JUEVES SANTO
Hermanos, ahora, pues, cuando os reunís en un mismo lugar, no es para comer la Cena del Señor; porque cada cual, al comenzar la cena, toma primero sus propias provisiones, y sucede que uno tiene hambre mientras otro está ebrio. ¿Acaso no tenéis casas para comer y beber? ¿O es que despreciáis la Iglesia de Dios, y avergonzáis a los que nada tienen? ¿Qué os diré? ¿He de alabaros? En esto no alabo. Porque yo he recibido del Señor lo que también he transmitido a vosotros: que el Señor Jesús la misma noche en que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, el entregado por vosotros. Esto haced en memoria mía. Y de la misma manera tomó el cáliz, después de cenar, y dijo: Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre; esto haced cuantas veces bebáis, para memoria de Mí. Porque cuantas veces comáis este pan y bebáis el cáliz, anunciad la muerte del Señor hasta que Él venga. De modo que quien comiere el pan o bebiere el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Pero pruébese cada uno a sí mismo, y así coma del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe, no haciendo distinción del Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación. Por esto hay entre vosotros muchos débiles y enfermos, y muchos que mueren. Si nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados. Mas siendo juzgados por el Señor, somos corregidos para no ser condenados con el mundo.
Este Jueves Santo, consagrado a conmemorar la Institución de la Sagrada Eucaristía, deseo atraer la atención sobre una de las figuras más importantes de la misma; de modo que nos sirva de fundamento para nuestra meditación y nos ayude a crecer en la devoción al Santísimo Sacramento.
Ecce Agnus Dei. Ecce qui tollit peccata mundi.
San Juan Bautista, al ver venir a Jesús hacia él por el valle del Jordán, exclamó: He aquí el Cordero de Dios. He aquí Aquél que quita el pecado del mundo.
De todos los seres vivos que han tenido el honor de representar misteriosamente la Persona de Jesucristo en el arte cristiano, el cordero es realmente el que ha tenido mayor auge; y este favor se apoya en una base sólida, pues está establecida por las Sagradas Escrituras y por la Santa Liturgia.
Su elección procede del Pentateuco, de las profecías de Isaías y de Jeremías, del Evangelio y del Apocalipsis de San Juan.
Conocidas son las palabras del Profeta Isaías aplicadas a la Persona de Jesucristo como texto profético que anunciaba su papel de víctima redentora:
Éramos todos como ovejas errantes, seguimos cada cual nuestro propio camino; y Yahvé cargo sobre él la iniquidad de todos nosotros. Fue maltratado, y se humilló, sin decir palabra; como cordero que es llevado al matadero; como oveja que calla ante sus esquiladores, así él no abre la boca. (Isaías, LIII, 6-7).
Y la Santa Iglesia, desde sus albores, recogió en su Liturgia la aclamación del Bautista: Ecce Agnus Dei…
Dado que es víctima expiatoria y propiciatoria, que sustituye a la humanidad culpable, el cordero ocupó en este sentido el primer lugar entre los símbolos y emblemas de Jesucristo.
Los primeros que lo representaron han visto en Él la víctima sufriente de la tierra, más que la víctima triunfante del cielo, pues sus imágenes más antiguas nos lo muestran echado y no de pie.
Más tarde, la cruz coronó la cabeza misma del Cordero divino, que se ha puesto de pie. Y he aquí que, poco después, el Cordero lleva deliberadamente la gran cruz.
Todo el medievo lo representó casi siempre de pie, sangrando abundantemente por la gran herida que se abre en su pecho, o más raramente en su garganta, como sucede en una de las espléndidas tapicerías del Apocalipsis de la catedral de Angers.
En otros monumentos, el Cordero está simplemente echado sobre el Libro de siete Sellos.
En otros lugares, en vez de la Cruz, es la lanza la que proclama su triunfo, el triunfo de su amor, pues lo hirió en el Corazón.
Consideremos, entonces, la relación entre el Cordero y la Sagrada Eucaristía.
Las composiciones emblemáticas que unen la figura del cordero con la idea de la Eucaristía hacen que, de modo completamente natural, la mente se remonte hacia ese otro cordero que los hebreos, desde Moisés, comieron según ritos particulares y cuya sangre salvó sus vidas.
