Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL DOMINGO DE PASIÓN

Sermones-Ceriani

DOMINGO DE PASIÓN

Decía Jesús a los judíos: ¿Quién de vosotros me argüirá de pecado? Si os digo la verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios, oye las palabras de Dios. Por éso vosotros no las oís, porque no sois de Dios. Los judíos respondieron, y le dijeron: ¿No decimos bien nosotros que tú eres samaritano, y que estás endemoniado? Jesús respondió: Yo no tengo demonio, mas honro a mi Padre; y vosotros me habéis deshonrado. Y yo no busco mi gloria, hay quien la busque y juzgue. En verdad, en verdad os digo, que el que guardare mi palabra no verá la muerte para siempre. Los judíos le dijeron: Ahora conocemos que tienes al demonio. Abraham murió y los profetas; y tú dices: el que guardare mi palabra, no gustará la muerte para siempre. ¿Por ventura eres tú mayor que nuestro padre Abraham, el cual murió, y los profetas, que también murieron? ¿Quién te haces a ti mismo? Jesús les respondió: Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria nada es; mi Padre es el que me glorifica, el que vosotros decís que es vuestro Dios, y no le conocéis, mas yo le conozco; y si dijere que no le conozco, sería mentiroso como vosotros. Mas le conozco y guardo su palabra. Abraham, vuestro Padre, deseó con ansia ver mi día; le vio y se gozó. Y los judíos le dijeron: ¿Aún no tienes cincuenta años y has visto a Abraham? Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo, que antes que Abraham fuese, yo soy. Tomaron entonces piedras para tirárselas; mas Jesús se escondió y salió del templo.

Para nuestra meditación, resumamos las enseñanzas de Dom Próspero Guéranger, en su obra El Año Litúrgico.

Si oís, hoy, la voz del Señor, no endurezcáis vuestros corazones.

La Iglesia da comienzo el Oficio de este Domingo por estas graves palabras del Rey Profeta.

¿Qué más propio para movernos a penitencia que este aviso, tomado de David, que la Iglesia nos dirige hoy, y que repetirá en todos los Maitines hasta el día de la Cena del Señor?

Pecadores, nos dice, este día, en que se deja oír la voz lastimera del Redentor, no seáis enemigos de vosotros mismos, dejando vuestros corazones endurecidos. El Hijo de Dios os da la última y la más viva muestra del amor por el cual descendió del Cielo; su muerte está cercana; ya se prepara el madero en el que será inmolado el nuevo Isaac; entrad en vosotros mismos y no permitáis, que vuestro corazón conmovido, tal vez, un momento, vuelva a su dureza ordinaria. Habría en ello el mayor de los peligros.

Pecadores, estos aniversarios tienen la virtud de renovar a las almas, cuya fidelidad coopera a la gracia que les ha sido ofrecida; mas acrecienta la insensibilidad en aquellos que los pasan sin arrepentirse. Si, pues, oís hoy la voz del Señor, no endurezcáis vuestros corazones.

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La Iglesia consagra a la consideración de los dolores del Redentor las dos semanas que nos separan aún de la fiesta de Pascua. La Pasión de Cristo es, a partir de hoy, el único pensamiento que debe embargar a los cristianos.

La Iglesia comenzó la conversión del pecador en las semanas precedentes; ahora quiere consumarla. Lo que ofrece a nuestra consideración, no es ya Cristo ayunando y orando en el monte de la Cuarentena; es la víctima universal que se inmola por la salvación del mundo.

Durante las semanas precedentes hemos visto crecer cada día la malicia de los enemigos del Salvador. Su presencia, su vista les irrita, y se siente que este odio reprimido aguarda el momento propicio para estallar.

La bondad, la dulzura de Jesús continúa seduciendo las almas puras y rectas; al mismo tiempo que la humildad de su vida y la inflexible pureza de doctrina humilla más y más al judío soberbio que sueña con un Mesías conquistador, y al fariseo que no tiene escrúpulos en traspasar las leyes para hacer de ellas un instrumento de sus pasiones.

Sin embargo, Jesús continúa el curso de sus milagros; sus discursos están llenos de energía desconocida; sus profecías amenazan a la ciudad y al templo famoso; ambos serán destruidos y de ellos no quedará piedra sobre piedra.

