SAN BONIFACIO

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

San Bonifacio de Tarso, mártir.

 

zbonifacio

 

En tiempo de los emperadores Diocleciano y Maximiano Hercúleo, hubo en Roma una señora llamada Aglaes, muy noble, rica y hermosa, y emparentada con lo mas ilustre y principal de aquella ciudad : la cual como mujer y moza, usando mal de los dones de Dios, era mas desenvuelta y liviana de lo que a su persona y estado convenía.

Tenia entre otros criados a un ciudadano romano, por nombre Bonifacio, procurador
de sus negocios y hacienda. Aficionesele Aglaes por su gentil disposición, discreción y buena gracia; y como suelen semejantes aficiones comenzar por poco, crecer y acabar en mucho, vino a parar el amor en demasiada familiaridad y torpe amistad, con grande infamia de Aglaes y sentimiento de sus deudos, y escándalo del pueblo.

Bonifacio con el favor y regalos de su señora soltó la rienda a los vicios; y puesto caso que se daba a los gustos y entretenimientos, no dejaba por eso de hacer algunas buenas obras. Era liberal, dadivoso y limosnero: hacia el bien que podía a los pobres: enternecíase cuando veía algún afligido, y de la manera que podía le procuraba remediar.

Duro aquel ruin trato y conversación algunos años, hasta que el Señor, apiadándose de la mujer flaca y del nombre miserable, y usando con ellos de su acostumbrada e inmensa misericordia por algunas obras que hacían, les trocó el corazón para que viesen el abismo de miserias en que estaban, la brevedad dela vida, las penas del infierno sin fin, la fama perdida y el escándalo de toda la ciudad, y la propia conciencia que como cruel verdugo los atormentaba.

Con este rayo de luz que entro en ellos, se vieron y conocieron y lloraron, y determinaron volverse a Dios: pero porque sabían que le tenía muy ofendido y enojado con sus graves pecados, parecioles buscar algunos intercesores y medianeros , para alcanzar del Señor por los merecimientos de ellos, lo que alcanzar de sí desconfiaban.

Duraba todavía la persecución horrible que los emperadores Diocleciano y Maximiano habían movido contra la Iglesia, especialmente en Oriente, donde ya Galerio Maximiano imperaba, hombre fiero y bárbaro y enemigo de cristianos: porque aunque los emperadores ya dichos habían dejado el imperio, todavía sus crueles leyes se guardaban; aunque en Occidente donde Constancio Cloro, padre del gran Constantino, gobernaba, había mas quietud por la grande humildad de Constancio, que era enemigo de derramar sangre y aficionado a los cristianos. Determinaron, pues, Aglaes y Bonifacio buscar algunos cuerpos de santos mártires y honrarlos y reverenciarlos, para que por este servicio fuesen sus abogados delante del acatamiento del Señor, y alcanzasen de él perdón de sus pecados.

Supieron que en la provincia de Cilicia había un presidente llamado Simpliciano, que era tan avaro como cruel, y que hacia carnicería de los santos mártires, matando innumerables de ellos con exquisitos y atroces tormentos, y después vendiendo sus cuerpos a los cristianos que los compraban con singular devoción, y los tenían y guardaban como un preciosísimo tesoro.

Pareciole bien que Bonifacio fuese a aquella provincia, donde hallaría fácilmente y sin peligro lo que tanto deseaban. Dió Aglaes a Bonifacio gran suma de oro para el gasto del camino para dar a pobres, y para comprar al codicioso tirano algunos cuerpos de los gloriosos mártires y volver con ellos a Roma. Diole caballos y criados que le acompañasen, y lienzos regalados, ungüentos preciosos, perfumes y cosas olorosas en que envolviesen las reliquias de los santos mártires. Al partir, o por burla o inspirado de Dios, dijo Bonifacio a Aglaes : ¿Qué seria, señora, si yo no os trajese cuerpos de mártires, y otros os trajesen mi cuerpo? ¿Recibiríadesle por reliquia? Y ella respondió: No es este tiempo de gracias ni de burlas, o Bonifacio; acuérdate que no somos dignos de tocar, ni aun de mirar las reliquias de los santos mártires. Vive de manera que merezcas alcanzar lo que yo tanto te encomiendo y deseo.

