HISTORIA DE LAS HEREJÍAS EN LA IGLESIA

CONSERVANDO LOS RESTOS II

Cuadragésimo  tercer entrega

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ASPECTO MORAL DEL JANSENISMO

En este primer período, que llega hasta la paz Clementina, hemos estudiado solamente el aspecto dogmático del jansenismo, y hemos visto que se trata de un sistema teológico sobre la gracia y la predestinación, sistema que pretende fundarse en la doctrina de San Agustín, pero que es erróneo y herético, condenado por la Iglesia.

Ahora vamos a ver que es también un sistema moral, y acaso mejor que sistema, una tendencia moral que predica el rigorismo y aspira a renovar ciertas prácticas penitenciales con un reverente apartamiento de la Eucaristía, como si eso fuera el mejor medio de restituir a la Iglesia su fervor primitivo.

Si en el aspecto dogmático combate principalmente a los jesuitas, acusándolos de semipelagianos, en el aspecto moral los ataca igualmente, tachándolos de laxistas.

Este aspecto moral, que en la realidad histórica va íntimamente compenetrado y casi confundido con el dogmático, fue acaso lo que más popularidad dio al jansenismo. Bajo uno y otro aspecto fue condenado por los Papas. Los anatemas cayeron casi por igual sobre la tesis del Augustinus y sobre el libro de Arnauld De la frecuente comunión.

Primeramente convendrá presentar a los personajes.

1. Doctrina moral de Jansenio y Saint-Cyran. A Jansenio y al abad de Saint-Cyran ya los conocemos. Ábrase el Augustinus, y en el tomo II, al tratar de la naturaleza caída, se verá casi toda la doctrina de Jansenio sobre la moral.

Allí nos dice que la ignorancia, aun siendo invencible, no excusa de pecado, porque esa ignorancia invencible es castigo de la culpa original; allí nos habla largamente de la concupiscencia, cuyo elemento esencial es el amor natural, que, por lo tanto, conduce siempre al pecado; allí, en fin, discurre sobre la libertad del modo que ya sabemos, afirmando que la voluntad del hombre, después del pecado original, se ve esclavizada y encadenada por la concupiscencia, en tal manera que por sus propias fuerzas no puede querer ni hacer el bien, no puede evitar un pecado sin caer en otro y tiene necesidad de pecar.

Esto lo desarrolla más en el tercer tomo, al fin del cual, tratando de la predestinación y reprobación, revela un concepto de Dios tan severo y terrible, que sirve de fondo adecuado al sombrío rigorismo de todas las enseñanzas jansenistas.

Más que Jansenio, se preocupó de la moral teórica el abad de Saint-Cyran. Este adversario de los casuistas publicó en sus primeros años soluciones prácticas a casos de conciencia, de un casuismo tan ridículo como la Question royale (París 1609). Tomando en serio una pregunta de Enrique IV a sus cortesanos, responde Saint-Cyran diciendo que puede el monarca, en caso de asedio, matar a uno de sus soldados para comérselo; más aún, que el súbdito tiene obligación de darse la muerte para salvar al rey en otros muchos casos; enumera nada menos que 34, discurriendo con argumentos sumamente peregrinos y estrambóticos.

De Saint-Cyran procede el rigorismo de la práctica penitencial jansenista, pues, según él, la absolución del sacerdote no perdona propiamente los pecados, sino que simplemente declara que han sido perdonados por Dios; por consiguiente, tan sólo es válida cuando el penitente tiene contrición perfecta; en caso contrario, el confesor debe diferir la absolución, porque el dolor de atrición no es suficiente (contra el concilio de Trento).

Para acercarse a la Eucaristía exigía una perfección consumada. Más meritorio que la misma comunión, decía, es el deseo de recibir el Cuerpo de Cristo. De modo semejante hablaba del sacramento del Orden. Reconocía que la mayor parte de los teólogos eran de otro parecer, pero agregaba: Dios ha querido iluminar por mi medio al que estaba ciego. ¡Admirable humildad jansenista! La humildad y el amor, esas dos virtudes que son el pavimento y la cúpula de la vida espiritual, no se ven por ninguna parte en el jansenismo. ¿Y qué vale la pureza si está envenenada por el orgullo?

Que el rigorismo del sistema se traducía a veces en la práctica, nos lo patentiza aquella anécdota de Port-Royal. Estaba muriendo en este monasterio la madre de Antonio Arnauld, que allí vivía los últimos años en recogimiento. Arnauld quiso entrar a verla, pero el confesor, A. Singlin, replicó: «Sería condescender demasiado con la naturaleza». Y la port-royalista murió sin ver a su hijo.

