NO MATARÁS

ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD

 

Sobre la pena de muerte

Vigésimo cuarta entrega

 

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A continuación, y como complemento de los especiales sobre la pena de muerte, transcribimos el libro del Padre David Núñez:

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Continuación:

LA PENA DE MUERTE

Frente a la Iglesia y al Estado

BUENOS AIRES 1956

SEGUNDA PARTE

ARGUMENTOS PRESENTADOS CONTRA LA PENA DE MUERTE

CAPÍTULO III

ARGUMENTOS DE LOS ABOLICIONISTAS CONTRA LA CONVENIENCIA DE LA PENA DE MUERTE

ARTÍCULO II

DIFICULTADES CONTRA LA INCONVENIENCIA DE LA PENA DE MUERTE DESDE EL PUNTO DE VISTA MORAL

296. — Los adversarios de la pena de muerte no dejan piedra por mover a fin de moralizar las desgarradas costumbres de los hombres buenos, honrados y pacíficos, por cuya causa pugnan con toda su fuerza por suprimir la pena de muerte, porque le sirva de escándalo; ya que en lugar de hacerles cada vez mejores, les empeora a ellos y no logra absolutamente nada en mejora de los malos.

Así, más o menos, Beccaria, Ellero, Rabaudi, Puglia, Saleilles, Berner, Silio Cortés, etc., etc., y sobre todos ellos Mecacci, cuyas son las palabras siguientes, citadas por Naveiro n. 335.

«No es moralizadora, así obra siniestramente sobre la moralidad del pueblo, excita frecuentemente la ferocidad y la sed de sangre, alimenta el espíritu de venganza, y no se puede negar que al fin, entre la gente de inteligencia y sentimiento, no sólo no despierta piedad, sino que pone en el aprieto de preguntar si el infeliz condenado no merece algún atenuante.» (94)

297. — No sé qué hado siniestro pudieran tener estos señores en las cosas pertenecientes a la pena de muerte, que por más que lean las razones que hay en su favor y las soluciones a las dificultades presentadas en su contra, o no se enteran de hecho o hacen como si no quisieran enterarse; el resultado es que sólo ven las cosas por el lado que les place y soslayan todo lo demás como de ninguna valía, ya que ni siquiera se dignan probar sus afirmaciones, o por lo menos tentar una solución plausible de las nuestras.

298. — El lado que les place en el caso presente es desligar el efecto de su causa, esto es, la pena de la culpa y fingir malos efectos a porrillo que, cuando todos ellos existieran, todavía serían muchísimo menor mal que los que necesariamente sobrevendrían con la supresión de la pena de muerte.

Yo no quiero indagar si Mecacci supuso que entre los defensores de la pena de muerte no hay siquiera uno que tenga «inteligencia y sentimiento» suficiente para que la pena de muerte pueda «despertar en ellos la piedad y ponerles en aprieto de preguntarse si el infeliz condenado merece algún atenuante»; y al contrario, si entre los abolicionistas, que como vimos cuentan los Nerones (95) los Robespierre, los Marat, los Brissot de Varville, los Calles, los Lenin, y Stalin, los Azaña, los Prieto, los Largo Caballero, los Casares Quiroga, etc., etc., si estos señores, digo, tienen todos tanta inteligencia, tanto entendimiento, y sobre todo tanta piedad; que por el aprieto de preguntarse si por ventura los miles y millones de infelices víctimas inmoladas a la ferocidad de su instinto sanguinario no merecían algún atenuante, anden día tras noche y noche tras día dándose calabazas contra las esquinas por hallar equitativa solución a esa fatídica pregunta, implacable y torturadora de su conciencia extremadamente delicada en materia de salvaguardar siempre y a toda costa el derecho, todo derecho ajeno…!

¡Azaña y Robespierre y… gente de sentimientos y de piedad! Sí, piedad; sí, sentimiento. El de aquel forajido ya nombrado, caporal de tantas pandillas de asesinos, el cual tenía tanto sentimiento que, según cuentan las historias, era incapaz de retorcer el cuello a una gallina, pero que fue capaz de llevar a la guillotina a miles y miles de personas (n. 119).

Tal es el sentimiento, tal la piedad de tantos y tantas modernas abolicionistas como andan por ahí, por esos mundos de Dios…

299. — Pero en fin, dejemos la retórica y volvamos a la filosofía.

La pena de muerte fomenta la inmoralidad, la ferocidad, la sed de sangre, la venganza, en una palabra, todos los malos instintos que nos legara nuestro padre Adán en los albores de la humanidad.

