, descubierto por él en el Archivo General de la Nación, en Buenos Aires. (1)

Otro extracto, perteneciente a la Biblioteca Nacional de Santiago de Chile, fue publicado por el religioso lazarista Emilio Vaïsse. (2)

El autor del extracto fue Ignacio Andía y Varela (1757-1822), quien “en San Felipe se dedicó a copiar la obra de su primo hermano el jesuita M. Lacunza, cuyo manuscrito (id est copia) existe en poder de don Benjamín Parracía”. (3)

Ángel Vicente de Zea publicó en Lima un epítome de la obra de Lacunza, escrito por Miguel de Eyzaguirre Arechavala (1770-1821). (4)

Zea dice en la advertencia: “El Todopoderoso… a Chile condecoró con el precioso tesoro de una sabiduría extraordinaria, comunicándole a nuestro Lacunza el espíritu de inteligencia de las profecías que anuncian su gloria y su majestad; haciéndole en cierto modo su precursor, que lo dé a conocer, que lo señale como con el dedo, y que prepare los caminos para su segunda venida. El máximo literato, el honor de los americanos, el astro de primera magnitud en el cielo de las letras, el imponderable ex-jesuita, Abate D. M. Lacunza”.

José Ignacio Víctor Eyzaguirre Portales (1817-1875) estaba en posesión del manuscrito que había servido a esa edición. (5)

Cuando llegó la noticia de que la obra de Lacunza había sido puesta en el Índice, casi toda la edición, alrededor de un millar de ejemplares, fue entregada al fuego.

Posteriormente esta obra fue traducida por William David Smartde Los Ángeles, California. (6) Hay en ella tres trozos: uno acerca del capítulo 2 del libro de Daniel, otro acerca del capítulo 7, y el tercero acerca del anticristo.

Smart abrevió el texto de Lacunza, un poco difuso, modernizó la ortografía y agregó un prefacio fechado en julio de 1928. Conservó el mismo contenido de la edición española, salvo algunas supresiones.

Un pastor bautista canadiense, que había ejercido su ministerio en América del Sur, publicó algunos fragmentos de la obra de Lacunza, tomados de la edición de Londres fechada en 1816. (7)

También el pastor Antonio Antomarchi-Doria (1868-1952) ha traducido los extractos publicados por el Sr. William David Smart. (8)

El magistrado jansenista Pierre-Jean Agier (1748-1823), autor de varios comentarios sobre el Apocalipsis y los Profetas, publicó sin nombre de autor un análisis de la obra de Lacunza, según la traducción latina de González Maneiro. (9)

El presbítero chileno Miguel Rafael Urzúa (1865-1948) se sirvió de la última edición de Londres (1826) y publicó “un compendio minuciosamente exacto de la obra de Lacunza”. (10)

Este libro, que tiene un carácter netamente apologético, ha suscitado polémicas interminables. (11)

Notas:

(1) Abel Cháneton (1888-1943), En torno a un Papel anónimo del siglo XVIII, Buenos Aires, 1928. El extracto está precedido de un estudio del mismo investigador. Véase A. Cháneton, Un precursor de Sarmiento y otros ensayos históricos, págs. 97-201, Buenos Aires, 1934.

(2) Emilio Vaïsse (1860-1935), Extracto de la obra intitulada La Venida del Mesías en gloria y majestad, escrita por el abate Lacunza, ex-jesuita español año de 1803. Con una advertencia y notas, Santiago, 1915.

(3) Pedro Pablo Figueroa Luna (1857-1909), Diccionario biográfico general de Chile, 4ª ed., tomo 1, pág. 87. Santiago, 1897.

(4) Compendio de la obra titulada La Venida del Mesías en gloria y majestad, que con el nombre de J. J. Ben Ezra compuso el abate americano Don M. Lacunza y que ha reducido para utilidad de todos, el R. P. Presentado Fr. Ángel Vicente de Zea, Capellán del Santuario de N. gloriosa Patrona S. Rosa de S. María, del Orden de Predicadores, y natural de la Ciudad de Arequipa, Lima, 1825, tomo 3, Biblioteca Andover, Boston: Biblioteca Nacional, Lima.

(5) “Eyzaguirre (Doctor don Miguel), Fiscal de la Audiencia de Lima, Compendio de la obra de Lacunza, etc., manuscrito en poder de su pariente don José Ignacio Víctor”. Ramón Briseño (1814-1910), Estadística bibliográfica de la literatura chilena, tomo I, pág. 525, Santiago, 1862.

(6) Un nuevo Anticristo, Propuesto por Juan Josafat Ben Ezra, Hebreo Cristiano (El Abate Manuel Lacunza).

(7) A New Antichrist. Extracts from the Coming of the Messiah in Glory and Majesty, by J. J. Ben Ezra. Translated from theoriginal Spanish and published by William David Smart Los Ángeles, California. Al reverso: 1929.

(8) Un Prophète a parlé Ben-Ezra. Nouveaux Commentaires des Prophéties de Daniel, de l’Antichrist et les Nouveaux Cieux et la Nouvelle Terre. Adaptation et notes de A. Antomarchi, Paris. El prefacio lleva la fecha de julio de 1934. Nueva edición, 1963.

(9) Vues sur le second avènement de Jésus-Christ ou Analyse de l’Ouvrage de Lacunza sur cette importante matière, Paris 1818.

(10) Las Doctrinas del P. Manuel Lacunza contenidas en su obra La Venida del Mesías en gloria y majestad, Santiago, 1917.

(11) Véase Emilio Vaïsse en Revista de bibliografía chilena y extranjera, pág. 201, Santiago 1917.

Continuará…

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