Los discípulos de Jansenio tienen un concepto demasiado pesimista de la naturaleza. Para ellos todas las criaturas son causa de seducción. ¡Qué diferente actitud guardan ante ellas los cristianos, desde San Francisco de Asís hasta San Francisco de Sales, pasando por San Ignacio en la Contemplación para alcanzar amor! De aquel pesimismo radical deriva también el recelo y animosidad contra la filosofía, e incluso la desnudez y severidad en el culto divino, al suprimir todo cuanto pueda halagar a los sentidos.

Aquí es oportuna una observación. Hay que hacer constar que lo característico del jansenismo es el rigorismo teórico y la estrechez de criterio, no precisamente el rigorismo ascético de los Santos, el rigorismo práctico de la vida austera y penitente. Varios historiadores han notado que los acusados de laxismo, y en particular el P. Escobar, tan calumniado por Pascal, llevaban una vida mucho más mortificada y dura que la de los solitarios de Port-Royal. No quiero decir que aquellos jansenistas tendiesen a la vida muelle y regalada, no, sino que prácticamente no eran tan penitentes y mortificados como se podría suponer, dadas sus ideas.

Con tanto hablar de pureza de alma, de desprecio de las criaturas, de caridad perfecta, de amor puro de Dios, la escuela jansenista no supera en austeridad a la escuela del Oratorio, ni a la de Juan Jacobo Olier, ni a la del P. Lallemand, floreciente entonces entre los jesuitas de Francia. ¿Y no dijo Voltaire que bastaba la vida de Bourdaloue para refutar contundentemente todas las acusaciones de laxismo que lanza Pascal en sus Provinciales contra la Compañía de Jesús?

2. «El gran Arnauld». Como en torno del Augustinus se libró la batalla dogmática, así el centro de las controversias morales fue el libro De la frecuente comunión, de Antonio Arnauld.

¿Quién era este personaje, caudillo de los jansenistas desde la muerte de Saint-Cyran?

Antonio Arnauld, a quien sus admiradores llamaron el gran Arnauld, pertenecía a una familia de abogados y parlamentarios, de quienes había heredado el espíritu de formulismo y de enredo. Su abuelo profesó algún tiempo en el calvinismo, pero volvió al seno de la Iglesia cuando la noche de San Bartolomé. Hijo del calvinista fue otro Antonio Arnauld (1560-1619) que se inmortalizó como orador elocuentísimo, atacando a la Compañía de Jesús con una saña y un apasionamiento increíbles.

Era en los comienzos del reinado de Enrique IV. Acusábase a los jesuitas franceses de ser partidarios de la Liga, acaudillada por los Guisas y favorecida del rey de España. En el Parlamento parisiense, siempre adverso a los hijos de San Ignacio, se levantó Arnauld, el padre del futuro patriarca jansenista, y pidió con gestos trágicos la exterminación de la Compañía de Jesús, afirmando que la Liga había sido una insurrección criminal, promovida por los jesuitas, y que éstos eran los que encadenaban a los pueblos y asesinaban a los reyes, los que habían entregado el reino de Portugal a España, inundado de sangre los Países Bajos y organizado la caza del indio en el Nuevo Mundo.

Y proseguía remedando retóricamente a Cicerón: «¿Qué lengua, qué voz podrá decir los consejos secretos, las conjuraciones más horribles que la de las bacanales, más peligrosas que la de Catilina, tenidas en su colegio de la calle de Santiago y en su iglesia de la calle de San Antonio?» Y en este tono de exaltación demagógica seguía llamándolos «oficina de Satanás, donde se han forjado todos los asesinatos cometidos o atentados en Europa los últimos cuarenta años. ¡Oh verdaderos sucesores de los arsácidas o asesinos!»

Esto se decía entonces elocuencia, exclama sonriente Sainte-Beuve. De tal palo, tal astilla. Se comprende que el hijo de este Amauld —el vigésimo— heredara de su padre el aborrecimiento cordial a los jesuitas. Se podía decir que tenía una predisposición innata para odiarlos. Pues a ello se junta que se educó, por voluntad de su madre, con el abad de Saint-Cyran, empeñado en arruinar a la Compañía de Jesús como medio para hacer triunfar al Augustinus.

Nacido en 1612, Antonio Amauld empezó la carrera de derecho, pero su madre lo apartó de esos estudios para enderezarlo hacia los de teología, y, por consejo de Saint-Cyran, lo que estudió fue la teología de San Agustín con espíritu jansenista. En 1641 se doctoró en la Sorbona y se ordenó de sacerdote.

Pequeño, moreno y feo, al decir de un contemporáneo, poseía innegables dotes de inteligencia y una pluma fácil y acerada, aunque sin gracia. Lo que más le caracteriza es la tenacidad incansable, la obstinación ciega en defender las ideas que una vez abrazó. Durante cincuenta años, hasta el de 1694, en que murió, no dio paz a su pluma, respondiendo a todos los ataques, atacando a todos los que se le ponían de frente, metiéndose en la polvareda de todas las polémicas que suscitaba el jansenismo, cuyo jefe indiscutible fue él durante medio siglo, y cuyo carácter sectario a él principalmente se le debe.

