FIESTA DE SAN JOSÉ
ESPOSO DE MARÍA VIRGEN
San José y María Santísima eran realmente esposos, no se trataba de una simple ficción.
Se amaban, por supuesto, pero en Dios. Sus corazones latían al unísono con ternura recíproca bajo la inspiración del Espíritu Santo.
Ambos habían hecho el voto de virginidad, pero eso les unió más estrechamente. Precisamente porque su amor era virginal, y la carne no tenía en él parte alguna, se encontraba protegido frente a los caprichos, las inquietudes, las amarguras y las decepciones.
María Virgen y José Castísimo en su casamiento prestaron verdadero consentimiento, y por lo tanto, fueron verdaderos esposos; y al mismo tiempo, no violaron el voto de virginidad, sino que fueron siempre vírgenes.
Así, la Santísima Virgen y San José, renunciando a los derechos adquiridos en su casamiento, permanecieron vírgenes; y, sin embargo, fueron verdaderos esposos. Y esto, ciertamente, sucedió por disposición de Dios.
Por esto, el Evangelio llama a San José esposo de María, y a la Virgen María, esposa de José.
Así fue el matrimonio entre la Beatísima Virgen y el Castísimo José, el más puro, el más casto, el más santo y el más admirable que se pueda imaginar.
Puede afirmarse que no fue un hombre quien se casó con una mujer, sino que, como se expresa Gersón, fue la virginidad que se desposó con la virginidad.
Todo había sido así desde que se hicieron las primeras promesas; pero, tras la revelación de la Encarnación por parte del Ángel, aumentó considerablemente.
En efecto, las perfecciones de María Santísima se embellecieron a los ojos de San José, porque el Niño que llevaba en su seno era el Dios de las promesas, hacia el cual tendían todas sus aspiraciones y deseos: la contemplaba y la veneraba como una nueva Arca de la Alianza, Tabernáculo del Santo de los Santos.
La Virgen María, por su parte, se sentía ligada a su santo Esposo como al representante de la autoridad de Dios, escogido para ser su coadjutor en el misterio de la Encarnación. Le presta, pues, una confianza y un cariño llenos de deferencia, de sumisión tierna y afectuosa.
Y mientras que Él la rodea de cuidados y atenciones, María, por su parte, se comporta como una esposa amorosa y dulce, cuya entrega pronta y alegre está atenta a los menores detalles.
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Habiendo sido San José elegido por Dios para ser el protector y el casto Esposo de la más pura de las vírgenes, debemos concluir que fue adornado con todas las gracias y privilegios que debían hacerlo digno de un título tan glorioso.
Dios, cuyas obras llegan a su término fuerte y dulcemente, debió preparar para María Santísima un esposo que mereciera gozar de una unión tan íntima con la Madre de su Unigénito.
Cuando Dios coronó su obra maravillosa creando al primer hombre, dio a Adán un apoyo que fuera igual a él. Y creó la primera mujer, que quiso sacar del costado de Adán, para que, siendo de su misma naturaleza, pudiera servirle de compañera.
Es, pues, lógico pensar que, habiendo dado a María Santísima un hombre para ayudarla y servirla, haya hecho a San José semejante a Ella, enriqueciéndolo con dones distintivos y dotándolo con gracias especiales, a fin de que, siendo en cierto modo la fiel imagen de las perfecciones de una Esposa santa, fuese digno de serle dado por compañero.
Por lo tanto, cuando consideramos atentamente las sublimes prerrogativas y las admirables virtudes de San José, vemos que ningún Santo tuvo como Él tanta parte en los privilegios de los méritos que enaltecieron a María Santísima por sobre todos los Santos.
Cuando Dios eligió a San José para ser el Casto Esposo de María y el Padre de su único Hijo, ya era sumamente grande y perfecto; pero ¡cuánto crecieron y se perfeccionaron tan eminentes cualidades en la compañía íntima de esa Virgen incomparable!
Pero la gloria de San José no consiste tan sólo en haber sido el Esposo de María y en haber llevado a Jesús en sus brazos, sino en haberle custodiado en su corazón; en haber sabido unir la preeminencia de la virtud a la de las gracias y a la de los títulos; en haber sabido honrar con la virtud más sublime al Dios que lo había elevado a tanta altura.
