ESPECIAL DE SEMANA SANTA -MIERCOLES SANTO

Estación litúrgica en Roma: Santa María la Mayor
Simple

(ornamentos morados)

Conmemoración: San Juan de Capistrano, Confesor
«Señor, escucha mi oración y llegue a tí mi clamor. 
No apartes de mi rostro.»
(Salmos CI, 2)
Lección

Así dijo el Señor: Decid a la hija de Sión: «Mira que viene tu Salvador, mira cómo trae consigo su galardón, y delante de él va su recompensa. ¿Quién es éste que viene de Edom, de Bosra con vestidos teñidos (de sangre)} ¡Tan gallardo en su vestir, camina majestuosamente en la grandeza de su poder! “Soy Yo el que habla con justicia, el poderoso para salvar.” ¿Por qué está rojo tu vestido y tus ropas como las de lagarero?» “He pisado yo solo el lagar, sin que nadie de los pueblos me ayudase: los he pisado en mi ira, y los he hollado en mi furor; su sangre salpicó mis ropas, manchando todas mis vestiduras. Porque había fijado en mi corazón el día de la venganza, y el año de mis redimidos había llegado. Miré, mas no había quien me auxiliase, me asombré, pero nadie vino a sostenerme. Me salvó mi propio brazo, y me sostuvo mi furor. Pisoteé a los pueblos en mi ira, y los embriagué con mi furor, derramando por tierra su sangre. Celebraré las misericordias de Yahvé, las alabanzas de Yahvé, según todo lo que Yahvé nos ha hecho, y la gran bondad que ha usado con la casa de Israel según su piedad, y según la multitud de sus misericordias. 

Isaías LXIII, 1-7

Lección

En aquellos días: Dijo Isaías: Señor, ¿Quién ha creído nuestro anuncio, y a quién ha sido revelado el brazo del Señor? Pues creció delante de Él como un retoño, cual raíz en tierra árida; no tiene apariencia ni belleza para atraer nuestras miradas, ni aspecto para que nos agrade. Es un (hombre) despreciado, el desecho de los hombres, varón de dolores y que sabe lo que es padecer; como alguien de quien uno aparta su rostro, le deshonramos y le desestimamos. Él, en verdad, ha tomado sobre sí nuestras dolencias, ha cargado con nuestros dolores, y nosotros le reputamos como castigado, como herido por Dios y humillado. Fue traspasado por nuestros pecados, quebrantado por nuestras culpas; el castigo, causa de nuestra paz, cayó sobre él, y a través de sus llagas hemos sido curados. Éramos todos como ovejas errantes, seguimos cada cual nuestro propio camino; y el Señor cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros. Fue maltratado, y se humilló, sin decir palabra como cordero que es llevado al matadero; como oveja que calla ante sus esquiladores, así él no abre la boca. Fue arrebatado por un juicio injusto, sin que nadie pensara en su generación. Fue cortado de la tierra de los vivientes y herido por el crimen de mi pueblo. Se le asignó sepultura entre los impíos, y en su muerte está con el rico, aunque no cometió injusticia, ni hubo engaño en su boca. El Señor quiso quebrantarle con sufrimientos; mas luego de ofrecer su vida en sacrificio por el pecado, verá descendencia y vivirá largos días, y la voluntad del Señor será cumplida por sus manos. Verá (el fruto) de los tormentos de su alma, y quedara satisfecho. Mi siervo, el Justo, justificará a muchos por su doctrina, y cargará con las iniquidades de ellos. Por esto le daré en herencia una gran muchedumbre, y repartirá los despojos con los fuertes, por cuanto entregó su vida a la muerte, y fue contado entre los facinerosos. Porque tomó sobre sí los pecados de muchos e intercedió por los transgresores.

