CONSERVANDO LOS RESTOS II
Trigésimocuarta entrega
MOVIMIENTOS HETERODOXOS Y CONTROVERSIAS. LOS DISIDENTES
En medio de este florecimiento general de los estudios eclesiásticos, no es de maravillar surgieran algunas controversias más o menos importantes, y aun a las veces apasionadas, entre los doctores y las escuelas católicas. Algunas de ellas, como la célebre cuestión “de auxiliis”, se mantuvo enteramente dentro del campo de la ortodoxia. Otras, como el bayanismo y sobre todo el jansenismo, derivaron hacia la heterodoxia y aun llegaron a constituir movimientos heréticos sumamente nocivos a la Iglesia.
Entre tanto, en el seno de las iglesias disidentes, es decir, entre los diversos sectores protestantes y los cismáticos orientales, se desarrollaron algunos movimientos religiosos que trajeron consigo la unión de algunos grupos con la Iglesia Católica, produjeron importantes disensiones entre ellos y formaron numerosas sectas.
I. MOVIMIENTOS HETERODOXOS Y CONTROVERSIAS TEOLÓGICAS
Los movimientos heterodoxos y antipontificios que fueron surgiendo y desarrollándose a lo largo de los siglos XVI al XIX se deben en gran parte al influjo de las concepciones protestantes.
1. El bayanismo. El primer caso típico y característico de este influjo es el bayanismo, que se presenta a mediados del siglo XVI. En efecto, en la Universidad de Lovaina, que estaba en contacto con los principales centros de estudio de Europa y había tenido que intervenir en algunos episodios importantes en el desarrollo del luteranismo, como la disputa de Leipzig en 1519, se tuvo que notar bien pronto el influjo de las ideas protestantes, a pesar de las medidas tomadas contra ellas.
Esto aparece claramente en Miguel Bayo, profesor de Sagrada Escritura desde 1551 en aquella célebre Universidad, quien comenzó bien pronto a manifestar su disconformidad con la escolástica, sobre todo con su método especulativo, por lo cual fue apareciendo, en unión con algún otro profesor, como partidario decidido de una reforma de estudios. En ella debía ponerse como base la Sagrada Escritura y la Patrística, sobre todo San Agustín, a quien presentaba como inspirador de todas sus ideas.
Pero Bayo no se detuvo en estas generalidades. Bien pronto comenzó a proponer una doctrina completamente nueva, en la que, más o menos inconscientemente, reproducía tesis de Lutero algo suavizadas y con expresiones más semejantes a las doctrinas católicas, en particular sobre el estado original del hombre, la gracia y la libertad humana. Los dones sobrenaturales son, según él, consubstanciales con la naturaleza humana. A semejanza de Lutero, exageraba las consecuencias del pecado original, que es la causa de que el hombre no pueda hacer otra cosa sino pecar y de que se halle desposeído de verdadera libertad interior (o necesitate). El hombre, pues, se siente interiormente constreñido o forzado y no es libre para obrar. Toda esta doctrina la presentaba como de San Agustín.
Pero bien pronto advirtieron los teólogos franciscanos, y luego los jesuitas, el peligro de estas ideas, e iniciaron una activa campaña contra ellas con el objeto de conseguir su condenación. Habiendo, pues, sintetizado las nuevas doctrinas en dieciocho proposiciones, las enviaron los franciscanos a la Sorbona de París, la cual, después de detenido examen, las condenó en 1560, parte como heréticas, parte como erróneas o falsas.
Mas, como era de temer, Bayo no se sometió a esta censura, y, por consiguiente, continuó proponiendo las mismas ideas. No mucho después fue nombrado canciller de la Universidad, lo cual le dio nuevos alientos para propagar sus errores. En estas circunstancias, el célebre arzobispo de Malinas, Granvela, inició la intervención eclesiástica en tan delicado asunto. Como primera disposición, le impuso silencio sobre aquellos puntos discutidos; mas, no contento con esto y juzgando necesario alejarlo de Lovaina, obtuvo de Felipe II que Bayo y Hessel fueran enviados al concilio de Trento, que celebraba entonces su tercera etapa.
Pero al volver Bayo de Trento en 1563 continuó más aferrado que antes a sus ideas. Así lo manifestó ya abiertamente en una serie de tratados que entonces compuso y publicó.
Ante esta conducta por parte de Bayo, los franciscanos, los jesuitas y otros doctores católicos insistieron en su oposición a las nuevas doctrinas. Mas como vieran que el peligro y daño aumentaban, enviaron memoriales a Roma y a la corte de España, en los que la serie de dieciocho proposiciones falsas o peligrosas había subido a 79.
