DOMINGO INFRAOCTAVA DE LA ASCENSIÓN
Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré del Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí. Y vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio. Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas, y llegará la hora en que todo el que os mate piense que rinde servicio a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he dicho esto para que, cuando llegue dicha hora, os acordéis de que ya os lo había dicho.
El Evangelio de este Domingo es un fragmento de la parte final del Sermón de Despedida o Sermón Testamento de Cristo, pronunciado en la Última Cena.
Es muy actual este Evangelio, porque trata de la persecución, y la Iglesia ha estado siempre perseguida, conforme a la predicción de Cristo: Si a mí me persiguieron, a vosotros os perseguirán.
En estos cinco versículos, Cristo encomienda a los Apóstoles la misión de Testigos, y les promete el Espíritu Santo, que será el primer Testigo, el testigo interior que nos hace conocer la verdad de lo que Él dijo.
Y después les predice las dos formas más temibles de persecución para que no se escandalizasen ni tropezasen cuando ellas acaeciesen. Estas dos formas de la persecución son la de adentro y la de afuera.
Primero, la persecución de adentro, que consiste sobre todo en los cismas y en las herejías; y también en los falsos hermanos, de cuya persecución solapada y traidora se queja San Pablo; o sea, los católicos fingidos, que ya existían en tiempo del Apóstol.
Nuestro Señor la caracteriza y resume diciendo: seréis excomulgados… seréis echados de la Sinagoga o de la reunión de los creyentes, que equivale a nuestra «excomunión».
Después está la persecución de afuera: os matarán; y en los últimos tiempos, os matarán y creerán con eso hacer un servicio a Dios…
He aquí, según San Agustín, el sentido de estas palabras:
“Si bien los testigos, esto es, los mártires de Cristo, fueron muertos por los gentiles, no creyeron éstos, sin embargo, que ofrecían un homenaje a Dios, sino a sus dioses falsos. Pero los judíos, cuando matan a los predicadores de Cristo, creen prestar un homenaje a Dios, juzgando que los que se convierten a Cristo apostatan del Dios de Israel. Estos, pues, poseídos del fanatismo, no guiados por la sabiduría, mataban a los creyentes, pensando hacer un servicio a Dios”.
Podemos preguntarnos, ¿qué relación hay entre testigo, testimonio en las persecuciones, y martirio? En griego, testigo equivale a mártir… De allí, dar testimonio por la propia sangre… testimoniar a través del martirio…
+++
Nuestro Señor continúa: Os he dicho esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho… Por lo tanto, es deber del cristiano tener en cuenta la persecución.
Esta predicción de Cristo se cumplió de diferentes maneras a lo largo de toda la historia de la Iglesia, y se hará cada vez más solapada a medida que nos acerquemos al fin: Los mártires de los últimos tiempos, dice San Agustín, ni siquiera parecerán ser mártires… E incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios…
Por eso Jesucristo, antes de hacer el terrible anuncio, apuntala fuertemente los ánimos de los discípulos; justamente Paráclito, el nombre del Espíritu Santo, significa en griego puntal; la Vulgata traduce el Consolador.
La Iglesia siempre ha tenido persecuciones; sea declaradas, sea encubiertas, con hierro o con trampas; o bien las dos cosas; pero nunca han estado dentro mismo de la Iglesia, o bien han estado poco tiempo, hasta que la herejía descubierta era condenada y la rama seca era limpiamente serruchada del tronco vivo.
La Persecución es la ley de la Iglesia: es la carga que debemos llevar, y debemos hoy mirarla de frente.
Ella muestra que la Iglesia es una cosa sobrenatural; de otro modo no se entendería que hombres honrados, buenos y aun santos, lo mejor que hay en la Humanidad, sean odiados con tan extraña saña, a veces hasta el asesinato, a veces de adentro de la Iglesia y no solamente de afuera, como vemos en el curso de veinte siglos.
Así que hemos de mirar de frente nuestro destino: todos los que quieran ser buenos cristianos, toparán contrastes y dificultades en el mundo por el hecho de ser cristianos; porque van a contracorriente de la correntada del mundo.
De alguna manera u otra, el verdadero cristiano es resistido por el mundo.
Domingo Infraoctava de la Ascensión o Domingo de los Testigos… Domingo del testimonio por el martirio…; para lo cual es necesaria la virtud de fortaleza.
+++
¿Y nosotros? También cobran cuerpo en nuestra mente los obstáculos que en la vida nos vemos obligados a superar. Conocemos su magnitud, y apreciamos asimismo nuestra flaqueza.
Sabemos que el mundo responde a nuestra profesión de fe y entusiasmo por Cristo con sonrisas burlonas, cuando no con insultos o la más cruel persecución.
Incluso los que hasta ayer estaban con nosotros nos motejan de exaltados, exagerados.
Para luchar contra tanto enemigo y dominar en nosotros la aprensión por las burlas, la preocupación por el aislamiento y la soledad, el temor a los tormentos y hasta el terror ante la muerte, necesitamos valor de soldados, coraje de confirmados con el Santo Crisma…
¿Quién nos infundirá este valor? Precisamente, el Espíritu Santo por su don de fortaleza.
