FRAY LUIS DE GRANADA- LA VIDA PÚBLICA DE NUESTRO SEÑOR

ESPECIAL SEMANA SANTA

 BAUTISMO DEL SEÑOR

Llegados pues a los treinta años de su edad, caminó el Señor al río Jordán a ser allí bautizado por san Juan junto a publicanos y pecadores (cf. Mc 1,9-11). Mira pues con cuanta humildad y mansedumbre y con qué habito y semblante tan humilde se junta el Señor de los ángeles con los publicanos y pecadores, para recibir el remedio y el lavatorio de los pecados. ¡Oh hermosura del cielo, oh fuente de limpieza y de vida! ¿Qué a ti con el lavatorio de las inmundicias? ¿Qué a ti con el remedio de los pecados, pues fuiste concebido sin pecado? No era razón que tan grande humildad como ésta pasase sin testimonio de alguna grande gloria, pues la condición del Señor es humillar a los soberbios y glorificar a los humildes. Y así acaeció en este paso, porque allí se abrieron los cielos, y bajó el Espíritu Santo en forma de paloma, y sonó aquella magnífica voz del Padre que decía: «Éste es mi Hijo muy amado, en quien yo me agrade, a Él oíd» (Mc 1,7; cf. 9,11). Y generalmente acaeció esto en todos los pasos de la vida de este Señor, que dondequiera que Él más se humilló, ahí fue más particularmente glorificado de Dios. Nace en un establo, y ahí es alabado y cantado en el cielo. Es circuncidado como pecador, y ahí le ponen por nombre «Jesús», que quiere decir «Salvador de pecadores». Muere en una cruz entre ladrones, y ahí se oscurecieron los cielos, y tembló la tierra, y se rasgaron las piedras, y resucitaron los muertos, y se alteró todo el mundo. Pues así, en este misterio, por una parte es bautizado como pecador entre pecadores, y por otra es publicado como Hijo de Dios, para que por aquí vean todos los que fueren miembros suyos, que nunca jamás se humillarán por amor a Dios, que no sean por esta causa glorificados y honrados por el mismo Dios.

