ARMADURA DE DIOS
CONTRA EL ESPÍRITU DE PUSILANIMIDAD Y DESCONFIANZA
Y CONTRA EL TEMOR EXCESIVO.
Traducida del francés en 1856. Autor desconocido (Rogad por su alma).
“No hay ningún cristiano tan desesperado que rehúse el amar a Dios, si pudiere persuadirse que Dios le ama, y que le ama tanto, que quiere llegar a hacerlo eternamente participante del trono y reino de su Unigénito Hijo”.
Durante el mes de mayo, dedicado a la Esperanza Cristiana, les entregaremos un capítulo cada día. Finalizaremos el 31 de mayo, Fiesta de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, Esperanza de los Desesperados, con una consagración a Ella.
Día 15
ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS
Dios omnipotente, ante cuya soberana presencia dedicamos a María este Mes bajo el excelso título de Nuestra Señora del Sagrado Corazón Esperanza de los Desesperados, derramad sobre nuestras almas vuestras más abundantes misericordias y abrasadlas en el fuego santo de la caridad, para que nuestra devoción a la Purísima Madre del Verbo hecho carne, al paso que redunde en obsequio de Aquella que es Todopoderosa en sus súplicas al Corazón de Jesús, nos alcance su maternal protección, y sea poderoso auxilio que nos conserve en el camino del bien en esta vida, fuerte escudo que nos defienda contra los ataques de los enemigos de nuestra salvación y segura esperanza de la gloria que nos está prometida. Amén.
II
Unión y dependencia de la fe, de la esperanza y de la caridad.
1-Hay una trabazón y dependencia esencial entre estas tres virtudes teologales o divinas. La fe sirve de fundamento a la esperanza, y las dos a la caridad. Como no hay esperanza sin fe, tampoco hay amor de Dios sin esperanza, como ya lo hemos manifestado. La fe, que es la raíz de la virtud y de la justicia cristiana, se nos ha dado para ser el fundamento de las cosas que se deben esperar[1], y hacérnosla como presentes y visibles. Para acercarse a Dios, esto es, un ser soberanamente perfecto, y por consiguiente soberanamente amable; sino que también es preciso creer, que recompensara a los que le buscan[2], le desean y le aman; y que después de haber ejercitado y probado su fe, su esperanza y su amor con los males y tentaciones de esta vida, que dura solo algunos instantes, recibirán de su bondad y de su justicia la corona de la vida que les ha prometido. Esto es por lo que Dios no se avergüenza de ser llamad su Dios, porque les ha preparado una ciudad[3].
2-Estas últimas palabras merecen particular atención. Dios, según discurre el Apóstol, se avergonzaría de llamarse su Dios, si no les recompensara como Dios, si no les hubiera preparado una ciudad celestial, una felicidad verdaderamente digna de su bondad y magnificencia, un reino eterno, en cuya comparación todos los imperios de este mundo no son más que granos de arena. Por esto Dios, llamándoos al Cristianismo, os ha dado el espíritu de sabiduría y de revelación y ojos iluminados de vuestro corazón, para que conozcáis y comprendáis cual es la esperanza que os ha llamado, y cuales las riquezas y la gloria de la herencia que os destina[4].
3-Se ha de poner, pues, cuidado en no separar lo que Dios ha unido, esto es, la fe, la esperanza y la caridad. Es preciso creer no solo los misterios de la Religión, y todo lo que Dios ha hecho por la salvación de los hombres, porque esta fe podría estar destituida de confianza y de amor. Debemos más de esto, como dice el apóstol S. Juan conocer y creer el amor que Dios nos tiene[5]. Debemos creer con una viva y fuerte confianza, que nos ha amado con un amor eterno nos ha atraído a si por un efecto de su bondad y misericordia[6]; y que por la gracia de nuestra vocación (gracia que no ha hecho a tantos millares de pueblos enteros), nos ha arrancado del poder de las tinieblas, y nos ha hecho pasar al reino de su Hijo muy amado[7]; que nos ha hechos sus hijos, miembros de este Hijo amado, y de la iglesia su esposa: se ha hecho nuestro Padre, y somos hijos suyos; nos ama con aquel mismo amor con que ama a su Hijo Unigénito, como que somos parte de este Hijo y de su cuerpo místico, y como que debemos ser por toda la eternidad los coherederos de su gloria; que para merecernos esta gloria ha enviado a su Hijo Unigénito al mundo, revestido de todas nuestras miserias, excepto el pecado; y que por un exceso de amor, que será siempre la admiración de todos los espíritus celestiales, sacrifico en medio de los mayores tormentos y de las más grandes ignominias la vida de este Hijo, de la cual un solo instante era más precioso que la vida natural de todos los hombres; que le ha hecho llevar en lugar de nosotros todo el peso de su justicia; que en el cielo mismo, en donde le ha hecho sentar a su derecha, le ha establecido Mediador nuestro, nuestro Pontífice, nuestra víctima y nuestro Abogado, para que en todo tiempo y en todas nuestras necesidades tuviésemos franca entrada cerca del trono de su gracia ¿Puede un cristiano estar persuadido de estas verdades, sin sentirse todo penetrado de afectos de confianza y amor? ¿Y no deberá mirarse como un monstruo de ingratitud y de malicia, si no tuviese confianza y amor para con un Dios que le ha dado testimonio de bondad, que sobrepujan infinitamente toda la inteligencia humana y angélica?