Brémond asegura que Arnauld no tenía alma jansenista, porque no vivía atormentado por el pensamiento de un Dios terrible y porque religiosa y espiritualmente pesaba muy poco; era una máquina de silogismos, una ametralladora teológica de movimiento perpetuo, pero sin ninguna vida interior.

3. La M. Angélica. No estará fuera de lugar hacer aquí la presentación de otros miembros de la familia Arnauld y de sus principales amigos.

Ya hemos visto cómo el primogénito de los veinte hermanos, Roberto Amauld d’Andilly, fue el primero en hacerse amigo de Saint-Cyran; dispensó toda su vida la más celosa protección a los jansenistas, y a la muerte de su esposa se retiró (1637) al monasterio de Port-Royal, donde se ocupó en traducir obras piadosas. Su hermano Enrique, canónigo y desde 1649 obispo de Angers, tenía un carácter dulce y devoto, pero también se empecinó en el jansenismo hasta el fin de su vida (1692).

Seis fueron sus hermanas, y todas seis entraron en Port-Royal con otras seis sobrinas. Digna hermana de Antonio Arnauld fue Jacobina María (1591-1661), la futura «M. Angélica». Contaba ocho años cuando su padre y su abuelo materno consiguieron que fuese nombrada coadjutora de la abadesa cisterciense de Port-Royal des Champs, con derecho de sucesión, mientras su hermanita menor, Inés, de cinco años, recibía el título de abadesa de las benedictinas de Saint-Cyr. Alcanzóse la confirmación pontificia subrepticiamente, doblando en el documento la edad de las niñas.

Entraron ambas primeramente en Saint-Cyr, pero en 1600 Jacobina pasó a hacer su noviciado en el monasterio cisterciense de Maubuisson, cuya abadesa, Angélica d’Estrées, hermana de la célebre amante de Enrique IV, llevaba una vida cortesana y extremadamente disoluta. En 1602, por muerte de la abadesa de Port-Royal des Champs, vino a sucederle la niña Jacobina, que contaba once años. En el acto en que fue consagrada abadesa por el general de los cistercienses recibió la primera comunión.

La vida religiosa de aquella abadía, a seis leguas de París, era casi nula. Ni se guardaba la clausura ni se observaba la modestia del hábito monástico. Baste decir que el confesor de aquellas doce monjas jóvenes ni sabía el catecismo ni entendía el latín. Port-Royal se convirtió en una especie de casa de campo de la familia Arnauld. La M. Angélica, como desde entonces se la llamaba, no parecía haber nacido para el claustro. Suspiraba por el mundo y pensó en huir del monasterio. Retirada algún tiempo a su casa por enfermedad, se resistió a volver, y sólo por la violencia de su padre se resignó a tomar de nuevo el báculo de abadesa.

Pero he aquí que un día (25 de marzo de 1608), pasando por allí el capuchino P. Basilio, hizo a la comunidad una plática, en la que la M. Angélica se sintió completamente transformada en su interior, tanto que resolvió inmediatamente emprender la reforma de la abadía.

Con la inquebrantable firmeza que le era propia, en pocos años reformó y transformó aquella comunidad. Dedicóse a largas horas de oración, vistióse un hábito de paño burdo, cercenó todo lo superfluo, restableció la austeridad de San Bernardo, incluso los maitines a las dos de la madrugada; impuso el silencio riguroso y la clausura más estricta. Aun a sus padres y hermanos, que en septiembre de 1609 acudieron a visitarla, les cerró las puertas, a pesar de las instancias de su padre, que tuvo con ella una escena violenta en las rejas del locutorio. Su madre, en cambio, la animó a proseguir en el buen camino.

Con su palabra y ejemplo logra que las monjas se despojen de sus vanidades y se ajusten a la observancia regular. Ella misma, convertida en enfermera, cuida y asiste a las religiosas enfermas, ella las sangra por su mano, y lo que es más chocante, presta el mismo servicio a las gentes de la vecindad, admiradas de lo bien que maneja el bisturí y la lanceta.

Entre tanto, el Romano Pontífice regulariza la situación anticanónica de la abadesa informadora. De otros monasterios llegan monjas deseosas de iniciarse en la reforma. La misma M. Angélica parte, por voluntad del rey, al monasterio de Maubuisson con objeto de restaurar las costumbres monásticas y la disciplina, harto relajadas. Dura es la lucha, pero la intrepidez y constancia de la M. Angélica logran lo que parecía imposible, haciendo que la antigua abadesa sea recluida en un convento de arrepentidas.