Meditemos, una vez más, sobre aquellas palabras del Padre Castellani, tan apropiadas al tema de hoy, Domingo del testimonio por el martirio.
El gran escollo del hombre ético es el dolor; no se entiende bien el dolor.
Se entiende el dolor como castigo de faltas, como estímulo para la lucha, como alimento vital de la energía; pero no se entiende el dolor sin esperanza, el dolor sin compensación, el dolor perpetuo.
El hombre ético hoy día sucumbe al dolor… Esto no lo entiende bien el hombre ético, que sucumbe a la persecución.
El hombre religioso sufre persecución; y su vida está bajo el signo del dolor; no del dolor como accidente o prueba pasajera, sino del dolor como estado permanente, estado interno, más allá de la dicha y la desdicha.
Pero, ¿por qué? Porque la vida del hombre religioso, está dominada por la Fe.
La Fe es algo así como un injerto de la Eternidad en el Tiempo; y por tanto la vida del hombre de fe tiene que ser una lucha interna continua, como la de un animal fuera de su elemento.
La Fe es creer lo que Dios ha revelado; y lo que Dios ha revelado es superior al entendimiento del hombre.
Fortaleza significa valentía y se define como “la aptitud para acometer peligros y soportar dolores”.
La falsificación liberal de la Fortaleza consiste en admirar el coraje en sí, con prescindencia de su uso, o sea, prescindiendo de la Prudencia y de la Justicia. Pero el coraje aplicado al mal no es virtud, es una calamidad, es “la palanca del Diablo”, dice Santo Tomas.
El coraje en sí puede ser una cualidad natural, una especie de furor temperamental, una ceguera para ver el peligro, o una estolidez en soportar males que no se deben soportar.
La Fortaleza no excluye el miedo, solamente lo domina; al contrario, ella está fundamentada en un miedo, en el miedo profundo del mal definitivo, de perder la propia razón de ser.
La Fortaleza se basa en que el hombre es vulnerable. La Fortaleza consiste en ser capaz de exponerse a las heridas y a la muerte (el martirio, supremo acto de la virtud de Fortaleza) antes de soportar ciertas cosas, de tragar ciertas cosas y de hacer ciertas cosas.
No existiría la Fortaleza o Valentía si no existiera el miedo; y tampoco si no existiera la vulnerabilidad… “El miedo es natural en el prudente, y el saberlo vencer es ser valiente”.
La virtud de la Valentía no supone no tener miedo; al revés, supone un supremo miedo al último y definitivo mal, y el miedo menor a los males de esta vida captados en su realidad real.
De ahí que los dos actos principales de la Fortaleza sean acometer y aguantar; y este último es el principal; dice Santo Tomás.
¿Cómo? ¿No es mejor siempre la ofensiva que la defensiva, la actividad que la pasividad? ¿Pasividad? ¡¡Bien activa es la paciencia!!
Santo Tomás tiene por más a la Paciencia que al Arrojo; pero no excluye el Arrojo cuando es posible.
En la condición actual del mundo, en que la estupidez y la maldad tienen mucha fuerza, hay muchos casos en que no hay chance de lucha; e incluso para luchar bien se, necesita como precondición, la paciencia; y a veces el sacrificio.
El acto supremo de la virtud de la Fortaleza es el martirio, pero la Iglesia ha llamado siempre al martirio «triunfo» y no derrota.
La paciencia consiste formalmente en no dejarse derrotar por las heridas, o sea, no caer en tristeza desordenada que abata el corazón y perturbe el pensamiento; hasta hacer abandonar la Prudencia, abandonar el bien o adherir al mal; y en eso se ejerce una actividad enorme.
Soportar es más fuerte que atacar.
Otra vez volvemos los ojos al error moderno y plebeyo; considerar la paciencia como la actitud lacrimosa y pasiva del “corazón destrozado”.
Al contrario, la paciencia consiste en no dejarse destrozar el corazón, no permitir al Mal invadir el interior. Por tanto en el fondo se basa en la convicción o en la fe en la última “invulnerabilidad”, en la inmunidad definitiva.
Pase lo que pase, al fin voy a vencer, cree el cristiano; y hasta el fin nadie es dichoso. Aunque sea a través de la muerte, si es inevitable.
De donde se ve que la Paciencia depende de la virtud de la Esperanza sobrenatural, lo mismo que la Fortaleza, y no del apocamiento y la debilidad.
La paciencia no consiste en el sufrir, sino en el vencer el sufrimiento. Sufrir y aguantar no es lo mismo: aguantar es activo, y es pariente de «aguardar» y «aguaitar».
+++
En cuanto a nosotros, no debemos esperar el éxito inmediato de nuestros esfuerzos y trabajos.
Lo que sembremos ahora fructificará o no… Dios no nos pide que venzamos sino que no seamos vencidos.
Lo que nos pide Nuestro Señor Jesucristo es que demos testimonio de la Verdad.
