CONSERVANDO LOS RESTOS II
Cuadragésimo cuarta entrega
BLAS PASCAL, ABANDERADO DEL JANSENISMO
El anatema romano había caído sobre las cinco tesis jansenistas, para cuya defensa se ingeniaban en vano, con argucias y distinciones, Nicole y Arnauld. Este último se veía repudiado por la Sorbona, a quien como doctor en teología llamara su Madre. La opinión pública empezaba a mirar como herejes a los rebeldes.
El jansenismo se hallaba en crisis, próximo a su ruina. Quien lo salvó, al menos en parte, en aquellos momentos difíciles fue Blas Pascal. Él tuvo la gran habilidad de distraer la atención pública de la parte dogmática hacia la moral, y no hacia la moral propia, sino a la del adversario, renunciando a la defensiva para pasar decididamente a la ofensiva, acusando a los jesuitas y poniéndolos en la picota del ridículo.
El genio de un hombre extraordinario bastó para dar media vuelta a la situación, o mejor, el arte de unas cartas, anónimas al principio, después con el seudónimo de Luis de Montalto; me refiero a las Provinciales.
1. El alma misteriosa de Pascal. Es demasiado grande la figura de Pascal para que pasemos delante de ella sin detenernos a contemplarla y describirla. Pascal es un personaje que tiene atractivos semejantes a los de San Agustín, con rasgos odiosos de panfletario ciego y pertinaz, que le asemejan casi casi a un hereje; y esta mezcla de grandeza y miseria, este agridulce de simpatía y antipatía, de amor y de odio, de verdad y de error, de cristianismo profundo y de antirromanismo o antijesuitismo, le hacen quizá más interesante y aún más atrayente a cierto público, máxime de literatos y de convertidos.
El enigma del alma de Pascal quieren algunos, como Brémond, aclararlo distinguiendo dos hombres. No me parece camino acertado; en aquella alma no caben escisiones.
«Existe un problema de Pascal—son palabras del insigne escritor citado—al menos para nosotros, los católicos. En el momento en que nuestra simpatía nos mueve a hablar de él, como lo haríamos de San Agustín, de San Francisco de Sales, de José de Maistre, no podemos olvidar que, con todo su genio, defendió un error condenado por la Iglesia. De ahí que experimentemos un malestar, un sufrimiento. Nos encontramos frente a él en una situación falsa. Cuando conversamos con él, convenimos, por un acuerdo recíproco en evitar ciertas materias, callar ciertos nombres. Pascal nos pertenece, porque su plegaria es católica y nosotros nos arrodillamos en su celdilla para recitar con él Le mystère de Jésus; mas, por otra parte, su teología no es la nuestra; nosotros creemos, contra él, con Ricardo Simon, que el jansenismo está colindando con el calvinismo; creemos, con Malebranche, que el gran Arnauld se equivoca en la materia de la gracia; creemos, con Fénelon, que la distinción del derecho y del hecho, si alguna vez se aceptase, comprometería la autoridad de la Iglesia… Hay dos hombres en Pascal; un teólogo jansenista, que, tomado en sí y salvo el estilo, no nos interesaría más que los otros argumentadores del partido; y un cristiano ferviente, cuya vida mística se mantiene no en las sutilezas de las controversias —¡y cómo podría hacerlo!—, sino en un comercio íntimo con las realidades de la fe… Pascal es grande, sublime, penetrante, cuando no es teólogo jansenista, cuando enuncia dogmas positivos y eternos, separados de toda disputa… Se engañó en el dogma y en la moral. Le faltó la caridad en una circunstancia memorable, en que puso al servicio de un partido todos los tesoros de su elocuencia, todas las ironías del orgullo humano. Contristó a la Iglesia y regocijó a los incrédulos, y me parece oírle a él mismo que me apremia a confesar, sin restricciones, sus errores y sus miserias. Nosotros, sin embargo, le amamos, le veneramos, porque escribió y vivió Le mystère de Jésus. Iba a decir que hasta le hacemos oración. Libre es cada cual de escoger para sí un héroe espiritual de predilección en la pléyade de semisantos que nuestro culto canoniza: Fénelon, Bossuet, Malebranche, Newman; somos muchos en Francia, en la hora actual, los que ponemos por encima de todos estos nombres el de Pascal».
Bueno es saber cómo piensa de Pascal un francés de principios del siglo XX, amigo de toda inquietud religiosa; pero no será menos interesante oír cómo lo enjuicia un español, cuya inquietud religiosa, fuera de todo dogma, se exalta hasta lo trágico y agónico.