Para la reforma de estos dos monasterios, Angélica se aconsejaba de los capuchinos, especialmente del P. Arcángel, antiguo lord Pembroke; del jesuita P. Suffren y del cisterciense Eustaquio de San Pablo. Durante su estancia en Maubuisson (1618-1622) gozó de la dirección espiritual de San Francisco de Sales, cuyo espíritu —el polo opuesto del jansenismo— trató de infundirle humildad, alegría, dulzura y mansedumbre, virtudes que sin duda le hacían falta a aquella joven abadesa, voluntariosa y pertinaz. «Alma extraordinaria» le pareció al Obispo de Ginebra; mas cuando en 1622, con la muerte del Santo, se vio privada de su prudente dirección, reaparecieron sus instintos orgullosos y dominadores.

Volvió entonces a Port-Royal des Champs, y en 1626 la abadesa, con toda la comunidad de 70 monjas, se trasladó a París, a un convento en el barrio de Santiago, que se dirá Port-Royal de París. Espiritualmente empezó a ser dirigido aquel monasterio por los oratorianos. Canónicamente ya no se hallaba, desde 1627, bajo la dependencia de los cistercienses, sino del obispo de Langres, Sebastián Zamet.

En 1633 pasó la M. Angélica a ser superiora de un convento fundado por dicho obispo en la calle Coquelliére para la adoración continua del Santísimo Sacramento. No duró mucho esta fundación, que a los pocos años retornó a Port-Royal. Mucho antes había vuelto la M. Angélica, como simple religiosa, a Port-Royal, de donde era abadesa su hermana Inés.

Port-Royal era ya el alcázar del jansenismo. Lo dominaba de una manera absorbente y total el abad de Saint-Cyran. Este seudomístico y enigmático director de almas, amigo de los Arnauld, se había ido captando la benevolencia del piadoso obispo de Langres, y por influencia de la M. Angélica, a quien conocía y trataba desde 1623, logró le encomendasen la dirección espiritual de la comunidad en el año 1633. Entonces se dio a introducir entre las monjas devociones insólitas, ideas jansenistas y una afectación de severidad en las costumbres, que despertó pronto sospechas.

Aquellas almas fervorosas comenzaron a padecer extrañas angustias y escrúpulos por su docilidad al fascinante director. Hubo religiosas que se confesaban «más a Dios que a los hombres»; otras iban al sacramento de la Penitencia con terror, por miedo de no estar bastante preparadas, y se retiraban temblando, sin atreverse a recibir la absolución; otras sentían las mismas congojas al acercarse a comulgar, o no se acercaban por temor al divino Juez; la misma M. Angélica permaneció alguna vez más de cinco meses sin recibir la sagrada comunión, en los años 1636 y 1637 ni siquiera por Pascua de Resurrección se atrevió a comulgar.

Aquellas monjas vivían apasionadamente el jansenismo; nada extraño que sus cabezas de mujer se tornasen las más tozudas e intransigentes. «Puras como ángeles y orgullosas como demonios» las llamará el arzobispo Pérefixe de París.

En 1648, hallándose repleto el convento de Port-Royal de París, diez monjas, con Angélica como abadesa, tornaron a habitar el antiguo Port-Royal des Champs. Estas se señalaron todavía más que las otras por su ciega obstinación jansenista hasta el fin.

La M. Angélica fue, con su hermano Antonio, la más pura personificación del espíritu de la secta, y aun después de muerto su director, Saint-Cyran, siguió desplegando vivísima actividad, paralela a la de su hermano, sosteniendo de palabra y por cartas a los que se resistían a aceptar la condenación de las cinco tesis, hasta que se rindió a la muerte en 1661.

Las cualidades típicas de los jansenistas, austeridad rígida, dureza de juicio, soberbia, falso misticismo y desprecio de la naturaleza humana, se hacen mucho más antipáticas cuando las vemos en una mujer, en una monja como ésta, sin ninguna virtud apacible y humana y aun sin rasgo alguno de femineidad.

4. El rosario secreto del Santísimo Sacramento. No era así su hermana Inés, abadesa de Port-Royal de París desde 1633, porque tenía un temperamento menos ardiente, más dulce, espiritual y contemplativo. Lástima que alma tan buena se dejase impregnar de jansenismo por su dócil adhesión a Saint-Cyran, a quien, sin embargo, tardó en entregarse.

Para su devoción privada compuso un opusculito de 16 puntos de meditación, proponiendo a la adoración del cristiano 16 atributos de la divinidad de Jesucristo, en honor de los 16 siglos transcurridos desde la institución de la Eucaristía. Lo tituló Le chapelet sécret du Saint-Sacrement.

El oratoriano Du Condren y el obispo Zamet no dudaron en aprobarlo. Eran esos atributos: la santidad, la verdad, la libertad absoluta, la existencia, la suficiencia, la sociedad, la plenitud, la eminencia, la inaccesibilidad, la incomprensibilidad, la independencia, la incomunicabilidad, la iluminación, la posesión, el reino, la inaplicación.