Isaías LIII, 1-12

La Pasión

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas- En aquél tiempo: Se aproximaba la fiesta de los Ázimos, llamada la Pascua. Andaban los sumos sacerdotes y los escribas buscando cómo conseguirían hacer morir a Jesús, pues temían al pueblo. Entonces, entró Satanás en Judas por sobrenombre Iscariote, que era del número de los Doce. Y se fué a tratar con los sumos sacerdotes y los oficiales (de la guardia del Templo) de cómo lo entregaría a ellos. Mucho se felicitaron, y convinieron con él en darle dinero. Y Judas empeñó su palabra, y buscaba una ocasión para entregárselo a espaldas del pueblo. Llegó, pues, el día de los Ázimos, en que se debía inmolar la pascua. Y envió (Jesús) a Pedro y a Juan, diciéndoles: “Id a prepararnos la Pascua, para que la podamos comer”. Le preguntaron: “Dónde quieres que la preparemos?” Él les respondió. “Cuando entréis en la ciudad, encontraréis a un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo hasta la casa en que entre. Y diréis al dueño de casa: “El Maestro te manda decir: ¿Dónde está el aposento en que comeré la pascua con mis discípulos?” Y él mismo os mostrará una sala del piso alto, amplia y amueblada; disponed allí lo que es menester”. Partieron y encontraron todo como Él les había dicho, y prepararon la pascua. Y cuando llegó la hora, se puso a la mesa, y los apóstoles con Él. Díjoles entonces: “De todo corazón he deseado comer esta pascua con vosotros antes de sufrir. Porque os digo que Yo no la volveré a comer hasta que ella tenga su plena realización en el reino de Dios”. Y, habiendo recibido un cáliz dio gracias y dijo: “Tomadlo y repartíoslo. Porque, os digo, desde ahora no bebo del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios”. Y habiendo tomado pan y dado gracias, (lo) rompió, y les dio diciendo: “Este es el cuerpo mío, el que se da para vosotros. Haced esto en memoria mía”. Y asimismo el cáliz, después que hubieron cenado, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que se derrama para vosotros. Sin embargo, ved: la mano del que me entrega está conmigo a la mesa. Porque el Hijo del hombre se va, según lo decretado, pero ¡ay del hombre por quien es entregado!” Y se pusieron a preguntarse entre sí quién de entre ellos sería el que iba a hacer esto. Hubo también entre ellos una discusión sobre quién de ellos parecía ser mayor. Pero Él les dijo: “Los reyes de las naciones les hacen sentir su dominación, y los que ejercen sobre ellas el poder son llamados bienhechores. No así vosotros; sino que el mayor entre vosotros sea como el menor; y el que manda, como quien sirve. Pues ¿quién es mayor, el que está sentado a la mesa, o el que sirve? ¿No es acaso el que está sentado a la mesa? Sin embargo, Yo estoy entre vosotros como el sirviente. Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas. Y Yo os confiero dignidad real como mi Padre me la ha conferido a Mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en, mi reino, y os sentéis sobre tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Simón Simón, mira que Satanás os ha reclamado para zarandearos como se hace con el trigo. Pero Yo he rogado por ti, a fin de que tu fe no desfallezca. Y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos. Pedro le respondió: “Señor, yo estoy pronto para ir contigo a la cárcel y a la muerte”. Mas Él le dijo: “Yo te digo, Pedro, el gallo no cantará hoy, hasta que tres veces hayas negado conocerme”. Y les dijo: “Cuando Yo os envié sin bolsa, ni alforja, ni calzado, os faltó alguna cosa?” Respondieron: “Nada”. Y agregó: “Pues bien, ahora, el que tiene una bolsa, tómela consigo, e igualmente la alforja; y quien no tenga, venda su manto y compre una espada. Porque Yo os digo, que esta palabra de la Escritura debe todavía cumplirse en Mí: «Y ha sido contado entre los malhechores». Y así, lo que a Mí se refiere, toca a su fin”. Le dijeron: “Señor, aquí hay dos espadas”. Les contestó: “Basta”. Salió y marchó, como de costumbre, al Monte de los Olivos, y sus discípulos lo acompañaron. Cuando estuvo en ese lugar, les dijo: “Rogad que no entréis en tentación”. Y se alejo o de ellos a distancia como de un tiro de piedra, y, habiéndose arrodillado, oró así: “Padre, si