En estas circunstancias se inicia la actuación pontificia. Efectivamente, ante tales y tan autorizadas instancias, Pío V hizo examinar detenidamente el problema bajo todos sus aspectos, y, finalmente, en 1567 publicó una Bula en la que se condenaban las 79 proposiciones entresacadas de los escritos de Bayo, unas como heréticas, otras como erróneas, escandalosas o peligrosas, aunque sin citar al autor. La Bula pontificia fue publicada oficialmente en la Universidad de Lovaina por Granvela, y sin dificultad ninguna fue aceptada por todos, a excepción de Bayo. En efecto, sintiéndose personalmente aludido, no quiso someterse, dando como razón que le condenaban sin escucharle. Inmediatamente compuso una Apología, que mandó a Roma en 1569.
El Romano Pontífice no la aceptó; antes, por el contrario, le urgió la sumisión; pero Bayo continuó resistiéndose durante varios años y dando toda clase de excusas. Así, unas veces afirmaba que las proposiciones condenadas no eran suyas; otras, que la Bula no era legítima, o bien que se interpretaban mal sus palabras. A este propósito es célebre la contienda sobre la Coma Piana.
Finalmente, para evitar subterfugios, Gregorio XIII publicó en 1579 una nueva Bula, en la cual incluía la de San Pío V con todas las proposiciones condenadas, obligando a todos a admitirla. Bayo reconoció al fin como suyas algunas proposiciones condenadas y abjuró de ellas, lo mismo hizo en un escrito enviado a Roma en 1580. En atención a esta sumisión, pudo continuar como canciller.
2. Cuestiones en torno a Lessio y De Hamel. Como complemento y colofón de las discusiones sobre Bayo, se desarrollaron en Lovaina una serie de apasionados debates en torno a los eminentes teólogos el jesuita Leonardo Lessio (+ 1623) y el oratoriano Juan du Hamel. En efecto, como profesores de la Universidad de Lovaina, ambos se habían señalado entre los más decididos impugnadores de Bayo. Este, pues, y sus partidarios promovieron por todos los medios en las Universidades de Lovaina y Douai la condenación de treinta y cuatro proposiciones de Lessio.
De hecho, pues, ambas Universidades censuraron en 1587 las 34 proposiciones, designándolas como semipelagianas. La controversia fue tomando cada vez mayores proporciones. Mientras los obispos de los Países Bajos se declararon unos en pro y otros en contra de Lessio; las facultades teológicas de Tréveris, Ingolstadt y Maguncia se ponían al lado del teólogo jesuita. El fondo de toda la cuestión lo formaba la concepción de Lessio, de que para la canonicidad de los libros bastaba la inspiración subsecuente. A esto se añadían las cuestiones batallonas sobre la gracia y la libertad humana.
El asunto fue, finalmente, llevado a Roma por el nuncio Frangipani; pero el Papa Sixto V tomó desde un principio una posición mediadora, con el objeto de no irritar a los profesores lovanienses. Por esto, en 1588 prohibió el nuncio que ambas partes se censuraran recíprocamente y que se limitaran a la discusión de los puntos dogmáticos fundamentales. Sin embargo, la Universidad de Lovaina insistió posteriormente, a instigación de Bayo, para obtener la aprobación de su censura contra Lessio; pero sus esfuerzos quedaron sin efecto.
3. Controversias «De auxiliis». Molinismo. Mucha más trascendencia, más duración y más consecuencias trajeron las controversias que se entablaron a fines del siglo XVI y continuaron a principios del XVII entre la escuela tomista y la de los jesuitas en torno al libro del P. Luis de Molina sobre la concordia del libre albedrío con los dones de la gracia y a su teoría sobre la ciencia media, el llamado molinismo.
La cuestión que se trataba de resolver era el modo cómo se debía compaginar la libertad humana, y la necesidad e infalibilidad de la gracia eficaz para toda obra buena.
El célebre dominico español Domingo Báñez y la escuela tomista presentaron el sistema llamado de la praemotio physica o predeterminación, según la cual Dios es quien determina la voluntad con un auxilio o gracia que, por su misma naturaleza, es eficaz, pero al mismo tiempo, con su omnipotencia, hace que la libertad humana no sufra detrimento. Dios predetermina eficazmente, pero guardando la libertad del hombre.
Los jesuitas, en cambio, creyeron que este sistema no salvaba la libertad humana, y así idearon otro, consistente en que Dios, por la llamada ciencia media, conoce los futuros contingentes, por lo cual sabe lo que el hombre haría si tuviera ésta o aquella gracia, y así da al hombre una gracia determinada, que no es eficaz por su naturaleza, sino por la realidad de los hechos, que Dios conoce con toda certeza por la ciencia media. Esta teoría fue ya expuesta por el jesuita portugués P. Fonseca; pero quien la desarrolló definitivamente fue el P. Luis de Molina, profesor de Evora, en el libro antes citado.