Como se ve, todos los que contribuyen a imaginarnos a Dios lejos, muy lejos e inabordable a la pobre y miserable criatura humana; ni uno solo habla de amor, de misericordia, de bondad, de confianza, de amabilidad. La misma Eucaristía nos la muestra terrible e inaccesible. Sospecharon algunos que era obra de Saint-Cyran, por el espíritu y por el lenguaje; pero la misma M. Inés confesó que todo era suyo propio y que lo había redactado antes de conocer a Saint-Cyran.

Parece que lo compuso bajo la inspiración de Du Condren; modernamente ha intentado Brémond descubrir en él un reflejo de la espiritualidad de Bérulle. y de Condren. No es extraño que una mujer, ignorante de teología, entendiese mal ciertas expresiones de sus directores y emplease términos inadecuados, obscuros y no usados en la literatura espiritual. Por más que Saint-Cyran le dio su aprobación y en Lovaina Jansenio y Froimont no hallaron en él sino el lenguaje del amor, la Facultad Teológica de París lo condenó como peligroso, por contener «no pocas extravagancias, impertinencias, errores, blasfemias e impiedades, que tienden a apartar a las almas de la práctica de las virtudes de la fe, esperanza y caridad» (junio de 1633).

5. Los solitarios. De la familia Arnauld salieron los primeros Solitarios de Port-Royal. Ellos vinieron a constituir algo así como aquella compañía o corporación que soñó Jansenio para defender su doctrina frente a la Compañía de Jesús.

Sobrino de Antonio Arnauld y de la M. Angélica, el aplaudidísimo abogado Antonio Lemaistre se cruzó en un momento crítico de su vida con el abad de Saint-Cyran y determinó renunciar a su brillante carrera para vivir en soledad, como un monje del yermo, aunque sin votos religiosos. Así lo hizo, retirándose en 1638 a Port-Royal des Champs. Con él se fue su hermano Simón Lemaistre de Séricourt. Y poco después Isaac Lemaistre de Sacy, con el tío de los tres, Roberto Arnauld d’Andilly. En 1647 eran 10, y en 1652, unos 25, entre los que descollaban el gran Arnauld, Pedro Nicole y algún tiempo Blas Pascal.

En celdas construidas junto al viejo monasterio vivían estos imitadores de los Padres del desierto, formando una comunidad sui generis, sin votos y sin clausura, con libertad para entrar y salir y aun para dejar aquel modo de vida cuando les placiese. Fanáticos entusiastas de Saint-Cyran y de la M. Angélica, echaban a vuelo las campanas cuando ésta los visitaba. «A estos hombres que aspiran a la perfección —escribe P. Abellán, haciendo eco a Brémond— les falta una tradición religiosa, una formación. Casi ignorantes de las cosas del espíritu, no van a buscar a los santos que vivían en su tiempo, ni el agua viva de las tradiciones monásticas, sino hacen de sus celdas una isla robinsoniana en pleno aislamiento espiritual».

Es verdad que tienen un director —Saint-Cyran—, pero ése mismo es un isleño espiritual, alejado de la tradición perdurable y viviente de la Iglesia. No carecen de libros, y en los libros es donde buscan el espíritu y la disciplina de la primitiva Iglesia.

Unos se dedican al estudio, otros prefieren, como A. Lemaistre, los trabajos manuales y la oración. El sacerdote Antonio Singlin es su confesor. Isaac Lemaistre de Sacy compone poesías religiosas y traduce la Biblia al francés, Roberto A. d’Andilly traduce a Josefo, a San Juan Clímaco, a Santa Teresa, al Beato Avila, las Confesiones de San Agustín y las vidas de los Padres del desierto. De la Rivière deja sus estudios hebreos, griegos y españoles para hacerse guardabosque, De la Petitière envaina su espada para emplearse en el oficio de zapatero, Hamon, doctor en medicina, es el médico de la comunidad; Fontaine, el secretario; Du Fossé, Básele, Luzancy, el doctor Víctor Pallu y otros de distinguidas familias se dedican a la erudición o a las labores del campo. Cultivan también la enseñanza. Desde primera hora surgen en París o en otros lugares próximos las petites écoles. Claudio Lancelot, de París, el autor de las Racines grecques, compone gramáticas de diversas lenguas y enseña el griego y las matemáticas, mientras P. Nicole es profesor de bellas letras.