Así escribe Miguel de Unamuno en La agonía del cristianismo: «La lectura de los escritos que nos ha dejado Pascal, y sobre todo la de sus Pensamientos, no nos invita a estudiar una filosofía, sino a conocer a un hombre, a penetrar en el santuario de universal dolor de un alma que llevaba cilicio… Lo que hace la fuerza eterna de Pascal es que hay tantos Pascales como hombres que al leerle le sienten y no se limitan a comprenderle. Y así es cómo vive en los que comulgan en su fe dolorosa… Había estudiado a dos españoles: al uno a través de Montaigne. Dos españoles, o mejor, dos catalanes: Raimundo de Sabunde y Martini, el autor de la Pugio fidei christianae. Pero yo, que soy vasco, lo que es ser más español todavía, distingo la influencia que sobre él hubieran ejercido dos espíritus vascos: el del abate de Saint-Cyran, el verdadero creador de Port-Royal, y el de Iñigo de Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús. Y es interesante ver que el jansenismo francés de Port-Royal y el jesuitismo, que libraron entre sí tan ruda batalla, debieran uno y otro su origen a dos vascos. Fue acaso más que una guerra civil: fue una guerra entre hermanos y casi entre mellizos, como la de Jacob y Esaú. Y esta lucha entre hermanos se libró también en el alma de Pascal. El espíritu de Loyola lo recibió Pascal de las obras de los jesuitas, a quienes combatió… Los jesuitas han inventado un probabilismo, contra el que se alzó Pascal. Y se alzó contra él porque lo sentía dentro de sí mismo. El famoso argumento de la apuesta, ¿es otra cosa más que un argumento probabilista? La razón rebelde de Pascal resistió al tercer grado de obediencia, pero su sentimiento lo llevaba a ella… Pascal quería someterse, se predicaba a sí mismo la sumisión mientras buscaba gimiendo, buscaba sin encontrar, y el silencio eterno de los espacios infinitos le aterraba. Su fe era persuasión, pero no convicción».
Tras esa alusión a la obediencia ciega, ignaciana, cita Unamuno unas palabras de Pascal sobre la «creencia útil», y exclama: «¡Creencia útil! Henos aquí de nuevo en el probabilismo y la apuesta. Útil… El pobre matemático, caña pensante, que era Pascal, Blas Pascal, por quien Jesús hubo derramado tal gota de su sangre pensando en él en su agonía (Le mystère de Jésus, 553), el pobre Blas Pascal buscaba una creencia útil, que le salvara de su razón. Y la buscaba en la sumisión y en el hábito. —Eso os hará creer y os entontecerá («abêtira»). —Pero eso es lo que temo. —¿Y por qué? ¿Qué tenéis que perder? ¿Qué tenéis que perder? He aquí el argumento utilitario, probabilista, jesuítico, irracionalista. El cálculo de probabilidades no es más que la racionalización del azar, de lo irracional. ¿Creía Pascal? Quería creer… La vida íntima de Pascal aparece a nuestros ojos como una tragedia. Tragedia que puede traducirse en aquellas palabras del Evangelio: Creo, ayuda a mi incredulidad».
No formulemos nuestro juicio hasta el fin de este capítulo.
2. Vida y conversión de Pascal. Nacido en Clermont-Ferrand el 19 de junio de 1623, hijo de Esteban Pascal, vicepresidente del Tribunal de Impuestos, fue educado con el mayor esmero por su padre, muy versado en física y matemáticas. Esta tendencia científica prevaleció en su educación, pues aunque su padre pensaba retrasar la enseñanza de tales disciplinas, tuvo que adelantarse a ser maestro de su hijo al ver la enorme precocidad de éste, quien a los doce años llegó por sí mismo y sin ayuda de nadie hasta la 32ª proposición de Euclides, y a los diecinueve inventó, para simplificar los cálculos, la máquina aritmética, que más tarde dedicará a Cristina de Suecia.
Huérfano de madre desde los tres años, se trasladó con su padre a París cuando contaba ocho de edad. Allí trató con sabios eminentes, como el P. Marsenne, Fermât y, de paso, con el mismo Descartes, consagrándose a las ciencias tan apasionadamente, que desde entonces se le resintió la salud toda su vida.
Enemigo de todo apriorismo y observador penetrante de la naturaleza, los hechos y la experiencia eran su gula, no la autoridad, aunque fuese de Aristóteles, cuidando siempre de no deducir de la experiencia más que las conclusiones necesarias y no generalizando sino por grados. Por eso es menos metafísico que Descartes, pero más seguro.