Sobre estas dos opiniones se entabló en España una apasionada controversia, que tuvo principio en Valladolid en 1594. La opinión de Báñez la defendían Tomás Lemos y, generalmente, los dominicos; la de Molina, el jesuita Antonio de Padilla, Suárez y, en general, los jesuitas. Por esto la controversia tomó cierto aspecto de lucha entre las dos Órdenes por su prestigio científico. Mientras los dominicos acusaban a Molina y a los jesuitas de que, por salvar la libertad humana, destruían el concepto de la gracia y aun rebajaban la omnipotencia de Dios, los jesuitas acusaban a los dominicos de que, so pretexto de salvar la omnipotencia de Dios, destruían la libertad humana.
La controversia fue tomando proporciones cada vez mayores. De Valladolid, donde se inició, pasó a las más célebres universidades, por lo cual, en Salamanca y Alcalá y otros centros de estudios de la Península, los teólogos más célebres tomaron partido por una parte o por otra.
Viendo, al fin, el Papa Clemente VIII que la contienda tomaba proporciones demasiado grandes, hizo trasladar la causa a Roma, imponiendo silencio entre tanto a las dos partes. De esta manera, el 8 de enero de 1598 comenzaron las sesiones de la célebre Congregación «De auxiliis divinae gratiae», nombrada por el Papa para la solución de tan apasionada controversia.
Los jesuitas Miguel Vázquez, Pedro Arrúbal, La Bastida y más tarde Gregorio de Valencia disputaron contra los dominicos Diego Alvarez, Tomás de Lemos y Miguel de Ripa.
Mientras el cardenal Vernerio apoyaba decididamente a los dominicos, el cardenal Belarmino se puso con todo su prestigio de parte de los jesuitas. El mundo estaba a la expectativa y las universidades seguían con emoción el curso de las discusiones. Entre tanto, murieron los dos protagonistas de ambos sistemas, Báñez y Molina; pero sus causas eran sostenidas con tenacidad por sus escuelas.
Al fin, después de nueve años de discusiones, el 28 de agosto de 1607, Paulo V dio por terminada la controversia. La cuestión resultaba indecisa; ambas partes quedaban con libertad para enseñar sus respectivas sentencias, pero con rigurosa prohibición de designar como herética la opinión contraria. Más tarde se añadió la prohibición de publicar impresos sobre estas materias sin permiso especial de la Santa Sede.
Además de las indicadas, se iniciaron entre los teólogos católicos diversas discusiones, que tuvieron su pleno desarrollo en el período siguiente. Tales son, ante todo, la célebre controversia sobre el probabilismo, propuesto ya substancialmente en 1577 por el dominico padre Bartolomé de Medina, pero que comenzó a ponerse de actualidad desde 1631, y sobre todo desde 1642, en que la Sorbona lo designó como «veneno endulzado, que con sus halagos destroza los espíritus». El célebre jansenista Antonio Arnauld y el gran escritor Pascal la utilizaron como ariete poderoso en su apasionada campaña contra los jesuitas.
Otra controversia dio asimismo lugar a importantes discusiones. Es la cuestión sobre la Inmaculada Concepción de María Santísima. Después de los primeros debates medievales, esta cuestión había encontrado su primer reconocimiento oficial en las disposiciones de Sixto IV (1471-1484). El concilio de Trento, en la sesión V, se había manifestado más bien favorable al privilegio de María.
Entre tanto, el mundo católico se hallaba dividido en dos campos. Ante todo, el de los impugnadores de la Inmaculada Concepción, los maculistas, representados principalmente por los dominicos. El segundo, que constituía una gran mayoría, cada vez más compacta, estaba acaudillado por la escuela franciscana, y a la que se unieron los jesuitas, y sostenido sobre todo por el ambiente cada vez más popular. Las universidades, las instituciones, las ciudades, los príncipes y las personas particulares hacían voto especial de defender, incluso con la propia sangre, el privilegio de María.
Entretanto, los Romanos Pontífices fueron tomando medidas cada vez más favorables a la Inmaculada Concepción de María. Así, San Pío V, en 1567, condenó una proposición de Bayo en la que éste afirmaba que la Santísima Virgen había sido concebida en pecado. Más aún, en otra Bula renueva las disposiciones de Sixto IV y del concilio de Trento.
En esta forma siguieron las cosas durante la segunda mitad del siglo XVI y primera del XVII. Innumerables teólogos y escritores católicos compusieron importantes obras en defensa de la Inmaculada Concepción. Llegóse a veces, sobre todo en España desde 1615, a apasionadas contiendas entre los impugnadores y los defensores del privilegio mariano, y el pueblo cristiano manifestó tumultuosamente su entusiasmo por él, mientras los reyes insistían ante el Papa en la definición del misterio.
En estas circunstancias, apenas terminado este periodo, el Papa Alejandro VII en 1661, por la Bula Sollicitudo omnium ecclesiarum, daba una nueva confirmación a todas las disposiciones existentes y ordenaba la celebración de la fiesta de la Inmaculada Concepción. Era un paso trascendental, que causó un inmenso alborozo en la cristiandad; pues, al decretar el Papa se celebrase obligatoriamente esta fiesta, bien claramente daba a entender que tenía este dogma como verdadero. En este estado quedaba el problema de la Inmaculada al terminar este período.
