Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DE LA MISA DE GLORIA

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MISA DE GLORIA

Pasado el sábado, al amanecer el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro. De pronto se produjo un gran terremoto, pues el Ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó encima de ella. Su aspecto era como el relámpago y sus vestidos blancos como la nieve. Los guardias, atemorizados ante él, se pusieron a temblar y se quedaron como muertos. El Ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: “Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, que fue crucificado; no está aquí, porque ha resucitado, como lo había predicho. Venid, ved el lugar donde estaba puesto el Señor. Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. Ya os lo ha predicho.”

Al leer con detenimiento el Santo Evangelio, notamos que cuando Nuestro Señor habla a los Apóstoles de su Pasión, siempre añade que resucitará al tercer día.

La Resurrección señala para Jesús la aurora de su vida gloriosa.

Por eso, la Iglesia, cuando conmemora solemnemente los sufrimientos de su Esposo, mezcla siempre a sus sentimientos de compasión acentos de triunfo.

Ciertamente, los ornamentos de color morado o negro, la denudación de los altares, las Lamentaciones tomadas de Jeremías, el silencio de las campanas…, atestiguan la amarga desolación que embarga su corazón de Esposa en estos días conmemorativos del gran drama.

Pero, ¿qué himno hace resonar entonces? Un canto de triunfo y de gloria: Vexilla Regis prodeunt (Avanzan los estandartes del Rey, he aquí cómo brilla el misterio de la Cruz…).

La Cruz representa las humillaciones de Cristo; pero, después que Jesús fue clavado en ella, la Cruz ocupa el sitio de honor en nuestras iglesias.

Instrumento de nuestra salvación, la Cruz ha venido a ser por Cristo el precio de su gloria: ¿No era preciso que Cristo sufriese todas estas cosas, para entrar en su gloria?

Y por eso el himno continúa: Se cumplieron entonces los fieles oráculos de David, cuando dijo a las naciones: Reinará Dios desde el madero.

Lo mismo sucede para nosotros… El sufrimiento no es la última palabra en la vida cristiana. Después de haber participado de la Pasión del Salvador, participaremos también de su gloria…

Si sabemos participar de la Pasión…, participaremos de la gloria…

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Era necesario que Cristo padeciese y que resucitase de entre los muertos. Así enseña la Sagrada Escritura.

Y fue necesario que Cristo resucitase. Entre otros motivos, pueden citarse los siguientes:

Primero, para manifestación de la justicia divina, que es la encargada de exaltar a los que se humillan por Dios, según aquellas palabras de Nuestra Señora: Derribó a los poderosos de su trono, y exaltó a los humildes.

Por haberse humillado Cristo hasta la muerte de cruz, era necesario que fuese exaltado por Dios hasta la Resurrección gloriosa.

Segundo, para la instrucción de nuestra fe. Por su Resurrección, efectivamente, fue confirmada nuestra fe en la divinidad de Cristo.

Y, por este motivo, se escribe: Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, y vana es nuestra fe.

Tercero, para levantar nuestra esperanza. Pues, al ver que Cristo resucita, siendo Él nuestra cabeza, esperamos que también nosotros resucitaremos.

Cuarto, para instrucción de la vida de los fieles, conforme a aquellas palabras de San Pablo: Como Cristo resucitó de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva.

Y también esto: Cristo, al resucitar de entre los muertos, ya no muere; así, pensad que también vosotros estáis muertos al pecado, pero vivos para Dios.

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Consideremos esta noche algunos aspectos de la gloriosa Resurrección de Nuestro Señor.

Un primer punto se refiere al momento de dicha resurrección.

Acabamos de decir que ella fue necesaria para instrucción de nuestra fe. Ahora bien, nuestra fe recae tanto en la divinidad como en la humanidad de Cristo, pues no basta creer una cosa sin la otra.

Para confirmar la fe en su divinidad, convino que resucitase pronto, y que su Resurrección no se aplazase hasta el fin del mundo.

Para que se hiciese firme la fe en su humanidad y en su muerte, fue necesario que mediase un intervalo entre su muerte y su Resurrección, pues si hubiese resucitado inmediatamente después de la muerte, podría dar la impresión de que ésta no fue real y, por consiguiente, tampoco la Resurrección.

Ahora bien, para poner en claro la verdad de la muerte de Cristo bastaba con que su Resurrección se difiriese hasta el tercer día.

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Otro tema importante es que Jesucristo resucitó de entre los muertos, como primicias de los que duermen, porque resucitó el primero en el tiempo y en la dignidad.

En efecto, la resurrección es la vuelta de la muerte a la vida.

Pero son dos los modos en que uno es arrancado de la muerte.

Uno, cuando esa liberación se limita a la muerte actual, de suerte que alguien comienza a vivir después de haber muerto.

Otro, cuando alguien es librado no sólo de la muerte sino también de la necesidad y, lo que es más, de la posibilidad de morir. Y ésta es la resurrección verdadera y perfecta. Porque, mientras uno vive sujeto a la necesidad de morir, en cierto modo le domina la muerte.

Y así resulta evidente que la resurrección que sólo libra a uno de la muerte actual, es una resurrección imperfecta.

Con resurrección imperfecta, resucitaron algunos antes de Cristo, para demostrar de antemano, como una señal, la Resurrección de Aquél.

Pero, hablando, de la resurrección perfecta, Jesucristo es el primero de los resucitados, porque, al resucitar, fue el primero de todos en llegar a la vida enteramente inmortal, conforme a aquellas palabras de San Pablo: Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere.

