CUARTO DOMINGO DESPUÉS DE PASCUA
En aquel tiempo: Dijo Jesús a sus discípulos: Ahora me voy a Aquél que me envió; y ninguno me pregunta: ¿Adónde vas? Porque os he dicho estas cosas, vuestro corazón se ha llenado de tristeza. Mas yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si yo no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; mas si yo me voy, os lo enviaré. Y cuando Él venga, convencerá al mundo en orden al pecado, en orden a la justicia y en orden al juicio. En orden al pecado por cuanto no han creído en mí; respecto a la justicia, porque yo me voy al Padre, y ya no me veréis; y tocante al juicio porque el príncipe de este mundo ya ha sido juzgado. Aún tengo otras cosas que deciros; mas por ahora no podéis comprenderlas. Cuando, empero, venga el Espíritu de verdad, Él os enseñará toda verdad; pues no hablará de suyo, sino que dirá todas las cosas que habrá oído, y os preanunciará las venideras. Él me glorificará; porque recibirá de lo mío, y os lo anunciará.
El anuncio, categórico y preciso, de las persecuciones y muerte que hizo Jesús a sus discípulos, pudo llenarles de temor. Es por ello que les anima y consuela con la promesa de que les enviará el Espíritu Santo; cuya acción describe sobre los mundanos y sobre ellos mismos.
En cuanto a la promesa del Espíritu Santo, sabemos que mientras estuvo Jesús con sus discípulos, durante los años de su ministerio, no quiso manifestarles claramente la suerte que les aguardaba.
Cierto que les había anunciado persecuciones; pero no les había dicho que serían víctimas del odio de los mismos judíos, como ahora. Ello les llena de congoja, porque adivinan la defección y reprobación de su pueblo.
Por eso, ahora, en el momento de la separación, es preciso decírselo: No os dije estas cosas al principio, porque estaba con vosotros.
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Templa luego Jesús la amargura de la separación y de los anuncios que les ha hecho, reprendiéndolos dulcemente porque no se preocupan del fin glorioso adonde se dirige Jesús, y excitándoles al propio tiempo el deseo de saber más cosas del Padre.
Mas ahora voy a Aquel que me envió; y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas? Es decir, estáis absortos en la idea de la separación y no ponderáis el gran gozo que a vuestro Señor espera; por ello sólo predomina en vosotros la tristeza.
No debe ser así; porque si Jesús permaneciese en su compañía no vendría sobre ellos el Espíritu Santo, que tantos bienes debe traerles.
Tienen, pues, grandes motivos de consuelo al pensar que la separación de Jesús es gaje de la plenitud de los dones del Espíritu Consolador: Mas yo os digo la verdad; os conviene que yo me vaya; porque si no me fuere, no vendrá a vosotros el Consolador; mas si me fuere, os lo enviaré.
También conviene en nuestra vida espiritual que se vaya Jesús de nosotros según su presencia sensible: porque es entonces cuando el alma conoce la inmensa soledad de estar sin Dios, cuando Él retira de nosotros sus consuelos: ¿qué peor soledad que la del alma que no está en amistad con Él? Es ello una de las pruebas más terribles a que sujeta Dios a las almas que le quieren; y ello es de gran mérito y de gran fruto: de gran mérito, porque es una de las mortificaciones más graves que podemos soportar; de gran fruto, porque ello nos estimula a buscar con afán al buen Dios, que momentáneamente se ha escondido.
En el plan del Padre, la ausencia de Cristo es condición no sólo para la venida del Espíritu Santo, sino para que el mismo Cristo lo envíe.
Este primer rasgo basta para señalar la divinidad del que es objeto de esta promesa; sólo Dios puede ser aquel cuya venida es tan preciosa, que es uno dichoso comprándola al precio mismo de la ausencia de Cristo.
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¿Por qué conviene a los discípulos que el Señor se vaya y venga el Espíritu Consolador? He aquí lo que va a concretar Jesús.
Ante todo describe, en gradación magnífica, lo que hará el Espíritu Santo con respecto al mundo: Y cuando viniere, argüirá al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio.
La venida del Espíritu trae primeramente una misión fiscalizadora y condenatoria.
Esta ofensiva del Espíritu contra el mundo malo va a ser triple.
Será el mundo convencido de que es esclavo del pecado, de que Jesucristo es justo, de que el demonio está vencido y condenado.
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Y prosigue Jesús explicando en forma cerrada la proporción que acaba de asentar.
Así: De pecado ciertamente, porque no ha creído en mí.
No sólo será el mundo redargüido del pecado de infidelidad cuando viniere el Espíritu, sino de todo pecado, el original y el actual, por cuanto no hay nombre alguno en cuya virtud pueda obrarse la liberación del mundo, sino el de Jesús; y porque el que no cree está ya juzgado.
