CONSERVANDO LOS RESTOS II
Trigésimotercera entrega
EL CISMA DE INGLATERRA
EL ANGLICANISMO (cont.)
7. Desarrollo ulterior del cisma. La ley de supremacía, que había proporcionado a Enrique VIII el medio para deshacerse de sus opositores, fue asimismo el instrumento para arruinar a los religiosos, que constituían la porción más adicta a la Santa Sede. No en vano designaba Cromwell a los religiosos como «los espías del papa». Así, pues, desde 1536 se inició el robo sistemático y la supresión de todos los monasterios del reino, lo cual fue en conjunto tan catastrófico desde el punto de vista cultural y económico, que en 1888 la misma Universidad anglicana de Cambridge, por gran mayoría de votos, lo designó como una catástrofe nacional.
A más de ochocientos ascendía el número de los monasterios propiamente tales, de monjes y religiosas, pertenecientes a los benedictinos, cistercienses y demás órdenes monásticas antiguas; y a más de doscientos los conventos de las órdenes mendicantes, es decir, franciscanos, dominicos, agustinos y carmelitas. Desde el punto de vista material, no hay duda que todos ellos suponían una riqueza inmensa, si bien no era tan ingente como muchos han supuesto. Ya muchos años antes del cisma había pensado Enrique VIII en las riquezas de las órdenes y congregaciones religiosas, y en tiempo de la legación de Wolsey, desde 1524 a 1528, hicieron una primera prueba de secularización.
Por eso, tan pronto como Enrique VIII realizó el cisma y se declaró jefe supremo de la iglesia, determinó apoderarse de los bienes de las órdenes religiosas, para lo cual era necesario disolverlas. Hizo, pues, decretar al Parlamento la supresión de todos los conventos y monasterios menores donde la regla era mal observada, y con este pretexto, que paliaba la codicia de los nobles y del mismo monarca, se suprimieron hasta 224 casas de hombres y 103 de mujeres.
Como no podía menos de suceder, hubo entonces algunos levantamientos populares, denominados “peregrinación de gracia”, promovidos a la vista del despojo que los agentes del rey realizaron inmediatamente en las casas e iglesias de los religiosos. Millares de peregrinos, que los historiadores hacen subir a más de 35.000, se dirigían sobre Londres; pero fueron sofocados con mano dura por el duque SuffoIk y otros servidores del rey.
Terminado este primer reparto y dominadas las revueltas que lo acompañaron o siguieron, se procedió desde 1537 a 1540 a la supresión del resto de las casas religiosas, los monasterios mayores. De este modo fueron desapareciendo los más célebres monasterios que tanta gloria habían dado a las islas Británicas. El 23 de marzo de 1540 era entregada la última abadía, la de Waltham. Con esto se ponía término al monaquismo en Inglaterra, la antigua isla de los monjes y de los monasterios. De un modo semejante se procedió a la destrucción de imágenes, reliquias y santuarios, pues, según se decía, fomentaban la superstición. La desolación fue general en toda Inglaterra.
8. Nuevas medidas tomadas por el Romano Pontífice. Los actos de Enrique VIII, particularmente el ajusticiamiento de los Santos Fisher y Moro y las crueldades cometidas con los religiosos en la destrucción de los monasterios, promovieron en toda la Europa católica la más sentida indignación y una espontánea protesta. Mas, como era natural, quien experimentó un sentimiento más profundó fue el Romano Pontífice, Paulo III (1534-1549), quien había sucedido el año 1534 a Clemente VII. Al recibir el 26 de julio de 1535 y pocos días después las noticias de los martirios de Juan Fisher, insigne defensor de los derechos pontificios, y de su digno émulo Tomás Moro, se decidió el Papa a publicar la Bula, ya hacía tiempo preparada contra Enrique VIII. En ella enumera Paulo III los crímenes cometidos y con palabras paternales le ruega que dentro del plazo de tres meses se arrepienta y acuda en demanda de perdón. En caso contrario, se vería obligado el Papa a proceder contra él con las más severas medidas canónicas.
