ARMADURA DE DIOS
CONTRA EL ESPÍRITU DE PUSILANIMIDAD Y DESCONFIANZA
Y CONTRA EL TEMOR EXCESIVO.
Traducida del francés en 1856. Autor desconocido (Rogad por su alma).
“No hay ningún cristiano tan desesperado que rehúse el amar a Dios, si pudiere persuadirse que Dios le ama, y que le ama tanto, que quiere llegar a hacerlo eternamente participante del trono y reino de su Unigénito Hijo”.
Durante el mes de mayo, dedicado a la Esperanza Cristiana, les entregaremos un capítulo cada día. Finalizaremos el 31 de mayo, Fiesta de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, Esperanza de los Desesperados, con una consagración a Ella.
Día 24
ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS
Dios omnipotente, ante cuya soberana presencia dedicamos a María este Mes bajo el excelso título de Nuestra Señora del Sagrado Corazón Esperanza de los Desesperados, derramad sobre nuestras almas vuestras más abundantes misericordias y abrasadlas en el fuego santo de la caridad, para que nuestra devoción a la Purísima Madre del Verbo hecho carne, al paso que redunde en obsequio de Aquella que es Todopoderosa en sus súplicas al Corazón de Jesús, nos alcance su maternal protección, y sea poderoso auxilio que nos conserve en el camino del bien en esta vida, fuerte escudo que nos defienda contra los ataques de los enemigos de nuestra salvación y segura esperanza de la gloria que nos está prometida. Amén.
IV
Lo indignos que son todos los hombres de la gracia de Dios.
1-Nuestra mayor miseria no consiste el estar tan ciegos y tan débiles, y tener no obstante que combatir hasta la muerte con enemigos tan artificiosos y poderosos; ni en ser capaces por nosotros mismos de caer en toda especie de desórdenes y pecados, « no habiendo alguno, como dice S. Agustín, que le corneta algún hombre, sea el que fuese, que cualquiera otro hombre no le cometería igualmente, si aquel que hizo al hombre suspendiese el gobernarle y protegerle; ni en ser incapaces de hacer acción alguna cristiana, de tener algún santo deseo, aun de concebir un santo pensamiento, si Dios todo esto no lo produce en nosotros por su gracia. Nuestra mayor miseria es ser indignísimos de esta misma gracia, único manantial de toda la luz, de toda la fortaleza y de todo el bien respectivo a la salvación: gracia que Dios a nadie debe porque si la debiese, sería no una gracia, sino una deuda que Dios no podría negar sin injusticia; gracia que podría justísimamente negar, corno efectivamente la negó a todos los ángeles prevaricadores; gracia que no concede sino por un puro efecto de su misericordia, pues él mismo nos dice: Tendré misericordia de quien yo quisiere tenerla; y haré misericordia a aquel que quisiere hacerla. Mas de esta gracia nadie es más indigno que aquel que reconoce y siente menos su indignidad propia.
2-Ya hemos visto que lo que causó la reprobación de los Judíos, fue el que ellos creían tener derecho a las gracias de Dios, como hijos que eran de Abrahan, cuya sola posteridad había Dios prometido bendecir, y como que eran el único pueblo del universo que tenía un templo consagrado al verdadero Dios, en donde todos los días ofrecía sacrificios, y le rendía un culto religioso. Pretendían, pues, que en las distribuciones de las gracias merecían ser preferidos a todos los Gentiles sepultados en la idolatría y en toda suerte de abominaciones. Pero como los Judíos con esto parece que se eximían de aquel estado de dependencia y de humillación en que todos los hombres deben estar delante de Dios, los arrojó de su presencia, para ir a derramar sus gracias más preciosas y más abundantes sobre los pueblos gentiles a quienes los Judíos aún se desdeñaban de llamar pueblos, y más los consideraban como especie de brutos que en la clase de hombres. Si Dios ha tratado de este modo a todo el pueblo judaico, pueblo escogido suyo, pueblo favorecido y distinguido entre todas las naciones, ¿cómo nos tratara a cada uno de nosotros en particular, si nos ve poco humillados en su presencia, y tan poco penetrados de los sentimientos de nuestra indignidad? Luego si queremos ponernos en estado de recibir sus gracias, es preciso que comprendamos cuan gratuitas son estas gracias, y cuan indignos somos de ellas, o por mejor decir, que concibamos a la luz de la fe, que siempre estaremos muy distantes de comprender hasta donde llega nuestra indignidad, la cual sobrepuja mucho cuanto podemos conocer o sentir. Si tenemos la felicidad de llegar a esta disposición, entonces ya tendremos algún motivo de esperar que participaremos de las misericordias de Dios; porque esta misma confesión y esta viva persuasión y sentimiento de nuestra indignidad ya será efecto de una grandísima gracia, y la mejor de cuantas disposiciones podemos tener recibir otras más abundantes.