Afanoso de la gloria humana que le acarreaba la ciencia y sin grandes preocupaciones religiosas hasta entonces, experimenta en 1646, a los veintitrés de su edad, lo que se ha llamado su primera conversión. No fue una conversión religiosa muy profunda, y propiamente diríamos que fue una conversión al jansenismo. Sucedió que, estando en Rouen su padre convaleciente, vinieron a visitarle dos jansenistas, los cuales, conversando con el joven Pascal, le relataron a su manera las controversias entonces tan sonadas, le dieron a conocer el discurso de Jansenio De la reformación del hombre interior y le hablaron del Augustinus, de la Frecuente comunión, de Arnauld, y de las Cartas espirituales y cristianas, de Saint-Cyran.
El sentimiento religioso empieza a embargar su alma, pero un sentimiento religioso de exaltación jansenista. Con fervor de neófito gana para el jansenismo, que cree ser el genuino cristianismo, a su padre y a su hermana menor, Jacobina, que a la muerte de su padre (1651) entrará en el convento de Port-Royal. Con el mismo celo impulsivo denuncia a las autoridades eclesiásticas las opiniones de un ex capuchino que, en su afán apologético, ensalzaba más de lo justo las fuerzas naturales de la razón humana.
Vuelto poco después a París con su querida hermana Jacobina, sufre una parálisis parcial y entra en relaciones con los solitarios de Port-Royal, mas no abandona sus estudios científicos, como lo demuestra su correspondencia con Fermât hasta 1654. Los médicos le aconsejan distraerse, y Pascal pasa unos años de disipación mundana, frecuentando la sociedad elegante de la época, aunque sin ser nunca un libertino. ¿Conoció experimentalmente el amor humano? Los que lo afirman se basan principalmente en la fina psicología que supone su Discurso sobre las pasiones del amor; pero no consta que sea suyo. Tampoco se prueba que pretendiese por esposa a Mlle. Charlette de Roannez. De hecho murió célibe.
El año 1654 ocurre en la vida de Pascal un hecho extraordinario: su conversión definitiva, su brusco rompimiento con la vida más o menos mundana y aun con los trabajos científicos. No hay que dar mucha importancia a la anécdota del puente, algo tardía. Dícese que, yendo en una carroza de cuatro caballos por el puente de Neuilly el 8 de noviembre de 1654, los caballos delanteros se precipitaron al río, pero, rotos los enganches, quedó la carroza suspendida en los bordes del puente.
Sospechan algunos que esto le hizo a Pascal entrar dentro de sí y cambiar de vida.
La verdadera crisis espiritual y la conversión total a Dios tuvo lugar en la noche del 23 de noviembre de 1654, desde las diez y media hasta las doce y media de la noche. ¿Qué es lo que experimentó en aquellas dos horas de meditación profunda, ardiente, casi extática? Leamos el Memorial que escribió en seguida en un pequeño Pergamino y que guardó secreto toda su vida. Consta de solas 35 líneas.
Con frecuencia se interpreta este documento en sentido místico, como si Pascal aquella noche hubiera sido favorecido con una comunicación extraordinaria del Espíritu Santo, que lo elevó hasta el éxtasis.
Otros, en cambio, piensan que padeció una alucinación.
Fundiendo en una ambas opiniones, Brémond distingue tres fases: primero, una alucinación; después, una gracia mística, y, por fin, una oración afectiva de tipo ordinario.
Yo me resisto a creer que aquella honda y ardiente meditación —contemplación, si se quiere— tuviera caracteres de contemplación infusa y de gracia estrictamente mística. Son demasiado frecuentes tales sentimientos en los pecadores que se convierten a Dios, v. gr., en un retiro de ejercicios espirituales. Hay dos elementos que en otras circunstancias podrían entenderse como pertenecientes al orden místico: uno de carácter visual o intelectual, fuego, vista, y otro de carácter afectivo, gozo intenso y repetido, acompañado de certidumbre; ambos perfectamente unidos y aun compenetrados. El primero es muy enigmático, y bien puede explicarse, más que por una visión sobrenatural, por una alucinación, que en el temperamento de Pascal no tendría nada de particular.
Digo que es posible; no lo asevero, pues quizá Pascal llamó fuego a todo el fenómeno que experimentó en aquellas dos horas, y que fue juntamente ilustración, ardor, encendimiento, dolor y propósito. El segundo no parece sino una consolación divina de las que el Señor otorga normalmente a las almas buenas para facilitarles el camino de la virtud. Consolación que es como el roce de las alas del Espíritu Santo, y que en un arpa tan fina como el espíritu de Pascal produce vibraciones psicológicas que en otros no produciría.