EL AYUNO Y LA TENTACIÓN

Acabado el bautismo, fue llevado el Señor por el Espíritu Santo al desierto, donde estuvo cuarenta días ayunando, y orando, y padeciendo diversas tentaciones del enemigo (cf. Mc 1,12-13). Todo esto es nuestro, y todo para nuestro bien: la soledad para nuestro ejemplo, la oración para nuestro remedio, el ayuno para la satisfacción de nuestras deudas, y la pelea con el enemigo para dejar vencido y debilitado nuestro adversario. Acompaña pues tú, hermano mío, al Señor en todos estos ejercicios y sufrimientos tomados por tu causa, pues aquí se están haciendo tus ganancias y pagándose tus delitos. Imita en todo lo que pudieres a este Señor: ora con Él, ayuna con Él, pelea con Él, mora a tiempos en la soledad con Él, y junta tus sufrimientos y ejercicios con los suyos, para que por este medio sean ellos más agradables a Dios. TRANSFIGURACIÓN De esta soledad camina para otra soledad y de este monte a otro monte, esto es, del monte de la penitencia al monte de la gloria, y del monte del ayuno y oración al monte de la transfiguración –pues el uno es camino para el otro– donde verás al Señor en presencia de los tres amados discípulos transfigurado, resplandeciendo su rostro como el sol y sus vestiduras como la nieve. Donde en la voz del cielo conocerás al Padre, y en la nube al Espíritu Santo –que templa con su gracia los ardores de nuestra concupiscencia– y donde verás a Moisés y Elías en medio de aquella gloria tratar con el Señor de los dolores y tormentos de su pasión. Oye también la voz de Pedro que dice –sin saber lo que decía–: «Señor, bueno es que nos estemos aquí. Si os place, hagamos aquí tres moradas, una para Vos, y otra para Moisés, y otra para Elías» (cf. Mc 9,2-10). Por esta maravillosa obra entenderás que no es todo cruz y tormento la vida de los justos en este destierro, porque aquel piadoso Señor y Padre que tiene cargo de ellos, sabe a su tiempo consolarlos, y visitarlos, y darles algunas veces en esta vida a probar las primicias de la gloria advenidera, para que no caigan con la carga ni se desmayen en la jornada, antes se esfuercen para el sufrimiento que les queda. Y cuán grandes sean estos deleites san Pedro nos lo da a entender, pues tan alienado y tan fuera de sí estaba en aquel tiempo, que no sabía lo que se decía, ni se acordaba de cosa humana, por la grandeza del gusto que allí sentía, ni quisiera él jamás apartarse de aquel lugar ni dejar de estar bebiendo siempre de aquel suavísimo licor. Mira también que –como dice san Marcos– estando el Señor en oración, fue de esta manera transfigurado, para que por aquí entiendas cómo en el ejercicio de la oración suelen muchas veces transfigurarse espiritualmente las ánimas devotas, recibiendo allí nuevo espíritu, nueva luz, nuevo aliento y nueva pureza de vida, y finalmente un corazón tan esforzado y tan otro, que no parece que es el mismo que antes era, por haberlo de esta manera transfigurado el Señor. Y mira también lo que se trata en medio de estos tan grandes favores, que es de los sufrimientos que se han de padecer en Jerusalén, para que por aquí entiendas el fin para el que hace nuestro Señor estas mercedes y cuáles hayan de ser los propósitos y pensamientos que ha de tener el siervo de Dios en este tiempo, que han de ser determinaciones y deseos de padecer y poner la vida por Aquel que tan dulce se le ha mostrado, y tan digno de que todo esto y mucho más se haga por su servicio. De manera que cuando Dios estuviere comunicando al hombre sus dulzores, entonces ha de estar él pensando en los dolores que por Él ha de padecer.

 LA PREDICACIÓN DE CRISTO Y SUS MILAGROS

 Después de esto considera cómo llegado ya el Señor a edad perfecta, comenzó a entender en el oficio de la predicación y salvación de las ánimas. Donde se te ofrece materia de considerar con cuánto celo de la honra de Dios y con cuanto deseo de la salud de los hombres discurría este Señor por toda aquella tierra, de ciudad en ciudad y de villa en villa, ya en Judea, ya en Galilea, ya en Samaria, predicando y haciendo tantos beneficios a los hombres, curando los enfermos, expulsando los demonios, enseñando a los simples, recibiendo y perdonando a los pecadores. Mira, pues, con cuánta caridad aquel buen Pastor andaba por montes y valles buscando la oveja perdida para traerla sobre sus hombros a la manada, y cuántos sufrimientos, pobrezas, fríos, calores, persecuciones, contradicciones y calumnias de fariseos padeció andando en esto, predicando de día, y orando de noche, y tratando siempre los negocios de nuestra salud como verdadero padre, pastor, salvador y remediador nuestro. Mira también aquí cuán benignamente trataba con los pecadores, entrando en sus casas y comiendo con ellos, para enamorarlos con su conversación y remediarlos con su doctrina. Testigo de esta misericordia es Mateo el publicano (cf. Mt 9,9-13). Testigo, Zaqueo, príncipe de los publicanos (cf. Lc 19,1-10). Testigo, aquella mujer pecadora que a sus pies fue recibida (cf. Lc 7,36-50). Y testigo, la mujer adúltera que tan benignamente fue perdonada (cf. Jn 8,1-11).

Sigue pues, oh ánima mía, a este Señor con Mateo, y recíbelo en la posada de tu ánima con Zaqueo, y lava sus pies con lágrimas con la mujer pecadora, para que con ella también merezcas oír aquella dulce palabra: «Tus pecados lo son perdonados» (Lc 7,48).