Ciertamente que si, como lo hacen los abolicionistas, se mira sólo la culpa separada de la pena, puede y aun suele seguirse un no sé qué para fomentar las malas costumbres, pues cada cual puede por sí mismo conocer cuán fácil es dejarse suavemente conducir en el liviano bajel del mal ejemplo. Empero, si, como lo hacemos los antiabolicionistas, se mira la pena al lado de la culpa junto con ella y de ella derivado; no solamente no daña a las buenas costumbres, sino que corrige y purifica las malas (96).

Según, pues, Santo Tomás el padecimiento o pena en general, por su naturaleza engendra en los que lo presencian el saludable efecto de apartar del crimen, y así no corrompe las buenas costumbres sino que, como dijimos, corrige las malas.

Puede ser que en los ya enteramente depravados suceda lo contrario, pero estos ya son fieras que difícilmente pueden hacerse peores (97).

Y como ellas se enfurecen a la vista de sangre, pero esto no ha de impedir que se les aplique la pena de muerte para reintegrar el orden perturbado; pues dejar de aplicársela porque se enfurezcan y empeoren sería excitar a los no tan malos a igualarles o superarles en malicia, con el fin de obtener la misma gracia.

300. — Empero si se diera el desgraciado caso de abundar mucho en una nación semejante fauna, entonces se podría quizá ejecutar la pena capital no de una manera enteramente pública sino sólo lo que fuera conveniente, vgr. en la prisión y delante de algunas personas solamente.

Así que, he ahí lo único que prueba el argumento: si algo prueba es contra la ejecución pública de la pena de muerte en determinados casos que conviene sea privada; pero nada absolutamente contra la existencia misma de la pena.

301. — Eso por lo que hace al fomentar la ferocidad y la sed de sangre, que por lo que se refiere a fomentar el deseo de venganza, se puede discurrir de otra manera más eficaz y práctica todavía.

¿Que levanta deseos de venganza?, ¿en quién? No en la turbamulta de los que no se interesan por esas cuestiones ni por ninguna otra que no les llegue a ellos personalmente en una forma más o menos cercana al bolsillo o al pellejo. Tampoco en los partidarios de la pena de muerte o que sin serlo decididos, no la vean con malos ojos cuando la reconocen justamente aplicada. Quedan, pues, los adversarios de la pena de muerte, entre los cuales, aunque no siempre, pues más de una vez un sentimiento de justicia ha hecho que el reo se presente por sí mismo al juez para recibirla si a ella le sentenciaban; entre los cuales, digo, estará comúnmente el reo.

Pues bien, si los adversarios teóricos o prácticos son gente ímproba y tales que tal vez un día u otro pudiera ser que tuvieran que sufrirla; es natural que en éstos levante sentimientos de venganza. Si empero son gente proba que por su buena vida nada tienen que temer de los que defienden y aplican la pena de muerte, por más que sean sus adversarios teóricos; el conocimiento y a veces la vista de ciertos crímenes horrendos, so pena de no ser tan probos rectos como se les suponía, no podrá menos de remover todas sus entrañas y levantar en su corazón sentimientos de venganza, pero no contra los que pidan y sentencien la pena de muerte, sino contra el criminal que juzgan ha de sufrir el merecido castigo de su sanguinaria audacia (98).

Finalmente, si es el reo en quien la pena de muerte levanta sentimientos de venganza, esto es no por la pena de muerte sino por su propia iniquidad, que no solamente asaltó criminalmente el derecho ajeno, sino que ahora también se levanta contra la justicia que exige justo castigo de su crimen. Y así, sin tener ninguna cuenta con esos sentimientos de venganza, hay que aplicarles sin miramientos la pena que merece.

Además, muchísimo más de estimar son los sentimientos de venganza personal que tal vez se levantarán en los familiares de los asesinados y aún en todos los de recta «inteligencia y sentimiento» si vieran triunfar el crimen, si no impunemente, al menos sin el castigo que justamente merece.

Concluyamos, pues, diciendo que el penalista filósofo verdadero debe ser instruido por los hechos, y no por vanas teorías y cavilaciones. Y ciertamente todos los hechos pasados y presentes atestiguan lo contrario de lo que firman nuestros adversarios: que la pena de muerte, lejos de relajar la moral y costumbres de los pueblos, las contiene, las purifica y las ordena, y por esto es altamente moralizadora.

302. — Lo que suelen objetar en este punto también nuestros adversarios de que la pena de muerte es inconveniente por razón de los indultos, casi no vale el trabajo de discutirlo. Pues si ciertamente nos viéramos precisados a concederles que efectivamente así era, también les contestaríamos que el remedio estaba no en suprimir la pena, buena en sí y necesaria, sino en quitar aquella causa por la cual resultaba inconveniente; suprímanse los indultos, y asunto concluido.