Me mueve a discurrir así primeramente un no sé qué de inquietud y exaltación que llamea en todo el documento. Cuando las comunicaciones divinas son muy altas y sublimes, no se reflejan en la sensibilidad y dejan sumida al alma en una profunda, suavísima e inalterable paz. En segundo lugar, los efectos. Cuando Dios se comunica con gracias místicas al hombre, no solamente lo purifica y lo enciende en amor divino, sino que ilustra su entendimiento para conocer las verdades de la fe y le da un como instinto divino para sentir con la Iglesia, maestra de la verdad. Esto no aparece en modo alguno en Pascal, sino más bien lo contrario. Otros efectos suelen ser la humildad y la caridad con el prójimo, que tampoco vemos en Pascal, pues desde aquel momento se une más estrechamente con los empedernidos jansenistas de Port-Royal, venciéndolos a todos en obstinación y rebeldía, y pone su pluma al servicio de una secta condenada por Roma, injuriando y calumniando a toda una Orden religiosa que en aquellos momentos y dentro de la misma Francia producía grandes santos, que la Iglesia ha canonizado.
Confesemos, después de todo, que Dios tocó fuerte y dulcemente el corazón de Pascal aquella noche memorable, tan memorable, que, para no olvidarla nunca, llevó hasta la muerte sobre su pecho el pequeño pergamino donde había escrito, entre dos cruces radiantes, la expresión lírica y balbuciente de aquella su experiencia religiosa.
Las ciencias físico-matemáticas apenas las cultivó desde entonces. No saciaban su corazón ni apaciguaban sus inquietudes espirituales. El problema religioso era el único que le angustiaba, y a él se consagró en cuerpo y alma. Nosotros lo estudiamos tan sólo por la parte que tomó en la contienda jansenista.
3. Las primeras cartas «Provinciales». Desde su conversión definitiva, Pascal frecuentaba más el monasterio de Port-Royal y se entretenía con los solitarios. Estaban inquietos porque Inocencio X, el 31 de mayo de 1653, había condenado las cinco tesis del Augustinus, a lo que ellos contestaban con la sutil evasiva de la Quaestio iuris et facti. La Asamblea del Clero de 1654 se ponía de parte del Papa; Luis XIV, instigado por su confesor, el P. Annat, se declaraba en contra del jansenismo, y la Facultad Teológica de París se disponía a arrojar de su seno al cabecilla de los jansenistas, A. Arnauld.
Entonces, nos cuenta Margarita Périer, hermana de Pascal, en sus Memorias, que su hermano «había ido a Port-Royal des Champs para pasar allí una temporada en retiro, como solía hacerlo de tiempo en tiempo. Era entonces cuando se trabajaba en la Sorbona por la condenación de M. Arnauld, que estaba también en Port-Royal. Todos estos señores le apremiaban a que escribiese para defenderse, y le decían:
¿Os vais a dejar condenar como un niño, sin decir palabra?
El redactó un escrito y lo leyó en presencia de todos aquellos señores, los cuales no le dieron el menor aplauso.
M. Arnauld, que no ambicionaba las alabanzas, les dijo:
Bien veo que os parece mal este escrito, y pienso que tenéis razón.
Luego dijo a M. Pascal:
Usted, que es joven, debería hacer alguna cosa.
M. Pascal escribió la primera carta y la leyó ante ellos.
M. Arnauld gritó:
¡Excelente! Esto gustará; hay que imprimirlo.
Así se hizo, y tuvo el éxito que se ha visto.
Tal fue el origen de la primera carta, que llevaba este título: Lettre écrite à un provincial (a uno del campo o de la provincia, provinciano) par un de ses amis sur le sujet des disputes récentes de la Sorbonne. La fecha: De Paris, ce 23 janvier 1656.
Se imprimió, como todas, clandestinamente, como folleto de 8, la que más, de 12 páginas en 4º, aunque de muchas cartas hubo diversas tiradas simultáneas. Hay muchos testimonios de aquel tiempo que testifican lo clamoroso del éxito y con qué avidez eran leídas en los círculos literarios y cultos, haciéndose también agradables a la gente del mundo, e inteligibles incluso a las mujeres,
Mas, a pesar del triunfo de la calle, los doctores de la Sorbona seguían examinando la doctrina de Arnauld que sostenía la primera de las cinco tesis jansenistas, al negar «el poder próximo de guardar todos los preceptos», y que además rechazaba, como su maestro, el concepto y la realidad de la «gracia suficiente».
Pascal, empeñado en la defensa de Arnauld, escribía a los seis días una Seconde lettre écrite à un provincial par un de ses amis. Compuestas ambas durante los debates de la Sorbona, tienen por objeto mostrar que en la cuestión doctrinal la mayoría de los jueces tienen en el fondo las mismas ideas que Arnauld. Si éste corre peligro de ser condenado, es porque los molinistas y ciertos dominicos han hecho una alianza inmoral, decidiendo emplear los mismos términos de potestas proxima y gratia sufficiens, aunque los emplean en sentido muy diferente. Los dominicos piensan lo mismo que Arnauld, sólo que algunos de ellos emplean la terminología jesuítica de potestas proxima (argumento de la primera carta) y de gratia sufficiens (segunda carta), mientras que Arnauld no las emplea, y por eso él es llamado hereje, los dominicos no.