El Libro Sagrado del Éxodo nos dice que los hebreos iban a abandonar Egipto; pero antes de que partiesen, el Señor ordenó a Moisés les impusiese la inmolación de un cordero por familia, y precisó cómo habían de consumir esa víctima.
Moisés proclamó entonces ante el pueblo reunido la siguiente orden:
Tomaréis un cordero, sin mancha, macho y de la edad de un año, y lo inmolaréis al anochecer del día catorce del mes; marcaréis con su sangre los dos montantes y el dintel de vuestra puerta; luego, comeréis la carne del cordero asada al fuego, con panes sin levadura y hierbas amargas. Comeréis con prisa, ceñidos los lomos, calzados los pies y el bastón en la mano: es la Pascua del señor.
Y aquella noche pasó Yahveh por Egipto y mató a todos los primogénitos de aquel país; pero, en las casas de los hebreos, pasó de largo el Destructor a causa de la sangre del cordero que marcaba las puertas; e Israel salió de Egipto.
En una segunda orden concerniente a esta ceremonia de la Pascua, que debía celebrarse cada año en recuerdo de la liberación de la nación, el Señor prohibió que se rompiese ningún hueso del cordero pascual.
Más tarde, San Juan, cuando narra que el Viernes Santo los verdugos del Señor no le rompieron las piernas, precisa: Lo hicieron así para que se cumpliesen las Escrituras: No le quebraréis ningún hueso.
La víspera de este día, único entre los días, Jesús había comido con los suyos el cordero de Pascua, su imagen profética; y, sustituyendo al cordero representativo, había dicho al consagrar el Pan y el Vino: Tomad y comed, esto es mi cuerpo… Tomad y bebed, este es el cáliz de mi sangre.
De ahí que la Iglesia viese un lazo de continuación entre el cordero pascual de los ritos abolidos y el Sacramento del Cuerpo y la Sangre del Señor, Cordero naciente del Testamento nuevo y eterno, misterio de Fe.
San Pablo lo afirmaba a los corintios: Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.
Y la Iglesia, en el Prefacio de Pascua, repite cada año la palabra apostólica: … cum Pascha nostrum immolatus est Christus, y la canta en el himno del tiempo pascual Ad regias Agni dapes: Jam Pascha nostrum Christus est, “Ahora, nuestra Pascua es Cristo”; sustitución redentora por la cual el símbolo cede paso a la realidad.
Por eso al Cordero divino, alimento sobrenatural de las almas, desde muy pronto lo pusieron los artistas en relación de contacto o de idea con la Eucaristía.
De este modo vemos, ya sea, en el propio altar del sacrificio eucarístico, al Cordero echado, ya sea al Cordero de pie sobre un trono, cuya sangre va a recogerse en el interior de un cáliz puesto a sus pies.
Este tema tan expresivo del gran misterio de amor, del misterio del Corazón abierto, del Corazón que convierte su savia vital en alimento de los suyos, fue a partir de entonces uno de los motivos emblemáticos más hermosos y más elocuentes del arte del catolicismo.
Santa Francisca Romana nos transmitió la descripción de una visión “en la que contempló al Salvador en la forma de un cordero que tenía el corazón desgarrado, y de ese lado desbordaba sangre de la que se alimentaban corderitos”. La santa oyó entonces una voz que decía: Quien tenga sed que venga a mí y beba.
Pues bien, esa bebida sangrante, salida del Corazón del Cordero para alimento de los corderitos, es la Sangre Eucarística.
+++
Convenía ciertamente que la Eucaristía estuviese prefigurada en el Antiguo Testamento, porque, como dice Santo Tomás, este sacramento es especialmente un memorial de la Pasión de Cristo, y convenía que la Pasión de Cristo, por la cual nos redimió, fuese prefigurada para que la fe de los antiguos se encaminase hacia el Redentor.
Cuatro fueron las principales figuras de la Santísima Eucaristía en el Antiguo Testamento:
» La oblación de Melquisedec, que ofreció pan y vino.
» Diversos sacrificios de la Ley antigua, principalmente el de la expiación, que era solemnísimo.
» El maná concedido a los judíos en su peregrinación por el desierto, que tenía en sí todo el sabor.
» El Cordero pascual.