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La Iglesia no conserva ninguna tradición seria concerniente al lugar en que está enterrado San José, ni tampoco venera sus reliquias. Silencioso durante su vida y silencioso en la muerte, era lógico que también después se viera despojado de todo aquello que no es esencial a una verdadera gloria.
Era el santo por excelencia que había comprendido, en palabras de Bossuet, «que no hay mayor gloria que ocultarse en Jesucristo».
Su glorificación debía edificarse sobre su abajamiento. Porque amó la oscuridad, Dios lo rodeó de luz y lo ofreció a la admiración de todo el universo.
Pero, al mismo tiempo, Dios quiso dejar a los hombres la tarea de descubrir la grandeza de San José, como para verificar la profecía pronunciada por Jacob sobre el otro José, el del Antiguo Testamento: José está destinado a crecer.
María Santísima, sin duda, hablaría a San Juan y a los demás Apóstoles de su querido Esposo, que la había rodeado de tanto cariño y dedicación, y que Ella había amado con toda su ternura virginal. Podría decirse que los primeros panegíricos de San José fueron pronunciados por Ella.
Sin embargo, hay que reconocer que su culto era casi inexistente en la primitiva Iglesia. Al menos, no han quedado huellas de esa devoción. Un velo cubre su nombre y su recuerdo durante los primeros siglos cristianos. Se diría que quien durante toda su vida se satisfizo en el silencio, deseaba continuar siendo desconocido al llegar a la bienaventuranza celestial.
Esta aparente desatención de los primeros cristianos tiene una explicación muy sencilla: mientras la Iglesia estuvo en período de formación y de combate, importaba, más que promover el culto debido al Esposo de María, procurar que la virginidad de la Madre de Cristo fuese reconocida y honrada para que la divinidad de Nuestro Señor quedase firmemente establecida.
Favoreciendo la devoción a San José, la Iglesia corría el riesgo de que alguien se equivocase y pensara que esos honores se le tributaban como padre de Jesús según la carne.
Ese retraso contribuyó a rodear de un mayor brillo el trono de honor sobre el que se alzaría un día, pues Dios, que le había tratado en la tierra con tanta deferencia, no podía permitir que durara siempre el silencio en torno suyo.
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En el siglo XII, San Bernardo orientó los espíritus y los corazones hacia el Santo Patriarca, subrayando su incomparable santidad. No invita todavía a los fieles a rezarle, pero establece las bases de su culto, proponiendo sus virtudes a la admiración de los cristianos.
Más tarde llegaron los grandes heraldos del culto a San José. En el siglo XIV, el Cardenal Pedro d’Ailly que fue el primero en componer un tratado de teología sobre Él, y su discípulo Gersón, canciller como su maestro de la Universidad de París, quien, en diversos tratados de rigurosa doctrina, enumeró las razones existentes para honrarle.
Luego, un franciscano, San Bernardino de Siena, gran predicador del siglo XV, Isidoro de Isolanis, dominico del siglo XVI, y la reformadora del Carmelo, Santa Teresa de Jesús, contribuyeron con la influencia de sus enseñanzas, de sus escritos y de su ejemplo, a hacer popular la devoción a San José.
San Francisco de Sales desde el pulpito, en el confesonario y en las conversaciones, encarecía su devoción de un modo admirable. En sus escritos, lo llama la criatura más amable después de María; en el Paraíso lo coloca, después de la Virgen Santísima, sobre todos los Santos, y califica de afortunado a todo el que merece su protección, porque logrará, sin duda, adelantar mucho en todas las virtudes.
El impulso dado por San Bernardino y San Francisco de Sales al culto del glorioso Patriarca, fue renovado por San Ignacio de Loyola, San Vicente de Paúl, San Alfonso de Ligorio y muchos otros.
A partir de esa época, el culto de los cristianos al Santo Patriarca no ha cesado de aumentar y de enriquecerse.
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La Iglesia, por su parte, ha pagado con generosidad el tributo de homenaje que tanto tardó en concederle.
