ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD
EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ
Segunda Entrega

“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”
(Félix III, Papa)
Continuación…
UNA MIRADA OBJETIVA
A continuación, se transcribe parte del trabajo del Dr. Alfredo Félix Vaucher: LACUNZA, un Heraldo de la Segunda Venida de Cristo.
El Dr. Alfredo Félix Vaucher ha realizado una encomiable investigación, en América y Europa, sobre la vida y la obra del sacerdote jesuita Manuel de Lacunza y Díaz.
La primera publicación de su trabajo apareció en 1941, en Francia. En 1968 apareció una última edición revisada, también en francés. En 1993 se publicó un suplemento.
La Revista Chilena de Historia y Geografía, en su edición de enero-junio de 1951, publicó una traducción de 60 páginas del libro del Dr. Vaucher.
Transcribimos dos de los comentarios aparecidos en diversas revistas sobre la obra que nos ocupa:
“…Vaucher conoce el método histórico, ha realizado una diligente y detallada investigación en las fuentes mismas, y ha hecho una exposición completa de la obra [de Lacunza] en su naturaleza, sus traducciones y extractos, sus vicisitudes gloriosas y humillantes; y todo esto con una riqueza de información que da testimonio de una paciencia infinita y de un juicio crítico excelente” (Pietro Franceschini, profesor de la Universidad Gregoriana, en La Civiltà Cattolica, 6 denoviembre de 1943, pág. 183).
“…La obra del Sr. Vaucher es la más profunda y completa que se haya escrito sobre el gran jesuita chileno, y merece ser traducida e impresa en Chile… La bibliografía dada por Vaucher constituye una fuente inagotable para el investigador, y la descripción de las diversas ediciones de La Venida del Mesías es la más completa que conozco” (Carl H. Schaible, en Revista Chilena de Historia y Geografía, enero-junio de 1948, pág. 264).
El Dr. Vaucher ha sido profesor y director en el Seminario Adventista de Salève, Collonges, Francia. La Universidad Andrews, de Berrien Springs, Michigan, EE.UU., le confirió el título de doctor honoris causa.
MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ
Nació en Santiago de Chile, el 19 de julio de 1731. (1)
Su padre, don Carlos, hijo de don Juan y doña Bernarda Iziaurris se había desposado en primeras nupcias con doña Bernarda Cortina. Al enviudar, contrajo el segundo matrimonio, en 1730, con doña Josefa Díaz y Durán, hija de don Manuel Díaz y Montero y de Rafaela Durán Ravaneda. (2)
El casamiento de estos últimos tuvo lugar en 1715. Don Carlos de Lacunza era originario de la villa de Artajona, Navarra. Pertenecía a una familia noble, pero pobre. Murió en 1740. (3)
Dos tíos maternos de Lacunza eran monjes: uno, Manuel Díaz Durán, franciscano; el otro. Diego, jesuita. Dos tías eran religiosas: Clara, carmelita; Rosa, capuchina.
Después de la muerte de don Carlos, el abuelo materno se ocupó de la educación del pequeño Manuel. Lo hizo entrar en agosto de 1741 en el colegio de San Francisco Javier, perteneciente a los jesuitas. El 7 de septiembre de 1747, Lacunza fue admitido en la Compañía de Jesús. Después de un noviciado de dos años, pronunció sus votos, fijando su residencia durante cinco meses en el colegio de Bucalemu, no lejos de Santiago. Sus superiores, queriendo darle lecciones de teología y de moral, lo llamaron a la capital. Entró en el colegio de San Pablo, en 1754, y realizó un segundo noviciado. Al año siguiente recibió la ordenación sacerdotal. La profesión solemne de los cuatro votos ocurrió el 2 de febrero de 1766.
En 1767, los jesuitas, que ya habían sido echados de Francia y Portugal, fueron expulsados de España y de todas las posesiones españolas. (4)
Ninguna nación quería recibir a los proscriptos, y por eso se los transportó a los Estados Pontificios. Los de Chile, arrestados el 26 de agosto de 1767, llegaron a Italia, después de un largo viaje, y se establecieron en Ímola, que actualmente se halla cerca de la línea férrea de Milán-Ancona, a 35 km al sudeste de Bolonia. Los primeros contingentes hicieron su entrada en septiembre de 1768; los demás, en la primavera siguiente. (5)
¿Qué recursos tenía el Padre Lacunza? El rey de España le hacía pagar, con cierta regularidad, como a todos los jesuitas desterrados, una modesta pensión. Lacunza gozaba igualmente de un reducido beneficio eclesiástico en Chile. Finalmente, su familia le hacía participar de rentas comerciales, y le enviaba de tanto en tanto algún socorro financiero. (6)
Viendo que su exilio corría el riesgo de prolongarse indefinidamente, Lacunza buscó la soledad, propicia para meditar, y se dedicó al estudio de las Santas Escrituras. A medida que avanzaba en sus investigaciones, los comentarios del Apocalipsis, a los cuales tenía acceso, le parecían cada vez más insuficientes, y consideraba con espanto la separación existente entre su propio sistema y los que eran corrientes en su época. Hubiera renunciado a proseguir su trabajo, nos dice Mazzotti, (7) si el crédito de su confesor y de muchos sabios a los cuales consultó, no le hubiera hecho acallar sus escrúpulos. Lacunza dictaba sus reflexiones a un secretario, el P. Juan José González Carvajal y Vargas (1739-1822). (8)
Sucedía frecuentemente que interrumpía el dictado para obtener mediante la oración la solución de un problema de exégesis. Podemos decir que debía más a sus rodillas que a su cerebro.