Los Apóstoles, en nombre del Espíritu que les será dado, podrán echar en cara al mundo, a judíos y gentiles, el pecado en que están al rechazar a Jesús.
Este fue, especialmente, el gran pecado de Israel: cerrar culpablemente los ojos a la Luz.
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De justicia, porque voy al Padre, y ya no me veréis.
La venida del Paráclito va a ser la venida del gran defensor de la verdad de Cristo: hacerle justicia.
Todo su mensaje quedaba garantizado con la gran efusión de la venida del Paráclito, que Él prometía. Pentecostés fue la prueba de la verdad del mensaje del Hijo, rubricado con la promesa que hizo de enviar el Espíritu Santo. Y la prueba de que estaba con el Padre.
Y como una secuencia de esta misma garantía es que ya no verían en adelante de una manera normal a Cristo. Su ausencia era el precio del envío que hacía.
El mundo será convencido de la justicia de Cristo: el triunfo de su resurrección y su glorificación al subir en forma visible a los cielos, son testimonio fehaciente de su naturaleza divina y de su misión de Salvador.
Judíos y gentiles han dicho que Jesús es un falsario, un impostor; el Espíritu Santo convencerá al mundo de que fue Hombre-Dios justísimo y santísimo.
No otra cosa demuestra la rápida propagación del Evangelio, la santidad y perdurabilidad de la Iglesia en medio de sus persecuciones.
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Y de juicio, porque el príncipe de este mundo ya está juzgado.
La muerte de Jesús ha sido la derrota y la condenación definitiva del demonio y sus secuaces. Trabajará todavía el príncipe de las tinieblas, y se valdrá de sus adeptos para impedir la dilatación del reino de Cristo; pero sus esfuerzos fracasarán, en definitiva, porque Jesús ha triunfado de ellos en sí mismo.
El príncipe de este mundo es Satanás. Él es el que establece la lucha de las tinieblas contra la Luz, moviendo a los hombres a ser hostiles al imperio del Mesías.
Pero al venir el Espíritu, viene la prueba de que el mensaje redentor de Cristo estaba hecho, y, por tanto, el imperio satánico vencido, juzgado, en el sentido de condenado.
La hora escatológica final no será más que la expulsión definitiva de Satanás de su imperio temporal en el mundo. La condena de Satanás es el triunfo de la justicia de Cristo.
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¿Por ventura, dice San Agustín, no argüyó Jesús al mundo de pecado, de justicia y de juicio? Cierto que sí. Mas para que entendamos que por el Espíritu Santo la caridad de Dios se ha difundido en nuestros corazones, y con ello hemos conquistado la libertad de argüir con Cristo al mundo de pecado, de justicia y de juicio. Así nosotros podemos en cierta manera ser los continuadores de los Apóstoles; podemos convencer al mundo de su pecado, al resistir a Cristo y a las pruebas irrefragables de su divinidad; y de su injusticia, al no querer reconocer la justicia de Cristo, santo y justo, verdadero autor de la santidad y justicia en todo el mundo; y de juicio, por cuanto el imperio de Satanás ha quedado quebrantado de hecho, destruido en derecho por la redención que obró la sangre de Jesús.
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Consideremos ahora la acción del Divino Espíritu sobre los discípulos, la acción docente, reveladora del Espíritu Santo.
No ha completado aún Jesús su Magisterio por lo que respecta a la formación de los Apóstoles; tiene aún mucho que enseñarles, pero no lo hace ahora, porque no están en disposición de asimilarse sus enseñanzas, sea por debilidad de su inteligencia, sea por la preocupación en que están por su partida: Aún tengo que deciros muchas cosas: mas por ahora no podéis soportarlas.
Lo que no hace Él ahora lo hará después el Espíritu Santo, que completará en ellos lo que ahora no son capaces de retener: Cuando viniere aquél, el Espíritu de Verdad, os enseñará toda la verdad, será vuestro guía, que os conducirá al conocimiento de toda la verdad que debe completar vuestra formación.
Nuestro Señor deseaba completar su enseñanza sobre sus Apóstoles, pero no puede ahora, porque no ellos podrían comprender ni recibir útilmente estas enseñanzas sublimes.
A pesar de tener el mejor Maestro, su rudeza, su estado de gentes sencillas e imbuidas en el ambiente judío, y, sobre todo, la sublimidad de las enseñanzas, no les permitía recibirlas entonces.
Necesitaban una transformación radical, que estaba reservada, en el plan del Padre, a Pentecostés, como momento inicial de la acción del Espíritu en ellos.