Fue tal el efecto producido por sólo el anuncio de las próximas medidas pontificias, que amenazaba seriamente un colapso del comercio entre Inglaterra y los Países Bajos. Fue, pues, una verdadera lástima que el emperador Carlos V y Francisco I no se unieran entonces a los esfuerzos del Romano Pontífice, pues indudablemente hubiera sido de un efecto desastroso para Enrique VIII, y tal vez lo hubiera obligado a volver a la verdadera fe. Mas, por miras políticas, ni uno ni otro procedieron con esta decisión, con lo cual el Papa se vio precisado a diferir la promulgación de la Bula.
En estas circunstancias, a principios de 1536 llegó la noticia de la muerte de la reina Catalina de Aragón, ocurrida el 7 de enero, lo cual hizo concebir al Romano Pontífice alguna esperanza de un arreglo de la cuestión de Inglaterra. El 19 de mayo moría también en el cadalso su rival Ana Bolena, acusada de infidelidad al rey. Este acontecimiento, mirado por el mundo católico como un justo castigo de Dios, dio fundadas esperanzas de una próxima vuelta de Inglaterra al seno de la Iglesia católica. Paulo III lo creyó así por breve tiempo. Pero no tenía en cuenta que, si con Ana Bolena había desaparecido el motivo amoroso que impulsó a Enrique VIII a la rebeldía contra Roma, ahora se habían apoderado de él otros dos motivos tan poderosos como el primero: la soberbia de sentirse jefe supremo de la Iglesia y la avaricia de verse dueño de sus inmensos tesoros.
Por lo demás, al amor ilícito y apasionado a Ana Bolena siguió el de otras mujeres consecutivamente, que convierte el resto de su vida en una verdadera bacanal de matrimonios y divorcios. Así, pocos días después de la muerte de Ana Bolena, se casó con su tercera esposa, Juana Seymour, la cual murió en octubre del año siguiente.
En estas circunstancias, con el objeto de ayudar a los católicos ingleses, concibió Paulo III la misión de un legado en la persona de Reginaldo Pole, de origen inglés, de la noble casa de York, sumamente a propósito para esta empresa por el extraordinario prestigio de que gozaba. Fue célebre de un modo especial su obra De la unidad de la Iglesia, que era la respuesta católica a las tesis cismáticas de Enrique VIII. Pero esta misión fracasó por completo, por lo cual volvió Paulo III a su decisión anterior de publicar la Bula contra Enrique VIII, tanto tiempo retrasada. Sometió el documento a una nueva revisión, y, finalmente, el 17 de diciembre de 1538 publicó su célebre Bula, en la que, según costumbre medieval, excomulgaba a Enrique VIII y lo declaraba depuesto del trono, librando a sus súbditos del juramento de fidelidad.
9. Fórmulas de fe de Enrique VIII. Entre tanto, Enrique VIII seguía con la mayor tenacidad por el camino del cisma, pero sin permitir, por otra parte, que se infiltraran en Inglaterra las ideas luteranas. Así, pues, toda su actuación se caracteriza por estos principios: por un lado, el mayor rigor en la persecución de los católicos; por otro, una batalla más o menos intensa contra los luteranos. Para asegurar mejor la posición religiosa de Inglaterra, proclamó diversas confesiones, que constituyen lo más característico de los años 1536-1547.
En torno al monarca inglés se manifestaron cada vez con más precisión dos tendencias extremas. Por una parte, la de los avanzados, que manifestaban claras simpatías hacia los luteranos. A ellos pertenecían principalmente Latimer, Foxe, Gondrich y, sobre todo, Cromwell y Cranmer, que eran los verdaderos jefes. Por otra, los moderados, a cuya cabeza se hallaba el obispo de Winchester, Gardiner, a quien seguían el obispo de Londres, Stokesley; el de Durham, Tunstabl; el de Hereford, Bonner, y otros. Podemos observar que Enrique VIII, mientras le pudieron ayudar de algún modo para sacudir el yugo de Roma, se apoyó bastante en los luteranos y otros innovadores, y, por consiguiente, en el partido de los avanzados de Inglaterra, que los favorecía.