Aludamos, finalmente, a otra cuestión iniciada al final de este período y que tuvo su pleno desarrollo en el siguiente. Es la cuestión del jansenismo, promovida por Cornelio Jansenio (+ 1638) y su libro Augustinus, impreso en 1640 y prohibido por el Papa Urbano VIII en 1643 y 1644. Sus grandes defensores desde un principio fueron Antonio Arnauld, el abate Du Vergier de Saint-Cyran y las monjas de Port-Royal.
4. Principio del galicanismo. De un modo semejante se inició a fines de este período el gran problema del galicanismo, que tanta resonancia y tan graves consecuencias debía alcanzar en el período siguiente. Podemos señalar como el principio inmediato de las cuestiones del galicanismo francés la obra del Bindico Edmund Richer, Sobre el poder eclesiástico y político, publicada en 1611.
En ella se impugnaba el primado pontificio y el poder coercitivo de la Iglesia y se defendía la teoría conciliar y otros principios del más exagerado regalismo. Finalmente, se sostenía la doctrina de que el episcopado era esencial a la Iglesia; en cambio, el primado es sólo accidental. Esta insignificante obra, que solamente comprendía unas treinta páginas, desencadenó una intensísima polémica, sobre todo por el favor que le otorgó desde un principio el Parlamento.
Por una parte debe notarse que los elementos más significativos de la Iglesia de Francia se pusieron de parte del poder pontificio. Al frente de todos aparece el prestigioso cardenal Du Perron, bajo cuya presidencia el concilio provincial de Sens, en marzo de 1612, condenó la obra de Richer. Por su parte, el obispo de París, Enrique Gondi, ordenó colocar esta prohibición en todas las iglesias de la ciudad. Asimismo, el concilio provincial de Aix, bajo la presidencia del arzobispo Hurald, pronunció una condenación de la obra, y la Congregación del Índice la condenó igualmente en 1613.
Sin embargo, la controversia continuó avivándose cada vez más. Frente a estas condenaciones, Richer apeló al Parlamento, presentándose como el blanco del odio de los eclesiásticos, y, aunque obtuvo un rescripto real de protección, se vio obligado poco después a resignar la dignidad de síndico. Por esto intensificó la campaña en defensa de sus ideas por medio de diversos escritos, particularmente la Demonstratio. Asimismo se publicaron algunos tratados en defensa del galicismo, entre los cuales es digno de mención el de Marcantonio de Dominis, en tres tomos, Sobre la república eclesiástica.
En tan criticas circunstancias, Richer prestó en 1620 y 1622 una retractación insuficiente, hasta que, a instancias de Richelieu, firmó una, redactada por el mismo cardenal, en la que se sometía plenamente al Romano Pontífice. Sin embargo, persiste históricamente la duda sobre la sinceridad de esta retractación.
Entretanto, y no obstante la retractación de Richer, las ideas galicanas o antipontificias se iban afianzando cada vez más en Francia. Es cierto que el cardenal Du Perron se puso decididamente al lado de la supremacía pontificia y que en 1625 se publicó una declaración del clero francés, redactada por el obispo de Chartres, enteramente antigalicana. Pero, de hecho, las ideas galicanas iban ganando terreno. Su principal promovedor durante los decenios siguientes fue Pedro de Marca (+ 1662), quien, como consejero de París, publicó en 1641 sus Disertaciones sobre la concordia entre el sacerdocio y el imperio. En esta obra, escrita por orden del monarca, trataba de encontrar una concordia entre las opiniones galicanas y el poder pontificio. Pero, ya en 1642, la obra fue puesta en el Índice y en lo sucesivo constituyó el arsenal del galicanismo.
El ulterior desarrollo del galicanismo, hasta llegar a la publicación de los cuatro célebres artículos galicanos del clero de Francia de 1682 y las apasionadas contiendas entre Luis XIV e Inocencio XI, cae de lleno en el período siguiente, así como también las ulteriores consecuencias del galicanismo, que fueron el febronianismo, josefinismo y otros errores sobre el poder exagerado de los príncipes y de los obispos frente a los Romanos Pontífices.
DESARROLLO ULTERIOR DEL PROTESTANTISMO
Al terminar la exposición de este período, creemos oportuno dar una idea de conjunto, en primer lugar, de la situación exterior o territorial de las diversas confesiones protestantes, y en segundo lugar de su desarrollo interno, sus discusiones doctrinales y las sectas principales que se formaron.
1. Situación exterior del protestantismo. Aunque no es fácil presentar una imagen exacta de la situación exterior de las diversas confesiones protestantes en la primera mitad del siglo XVII, podemos hacer algunas indicaciones que bastarán para dar una idea aproximada del estado del protestantismo al final de la Edad Nueva.
