Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DE LA SOLEDAD DE MARÍA SANTÍSIMA

Sermones-Ceriani

SOLEDAD DE MARÍA SANTÍSIMA

Nuestro Señor Jesucristo vino al mundo para restaurar la Obra de la Salvación; y cuando ingresa a este valle de lágrimas toma sobre sí la humillación, el sufrimiento y el dolor.

Adán introdujo el pecado; y el sufrimiento y la muerte fueron el castigo.

Nuestro Señor Jesucristo introdujo la santidad y la vida; y el dolor y la cruz tomaron el sentido de instrumentos redentores.

Jesucristo restaura la historia desde dentro, haciendo suyas las consecuencias de nuestra condición pecadora: acepta nuestros sufrimientos, gusta nuestras amarguras, soporta nuestras angustias y padece la muerte. Asume nuestras debilidades y miserias para vencerlas, modificando su significación y sentido, haciendo de ellas instrumentos de paz y de salvación.

Desde que Nuestro Señor hizo del sufrimiento la manifestación más misericordiosa de su amor redentor, el dolor es el medio indispensable e insustituible de toda purificación, así como el compañero inseparable de la santificación.

Toda santidad auténtica debe pasar por la Cruz.

El dolor redentor posee en sí una misteriosa fuerza transformante. La razón es simple: el sufrimiento, hecho instrumento de redención, es un dolor iluminado por la presencia del amor misericordioso de Dios; un dolor que conoce perfectamente el motivo y el fin de esta misteriosa presencia; que, si bien hace experimentar sus terribles consecuencias, brinda al alma la ocasión de unirse al gozo de Cristo voluntariamente inmolado en alabanza de Dios y la salvación de las almas.

Este misterio podemos observarlo en la vida de la Santísima Virgen María: Dios, que la hace Madre, le da un Hijo y un Corazón lleno de amor y ternura sin comparación para con ese Hijo.

Pero Dios, que la llama a la maternidad, relaciona ésta con la misión del Redentor.

Dios, que le da aquel Hijo, luego se lo pide para que Ella cumpla, con su entrega y participación, su misión en la obra de la redención.

Ninguna criatura como María Santísima estuvo tan asociada al misterio de Cristo. De aquí que ninguna criatura como Ella se vio tan íntimamente ligada a su dolor redentor.

De ahí le viene su grandeza; de ahí se originan todas sus aflicciones.

Su Divina Maternidad será una Maternidad Corredentora, y ésta será la fuente inagotable e insondable de su dolor maternal.

La medida de la gracia de María, Madre del Redentor, es la de la Cruz.

La medida de su santidad es la de su Compasión.

Nuestra Señora dio su consentimiento a la Encarnación Redentora; Ella no ignoraba las profecías mesiánicas, que anunciaban los sufrimientos del Redentor. Pronunciando su “fiat”, aceptó generosamente desde ese momento todos los dolores que la salvación del género humano les ocasionaría a su Hijo y a Ella.

Fue para la Pasión que la Santísima Virgen ofreció su aceptación, asistencia y participación.

Ella es la que más ha cooperado al misterio de Cristo sufriente; por eso la Iglesia relaciona tan estrechamente la Compasión de María a la Pasión de Jesús, y mide la profundidad y el alcance de la primera según la segunda.

En esas horas dolorosas Ella se une a su Hijo, formando con Él, más que nunca, un mismo espíritu y un solo Corazón. Por eso su Compasión  es tan grande… Nadie puede penetrar como Ella las profundidades de este misterio. Sólo la Madre comprende al Hijo.

Ante el horrendo martirio, María sabe discernir una adorable liturgia, un supremo acto de religión; ante sus ojos ve al verdadero Cordero de Dios que quita los pecados del mundo… y Ella misma, cual dorada patena, lo ofrece al Padre y se inmola justo con Él.

Al igual que el Padre, Ella también ha amado tanto al mundo que le ha entregado su Unigénito Hijo para su salvación.

Cuando recibe en sus brazos el Cuerpo del Redentor, sabe, como en el día de la Encarnación, como en Belén, en el Templo, en Egipto y en Nazaret, que tiene en sus brazos el precio de nuestra redención.

De pie, junto a la cruz de Jesús, estaba su Madre.

El Evangelista hace mención de María junto la Cruz; y de pie, como para un oficio; firme, como para una cita de sacrificio.

El mayor espectáculo que hubo jamás, que llenó de admiración a todos los Ángeles del Cielo y asombrará a todos los Santos por toda la eternidad…; este misterio inefable de un Dios padeciendo por sus esclavos y sus enemigos, sólo tuvo por testigo a la Santísima Virgen María.

