TRATADO DE LA ESPERANZA CRISTIANA

ARMADURA DE DIOS

CONTRA EL ESPÍRITU DE PUSILANIMIDAD Y DESCONFIANZA

Y CONTRA EL TEMOR EXCESIVO.

Traducida del francés en 1856. Autor desconocido (Rogad por su alma).

 

 “No hay ningún cristiano tan desesperado que rehúse el amar a Dios, si pudiere persuadirse que Dios le ama, y que le ama tanto, que quiere llegar a hacerlo eternamente participante del trono y reino de su Unigénito Hijo”.

Durante el mes de mayo, dedicado a la Esperanza Cristiana, les entregaremos un capítulo cada día. Finalizaremos el 31 de mayo, Fiesta de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, Esperanza de los Desesperados, con una consagración a Ella.

Día 13

ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS

Dios omnipotente, ante cuya soberana presencia dedicamos a María este Mes bajo el excelso título de Nuestra Señora del Sagrado Corazón Esperanza de los Desesperados, derramad sobre nuestras almas vuestras más abundantes misericordias y abrasadlas en el fuego santo de la caridad, para que nuestra devoción a la Purísima Madre del Verbo hecho carne, al paso que redunde en obsequio de Aquella que es Todopoderosa en sus súplicas al Corazón de Jesús, nos alcance su maternal protección, y sea poderoso auxilio que nos conserve en el camino del bien en esta vida, fuerte escudo que nos defienda contra los ataques de los enemigos de nuestra salvación y segura esperanza de la gloria que nos está prometida. Amén.

XIII

Las almas piadosas no deben dejarse llevar a la turbación y desconfianza, aunque no experimenten en sí esta paz y este gozo.

1-Aunque este gozo y esta paz en el Espíritu Santo esté tan unido con la justicia cristiana, es preciso, no obstante, que los que viven piadosamente no se dejen abatir y desanimar con el pretexto de que no sienten en sí esta paz y este gozo, y al contrario se ven muchas veces turbados y agitados; ni por esto se han de persuadir que no participan dé la justicia cristiana. En aquel pasmoso sermón después de la cena, en que Jesucristo recomendó repetidas veces el gozo y la paz como los legados más preciosos que quería dejar a todos sus verdaderos discípulos, hallamos con qué consolar y asegurar a las personas piadosas de quienes vamos hablando. Jesucristo tuvo cuidado de decir expresamente: Vuestro corazón no se turbe[1],

Y aun cuidó de repetirlo segunda vez: vuestro corazón no se turbe, y no se deje abatir del temor[2]. No prohíbe pues Jesucristo sino aquella turbación del corazón que proviene de la poca confianza en su poder y en su bondad así no prohíbe aquella turbación ni espantos de los sentidos ni de la imaginación, de los cuales el alma no siempre es dueña; porque mientras la parte inferior del alma está agitada, la superior puede y debe conservarse en paz.

2-Jesucristo mismo por una espantosa humillación, que era tanto más digna de su amor infinito, cuando aparecía más indigna de su majestad, ha querido experimentar en si el tedio, la tristeza y el temor, hasta caer en una agonía, que por un prodigio inaudito salió de todas las partes de su cuerpo un sudor de sangre, que corría hasta la tierra, y al mismo tiempo que en la cruz sacrifica su vida por la gloria de su Padre, se queja de que su Padre le abandona, haciéndole llevar a su alma santísima todo el peso de su justicia y santidad, sepultándola en un mar de dolores y amarguras y de desolación , privándola de todo gusto, de todo gozo, de todo consuelo, sino del de obedecer a costa de todo a la voluntad de su Padre. Hasta esto le abatió su caridad infinita, para asegurar y consolar a los más débiles miembros de su cuerpo místico en los disgustos, temores, tristezas, privación de todo gozo y consuelo sensible que pudiesen experimentar en el curso de la vida cristiana; enseñando con esto, así a los más perfectos, como a los flacos, que todo lo deben sacrificar a Dios, tenerse por dichosos de obedecerle, y sufrir por su amor la privación de todo consuelo y de todo gozo; sino del de hacer su santísima voluntad, cueste lo que costare.