Como resultado de la intervención decidida, más o menos violenta, de los príncipes seculares y de las campañas realizadas por los corifeos de las diversas confesiones protestantes, eran numerosos los territorios en que dominaba casi exclusivamente el protestantismo, donde el catolicismo había sido aniquilado casi por completo, de modo que sólo quedaba una insignificante minoría católica.
Tales eran: los Países Escandinavos: Suecia, Noruega, Dinamarca, los territorios bálticos de Estonia, Letonia, etc. Asimismo, Inglaterra, Escocia y un buen número de territorios de Alemania.
En otras muchas regiones había penetrado intensamente alguna de las confesiones protestantes, de modo que llegaba a poseer como dos terceras partes de la población. Tales eran Holanda, Suiza y diversos territorios del centro de Alemania.
Un tercer grupo de territorios, donde había penetrado profundamente el protestantismo, fueron liberados en gran parte de él por efecto de la renovación católica, y, no obstante las últimas ventajas obtenidas por los protestantes por la paz de Westfalia, quedaron definitivamente en manos del catolicismo y con amplio predominio católico. Así sucedió, en los principados eclesiásticos de Alemania occidental, en Baviera, Austria, Hungría, Bohemia, Silesia y algunos otros.
Finalmente, debemos notar dos grupos de Estados enteramente católicos: aquellos en que el protestantismo intentó y consiguió hacer notables progresos, pero que lograron quedar libres casi por entero de él, tales como Polonia, Bélgica y, sobre todo, Francia; y aquellos en que el protestantismo hizo algunos conatos de penetración, pero resultaron enteramente estériles. Tales son: los diversos Estados italianos, Irlanda y, sobre todo, España y Portugal con sus inmensos dominios.
En realidad, pues el protestantismo había realizado extraordinarios progresos, y aunque, éstos quedaron notablemente disminuidos por efecto de la renovación católica, significaban una considerable pérdida para la Iglesia. Esta, en cambio, quedaba suficientemente compensada, no solamente por los extensos territorios ganados para el catolicismo en las misiones y las grandes conquistas de España y Portugal, sino también por la profunda renovación realizada en su propio seno.
Ahora bien, por lo que se refiere a las diversas confesiones protestantes, el luteranismo y el calvinismo mantuvieron un verdadero duelo por la supremacía en Europa. En general, se puede afirmar que el luteranismo se limitó definitivamente a los principales territorios de Alemania y los Estados del norte de Europa, al mismo tiempo que surgieron en su seno frecuentes y enconadas discusiones ideológicas. El calvinismo, en cambio, llamado comúnmente iglesia reformada, se fue apoderando de los demás territorios, y Ginebra, primera sede del calvinismo, se constituyó en la verdadera capital del mundo protestante.
Así, además de gran parte de Suiza, la iglesia reformada dominó en los Países Bajos, en los poderosos núcleos protestantes de Hungría, Polonia y otros territorios del oriente europeo; en Escocia e Inglaterra, donde tomó la forma especial del anglicanismo; posteriormente se introdujo en las vastas regiones de los Estados Unidos y aun en diversos territorios de Alemania, donde logró sustituir al luteranismo. De este modo se comprende que en algunos Estados llegó a tal extremo la oposición de los luteranos contra los calvinistas, que llegaba tal vez a superar el que profesaban contra los católicos.
2. Cuestiones doctrinales entre los luteranos. En el desarrollo interior del protestantismo se pudo notar bien pronto el efecto de la falta de una autoridad en las cuestiones doctrinales. Establecido el principio de la interpretación individual de la Sagrada Escritura y de un amplio subjetivismo, surgieron las más variadas opiniones sobre algunos puntos dogmáticos más o menos fundamentales. De este modo se llegó bien pronto a la formación de multitud de sectas, que se han ido multiplicando hasta nuestros días.
Por lo que se refiere, en primer lugar al luteranismo, bien pronto surgieron entre Lutero y algunos discípulos suyos discusiones fundamentales. La primera tenía por objeto la presencia de Cristo en la Eucaristía. Lutero defendía la presencia real, si bien negaba la transubstanciación (teoría de la impanación). A esta teoría se opuso su discípulo Karlstadt, quien negaba simplemente la presencia real, de modo que, según él, al decir Cristo hoc est…, señalaba su propio cuerpo. Karlstadt tuvo que someterse.
La cuestión se puso más candente con los zwinglianos. Zwinglio explicaba el «est» como equivalente a «significat», mientras Ecolampadio y Bucero daban a la Eucaristía el significado de una figura. Todos ellos, pues, negaban la presencia real y presentaban la teoría del símbolo o figura. Por esta causa se acaloraron tanto los ánimos, que sólo a duras penas evitó el margrave de Hessen se rompieran las relaciones entre los dos primeros corifeos del movimiento protestante.