La pedagogía de Port-Royal se funda en principios jansenistas. Aunque no es muy original, merece tenerse en cuenta en la historia de la enseñanza. Cada escuela estaba dividida en clases, cada una de las cuales no admitía más que seis alumnos bajo un preceptor. Recuérdese que el alumnado total nunca pasó de cincuenta. La disciplina no era muy rigurosa, pero sí metódica y poco espontánea, de suerte que hasta los juegos se ordenaban a emprender alguna cosa. Se prohibían las fiestas y los juegos ruidosos. La vigilancia era tan escrupulosa, que mataba la personalidad del niño, con reclusión perpetua, recreación escasa y piedad rígida. Suprimíase como un pecado la emulación en las clases y la alabanza de los sobresalientes, etc., para no excitar las pasiones de la naturaleza corrompida.

De aquellas escuelas salieron algunos libros de texto bien conocidos, de lógica, de gramática, de raíces griegas, etc. El concienzudo historiador Tillemont y el gran poeta Racine se educaron allí, si bien al último se le pegó poco de la austeridad jansenista.

6. El libro «De la frecuente comunión». El abad de Saint -Cyran, apenas salido de la cárcel, redoblaba su propaganda religiosa, que tendía a alejar a los cristianos de los sacramentos.

Siempre los jesuitas habían seguido la práctica contraria, y en esto iban de acuerdo con todos los Santos de los últimos siglos.

Y la renovación del espíritu cristiano les aseguraba del acierto, si bien en esto, como en todo, nadie duda que pueden darse abusos.

Sucedió, pues, que dos damas muy encopetadas tuvieron una disputa sobre la conveniencia de comulgar frecuentemente. Una, la marquesa de Sablé, de vida bastante ordenada bajo la dirección del jesuita Pedro de Sesmaisons, comulgaba a lo menos una vez por mes, sin retraerse del baile ni siquiera el día que había comulgado. La otra, Ana de Rohan, princesa de Guemené, que tras una vida galante se entregaba ahora a la devoción como a su último amorío y seguía los consejos de Saint-Cyran, escandalizóse de su amiga. Y propuso el caso a su director espiritual.

Saint-Cyran expuso sus ideas en un manuscrito que llegó a manos del P. Sesmaisons, y éste contestó con otro: Question s’il est meilleur de communier souvent que rarement, donde, apoyándose en la tradición de la Iglesia y extractando páginas del cartujo español Antonio de Molina (1619), aconsejaba la comunión semanal con razones como éstas: que no se requieren disposiciones extraordinarias, como afirmaba Saint-Cyran; que la exención de todo pecado venial no es requisito necesario; que la gracia santificante y la devoción actual bastan para que la comunión sea fructuosa.

Indignóse Saint-Cyran ante tal doctrina, y llamó a los jesuitas «seductores de almas». Esta es la ocasión que aprovechó el joven sorbónico Antonio Arnauld para lanzar a la plaza pública su primer libro, presentando a la discusión de los profanos y del hombre de la calle las cuestiones que hasta entonces eran exclusivas de los teólogos. La misma táctica seguirá Pascal, con maravilloso resultado, haciendo que el ignorante público se escandalice de doctrinas que, por otra parte, el polemista no presenta en su recto sentido.

Para defender a su maestro, salta Arnauld a la palestra llevando en la mano el mejor de sus escritos: De la fréquente communion, où les sentimens des Pères, des Papes et des Conciles, touchant l’usage des sacrements de Pénitence et d’Eucharistie, sont fidélement exposés (1643), libro que se publicó sin dificultad porque Richelieu era ya muerto.

En la primera parte expone la práctica de la primitiva Iglesia. Según él, los primeros cristianos comulgaban todos los días sólo cuando conservaban la gracia bautismal incontaminada, mientras que los penitentes salían de la iglesia antes de la celebración de los divinos misterios, y los que habían cometido algún pecado mortal eran privados de la comunión durante muchos días y aun años. Por tanto, antes de comulgar hay que estar alejado algún tiempo de la Eucaristía, purificándose por el retiro, los ayunos, las oraciones y limosnas; la comunión semanal requiere condiciones no comunes entre los cristianos; lo más perfecto es mantenerse apartado de la santa mesa con ardientes deseos de recibir al Señor.

En la segunda parte explica cómo la penitencia debe preceder a la comunión. El P. Sesmaisons había dicho que los que han cometido algún pecado mortal deben confesarse, e inmediatamente les aconsejaba comulgar, sin aguardar a purificarse más y más con ejercicios de penitencia. Arnauld defendía todo lo contrario, trayendo en su favor textos de Santos Padres y desfigurando a veces el pensamiento de Sesmaisons. La Iglesia —añadía— puede por condescendencia tolerar provisoriamente una práctica diferente, pero la enseñanza positiva de la antigua Iglesia subsiste, y los directores de almas deben atenerse a ella y exigir de sus penitentes actos que manifiesten su verdadera contrición.

