HISTORIA DE LAS HEREJÍAS EN LA IGLESIA

CONSERVANDO LOS RESTOS II

Trigésimoquinta entrega

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LAS SECTAS CISMÁTICAS ORIENTALES

Indudablemente, las sectas cismáticas de Oriente constituyen una parte importante del cristianismo. Es, pues, de gran trascendencia dar una breve síntesis de los acontecimientos principales de su historia durante la Edad Nueva, no sólo como complemento de la historia general de la Iglesia en este período, sino también porque precisamente durante este tiempo tuvieron lugar entre ellas multitud de acontecimientos importantes para la Iglesia católica. A éstos pertenecen, en primer lugar, los insistentes conatos, en gran parte coronados de éxito, de unión con la Iglesia Romana, y en segundo lugar, los estériles esfuerzos de los protestantes por atraerlos a sus ideas.

1. Diversos grupos unidos con la Iglesia Católica. Dado el empuje del espíritu misionero de los católicos en el siglo XVI, se explica que desde las nuevas misiones de Oriente se hicieran esfuerzos por reconquistar los diversos núcleos cismáticos. El triunfo más llamativo, es el obtenido con los nestorianos de la India, los llamados Cristianos de Santo Tomás. El arzobispo de Goa, Alejo Meneses, obtuvo en 1599 que abjuraran el nestorianismo y admitieran la unidad católica. Hasta 1653 los gobernaron cuatro jesuitas. Otro grupo de nestorianos del antiguo reino de Persia se unió también con la Iglesia desde 1562. En 1653 se contaban 40.000 familias católicas caldeas.

Con los jacobitas de la Siria se hicieron esfuerzos, sobre todo en tiempo de Gregorio XIII. Su patriarca, David Ignacio XI, prestó obediencia al papa en 1583, pero fue luego infiel. En cambio, durante el siglo XVII, el patriarca Simeón se convirtió y ganó a muchos jacobitas.

Dignos de mención son particularmente los esfuerzos hechos por los católicos en Abisinia, donde predominaba un monofisitismo influido por el islam. Por algún tiempo triunfó el heroísmo de los misioneros jesuitas con la conversión del rey Séltan-Segad; pero los monofisitas continuaron haciendo una guerra sin cuartel, y el sucesor Basílides volvió a restablecer el cisma, desterrando a los católicos.

En cambio, se consiguió afianzar la unión ya obtenida con los maronitas. A ello contribuyó especialmente el colegio maronita, fundado en Roma por Gregorio XIII, del que salieron hombres eminentes, como Jorge Asuira, que fue luego patriarca. Varios de sus miembros entraron en la Compañía de Jesús y fueron celosos apóstoles entre sus compaisanos. Del mismo modo se afianzó la fe católica entre los armenios, gracias particularmente al celo de los dominicos. Distinguióse el arzobispo Naxivan, a quien Paulo III hizo diversas concesiones. El rey Esteban V hizo una visita a Roma, y Gregorio XIII fundó también un colegio para los armenios.

Pero la más importante de las uniones realizadas en este tiempo fue la de los rutenos que debe ser considerada como uno de los resultados de la renovación católica a fines del siglo XVI y se debe principalmente a la actividad apostólica de los jesuitas. Sus principales promotores fueron los PP. Possevino y Skarga, ambos sumamente beneméritos de la Iglesia de Polonia y otras iglesias orientales. En efecto, ya desde 1570 trabajaron incansablemente los jesuitas, sobre todo en Wilna, que debe ser considerada como el punto céntrico del movimiento católico unionista.

El primer paso lo dio el patriarca Miguel Rahosa cuando en 1590 se declaró independiente del patriarcado de Constantinopla. Pero el paso decisivo se dio cuando en 1595 se reunieron los obispos en Brest y declararon solemnemente su unión con Roma. Esta se realizó, en efecto, en Roma el 23 de diciembre del mismo año. A los rutenos se les concedió el poder conservar su liturgia propia. Asimismo renunció Roma a la introducción del celibato, permitiéndoles observaran la costumbre oriental en este punto. La unión de los rutenos encontró una grande oposición y tuvo que vencer graves dificultades en Polonia, no obstante la buena disposición fundamental del rey Segismundo.

Pero la oposición principal vino de parte del príncipe Ostrogski y del patriarca Lukaris, los cuales organizaron en Brest un sínodo ortodoxo y pusieron en movimiento todos sus recursos para impedir la realización de la unión. Pero gran parte de la población prefirió expatriarse, y se dirigió a las provincias rusas occidentales unidas con Polonia, con el objeto de poder conservar su unión con Roma.

De particular importancia fue asimismo la reforma de los monjes basilianos, realizada en este tiempo. Formóse con ella la Congregación de la Santísima Trinidad. Uno de sus héroes fue el arzobispo de Poloczk, San Josafat, martirizado en 1624 por los cismáticos y beatificado en 1646 por Urbano VIII.