En la Carta apostólica Inclytum Patriarcham, de 7 de julio de 1871, Pío IX declara: Los Romanos Pontífices, nuestros predecesores, a fin de aumentar y promover cada vez más en el corazón de los fieles la devoción y la reverencia hacia el Santo Patriarca, y para animarles a recurrir a su intercesión con la mayor confianza, no se olvidaron, siempre que tuvieron ocasión, de otorgarle, bajo nuevas formas, señales de culto público. Entre esos Pontífices, basta con mencionar a nuestros predecesores de feliz memoria Sixto IV, que quiso que se incluyera la fiesta de San José en el Breviario y el Misal romanos; Gregorio XV, que decretó el 8 de mayo de 1621, que la misma fiesta se celebrara, bajo doble precepto, en todo el universo; Clemente X, que, el 6 de diciembre de 1670 concedió a esa misma fiesta el rito doble de segunda clase; Clemente XI, quien por un decreto de 4 de febrero de 1714 enriqueció dicha fiesta con una misa y un oficio propios; y, en fin, Benedicto XIII, que el 19 de diciembre de 1726 ordenó que el nombre de San José se incluyera en las letanías de los Santos.
El mismo Pío IX, el segundo año de su Pontificado, extendió a la Iglesia universal, con rito doble de segunda clase, la fiesta del Patrocinio de San José, que se celebraba ya en varios lugares por concesión especial de la Santa Sede. Luego, respondiendo a innumerables súplicas procedentes de todos los países de la Cristiandad, declaró expresamente a San José Patrono de la Iglesia universal el 8 de diciembre de 1870.
Así como Dios estableció al Patriarca José, hijo de Jacob, gobernador de todo Egipto para asegurar al pueblo el trigo que necesitaba para vivir —decía el Papa en el decreto—, así también, cuando se cumplieron los tiempos en que el Eterno decidió enviar a la tierra a su Hijo único para rescatar al mundo, escogió otro José, del cual era figura el primero, estableciéndole señor y príncipe de su casa y de sus bienes y constituyéndole guardián de sus más ricos tesoros.
León XIII, por su parte, en su Encíclica Quamquam pluries de 15 de agosto de 1899, desarrollaría las razones y los motivos especiales por los cuales José había sido designado protector de la Iglesia.
El patrocinio que le ha sido confiado le corresponde en razón de las funciones que ejerció junto a Jesús y María en la intimidad del hogar de Nazaret. Habiendo sido por voluntad de Dios el proveedor, el defensor de la Sagrada Familia, el guardián del Hijo de Dios y de su Madre, en quienes toda la Iglesia se encontraba presente en estado de germen, ¿cómo actualmente no continuará ejerciendo en el Cielo con la Iglesia adulta la misión que ejerció en su nacimiento? Le corresponde, en efecto, velar por este Cuerpo de Cristo que es la Iglesia como supo velar por el Niño Jesús, protegiéndola contra sus enemigos y procurando que crezca.
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Pensemos cuál habrá sido el ininterrumpido éxtasis de San José, cuando Dios, en recompensa de su fe, se le mostró en todo el esplendor de su divinidad, haciéndole ver la profundidad incomprensible de su divino Ser, la inefable grandeza de la unidad de su esencia.
Si el patriarca Jacob se sintió feliz cuando vio a su amado hijo ensalzado a los honores y las dignidades reales, y juzgó hondamente compensado el amargo dolor de su ausencia e inundado su corazón por torrentes de gloria, ¿cómo podremos expresar la felicidad de José, cuando pudo contemplar en toda su gloriosa majestad al mismo Dios, que sobre la tierra le obedecía; a aquel Niño de Belén que llevó entre sus brazos en su fuga a Egipto?…
¡Qué satisfacción para José el contemplar la suave majestad de María, sentada sobre un trono de gloria, por sobre los querubines, a la diestra de su Hijo!…
Después de haber participado de los padecimientos y de las adversidades que sufrieron Jesús y María, justo era que participara de su misma bienaventuranza, según la promesa del Salvador: Donde Yo estaré, allí estará también mi siervo.
¡Gloria al siervo fiel y prudente que Dios estableció como cabeza de su familia!
¡Gloria a San José, a quien estuvo reservada la gloria de heredar todas las bendiciones de los patriarcas, y de verlas cumplidas en su Santísima Esposa, la Madre del Mesías, en quien son benditas todas las naciones de la tierra!

