Hace un tiempo atrás una persona me realizó una pregunta: ¿Sabes por qué el Señor nos hizo dos orejas y una sola boca? La verdad que di más vueltas que una oreja, pero no encontré la respuesta justa para este interrogante.
Esta persona, de manera muy acertada, me respondió la duda: El Señor nos hizo con dos orejas y una sola boca para escuchar más y hablar menos.
Ese escuchar más se refería, justamente, a estar al lado de quien lo necesita, prestando más atención a los requerimientos del prójimo.
Simplemente reí, y este pensamiento rondó por mi cabeza mucho tiempo. ¡Era real! Y qué poca atención había yo prestado a este detalle un tanto pintoresco.
Luego encontré esta anécdota muy ilustrativa:
Un joven discípulo de Sócrates llega a casa de éste y le dice:
— Escucha, maestro. Un amigo tuyo estuvo hablando de ti con malevolencia…
— ¡Espera! –lo interrumpe Sócrates- ¿Ya hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?
— ¿Las tres rejas?
— Sí. La primera es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?
— No. Lo oí comentar a unos vecinos.
— Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Eso que deseas decirme, ¿es bueno para alguien?
— No, en realidad, no. Al contrario…
— ¡Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta?
— A decir verdad, no.
— Entonces –dijo el sabio sonriendo- si no es verdadero, ni bueno, ni necesario, sepultémoslo en el olvido.
Muchas veces caemos en este frecuente pecado de hablar más de lo que debemos, muchas veces por imprudentes emitimos comentarios, opiniones, repetimos alguna que otra cosa que alguien nos comentó; otras ya, como decía mi mamá, la cosa pasa de castaño a oscuro, las intenciones ya no son tan inocentes, los intereses personales, la envidia, los celos (muy malos consejeros, dicho de pasadita), el tratar de sacarnos la culpa propia se convierte más fácil mirar para el costado a ver qué hace el otro mal, por el solo hecho de no querer mirarme yo y descubrir mis miserias, mis errores, mis caídas y debilidades, siempre es más fácil mirar para el costado que tomarse el trabajo y la humildad de mirarnos para adentro y hacer una repasadita a nuestra alma, que muchas veces descuidamos por prestar más atención a la ajena.
Es a partir de haber sufrido uno en carne propia la afrenta de la maledicencia, cuando, aunque sea por un momento, comprendemos el daño que provoca; y así y todo volvemos a caer en ese pecado en que verdaderamente podemos lastimar en lo íntimo y privado, como en lo público a nuestro prójimo, y de lo cual nada bueno sentiremos que quedará más que otra ofensa más contra Nuestro Señor.
Veamos algunos ejemplos de dichos de santos sobre este mal:
San Juan Clímaco: “Los demonios intentan por todos los medios hacernos pecar y, cuando no obtienen lo que quieren, nos impulsan a criticar a los que se equivocan. Al hacer esto, infectan nuestra resistencia a sus tentaciones. Has de saber que la maledicencia es la señal de los que guardan rencor y de los que sufren por celos: con alegría acusan y critican las enseñanzas o acciones del prójimo”.
San Nilo de Ancira: “Algunos que parecen ignorados a pesar de su devoción, buscan la fama a través de la maldad e, impulsados por la envidia que otros le han infundido, se esfuerzan en encontrar pretextos para criticar a los que son primeros en la virtud”.
Caritone el Confesor: “Evita, con todas tus fuerzas, juzgar a tu hermano, porque el juicio nace de un alma llena de desprecio. El que critica se comporta como un fariseo, porque se presenta como un santo para autojustificarse”.
En del libro de los Salmos en los primeras palabras encontramos que ensalza como bienaventurado al hombre que “no sigue el consejo de los impíos, ni en la senda de los pecadores se detiene, ni en el banco de los burlones se sienta”.