A pesar del ingenio y habilidad que derrochan estas dos cartas y a pesar de la polvareda que levantaron y del entusiasmo de los port-royalistas, no impidieron que el 31 de enero la doctrina de Arnauld fuese anatematizada y su nombre borrado del número de los doctores sorbónicos.
Sale la tercera carta (De Paris, ce 9 février 1656) protestando contra la injusticia, absurdidad y nulidad de la censura. Condenan —dice— a M. Arnauld por unas expresiones sacadas del gran Padre de la Iglesia San Agustín. Le condenan no por sus ideas, sino por odio a su persona; a falta de razones, han encontrado monjes. «Admirad los manejos del molinismo».
Como se ve, estas tres primeras cartas son dogmáticas; tienen por objeto defender la doctrina jansenista de Arnauld. Por este camino no hubiera podido continuar mucho tiempo. Y la eficacia de su sátira no hubiera sido grande. Era preciso dar un viraje. Este se nota en la cuarta provincial, que apunta ya a las cuestiones morales, más accesibles al público y al propio escritor, y en las que le será fácil atacar directamente con las armas del ridículo, la ironía y el sarcasmo.
Fue, pues, un gran acierto táctico y literario el dejar el tema dogmático y pasar al moral. Sólo en las dos últimas cartas, en la 17ª y 18ª, se verá constreñido al año siguiente a volver sobre el terreno dogmático. Desde la 4ª hasta la 16ª inclusive triunfará, haciendo reír al público parisiense a costa de la fama de los moralistas jesuitas.
Pero ¿qué entendía Pascal, con todo su talento, de las teorías de la gracia y de sus espinosas y delicadísimas cuestiones, en las que sólo los especialistas tienen la palabra? ¿Y qué de las no menos difíciles de la moral, para cuya justa apreciación eran menester largas y reposadas lecturas, que él no podía hacer, y juicio sereno y ponderado, imposible en un hombre neurótico, sobreexcitado y enfermo, como era él? Aunque no le faltaron hábiles colaboradores, era imposible que se adueñase de materias tan arduas y complicadas y prolijas, disponiendo de tan breve espacio.
Arnauld, Nicole, los solitarios de Port-Royal, le preparaban los materiales, le resumían las opiniones, le recogían las citas. ¡Qué colaboradores! No los podía haber ni menos imparciales ni más apasionados.
Y, sobre todo, ¿qué entendía el público parisiense, ese público de la calle y de los salones, al que se lanzaban con aire de panfleto las ideas que sólo en un aula de teología se pueden exponer claramente y con precisión? Y se le brindaban —para que él juzgase por sí mismo— unos problemas que era incapaz de comprender, aun en el caso de que se los expusiesen perfectamente.
Pero los jansenistas, condenados en el tribunal de la Santa Sede, condenados en el tribunal de la Universidad parisiense y en el mismo Parlamento, apelaron al tribunal de la opinión pública, donde todos los ignorantes y los murmuradores y los amigos de la risa y del escándalo tienen voto.
Y aquí triunfaron. Por lo menos aquí derrotaron a sus enemigos, pues los jesuitas no tuvieron una pluma bastante ágil y humorista que acertase a contestar con igual habilidad y elegancia. Era ciertamente difícil responder en el mismo tono. Y a ciertas gentes no se las atrae con razones.
La cuarta provincial (25 de febrero de 1656) es el puente de transición entre las dogmáticas y las morales. Trata de los pecados de ignorancia, de las culpas involuntarias y del pecado filosófico, sin nombrarlo expresamente.
Pascal, como buen jansenista, piensa que la ignorancia, aun invencible, no excusa de pecado, y se escandaliza del P. Annat, y zahiere al P. Esteban Bauny (1564-1649), cuya Somme des péchés había sido puesta en el Índice, y a quien aplica, por su criterio laxo, el dicho: «Ecce qui tollit peccata mundi».
Es una cuestión que está todavía estrechamente unida a las discusiones sobre la gracia, pero que entra ya de lleno en el terreno moral. Dejando a un lado a la Sorbona, no ataca ni atacará en adelante más que a los jesuitas. Comienza con la célebre frase: «II n’est rien tel que les jésuites». El recurso literario a que apela es el de presentar en escena a un jesuita de comedia, a quien él consulta sobre diversos puntos, haciéndole exponer la doctrina de la Orden en tal forma que resulte ridícula.