2. La iglesia griega. Por lo que se refiere a la Iglesia cismática griega, su situación bajo el dominio turco era por demás humillante y difícil. Los patriarcas ortodoxos de Constantinopla consiguieron que se respetara el culto cristiano; pero ellos y los fieles ortodoxos o cismáticos eran tratados con desprecio. Antes de la elección del patriarca de Constantinopla debía, pagarse un tributo especial al sultán, y luego debían continuar pagando cada año su contribución. De hecho el patriarcado dependía en absoluto de la política de los sultanes. Así se comprende fácilmente el hecho de que los patriarcas fueran depuestos por los sultanes o se vieran obligados frecuentemente a abdicar. Además, se daba frecuentemente el caso de elecciones simoníacas.

Por un lado, aumentaba la significación pública de sus patriarcas y obispos, que constituían como una parte esencial de un Estado autoritario. Por lo mismo, las provincias eclesiásticas coincidían con las civiles. Por otro, el patriarca de Constantinopla, siempre en íntima dependencia del sultán, nombraba a los patriarcas de Antioquía, Alejandría, Jerusalén y los obispos de los grupos cismáticos melquitas de Serbia, Bulgaria, Rumania y Albania. Pero, al mismo tiempo, el estado moral y religioso de todos estos pueblos iba decayendo cada vez más. Más adelante, al independizarse algunos de estos pueblos, se fueron constituyendo iglesias independientes o autocéfalas.

Por otra parte, la situación de la Iglesia latina o de los católicos romanos era muy insegura en medio de los cismáticos orientales. En algunas ocasiones fue extremadamente difícil, por lo cual su número más bien fue disminuyendo. De hecho no se les reconoció nunca oficialmente; pero gracias principalmente al heroísmo de los franciscanos y otras órdenes, se pudieron mantener en los Balcanes y otros territorios. Gregorio XIII se esforzó por ayudar a estos núcleos de católicos diseminados entre los ortodoxos por medio de visitas extraordinarias. De ellas se sacó la conclusión sobre el gran número de católicos residentes en los Balcanes, por lo cual el Papa trató seriamente de prestarles un socorro espiritual eficaz.

Desde 1583 encontramos a los jesuitas en Constantinopla, y consta que trabajaron intensamente por la conversión de los cismáticos en plan de verdadera misión; Por otro lado, los dominicos y los franciscanos continuaron su actividad, que se dirigía principalmente a los católicos romanos. Asimismo iniciaron misiones en Siria los capuchinos y carmelitas; en Mesopotamia, los capuchinos, y en Arabia, los carmelitas.

Los insistentes esfuerzos por la unión realizados por los Papas y apoyados por algunos patriarcas resultaron estériles. Gregorio XIII tuvo la satisfacción de recibir la obediencia del patriarca de Constantinopla, Metrofanes III. Él y algunos de sus sucesores se mostraron favorables a la unión con Roma; pero fueron depuestos o gobernaron muy poco tiempo, mientras los enemigos de la unión conseguían que ni siquiera fuera admitida la reforma gregoriana del calendario por venir de Roma. Inútiles resultaron los esfuerzos de Clemente VIII por la unión de los serbios.

A estas dificultades se añadieron las que provenían de los protestantes. En efecto, consta en primer lugar que hicieron lo posible para impedir la inteligencia entre griegos y romanos y, lo que aún es peor, estorbaron la obra de los misioneros católicos. Además son dignos de mención algunos conatos por atraer al protestantismo a la iglesia griega, si bien la fidelidad de ésta a la fe ortodoxa se mostró inflexible. Un delegado del patriarca Joasaf II (1555-1565) se presentó en Wittemberg y recibió de Melanchton una traducción griega de la Confesión de Augsburgo y un escrito para el patriarca, en que procuraba atraerlo a su causa. El patriarca no se dignó responderle. Un nuevo mensaje de los teólogos protestantes Jacobo Andreae y Martin Crusius al patriarca Jeremías II recibió por respuesta una refutación de la doctrina luterana sobre la justificación y los sacramentos.

Los calvinistas, por su parte, hicieron algunos conatos semejantes. Cirilo Lukaris , de origen griego, hizo estudios en Europa y se entusiasmó con el sistema de Calvino. Elevado en 1602 al patriarcado de Alejandría, trabajó por introducir en la Iglesia griega las ideas calvinistas, y después de apoderarse de la sede patriarcal de Constantinopla (según parece, envenenando a su predecesor), ya no tuvo dificultad en hacer alarde de sus ideas; pero al punto se comenzó una campaña violenta contra él, que obtuvo del sultán fuera desterrado. Por influjo de Inglaterra y Holanda, pudo volver de nuevo a Constantinopla, compuso una confesión en latín y en griego, continuó luchando por la introducción del calvinismo en la Iglesia griega, y, al fin, en un sínodo de 1638, fue condenado y luego ajusticiado por sospechas políticas. Sus ideas calvinistas fueron expresamente condenadas por el sínodo ortodoxo de 1638 y otros posteriores.