La inconveniencia resultante de los indultos contra la pena de muerte se reduce a que puede dar lugar a la arbitrariedad e injusticia de parte de las personas que en ellos intervienen, las cuales por diversas circunstancias dependientes en última instancia de su juicio subjetivo, puedan conceder indulto a quien lo merece menos que a otro a quien se la ha negado.

303. — Perfectamente, no neguemos que pueda acontecer eso en lo terreno de los hechos. Pero por regla general cuando existe indulto para la pena de muerte, también existe para las otras penas, principalmente para aquellas que habrían de sustituir a la pena de muerte en caso de abolirla; resulta que o habría que abolir también estas penas para prevenir la injusticia del indulto, y entonces hay el gravísimo inconveniente de que por un crimen atroz y de los mayores que puedan cometerse habría que imponer una pena leve, o algún tanto grave pero de ninguna manera correspondiente a la gravedad del delito; o simplemente suprimir también el indulto para esas penas. En cuyo caso no hay para qué suprimir una pena por una parte necesaria y por otra sin sustituto legal que no tenga iguales o mayores inconvenientes.

304. — ¿Qué remedio, pues? Muy sencillo: suprimir por una parte la injusticia y arbitrariedad estulta con que en este punto suelen proceder los gobiernos llamados liberales y democráticos, tipo Alcalá Zamora el nefasto; y la gritería no menos estulta de los modernos pisaverdes y damiselas alocadas y sentimentales, que, llevados de una molicie ilimitada en lo irracional, apenas alguna Autoridad sale de ser el «Juan Lanas» y condena a pena capital a quien de veras lo mereció; cuando a diestro y siniestro empiezan a escupir horrores compasivos contra la crueldad del que con mano fuerte quiere detener la del asesino, y con su egoísta y farisaica compasión (99) procuran con sus peticiones de indulto arrancar de la mano de la justicia la espada salvadora de la sociedad. Y suprimir también, por otra, la inconsciencia y velocidad de esos gobernantes que, por su ansia de popularidad o porque ellos también participan de los perjuicios del vulgo, cuyos esclavos son; dan pobrísima idea de su seriedad y rectitud al ceder a sus instancias, poniendo así en ridículo a la ley y alentando a los delincuentes en sus propósitos criminosos, con la esperanza cierta de poder salvarse.

305. — Ese es el verdadero remedio que se debe poner y no hay otro verdaderamente racional, como se deduce de la esencia misma del indulto. La razón del indulto es corregir provisoriamente los defectos que la ley puede tener por exceso de rigor para casos particulares incompletamente previstos.

Ahora bien, SI EXISTEN en el caso particular de que se trate TALES ACCIDENTES que puedan eximir al reo de la pena de muerte, NO DEBE IMPONERSE, y en este caso NO PROCEDE LA PETICIÓN DE INDULTO, puesto que no existe la pena para la que hubiera de pedirse.

Si empero ESOS ACCIDENTES NO EXISTEN y la ley exige la pena capital, una de dos; o esa ley es justa o no.

Si no lo es, tampoco debió imponerse, y así corríjase la ley, pero no se dé lugar al indulto, porque no lo hay; y el darlo es un verdadero desorden.

Si lo es, cúmplase la ley: porque es ley justa, y la justicia exige que se cumpla toda pena impuesta justamente: lo contrario es también una injusticia y un desorden (100).

Notas:

(94) Mecacci, oh. cit., vol. 2º, Sezione 4ª, Cap. 17, Torino 1902.

(95) Cuando Nerón hacía servir de luminarias a miles de cristianos, por el solo delito de serlo, atados en sendos palos y quemados vivos para iluminar la ciudad de Roma; la pena de muerte continuaba todavía suprimida por la ley Porcia. ¡Sarcasmo eterno de la estulticia humana que no acaba de convencerse de lo que es la Ley para el hombre inverecundo y sanguinario!

(96) Cuando con la culpa juntamente se conoce la pena, sea la de muerte sea cualquiera otra que el hombre aborrezca, dice Santo Tomás, por el hecho mismo se aparta del pecado a la voluntad: porque más contiene la pena, que estimula la culpa. (Santo Tomás, Suma Teológica, II-II, q. 108, a. 3, ad 3ª dificultad).

(97) Así como el hombre, dice Aristóteles, es sin comparación ninguna el mejor de todos los animales; así cuando abandona la ley y el derecho es el peor de todos: joriscén nómou kai dickes jeíriston pánton. Aristóteles, Politica, l, 1.