Por lo mismo, la revelación no se completó hasta que los Apóstoles recibieron del Espíritu Santo, después de Pentecostés, la manifestación de las verdades que, con las enseñadas por Jesús, debían constituir el depósito total de la fe.
Cuáles sean estas verdades, es difícil delimitarlo; pero tal vez una manifestación más clara del misterio de la Santísima Trinidad, de los misterios de la gloria, de lo que atañe al régimen de la Iglesia, etc.
Pero indica a los Apóstoles que el Magisterio del Espíritu Santo es su propio Magisterio: no hará más que enseñarles lo mismo que les hubiera Él manifestado si lo hubiesen podido soportar: Porque no hablará de por sí; mas hablará todo lo que oyere.
El Padre y Él, Jesús, envían al Espíritu Santo; luego, como un embajador no dice en su embajada sino lo que el rey le mandó, así el divino Espíritu.
Es un modo de hablar acomodado al nuestro, pero que expresa la naturaleza y la misión del Espíritu Santo.
El Paráclito les recordará todo lo que Yo os he dicho, es decir, tomará las enseñanzas de Cristo y se las hará comprender en la plenitud conveniente, llevándoles así a la verdad completa de su enseñanza.
Como una garantía trinitaria, final, dirá Cristo que toda su doctrina es del Padre. Todo cuanto tiene el Padre es mío.
Por eso es una posesión mutua. Y, siendo su doctrina del Padre, y llevándola a plenitud el Espíritu, la doctrina de Cristo es, en realidad, esa verdad toda entera.
El contexto del Evangelio según San Juan sugiere que, mejor que a una revelación absolutamente nueva de verdades hecha por el Espíritu, se refiere a una mayor penetración de las verdades reveladas por Cristo a los Apóstoles.
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En esta acción iluminadora del Espíritu se destaca concretamente que os anunciará las cosas venideras.
Encuadrado esto en las enseñanzas de Cristo, probablemente se refiere este sentido profético a que el Espíritu Santo les revelará el nuevo orden de cosas, que tiene su origen en la muerte y resurrección de Cristo.
De hecho, los Apóstoles y primeros discípulos tuvieron el espíritu de profecía.
Nótese aquí que estas funciones del Espíritu Santo no han cesado con la muerte de los Apóstoles: se terminó con ellos la Revelación; pero la Iglesia tiene la asistencia positiva del divino Espíritu para no errar en el camino de la verdad, especulativa y práctica; por otra parte, jamás ha cesado en la Iglesia el espíritu de profecía.
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Termina Jesús señalando una función del Espíritu Santo por lo que atañe a Él mismo; es que el Espíritu glorificará a Cristo.
El me glorificará… Uno de los oficios sagrados de la Iglesia, considerada en cada uno de nosotros y en su totalidad del Cuerpo Místico, es glorificar a Cristo Jesús.
El Padre le ha glorificado, porque es el Salvador del mundo. Nosotros debemos glorificarle. Es Dios glorioso, como el Padre y el Espíritu Santo: ¿por qué negarle la gloria que se debe a Dios?
El me glorificará…, en cuanto todo lo que el Espíritu Santo hará, estará ordenado a propagar y consumar la obra de Jesús.
La razón es porque el Espíritu divino no hará más que comunicar a los Apóstoles lo que Cristo le confíe para el cumplimiento de su misión: Porque de lo mío recibirá, y lo anunciará a vosotros.
Recibe el Espíritu Santo del Hijo todo cuanto es, porque el Hijo, con el Padre, es principio del Espíritu Santo. Pero ni el Hijo queda sin lo que da al Espíritu Santo, como sucede en las donaciones humanas; ni el Espíritu Santo recibe lo que no tenía, porque siempre fue consubstancial con el Padre y el Hijo, sapientísimo y poderosísimo como las Personas de las que procede.
Es una manera de manifestar con el discurso y las palabras del hombre lo que de una manera inefable se produce en el seno de la beatísima Trinidad.
La ciencia de las tres divinas Personas es la misma, infinita; pero recibiendo el Espíritu Santo la naturaleza del Padre y del Hijo de quienes procede, recibe también la ciencia, según nuestro modo de hablar.
Y para que mejor comprendan los Apóstoles este lenguaje, afirma su consubstancialidad con el Padre, y repite el concepto de la misión del Espíritu: Todas cuantas cosas tiene el Padre, mías son. Por esto os dije, que de lo mío recibirá, y lo anunciará a vosotros.
La teología católica no hará más, en la sucesión de los siglos, que explicar estos profundos conceptos de la doctrina trinitaria resumida en el Evangelio según San Juan.