 LA ENTRADA EN JERUSALÉN CON LOS RAMOS

Acabados los discursos y oficio de la predicación del Evangelio, y llegándose ya el tiempo de aquel grande sacrificio de la Pasión, quiso el Cordero sin mancilla llegarse al lugar de la Pasión, donde había de dar cabo a la redención del género humano. Y para que se viese con cuánta caridad y alegría de ánimo iba a beber por nosotros este cáliz, quiso ser recibido este día con grande fiesta, saliéndole a recibir todo el pueblo con grandes voces y alabanzas, con ramos de olivo y palmas en las manos, y extendiendo muchos sus vestiduras por tierra, clamando todos a una voz y diciendo: «¡Bendito sea el que viene en el nombre del Señor!, ¡sálvanos en las alturas!» (cf. Mt 21,1-11). Junta pues, hermano mío, tus voces con estas voces y tus alabanzas con estas alabanzas, y da gracias al Señor por este tan grande beneficio como aquí lo hace, y por el amor con que lo hace. Porque aunque le debes mucho por lo que por ti padeció, mucho más le debes por el amor con que lo padeció. Y aunque fueron tan grandes los tormentos de su Pasión, mucho mayor fue el amor de su corazón, y así más amó que padeció, y mucho más padeciera si nos fuera necesario. Sal, pues, al camino a recibir a este noble triunfador, y recíbelo con voces de alabanza y con ramos de olivos y palmas en las manos, y extendiendo tus propias vestiduras por tierra para celebrar la fiesta de esta entrada. Las voces de alabanza son la oración y la acción de gracias; los ramos de olivo: las obras de misericordia; y las palmas: la mortificación y la victoria sobre las pasiones; y el extender las ropas por tierra: el castigo y maltratamiento de nuestra carne. Persevera pues en oración para glorificar a Dios, y usa de misericordia para socorrer al prójimo, y con esto mortifica tus pasiones y castiga tu carne, y de esta manera recibirás en ti al Hijo de Dios. Aquí también tienes un grande argumento y motivo para despreciar la gloria del mundo tras el que los hombres andan tan perdidos, y por cuya causa hacen tantos excesos. ¿Quieres, pues, ver en qué se debe estimar esa gloria? Pon los ojos en esta honra que aquí hace el mundo a este Señor, y verás que el mismo mundo que hoy le recibió con tanta honra, de ahí a cinco días lo tuvo por peor que Barrabás, y le pidió la muerte, y dio contra Él voces, diciendo: «¡Crucifícalo, crucifícalo!» (Lc 23,21). De manera que el que hoy predicaba como hijo de David –que es por el más santo de los santos– mañana se le tiene por el peor de los hombres y por más indigno de la vida que Barrabás.

Pues ¿qué ejemplo más claro para ver lo que es la gloria del mundo, y en lo que se deben estimar los testimonios y juicios de los hombres? ¿Qué cosa más liviana, más antojadiza, más ciega, más desleal y más inconstante en sus pareceres que el juicio y testimonio de este mundo? Hoy dice, y mañana desdice. Hoy alaba, y mañana blasfema. Hoy livianamente os levanta sobre las nubes, y mañana con mayor liviandad os sume en los abismos. Hoy dice que sois hijo de David, mañana dice que sois peor que Barrabás. Tal es el juicio de esta bestia de muchas cabezas y de este engañoso monstruo que ninguna fe, ni lealtad, ni verdad guarda con nadie, y ninguna virtud ni valor mide sino con su proprio interés. No es bueno sino quien es para con él pródigo, aunque sea pagano. Y no es malo sino el que le trata como él merece, aunque haga milagros. Porque no tiene otro peso para medir la virtud sino sólo el interés. Pues ¿qué diré de sus mentiras y de sus engaños? ¿A quién jamás guardó fielmente su palabra? ¿A quién dio lo que prometió? ¿Con quién tuvo amistad perpetua? ¿A quién conservó mucho tiempo lo que dio? ¿A quién jamás vendió vino, que no se lo diese aguado con mil zozobras? Solo esto tiene de fiel, que a ninguno fue fiel. Éste es aquel falso Judas, que besando a sus amigos los entrega a la muerte (cf. Mc 14,45). Éste, aquel traidor de Joab, que abrazando al que le saludaba como amigo, secretamente le metió la espada por el cuerpo (cf. 2 Sam 20,10). Pregona vino, y vende vinagre. Promete paz, y tiene en secreto armada la guerra. Malo de conservar, peor de alcanzar. Peligroso para tener, y dificultoso de dejar. ¡Oh mundo perverso, prometedor falso, engañador cierto, amigo fingido; enemigo verdadero, lisonjeador público; traidor secreto; en los principios: dulce, en los finales: amargo; en la cara: blando, en las manos: cruel; en las dadivas: escaso, en los dolores: pródigo; en apariencia: algo, por dentro: vacio; por fuera: florido, y debajo de la flor: espinoso!