quieres, aparta de Mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Y se le apareció del cielo un ángel y lo confortaba. Y entrando en agonía, oraba sin cesar. Y su sudor fué como gotas de sangre, que caían sobre la tierra. Cuando se levantó de la oración, fué a sus discípulos, y los halló durmiendo, a causa de la tristeza. Y les dijo: “¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para que no entréis en tentación”. Estaba todavía hablando, cuando llegó una tropa, y el que se llamaba Judas, uno de los Doce, iba a la cabeza de ellos, y se acercó a Jesús para besarlo. Jesús le dijo: “Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?” Los que estaban con Él, viendo lo que iba a suceder, le dijeron: “Señor, ¿golpearemos con la espada?” Y uno de ellos dio un golpe al siervo del sumo sacerdote, y le separó la oreja derecha. Jesús, empero, respondió y dijo: “Sufrid aún ésto”; y tocando la oreja la sanó. Después Jesús dijo a los que habían venido contra Él, sumos sacerdotes, oficiales del Templo y ancianos: “¿Cómo contra un ladrón salisteis con espadas y palos? Cada día estaba Yo con vosotros en el Templo, y no habéis extendido las manos contra Mí. Pero ésta es la hora vuestra, y la potestad de la tiniebla”. Entonces lo prendieron, lo llevaron y lo hicieron entrar en la casa del Sumo Sacerdote. Y Pedro seguía de lejos. Cuando encendieron fuego en medio del patio, y se sentaron alrededor, vino Pedro a sentarse entre ellos. Mas una sirvienta lo vio sentado junto al fuego y, fijando en él su mirada; dijo: “Este también estaba con Él”. Él lo negó, diciendo: “Mujer, yo no lo conozco”. Un poco después, otro lo vio y le dijo: “Tú también eres de ellos”. Pero Pedro dijo: “Hombre, no lo soy”. Después de un intervalo como de una hora, otro afirmó con fuerza: “Ciertamente, éste estaba con Él; porque es también un galileo”. Mas Pedro dijo: “Hombre, no sé lo que dices”. Al punto, y cuando él hablaba todavía, un gallo cantó. Y el Señor se volvió para mirar a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra del Señor, según lo había dicho: “Antes que el gallo cante hoy, tú me negarás tres veces”. Y salió fuera y lloró amargamente. Y los hombres que lo, tenían (a Jesús), se burlaban de Él y lo golpeaban. Y habiéndole velado la faz, le preguntaban diciendo: “¡Adivina! ¿Quién es el que te golpeó?” Y proferían contra Él muchas otras palabras injuriosas. Cuando se hizo de día, se reunió la asamblea de los ancianos del pueblo, los sumos sacerdotes y escribas, y lo hicieron comparecer ante el Sanhedrín, diciendo: “Si Tú eres el Cristo, dínoslo”. Mas les respondió: “Si os hablo, no me creeréis, y si os pregunto, no me responderéis. Pero desde ahora el Hijo del hombre estará sentado a la diestra del poder de Dios”. Y todos le preguntaron: “¿Luego eres Tú el Hijo de Dios?” Les respondió: “’Vosotros lo estáis diciendo: Yo soy”. Entonces dijeron: “¿Qué necesidad tenemos ya de testimonio? Nosotros mismos acabamos de oírlo de su boca”. Entonces, levantándose toda la asamblea, lo llevaron a Pilato; y comenzaron a acusarlo, diciendo: “Hemos hallado a este hombre soliviantando a nuestra nación, impidiendo que se dé tributo al César y diciendo ser el Cristo Rey”. Pilato lo interrogó y dijo: “¿Eres Tú el rey de los judíos?” Respondióle y dijo: “Tú lo dices”. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a las turbas: “No hallo culpa en éste hombre”. Pero aquéllos insistían con fuerza, diciendo: “Él subleva al pueblo enseñando por toda la Judea, comenzando desde Galilea, hasta aquí”. A estas palabras, Pilato preguntó si ese hombre era galileo. Y cuando supo que era de la jurisdicción de Herodes, lo remitió a Herodes, que se encontraba también en Jerusalén, en aquellos días. Herodes, al ver a Jesús, se alegró mucho, porque hacía largo tiempo que deseaba verlo por lo que oía decir de Él, y esperaba verle hacer algún milagro. Lo interrogo con derroche de palabras, pero Él no le respondió nada. Entretanto, los sumos sacerdotes y los escribas estaban allí, acusándolo sin tregua. Herodes lo despreció, lo mismo que sus soldados; burlándose de Él, púsole un vestido resplandeciente y lo envió de nuevo a Pilato. Y he aquí que en aquel día se hicieron amigos Herodes y Pilato, que