Mucho mayor fue el peligro que vio Lutero en otra opinión propuesta por Melanchton, que gozaba de extraordinaria autoridad como teólogo entre los protestantes. Melanchton proponía una explicación de la Eucaristía muy semejante a la de Calvino, que hacía de ella una recepción espiritual de Cristo; y esta teoría quedó consagrada en la confesión reformada de Augsburgo, de 1540, con lo cual ganó muchos partidarios en el territorio de Sajonia. Lutero hizo toda la guerra que pudo a esta opinión; pero la autoridad de Melanchton la favorecía mucho. De parte de Lutero se puso principalmente el célebre Flacio Ilirico, tan conocido por las «Centurias de Magdeburgo». Esto dio ocasión a prolongadas y enconadas contiendas.
No menor revuelo adquirieron otras varias cuestiones doctrinales entre los luteranos. La primera es la que se dio por llamar cuestión antinamista, cuyo principal promotor fue Juan Agrícola. Se trataba de si se debía rechazar la ley de Moisés y excluirla del Evangelio. Agrícola defendía que la ley del Evangelio comprendía las dos cosas, el horror o penitencia y el consuelo de Cristo. Lutero, en cambio, atribuía lo primero a la ley antigua y sólo lo segundo al Evangelio. Agrícola insistía en que al Evangelio pertenecen la predicación y exigencias morales. Lutero, en cambio, afirmaba que sólo traía consuelo, confianza y certeza. Por todo esto, Agrícola fue excluido de la comunidad protestante y se desdijo después; pero al fin se alejó de Lutero y continuó defendiendo sus ideas. Lutero llegó en esta contienda a defender que el Antiguo Testamento no importa nada a los cristianos.
Siguiendo por el mismo camino, otro teólogo protestante, Andrés Osiander profesor, de teología, propuso doctrinas parecidas; pero lo que más revuelo causó en el campo luterano fue su doctrina sobre la justificación, enteramente contraria a la de Lutero y bastante parecida a la católica. Es la llamada cuestión de Osiander. Los puntos capitales de esta teoría eran que la justificación consiste en la entrada de Cristo en nosotros y en la inhabitatio del Espíritu Santo. Estas ideas eran contrarias particularmente a la teoría de Melanchton, quien, sobre la imputación meramente extrínseca de Lutero, presentaba la justificación del hombre como una especie de acto forense, en que Dios declara justo al hombre. La lucha fue durísima, sobre todo en Prusia. Márlin, Flacio Ilírico y otros teólogos se le opusieron con todas sus fuerzas. Otros, en cambio, se declararon de su parte. Aun después de la muerte de Osiander continuó la lucha.
La cuestión adiafórica fue una reacción contra el Interim de Augsburgo de 1548, en el cual se admitían los sacramentos, imágenes, fiestas y otras cosas semejantes como «prácticas neutrales o medias». La cuestión dé Maier versaba sobre las buenas obras, cuya necesidad, para la vida futura era defendida por el profesor de teología en Wittemberg Jorge Maier. Sus adversarios llegaron a afirmar que eran dañinas. Algo parecida fue la cuestión sinergética, a la que dio pie Melanchton, pero que fue promovida por Juan Pfeffinger, el cual defendía que las buenas obras debían colaborar a la justificación.
En otra dirección, más bien racionalista, se desviaron algunos protestantes procedentes de los anabaptistas. Son algunos grupos antitrinitarios. El más célebre de todos es el español Miguel Servet, el cual no sólo combatía con todas sus fuerzas la doctrina de la Trinidad, sino que patrocinaba cierto panteísmo y deshacía las teorías protestantes sobre la justificación. El tribunal de Calvino, en Ginebra, lo hizo ajusticiar por estas doctrinas. También fue decapitado en Berna el antitrinitario italiano Valentín Gentile.
Particularmente perseguido por los luteranos era el llamado criptocalvinismo, o calvinismo disimulado. Consta que algunos suizos, a quienes ayudaban muchos alemanes, trabajaron con insistencia por propagar sus ideas entre los luteranos, y de hecho en muchas regiones lograron infiltrarlas. Algunas regiones se desligaron del luteranismo y se adhirieron a los calvinistas, o Iglesia reformada, mientras muchos que oscilaban entre las teorías de Lutero y Calvino eran denominados criptocalvinistas. El mismo Melanchton tuvo que oír esta acusación.
La división doctrinal entre los luteranos apareció particularmente peligrosa con la campaña del discípulo de Melanchton Gaspar Pucer quien llevó al extremo el criptocalvinismo, pues con las formas luteranas defendía muchas ideas de Calvino. Apoyábanse principalmente en la Sajonia protestante, y su ideología quedó consignada en el Corpus doctrinae christianae, publicado en 1560 como respuesta a la compilación íntegramente luterana, libro apologético de Weimar, que había salido el año anterior. Es cierto que algunos años después los fieles luteranos lograron meter en la cárcel al mismo Pucer y a otros dirigentes del criptocalvinismo; pero de todos modos se creyó necesario llegar a la unificación de las diversas tendencias e ideologías protestantes.