Con esto se partió de Roma Bonifacio para esta piadosa jornada, y fue tan acepto al Señor este deseo de honrar y buscar a los santos mártires, que le comenzó a abrir mas los ojos, para que se aborreciese y conociese por indigno de traer y tocar las reliquias de los mártires, y a disponerse con limosnas, ayunos y penitencias que hizo por todo el camino, para que nuestro Señor le hiciese la merced que después le hizo. Llego a Tarso, ciudad principal de Cilicia, en donde estaba el presidente Simpliciano ejecutando su maldad en los cristianos, y luego Bonifacio ordeno a los que iban con él, que buscasen posada acomodada para todos, porque entretanto quería dar una vuelta por toda la ciudad. Iba ya tan encendido y deseoso del martirio, que se fue derecho a la plaza donde los santos mártires eran atormentados, y al punto que llego, hallo que veinte de ellos estaban puestos a cuestión de tormento, cada uno de su forma y manera, y todos atrocisimamente despedazados. Puso luego los ojos donde tenia el corazón, y viendo la paciencia, fortaleza y constancia de los santos mártires, enterneciose sobremanera, e inflamose mas en el amor del Señor; y corriendo a ellos se echo a sus pies, besando sus llagas y lavándolas con sus lágrimas, y ungiendo sus ojos con la sangre de ellos, comenzó a voces a decirles: O bienaventurados mártires, o amigos de Dios, tened fuerte: resistid con ánimo esforzado a estos dolores; pues son tan breves, y por ellos se os ha de dar gozo y alegría sempiterna. Vio esto el impío juez Simpliciano: mandole prender y traer delante de sí. Pregúntale quién es y como se llama; y oyendo decir que era cristiano, le hizo atormentar y abrir su cuerpo con uñas de hierro, hasta que descubriesen los huesos: y no contento con este tormento, le hizo hincar cañas muy agudas por entre las uñas de los dedos y la carne, y como viese que el santo mártir estaba muy alegre y con los ojos puestos en el cielo, y con la lengua alabando al Señor por la merced que le hacia, mando echarle en la boca plomo derretido.

Entonces Bonifacio suplico con grande afecto al Señor, que le diese esfuerzo y constancia; y rogó a los otros veinte mártires que allí estaban atormentados, que le ayudasen con sus oraciones, para que por medio de ellas alcanzase de Dios lo que él por sus grandes pecados no merecía. Hicieron los santos la oración que Bonifacio les pidió, y él sufrió aquel tormento con un semblante del cielo; y todo el pueblo que estaba presente se conmovió en favor del mártir contra el tirano, y comenzó a decir a gritos: «Grande
es el Dios de los cristianos: gran Rey eres, o Cristo; todos creemos en ti :» y diciendo esto, derribaron un altar que estaba allí puesto, para que los cristianos que se arrepintiesen, pudiesen sacrificar a los dioses, y comenzaron a tirar piedras al presidente, el cual temiendo que no le matasen se retiro y escondió por entonces en su casa.

Pero no por eso se enmendó y aplaco, antes al día siguiente mando echar a Bonifacio de cabeza en una caldera grande llena de pez derretida y ardiente: mas el Señor envió un ángel que le amparo, para que saliese de ella sin lesión alguna, quemando la llama a muchos de los circunstantes infieles. Finalmente le mando cortar la cabeza ; y así se hizo, pidiendo el santo un poco de tiempo para hacer primero oración, y suplicar a nuestro Señor que no mirase a sus pecados pasados, sino a la voluntad presente que él mismo le daba para morir en su fe, y le contase en el número de los bienaventurados mártires y alumbrase a toda aquella gentilidad, y la librase de su ceguedad y tinieblas.

Acabada la oración fué degollado, y su espíritu voló al cielo, y quinientos y cincuenta de los gentiles que allí estaban se convirtieron a la fe de Jesucristo, como Bonifacio se lo había suplicado.