¿Los judíos y los paganos? Sólo vieron allí a un hombre a quien odiaban o despreciaban…

¿Las mujeres de Galilea y San Juan? Solamente contemplaron a un justo a quien se hacía morir cruelmente…

Sólo María Dolorosa, representando a toda la Iglesia, vio allí a Dios padeciendo por los hombres.

María de la Compasión, compadecía sola estos divinos padecimientos y participó de su infinidad.

Este es el peso que Nuestra Señora de la Soledad María llevó sola con Jesús.

La Pasión fue la medida de su Compasión.

Los Dolores de María sobrepujan a todos los dolores. Así lo ha ratificado la devoción cristiana, llamando a María con los grandes nombres de Madre de los Dolores, Virgen de los Dolores, Nuestra Señora de la Piedad, Nuestra Señora de la Consolación…, etc.

Así lo ha entendido la humanidad entera, llevando a los pies de sus altares, para templarlos y sobrellevarlos con su ejemplo supremo, los dolores más agudos, que sin Ella no tendrían ni modelo ni consuelo.

María era Madre, pero Madre del Redentor, de la Víctima de nuestra salvación, y, por tanto, Madre Corredentora y Compasiva.

No pudiendo el Hijo de Dios padecer y morir en su naturaleza divina, debió adaptarse un Cuerpo, una naturaleza pasible, una aptitud de Víctima; y la tomó de María y en María.

Lo que la hizo Madre de Dios la hizo al mismo tiempo Madre de Compasión y de Dolor.

María es Madre de una Víctima de nacimiento y de predestinación; su Maternidad tiene el mismo objeto que la Encarnación: la Redención.

Todo cuanto recibió, mereció y padeció María como Madre del Hijo de Dios, fue con ese único fin, y contribuyó a él como formando parte de su Maternidad misma y procediendo de su principio.

Esta consecuencia es rigurosa; la corta distancia que separa el Pesebre de la Cruz no puede interrumpir ni siquiera debilitar en lo más mínimo esta correlación; porque, si la atenuase en cuanto a la Madre, la disminuiría respecto del Hijo.

La Cruz, en cuanto al Hijo, no es más que la consumación de un sacrificio que comienza el día de la Encarnación, al ser ungido Sacerdote y al asumir un cuerpo como hostia.

De donde se sigue que, al concebirlo y al darlo a la luz María, lo ofreció para la Cruz.

La inmolación del Calvario sólo es para Ella el término y propósito de su alumbramiento virginal.

Ella es la Eva de la Nueva Alianza y la Madre común de todos los fieles; mas para serlo fue preciso que le costase la muerte de su Primogénito.

Para esto la Providencia la llamó al pie de la Cruz; allí inmoló a su Hijo: ¡muera Él para que vivan los hombres! Tal es el sentido, el valor y el efecto de la Corredención y Compasión de María.

Esto es lo que se contempla y comprende al pie de la Cruz.

No obstante, en lo más recio de esta tempestad de ineluctables dolores, entre la sangre y las lágrimas del suplicio, la consternación del discípulo, las lamentaciones de las mujeres piadosas, las últimas palabras y el gran grito de la Víctima, la conmoción y el obscurecimiento de la naturaleza entera, María, superior a su sexo, superior al hombre, superior a la humanidad, sola con la Divinidad, inmóvil…, permanecía de pie: Stabat.

La misma divina Maternidad, fuente de su dolor, fue, al mismo tiempo, la de su valor.

Dios quiso que María Santísima sufriese para verla sufrir, y para que los hombres la contemplásemos sufriendo.

En efecto, el sufrimiento, a los ojos de Dios y de los hombres, completa la perfección de Nuestra Señora.

Fue necesario que María sufriese para ser en todo semejante a su Hijo; fue necesario que sufriese porque no hay espectáculo más grande y bello para Dios, ni que le rinda tanta gloria, como el del alma justa victoriosa del dolor por el amor.

María tenía que sufrir porque debía ser el ideal del alma cristiana, y ésta sólo se desarrolla plenamente en el sufrimiento.

De este modo, no podemos concebir el Calvario y a Jesús en Cruz, sin que María esté allí.

María tenía que sufrir porque Dios la eligió para cooperar, en unión indisoluble con Jesús, en la obra de la Redención.

Era necesario que María sufriese como digno asistente del sacrificio de la Cruz. Jesús necesitaba un corazón que comprendiese al suyo y fuese capaz de latir al unísono con Él.

Reuniendo en su Corazón Inmaculado los corazones de toda la humanidad, Nuestra Señora ofreció en su nombre los homenajes debidos a Jesús y, en unión con Él, los debidos al Padre.