Hacia el año 1775, Lacunza se puso a la obra, alrededor de dos años después de la extinción de la Compañía. La redacción definitiva debió comenzar una decena de años más tarde, porque en su prólogo Lacunza menciona la inclusión en el Índice de la obra de Zoppi (9) sobre la segunda época de la Iglesia.
La obra de Lacunza quedó terminada en 1790. Sin embargo, desde el año precedente, un ejemplar manuscrito había sido sometido al examen del Consejo de Indias, para obtener autorización de imprimirlo.
Tenemos pocas informaciones sobre el empleo del tiempo del P. Lacunza durante los últimos años de su vida. Hervás y Panduro decía en 1794, hablando de nuestro autor: “Escribe actualmente sobre la primera venida del Mesías”. (10) Este trabajo ha perecido. Una carta dirigida a José Valdivieso, (11) entonces establecido en Rávena, para anunciarle el deceso de Lacunza, dice que éste había quemado sus papeles antes de morir. La carta está firmada por Pedro Sánchez, (12) y está fechada en Ímola, el 26 de junio de 1801.
Sin duda, Lacunza no quería dar al público una obra inconclusa, de la cual no estaba satisfecho. En 1799, el rey de España autorizó a los jesuitas desterrados a volver a sus respectivos países de origen. La Audiencia de Santiago envió al P. Lacunza una suma de 400 pesos para su viaje de retorno. Pero Lacunza debió morir sin ver otra vez su tierra natal. En la mañana del 18 de junio de 1801, se halló su cadáver en un foso al borde del río Santerno, que corre cerca de la ciudad de Ímola, antes de desembocar en el Reno. La víspera, durante su paseo habitual, Lacunza había expirado en ese lugar, solo y sin socorro. Había poca agua en el foso. Se supone que sufrió un ataque de apoplejía, o simplemente un malestar seguido de asfixia. (13)
El cuerpo fue transportado al domicilio y sepultado en la iglesia del Pío Sufragio. Como el edificio fue sometido a restauraciones en 1888, ninguna inscripción evoca el recuerdo del P. Lacunza. (14)
Notas:
(1) Francisco Mateos, Revista Chilena de Historia y Geografía, Santiago, 1er. sem., 1950, págs. 136, 137, otros dan la fecha 17 de junio.
(2) Rafaela Durán (m. 1790), hija de Diego Durán (m. 1729). Juan Luis Espejo Tapia, Revista Chilena de Historia y Geografía, Santiago, 1er. trim., 1914, págs. 200-203, 207. Enciclopedia heráldica y genealógica hispano americana (Alberto y Arturo García Carraffa), tomo 48, Madrid, 1933.
(3) José Toribio Medina Zavala, Diccionario biográfico de Chile, pág. 441, Santiago 1906. Guillermo de la Cuadra Gormaz, Origen de doscientas familias coloniales de Santiago, pág. 113, Santiago, 1948-1949.
(4) Alfonso Martínez Carrasco, La expulsión de los jesuitas, Madrid, 1932.
(5) Antonio Madariaga, Jesuitas expulsos de España literatos en Italia, Salamanca, 1897. Giuseppe Mazzini, Gesuiti Cileni in Imola Bolonia, 1937.
(6) Diego Agustín Barros Arana, Historia general de Chile, tomo VII, pág. 569, Santiago 1886. Medina, Noticias bibliográficas de los jesuitas expulsos de América en 1767, pág. 184, Santiago, 1914.
(7) Giuseppe Cristino Mazzotti (1759-1825), obispo de Tívoli, 1818-1820, de Cervia, 1820-1825 tradujo el libro de Lacunza sobre la segunda venida de Jesucristo del castellano al italiano, en 1809, mientras era cura en Rávena.
(8) Enrique Torres Saldamando, Los títulos de Castilla en las familias de Chile, I, pág. 46, Santiago, 1894.