Los doctores de la ley deberían al menos reflexionar, examinar sus obras maravillosas que dan testimonio al Hijo de David, y releer tantos oráculos divinos cumplidos hasta ahora con la más absoluta fidelidad. ¡Ay! estos oráculos se deben cumplir hasta la última tilde. David e Isaías no hicieron sino predecir las humillaciones y los dolores del Mesías, que estos hombres ciegos no tardarán en realizar.

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En efecto, la hora va a sonar y el poder de las tinieblas se apresura a aprovechar los pocos momentos que le quedan. Va a consumarse el más afrentoso de los crímenes. Dentro de pocos días el Hijo de Dios va a ser entregado al poder de los pecadores y ellos le matarán.

La resurrección de Lázaro en Betania ha colmado la rabia de sus enemigos. El pueblo ha quedado estupefacto al ver reaparecer por las calles de la ciudad al que había muerto hacía cuatro días; y se pregunta: ¿acaso el Mesías ha de obrar mayores prodigios?, ¿no ha llegado el tiempo de cantar el Hosanna al Hijo de David?

Muy pronto va a ser imposible retener el impetuoso entusiasmo de los hijos de Israel. Los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo ya no pueden perder ni un momento, si es que quieren impedir las manifestaciones populares que van a proclamar a Jesús Rey de los Judíos.

Vamos asistir en estos días a sus infames conciliábulos. En ellos la Sangre del Justo va a ser puesta en venta y tasada en un precio irrisorio.

La divina Víctima, entregada por uno de sus discípulos, será juzgada, condenada, inmolada.

La Sinagoga corre a la maldición. Obstinada en su error, no quiere escuchar, ni ver nada; ha torcido su juicio a su gusto; ha apagado en sí misma la luz del Espíritu Santo y vamos a verla descender por todos los grados de la aberración hasta el abismo.

Triste espectáculo que se encuentra todavía, con mucha frecuencia, en nuestros días, en los pecadores que a fuerza de resistir a la luz de Dios, acaban por encontrar reposo en las tinieblas.

Y no nos extrañemos de encontrar en otros hombres la conducta que observamos en los actores del drama que se va a cumplir. La historia de la Pasión del Hijo de Dios nos proporcionará más de una lección sobre los secretos del corazón humano y sus pasiones. No puede ser de otra manera; porque lo que ocurre en Jerusalén se renueva en el corazón del pecador.

Este corazón es un Calvario, sobre el que, según el Apóstol, Jesucristo es sacrificado con frecuencia. La misma ingratitud, la misma ceguera, el mismo furor.

Lloremos los dolores de nuestra víctima, a la que nuestros pecados han obligado a soportar, tal sacrificio.

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Vemos a la Santa Iglesia abismarse más y más en las tristezas de su duelo. Hace poco lloraba los pecados de sus hijos; ahora llora la muerte de su esposo celestial.

Desde hace mucho tiempo el Aleluya está desterrado de sus cánticos; hasta suprimirá la alabanza a la Santísima Trinidad con que terminan los Salmos.

En este momento todo invita al duelo. Sobre el altar, ha desaparecido hasta la Cruz bajo un velo, y las imágenes de los santos están cubiertas.

La Iglesia está a la expectativa de la más grande desgracia. Sólo nos recuerda en este tiempo la penitencia del Hombre-Dios; y tiembla pensando en los peligros de que está rodeado.

Leemos en el Evangelio que el Hijo de Dios ha estado a punto de ser lapidado como un blasfemo; pero su hora no había llegado aún. Tuvo que huir y esconderse. ¡Todo un Dios se esconde para huir de la cólera de los hombres!

No tardaremos en verle presentarse ante sus enemigos. Si ahora evita el furor de los judíos es por no haberse cumplido aún lo que dijeron los Profetas sobre Él.

Por otra parte, no debe morir a pedradas sino sobre el madero maldito que, en adelante, se convertirá en el árbol de la vida.

Por eso, a partir de ayer por la tarde, la Iglesia manifiesta sus dolorosos presentimientos cubriendo la imagen del divino Crucificado. La Cruz misma ha dejado de ser visible a las miradas de los fieles; está cubierta por un velo.