3-Sobre esta indignidad esta principalmente fundada la necesidad que teníamos de un mediador, y de un mediador cuya santidad y dignidad fuesen infinitas; porque el fondo de indignidad que se encuentra en cada uno de nosotros es infinito. No eran precisamente nuestras flaquezas las que nos quitaban todo el derecho de podernos acercar a Dios. Porque no solamente éramos débiles, sino culpables, enemigos de Dios, hijos de ira, y como tales, indignos para siempre de toda comunicación y de todo acceso hasta los pies de Dios. Aquel anatema con que fueron heridos los demonios, es y sera eterno e irrevocable: por él están separados de Dios, sin esperanza alguna de acercarse jamás. Pues el anatema pronunciado contra todos los hombres podía del mismo modo ser irrevocable; y por consiguiente merecerían estar perpetuamente separados de Dios, y sin alguna esperanza de recurso. Pero Dios, que castiga como Dios y perdona como Dios, después de haber hecho conocer cuan incomprensible es el rigor de su justicia, por el modo con que se portó con los Ángeles rebeldes, ha querido hacer ver, que su misericordia es igualmente incomprensible, por el modo con que ha tratado a los hombres, no obstante estar todos infectados del pecado. Deja a todos aquellos espíritus tan nobles por su naturaleza en la maldición que se atrajeron, y sin exceptuar uno solo, los condena a todos a suplicios eternos; y escoge a los hombres de una naturaleza inferior, para hacer que reluzcan en ellos las riquezas de su misericordia.
4-Mas como los hombres eran incapaces de dar el menor paso para acercarse a Dios, Dios se acerca tanto a ellos, que se hace hombre, y les da su propio Hijo, verdadero Dios como él, y un mismo Dios con él, para que sea mediador de su reconciliación, y para que los libre de un modo que les sea infinitamente ventajoso e infinitamente glorioso. Porque no quiere libertarlos concediéndoles un perdón puramente gratuito, sino por vía de satisfacción plena y superabundante. Quiere que la injuria cometida contra su divina Majestad sea dignamente reparada por la naturaleza humana que la había cometido. Hace nacer de la casta de los hombres un Hombre que es santo; no como los otros, santo por una simple operación de la gracia de Dios, ni santo por solo la plenitud de todas las gracias, sino por la santidad misma con que Dios es santo, por toda plenitud de la divinidad que habita en Él sustancialmente; y carga a este Hombre-Dios con el peso de todos los pecados del mundo, que se hacen suyos por la bondad que tuvo de encargarse de ellos: hace de él una víctima universal, entregándole a la muerte, y una muerte ignominiosa y cruel en lugar de todos los pecadores; hizo de él un santo y un justo universal, encerrando en el solo el origen de la santidad y de la justicia de todos; le ha hecho llevar todo el peso de la santidad y justicia de Dios; y para no estar obligado a romper y estrellar eternamente a todos los hombres, le ha quebrado y le ha estrellado en su ira; ha tratado por amor a nosotros a este Hijo único, blanco de todo su cariño, como si él hubiera sido el mismo pecado, aquel que ni conocía el pecado, ni la sombra del pecado: para levantar la excomunión que nos había separado de Dios, le ha hecho a Él mismo anatema y maldición por nosotros. ¡Oh, que extrema miseria en todos los hombres! Pero ¡oh, que exceso de misericordia en Dios, que los hombres no hayan podido verse libres de la maldición de Dios, sin que Dios se haya expuesto a la maldición de todos los hombres, y a ser tratado por los pecadores como un gusano de la tierra, que se pisa sin ninguna compasión, y a ser el oprobio y el desecho de todo el universo!