En este sentido de unificación trabajaron incansablemente algunos príncipes; pero su más infatigable propagandista fue el teólogo Jacobo Andreae, profesor de Tubinga, a quien ayudó particularmente Martin Chemnitz. Efectivamente, todos estos teólogos, apoyados por el príncipe elector de Sajonia, compusieron el llamado Libro de Bergen (monasterio cerca de Magdeburgo), y, juntándolo luego con los tres símbolos antiguos, Niceno, Constantinopolitano y Atanasiano, la Confessio Augustana y demás libros simbólicos protestantes, los publicaron en junio de 1580 como fórmula de concordia (formula concordiae de 1580) Su carácter oficial hizo que este libro de la concordia fuera aceptado en muchas regiones protestantes alemanas; sin embargo, fue rechazado por otras, por lo cual algunos hablaron de formula discordiae.
Digno de mención es el esfuerzo pacifista y unionista del profesor de teología Jorge Calixt. En su multiforme actividad insistió siempre en lo común entre el luteranismo, calvinismo y catolicismo; pero bien pronto los más decididos luteranos lo atacaron como supuesto criptocalvinista y como sincretista. De ahí se originó la apasionada discusión sincretistica, que después de 1640 volvió a suscitar las disensiones entre los protestantes. Sin embargo, no puede desconocerse que al fin contribuyó a acercar entre sí el luteranismo y calvinismo, haciendo prevalecer ciertas corrientes de mutua inteligencia.
3. Disensiones en otros territorios; sectas. Semejantes discusiones y disensiones doctrinales pueden advertirse en otros territorios protestantes y en el seno de la Iglesia reformada. Esto aparece, en primer lugar, en Inglaterra y en su Iglesia anglicano-calvinista o nacional. Efectivamente, por decreto de la reina Isabel se había proclamado el Acta de Unión en 1559; pero bien pronto quedó ésta rota de hecho por la insistente campaña de algunos escoceses y otros ingleses que habían visitado el continente. Estos elementos propugnaban mucha más sencillez en el culto, para lo cual tomaban como modeló el calvinismo. Por esto rechazaban las fiestas, vestiduras sacerdotales y todo lo que recordaba, según ellos, los abusos papistas. Por esta tendencia purificadora se les dio el nombre de puritanos, que aparece ya en 1566.
Sin embargo, la Iglesia oficial no cedió. Por esto se emprendió contra los puritanos, por parte del Estado, una campaña violenta, que hizo se unieran ellos más para su propia defensa, con lo cual se dio principio a la constitución de sus centros.
Organizáronse, pues, sobre la base presbiteriana, y ellos mismos se llamaron por ello presbiterianos, pues rechazaban toda jerarquía monárquica o episcopal y sólo admitían en su dirección el presbiterio o junta de ancianos, como centro democrático y conforme con el cristianismo primitivo. Los puritanos recibieron también el nombre de disidentes o nonconformistas, por haberse opuesto a la religión oficial. La oposición que encontraron fue cada vez mayor, sobre todo en tiempo de Jacobo I (1603-1625); sin embargo, mantuvieron sus organizaciones, que se distinguieron siempre por cierta dureza y soberbia farisaica. Por efecto de la opresión de que fueron objeto, muchos emigraron a Estados Unidos, donde fundaron colonias.
Más tarde, durante el reinado de Carlos. I (1625-1649), los puritanos o presbiterianos aumentaron su prestigio y llegaron casi a prevalecer; pero luego se les sobrepuso el sistema ideado por el gran revolucionario Oliverio Cromwell, es decir, el de los congregacionalistas, que rechazaban la organización presbiterial o sinodal y proclamaban la independencia de toda comunidad, llamada por ellos congregación.
En Polonia y regiones vecinas adquirió alguna importancia, en la segunda mitad del siglo XVI, la secta de los socinianos, así llamada por Fausto Sozzini, natural de Siena. Su tendencia era abiertamente antitrinitaria, y aun se puede decir que presentaba un carácter racionalista y librepensador, como eran las ideas de su tío Lelio Sozzini. Otro punto característico de esta secta es la negación de la divinidad de Jesucristo, de los sacramentos y de todo el cristianismo. El punto céntrico de su actividad era Cracovia; pero en diversas ocasiones estas doctrinas fueron condenadas; Sozzini tuvo que abandonar a Cracovia, y toda la secta fue poco a poco destruida por la reforma católica de fines del siglo XVI y principios del XVII.