antes eran enemigos. Convocó, entonces, Pilato a los sumos sacerdotes, a los magistrados y al pueblo, y les dijo: “Habéis entregado a mi jurisdicción este hombre como que andaba sublevando al pueblo. He efectuado el interrogatorio delante vosotros y no he encontrado en Él nada de culpable, en las cosas de que lo acusáis. Ni Herodes tampoco, puesto que nos lo ha devuelto; ya lo veis, no ha hecho nada que merezca muerte. Por tanto, lo mandaré castigar y lo dejaré en libertad [Ahora bien, debía él en cada fiesta ponerles a uno en libertad]. Y gritaron todos a una: “Quítanos a éste y suéltanos a Barrabás”. Barrabás había sido encarcelado a causa de una sedición en la ciudad y por homicidio. De nuevo Pilato les dirigió la palabra, en su deseo de soltar a Jesús. Pero ellos gritaron más fuerte, diciendo: “¡Crucifícalo, crucifícalo!” Y por tercera vez les dijo: “¿Pero qué mal ha hecho éste? Yo nada he encontrado en él que merezca muerte. Lo pondré, pues, en libertad, después de castigarlo”. Pero ellos insistían a grandes voces, exigiendo que Él fuera crucificado, y sus voces se hacían cada vez más fuertes. Entonces Pilato decidió que se hiciese según su petición. Y dejó libre al que ellos pedían, que había sido encarcelado por sedición y homicidio, y entregó a Jesús a la voluntad de ellos. Cuando lo llevaban, echaron mano a un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, obligándole a ir sustentando la cruz detrás de Jesús. Lo acompañaba una gran muchedumbre del pueblo, y de mujeres que se lamentaban y lloraban sobre Él. Mas Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por Mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos, porque vienen días, en que se dirá: ¡Felices las estériles y las entrañas que no engendraron, y los pechos que no amamantaron! Entonces se pondrán a decir a las montañas: «Caed sobre nosotros, y a las colinas: ocultadnos». Porque si esto hacen con el leño verde, ¿qué será del seco?”. Conducían también a otros dos malhechores con Él para ser suspendidos. Cuando hubieron llegado al lugar llamado del Cráneo, allí crucificaron a Él, y a los malhechores, uno a su derecha, y el otro a su izquierda. Y Jesús decía: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Entretanto, hacían porciones de sus ropas y echaron suertes. Y el pueblo estaba en pie mirándolo, mas los magistrados lo zaherían, diciendo: “A otros salvó; que se salve a sí mismo, si es el Cristo de Dios, el predilecto”. También se burlaron de Él los soldados, acercándose, ofreciéndole vinagre y diciendo: “Si Tú eres el rey de los judíos, sálvate a Ti mismo”. Había, empero, una inscripción sobre Él, en caracteres. Uno de los malhechores suspendidos, blasfemaba de Él, diciendo: “¿No eres acaso Tú el Cristo? Sálvate a Ti mismo, y a nosotros”. 40 Contestando el otro lo reprendía y decía: “¿Ni aun temes tú a Dios, estando en pleno suplicio?. Y nosotros, con justicia; porque recibimos lo merecido por lo que hemos hecho; pero Éste no hizo nada malo”. Y dijo: “Jesús, acuérdate de mí, cuando vengas en tu reino”. Le respondió: “En verdad, te digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Era ya alrededor de la hora sexta, cuando una tiniebla se hizo sobre toda la tierra hasta la hora nona, eclipsándose el sol; y el velo del templo se rasgó por el medio. Y Jesús clamó con gran voz: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu”. Y, dicho esto, expiró. El centurión, al ver lo ocurrido, dio gloria a Dios, diciendo: “¡Verdaderamente, este hombre era un justo!” Y todas las turbas reunidas para este espectáculo, habiendo contemplado las cosas que pasaban, se volvían golpeándose los pechos. Mas todos sus conocidos estaban a lo lejos –y también las mujeres que lo habían seguido desde Galilea– mirando estas cosas. Y había un varón llamado José, que era miembro del Sanhedrín, hombre bueno y justo –que no había dado su asentimiento, ni a la resolución de ellos ni al procedimiento que usaron–, oriundo de Arimatea, ciudad de los judíos, el cual estaba a la espera del reino de Dios. Éste fué a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Y habiéndolo bajado, lo envolvió en una mortaja y lo depositó en un sepulcro tallado en la roca, donde ninguno había sido puesto. 

