PADRE LUIS DE PALMA

ESPECIAL SEMANA SANTA

Espera la Virgen Nuestra Señora la resurrección de su Hijo

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Habíase vuelto la Virgen Nuestra Señora desde el Calvario y lugar del sepulcro al Cenáculo del monte Sión, haciéndose fuerza para arrancarse de aquellos lugares. Y dejando el corazón acompañando al cuerpo de su Hijo en el sepulcro volvió por los mismos pasos y caminos que había

visto venir a su Hijo cargado con el madero de la cruz, llena de luto y de viudez, renovando la

memoria de sus dolores, salpicadas las tocas y manchado el vestido con la sangre preciosa de

su redención, resolviéndose toda en lágrimas de amor y de dolor. Volvía por las calles de la ciudad amparada de la sombra y oscuridad de la noche para no ser del todo conocida. Y como el caso estaba tan reciente, todos hablarían de él, unos condenando, otros excusando: y los dejaban hincada saetas en piadoso corazón. Muchos la conocerían y hablarían de Ella: ¿qué dirán? Otros más conocidos cuando la viesen se tendrían por obligados a llegarse y hablar con Ella: ¿qué le dirían? Entró finalmente en el Cenáculo de Sión, y allí renovaron las lágrimas, trayendo a la memoria los misterios que la noche antes había obrado el Señor en él, cercado como la oliva de sus pimpollos, de todos sus Apóstoles. Ahora. i0h súbita mudarza! , ellos estaban huidos y escondidos. Y Él  después de una muerte tan acerba y afrentosa, quedaba en el sepulcro.

Entrando pues la Virgen en la casa retlróse a algún apartado lugar de ella, y despidiéndose con lágrimas de aquellas santas mujeres que le habían hecho compañía, se quedó sola a llorar

y descansar llorando, y empezó a derramar su corazón en el divino acatamiento con ardentísimos

afectos. Contemplaba a su Hijo muerto, al mundo redimido, a Dios aplacado, el camino del cielo

abierto, las profecías cumplidas, y la sangre del Nuevo Testamento derramada. Repetía con su

pensamiento, una y muchas veces las dolorosas estaciones de aquel día y experimentaba grandes provechos en su alma con la memoria de ellas. El águila real que solía levantar su vuelo a lo más alto y clavar los ojos en el sol de hito en hito, estaba ahora abrazada con este cuerpo muerto, gustando su sangre y cebándose en ella, que por todas las heridas manaba de él.

Acordábase de la noche antes, que con tanta ternura y reverencia se había despedido de ella.

Mirábale en el Huerto puesto en agonía y tan perseverante en su oración; acompañábale en los

tribunales, yendo y viniendo con Él los jueces notaba sus respuestas, admiraba su silencio, penetraba su sentimiento, reverenciaba su obediencia y abrazaba su inmensa caridad. Hacía memoria muy por menudo de todo el proceso de aquel y como quien sabía estimar este tesoro, ninguna cosa quería perder de él. Compadecíase de sus dolores, miraba su semblante doloroso, oía sus gemidos, estaba atenta a sus palabras, y recogía en su alma aquellas preciosas lágrimas

que, mezcladas con la sangre, corrían por su rostro; conservaba estas memorias en su pecho,

conferíalas entre sí en su corazón.

Bajaba con su pensamiento al limbo Y hallábase presente a las fiestas de los Santos Padres.

Revolvía en su pecho el sepulcro, y miraba los ples y las manos traspasadas; y otra vez le sonaban en los oídos y le herían el corazón los golpes de los martillos que las enclavaron. Miraba la cabeza traspasada con espinas, los cabellos pegados con la sangre, la barba mellada, las mejillas cárdenas, el pecho descoyuntado, las espaldas llagadas, el costado y el corazón abiertos; y daba voces con lágrimas al Padre Eterno para que lo resucitase y volviese al cuerpo el alma, que estando para morir el mismo Hijo suyo con grande clamor, y oyéndole Ella, había depositado en sus manos.

Consideraba los Apóstoles huidos y escondidos los demás discípulos que habían creído, escandalizados, y el cuerpo místico de su Hijo no meno herido y despedazado de lo que estaba el

natural: y como Madre no menos del uno que del otro, deseaba vida y espíritu para ambos, y recogerlos y abrigarlos y vivificarlos con el calor y amor de sus entrañas.

En estos pensamientos y oraciones se pasó la noche toda del viernes; y luego, en siendo de día,

la piadosa Madre cuidado y diligencia en recoger los hijos que con la fuerza de la tempestad andaban turbados, y con la conciencia de su culpa, tristes y desanimados. ¿Dónde estarían?

¿Qué harían? ¿Qué dirían? ¿Qué pensamientos revolverían? ¿Qué lágrimas llorarían? Y como la

sangre de Jesucristo empezaba a obrar espíritu de penitencia en ellos, estarían confusos de sus flaquezas, arrepentidos de sus culpas, animados a la enmienda, deseosos de hallar favor con su

Maestro para volver a su gracia. ¿Y qué mayor favor, qué mayor consuelo y confianza podían tener, que tener la Madre para volver a la gracia del Hijo? Si por ventura envió la Virgen al Evangelista que los buscase y en su nombre los acariciase y ¿en dónde los halló? ¿Quién les dio seña de ellos? o si por ventura todos o la mayor parto ellos, desde que huyeron en el Huerto, se recogieron al Cenáculo, y allí estuvieron hasta que volvió la Virgen dejando a muerto a su Hijo en el sepulcro. ¿Con qué lágrimas la recibieron? ¡Cómo se arrojaron todos a sus pies reconociendo su excelencia, engrandeciendo su fe, alabando y ensalzando su fortaleza, en su amparo y deseando y pidiendo su favor!

iOh Virgen benignísima, recibid a los pecadores que quieren valerse de Vos! Estos hombres, que

aquí veis cobardes y flacos, son los capitanes que vuestro Hijo tiene nombrados para la conquista

del mundo: éstos los príncipes de su reino; éstos los pastores de su rebaño y los huesos firmes en que se ha de sustentar su cuerpo místico. No tengáis Señora, en poco que en esta ausencia tan amarga de vuestro Hijo os haya dejado esta prenda tan dulce y tan querida: tanto los amó, que habiéndose El entregado a manos de sus enemigos, expresamente les mandó que no hiciesen mal a ellos: y habiéndose dejado sacrificar el inocente Cordero con tanto rigor, tuvo cuidado que no tocasen a sus huesos (Num.. 9. 12). Esta es, Señora, la familia que queda a vuestro cargo; ésta es la Iglesia que, como niña aún está tierna y se está formando y fortaleciendo en  Ascendens in attum, captivam duxit captivitatem. Y como dijo el Apóstol (Efes., 4, 9), el haber subido y el decir que  subió,  ¿por qué es sino porque bajó primero hasta lo más profundo de la tierra? El que bajó debajo de la tierra, ese mismo es el que subió sobre los cielos para llenarlo todo con su presencia de gloria y majestad.