Puede ser que venga a nuestro espíritu el sentimiento de fracaso… He aquí una palabra que suena muy amarga… Pero es un error profundo.
Es porque miramos con ojos mundanos, mientras que Jesús nos enseña a juzgar con «un justo juicio», el que se aprende en el Evangelio, donde Él mismo, Maestro y Modelo, se nos presenta como signo de contradicción.
¿Y nosotros? ¿Fracasados? ¡No!, sino sometidos y con gozo a la ley que Cristo siguió y enseñó, según la cual si la semilla caída en tierra no se pudre y muere, queda sola y sin fruto.
Los aplausos no son deseables, ni aceptables, puesto que Jesús los destina para los falsos profetas.
El triunfo es siempre al final, como lo expresa el proverbio, pero mucho mejor la Sagrada Escritura: «Llorando iban cuando echaban la semilla. Pero ahora vienen exultantes de gozo, trayendo las gavillas».
He ahí la prueba del cristiano: esperar la cosecha.
Si no vemos el fruto, tanto mejor; pues eso sí que se llama vivir de fe y negarse a sí mismo; o sea tener el sello más auténtico de los que son de Cristo.
La corona está prometida al que cree hasta la muerte, es decir, aunque le cueste la vida. San Pablo promete la corona «a los que aman su Venida»; esto es, a los creyentes que lo esperan con gozo porque saben que todos los bienes nos vendrán con Él.
¡Fracasados! Así nos dirá el mundo y aun quizás algunos de nuestros amigos.
¡Fracasados no!… Triunfantes, pero solamente con Aquél que es nuestra vida.
No queremos triunfar solos mientras Él es rechazado, sino cuando triunfe con Él la Santa Iglesia.
+++
Para concluir esta disertación sobre el testimonio y el martirio, preparando desde hoy la Fiesta de Pentecostés, detengamos nuestra atención sobre otro texto, ya citado muchas veces; es del Padre de Chivré:
La hora se volvió propicia para la tentación… Las dudas, los cansancios, las tibiezas, como un enjambre de desdichas alrededor de nuestro corazón, bordonean los aires fúnebres de su desaliento: “¡es demasiado duro!, ¡es demasiado largo!, ¡es demasiado doloroso!”…
Es en la paciencia que es necesario poseer su alma; y los tres cuartos de los cristianos lo olvidaron; y esto explica las traiciones y las defecciones…
Sustinere, sostener, soportar, con alegría, en la esperanza y con la sonrisa de la alegría.
La Confirmación puso en nuestra inteligencia razones de “aguantar la vida”; razones de dominarla.
El cristiano soporta con suavidad. En las condiciones más irritantes para su temperamento, continúa con su deber.
El fuerte soporta con bondad mientras Dios quiera; y esta valentía da a su alma su libertad de acción.
El fuerte habla de sus miserias sólo con Dios; ve más allá de la prueba; su mirada llega mucho más allá de sus lágrimas; nublado por los llantos, pero encendido por la fe, posee esta indefinible expresión de suavidad muda y de indomable energía: se confirma en la paciencia.
Pero muy pocos comprenden éso, muy pocos; y por eso es que muchos son llamados a espléndidas santidades, pero pocos son los elegidos…
* Allí donde vemos de razones para cesar, el Espíritu Santo ve razones para seguir…
* Allí donde buscamos razones para huir de nosotros mismos, el Espíritu Santo ve razones para permanecer…
* Allí donde quisiéramos encontrar razones para ceder, el Espíritu Santo ve razones para resistir…
* Allí donde el sufrimiento clama a la rebelión, el Espíritu de amor convoca a la aceptación…
No tengáis miedo pequeño rebaño… Sigue sosteniendo los derechos de Dios, reprime todo temor, reprime todo miedo, antes que vosotros, yo conocí eso de puños alzados en torno mío, escuché el “tole… tole” de las burlas, de las injurias…
Defended la Verdad, y que vuestra fuerza de alma alcance su plena medida, aceptando los golpes de la adversidad.
No desconozcáis las legítimas audacias al servicio de las legítimas defensas; las exigencias de los derechos de la Verdad reclaman de vuestra parte el valor y el coraje que arremete cuando es necesario defenderlos.
Pero, una vez cumplido este deber, no desechéis la valentía, el temple y la impavidez que soporta…
+++
Y como escribiera Donoso Cortés:
“No te canses en buscar asilo seguro contra los azotes de la guerra, porque te cansas vanamente; esa guerra se dilata tanto como el espacio, y se prolonga tanto como el tiempo. Sólo en la eternidad, patria de los justos, puedes encontrar descanso; porque sólo allí no hay combate.
No presumas, empero, que se abran para ti las puertas de la eternidad, si no muestras antes las cicatrices que llevas; aquellas puertas no se abren sino para los que combatieron aquí gloriosamente los combates del Señor, y para los que van, como el Señor, crucificados”.
Os he dicho esto para que, cuando llegue dicha hora, os acordéis de que ya os lo había dicho.