4-Tanta como esta es la unión y concatenación de la fe, de la esperanza y de la caridad, que nacen la una de la otra. Así como es la vida civil y natural, que es una imagen de la vida espiritual. Un hombre empieza creyendo con fe humana, dice S. Agustín que tal persona es su padre. Después si aquello que sabe ser su padre, es un hombre muy rico y de gran calidad, espera y aguarda de él todo género de ventajas según el mundo: y después de esto sería tenido por un ingrato y un malvado, si no amase a un padre de quien tanto ha recibido, y de quien todo lo espera. Si este hijo no descansase en la atención y bondad de tal padre para todas sus necesidades temporales; si al contrario viviese con perpetuas inquietudes de todo lo que necesitase, y aun de su mismo acomodo ¿Quién diría que este hijo obrara como hijo de tal padre? ¿Quién podría juzgar que semejante hijo estaba muy persuadido que tenía la felicidad de disfrutar de tal padre, pues se portaba con él como si fuera algún extraño, o a lo más como haría un esclavo con su amo? ¿Pues, como un cristiano puede lisonjearse que obra como hijo de Dios, si no descansa enteramente en la atención y ternura de un tal padre? ¿Si no se alivia del cuidado de sí mismo, fiándose de su bondad, esperando que le conservara, y hará que crezca en él su gracia, por aquella misma misericordia por la cual le plugo dársela, poniéndole por el Sacramento de la regeneración y de la adopción divina en cualidad del hijo suyo? Es propiedad de la confianza cristiana hacer que el hombre obre como verdadero hijo de Dios; y es difícil comprender, que un cristiano que no obra con este espíritu, y que al contrario vive agitado, espantado, inquieto, y continuamente desconfiado de la bondad de Dios, esté sinceramente persuadido, que tiene la dicha de reconocer a Dios por Padre, que está en su casa, que es su iglesia, no como un extraño o como un esclavo, sino como uno de sus hijos.
[1] Hebr., XI, ¡.
[2] Ibid., 6
[3] Ibid., 16.
[4] Ephes., I, 17-18
[5] Joann., IV, 16
[6] Jerem., XXXI, 3
[7] Coloss., I, 13.
ORACIÓN FINAL
ACORDAOS A NUESTRA SEÑORA DEL SAGRADO CORAZÓN
ACORDAOS, ¡oh Señora Nuestra del Sagrado Corazón!, del inefable poder que vuestro Hijo divino os ha dado sobre su Corazón adorable. Llenos de confianza en vuestros merecimientos, acudimos a implorar vuestra protección. ¡Oh celeste Tesorera del Corazón de Jesús, de ese Corazón que es el manantial inagotable de todas las gracias, y el que podéis abrir a vuestro gusto para derramar sobre los hombres todos los tesoros de amor y de misericordia, de luz y de salvación que encierra! Concedednos, os lo suplicamos, los favores que solicitamos.
No, no podemos ser desairados, y puesto que sois nuestra Madre, ¡oh Señora Nuestra del Sagrado Corazón!, acoged favorablemente nuestros ruegos y dignaos atenderlos. ¡Amén!
¡Nuestra Señora del Sagrado Corazón, abogada de las causas difíciles y desesperadas, rogad por nosotros! (3 veces)