3-Mientras la parte inferior de nuestra alma esta atediada, tímida y triste, puede haber en la parte superior de ella cierto gozo y cierta paz; y ser muy verdaderos este gozo y esta paz, aunque no se sientan a causa del temor y tristeza que ocupan la imaginación y los sentidos; porque escrito está: Que el justo vive por lo fe[3], pero no por lo que siente. Cuando los ministros de la iglesia bautizan, absuelven, ó consagran el Cuerpo de Jesucristo, no sienten estos ministros en sí mismos aquel divino poder con que ponen presente en los altares a Jesucristo, sacan (por decirlo así) las almas del infierno, y les abren las puertas del cielo con la remisión de los pecados que comunican los Sacramentos del Bautismo y Penitencia: ni tampoco los que reciben estos Sacramentos sienten en sí mismos estos admirables efectos; y no obstante, ni los unos ni los otros lo dudan ¿Por qué? porque unos y otros juzgan por la fe, no por lo que sienten. Pues del mismo modo se ha de juzgar de aquella paz y de aquel gozo que Dios nos recomienda tan fuertemente en las Escrituras del Nuevo y antiguo Testamento, no gobernándonos por lo que sentimos, sino por los principios de la fe que profesamos. Es verdad que esta paz y este gozo es algunas veces sensible: quiere decir, se experimenta una cierta dulzura una suave afección, cierto gusto, que Dios da muchas veces al principio de la conversión más que en lo sucesivo. Entonces debe recibirse esta gracia con humildad; pero sin apegarse demasiado a ella: porque acostumbra el Señor retirarla cuando las almas se hallan fortificadas y arraigadas en las virtudes cristianas. Les conviene mucho que este gozo sensible no dure siempre; y que en su lugar sustituya, como lo hace, un gozo puramente espiritual: un gozo que, a pesar de la turbación misma de los sentidos y de la parte inferior del alma, se mantenga oculto en lo íntimo del corazón y de la voluntad. Y este gozo no es otra cosa sino un cierto vigor, una cierta fortaleza toda interior y espiritual, que sostiene al alma contra las tentaciones; que la hace cumplir todas sus obligaciones, por lo menos en las cosas esenciales; que la tiene sumisa a Dios y a su santa voluntad, aun en medio de las mayores agitaciones; que la hace superior a todos los falsos gozos y mortales dulzuras del pecado; y la hace preferir el placer y la felicidad de vivir en castidad, en humildad, en caridad, en templanza, y en las otras virtudes cristianas, a aquel gusto que podría buscar (como lo hacen otros) en los delitos opuestos a estas virtudes.

4-Esta paz y este gozo es inseparable a la justicia cristiana, y siempre permanece en lo íntimo del corazón de todos los justos aunque muchas veces la turbación amor que se elevan en la parte inferior, lo inclinen a creer que no la tienen. Así lo asegura San Bernardo, y consuela estas almas piadosas diciendo[4]: « Hay muchos que se quejan de que raras veces experimentan esa afección sensible, y este placer más dulce que la mas excelente miel, como dice la Escritura. Estos no consideran, que proviene de que Dios los ejercita en la tentación y en los combates, mientras dura esto; y que manifiestan mucha más firmeza y valor cuando así se abrazan con las virtudes, no por gusto que en ellas se encuentra, sino por ellas mismas, con solo el deseo de agrada a Dios, practicándolas con una entera aplicación aunque no con una entera satisfacción. Y lo indubitable, que el que obra de este mal obedece perfectamente a aquel consejo saludable del Profeta: Regocijaos en el Señor porque no habla el Profeta tanto del gozo sensible que nace de la afección, cuanto del gozo efectivo que produce la acción: porque aquella afección propiamente pertenece a la bienaventuranza que esperamos en el cielo; y la acción es propia de la virtud que debemos practicar en esta vida.»

5-En este sentido se cumplen en todos los verdaderos cristianos aquellas palabras tan notables de S. Pablo: Haced reinar y triunfar en vuestros corazones la paz de Jesucristo, a la cual habéis sido llamados[5]. Estos encuentran la paz de Jesucristo en las turbaciones, en las contradicciones, en los males, en las adversidades, en la vida y en la muerte: porque en todo esto encuentran la voluntad de Dios, y ponen su descanso en la sumisión a esta divina voluntad. Aun encuentran esta paz de Jesucristo en sus miserias y enfermedades espirituales, en la guerra y contradicción de sus pasiones, en la agitación de sus pensamientos, en la turbación y espanto de su entendimiento, de su imaginación y de sus sentidos, y hasta en sus mismos defectos o faltas, como se explicará en su lugar con extensión. Ellos remedian cuanto pueden todos sus deslices voluntarios; se humillan por sus defectos y flaquezas, aunque involuntarias, por la agitación de sus pasiones, y por los pensamientos que no pueden impedir. Porque la voluntad de Dios es que se humillen y giman por estas; pero las sufren con una humilde paciencia, y sin perder la paz del corazón: y pues Dios quiere que vivan en este mundo con estas contradicciones, se someten humildemente a sus órdenes, esperando en su bondad una perfecta curación, cuando quiera hacerlo. Así la paz de Jesucristo reina siempre con superioridad en el corazón, y se hace vencedora de la turbación. Hablaremos pues otras veces más de una materia que es tan importante en la vida espiritual.

[1] I Joann., XIV, 1

[2] Ibid., 27

[3] Rom., I, 17; Gal., III, 11, y Hebr. X, 38

[4] S. Bern. Serm. 5 in Quadrag. N° 7

[5] Coloss., III, 5.

ORACIÓN FINAL

ACORDAOS A NUESTRA SEÑORA DEL SAGRADO CORAZÓN

ACORDAOS, ¡oh Señora Nuestra del Sagrado Corazón!, del inefable poder que vuestro Hijo divino os ha dado sobre su Corazón adorable. Llenos de confianza en vuestros merecimientos, acudimos a implorar vuestra protección. ¡Oh celeste Tesorera del Corazón de Jesús, de ese Corazón que es el manantial inagotable de todas las gracias, y el que podéis abrir a vuestro gusto para derramar sobre los hombres todos los tesoros de amor y de misericordia, de luz y de salvación que encierra! Concedednos, os lo suplicamos, los favores que solicitamos.

No, no podemos ser desairados, y puesto que sois nuestra Madre, ¡oh Señora Nuestra del Sagrado Corazón!, acoged favorablemente nuestros ruegos y dignaos atenderlos. ¡Amén!

¡Nuestra Señora del Sagrado Corazón, abogada de las causas difíciles y desesperadas, rogad por nosotros! (3 veces)