Los Países Bajos fueron igualmente testigos de una gran agitación doctrinal dentro de la Iglesia reformada o calvinista. El objeto lo formaba el dogma fundamental del calvinismo, la doctrina sobre la predestinación. Así, mientras unos (supralapsarios) defendían que ésta tuvo lugar aun antes del pecado original, otros (infralapsarios) afirmaban que sólo después de él. El defensor supralapsario más decidido fue Jacobo Arminio, célebre en estas controversias, y su contrincante más notable era Francisco Gomar. Ya en 1604 se hallaban ambos enredados en apasionadas discusiones, en que Arminio acusaba a Gomar de maniqueo, y Gomar a Arminio de semiarriano.
Muerto Arminio en 1609, sus discípulos continuaron defendiendo con pasión sus ideas aun frente a la acusación de agitadores políticos. Sus partidarios fueron también denominados arminianos o remonstrantes. Frente a los cinco puntos básicos presentados por éstos, los adversarios o contrarremonstrantes y gomaristas, que se tenían como legítimos intérpretes de Calvino, presentaron una apología propia; las disputas religiosas de La Haya en 1611 y de Deft en 1613 no tuvieron resultado alguno.
No obstante el favor que prestaban muchos nobles a los arminianos, al fin se impuso la causa de los infralapsarios, apoyados por el gobernador general, Mauricio de Orange. Así lo proclamó el sínodo de Dordrecht de 1617, que proscribió rigurosamente el arminianismo y condenó a muerte como reo de alta traición a uno de sus portavoces, Oldenbarneveldt; desterró a muchos y condenó a otros, como Hugo Grotius, a cárcel perpetua.
En otro sínodo de 1618 tomaron parte muchos teólogos de Alemania e Inglaterra, y se completó la victoria de lo que se llamaba ortodoxia protestante. Hugo Grotius pudo escapar de la cárcel; muchos de los remonstrantes volvieron del destierro después de la muerte de Mauricio de Orange, y su error se ha mantenido hasta nuestros días.
Pero donde se desarrollan de un modo más característico las sectas protestantes es en Inglaterra, Escocia y en los vastos territorios de los Estados Unidos. Fue de extraordinaria importancia para el desarrollo ulterior de las sectas protestantes la llegada a Norteamérica de grandes contingentes de puritanos y congregacionalistas. De este modo se inició en los Estados Unidos el desarrollo de estas sectas, que dieron lugar a otras muchas durante los siglos siguientes.
Dignos de especial mención son los bautistas, que tan gran desarrollo debían tener en lo sucesivo. Su origen puede fijarse en 1640 en una comunidad de puritanos, dirigida por Ricardo Blount. Entre los puntos fundamentales de su doctrina debe notarse el bautismo de los adultos, así como también la teoría calvinista dé la predestinación. Ricardo Willam fundó la Iglesia bautista de Norteamérica, que se extendió luego rápidamente.
Otras sectas, como la de los cuáqueros, metodistas, etc., pertenecen al período siguiente.
LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN
HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA
Primer entrega: LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?
Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones
Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)
Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo
Quinta entrega: El semipelagianismo
Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques. San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)
Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia. Los monoteletas
Octava entrega: Segunda fase del monotelismo: 638-668
Novena entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente
Décima entrega: El error adopcionista
Undécima entrega: Gotescalco y las controversias de la predestinación
Duodécima entrega: Las controversias eucarísticas del siglo IX al XI
Decimotercera entrega: El cisma de oriente
Decimocuarta entrega: El cisma de oriente (continuación)
Decimoquinta entrega: La lucha de la Iglesia contra el error y la herejía
Decimosexta entrega: Herejía de los Cátaros o Albigenses
Decimoséptima entrega: Otros herejes
Entrega especial (1era parte): La inquisición medieval
Entrega especial (2da parte): La inquisición medieval
Vigésima entrega: La edad nueva. El Wyclefismo
Vigésimo primera entrega: El movimiento husita
Vigésimo segunda entrega: El movimiento husita (cont.)
Vigésimo tercera entrega: El pontificado romano en lucha con el conciliarismo
Vigésimo cuarta entrega: Eugenio IV y el concilio de Basilea
Vigésimo quinta entrega: La edad nueva. El concilio de Ferrara-Florencia
Vigésimo sexta entrega: Desde el levantamiento de Lutero a la paz de Westfalia (1517-1648). Rebelión protestante y reforma católica
Vigésimo séptima entrega: Primer desarrollo del luteranismo. Procso y condenación de Lutero
Vigésimo octava entrega: Desarrollo ulterior del movimiento luterano hasta la confesión de Augsburgo (1530)
Vigésimo novena entrega: El luteranismo en pleno desarrollo hasta la paz de Ausgburgo
Trigésima entrega: Causas del triunfo del protestantismo
Trigésimoprimera entrega: Calvino. La iglesia reformada
Trigésimosegunda entrega: El cisma de Inglaterra. El anglicanismo
Trigésimotercera entrega: Movimientos heterodoxos y controversias. Los disidentes

