DOMINGO DE PASCUA
En aquel tiempo, María Magdalena, y María la de Santiago, y Salomé compraron aromas, para ir a ungir a Jesús. Y muy de mañana, al día siguiente del Sábado, fueron al monumento, salido ya el sol. Y decían entre sí: ¿Quién nos separará la piedra de la puerta del sepulcro? Y, mirando, vieron separada la piedra, que era muy grande. Y, entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con traje blanco, y se asustaron. Pero él les dijo: No os asustéis; buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado; ha resucitado, no está aquí; he aquí el sitio donde lo pusieron. Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que os precederá en Galilea; allí lo veréis, como os lo dijo.
Anoche hemos considerado algunos aspectos de la gloriosa Resurrección de Nuestro Señor: el momento de dicha resurrección, que resucitó como el primero en el tiempo y en la dignidad, con el mismo Cuerpo y que la dio a conocer mediante testimonios y argumentos.
Veamos esta mañana que era necesario que la Resurrección de Cristo fuese causa de nuestra resurrección.
San Pablo dice: Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que duermen; porque por un hombre vino la muerte, y por un hombre viene la resurrección de los muertos.
Y esto es así porque el principio de dar vida a los hombres es el Verbo de Dios. De donde Él mismo dice: Como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere.
El Verbo de Dios da primeramente la vida al Cuerpo que le está naturalmente unido; y por medio de Él causa la resurrección en todos los demás.
La Resurrección de Cristo es, pues, causa de la nuestra por la virtud del Verbo.
+++
Veamos más en detalle.
La justicia de Dios es la causa primera de nuestra resurrección; y la Resurrección de Cristo es la causa segunda, y como instrumental.
Hablando con propiedad, la Resurrección de Cristo es causa eficiente y ejemplar.
Eficiente ciertamente, en cuanto que la humanidad de Cristo, en la que resucitó, es en cierto modo instrumento de la misma divinidad, y obra por la virtud de ésta.
Y, por tanto, así como las demás cosas que Cristo hizo o padeció en su humanidad son saludables para nosotros por la virtud de su divinidad, así también la Resurrección de Cristo es causa eficiente de nuestra resurrección por la virtud divina, de la que es propio dar vida a los muertos.
Hemos visto que, así como la Resurrección del Cuerpo de Cristo, por estar tal cuerpo unido personalmente al Verbo, es la primera en el tiempo, así también es la primera en la dignidad y en la perfección.
Y lo perfectísimo es siempre el ejemplar a imitar por las cosas que son menos perfectas.
Por este motivo, la Resurrección de Cristo es el ejemplar de la nuestra, porque necesitamos conformarnos con aquella resurrección. Por eso dice San Pablo: El cual transformará nuestro cuerpo miserable, configurándolo con su cuerpo glorioso.
En lo que atañe a la razón de la eficiencia, que depende de la virtud divina, la muerte de Cristo y su Resurrección son, tanto la causa de la destrucción de la muerte, como la del restablecimiento de la vida.
Pero, por lo que se refiere a la razón de ejemplaridad, la muerte de Cristo es causa de la destrucción de nuestra muerte, mientras que su Resurrección es causa del restablecimiento de nuestra vida.
+++
Pero, ¿nos referimos a la resurrección de nuestro cuerpo solamente, o también a la del alma?
Dice San Pablo: Resucitó para nuestra justificación, que no es otra cosa que la resurrección de las almas.
Por eso, la Resurrección de Cristo es causa de nuestra resurrección, tanto del alma en el presente como del cuerpo en el futuro.
La Resurrección de Cristo obra con la virtud de la divinidad. Y tal virtud se extiende no sólo a la resurrección de los cuerpos sino también a la resurrección de las almas, pues Dios es la causa de que el alma viva por la gracia y de que el cuerpo viva por el alma.
Y, debido a esto, la Resurrección de Cristo tiene, a modo de instrumento, virtud suficiente no sólo respecto de la resurrección de los cuerpos, sino también respecto de la resurrección de las almas.
Tiene igualmente razón de ejemplaridad respecto a la resurrección de las almas. Porque nosotros debemos configurarnos con Cristo resucitado también en cuanto al alma.
En efecto, San Pablo dice: Así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva; y así como Él, resucitado de entre los muertos, ya no muere, así también nosotros hagamos cuenta de que estamos muertos al pecado, para que de nuevo vivamos con Él.
Sin embargo, la eficacia de la Resurrección de Cristo llega a las almas, no por la virtud propia de su Cuerpo resucitado, sino por el poder de la divinidad a la que está personalmente unido.
+++
Dos cosas concurren a la justificación de las almas, a saber: el perdón de la culpa y la novedad de la vida por medio de la gracia.
Por consiguiente, en cuanto a la eficacia, que viene de la virtud divina, lo mismo la Pasión de Cristo que su Resurrección son causa de la justificación respecto de las dos cosas.
Pero, si se atiende a la ejemplaridad, la Pasión y la muerte de Cristo son propiamente la causa de la remisión de la culpa, por la que morimos al pecado; mientras que la Resurrección es la causa de la novedad de vida, que se logra por medio de la gracia o de la justicia.
Y, por este motivo, dice San Pablo que fue entregado a la muerte por causa de nuestros pecados, esto es, para quitarlos, y resucitó por nuestra justificación.
+++
Nuestra gloria y nuestra felicidad, participación de las de Jesús, serán inmensas.
Por esto, en la medida que participemos de los sufrimientos de Cristo, debemos alegrarnos, porque, cuando se manifieste la gloria de Jesús, tomaremos parte en su alegría.