Las imágenes de los Santos no están visibles; es justo que el siervo se oculte cuando la gloria del Señor se eclipsa.

Los intérpretes de la Liturgia nos enseñan que esta costumbre austera de velar la Cruz en tiempo de Pasión expresa la humillación del Redentor, obligado a ocultarse para no ser apedreado por los judíos, como leemos en el Evangelio de este Domingo de Pasión.

Humillémonos, al ver que el Creador del cielo y de la tierra tiene que substraerse a las miradas de los hombres, para huir de su cólera.

Pensemos en el día del primer pecado, en el que Adán y Eva se escondieron también porque se vieron desnudos, despojados de la gracia.

Jesús ha venido para darnos la seguridad del perdón; y he aquí que se oculta; no porque esté desnudo, Él que es para sus Santos el vestido de santidad y de inmortalidad, sino porque se ha hecho débil, para darnos fortaleza.

Nuestros primeros padres quisieron esconderse de la mirada de Dios; Jesús se oculta ante los hombres; pero no será siempre así. Día vendrá en que los pecadores, ante quienes parece que huye hoy, suplicarán a las rocas y montañas, que caigan sobre ellos y les sustraigan de su vista; pero su petición será estéril… Verán al Hijo del hombre sentado sobre las nubes del cielo, con poderosa y soberana majestad.

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El ambiente litúrgico se pone, pues, cada vez más sombrío. La Iglesia sabe que los hombres persiguen a Jesús y conspiran su muerte. No pasarán doce días sin que sus enemigos pongan sobre Él sus manos sacrílegas.

Ella le seguirá hasta la cumbre del Calvario; recogerá su último suspiro; verá sellar sobre su cuerpo inánime, la piedra del sepulcro.

No es extraño, pues, que invite a todos sus hijos, en esta quincena, a contemplar a Aquél que es la causa de todos sus afectos y tristezas.

Pero no es precisamente lágrimas y compasión estériles, lo que pide de nosotros nuestra Madre; quiere que nos aprovechemos de las enseñanzas que nos van a proporcionar los sucesos de esta Santa Semana. Se acuerda que el Señor, al subir al Calvario, dijo a las mujeres de Jerusalén que lloraban su desgracia ante sus mismos verdugos: No lloréis por mí; más bien llorad por vosotras y por vuestros hijos. No rehusó el tributo de sus lágrimas, se enterneció y su misma ternura le dictó esas palabras.

Quiso sobre todo verlas penetradas de la grandeza del acto del que se compadecían, en una hora en que la justicia de Dios se mantenía tan inexorable ante el pecado.

Esto es lo que recuerda la Iglesia con tanta frecuencia en estos días; esto es lo que propone a nuestra consideración; porque sabe que si llegamos todos a comprender lo que esta escena significa, se romperán los lazos que nos atan al pecado, y nos será ya imposible permanecer por más tiempo como cómplices de estos crímenes atroces.

Estas consideraciones sobre la justicia divina para con la más inocente y la más augusta de todas las víctimas, y sobre el castigo de los judíos impenitentes, deben llevarnos al horror del pecado; ellas acabarán de destruir en nosotros el afecto al pecado, desarrollando ese temor tan saludable, sobre el cual vendrán a apoyarse una esperanza firme y un amor sincero, como sobre base inquebrantable.

En efecto, si por nuestros pecados somos los autores de la muerte del Hijo de Dios, también es cierto que la Sangre que brota de sus sagradas llagas tiene la virtud de lavarnos de este crimen.

La justicia del Padre celestial no se satisface más que con la efusión de esta Sangre divina; y la misericordia del mismo Padre celestial quiere que se emplee en nuestro rescate.

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Acerquémonos, pues, con confianza, y glorifiquemos esta Sangre libertadora que abre al pecador la puerta del Cielo; y cuyo valor infinito sería suficiente para rescatar millones de mundos más culpables que el nuestro.

Nos aproximamos al aniversario del día en que fue derramada; han pasado ya muchos siglos desde el día en que enrojeció los miembros desgarrados de Nuestro Salvador y que, descendiendo de la Cruz, bañó esta tierra ingrata; pero su poder siempre es el mismo.