3. La iglesia rusa. La iglesia de Rusia se desarrolló bajo la dependencia de Constantinopla. Su centro estuvo durante mucho tiempo en Kiev, pero desde 1329 en Moscú. Sin embargo, cuando Iván III Basiljewitsch (+ 1505) puso término a la dominación mongólica, se declaró también jefe de la iglesia, que se independizó de hecho de Constantinopla. Esta situación se consumó en tiempo de Iván IV (1533-1584), en que los rusos acabaron de conquistar su independencia. Pero al mismo tiempo, con la centralización y cesaropapismo de los zares, fue disminuyendo cada vez más el prestigio de los sacerdotes. En 1588 se obtuvo, finalmente, del patriarca bizantino Jeremías II la erección de un patriarca independiente en Moscú. Este fue reconocido como tercero, después de Constantinopla y Alejandría; pero desde entonces estuvo en una dependencia inmediata de los zares. En conjunto, contaba la Iglesia rusa con cuatro metropolitanos y ocho obispos.

Con el pontificado de Gregorio XIII se dio principio, por parte de la Iglesia Católica, a una serie de conatos de unión con la rusa. En efecto, apretado Iván IV por los polacos, envió una embajada a Gregorio XIII, el cual aprovechó la ocasión, y por medio del jesuita P. Antonio Possevino, a quien envió como legado suyo, procuró seriamente obtener la unión. Pero, a pesar de la destreza del legado y de sus amplios conocimientos de las cosas orientales, no se pudo obtener más que una tregua de diez años, pero ningún resultado positivo en orden a la unión.

El acontecimiento más importante de este tiempo en el seno de la iglesia rusa fue la unión de los rutenos, de la que se ha hablado anteriormente.

Por otra parte, se llegó a concebir grandes esperanzas de una inteligencia con Rusia en tiempo del falso Demetrio. Pero su asesinato hizo desaparecer rápidamente tan risueño porvenir, y la iglesia rusa quedó confirmada en su independencia bajo la dinastía Romanov; pero, teniendo presente la marcada tendencia antioccidental de esta dinastía, se comprende que fracasaran indefinidamente los intentos de unión.

LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN

HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA

Primer entrega:  LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?

Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones

Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)

Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo

Quinta entrega: El semipelagianismo

Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques.  San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)

 Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia.  Los monoteletas

 Octava entrega:  Segunda fase del monotelismo: 638-668

Novena entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente

Décima entrega: El error adopcionista

Undécima entrega: Gotescalco y las controversias de la predestinación

Duodécima entrega:  Las controversias eucarísticas del siglo IX al XI

Decimotercera entrega: El cisma de oriente

Decimocuarta entrega: El cisma de oriente (continuación)

Decimoquinta entrega: La lucha de la Iglesia contra el error y la herejía

Decimosexta entrega: Herejía de los Cátaros o Albigenses

Decimoséptima entrega: Otros herejes

Entrega especial (1era parte): La inquisición medieval

Entrega especial (2da parte): La inquisición medieval

Vigésima entrega: La edad nueva. El Wyclefismo

Vigésimo primera entrega:  El movimiento husita

Vigésimo segunda entrega: El movimiento husita (cont.)

Vigésimo tercera entrega:  El pontificado romano en lucha con el conciliarismo

Vigésimo cuarta entrega: Eugenio IV y el concilio de Basilea

Vigésimo quinta entrega: La edad nueva. El concilio de Ferrara-Florencia

Vigésimo sexta entrega: Desde el levantamiento de Lutero a la paz de Westfalia (1517-1648). Rebelión protestante y reforma católica

Vigésimo séptima entrega: Primer desarrollo del luteranismo. Procso y condenación de Lutero

Bula Exurge Domine

Bula Decet Romanum Pontificem

Vigésimo octava entrega: Desarrollo ulterior del movimiento luterano hasta la confesión de Augsburgo (1530)

Vigésimo novena entrega:  El luteranismo en pleno desarrollo hasta la paz de Ausgburgo 

Trigésima entrega: Causas del triunfo del protestantismo

Trigésimoprimera entrega:  Calvino. La iglesia reformada

Trigésimosegunda entrega: El cisma de Inglaterra. El anglicanismo

Trigésimotercera entrega: El cisma de Inglaterra. El anglicanismo (cont,)

Trigésimocuarta entrega: Movimientos heterodoxos y controversias. Los disidentes