 LA CENA DEL SEÑOR Y EL LAVATORIO DE LOS PIES

 Entre todas las obras memorables que obró nuestro Salvador en este mundo, una de las más dignas de perpetua recordación es aquella postrera cena que cenó con sus discípulos. Donde no solamente se cenó aquel cordero figurativo que mandaba la Ley, sino el mismo Cordero sin mancilla, que era figurado por la Ley (cf. Mc 14,17- 31; Jn 13,1-20). En el cual convite resplandece primeramente una maravillosa suavidad y dulzura de Cristo, en haber querido sentarse a una mesa con aquella pobre escuela – que es con aquellos pobres pescadores– y juntamente con el traidor que lo había de vender, y comer con ellos en un mismo plato.

Resplandece también qué gran humildad, cuando el Rey de la gloria se levantó de la mesa y ceñido con un lienzo a manera de siervo, echó agua en un baño, y prostrado en tierra, comenzó a lavarles pies de los discípulos, sin excluir de ellos al mismo Judas que lo había vendido. Y resplandece sobre todo esto una inmensa liberalidad y magnificencia de este Señor, cuando a aquellos primeros sacerdotes –y en aquellos, a toda la Iglesia– dio su sacratísimo Cuerpo en manjar, y su Sangre en bebida. Para que lo que había de ser al día siguiente sacrificio y precio inestimable de mundo, fuese nuestro perpetuo viático y mantenimiento, y también nuestro sacrificio cuotidiano. Mas ¿quién podrá explicar los efectos y virtudes de este nobilísimo Sacramento? Porque con él por una manera maravillosa es unida el ánima con su esposo, con él se alumbra el entendimiento, avívase la memoria, enamórase la voluntad, deléitase el gusto interior, acresciéntese la devoción, derrítense las entrañas, ábrense las fuentes de las lágrimas, adorméscense las pasiones, despiértanse los buenos deseos, fortalécese nuestra flaqueza, y toma con él aliento para caminar hasta el monte de Dios. Oh maravilloso Sacramento, ¿qué diré de ti? ¿Con qué palabras te alabare? Tu eres vida de nuestras animas, medicina de nuestras llagas, consuelo de nuestros sufrimientos, memorial de Jesucristo, testimonio de su amor, legado preciosísimo de su testamento, compañía de nuestra peregrinación, alegría de nuestro destierro, brasas para encender el fuego del divino amor y prenda y tesoro de la vida cristiana. ¿Qué lengua podrá dignamente contar las grandezas de este Sacramento? ¿Quién podrá agradecer tal beneficio? ¿Quién no se derretirá en lágrimas, viendo a Dios corporalmente unido consigo? Faltan las palabras y desfallece el entendimiento, considerando las virtudes de este soberano misterio, mas nunca debe faltar en nuestras ánimas el uso, el agradecimiento de él.