LA ARMADURA DE DIOS
Sus pecados y excesos

CAPÍTULO X
LAS CONVERSACIONES LIBRES
¿Podrán figurarse mis piadosos lectores la sorpresa extraña que causará a un incrédulo hablar a ciertas personas tenidas como cristianas de calidad? La libertad de lenguaje de tales personas, su gusto relajado por las materias escabrosas, constituye para él un enigma. Sabe que el cristianismo ha operado una revolución en las costumbres, en la literatura, en las artes; que por doquiera ha establecido el reinado de la decencia y de la moderación, hasta el punto de que hay cosas de las cuales no quiere San Pablo que se pronuncie ni siquiera el nombre en las conversaciones de los cristianos. Por eso le parece que en las reuniones debiera reconocerse a una persona cristiana por la castidad de su lenguaje, por su firmeza en cortar la conversación, cuando toma un giro peligroso, por el horror que ella muestre a los propósitos equívocos y a las bromas picarescas.
Esas exigencias de los incrédulos con respecto de los cristianos prácticos no han de parecernos exageradas; nada se ve en ellas de reprensible en teoría, y toda alma bien nacida puede y debe suscribir ese programa de prudencia y de moderación en las palabras. Pero no basta eso; es necesario llevar a la práctica semejante programa. Pues bien, el estudio que nosotros vamos a emprender señalará a mis lectores la actitud que sobre este particular observan, y quizá mueva a más de uno entre ellos a reconocerse deficiente y darse golpes de pecho…
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He aquí un principio respecto al cual están de acuerdo todos los moralistas católicos: Toda conversación licenciosa constituye un pecado mortal cuando expresa una pasión carnal, o es capaz de excitar esta pasión en el que abriga semejantes propósitos o en los que los oyen. Yo ruego a los piadosos lectores procuren medir cada una de las palabras de esta regla, pues ninguna de ellas carece de importancia.
Muchos intentarán, sin duda, tranquilizarse diciendo: «Mis intenciones no son tan perversas. Quiero solamente reír, divertirme un poco, y a veces también dar muestras de ingenio. Yo no veo que el caso sea condenable y que por ello me desvíe del camino recto…»
A quienes así discurren he de responderles, proponiéndoles diversas cuestiones.
1º Doy, por supuesto, crédito, sin género alguno de duda, a vuestra rectitud y lealtad. Pero ¿estáis seguros, bien seguros, cuando alimentáis esos propósitos, de no obrar bajo la influencia de una pasión malsana, oculta entre los pliegues de vuestro corazón? Mostráis verdadero afán de proferir equívocos picarescos, anécdotas indecentes, ¿y pretendéis no pensar nunca mal, no obrar jamás bajo la influencia de un instinto lúbrico y sensual? ¡Sólo falta ya que os consideréis, como el ángel, desligados de la materia, pudiendo rozar un cenagal sin manchar la extremidad de las alas! ¿A quién haréis creer todo eso? De la abundancia del corazón habla la boca. Si vuestro corazón no estuviese saturado de esas cosas, ¿hablaríais de ellas tan de buen grado? El diagnóstico de todos los hombres experimentados es que hay en vosotros algo que huele a gangrena.
2º Aun suponiendo que no experimentéis una sugestión menos decente, que no estés bajo el imperio de ninguna pasión malévola y que pretendáis solamente divertiros, debéis poneros también en guardia. No es posible hablar de una cosa sin que la imaginación se ocupe más o menos de ella: se graba forzosamente la imagen de la misma cosa. Si ésta es indecorosa, la imagen no puede ser casta. Al pronunciar esa palabra impura, al narrar esa anécdota escandalosa, se forma voluntariamente en vosotros un pensamiento reprobable. Pues bien, como no lo ignoráis, el mal pensamiento, cuando es plenamente voluntario y nos complacemos en él con propósito deliberado, constituye pecado mortal. La explicación, pues, el juego a que recurrís, me parece muy peligroso.