La principal de estas figuras fue el Cordero pascual. Santo Tomás lo explica de este modo:
Como en todos los otros, en este Sacramento podemos considerar tres cosas:
» Lo que es solamente sacramento (sacramentum tantum); o sea el signo exterior, lo que significa y no es significado, la materia y la forma; aquí la materia es el pan y el vino.
» Lo que es signo y cosa (res et sacramentum); es decir, lo que significa y es significado, esto es, el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
» Y lo que es solamente cosa (res tantum); esto es, lo significado y que no significa; el efecto de este sacramento, la gracia propia del mismo, que es este caso es restaurar y nutrir el alma.
En cuanto a lo que es solamente sacramentum, la principal figura de la Sagrada Eucaristía fue la oblación de Melquisedec, que fue de pan y de vino.
En cuanto al mismo Cristo, que padeció y es la realidad sublime en este Sacramento, sus figuras fueron todos los sacrificios del Antiguo Testamento, principalmente el sacrificio de expiación, que era solemnísimo.
Y en cuanto al efecto, su principal figura fue el maná, que tenía en sí todos los sabores, así como la gracia de este sacramento restaura y nutre el alma de todas maneras y en todas sus necesidades.
Pero el Cordero pascual prefiguraba este sacramento bajo esos tres aspectos:
» En cuanto a lo primero, porque se comía con panes ácimos.
» En cuanto a lo segundo, porque era inmolado por toda la multitud de los israelitas en la decimocuarta luna, lo cual fue figura de Cristo, llamado Cordero a causa de su inocencia.
» En cuanto al efecto, porque con la sangre del cordero pascual fueron los israelitas protegidos del Ángel exterminador y sacados de la servidumbre de Egipto.
Y por esto se pone el Cordero Pascual como principal figura de este Sacramento, en cuanto que representa al mismo en todos esos aspectos.
Penetrando aún más en la significación, Fray Luis de León comenta que Cordero, refiréndolo a Cristo, dice tres cosas:
» Mansedumbre de condición.
» Pureza e inocencia de vida.
» Satisfacción de sacrificio y ofrenda.
San Pedro las juntó las tres al decir de Jesucristo: El que no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; que, siendo maldecido, no maldecía, y, padeciendo, no amenazaba; antes se entregaba al que juzgaba injustamente; el que llevó a la cruz sobre sí nuestros pecados.
En primer lugar, Cordero dice mansedumbre, y esto con mucha razón se aplica a Jesucristo, por el extremo de mansedumbre que tiene, así en el trato como en el sufrimiento; así en lo que por nosotros sufrió como en lo que cada día nos sufre.
Del trato, Isaías decía: No será bullicioso ni inquieto ni causador de alboroto. Y Él dijo de sí mismo: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.
Y si es Cordero por la mansedumbre, ¡cuán justamente lo es por la inocencia y pureza!
Dice San Pedro: Redimidos, no con oro y plata que se corrompe, sino con la sangre sin mancilla del Cordero inocente.
Lo que pretende el Apóstol es persuadirnos que estimemos nuestra redención y que, cuando ninguna otra cosa nos mueva, a lo menos, por haber sido comprados con una vida tan justa y lavados del pecado con una Sangre tan pura, no carezca de efecto, y nos aprovechemos de Él.
La humanidad santa de Cristo es más santa y pura que todas las criaturas, pero es también la víctima, y sacrificio aceptable y suficiente para satisfacer por todos los pecados del mundo.
Nuestro santo Cordero, para serlo cabalmente y del todo, se hizo nuestro único y perfecto sacrificio, aceptando y padeciendo muerte afrentosa en la cruz para darnos justicia y vida.
Cuando San Juan dice de este Cordero que quita los pecados del mundo, no solamente dice que los quita, sino que, según la fuerza de la propia palabra, así los quita de nosotros, que los carga sobre sí mismo y los hace como suyos, para ser Él castigado por ellos y que quedásemos libres.
Fue, pues, sacrificio, no solamente padeciendo por nuestros pecados, sino tomando primero a nosotros y a nuestros pecados en sí, y juntándolos consigo y cargándose de ellos, para que, padeciendo Él, padeciesen los que con Él estaban juntos, y fuesen allí castigados.