Lucas XXII, 1-71, XXIII, 1-53


Catena Aurea
Beda
 
La Pascua, que en hebreo quiere decir fase, no viene de la palabra pasión 1, sino de la palabra tránsito; porque el ángel exterminador, cuando veía la sangre en las puertas de los israelitas, pasaba sin herir a sus primogénitos. También el Señor, queriendo favorecer a su pueblo, bajó del cielo. Pero hay una diferencia entre la Pascua y los Azimos. La Pascua no es más que un solo día, el día en que se sacrificaba el cordero por la tarde, esto es la decimo cuarta luna del primer mes. En cambio, en la decimo quinta luna, cuando el pueblo israelita salió de Egipto, se celebraba la fiesta de los Azimos, que empezaba con la Pascua y duraba siete días, hasta el 21 del mismo mes. Por esta razón, los evangelistas ponen indiferentemente una palabra u otra, por lo que dice: «La fiesta de los Azimos, que es llamada Pascua». Por este misterio se da a entender que Jesucristo ha padecido por nosotros una sola vez por todo el tiempo que dura la vida del mundo, que se calcula dividida en siete días, durante los que se nos ordena vivir en los ázimos de sinceridad y de verdad.
Teofilacto.
 
Esto es, lo acordó y lo prometió: «Y buscaba la oportunidad para entregarlo sin concurso de gentes»; es decir, buscaba el modo de entregarlo cuando lo encontrase solo, sin las gentes.
San Ambrosio
El cántaro representa también la medida perfecta, y el agua es la que ha merecido ser sacramento de Cristo, la que ha merecido limpiar y no ser limpiada.
Crisóstomo
Se expresa en estos términos porque lo esperaba la cruz después de la Pascua. Vemos que el Señor había predicado muchas veces que sucedería su pasión, y siempre se mostraba deseoso de padecerla.
San Gregorio Niceno., orat. De baptismo vel in baptismum Chisti.
El pan, antes de la consagración, es un pan ordinario. Pero cuando se le consagra, se convierte en Cuerpo de Jesucristo y se le llama así.
San Basilio., in regulis brevioribus ed interrog. 301.
Así como entre las enfermedades corporales hay muchas que no sienten los que las experimentan, sino que más bien dan crédito a lo que dicen los médicos no teniendo en cuenta su insensibilidad propia, así el alma que no advierte sus pasiones ni conoce sus pecados, debe dar crédito a los que pueden dárselos a conocer.
Teofilacto.
Prueba que necesitan de El, cuando les distribuye el pan y el vino, dándoles a conocer en este misterio que si han comido de aquel pan y han bebido de aquel cáliz, ha sido porque el mismo Jesucristo sirvió a todos, y por lo tanto todos debemos sentir del mismo modo.
Beda
Judas fue excluido de la sublimidad de este ofrecimiento; porque se cree que salió del cenáculo antes que Jesús dijera esto. También son exceptuados aquellos que, habiendo oído la predicación de tan sublime misterio, se volvieron (Jn 6. 67).
Teófil
Porque aunque San Pedro había de sufrir grandes agitaciones, tenía, sin embargo, escondida la semilla de la fe; y así, aun cuando cayesen las hojas a impulsos de la tentación, sin embargo, quedaría la raíz. Te ha pedido Satanás para dañarte, como envidiado por mi predilección; pero aunque yo haya rogado por ti, tú caerás. Por ello prosigue: «Y tú, convertido alguna vez, confirma a tus hermanos», etc. Como diciendo: Después que me hayas negado, llorarás y te arrepentirás; pues entonces confirma a tus hermanos, puesto que te he constituido jefe de los apóstoles; esto es lo que te toca a ti, que conmigo eres la fortaleza y piedra de mi Iglesia. Esto debe entenderse no sólo respecto de los discípulos que estaban allí presentes, para que fuesen fortalecidos por Pedro, sino también respecto de todos los fieles que hasta el fin del mundo habrán de existir; y para que nadie desconfíe viendo que Pedro, que a pesar de ser apóstol, le negó, logró por la penitencia recobrar su antigua prerrogativa y ser el jefe de la religión en todo el mundo. Admirad la grandeza de la paciencia divina, para que el discípulo Pedro no desconfiase; antes de que cometa la culpa ya le concede el perdón, y le restablece en su dignidad de jefe del Apostolado, diciendo: «Confirma a tus hermanos».
San Ambrosio.