3º Por otra parte, ¿quién os asegura que esa conversación libre no ha de provocar tentaciones graves, y hasta lamentables caídas, quizás, en aquellos que os escuchan? Paso por alto el caso de un alma inocente que oyese, por lo que, desde luego, seríais gravemente responsables. Me pongo en el caso más favorable: supongamos que aquel con quien habláis nada tiene que aprender en materia de malicia; es un vicioso de profesión que de nada se escandaliza. Pues bien, ¿podréis responder de que esa conversación licenciosa que no será para él ocasión de un mal pensamiento, fatalmente seguido de un deseo del mismo género? Y ese infeliz que no busca que la ocasión pasa facilísimamente del deseo a la acción. Si una mujer, por ejemplo con su actitud indecorosa y libre despierta en aquél la mala pasión, ¿podrá decir tranquilamente: Allá él, suya es la culpa, yo me lavo las manos…?
Voy todavía más lejos. Si en vuestros discreteos con esa u otras personas provocáis réplicas más atrevidas de lo que deseabais, cuya crudeza os hace sonrojar, no tendréis derecho a lamentarlo; ni tampoco (pues conviene preverlo todo), si vuestro interlocutor, arrastrado por vuestra actitud provocativa, se convierte de repente en incitador, tendréis derecho a tomar la ofensiva en calidad de víctimas. A todo eso y mucho más se expone, en efecto, la mujer que ha perdido todo recato en sus palabras y actitud, aun cuando asegure que en sus conversaciones sólo pretende mostrar agudeza e ingenio.
Escritores de nota e imparciales que no visten sotana estiman que, en nuestra época, se ha cambiado de manera sorprendente el valor de la palabra ingenio. La señora de Sevigné, que estaba reputada por mujer de gran ingenio, sería considerada hoy cosa anticuada. Su arte de decir con gracia cosas triviales, tratar en tono alegre los asuntos más elevados, apenas sería apreciado en nuestros días. El ingenio, en aquella época, no se separaba nunca de la moderación en las palabras. El mismo Don Juan de la novela jactábase de no hablar como uno de sus lacayos, y hasta cuando desempeñaba su papel de seductor empleaba todo su ingenio en no ser jamás trivial o grosero. Hoy, por el contrario, se encuentra muy ingenioso el plagiar a Gavroche; y una mujer que pertenece a lo que se llama el gran mundo se distingue con bastante frecuencia en que tiene más atrevimiento y desenfado en sus costumbres mundanas que su modista o su planchadora en el propio oficio.
Si desean mis lectoras hacer alarde de esta clase de ingenio, yo las compadezco. No creo, por otra parte, que por eso sean más estimadas de aquellos que las aplaudan con más entusiasmo. Los hombres ven y aplauden a veces esa clase de ingenio en la mujer del vecino, pero no en la suya, por considerarla muy peligrosa para la paz y el honor del hogar doméstico.
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Me permito invitar a mis piadosas lectoras que hagan un detenido y serio examen de conciencia. Muchas de ellas se verán precisadas reconocer que han sido con demasiada frecuencia excesivamente ligeras en tan delicada materia, permitiéndose bromas y chanzas que as debieran asomar a los labios de una mujer recatada y honesta. Para que podáis salir de vuestras incertidumbres, yo os propongo que apeléis a una regla infalible preguntándoos a vosotras mismas: Si Nuestro Señor estuviese aquí presente y me oyese, ¿osaría yo contar esta historia o comentar este chiste?… Habréis de exagerar aún más las precauciones cuando haya peligro de que vuestras palabras puedan abrir los ojos a un alma inocente. Un escándalo determinado que podríais referir a vuestro marido debe callarse delante de los hijos. Sería horroroso que esas almas inocentes se fuesen pervirtiendo por causa de vuestra ligereza o imprudencia.