Era necesario que la Virgen sufriese porque debía ser nuestro modelo en el dolor. ¡Es difícil sufrir bien y meritoriamente! Contemplando a la Madre Dolorosa, el cristiano aprende a sufrir.

¡Qué bella es un alma que sabe sufrir! No hay espectáculo más bello a los ojos de Dios que el del justo sufriente.

¡Qué belleza la del dolor bien soportado, con conformidad!

Solamente María Santísima, purísima y sin culpa alguna, realizó este ideal.

No hubo en su dolor ninguna amargura, no se detuvo en las causas segundas, dominó su dolor para hacerlo meritorio, sufrió no sólo con resignación, sino también, y aún más, con conformidad.

Por todo esto su sufrimiento fue fecundo.

La piedad cristiana gusta representar a los mártires con los instrumentos de su suplicio que, si por una parte fueron ocasión de dolores y sufrimientos tales que les quitaron la vida, también fueron ocasión de manifestarle a Dios la excelencia de su amor. También, por eso, son instrumentos de su glorificación.

Hermosa y sabiamente, la piedad cristiana gusta de representar a la Reina de todos los Mártires, Nuestra Señora de la Compasión, con su Hijo Redentor en brazos, ya que fue Él el motivo y la verdadera causa de su martirio, y la ocasión de probar su amor a Dios.

También Él es ahora causa de su glorificación.

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Intentemos esta tarde penetrar más en los sufrimientos de Jesús para comprender mejor los dolores de su Madre Santísima; para ello, consideremos lo que sucedió durante la Semana de la Pasión.

Judas consumó su odiosa venta. ¡Cómo habrá repercutido esta traición en el Corazón de María, tan sensible a la fidelidad!

La última Pascua llegó, y vimos al cordero figurativo desvanecerse en presencia del verdadero Cordero, cuya Carne se nos da en alimento y su Sangre en bebida. Esto ocurrió en la Cena del Señor. Revestidos del vestido nupcial hemos tomado allí asiento entre los discípulos; porque ha sido el día de la reconciliación, que reunió en una misma mesa al pecador arrepentido y al Justo por excelencia, siempre fiel.

Pero el tiempo urgía, y fue necesario ir pronto al huerto de Getsemaní; allí es donde pudimos apreciar todo el peso de nuestras iniquidades, a la vista de los fallecimientos del Corazón de Jesús, que allí se vio oprimido hasta tener que recibir ayuda del Ángel del consuelo.

San Juan ciertamente ha narrado a María todos los pormenores de la agonía y la somnolencia de los Apóstoles… Mientras tanto, Ella velaba junto a su Hijo agonizante…

Después, a media, noche, los criados y la soldadesca, conducidos por el traidor, echaron mano al Hijo del Eterno Padre, y las legiones de los Ángeles, que le adoran en todo momento, quedaron desarmados en presencia de tan horrible iniquidad. Pero, si los Ángeles asistieron impotentes por orden del Altísimo, la Madre Dolorosa acompaña al Hijo silenciosa y dolorosa…, aceptando el decreto del Padre.

Entonces comenzó esa serie de injusticias, cuyo teatro fueron los cuatro tribunales de Jerusalén, dos religiosos y dos civiles…

La mentira, la calumnia de los testigos; la pusilanimidad del gobernador romano; los insultos de los criados y soldados; los gritos tumultuosos del populacho tan ingrato y tan cruel…; tales fueron los incidentes que llenaron las horas veloces que se deslizaron desde el instante en que el Redentor fue apresado por sus enemigos, hasta que fue elevado sobre la Cruz, en la cumbre del Calvario.

Hemos considerado todas estas cosas; nuestro pesar y nuestro amor no deben permitirnos alejarnos de estas escenas en que, entre tantos ultrajes, el Redentor corona la gran empresa de nuestra salvación.

Nuestra Señora asistió a estos pasos de la Pasión de su Hijo. Ella inocente…, nosotros culpables…

En fin, después de las bofetadas y salivas, después de la sangrienta flagelación, después de la cruel afrenta de la coronación de espinas, nos pusimos en marcha para seguir el Via Crucis del Hijo del Hombre…; por las huellas de su sangre, reconocimos su paso.

Tuvimos que atravesar un mar borrascoso de iras de un pueblo ávido del suplicio del inocente, y escuchar las imprecaciones que insolente vomitó contra el Hijo de David.

También la Madre siguió el reguero de sangre, mientras su Corazón se dolía al repercutir en él los insultos y mofas preferidos contra su Hijo…

Llegados al lugar del sacrificio, vimos con nuestros propios ojos a la augusta Víctima, despojada de sus vestidos, clavada en un madero sobre el cual debía expirar, levantada en el aire entre el cielo y la tierra, como para estar más expuesta todavía a los insultos de los pecadores.