El mismo recurso emplea en las siguientes cartas, hasta la 10ª inclusive, procurando por medio del dialogismo dar interés al asunto, que de suyo es algo plúmbeo.
4. La quinta provincial. Cómica letanía de moralistas. La situación del jansenismo empeoraba por momentos. Un amigo de Arnauld le escribía a éste el 2 de marzo: «Escuchamos ya el retumbar del trueno, pero estamos resueltos a aguardar el golpe». Y ocho días más tarde, la M. Angélica a la reina de Polonia: «Los preparativos de nuestra persecución avanzan de día en día; se espera del Tíber el agua y la orden que nos sumergirá, según dicen. Nuestra única esperanza está en Dios».
En París corría el rumor de que los solitarios y las monjas de Port-Royal des Champs habían sido expulsados y dispersos. Sólo la primera parte era verdad. El 20 de marzo, veinte solitarios, con sus quince alumnos (entre ellos Racine), abandonaban Port-Royal, aunque por poco tiempo.
En medio de estas inquietudes y preocupaciones, ese mismo día 20 firma Pascal su quinta carta, cuyo argumento puede colegirse de los siguientes párrafos:
«He aquí lo que me dijo (un amigo):
—Vos pensáis hacer mucho en favor de esos Padres, mostrando que hay algunos de ellos tan conformes a las máximas evangélicas como otros son contrarios a ellas, deduciendo de ahí que sus opiniones laxas no pertenecen a toda la Compañía. Bien lo sé…; pero, puesto que hay entre ellos quienes defienden doctrinas tan licenciosas, concluid de ahí que el espíritu de la Compañía no es el de la severidad cristiana…
—¡Pues qué! —le respondí yo—. ¿Cuál puede ser el designio de toda la corporación? Será, sin duda, que no tienen un designio fijo y que cada cual tiene libertad para decir a la ventura lo que piense.
—Eso no puede ser —me replicó—; una tan gran corporación no subsistiría con una conducta tan temeraria y sin un alma que la gobierne y que regule sus movimientos; además de que ellos tienen mandato especial de no imprimir nada sin permiso de sus superiores.
—Pero ¿cómo? —le dije yo. ¿Pueden los superiores consentir máximas tan diferentes?
—Esto es lo que voy a enseñaros —me respondió—. Sabed, pues, que su objeto no es el de corromper las costumbres; no es tal su designio. Mas tampoco tienen por único fin el de reformarlas; eso sería una mala política. He aquí su pensamiento. Tienen tan buena opinión de sí mismos, que creen ser útil y aun necesario para el bien de la religión que su crédito se extienda por todas partes y que ellos gobiernen todas las conciencias. Y porque las máximas evangélicas y severas son propias para gobernar a cierto linaje de personas, se sirven de aquéllas cuando les viene bien. Pero como esas máximas no se acomodan a la mayoría de los hombres, las abandonan en atención a éstos, a fin de tener modo de satisfacer a todo el mundo. Por esta razón, tratando con personas de toda condición y de naciones tan diferentes, es necesario que tengan casuistas apropiados para toda esa diversidad. De este principio deduciréis fácilmente que, si ellos no tuvieran sino casuistas relajados, arruinarían su principal intento, que es abrazar a todo el mundo, porque los que son verdaderamente piadosos buscan una conducta más severa… Con este proceder cortés y acomodaticio, según lo llama el P. Pétau, tienden el brazo a todo el mundo. Porque, si se presenta a ellos alguien que está resuelto a devolver los bienes mal adquiridos, no temáis que se lo desaconsejen; al contrario, le alabarán y confirmarán tan santa resolución. Pero que venga otro que desea recibir la absolución sin restituir; la cosa sería difícil si no dispusiesen de medios de los que ellos salen garantes».
La conciencia de Pascal se tranquiliza con esta burda explicación y a renglón seguido se atreve a lanzar calumniosas acusaciones contra los lejanos y heroicos misioneros de China y del Malabar, como si tratasen de falsificar el Evangelio y callar el escándalo de la cruz al adoptar las costumbres nacionales en lo que no tenían nada de supersticioso.
De unos cuantos moralistas que el rigorismo jansenista tiene por laxos, deduce Pascal —sin preocuparse de estudiar las Constituciones y la historia de la Orden— que el fin de la Compañía de Jesús no es sino la ambición mundana.
A continuación hace exponer a su interlocutor jesuita la doctrina del probabilismo con bastante inexactitud, para poder acusar a los probabilistas de fautores del laxismo, confundiendo torpemente ambos términos, y por fin se burla y mofa de los casuistas, es decir, de casi todos los modernos moralistas, entre cuyos nombres —curiosa letanía casi rimada— figuran también autores benedictinos, dominicos, franciscanos y del clero secular.