Así como en la Ley Antigua, sobre la cabeza del animal con que limpiaba sus pecados el pueblo, en nombre de él ponía las manos el sacerdote y decía que cargaba en ella todo lo que su gente pecaba, así Él, porque era también sacerdote, puso sobre sí mismo las culpas y las personas culpadas, y las unió con su alma.
Padeciendo el Cordero, padecimos en Él y pagamos la pena que debíamos por nuestros pecados.
+++
Pero este Cordero Inmolado es Cordero Triunfador. San Juan describe en el Apocalipsis la apoteosis del Cordero… Vio al Deseado por las Naciones avanzar hacia el trono:
Vi, y he aquí que en medio del trono y de los cuatro Animales, en medio de los Ancianos, había en pie un Cordero; estaba como inmolado, tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete Espíritus de Dios enviados para toda la tierra. Fue y recibió el libro de la mano derecha de Aquel que estaba sentado en el trono.
Cuando hubo recibido el libro, los cuatro Animales y los veinticuatro Ancianos se prosternaron ante el Cordero, cada uno con un arpa y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos. Y entonaron un cántico nuevo que decía: Eres digno de abrir el libro y de romper los sellos; pues has sido inmolado y con tu sangre has redimido para Dios todas las tribus, todas las lenguas, todos los pueblos y todas las naciones, y los has hecho reyes y sacerdotes, y reinarán sobre la tierra.
Luego vi y oí, alrededor del trono, alrededor de los Animales y de los Ancianos, la voz de los Ángeles; y su número era de miríadas de millones de miles: decían con voz resonante: El Cordero que ha sido inmolado es digno de recibir el poder, la riqueza divina, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la bendición.
Y oí a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra y bajo la tierra, y en las aguas de los mares, y todas las cosas que allí se encuentran, y decían: A Aquel que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y poder por los siglos de los siglos. Y los cuatro Animales respondían: Amén.
Y este triunfo, que supera infinitamente todo cuanto Dante y los poetas hayan podido concebir jamás, va destinado al Cordero inmolado, a la víctima a la que ninguna otra se le puede equiparar, pues la efusión de su sangre ha redimido el mundo: quia per sanctam crucen tuam redemisti mundum, le canta su Iglesia.
Y como todo triunfo tiene que aportar lógicamente al dominador un aumento de autoridad; el triunfo está en la base de todos los dominios. Por eso mismo, el triunfo del Cordero, en la iconografía emblemática, tenía que ir seguido de un homenaje a su poder absoluto, a su dominio universal, que Isaías había deseado por medio de la ardiente plegaria que la Iglesia repite cada año en el Rorate de Adviento: Emitte Agnum dominatorem terræ, Envía, oh Dios, el Cordero dominador de la tierra.
Su poder, mayor que el mayor de los poderes humanos, lo celebró la iconografía representándolo armado con la vara simbólica del mando, esa vara del poder y de la virtud milagrosas del Cristo-Cordero, Virgam virtutis tuæ dice la Escritura.
El poder celestial del Cordero parece haberlo concentrado el Apocalipsis en esa particularidad de llevar siete cuernos y siete ojos que son los siete Espíritus de Dios. En el lenguaje de la Escritura, y por tanto en la santa iconografía, el cuerno es siempre una insignia de fuerza y de poder, y el siete es aquí el número misterioso que marca la idea de amplitud, de plenitud.
Del pecho del Cordero, por una gran abertura, mana la sangre divina que viene del Corazón. Es sin duda la víctima inmolada que, según el Apocalipsis, recibe la omnipotencia a causa de su sacrificio.
Último detalle, la iconografía sagrada del Cordero, emblema de Cristo, nos lo muestra frecuentemente llevando la cruz o el estandarte y mirando tras de sí; a veces tiene la boca entreabierta: es la llamada a las almas, la llamada que sale de los labios del Salvador y que repiten los Evangelios: Venid a mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis el reposo de vuestras almas; y también: Venid a mí los que estáis cargados, y yo os aliviaré.
En este Jueves Santo, en medio de nuestras pruebas y penas, sepamos ir hacia el Cordero Inmolado, Triunfante, Dominador, que nos llama desde la Sagrada Eucaristía…
Allí, junto al Altar del Cordero de Dios, manso y humilde de corazón, hallaremos el reposo para nuestras almas; y seremos aliviados…