En la tercera parte habla de los frutos de la comunión. Esta deberá producir siempre una unión más estrecha con Nuestro Señor, y si no, es ineficaz y mala. «Hay que estar poseído —dice— de una extraña ceguera para no sentir por propia experiencia y para no caer siquiera en algún temor de que tocias nuestras confesiones y comuniones sean otros tantos sacrilegios, cuando vemos sensiblemente que no producen ninguna enmienda en nuestra vida».

Arnauld mira la comunión más como una coronación de la vida santa que como un medio de conservar la vida del alma y de adquirir fuerzas para resistir y progresar. Incalculables son, según él, las desastrosas consecuencias del acercarse con excesiva frecuencia a los sacramentos, de todo lo cual tienen la culpa los jesuitas, que destruyen la verdadera disciplina cristiana.

El libro está escrito habilísimamente, con riqueza de erudición, con respeto a las tradiciones eclesiásticas y con sincera veneración a las grandes figuras de Carlos Borromeo y Francisco de Sales; disimula los errores con frases ambiguas, que hacen difícil descubrir la mente del autor, y con afirmaciones perfectamente ortodoxas. En una cosa manifiestamente yerra: cuando afirma que, si bien la Iglesia no está sujeta a error doctrinal, de hecho y prácticamente ha errado durante los cinco últimos siglos en la administración de la penitencia.

Inmenso fue el éxito del libro, que para algunos se reveló como un quinto evangelio. Obispos y teólogos lo recomendaron calurosamente, y el gran público lo devoró en breves días. Esto se explica primero por la materia, tan discutida y de actualidad entre las damas mundanas de la corte y entre toda la gente piadosa y no piadosa, y también porque su estilo francés, sin ser brillante ni atractivo, carecía de fórmulas escolásticas y era inteligible a todos; además está entreverado de hermosas citas de los Santos Padres, y parece respirar, como apunta Rapin, «algo del espíritu de la primitiva Iglesia y un carácter de severidad moral que no disgusta del todo al genio de nuestra nación».

Por lo demás, recuérdese que Sainte-Beuve —y es buen crítico— asegura que en los 42 volúmenes que salieron de la pluma de Arnauld no se ve nunca «una de esas expresiones que atraen, que se graban, que brillan o que se destacan; una de esas expresiones que pueden llamarse de talento». Brémond encuentra el libro De la frecuente comunión exterior y vacío, sin que se eleve por encima de la retórica piadosa.

7. Nuevas polémicas. Como la Compañía de Jesús puso en movimiento a sus teólogos contra los dogmas semicalvinistas del Augustinus, así ahora contra la moral rígida y los principios falsos del libro de Arnauld, que algunos chistosamente llamaron De la infrecuente comunión.

El primero que le declaró la guerra abierta fue el P. Jacobo Nouet, que en años posteriores será un fecundo y muy estimable escritor ascético. Este, en una serie de sermones, puso de manifiesto el veneno encerrado en el libro de Arnauld, a quien atacó con suma dureza, criticando indirectamente a los cinco obispos que le habían dado la aprobación.

Reunida en París la Asamblea del Clero, condenó los sermones del P. Nouet, obligándole a comparecer delante de ella y a retractarse públicamente, dando una satisfacción al arzobispo de París.

Salió luego en contra de Arnauld una Carta de Eusebio (P. Nicolás Lombard) a Polemarco. Escaso fue su efecto.

Más fundamental y serena fue la respuesta del más sabio de los jesuitas. El P. Dionisio Pétau, el Padre de la historia de los dogmas, en su libro De la penitencia pública y de la preparación para la comunión (1644), demasiado docto para que lo leyera el gran público, empezó dando la razón a Arnauld (quizá demasiado) en ciertos puntos históricos relativos a la disciplina sacramental, para refutarle luego en lo demás, mostrándole que la antigua disciplina no era esencial al sacramento de la Penitencia; que aquella práctica penitencial no era fija o inmutable, y que de hecho la Iglesia la ha abandonado; que no hay que confundir la penitencia antigua con la satisfacción sacramental, que los teólogos miran como parte integrante del sacramento. Explica la mente del concilio de Trento, y le reprocha a Arnauld el confundir las disposiciones ideales y apetecibles con las estrictamente necesarias, la preparación suficiente y esencial con la preparación perfectísima; exigir esta última a todos sería alejarlos de la comunión. Los que reprueban la actual costumbre no tienen idea de lo que es la tradición eclesiástica, siempre viva, y parecen negar o poner en duda la infalibilidad y autoridad de la Iglesia.

Otro jesuita, el P. Séguin, atribuía a los jansenistas reformas revolucionarias e invocaba el poder civil contra Port-Royal.

Arnauld contestó al P. Pétau, pero su causa sufrió duro golpe con la defensa que quiso hacer de ella un pastor protestante, Teófilo Brachat de la Milletiére, que estaba para convertirse al catolicismo. Este declaró (Le pacifique véritable, 1644) que ningún libro mejor que el de Arnauld para la unión de las dos Iglesias, católica y protestante, porque los calvinistas pueden en su conjunto abrazar las tesis de Arnauld sobre la contrición, sobre la penitencia pública por los pecados graves, aunque sean secretos, y sobre la necesidad de la satisfacción antes de la absolución sacramental.