«El estudio de los Santos Padres —habla el jesuita interlocutor de Pascal— lo dejamos para los que se dedican a la teología positiva; pero nosotros, que gobernamos las conciencias, los leemos poco y no citamos en nuestros escritos más que a los nuevos casuistas. Consultad a Diana, que escribió furiosamente; en el principio de sus libros pone la lista de los autores por él aducidos. Llegan a 296, de los cuales el más antiguo es de hace ochenta años.
— ¿De modo —le dije yo— que esto vino al mundo después de vuestra Compañía?
—Alrededor de ese tiempo —me respondió.
—Es decir, Padre mío, que a vuestra venida desaparecieron San Agustín, San Crisóstomo, San Ambrosio, San Jerónimo y demás, para lo tocante a la moral. Quisiera a lo menos saber los nombres de los que les han sucedido. ¿Quiénes son esos nuevos autores?
—Son gente muy hábil y muy célebre —me dijo—. Son Villalobos, Conink, Llamas, Achokier, Dealkozer, Dellacruz, Vera-Cruz, UgoLin, Tambourin, Fernández, Martínez, Suárez, Henríquez, Vásquez, López, Gómez, Sánchez, De Vechis, De Grassis, De Grassalis, De l’itigianis, De Graephaeis, Squilanti, Bizozeri, Barcola, De Bobadilla, Simancha, Pérez de Lara, Aldretta, Lorca, De Scarcia, Quaranta, Scophra, Pedrezza, Cabrezza, Bisbe, Dias, De Clavassio, Villagut, Adam à Manden, Iribarne, Binsfeld, Volfangi à Vorberg, Vosthery Strevesdorf.
—¡Oh Padre mío! —le dije yo, asustadísimo—, toda esa gente, ¿eran cristianos?
—¡Cómo cristianos! ¿No os acabo de decir que por estos solos gobernamos hoy la cristiandad?
—Esto me dio compasión, pero no hice señal alguna, y solamente le pregunté si todos estos autores eran jesuítas.
—No —dijo él—, pero no importa; no han dejado de decir buenas cosas».
5. El milagro de la santa espina. Continúan las «Provinciales». Circulaba de mano en mano la quinta provincial, cuando de pronto corrió la voz de que el cielo se ponía de parte de los jansenistas.
El viernes de la tercera semana de cuaresma (24 de marzo), en que la Iglesia canta en el Introito de la misa las palabras del salmo 75: Fac mecum signum in bonum, ocurrió en Port-Royal de París un ruidoso acontecimiento con apariencias de sobrenatural: «el milagro de la santa espina».
Veneraban las monjas de aquel monasterio desde hacía poco una espina de la corona del Salvador. Aquel día se expuso al público, y después de vísperas y de recitar unas preces a la Santa Corona de espinas, fue desfilando la comunidad para besar la preciosa reliquia. Al tocarle la vez a una sobrinita de Pascal y ahijada suya en el bautismo, Margarita Périer, de diez años, que padecía una úlcera lagrimal, indicóle su maestra que se tocase el ojo con la santa reliquia. La niña así lo hizo, y cuenta la M. Angélica que en el mismo instante el ojo enfermo quedó curado, aunque nadie se dio cuenta de ello. Cuando después de la ceremonia se retiraban las pensionistas, exclamó la niña: «Hermana, yo creo que ya no tengo el mal». Efectivamente, el ojo estaba sano.
Cirujanos y médicos aseguraron que aquella úlcera era humanamente incurable. Nadie dudó del milagro. Para Pascal y los jansenistas era evidente que Dios hacía esta señal en tales circunstancias de tiempo, de lugar y de persona, para asegurarles de la verdad de su causa.
Pascal se sintió especialmente favorecido, ya que una sobrinita suya había sido la escogida para el prodigio. Y se animó a proseguir la empresa con redoblados bríos.
La sexta provincial (De Paris, ce 10 avril 1656) desarrolla los diversos artificios de los jesuitas para eludir la autoridad del Evangelio, de los Concilios y de los Papas, v. gr., «la interpretación de los términos».
Manda Gregorio XIV que los asesinos no gocen del derecho de asilo, y comentan los jesuitas: asesino se entiende solamente aquel que mata a traición y asalariado. Manda el Evangelio dar limosna de lo superfluo, y explican ellos: superfluo no es lo que se emplea en elevar el nivel social en que uno vive.