Como la ley no prohibía llevar espada, dio a entender el Señor a San Pedro, cuando éste ofreció dos, y le dijo: «Basta», que si aquello era permitido hasta la inauguración del Evangelio, era porque durante la ley prevalecería la justicia y durante el Evangelio la caridad. También se entiende por espada espiritual el vender cuanto se tiene y comprar palabras de santidad para que el espíritu se fortifique. Es también espada la pasión, para que desnudes el cuerpo, y por medio de los despojos de la mortificación de la carne compres la corona del martirio. También llama la atención que los discípulos presentaran dos espadas, como representando el Antiguo y el Nuevo Testamento, por medio de los que nos armamos en contra de las asechanzas del enemigo. Además, dice el Señor: «Basta», como que nada le faltaba a El a quien se referían todas las doctrinas del Antiguo y del Nuevo Testamento.
Beda.
Solo oraba por nosotros, Aquel que solo por nosotros había padecido, dándonos a conocer, que tanto su oración como su pasión, se diferenciaban mucho de las nuestras.
San Gregorio., 24 Moral., cap. 17.
Al acercarse su muerte, experimentó esa lucha que nuestra alma experimenta; porque sufrimos cierta agitación de terror y de miedo, cuando nos acercamos al juicio eterno por la disolución de la carne; y no sin razón, porque el espíritu, pasados unos momentos, encuentra una eternidad que no puede variar.
San Ambrosio
Creo que hablando por medio de interrogación se propone enmendar al traidor con el afecto de amigo.
San Agustín. De conc. evang. 3, 6
Pero primero, antes que a la casa de Caifás, como dice San Mateo, fue llevado a la casa de Anás, que era suegro de Caifás, como dice San Juan. San Marcos y San Lucas no citan el nombre del pontífice.
Teofilacto
En lo que se da a conocer, los tercos no se acomodan a lo recto, aun cuando se les haya revelado los más profundos misterios, porque buscan su propio castigo. Por esto convenía que tales cosas estuvieran encubiertas para ellos.
San Agustín De conc. evang. lib. 3, cap. 8
Después cuenta lo que sucedió en la casa de Pilato: «Y comenzaron a acusarle, diciendo: A éste hemos hallado pervirtiendo nuestra gente», etc. San Mateo y San Marcos no refieren esto, sino únicamente que lo acusaban, pero Lucas dice hasta los crímenes de que se le acusa falsamente.
Beda
Esta amistad de Pilato y Herodes también significa que los judíos y los gentiles, estando muy distantes entre sí por razón de su religión, de su origen y modo de pensar, se unirían en el tiempo de las persecuciones.
Teófil
Pilato absolvió por tercera vez a Jesús. Prosigue: «Y él, por tercera vez, les dijo: ¿Pues qué mal ha hecho? lo castigaré, pues, y lo soltaré».
Beda
Esto es, cuya pronta resurrección puede destruir la muerte, cuya muerte ha de acabar con toda muerte, y aún con el mismo autor de la muerte. Debe advertirse, que cuando las llama hijas de Jerusalén, no sólo se refiere a las que lo habían seguido desde Galilea, sino a las que vivían en la ciudad de Jerusalén y se unieron a las otras.
San Eusebio in Cat. Graec. Patr
Si, obrando de otro modo, después de haber vivido con los hombres, se hubiese vuelto al cielo de pronto, huyendo a la muerte, los hombres le hubiesen creído un fantasma. Y del mismo modo como cuando uno nos quiere mostrar que un vaso es incombustible y que puede resistir a la acción del fuego, lo expone a las llamas y luego lo vemos salir ileso una vez sometido a su acción, así el divino Verbo, queriendo dar a conocer que el medio de que se había valido para la salvación de los hombres podía vencer a la muerte, lo sometió a prueba, sometiendo lo que era mortal a la muerte; pero después de poco, lo libró de la muerte con la ayuda del poder divino. Este es el primer fin que Jesucristo se propuso al morir. En segundo lugar, se propuso dar a conocer el poder divino, encerrado en el cuerpo de Jesucristo. Como antiguamente se acostumbraba a deificar a los hombres que morían rodeados de gloria, y los llamaban héroes o dioses, enseñó que sólo hay que confesar como verdadero Dios a aquel que muerto, ha sido engalanado con los trofeos de la victoria al haber vencido El a la muerte. En tercer lugar, quiso ofrecerse como víctima que había de ser inmolada por la salvación de todo el género humano, con la cual, una vez ofrecida, queda destruido todo el poder del infierno, y todo error disipado. Reconoce, además, otra causa la muerte del Salvador: que, en la Resurrección que habría de tener lugar después de su muerte, sus discípulos viesen confirmada su fe oculta, esa fe que tanto cuidó de enseñarles, para que, menospreciando la muerte, sufriesen con gusto toda clase de tormentos en contra del error.