La Biblia también condena duramente la maledicencia y, por el contrario, nos invita a practicar la virtud opuesta: la benedicencia. Aquí algunos textos bíblicos al respecto:
“Si alguno se cree religioso pero no pone freno a su lengua, sino que engaña a su propio corazón, su religión es vana.” Santiago 1, 26
“Que no te llamen murmurador, no enredes a los demás con tu lengua, porque sobre el ladrón cae la vergüenza, y una severa condena sobre el que habla con doblez.” Eclesiástico 5, 14
”El que murmura se perjudica a sí mismo, y el vecindario le detesta” Eclesiástico 21, 28
“No habléis mal unos de otros, hermanos. El que habla mal de un hermano o juzga a su hermano, habla mal de la Ley y juzga a la Ley; y si juzgas a la Ley, ya no eres un cumplidor de la Ley, sino un juez” Santiago 4, 11
“Muchos han caído a filo de espada, pero no tantos como las víctimas de la lengua. Dichoso el que de ella se protege, el que no ha probado su furor, el que no ha cargado su yugo, ni ha sido atado con sus cadenas. Porque su yugo es de hierro, y sus cadenas de bronce. Trágica es la muerte que ocasiona, ¡es mucho mejor el abismo! Pero no tiene poder sobre los piadosos, en sus llamas no se quemarán. Los que abandonan al Señor caerán en ella, en ellos prenderá y no se apagará. Como un león se lanzará contra ellos, como una pantera los desgarrará. Mira, valla tu hacienda con espinos, guarda bien tu oro y tu plata. Balanza y pesos para tus palabras, puerta y cerrojo para tu boca. Guárdate bien de resbalar con la lengua, no sea que caigas ante el que te acecha.” Eclesiástico 28, 18-26
“Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia.” Efesios 4, 31
“Si alguno no cae hablando, es un hombre perfecto, capaz de poner freno a todo su cuerpo. Si ponemos a los caballos frenos en la boca para que nos obedezcan, dirigimos así todo su cuerpo. Mirad también las naves: aunque sean grandes y vientos impetuosos las empujen, son dirigidas por un pequeño timón adonde la voluntad del piloto quiere. Así también la lengua es un miembro pequeño y puede gloriarse de grandes cosas. Mirad qué pequeño fuego abrasa un bosque tan grande. Y la lengua es fuego, es un mundo de iniquidad; la lengua, que es uno de nuestros miembros, contamina todo el cuerpo y, encendida por la gehenna, prende fuego a la rueda de la vida desde sus comienzos. Toda clase de fieras, aves, reptiles y animales marinos pueden ser domados y de hecho han sido domados por el hombre; en cambio ningún hombre ha podido domar la lengua; es un mal turbulento; está llena de veneno mortífero. Con ella bendecimos al Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, hechos a imagen de Dios; de una misma boca proceden la bendición y la maldición. Esto, hermanos míos, no debe ser así. ¿Acaso la fuente mana por el mismo caño agua dulce y amarga? ¿Acaso, hermanos míos, puede la higuera producir aceitunas y la vid higos? Tampoco el agua salada puede producir agua dulce. ¿Hay entre vosotros quien tenga sabiduría o experiencia? Que muestre por su buena conducta las obras hechas con la dulzura de la sabiduría. Pero si tenéis en vuestro corazón amarga envidia y espíritu de contienda, no os jactéis ni mintáis contra la verdad. Tal sabiduría no desciende de lo alto, sino que es terrena, natural, demoníaca.” Santiago 3, 2-15
Seamos prudentes, controlemos nuestra lengua, que muchas veces puede ser peor que espada de doble filo…
Sea nuestra lengua instrumento para alabar a Nuestro Señor, para enseñar la Verdadera fe, que sea ella vehículo de conversión para nuestro prójimo, demos Gloria a Dios por su bondad emitiendo palabras dulces pero firmes al defender nuestra fe.
Pidamos a San Román de Antioquía, que fue un diácono y mártir de Siria, que sufrió martirio en el 303 d. C. durante las persecuciones del emperador Galerio contra los cristianos, quien sufrió la amputación de su lengua para que no siguiese exhortando a convertirse a los paganos; luego enviado a prisión, donde padeció torturas con potro y flagelación con látigos de plomo. La tradición cristiana atribuye el hecho milagroso de que San Román siguiese hablando sin la lengua. Un niño que lo presenciaba, llamado Bárula (o Várulas), se puso a proclamar la divinidad de Cristo, lo cual hizo que fuese igualmente torturado y decapitado ante su propia madre. El 17 de noviembre de 303, Román fue estrangulado en la prisión, pidámosle a él que interceda por nosotros para o caer en estos pecados de la lengua.
San Román con el niño Várulas a su lado, portando una capa pluvial, con un libro en la mano y la lengua en la otra.