¡Si supieseis cuántos estragos puede causar una sola palabra en el alma de un niño! ¡Pluguiera a Dios que llegaseis a conocerlo, como nosotros los sacerdotes! ¡Y pensar que hay familias, con la etiqueta de cristianas, en las cuales las palabras imprudentes, yo diría mejor homicidas, capaces de matar a las almas, corren a chorro abierto casi continuo! … Hasta las hay que se las ve llevar a sus hijos a exposiciones de pintura o de escultura donde una joven pudorosa apenas encuentra un lienzo o un mármol que pueda mirar sin enrojecerse. Sería muy conveniente establecer entre los cristianos un convenio según el cual se abstuviesen de toda visita a esas exposiciones que sólo parecen exhumaciones de Herculano o de Pompeya.
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Considerando el aspecto moral, qué juicio se ha de formar, de aquella persona que hable elogiosamente de una novela licenciosa que acaba de leer? Ella no evoca, es cierto, ninguna escena del libro: se contenta con expresar el placer que ha experimentado al leerle. Yo respondo que esa persona es siempre más o menos culpable; pues si se dirige a uno que haya leído el libro le trae necesariamente a la memoria los pasajes escabrosos de la obra, y si no lo hubiere leído despierta en él la tentación de leerle.
Yo os ruego, cristianos lectores, reservéis siempre vuestra admiración para las cosas bellas y nobles, y no la prostituyáis ni la mostréis a seres indignos de ocupar el pensamiento de personas honradas. ¡Qué clase de gente la que se agita y pasa el tiempo en esas novelas que están de moda! No querríais, tal vez, estrechar la mano de esas gentes y menos aún recibirlas en vuestra casa… ¡Y os apasionaríais por esas encarnaciones del vicio, hablaríais con apasionada ternura de sus infortunios, aplaudiríais sus teorías cínicas, sus declamaciones procaces contra todo lo que respetáis y amáis! …Y todo ello porque a un escritor de ocasión le plugo arrojar unas flores sobre ese lodo. Para una persona digna y honesta sólo hay una manera de hablar de un libro inmoral: el único sentimiento que debe exteriorizarse en tales casos, aunque haya de chocar violentamente contra la opinión reinante, es el desprecio. Tenga a mucha honra ignorar la novela o la comedia que ofenden la moral cristiana y que la gente rutinaria de salón admira ciegamente por darse tono, o por snobismo, como se diría hoy.
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Para completar esta materia debo añadir breves palabras acerca de aquellos que oyen conversaciones indecorosas. ¿Están siempre obligados a manifestar su desaprobación al que sostiene tales conversaciones? La teología prescribe a los superiores la obligación de imponer silencio a sus inferiores que hablen de esa manera y a los iguales que protesten, a lo menos, con su silencio.
Esto en la teoría; pero creo que prácticamente una mujer, por ejemplo, aunque fuese simple doméstica, es superior al personaje grosero que se permita ante ella bromas de mal gusto, y aun bajo el solo aspecto mundano tiene siempre derecho, a pesar de todas las distancias sociales, a echarle en cara la indignidad de su proceder. Yo aconsejaría, por tanto, a una mujer, cualquiera que fuese y por humilde que sea su condición, que despidiese ásperamente al atrevido que hablase ante ella de una manera pecaminosa, en la seguridad de que tendrá al público en su favor.
Doy fin a este capítulo exhortando a los piadosos lectores a que procedan con gran severidad en todas sus conversaciones. Se tolera hoy con harta facilidad una libertad de lenguaje que la moral cristiana reprueba y condena. Por eso urge sobremanera formar una especie de cruzada para la restauración de los hábitos de moderación y decencia que Jesucristo prescribe en su Evangelio.
Es menester despreciar todo humano respeto. Es preciso recordar con frecuencia lo que Dios exige de todos y de cada uno, y reaccionar vigorosamente en el propio hogar y en el círculo de nuestras relaciones contra todos los modos de hablar que desdigan de las enseñanzas cristianas o debiliten su moral.