Nos acercamos al Árbol de la Vida para no perder ni una gota de esta Sangre purificadora, ni una sola de las palabras que, a intervalos, hizo llegar a nosotros.

En fin, después de tres horas de agonía, le vimos inclinar la cabeza, y recibimos su último suspiro.

No nos queda, pues, más que un cuerpo inanimado y muerto, unos miembros ensangrentados y yertos por el frío de la muerte.

¡Este es el Hijo de Dios que con tanta alegría saludamos cuando vino al mundo!

No le bastó al Hijo del Eterno humillarse tomando la forma de esclavo. Ese nacimiento en la carne, no era más que el principio de su sacrificio; su amor le llevó a la muerte, y muerte de Cruz.

Sabía que nosotros no obtendríamos nuestra salvación sino mediante el precio de tan generosa inmolación; y su Corazón no dudó.

Ya hemos contemplado que de pie, junto a la cruz de Jesús, estaba su Madre…

Ahora debemos compartir el desconsuelo de Nuestra Señora de la Soledad, cuyo Corazón está traspasado por la espada de dolor; y debemos colocarnos a su lado pues Jesús moribundo nos confió a su ternura, y nos la entregó para que la consolásemos hoy mismo, cuando todo se repite tal cual hace veintiún siglos…

Sí, repasemos y asistamos a los misterios de la Semana Mayor…

Semana Santa, semana de los misterios divinos, ¡cuántas cosas puedes enseñarnos a los sucesores de aquellos que fueron tus testigos presenciales!

Semana Santa, dinos todo lo que vieron tus ojos, ¡todo!: la veleidad e ingratitud en las muchedumbres; el odio y la envidia de los jefes del pueblo; la cobardía y el egoísmo en los amigos…; pero también la fidelidad, la lealtad y la delicadeza en aquel grupito tan reducido…

Semana Santa, cuéntanos, y con muchos pormenores, lo que tú viste de bondad inacabable, de paciencia sin tasa, de generosidad con excesos, de amor hasta el fin de Nuestro Señor y Maestro y su Santísima Madre.

Píntanos con todos sus colores la cara de Jesús durante la agonía en el huerto, cuando recibió el beso de Judas, cuando fue abofeteado en la casa de Caifás, cuando lo trataron de loco…

Graba en nuestra alma aquel rostro escupido, lleno de cardenales; aquellos cabellos y barba mesados e impregnados de sangre; aquellos ojos hundidos por la fiebre, tristes por la pena y, a pesar de todo, amantes…, ofreciendo perdón…

Haznos contemplar aquellas miradas de Jesús a Judas, cuando abandona el Cenáculo para venderlo…; a Pedro, cuando le niega…; a las mujeres, que le lloran…; a Juan, que no lo abandona…; a su Madre Dolorosa, presente en el camino al Calvario y de pie junto a la Cruz…

Semana Santa, cuéntanos bien lo que fueron el Monte de los Olivos, el Cenáculo, el Huerto de Getsemaní, los salones de las casas de Anás y Caifás, el Pretorio, el palacio de Herodes, la Calle de la Amargura, el Monte Calvario, el Santo Sepulcro…

Y cuéntanos también todo lo que hicieron los hombres con Jesús…, porque todavía los hombres seguimos portándonos mal, muy mal con Jesús…

Todavía hay pueblo veleidoso y olvidadizo; todavía hay fariseos que odian y conspiran hipócritamente; todavía hay amigos y favorecidos que lo niegan y lo dejan solo; todavía hay cobardes Pilatos que se lavan las manos…

Todavía, en medio de esta apostasía de las naciones y esta agonía de la Iglesia, hay Jardín de los Olivos, Pretorio, Calle de la Amargura y Monte Calvario para Jesús…, y en ellos casi todo es ingratitud y olvido de las turbas, odio de los poderosos y cobardía de los amigos, y poco, muy poco de fidelidad, de compasión y de lágrimas que acompañen como en la primera Semana Santa.

Calle de la Amargura sin lágrimas compasivas de mujeres, sin encuentros de Madre, ¡que calle más amarga eres!

Calvario sin sollozos de penitentes, sin protestas de amantes, sin agradecimientos de redimidos, ¡qué amargo calvario eres!

Y esto arranca una queja al Corazón de Jesús…

Jesús está padeciendo nuevamente, sí; y, como en su Pasión, se queja.