(9) Giuseppe Zoppi, dominicano y jansenista, L’Epoca seconda della Chiesa, Lugano, 1781. Índice de los libros prohibidos, por decreto del 20 de enero de 1783.
(10) Lorenzo Hervás y Panduro (1735-1809), Biblioteca jesuítico-española de escritores que han florecido por siete lustros, Roma, 1794, manuscrito del Colegio de Loyola, Azpeitia, España.
(11) José Valdivieso (1735-1828), jesuita ecuatoriano, autor de una Carta apologética en defensa de la obra de Juan Josafat Ben Ezra (Lacunza), Méjico, 1824; Londres, 1826.
(12) Archivo de la provincia de Toledo, Colegio de Chamartín de la Rosa, Madrid. Francisco Mateos, Razón y fe, págs. 353, 354 Madrid, 1943.
(13) Pedro Pasos (1743-1839), Elenco dei Gesuiti espulsi dal Cile emorti in Imola, o altrove, dal 1767 al 1835, pág 10, manuscrito de la Biblioteca comunal de Ímola.
(14) Alfredo Félix Vaucher, Une célébrité oubliée, 1941, págs 27-33. Trad. Héctor Marcelo Hammerly Peverini, Revista Chilena de Historia y Geografía, Santiago, 1er. sem., 1951, págs. 69-76.
EL MEMORIAL DE MANUEL LACUNZA
El memorial con que Lacunza contestó a los requerimientos de Antonio Porlier, Ministro de Gracia y Justicia, es un documento de gran valor histórico y literario. Es, además, uno de los pocos de carácter autobiográfico que nos queda del laborioso jesuita. (1)
Carlos III se había propuesto de tal manera estimular la actividad literaria de los jesuitas desterrados, que les aseguró que premiaría sus desvelos. Ordenó que no se pusieran trabas a la publicación de sus obras y ofreció duplicarles las pensiones vitalicias de que gozaban. (2)
He aquí, con ortografía actualizada, la notable carta del P. Lacunza al ministro Porlier:
Ímola, noviembre 22 de 1788.
Excelentísimo Señor:
Con la carta de V. Exc. del 9 de octubre que nos ha comunicado a los americanos el señor comisario don Luis Gneco, me animo yo también, y me tomo la libertad, entre otros muchos, que podrían hacerlo, de presentarme delante de V. Exc. por medio de este simple, humilde, y respetuoso memorial. Yo, Señor, he ocupado mi tiempo en Italia en el estudio formal, y meditación atenta de la Biblia Sagrada, y de toda suerte de escritores eclesiásticos, que o la han interpretado, o hablado sobre ella.
En este estudio y meditación de muchos años, he hecho en fin, con la ayuda de Dios, algunos descubrimientos (a mi pobre juicio, y al juicio de muchas personas doctas y sensatas), descubrimientos nuevos, verdaderos, sólidos, innegables, y de grandísima importancia. Sobre éstos tengo escrita una obra, en que propongo a los sabios otro sistema escriturario diversísimo del que han seguido hasta ahora los doctores, en el cual se entienden al punto, y se entienden con suma facilidad, en su propio y natural sentido, todas las Escrituras; esto es, los Profetas, los Salmos, los Evangelios, los escritos de los apóstoles, el Apocalipsis, etc., sin que sea necesario el recurso a sentidos arbitrarios, violentos, impropísimos, que no pueden satisfacer aun hombre racional, que desea y busca la verdad, por más que se presenten escoltados de un ejército terrible, por numeroso, de escritores católicos, doctos y píos; pues todos han partido del mismo principio, y seguido el mismo camino.
Para explicarme con más libertad y claridad en un asunto tan difícil y tan delicado, yo me finjo un judío, mas un judío cristiano y católico-romano, enterado suficientemente en la causa de los cristianos, no menos que en la de los judíos. Tomo el apellido de Ben-Ezra no solamente por haber sido este Ezra un rabino de los más doctos y sensatos, sino principalmente por haber sido español, con la circunstancia de haber escrito en Candia, desterrado de España.
La obra es pequeñísima respecto de su grande asunto. No es exposición metódica de las Escrituras; por consiguiente, no es seca, ni enfadosa, sino como un discurso seguido sobre toda ella, o diré mejor como una colección de muchos eslabones, que unidos y enlazados entre sí, forman una grande y fortísima cadena, cuya consideración hace comprender, sin gran dificultad, el misterio grande de Dios encerrado en las Escrituras, ya respecto de los judíos, ya respecto de las gentes [gentiles].
Yo bien quisiera, Señor excelentísimo, si esto me fuese permitido, poner este huérfano escrito en manos de V. Exc. primeramente como en manos de un hombre sabio, sin otra consideración; pidiendo a este hombre sabio un examen privado, prolijo, atento, riguroso, justo y racional; si no por sí mismo, pues se lo impiden otras ocupaciones de mayor importancia, a lo menos por personas de buen talento, capaces de juzgar un recto juicio.
