SAN HOSPICIO

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

San Hospicio, confesor.

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Vestido de áspero cilicio, rodeado de cadenas de hierro, y atado a una de ellas dentro de una torre, comiendo solo un poco de pan, con unos dátiles y algunas raíces de yerbas, y bebiendo solo agua, vivía en la ciudad de Niza un varón santísimo, llamado Hospicio.

Junto a esta torre había un monasterio: y aunque los monjes de él tenían prior, que les gobernaba; con todo siempre vivían sujetos a la dirección del siervo de Dios, Hospicio.

Agrado tanto al Señor su gran penitencia y encerrada vida, que hizo por él grandes maravillas. Tuvo espíritu de profecía, con que muchos años antes que viniesen los fieros longobardos a Francia, lo anuncio; y así aconsejo a los monjes se fuesen a vivir a otro lugar, porque aquellos bárbaros vendrían, y lo destruirían todo. Ellos dijeron, que no se partirían de allí, sin que él los acompañase: y el santo respondió: Idos vosotros, que a mi no me quitarán la vida, aunque me harán malos tratamientos. Aconsejo también a los vecinos de Niza se ausentasen, porque los bárbaros destruirían su ciudad y otras seis mas, por cuanto todos estos franceses pueblos, decía el santo, tienen a Dios muy enojado con sus homicidios, latrocinios, infidelidad, poca reverencia a los templos, poco amor a los pobres, y otros infinitos vicios que en ellos hay: de los cuales, los que se enmendaren serán salvos; los que no, perecerán.

Todo fue así como el santo Hospicio lo profetizo; pues vinieron los longobardos y lodo lo destruyeron: llegaron a la torre donde estaba el santo glorioso: quisieron entrar en ella, y
no hallaron por donde: al fin, tuvieron modo de subirse al tejado, y quitando lejas y rompiendo el lecho, entraron; y como vieron a aquel hombre rodeado de cadenas, dijeron: Este es sin duda algún malhechor que por sus homicidios y latrocinios está, encerrado y preso en esta torre, y con tan fuertes cadenas atado. Llamaron un intérprete, y por él le preguntaron, que ¿ por qué estaba de aquella manera preso? El santo respondió: Porque soy el mas mal hombre del mundo, y que mas delitos ha cometido. Con razón, dijo entonces uno de los bárbaros, te tienen entre tantas cadenas; pero ¿por qué no quitan la vida a tan mal hombre? y diciendo y haciendo, saco la espada y levanto el brazo, y al ir a descargarle el golpe con que intentaba cortarle la cabeza, se le quedo seco el brazo, y cayo la espada en tierra. Entonces el soldado se echo a los pies del santo, confesando su culpa y pidiéndole perdón. El santo le echo su bendición sobre el brazo, y al instante sano: con que reducido el bárbaro, se convirtió y se entro monje, donde acabo su vida; y predicándoles a Jesucristo desde sus cadenas, redujo a muchos de aquellos bárbaros. Curo muchas enfermedades: sanó muchos mudos, ciegos y tullidos.

Lanzaba los demonios con solo tocar los dedos a la persona que atormentaban, los cuales
salían dando voces y diciendo: ¿por qué, varón santo, nos atormentas así?

Pasada la furia de los longobardos, los monjes volvieron a su monasterio, y cuando el glorioso Hospicio conoció que se acercaba su muerte, de que tuvo divina revelación, llamo al prior y le dijo: Trae las herramientas necesarias y rompe esta pared, y di al obispo que venga a sepultar mi cuerpo, porque mi hora es llegada: pues dentro de tres días dejaré estar este mundo y me iré a gozar del eterno descanso. Luego avisaron al obispo de Niza: rompieron las paredes y entraron dentro: y viéndole todo lleno de gusanos, le dijo uno de los que entraron:

¡ O padre ! ¿y como es posible puedas sufrir estos gusanos?
A que respondió el santo:

Porque me conforta aquel Señor por quien yo padezco. Ciertamente te digo que ya soy desatado de estas prisiones, y me voy a mi descanso. Pasados tres días, dejo las cadenas y se postro en oración, y habiendo orado un grande espacio con mucha abundancia de lágrimas, se puso sobre un escaño, y tendiendo los pies y alzando las manos al cielo, y dando gracias al Señor, le entrego su espíritu a 21 de mayo, y luego desaparecieron todos los gusanos que comían su cuerpo, y quedo hermoso y resplandeciente. Vino el obispo de Niza, y con gran pompa y solemnidad hizo sepultar el santo cuerpo.

Escribieron su vida san Gregorio Turonense, Paulo diácono en el libro  de la Historia de los Longobardos, Pedro de Natalibus, el Martirologio romano, Baronio en sus anotaciones y otros.

Su glorioso cuerpo, dicen, está en la iglesia catedral de Niza, donde es muy venerado de los fieles, y le hacen gran fiesta a 23 de octubre, que debe ser el día de su traslacion.

Al santo Job comían sus carnes gusanos, y estaba tan bien con ellos, que los llamaba madre; para denotar que ningún daño le hacían; otro Job hemos visto en el glorioso san Hospicio; pues comiendo sus carnes gusanos, estaba tan alegre y contento, cual pudiera estar otro cualquiera gozando de los regalos y delicias del mundo: pero si el Señor, por quien los padecía, le confortaba, como afirmo el mismo, ¿qué mucho viviese tan gozoso?

Job conocía que venían de la mano de Dios; Hospicio por Dios los hospedaba en sus carnes: y ambos tienen eterno hospicio y descanso en la gloria, donde los veamos.

Amen.

 

LEYENDA DE ORO

DR. A. PALAU

Leer el Santo Evangelio del día y catena aurea