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Un tercer punto nos enseña que, para que la Resurrección de Cristo fuese verdadera, fue necesario que el mismo Cuerpo de Cristo se uniese otra vez a la misma Alma.

Por eso, el Cuerpo de Cristo después de la Resurrección fue verdadero cuerpo y tuvo la misma naturaleza que antes había tenido.

Pero claro está que el Cuerpo de Jesucristo en su Resurrección es glorioso. Y esto se deja ver por tres motivos.

Primero, porque la Resurrección de Cristo fue el ejemplar y la causa de nuestra resurrección.

Los Santos, en su resurrección, tendrán cuerpos gloriosos. Ahora bien, por ser la causa superior a lo causado y el ejemplar a lo copiado, con mucha mayor razón es glorioso el Cuerpo de Cristo resucitado.

Segundo, porque mediante la humillación de la Pasión mereció la gloria de la Resurrección.

Tercero, porque el Alma de Cristo fue gloriosa desde el principio de su concepción a causa de su perfecta fruición de la divinidad; pero, por una disposición divina, sucedió que la gloria no redundase del Alma en el Cuerpo, a fin de que con su Pasión realizase el misterio de nuestra redención.

Por tanto, una vez cumplido el misterio de la Pasión y la muerte de Cristo, su Alma comunicó la gloria al Cuerpo, reasumido en la Resurrección. Y, de este modo, aquel Cuerpo se tornó glorioso.

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En cuanto a lo que pertenece a la naturaleza del cuerpo humano, está íntegramente en el Cuerpo de Cristo resucitado: la carne, los huesos, la sangre y las demás cosas de este género.

Sin embargo, a pesar de su gloria, fue conveniente que Al alma de Cristo reasumiese, a la hora de la resurrección, el Cuerpo con las cicatrices.

Primero, por la gloria del propio Cristo. Dice San Beda, que conservó las cicatrices no por la incapacidad de curarlas, sino para llevar siempre los honores del triunfo de su victoria.

Segundo, para confirmar los ánimos de los discípulos en lo tocante a la fe de su Resurrección.

Tercero, para mostrar siempre al Padre, al rogar por nosotros, la clase de muerte que sufrió por el hombre.

Cuarto, para dar a conocer a los redimidos con su muerte cuán misericordiosamente fueron socorridos, poniéndoles delante las señales de esa misma muerte.

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Finalmente, Jesucristo dio a conocer su Resurrección de dos maneras, a saber: con testimonios y con argumentos o señales.

Se sirvió, efectivamente, de un doble testimonio para manifestar su Resurrección a los discípulos.

El primer testimonio es el de los Ángeles, que anunciaron la Resurrección a las mujeres.

El otro es el testimonio de las Escrituras, que Él mismo declaró para manifestación de su Resurrección.

También los argumentos fueron suficientes para probar su Resurrección verdadera, e incluso gloriosa.

Que su Resurrección fuera verdadera, lo probó de un primer modo por parte del Cuerpo. Acerca del cual manifestó tres cosas:

Primera, que era un cuerpo verdadero y sólido, no fantástico y ligero, como lo es el aire. Y lo demostró presentando su Cuerpo como palpable.

Segunda, probó que era un cuerpo humano, manifestándoles su verdadera figura, que veían con sus ojos.

Tercera, les probó que era numéricamente el mismo cuerpo que antes había tenido, al presentarles las cicatrices de sus heridas.

De un segundo modo les probó la verdad de su Resurrección por parte del Alma unida otra vez al Cuerpo. Y esto lo probó mediante las operaciones de una triple vida.

Primero, por la obra de la vida nutritiva, puesto que comió y bebió con sus discípulos.

Segundo, por las obras de la vida sensitiva, ya que respondía a las preguntas de los discípulos, y saludaba a los que se hallaban presentes, con lo que demostraba que veía y que oía.

Tercero, por las obras de la vida intelectiva, porque hablaban con Él y discurrían sobre las Escrituras.

Y para que nada faltase a la perfección de la prueba, demostró también que tenía naturaleza divina mediante el milagro que hizo cuando la pesca de los peces; y más adelante, al subir al Cielo, viéndolo ellos.

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La Resurrección es, pues, argumento invicto de nuestra fe; lo es, asimismo, de nuestra esperanza.

Condenados a morir por el pecado del primer Adán, ya tenemos, en la Resurrección del Segundo, el gaje y la causa de la nuestra, del cuerpo y del alma.

Creemos en la Resurrección de Jesucristo y en todo el sistema de verdades que sobre ella se asienta. Sobre la misma Resurrección fundamos nuestra esperanza de revivir después de la muerte. Esperamos en la Resurrección de Cristo la realidad de las promesas de nuestra fe.

¡Qué consuelo para el alma cristiana! Ya no tenemos solamente la certeza de las verdades de la Fe, porque tenemos la garantía de la Resurrección de Jesús, que es su fundamento inconmovible; sino que tenemos la certeza de la inmortalidad, hasta de esta carne deleznable.

Moriremos, pero volveremos a vivir; y la tristeza de la muerte estará templada por la promesa de la inmortalidad futura.

Digamos, pues, con la Liturgia, en el Prefacio Pascual: Es ciertamente digno y justo, debido y saludable, Señor, que te alabemos en todo tiempo; pero con mayor magnificencia en éste en que Jesucristo inmolado es nuestra Pascua. Porque Él es el verdadero Cordero que quitó los pecados del mundo. El cual, muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró nuestra vida.