TRATADO DE LA ESPERANZA CRISTIANA

ARMADURA DE DIOS

CONTRA EL ESPÍRITU DE PUSILANIMIDAD Y DESCONFIANZA

Y CONTRA EL TEMOR EXCESIVO.

Traducida del francés en 1856. Autor desconocido (Rogad por su alma).

 

 “No hay ningún cristiano tan desesperado que rehúse el amar a Dios, si pudiere persuadirse que Dios le ama, y que le ama tanto, que quiere llegar a hacerlo eternamente participante del trono y reino de su Unigénito Hijo”.

Durante el mes de mayo, dedicado a la Esperanza Cristiana, les entregaremos un capítulo cada día. Finalizaremos el 31 de mayo, Fiesta de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, Esperanza de los Desesperados, con una consagración a Ella.

Día 22

ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS

Dios omnipotente, ante cuya soberana presencia dedicamos a María este Mes bajo el excelso título de Nuestra Señora del Sagrado Corazón Esperanza de los Desesperados, derramad sobre nuestras almas vuestras más abundantes misericordias y abrasadlas en el fuego santo de la caridad, para que nuestra devoción a la Purísima Madre del Verbo hecho carne, al paso que redunde en obsequio de Aquella que es Todopoderosa en sus súplicas al Corazón de Jesús, nos alcance su maternal protección, y sea poderoso auxilio que nos conserve en el camino del bien en esta vida, fuerte escudo que nos defienda contra los ataques de los enemigos de nuestra salvación y segura esperanza de la gloria que nos está prometida. Amén.

II

 Flaqueza de nuestra voluntad

 1-La fe nos enseña no ser bastante que el entendimiento conozca todas sus obligaciones para con esto  cumplirlas; porque este sería un error enteramente pelagiano, que tuvo su origen del puro judaísmo Ya dejamos dicho que esta presunción destruiría enteramente la esperanza cristiana, y que es aquel error capital a que se opone S. Pablo en sus Epístolas. Por muy ilustrado que esté el entendimiento sobre todas las obligaciones de la justicia cristiana, nunca las cumplirá si la voluntad no se halla fortificada con una gracia poderosa y eficaz, que no es debida a nadie, y que no se da a todos.

2-Cuando un diluvio de errores y de delitos inundaba toda la tierra, Dios escogió un pueblo entre todos los demás para consagrarle a su servicio. En favor de este pueblo hizo una infinidad de prodigios, le dio una ley del todo santa que le manifestase claramente todo el bien que era preciso hacer, y todo el mal que debía evitar; Cuya gracia exalta David con estas palabras: No ha hecho semejante favor a todas las demás naciones, y no les ha manifestado sus preceptos Mas porque este pueblo presumía de las fuerzas de su voluntad propia, como si no necesitase de otro socorro para hacer lo bueno y evitar lo malo que el de la Ley, Dios, para castigarle por su presunción, le abandonó a la flaqueza y a la corrupción de su corazón, que le arrastró a toda suerte de delitos, y muchas veces hasta la misma idolatría. Finalmente el Apóstol nos enseña, que en castigo de esta presunción reprobó y arrojó de delante de sí aquel mismo pueblo que antes tanto había amado y favorecido, y mejor quiso escoger un pueblo nuevo entre las naciones idólatras sumergidas hasta entonces en todo género de abominaciones.

3-Con este ejemplo tan espantoso y con un castigo tan formidable ha querido Dios, según lo advierten S. Agustín y Santo Tomás hacer conocer a todos los hombres, cuán grande es la flaqueza y corrupción de la voluntad; cuán grande es la necesidad que tienen de su gracia para curarla y fortalecerla; y cuán odiosa e insoportable es a sus ojos la presunción de nuestras propias fuerzas. Aquel que después de tales ejemplos y castigos quiera establecer su confianza sobre un fundamento tan frágil cual es el corazón del hombre, y no aprenda a apoyarla toda en la fuerza de la gracia, bien merece experimentar la funesta suerte del pueblo judáico, el ser abandonado a toda la corrupción del corazón, y para siempre arrojado de la presencia de Dios.

4-Aprendamos pues de una vez a no contar para cosa alguna con nuestro propio corazón. Conozcamos, pero conozcámoslo bien, que así como la voluntad fue la principal causa del pecado, y que tuvo más parte en él que el entendimiento ella ha quedado también mucho más flaca por el pecado que el entendimiento. Aprendamos que nuestro corazón es no solo débil, sino corrompido que en él es principalmente en donde reside el origen del pecado y de la muerte, que hizo siempre temblar a los más santos, esto es , aquella funesta concupiscencia, que es la raíz y principio de todos los delitos que se han cometido y se cometerán hasta el fin del mundo; que este manantial del pecado y de la muerte puede siempre producir en nosotros los mismos funestos efectos que ha producido en los mayores pecadores, a menos que Dios quiera contenerle; y que este torrente de iniquidades, que inunda la tierra, nos arrastraría infaliblemente como a los demás, si aquel que manda cuando quiere a las tempestades y al mar, no suspendiese su violencia, o no pusiese su gracia como un dique contra la impetuosidad de este torrente. Aquel pues que no pone toda su confianza en la fuerza de esta gracia, será arrebatado, y perecerá ciertamente. Porque maldito el hombre que pone su confianza en el hombre, dice Jeremías. « Y maldito el hombre, infiere S. Agustin, que la pone en sí mismo, o en cualquier otro hombre, sea el que fuere. » Maldito es el hombre, que se hace un brazo de carne, y cuyo corazón se retira del Señor. No verá el bien; sino quedará es el desierto en una tierra abrasada e inhabitable.

ORACIÓN FINAL

ACORDAOS A NUESTRA SEÑORA DEL SAGRADO CORAZÓN

ACORDAOS, ¡oh Señora Nuestra del Sagrado Corazón!, del inefable poder que vuestro Hijo divino os ha dado sobre su Corazón adorable. Llenos de confianza en vuestros merecimientos, acudimos a implorar vuestra protección. ¡Oh celeste Tesorera del Corazón de Jesús, de ese Corazón que es el manantial inagotable de todas las gracias, y el que podéis abrir a vuestro gusto para derramar sobre los hombres todos los tesoros de amor y de misericordia, de luz y de salvación que encierra! Concedednos, os lo suplicamos, los favores que solicitamos.

No, no podemos ser desairados, y puesto que sois nuestra Madre, ¡oh Señora Nuestra del Sagrado Corazón!, acoged favorablemente nuestros ruegos y dignaos atenderlos. ¡Amén!

¡Nuestra Señora del Sagrado Corazón, abogada de las causas difíciles y desesperadas, rogad por nosotros! (3 veces)