Sigue hablando de algunas consecuencias de las doctrinas probabilistas y de su laxismo en favor de los beneficiarios, de los sacerdotes, de los religiosos y de los sirvientes. Los casuistas no pueden permitir el mal directamente —sería diabólico—, pero pueden purificar la intención, evitando así que la acción sea mala; así permiten a los beneficiarios adquirir y gozar de un beneficio simoníacamente, con tal que purifiquen la intención; y permiten a los criados cooperar en los desórdenes de sus amos, con tal que aparten la intención del fin malo y sólo cooperen materialmente, no formalmente; y a los mismos criados y sirvientes les permiten robar a sus amos con el fin de completar el salario, si lo juzgan insuficiente.
A este propósito cuenta la historieta de Juan de Alba, criado de los jesuitas, que cometió un robo en el colegio de Clermont. Los jesuitas lo denunciaron y le abrieron un proceso. El criado confesó que se había guiado por la doctrina del P. Bauny y de otros jesuitas; y el juez condenó al reo a ser azotado delante del colegio, al mismo tiempo que se hacía una hoguera con los libros de moral jesuítica.
De este modo de «dirigir la intención», según los casuistas, se trata más detenidamente en la séptima provincial (De Paris, ce 25 avril 1656 ) y también de la licencia que dan de matar a otro para defensa del honor y de los bienes. Incluso los eclesiásticos y sacerdotes, como más merecedores de respeto, pueden —según Caramuel— y aun tienen a veces la obligación de matar al que los calumnie. En consecuencia se pregunta Caramuel: ¿Pueden los jesuitas matar a los jansenistas, como a sus calumniadores? Responde que no, porque no obscurecen el brillo de la Compañía más que un búho la luz del sol. Pero Pascal, que refiere esto, no queda del todo tranquilo.
La octava provincial (De Paris, ce 28 mai 1656) se mofa de las máximas corrompidas de los casuistas respecto a los jueces, a los usureros, al contrato de retroventa, llamado mohatra; a los bancarrotistas, a las restituciones, etc.
Con este cebo se entretenía al pueblo, mientras los teólogos discutían sobre la distinción del derecho y del hecho, que pertinazmente sostenían los adheridos a la secta de Port-Royal.
LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN
HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA
Primer entrega: LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?
Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones
Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)
Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo
Quinta entrega: El semipelagianismo
Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques. San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)
Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia. Los monoteletas
Octava entrega: Segunda fase del monotelismo: 638-668
Novena entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente
Décima entrega: El error adopcionista
Undécima entrega: Gotescalco y las controversias de la predestinación
Duodécima entrega: Las controversias eucarísticas del siglo IX al XI
Decimotercera entrega: El cisma de oriente
Decimocuarta entrega: El cisma de oriente (continuación)
Decimoquinta entrega: La lucha de la Iglesia contra el error y la herejía
Decimosexta entrega: Herejía de los Cátaros o Albigenses
Decimoséptima entrega: Otros herejes
Entrega especial (1era parte): La inquisición medieval
Entrega especial (2da parte): La inquisición medieval
Vigésima entrega: La edad nueva. El Wyclefismo
Vigésimo primera entrega: El movimiento husita
Vigésimo segunda entrega: El movimiento husita (cont.)
Vigésimo tercera entrega: El pontificado romano en lucha con el conciliarismo
Vigésimo cuarta entrega: Eugenio IV y el concilio de Basilea
Vigésimo quinta entrega: La edad nueva. El concilio de Ferrara-Florencia
Vigésimo sexta entrega: Desde el levantamiento de Lutero a la paz de Westfalia (1517-1648). Rebelión protestante y reforma católica
Vigésimo séptima entrega: Primer desarrollo del luteranismo. Procso y condenación de Lutero
Vigésimo octava entrega: Desarrollo ulterior del movimiento luterano hasta la confesión de Augsburgo (1530)
Vigésimo novena entrega: El luteranismo en pleno desarrollo hasta la paz de Ausgburgo
Trigésima entrega: Causas del triunfo del protestantismo
Trigésimoprimera entrega: Calvino. La iglesia reformada
Trigésimosegunda entrega: El cisma de Inglaterra. El anglicanismo
Trigésimotercera entrega: El cisma de Inglaterra. El anglicanismo (cont,)
Trigésimocuarta entrega: Movimientos heterodoxos y controversias. Los disidentes
Trigésimoquinta entrega: Las sectas sismáticas orientales
Trigésimosexta entrega: La iglesia y el absolutismo regio
Trigésimo séptima entrega: España y Portugal. El regalismo
Trigésimo octava entrega: El imperio alemán. Febronianismo y Josefinismo
Trigésimo novena entrega: La Iglesia y los disidentes
Cuadragésima entrega: El jansenismo
Cuadragésima primer entrega: El jansenismo, continuación.
Cuadragésima segunda entrega: En plena lucha jansenista
Cuadragésima tercera entrega: Aspecto moral del jansenismo