Vengamos, pues, a beber a las fuentes del Salvador; nuestras almas saldrán de allí llenas de vida, purísimas, completamente esplendorosas con belleza celestial; ya no quedará en ella la menor señal de sus antiguas manchas; y el Padre nos amará con el mismo amor con que ama a su Hijo.

Habíamos llegado a ser propiedad de Satanás por nuestros pecados; y ahora, de pronto, somos arrancados de sus garras y recobramos la libertad.

¿Cómo hemos sido libertados?

Escuchemos al Apóstol: Habéis sido rescatados a gran precio. Y ¿cuál es este precio? El príncipe de los Apóstoles nos lo explica: No es por precio de oro o de plata corruptibles, con que habéis sido rescatados, sino por la preciosa sangre del Cordero sin mancilla.

Esta Sangre divina, colocada en la balanza de la justicia celestial, la ha hecho inclinarse en nuestro favor; ¡tanto sobrepasa al peso de nuestras iniquidades! La fuerza de la Sangre ha roto las puertas del infierno, ha quebrantado nuestras cadenas, ha restablecido la paz entre el cielo y la tierra.

Derramemos sobre nosotros esta Sangre preciosa, lavemos en ella todas nuestras llagas, sellemos nuestra frente con su señal inquebrantable y protectora, a fin de que en el día de la cólera, nos perdone de la espada vengadora.

La Iglesia nos recomienda venerar, además de la Sangre del Cordero, que borra nuestros pecados, la Cruz que es como el altar en que se inmola la Víctima.

Dos veces, durante el año, en las fiestas de la Invención y de la Exaltación, será expuesto este sagrado madero, para recibir nuestros homenajes como trofeo de la victoria del Hijo de Dios; en estos momentos no nos habla sino de dolores, y no representa otra cosa que vergüenza e ignominia.

El Señor había dicho en la Antigua Alianza; maldito el que sea colgado en la Cruz. El Cordero que nos salva se ha dignado arrostrar esta maldición; pero, por eso mismo, ¡cómo hemos de amar este leño, en otro tiempo infame!

He aquí convertido en instrumento de nuestra salvación, el testimonio del amor de Jesús por nosotros. Por esto, la Iglesia le rinde, en nuestro nombre, los más sinceros honores, y nosotros debemos juntar nuestra adoración a la suya.

El agradecimiento a esa Sangre que nos ha rescatado, una tierna veneración hacia la Santa Cruz, serán los sentimientos que llenarán particularmente nuestro corazón durante estos quince días.

Esperemos de la misericordia de Dios que estos santos días produzcan en nosotros este cambio maravilloso, que nos permita cuando llegue la hora del juicio permanecer tranquilos a la mirada del que vamos a ver pisoteado por los pecadores.

La muerte del Redentor revoluciona a toda la naturaleza: el sol se oscurece al mediodía, tiembla la tierra y las rocas se parten…; que nuestros corazones se conmuevan también, que pasen de la indiferencia al temor, del temor a la esperanza, de la esperanza al amor.

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Todos estos pensamientos están condensados en los textos de este Domingo de Pasión.

El Introito está tomado del Salmo XLII, el que rezamos cada día al pie del altar, suprimido precisamente durante estos días.

El Mesías implora el juicio de Dios y protesta contra la sentencia que los hombres van a dictar contra él. Demuestra al mismo tiempo su esperanza en el socorro de su Padre, que después de la prueba le admitirá triunfante en su gloria: Júzgame tú, oh Dios, y separa mi causa de la de un pueblo no santo; líbrame del hombre inicuo y falaz; porque tú eres mi Dios y mi fortaleza. Envía tu luz, y tu verdad; ellas me guiarán, y conducirán hasta tu santo monte, y hasta tus tabernáculos.

La Epístola, tomada del Apóstol San Pablo a los Hebreos, nos enseña que Cristo es Pontífice de los bienes futuros, el cual penetró una vez en el santuario a través de un tabernáculo más amplio y perfecto, no hecho a mano, es decir, no de creación humana, y no con la sangre de cabritos y toros, sino por medio de su propia Sangre, después de haber obrado la Redención eterna… Y por eso es el Mediador del Nuevo Testamento.