Los compañeros del santo mártir no sabían lo que pasaba, sospechando que como hombre liviano y lascivo se entretenía con alguna mujer deshonesta o comiendo y bebiendo, y así lo dijeron y murmuraron entre si: porque los hombres somos mas inclinados a creer lo malo que lo bueno, aun cuando la vida pasada y las acciones de nuestros prójimos no nos dan ocasión para ello.

Salieron a buscarle, y no hallando rastro de él, encontraron con un ministro de justicia; y preguntándole si por ventura había visto un extranjero romano que el día antes había llegado a aquella ciudad, él les dijo que el mismo día había muerto por justicia un cristiano que parecía forastero; que no sabía si era él el que buscaban. No (dijeron ellos), no es de esos: mas presto le hallaremos entretenido con una mujercilla o en otros deleites de su gusto, que no muriendo por Cristo. Pero como por las señas que les dieron, entendieron que podía ser él, fueron a la plaza, donde todavía estaba su cuerpo apartado de su cabeza: viéndolo, conocieron que era el mismo que buscaban, y mucho mas se certificaron cuando vieron su cabeza, la cual tomaron y la juntaron con el cuerpo derramando muchas lágrimas, y pidiendo perdón al santo por el mal juicio que habían tenido de él ; y el santo mártir abrió los ojos y los miró amorosamente con rostro alegre aunque difunto, como quien les perdonaba lo que contra él habían pensado y dicho; que esta es la costumbre de los santos, perdonar fácilmente las injurias y mostrarse blandos y benignos aun con sus enemigos. Pareció a los compañeros de Bonifacio que habiendo venido a buscar reliquias de mártires, no podían llevar otras mas ciertas ni que mas agradasen a Aglaes que las del mismo Bonifacio: pidieron su cuerpo y compráronle por quinientos sueldos, porque de otra manera no se lo quisieron dar; y envolviéndole en aquellos lienzos y ungüentos olorosos que traían, le llevaron a Roma, en donde Aglaes ya por revelación del cielo sabia lo que pasaba, y un ángel del Señor le había avisado que recibiese a Bonifacio, no como a criado, sino como a su Señor, porque era mártir de Cristo, y por él le haria Dios a ella grandes mercedes; y así le salio a recibir con grandísima solemnidad y acompañamiento del clero, y le edifico un templo, en que el santo mártir fue colocado, y Dios hizo grandes milagros por él.

Aglaes por su intercesión vino a ser gran santa, y a dar libelo de repudio a todas las cosas del mundo. Repartió sus riquezas a los pobres, dio libertad a sus esclavos, encerrose en un monasterio, dándose a la oración y macerando su carne con ayunos y penitencias; y en esta vida persevero quince años y acabo santamente, y fue sepultada junto a san Bonifacio: para que no nos admiremos de las misericordias del Señor, que saca tan grandes bienes de nuestros males, y de pecadores hace santos, y convierte los lobos en ovejas, y los vasos inmundos y de corrupción en vasos de gloria preciosísimos. Mas lo es dejar la rienda a nuestro apetito, y olvidarnos de Dios, confiando presuntuosamente en su misericordia, y tomando ocasión de la que él hizo a Bonifacio y a Aglaes con tan largas manos, pues vemos que comunmente a la mala vida se sigue mala muerte; pero el que hubiere caído no desespere: ejercítese siempre en obras de piedad como hizo Bonifacio: tome los santos como intercesores delante del Señor, dese a penitencia, llore sus pecados, y haga lo que estos dos santos hicieron; que así podrá esperar la gracia que ellos alcanzaron del Señor.

El martirio de san Bonifacio fue a los 14 de mayo del año de nuestra salud de 305, imperando los emperadores que habemos dicho, Constancio, Cloro y Galerio Maximiano, en el segundo año del pontificado de san Marcelo, papa.

La iglesia de San Bonifacio es principal en Roma, y en ella estuvo sepultado san Alejandro, y fue una de las veinte y dos abadías que había en aquella santa ciudad, como se saca del antiguo Ceremonial romano.

De san Bonifacio, a mas de Metafraste que escribió su vida, hacen mención los Martirologios romano, de Usuardo y Aden, y el padre Fr. Lorenzo Surio en el tercer tomo de las vidas de los santos.

 

LEYENDA DE ORO

DR. A. PALAU

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