Nosotros gozaremos de Dios en la misma medida que haya llegado la gracia en nosotros, en el momento de nuestra salida de este mundo.
No perdamos de vista esta verdad: el grado de nuestra felicidad eterna es y quedará fijado para siempre por el grado de caridad que hayamos logrado con la gracia de Cristo, cuando Dios nos llame a Él.
Dios es tan espléndido en lo que hace para su Hijo Jesucristo, que quiere que el misterio de la Resurrección de su Hijo se extienda no solamente a nuestras almas, sino también a nuestros cuerpos.
Nosotros resucitaremos; es un dogma de fe.
Nosotros resucitaremos corporalmente como Cristo.
¿Podría ser de otra manera? Cristo es nuestra Cabeza; nosotros formamos con Él un Cuerpo Místico.
Si Cristo ha resucitado, conviene que nosotros, sus miembros, compartamos la misma gloria.
Porque no solamente por nuestra alma, sino también por nuestro cuerpo, es decir por todo nuestro ser, somos miembros de Cristo.
La unión más íntima nos liga a Jesús.
Si, pues, Él ha resucitado glorioso, los fieles que, por la gracia santificante, formen parte de su Cuerpo Místico le estarán unidos en su resurrección.
Escuchemos lo que nos dice San Pablo a este propósito: Cristo ha resucitado y constituye las primicias de los que han muerto; Él representa los primeros frutos de una cosecha; después de Él debe seguir la cosecha.
Por un hombre, Adán, entró la muerte en la tierra; pero también por un hombre vendrá la resurrección de los muertos. Y así como todos mueren en Adán, así todos serán vivificados en Cristo.
+++
Esta es nuestra fe y nuestra esperanza.
Mas, ahora nuestra vida está escondida con Cristo en Dios; al presente vivimos sin que la gracia produzca sus efectos de claridad y de esplendor, los cuales culminan en la gloria.
Así como Cristo, antes de su resurrección, contuvo el resplandor glorioso de su divinidad y sólo dejó entrever un reflejo a tres de sus discípulos el día de la Transfiguración en el Tabor, del mismo modo nuestra vida interior es, aquí abajo, sólo conocida por Dios; queda escondida a los ojos de los hombres.
Además, aunque nos esforcemos en reproducir en nuestras almas los caracteres de la vida resucitada de Jesús, sin embargo, es una labor que se opera todavía en una carne herida por el pecado, sometida a las flaquezas del tiempo.
No llegamos a esta libertad santa sino al precio de una lucha renovada sin cesar y fielmente sostenida.
A nosotros también nos conviene, como decía el mismo Jesús a los discípulos de Emaús, el mismo día de Pascua, sufrir para entrar en la gloria.
No seremos glorificados con Cristo, si no sufrimos con Él.
Que estos pensamientos celestiales nos sostengan en los días que nos quedan por pasar aquí abajo, en este valle de lágrimas.
Sí, vendrá el día en que no habrá más dolores.
Permanezcamos firmes en la fe en Cristo Jesús; conservemos una esperanza invencible en sus méritos; vivamos en su amor, no cesemos de aumentar, por una fe ardiente y por santos deseos, nuestra capacidad de ver y amar a Dios, de gozar de Él en la bienaventuranza eterna.
Día vendrá en que la fe cederá su puesto a la visión, en que a la esperanza sucederá la bienaventurada realidad, en que el amor se dilatará en Dios.
A veces nos parece que esta felicidad está muy lejos; pero no, cada día, cada hora, cada minuto nos acerca a ella.
Buscad, nos dice San Pablo, las cosas de lo alto, allí donde Cristo está sentado a la diestra de Dios; pongamos nuestro afecto en las cosas de arriba, y no en las de esta tierra; porque nuestra vida, nuestra verdadera vida, la de la gracia, prenda de la felicidad eterna, está escondida con Cristo en Dios.
Pero, cuando Cristo, nuestra vida, aparezca triunfante, también nosotros apareceremos con Él en su gloria.
Que ningún dolor, que ningún sufrimiento nos abata; porque toda pena del tiempo presente, por ligera que sea, produce para nosotros, por encima de toda medida, un peso eterno de gloria.
Que ninguna tentación nos retraiga; porque, si somos hallados fieles al tiempo de la prueba, día vendrá en que recibiremos la carona que debe ser nuestra entrada en la verdadera vida prometida por Dios a los que le aman y sirven.
Esperando unirnos con Jesús, vivamos por la fe en el poder ilimitado de su plegaria y de su crédito, por la esperanza de compartir un día su felicidad, por la caridad que nos entregue alegre y generosamente al cumplimiento fiel y sincero de su voluntad y de su beneplácito…
Es así como debemos disponernos a participar plenamente del admirable misterio de la glorificación de Jesús.
Hagamos nuestro el grito jubiloso del Apóstol: ¡Vivamos vida nueva! Cristo resucitado ya no muere; la muerte no tiene ya dominio en Él.
Del mismo modo nosotros, muertos ya al pecado y resucitados a la vida, no volvamos a las viejas sendas del pecado, a las costumbres del viejo hombre, pues son costumbres de muerte, y nosotros hemos sido hechos nuevas criaturas, que no deben gustar la muerte del pecado.
Recemos y pidamos como nos enseña la Santa Madre Iglesia:
Haz, te rogamos, oh Dios Omnipotente, que habiendo celebrado las fiestas de Pascua, continuemos, con tu gracia, realizando su ideal en nuestra vida y costumbres.