Cuatro veces se quejó:

– la primera, de sus tres íntimos, que dormían: ¿No pudisteis velar una hora conmigo?;

– la segunda, de Judas, que lo vende y traiciona: Amigo, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?;

– la tercera, del esbirro, que le abofetea: Si he hablado mal, dime en qué; y si bien, ¿por qué me pegas?;

– la cuarta, de su Padre, que le priva de su presencia sensible: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Estas cuatro quejas tan serenas, que más parecen lamentos que quejas, han sido arrancadas de los labios y del Corazón de Jesús, más que por cuatro dolores distintos, por uno solo manifestado bajo cuatro formas: ¡el abandono!

Esa es la gran pena del Corazón de Cristo, ese es el dolor que flota sobre el mar sin fondo ni ribera de dolores en que se anega su Corazón… La soledad…

El abandono de la amistad humana, en la soñolienta desidia de sus íntimos y en la perfidia de Judas; el abandono de la justicia humana en la insolente bofetada; el abandono de los consuelos de Dios en la ausencia del Padre…

Siempre el abandono poniendo la gota más amarga de hiel en el cáliz de sus amarguras…

Y al cabo de esas amarguras y abandonos, la muerte…

El Evangelio lo dice, y nuestro Credo es su eco, que Jesucristo padeció y murió. Y esas palabras tan claras, ¡qué efectos tan distintos producen desde hace veintiún siglos!

Hace veintiún siglos que ocurrió lo que significan, y para esa pasión y muerte hay aún lágrimas compasivas, gemidos de penitentes, heroísmo de imitadores; pero también imprecaciones de populacho seducido, hipócritas protestas de perseguidores arteros, torpes subterfugios de cómplices cobardes y saña diabólica de verdugos…

Padeció y murió, oyen decir los unos, y rezan, y lloran, y piden perdón, y protestan amor, y se aprestan a padecer y morir por el que padeció y murió por ellos…

Padeció y murió, oyen los otros, y rechinando los dientes, o lavándose hipócritamente las manos, o gozándose en la sangre inocente, repiten el «crucifícale» o el «no queremos que este reine sobre nosotros» o el «preferimos a Barrabás».

Diríase que cada Viernes Santo que pasa, más que un aniversario y un recuerdo de aquel primero, es una repetición del mismo…

Se repiten la piedad valiente y delicada de las Marías, la fidelidad de Juan, las lágrimas de la Virgen, la confesión del ladrón, la misericordiosa solicitud de José y Nicodemo…

Pero se repiten también los odios y las seducciones, las ingratitudes, los salivazos, las bofetadas, la cruz… y no se repite la muerte porque no pueden, porque la muerte ya no tiene sobre Él ningún poder…

¡Pobrecillos los perseguidores de Jesús!, están perpetuamente condenados a servir a Barrabás, capitán de ladrones y viciosos, por no querer servir a Jesucristo, Rey de reyes y Señor de los señores.

Están perpetuamente condenados a bajar siempre del Calvario como los fariseos y los verdugos, rechinando los dientes y confundidos por la ira de Dios, por no querer bajar como el centurión, confesando que verdaderamente aquel hombre es el Hijo de Dios…

Pobrecillos y eternamente pobrecillos los perseguidores de la Iglesia, Cuerpo Místico de Jesús. Ellos se irán con sus decretos persecutorios; con sus leyes blasfemas; con sus impiedades escritas, habladas o hechas; con sus intriguillas y con sus aparentes triunfos de poco tiempo; se irán, sí, como se fueron los que les precedieron en el oficio de deicidas…; pero el Cristo y su Iglesia por ellos envidiados y escarnecidos, aparentemente puestos a muerte, ¡ellos no se van!…

Podrán estar velados…, pero ¿irse?… ¡entendedlo bien perseguidores!: ¡No se van!

Y nosotros, mientras tanto, ¿qué?

Dirijamos nuestra mirada hacia Nuestra Señora en su soledad, y digámosle:

Madre Dolorosa del eterno condenado a destierro y a muerte por el tribunal de las pasiones humanas, haz de nuestro corazón una fortaleza y un refugio para defensa y descanso de tu Jesús y su Iglesia, hoy velados, ocultos, abandonados y quejándose…

No permitas, Madre, que nos durmamos; no permitas que traicionemos a tu Hijo; no permitas que lo abandonemos…

Madre Santísima, concédenos la gracia de estar contigo junto a la Cruz de Jesús y de su Iglesia…

¡Virgen María, Madre de los Dolores, Nuestra Señora de la Soledad!, cuando mires a tu Hijo ensangrentado en el Calvario, permite que humildemente recojamos tu inmenso dolor; permite que, aunque indignos, enjuguemos tus lágrimas.