San Atanasio ut supra
No salvándose a sí mismo, sino salvando a sus creaturas, era como quería el Señor ser reconocido por Salvador: el médico no se llama de este modo cuando se cura a sí mismo, sino cuando cura a los demás. De este modo es considerado el Señor como Salvador, cuando El no necesitaba de salvación. Tampoco quería ser reconocido como tal bajando de la cruz, sino muriendo: mucho mayor es el mérito de la muerte del Salvador, respecto de los hombres, que si entonces hubiere bajado de la cruz.
Crisóstomo
Digno era de verse al Salvador entre los ladrones, como la balanza de la justicia, pesando la fe y la infidelidad. El diablo había arrojado a Adán del paraíso, pero Jesucristo introdujo al ladrón en el paraíso, en presencia de todos, y de sus mismos apóstoles. Por una sola palabra y con sola la fe entró en el paraíso, para que nadie dudase de entrar a pesar de sus errores. Obsérvese la prontitud: desde la cruz al cielo, desde la condenación al paraíso; para que se sepa que el Señor lo hizo todo, no para demostrar la bondad del ladrón, sino su clemencia. Algunos dicen: si ya se ha premiado bastante a los buenos, ¿para qué la Resurrección? Si ya introdujo al ladrón en el paraíso, y su cuerpo quedó aquí expuesto a la corrupción, no hace falta que vuelva a resucitar. Pero la carne, que sufrió con el ladrón, ¿habrá de quedar sin premio? Oigamos a San Pablo que dice a los fieles de Corinto: ( 1Cor 15,53) «Conviene que esto, corruptible, revista la incorruptibilidad». Pero si el Señor había ofrecido el reino de los cielos y llevó al ladrón al paraíso, todavía no le ha premiado. Pero dicen que con el nombre de paraíso dio a entender el reino de los cielos, porque se expresaba en los términos acostumbrados cuando hablaba al ladrón, quien nada había oído de la predicación divina. Algunos no leen «hoy estarás conmigo en el paraíso», sino, «te digo hoy»; y después, «que serás conmigo en el paraíso». Pero esto tiene una solución más sencilla: Los médicos cuando desahucian a un enfermo incurable, dicen: Ya está muerto. Pues así el ladrón: como ya no podía volver a su vida pecadora, se dice que entró en el paraíso.
San Cirilo
Esta voz da a conocer, que las almas de los justos no serán ya detenidas en el limbo -como antes- sino que irán a la presencia de Dios, cuya gracia esperaban en Jesucristo.
San Agustín De conc. evang. lib. 3, cap. 20
No contradice a esto lo que expresa San Mateo al exponer que el centurión se admiró habiendo visto el trastorno natural, ya que San Lucas dice que éste se admiró de que expiró en seguida que dio la voz, manifestando el gran poder que conservaba al tiempo de expirar. San Mateo dice: visto el trastorno natural, y añade: «Y todo lo que sucedía» ( Mt 27,54), de esta manera viene a decir lo mismo que San Lucas, puesto que dice que se admiró al presenciar la muerte del Salvador. Lo cual dice también San Lucas: «Viendo el centurión lo que había acontecido». En estas palabras incluye todos los prodigios que entonces se verificaron, recopilándolos como si fuesen uno solo, como que todos aquellos milagros eran los miembros que formaban un solo cuerpo. En lugar de lo que dice el otro evangelista ( Mt 27,54) que el centurión dijo: «En verdad que este era el Hijo de Dios», San Lucas dijo que era justo, lo cual no debe considerarse como diferente. Debemos creer que el centurión dijo una y otra cosa, o que este evangelista recordó que había dicho una, y aquel la otra; o que San Lucas quiso expresar la frase del centurión, para dar a entender que se refería al Hijo de Dios. Además, el centurión no sabía que el Unigénito sería igual al Padre sino sólo Hijo del Padre, creyéndole justo, del mismo modo que los justos se llaman hijos de Dios. Del mismo modo, San Mateo añadió, a aquellos que estaban con el centurión, y San Lucas no lo citó, y no podemos decir que haya contradicción entre lo que uno dice y otro calla. San Mateo dice ( Mt 27,54): «Temieron mucho», San Lucas no dijo temió, sino glorificó a Dios. ¿Quién no ve en ello que temer a Dios es glorificarle?
Fuente: