FIESTA DE LA ASCENSIÓN DE NUESTRO SEÑOR
La Ascensión de Nuestro Señor es la digna y gloriosa coronación de su vida sobre la tierra.
El sexto artículo del Credo nos enseña que Jesucristo, cuarenta días después de su Resurrección, subió por sí mismo al Cielo en presencia de sus discípulos; y que fue, en cuanto hombre, ensalzado por sobre todos los Ángeles y Santos, y constituido Rey y Señor de todas las cosas.
El Credo dice que Jesucristo está sentado a la diestra de Dios Padre, y esto significa la eterna y pacífica posesión que Nuestro Señor tiene de su gloria, y que ocupa el puesto de honor sobre todas las criaturas.
De este modo, el Hijo de Dios completa el círculo a que le obligó la inmensa caridad de Dios:
— del seno del Padre al seno de la Virgen;
— de éste, lograda ya la victoria sobre el infierno, al seno de la tierra, el sepulcro, en cuanto al Cuerpo; y al seno de Abraham, el Limbo, respecto del Alma;
— de aquí, deshecho el imperio de la muerte por la reunión de Alma y Cuerpo, y rasgadas las entrañas de la tierra, otra vez al Cielo, a sentarse a la diestra del Padre.
Pero asciende con su santísima Humanidad triunfante, la cual, una vez reasumida, no debió ya dejar más, y que constituye las primicias del rico botín logrado con su Redención.
El Verbo de Dios Encarnado completó su circuito: Itus et reditus; vino y volvió; bajó y subió otra vez.
Un Hombre-Dios que sube a los Cielos… Un Hombre-Dios que se sienta a la diestra de Dios Omnipotente… Son profundos los misterios que en estos hechos se encierran.
Jesucristo debía subir al Cielo y sentarse a la diestra, porque el Padre debía coronarle con esta gloria, jamás concedida a hombre alguno, como premio a la victoria que había logrado sobre Satanás. Así el Padre cumplió su palabra: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra.
¡Magnífico triunfo el de Jesucristo, y forma maravillosa de lograrlo! La Iglesia, en las Letanías de los Santos, llama a la Ascensión admirable: Per admirabilem ascensionem tuam…
Es éste el complemento de sus pasados triunfos, dice San Bernardo. Habiendo demostrado que era el Señor de cuanto hay en la tierra, en el mar y en los abismos, debía probar, con iguales argumentos o mayores, que era también el Señor de los cielos. Demostró su señorío sobre la tierra cuando le mandó que restituyese el cuerpo de Lázaro; sobre el mar, cuando le dio solidez y anduvo sobre él; sobre el infierno, cuando arrancó sus puertas y le arrebató su presa.
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¿De dónde viene Jesucristo? Nuestro Señor viene de la tierra, lugar de imperfección, de lucha, de miseria, de sufrimiento…; en el orden de la naturaleza insensible, como en el humano, individual y social, es la tierra un verdadero lugar inferior, en el sentido cualitativo de la palabra.
El Cielo, por el contrario, es lugar de luz y de paz perpetua, región de delicias, habitáculo de la gloria de Dios.
Jesucristo sube de la tierra al Cielo; ha vivido treinta y tres años en este pequeño mundo, padeciendo dolores y lágrimas, molestias físicas y morales… Hoy, en un monte vecino a Jerusalén, el de los Olivos, hacia el Oriente, como estaba profetizado, Jesucristo, el divino Oriente que nos visitó desde lo alto, vuelve a sus alturas.
¿Quién subió al Cielo en Jesucristo? ¿Dios o el Hombre? Hay en Él dos naturalezas, la divina y la humana, ¿cuál de ellas subió al Cielo? ¿En virtud de cuál de ellas pudo realizarse la Ascensión?
No subió el Hombre-Dios en la misma forma que bajó. Ni el descenso y la subida se dicen igual de Dios y del hombre.
Dios es infinito en su ser, y es inmenso. Está, por lo mismo, en todas partes; y no se puede decir de Él que sube o que baje.
Pero Dios bajó, dice Santo Tomás, no según el movimiento local, sino según su anonadamiento, en cuanto, teniendo la forma de Dios, tomó la de siervo; decimos que se anonadó, no porque perdiera nada de su plenitud, sino porque tomó nuestra pequeñez.
Así debe entenderse la palabra del Credo: Bajó de los cielos. Es una locución por la que concretamos el hecho estupendo de la Encarnación del Verbo.
Pero el Verbo se hizo carne, es decir, hombre.
Este Hombre subió y bajó, como todo hombre, al moverse en distintos planos locales; subió, por ejemplo, de Jericó a Jerusalén, como bajó de Caná a Cafarnaúm.
Con Él, subió y bajó Dios, no porque Dios pasara de uno a otro plano, pues los ocupa todos simultáneamente, en los Cielos y en la tierra, en virtud de su inmensidad; sino porque es un Hombre-Dios el que subía y bajaba.
Y así subió Jesucristo al Cielo el día de su Ascensión; como Hombre-Dios.
Dios subió en Jesucristo, como bajó el día de su Encarnación; bajó entonces para anonadarse, tomando la forma de siervo; hoy sube porque es glorificada, en forma insuperable, la naturaleza humana que tomó.
La naturaleza humana de Jesucristo entra hoy en el Cielo.
El día de la Encarnación no bajó del cielo el Hombre Jesús —esto enseñaron los herejes llamados Docetas—, sino que empezó a existir en las entrañas purísimas de la Virgen Madre, uniéndose instantáneamente su naturaleza humana a la Persona del Verbo.
El día de la Ascensión subió Jesucristo, Hombre verdadero y Dios verdadero.
Como Dios no se había movido del seno del Padre; como Hombre hace su ingreso en el Cielo.
Las acciones son de las personas. Es Dios quien baja, anonadándose; y es Él quien, Hombre-Dios, sube en la naturaleza humana que asumió.
El Verbo se abajó para tomar naturaleza humana; subió con ella al remontarse ésta de la tierra al Cielo.
¡Qué dignación la de Dios! Se anonada hasta tomar en el seno de la Virgen una naturaleza humana; la une substancialmente a Él; con ella convive por espacio de más de treinta años; por ella enseña a los hombres; en ella muere y los redime; en ella revive el día de la Resurrección, para elevarse con ella en la Ascensión, ante los ojos atónitos de los hombres.
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Y ¿con qué virtud subió Jesucristo a los Cielos? ¿Cuál fue la fuerza que le transportó de este lugar de pesantez a la región de los espíritus bienaventurados?
¿Pudo Jesucristo subir al Cielo por la virtud propia de su naturaleza humana?
No.
El hombre no puede, por sus solas fuerzas, neutralizar el peso de su cuerpo y sustraerle a las leyes de la gravedad. Menos aún puede ir contra el sentido de la gravedad, como lo es el movimiento ascensional.
Jesucristo, igual en todo a nosotros, menos en el pecado, no pudo, en virtud de su propia naturaleza humana, lo que en la naturaleza humana no cabe.
¿Pudo Jesucristo subir al Cielo, en cuanto hombre, por la fuerza que Santo Tomás llama virtus gloriæ, es decir, por la potencia de su alma glorificada?
Sí.
La gloria de Dios, dice San Agustín, invade todo el ser del bienaventurado: el alma es gloriosa por la participación de Dios; el cuerpo lo es por la participación de la gloria del alma. Y como queda el alma sumergida en la contemplación y disfrute, de Dios, así el cuerpo queda como absorbido y espiritualizado por la gloria del alma.
Ello le hace partícipe de las dotes del espíritu, liberándose de la sujeción a las leyes de su naturaleza y obedeciendo en sus movimientos al querer del alma, en tal forma, dice San Agustín, que donde quiera el espíritu, allí se trasladará inmediatamente el cuerpo.
El Alma de Jesucristo, bienaventurada sobre todo espíritu, pudo, por lo mismo, querer subir al Cielo; era su lugar, y correspondía a su gloria.
El Cuerpo santísimo, dócil al querer del Alma, dejó la tierra, suave y majestuosamente, se remontó a los aires y penetró en los Cielos de los Cielos, por la propia virtud de su naturaleza humana glorificada.
Pero, sobre todo y principalmente, fue la propia virtud divina la que le llevó al altísimo Cielo.
Jesucristo es Dios, dueño como tal de las naturalezas, de las fuerzas, de sus leyes; por esto, en virtud de su naturaleza divina, que tiene su fuerza propia e intransferible, levantó su propio Cuerpo, y lo introdujo en el Cielo.
Triunfador, por el lugar desde donde sube y por la forma como asciende, Jesucristo triunfa por el lugar adonde va. Va a su gloria.
Y su gloria, la de su Humanidad santísima, está sobre toda gloria.
Siéntate a mi derecha, le había dicho Dios Padre por el Profeta. Ni más arriba ni más abajo. No más arriba, porque la gloria del Padre trasciende sobre toda gloria; ni más abajo, porque Jesucristo, por la unión hipostática de su naturaleza humana con el Verbo, no puede tener igual entre las criaturas.
¡Espectáculo inefable el de la entrada triunfal de Jesucristo en los cielos! Predicadores y autores ascéticos han aguzado su ingenio para describirlo. Inútil esfuerzo; la máxima magnificencia de las solemnidades de la tierra es nada ante las fiestas del Cielo.
¿Qué no tendría preparado Dios Padre para su Hijo muy amado en quien tiene puestas todas sus complacencias, precisamente el día en que regresaba de la tierra, victorioso, después de haber derrotado al enemigo?
Este es el triple triunfo de Jesucristo en su Ascensión = por dónde viene, a dónde va y por la virtud con qué realiza el tránsito maravilloso.
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Consideremos ahora que la Ascensión de Nuestro Señor es la prenda de nuestra bienaventuranza futura.
Esta fiesta nos debe llenar de alegría y de esperanza… Pero también debe ser un poderoso aguijón para excitarnos a vivir santamente y merecer, por gracia y misericordia de Dios, ir al Cielo.
Jesús asciende al Cielo también para nuestra glorificación final, yendo a abrirnos la puerta, prepararnos un lugar, llevarnos consigo para ser por la eternidad nuestra recompensa y nuestra gloria.
Como su Resurrección es nuestra esperanza, dice San Agustín, su Ascensión es nuestra glorificación. Si queremos meditarla dignamente, subamos con Él y pongamos nuestros corazones en el Cielo, hasta que nos juntemos con Él.
Jesús quiere que sus discípulos estén cerca Él, dónde Él mismo está, y que lleguen allí por su cooperación con la gracia que Él les ofrece.
¡El Cielo!, he aquí, pues, la recompensa prometida, premio inefable y eterno. Pero no lo obtendremos sin condiciones…
¿Y cuáles son ellas?
Es absolutamente cierto, en primer lugar, que para obtener esta gloria es necesario merecerla, nadie tendrá esta gloria sin haberla merecido…
Y serán nuestras buenas obras las que nos darán derecho.
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En concreto, ¿cómo hacer para merecer la gloria del Cielo?
* En primer lugar, como los Apóstoles, observemos a Nuestro Señor ascendiendo al Cielo; sigamos en espíritu su glorioso triunfo; subamos de corazón al Cielo con Él, a la espera del día de su Segunda Venida.
¿No es justo que nuestro corazón esté allí donde está nuestro tesoro y que aspiremos sin cesar a estar en el mismo lugar que nuestro Rey, nuestro Salvador?
Pero si queremos que nuestros pensamientos y nuestros deseos, en vez de ser terrestres, estén en el Cielo, trasladémoslos y elevémoslos hacia Dios: Sursum corda !
* Evitemos con cuidado todo pecado.
“Nuestra humanidad, dice San Agustín, subió al Cielo con Nuestro Señor, pero nuestros defectos no subirán allí”
Si queremos ir al Cielo, combatamos todos nuestros defectos y huyamos de todas las ocasiones de pecado… no nos dejemos vencer por la sensualidad, la pereza, la ociosidad, la pérdida del tiempo…
Recordemos que el Reino de los Cielos sufre violencia, y que es necesario renunciarse y vencerse para entrar en él… No pactemos con nuestros enemigos, sea del exterior, sea del interior…
Esforcémonos por imitar a Nuestro Señor, de ajustarnos a su vida y a sus virtudes, de imitar su humildad, su obediencia, su mansedumbre, su caridad, su paciencia.
* Seamos generosos para aceptar y sufrir de buen corazón todos los dolores, los sufrimientos y las cruces que Dios nos envíe; ellas contribuyen para trenzar más hermosa nuestra corona…
Es necesario sufrir. Es una norma general, incluso aquí bajo, que no se llega a la gloria sino por el sufrimiento; nada se obtiene sin hacer esfuerzos, sin trabajo y fatigas…
* Para ganar el Cielo, no basta con sufrir, es necesario además santificar los sufrimientos…
Es necesario, pues, sufrir cristianamente, es decir, como Nuestro Señor, por su amor y en unión con Él.
Trabajos, cansancios, pruebas de todas clases aceptadas con paciencia y sumisión… Son otros tantos tesoros, y no tenemos que ir a buscarlos a las extremidades de la tierra…, pero debemos saber reconocerlos y explotarlos…
* Finalmente, tengamos un celo ardiente por los intereses de Nuestro Señor, tomando todos los medios posibles para hacerlo conocer y amar en torno nuestro y de impedir que sea ofendido; arranquemos la mayor cantidad posible de almas a Satanás y al infierno…
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Honremos y glorifiquemos a Jesús en su triunfante Ascensión.
Agradezcámosle el que se digne invitarnos a compartir su gloria y su bienaventuranza.
Pero intentemos, ayudados por la gracia, merecer el Cielo, acumulando allá los más ricos tesoros que podamos, llevando una vida santa, verdaderamente cristiana y ya celestial.
También, alcemos nuestros ojos al Cielo… Jesús nos tiende los brazos, nos invita a seguirlo…
Valor, pues, y perseverancia en soportar generosamente los dolores de esta vida… Sólo duran un momento, pero la recompensa es sin medida y sin término…
Nuestra gloria y nuestra felicidad serán en proporción de nuestros sufrimientos y del amor con el cual las habremos sobrellevado.
Puedan estos pensamientos confortarnos y consolidarnos, en la espera de que algún día estemos reunidos con Jesús y con Nuestra Buena Madre en el Cielo. ¡Amén!