La reina Ana, con su ministro Mazarino, determinaron que Arnauld y M. De Barcos fuesen a justificarse en Roma; pero se levantó tal alboroto en el Parlamento, celoso de las libertades galicanas, y en la Universidad, de la que Arnauld era doctor, y entre muchos obispos, censores favorables al libro, que hubo que contentarse con el juramento de Arnauld de que se sometía al juicio de la Iglesia romana.

Los personajes más distinguidos por su ciencia sagrada y sobre todo por su santidad se apartaron del modo de ver de Arnauld; por ejemplo, el obispo Juan Pedro Camus, de Belley, amigo de San Francisco de Sales, y el admirable San Vicente de Paúl. Este dice en una carta a M. D’Horany las palabras siguientes: «Es verdad que hay demasiada gente que abusa de este sacramento, y yo, miserable, más que todos los demás hombres. Pero la lectura de este libro, más que inclinarlos a la comunión frecuente, les aparta de ella… En San Sulpicio comulgan tres mil menos que los años pasados», etc. Y en otra al mismo: «Puede suceder lo que dices, que algunas personas han podido sacar provecho de este libro en Francia y en Italia; mas por un centenar que quizá se hayan aprovechado de él en París, haciéndolos más respetuosos en la recepción de los sacramentos, hay por lo menos diez mil a los que ha perjudicado en absoluto».

Siguieron las polémicas de una y otra parte, pero muchos teólogos y obispos que al principio simpatizaban con Antonio Arnauld, comenzaron a abandonarle cuando vieron que tomaba sobre sí la defensa del Augustinus, de Jansenio, y de las cinco tesis reprobadas por Roma.

Dejémosle por ahora en su pertinacia, porque otro paladín mucho más interesante entra en liza. Es el genio de Blas Pascal.

LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN

HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA

Primer entrega:  LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?

Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones

Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)

Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo

Quinta entrega: El semipelagianismo

Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques.  San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)

 Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia.  Los monoteletas

 Octava entrega:  Segunda fase del monotelismo: 638-668

Novena entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente

Décima entrega: El error adopcionista

Undécima entrega: Gotescalco y las controversias de la predestinación

Duodécima entrega:  Las controversias eucarísticas del siglo IX al XI

Decimotercera entrega: El cisma de oriente

Decimocuarta entrega: El cisma de oriente (continuación)

Decimoquinta entrega: La lucha de la Iglesia contra el error y la herejía

Decimosexta entrega: Herejía de los Cátaros o Albigenses

Decimoséptima entrega: Otros herejes

Entrega especial (1era parte): La inquisición medieval

Entrega especial (2da parte): La inquisición medieval

Vigésima entrega: La edad nueva. El Wyclefismo

Vigésimo primera entrega:  El movimiento husita

Vigésimo segunda entrega: El movimiento husita (cont.)

Vigésimo tercera entrega:  El pontificado romano en lucha con el conciliarismo

Vigésimo cuarta entrega: Eugenio IV y el concilio de Basilea

Vigésimo quinta entrega: La edad nueva. El concilio de Ferrara-Florencia

Vigésimo sexta entrega: Desde el levantamiento de Lutero a la paz de Westfalia (1517-1648). Rebelión protestante y reforma católica

Vigésimo séptima entrega: Primer desarrollo del luteranismo. Procso y condenación de Lutero

Bula Exurge Domine

Bula Decet Romanum Pontificem

Vigésimo octava entrega: Desarrollo ulterior del movimiento luterano hasta la confesión de Augsburgo (1530)

Vigésimo novena entrega:  El luteranismo en pleno desarrollo hasta la paz de Ausgburgo 

Trigésima entrega: Causas del triunfo del protestantismo

Trigésimoprimera entrega:  Calvino. La iglesia reformada

Trigésimosegunda entrega: El cisma de Inglaterra. El anglicanismo

Trigésimotercera entrega: El cisma de Inglaterra. El anglicanismo (cont,)

Trigésimocuarta entrega: Movimientos heterodoxos y controversias. Los disidentes

 Trigésimoquinta entrega: Las sectas sismáticas orientales

Trigésimosexta entrega: La iglesia y el absolutismo regio

Trigésimo séptima entrega: España y Portugal. El regalismo

Trigésimo octava entrega:  El imperio alemán. Febronianismo y Josefinismo

Trigésimo novena entrega: La Iglesia y los disidentes

Cuadragésima entrega: El jansenismo

Cuadragésima primer entrega: El jansenismo, continuación.

Cuadragésima segunda entrega: En plena lucha jansenista