Si después de este recto juicio no se hallase en él alguna cosa de sustancia ciertamente reprensible o contraria a alguna verdad conocida, en este caso de que no desespero, yo me presentaría a los pies de V. Exc. con toda seguridad, y no dudaría de pedir humilde, e instantemente su protección, no ya solamente como a un hombre sabio, sino como a un ministro real, constituido en alta dignidad, cuya bondad y beneficencia sin ejemplar hasta ahora empezamos a experimentar con admiración, y con el más profundo reconocimiento, principalmente los americanos.
La obra la envío a V. Exc. en nuestro idioma español, pues en ella escribí. La tengo también traducida por otro en buen latín, en atención al escrúpulo de algunos, a quienes parece todavía una especie de sacrilegio escribir de cosas tan sagradas en otra lengua, que en la que tienen por sagrada; como si todos los antiguos Padres y escritores eclesiásticos, griegos y latinos, hubiesen escrito en otra lengua que en la suya propia; como si el gran Bossuet no hubiese escrito su exposición del Apocalipsis en francés; como si tantos otros escritores franceses e italianos, etc., no sirviesen cada día a su patria, con toda suerte de escritos bien sagrados en su propio idioma; como si, en fin, la lengua española debiese sola ser exceptuada de esta natural libertad…
Suplico por último a V. Exc., que si acaso los jueces que V. Exc. señalare para el examen de este escrito me fuesen de algún modo contrarios, se me dé traslado de sus reparos; digo si éstos son sustanciales, y dignos de alguna consideración y no palabras vacías, o argumentos que no salen de la misma cuestión; pues de esta especie de argumentos, que nada prueban, ya yo estoy lleno por acá, y cansado de satisfacerlos.
En suma, yo pongo a los pies de V. Exc. y abandono enteramente a su disposición ese pobre huérfano… Éste no puede, Señor, comparecer con vuestra presencia con aquel traje civil, ni con aquellos ornamentos naturales, o artificiales, que son tan del gusto de nuestro siglo; pero al fin, en falta de todo esto, lleva muchas verdades, las cuales, yo sé bien, por dondequiera que se hallen, y sean las que fueren, son siempre estimables, y siempre hallan buena acogida entre los que aman la sabiduría. Nuestro Señor guarde a V. Exc. muchos años. Su humilde siervo, y capellán, Manuel Lacunza, natural de Santiago de Chile. (3)
“No hay constancia documental de la actitud de Porlier ante las peticiones del escritor chileno. Es probable que, sometida a la consideración de los doctos, y tratándose de tema tan delicado, cayera en manos de la Inquisición”. (4)
Notas:
(1) Véase Ricardo Donoso Novoa, Revista de Humanidades, Buenos Aires, 1961, págs. 39, 40.
(2) Decía Porlier en una nota enviada a José Nicolás de Azara, marqués de Nibiano (1730-1804): “Enterado el Rey de que muchos de los ex jesuitas de las Indias establecidos en Italia han dedicado sus talentos a la composición de obras útiles en varios ramos de literatura, deseoso S.M. como tan benéfico protector de las letras, de que no queden sin recompensa sus tareas y desvelos, me manda encargar por punto general a U.S. procure ir recogiendo todos los escritos trabajados por los referidos ex jesuitas, y los remita a mis manos, alentando a todos los que se hayan empleado en este loable ejercicio a que concluyan y perfeccionen las producciones que tuvieran proyectadas, asegurándoles de parte de S.M. serán premiados y recompensados sus desvelos, a proporción de su mérito y desempeño. A cuyo fin tomará U.S. las medidas que halle más oportunas para que esta soberana disposición llegue a noticias de todos aquellos a quienes pueda convenir, y en caso de que alguno tuviese ya enteramente concluida alguna de sus obras, dispondrá U.S., desde luego, su remisión a mis manos. Dios guarde a U.S. muchos años. San Lorenzo, 9 de octubre de 1788”.
(3) “El original de este documento se conserva en el Archivo Histórico Nacional de Madrid, Documento de Indias, núm. 509, y ha sido publicado por primera vez por don Mario Góngora en la Revista Chilena de Historia y Geografía, Santiago, 1954-55, págs. 247-251” (Víctor Anzoátegui y Enrique Sanhueza Beltrán, “Vulgarización de Lacunza y el lacuncismo”, Revista Mapocho, Santiago, tomo III [1965], No. 3, pág. 103).
(4) Ricardo Donoso Novoa, Revista de Humanidades, Buenos Aires, 1961, pág. 42
Continuará…