5-Nos espanta el ver una multitud de Ángeles condenados por la justicia de Dios a suplicios eternos por un solo pecado. Pero si comprendiésemos bien, que delante de Dios todos los Ángeles son nada en comparación de Jesucristo, y que el menor sufrimiento del Criador es más considerable y más incomprensible que cuanto pueden sufrir todas las puras criaturas, no nos espantaríamos menos viendo con qué modo Dios ha hecho caer todo el peso de esta justicia sobre la Persona divina de su propio Hijo; y puede ser que dijéramos con un gran santo, dignísimo arzobispo de Valencia: « el modo con que habéis rescatado a los hombres me espanta más que la condenación eterna de todos los Ángeles rebeldes. »
6-De este modo tan extraordinario, pero tan propio para hacernos conocer la profundidad de nuestra miseria y de nuestra dignidad, y el exceso incomprensible de su misericordia, plugó a Dios reconciliarnos con Él por medio de la sangre de su Hijo, a quien ha establecido nuestro único Mediador para con el. Cualquiera, pues, que quiera acercarse a Dios por otra vía que Jesucristo, será infaliblemente desechado: porque Él es el único camino para ir a Dios, y nadie va al Padre sino por Él. Cualquiera que se atreva a ponerse delante de Dios de otro modo que con los méritos de este Mediador, no puede aparecer sino como enemigo de Dios, ni merecer sino indignación. No hay otro nombre bajo del cielo, por el cual podamos ser salvos, sino el de Jesucristo. Ni el primero y más santo de los Ángeles, ni todos los Ángeles juntos podían remediar nuestros males, ni libertarnos de nuestra indignidad. Necesitábamos de un Mediador y de un Libertador que fuese infinitamente separado de los pecadores, y más elevado que los cielos, y cuyos méritos fuesen infinitos, pues eran infinitos nuestros males. Todo nos debía asustar, humillarnos y confundirnos tanto lo grande de nuestras miserias, como lo grande del remedio, el cual por su misma grandeza hace conocer mejor cual era el exceso de nuestros males.
7-¿En que estará pues ahora el motivo de alabarnos y gloriarnos en nosotros mismos? Está excluido: ¿y por qué medio? por la fe. Porque la fe es la que enseña al hombre hasta donde llega la flaqueza de su entendimiento y de su voluntad, y el abismo de su indignidad. La fe es la que le despoja enteramente de toda confianza en sí mismo, y le enseña a no apoyarse sino en la misericordia de Dios, y en los méritos de Jesucristo; porque es preciso que toda boca este cerrada delante de Dios, y que todo el mundo se conozca digno de condenación delante de Dios; a fin de que ninguna carne se pueda gloriar delante de Dios, y que los que se gloríen, no se gloríen sino en el Señor; teniendo a gran dicha el debérselo todo, y depender en todo de su gracia. Esto es por lo que la Escritura ha encerrado todos los hombres bajo el pecado, para que Dios ejercite su misericordia sobre ellos. Quiere decir, que Dios ha permitido el pecado de todos, para que todos aquellos que se salvan, no se salven, sino por su misericordia: tan celoso como esto es Dios de la gloria de su gracia.
ORACIÓN FINAL
ACORDAOS A NUESTRA SEÑORA DEL SAGRADO CORAZÓN
ACORDAOS, ¡oh Señora Nuestra del Sagrado Corazón!, del inefable poder que vuestro Hijo divino os ha dado sobre su Corazón adorable. Llenos de confianza en vuestros merecimientos, acudimos a implorar vuestra protección. ¡Oh celeste Tesorera del Corazón de Jesús, de ese Corazón que es el manantial inagotable de todas las gracias, y el que podéis abrir a vuestro gusto para derramar sobre los hombres todos los tesoros de amor y de misericordia, de luz y de salvación que encierra! Concedednos, os lo suplicamos, los favores que solicitamos.
No, no podemos ser desairados, y puesto que sois nuestra Madre, ¡oh Señora Nuestra del Sagrado Corazón!, acoged favorablemente nuestros ruegos y dignaos atenderlos. ¡Amén!
¡Nuestra Señora del Sagrado Corazón, abogada de las causas difíciles y desesperadas, rogad por nosotros! (3 veces)