(98) Ayer mismo, mientras escribía esto, ocurrió aquí en Montevideo el siguiente hecho que inserto tal como lo trae el diario «El Pueblo» de hoy 31-1-38. Por él podrán ver aquellos a quienes impugno si es natural o no que brote espontáneamente el sentimiento de vengar el crimen, incluso con la muerte del asesino, como parecen estaban dispuestos a hacerlo dos «testigos» del crimen de que se habla en el último párrafo.

¡Mató a puñaladas a una joven de 18 años!»

El homicida es un hombre de 44 años. La joven no le correspondía y enloquecido por el despecho, la mató.

En las primeras horas de la tarde de ayer ocurrió un drama pasional en que perdió la vida una joven de 18 años. El matador, un hombre de 44 años, impulsado por un apasionamiento morboso, se exasperó al hallarla en compañía de un joven que le hacía la corte, y precipitándose sobre la desventurada chica le infirió cinco brutales puñaladas, desahogando con ese ensañamiento, su injustificable furor.

Una modesta familia

Hace ya algún tiempo proveniente de Melo y obligada por razones de índole económica, la familia de Olivera Fernández se había traslado a la capital. Once personas la componían, y este total se domicilió en una modesta finca situada en la intersección de las calles Ramón Anador y Propios. Es una pequeña casita que consta de tres pequeñas piezas, en las que se dispusieron dificultosamente los familiares. En esta situación, bastante precaria por cierto, buscaron trabajo, lográndolo la joven María Olivera, uruguaya, de 18 años de edad, quien comenzó a desempeñarse en los escritorios del ingeniero Aureliano Calleriza, ganando en esta forma su sustento.

Un amigo

Allá en Melo, entre sus numerosas relaciones, había quedado un amigo, Juan Altez, uruguayo, divorciado, de 44 años de edad, quien en compañía de sus dos hijos resolvió trasladarse a Montevideo. Ya aquí en la capital se apareció un día en lo de los Olivera con ánimo de saludarlos. La juvenil belleza de María despertó los deseos del visitante, quien en algunas veladas sugerencias, trató de romper la amigable indiferencia de la chica.

Altez, sin tener en cuenta su madurez, diametralmente opuesta a la juventud de la chica, sin tener en cuenta tampoco la diferencia temperamental de ambos, fue cercando sistemáticamente a la joven, quien limitaba las intenciones de su adorador con negativas rotundas. Esto no bastaba; dentro de Altez bullía el deseo de poseerla y con esa esperanza proseguía su ofensiva.

El pretendiente, casado en segundas nupcias, se había separado de su mujer, haciéndose cargo de dos hijos suyos, los cuales por repetidas veces había dejado en la casa de los Olivera, en tanto que él se ocupaba de algunos asuntos. En realidad, era uno de los pretextos empleados para aproximarse a María y hacerle cargo de sus proposiciones.

Ayer de tarde

La joven había salido ayer por la tarde, con el propósito de verse con un joven cortejante. Así lo hizo y fue en esas circunstancias precisamente que fue vista por Altez, quien aguardó el momento que el joven la abandonara para interpelarla. En términos violentos le increpó a María su frialdad y le reprochó duramente su aptitud al aceptar las atenciones de otro. Ella contestó en el mismo tono, y el hombre, enceguecido, desbordó su despecho en un arranque furioso. Extrajo un cuchillo que llevaba en sus ropas y con él le infirió varias puñaladas. La muchacha cayó, agitada en postreras convulsiones, y el asesino se abalanzó sobre ella y prosiguió con ensañamiento su obra criminal. Un vecino de aquellos lugares, Cipriano Giloca, logró desarmar al enloquecido Altez, quien se refugió en su domicilio Ramón Anador 3850, donde fue aprehendido.

La joven falleció pocos instantes después. Presentaba varias heridas en el costado izquierdo del tórax, una en el flanco derecho, que le atraviesa el pulmón de ese lado, y dos más en el costado derecho a la altura del hígado. Algunos testigos del crimen enfurecidos por el ensañamiento del asesino trataron de apoderarse de él, no lográndolo gracias a la intervención policial que dificultosamente pudo arrancarle de manos del público que habla acudido. Así, en medio de una atmósfera de hostilidad creciente fue detenido, quedando a disposición del Juez de Instrucción de Feria Dr. Díaz Mintegui.

(99) Véanse nn. 193-199, principalmente nn. 197-198.

(100) Véase P. Amor Naveiro, 1. c., n. 495-6.

 

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