El hombre sólo puede ser rescatado por la sangre. La divina majestad ultrajada sólo se aplacará por el exterminio de la criatura rebelde, cuya sangre derramada sobre la tierra con su vida dará testimonio de su arrepentimiento y de su completa sumisión ante Aquél contra quien se rebeló. De otro modo la justicia de Dios se compensará por el suplicio eterno del pecador.

Todos los pueblos así lo han entendido, desde la sangre de los corderos de Abel hasta la que corría a torrentes en las hecatombes de Grecia, y en las innumerables inmolaciones con que Salomón inauguró la dedicación del templo.

Sin embargo, Dios, que ordena los sacrificios sangrientos, declara que no son nada a sus ojos.

¿Hay contradicción? No. Dios quiere, a la vez, que el hombre entienda que no puede ser rescatado más que por la sangre, y que la sangre de los animales es muy grosera para obrar este rescate.

¿Será la sangre del hombre la que aplaque la justicia divina? De ningún modo. La sangre del hombre es impura y está manchada; además es incapaz de compensar el ultraje hecho a Dios.

Es necesaria la Sangre de un Dios. Y Jesús se ofrece a derramar la suya.

En Él va a cumplirse la mayor figura de la ley antigua. Una vez al año, el sumo Sacerdote entraba en el Sancta Sanctorum a orar por el pueblo. Se ponía detrás del velo, de cara al Arca Santa. Se le otorgaba este favor con la condición de que entrase en este sagrado recinto llevando en sus manos la sangre de la víctima que acababa de inmolar.

El Hijo de Dios, Sumo Sacerdote por antonomasia, va a hacer su entrada en el Cielo; mas se necesita para esto que se presente con sangre, y esta Sangre no puede ser otra que la suya.

Vemos cumplir esta prescripción divina. Abramos pues, nuestros corazones, a fin de que los purifique de las obras muertas, como nos acaba de decir el Apóstol, y sirvamos en lo sucesivo al Dios vivo.

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Para terminar, consideramos ¡con qué severidad habla el Salvador a los fariseos!: Vosotros no escucháis la palabra de Dios porque no sois de Dios.

No obstante esto, hubo un tiempo en que fueron de Dios; pero ellos han hecho estéril esta gracia; se agitan en las tinieblas y ya no verán la luz que han rechazado.

Decís que Dios es vuestro Padre; pero no le conocéis.

A fuerza de desconocer al Mesías, la Sinagoga ha llegado a no conocer tampoco al mismo Dios, único y soberano; en efecto, si conociese al Padre, no rechazaría al Hijo. Moisés, los Salmos, los Profetas, son para ella letra muerta, y estos libros divinos pasarán muy pronto entre las manos de otros pueblos, que sabrán leerlos y comprenderlos.

Si yo dijere que no le conozco, sería mentiroso como vosotros.

Por la dureza del lenguaje de Jesús se adivina ya la cólera del Juez último juicio.

Jerusalén no conoció el tiempo de su visita; el Hijo de Dios salió a su encuentro y tiene ella la desvergüenza de decirle que está poseído del demonio. Echa en cara al Hijo de Dios, al Verbo eterno, que prueba su origen por los prodigios más evidentes, que Abrahán y los Profetas son mayores que Él.

¡Extraña ceguera que procede del orgullo y de la dureza de corazón!

La Pascua está próxima; estos hombres comerán religiosamente el cordero simbólico; saben que este cordero es una figura que debe realizarse. El verdadero Cordero será inmolado por sus manos sacrílegas y no lo reconocerán. La Sangre derramada por ellos no les salvará.

Su desgracia nos lleva a pensar en tantos pecadores endurecidos para los cuales la Pascua de este año será tan estéril de conversión como los años precedentes; redoblemos nuestras oraciones por ellos, y pidamos que la Sangre divina, que pisotean con sus pies, no clame contra ellos delante del trono del Padre celestial.

Reclamos también que esa divina Sangre recaiga sobre nuestra alma como baño de Redención eficaz, de perseverancia final y de una buena y santa muerte.