A ello contribuía su oposición a Carlos V, quien sostenía a Catalina de Aragón, y más todavía al Papa Paulo III en sus preparativos de un concilio. Así, consta que en 1535 Enrique envió embajadores a los príncipes protestantes alemanes, los cuales, reunidos en Esmalcalda, se pusieron de acuerdo en varios puntos. En 1536 se celebró en Wittemberg una conferencia entre los embajadores ingleses y los teólogos luteranos. Con esta ocasión, Melanchton redactó la célebre confesión de diez artículos, llamada Confesión de Wittemberg. Vueltos a Inglaterra Foxe y los demás delegados ingleses, presentaron los diez artículos a una asamblea eclesiástica inglesa, donde hubo grandes discusiones. El mismo Enrique VIII no quiso admitirlos plenamente. Por esto, con algunas modificaciones, constituyen la primera fórmula de fe de Enrique VIII. En ella no se hacía en realidad ninguna concesión a los luteranos, pero se silenciaban algunos puntos que pudieran molestarles; no se mencionaban más que tres sacramentos: bautismo, penitencia y eucaristía; se admitía la presencia real; no se hace alusión a la justificación por sola la fe; se admite el uso de las imágenes.
Esto no obstante, Cromwell continuó trabajando en el sentido de una mayor aproximación a los innovadores alemanes que caracteriza los años siguientes. Por esto, publicó bien pronto Comentarios a los diez artículos, con tendencia francamente protestante. En 1537 convocó Enrique VIII una nueva asamblea religiosa con el fin de revisar los diez artículos. El resultado fue la segunda fórmula de fe de Enrique VIII, designada como Libro de los obispos o La instrucción de un cristiano. Se refiere a los cuatro sacramentos, no mencionados en los Diez artículos, y en su redacción tuvieron lugar enconadas discusiones entre las dos tendencias; pero el mismo, rey, que intervino en ellas, impuso la tendencia moderada. Fue proclamada y sustituyó a la primera fórmula en septiembre de 1537.
Al año siguiente, 1538, Cromwell trató de renovar las relaciones con los innovadores alemanes. Ante el peligro de Carlos V, libre entonces después de la tregua de Niza, Enrique VIII quiso asimismo intentar una alianza con la liga protestante de Esmalcalda. Fueron invitados algunos teólogos luteranos, los cuales presentaron como base de las discusiones la Confesión de Augsburgo. Sin embargo, esta conferencia de Londres no dio resultado ninguno, si bien los trece artículos que se redactaron sirvieron de base a otras fórmulas posteriores de fe.
10. Enrique VIII, contra los luteranos y los católicos. Pero en todas estas discusiones mostró bien claramente Enrique VIII que no tenía ninguna simpatía por las doctrinas luteranas, por el peligro en que ponían la autoridad suprema del rey. Por esto, sin hacer caso de los consejos de Melanchton, habiendo desaparecido rápidamente el peligro de Carlos V, renunció a sus planes de alianza con la liga de Esmalcalda y se dedicó de lleno a obtener la unidad religiosa dentro de sus Estados. Así, pues, su actuación a partir de 1538 se dirigió juntamente contra los católicos, quienes se negaban a reconocerle como jefe de la iglesia, y contra, los luteranos, que procuraban introducir nuevas doctrinas. Por esto el 28 de abril de 1539, después de la partida definitiva de los teólogos alemanes, reunió el Parlamento y le hizo votar la célebre ley de los seis artículos, cuyo objeto era obtener la unidad religiosa. Por esto se tituló Ley para abolir la diversidad de opiniones.
Esta nueva tendencia de Enrique VIII era indudablemente una reacción contra la Bula de deposición publicada poco antes por el Papa Paulo III. Por esto mostró desde ahora un rigor inexorable en su reconocimiento como cabeza espiritual de la Iglesia y en la admisión de los seis artículos. Por lo mismo, la célebre Ley de los seis artículos fue designada por los católicos como estatuto de sangre, y por los protestantes como azote de seis cuerdas.
Con este nuevo instrumento en sus manos, Enrique VIII inició un período de mayor rigor en la persecución, de la que resultaron innumerables víctimas entre los protestantes y entre los católicos. Tanto el negar la transubstanciación como el reconocer al Papa como cabeza espiritual de la Iglesia eran motivos suficientes para condenar a uno a muerte por delito de traición. Por esto, ya en 1538 los dos obispos Latiner y Ahxton, por persistir en sus ideas luteranas, tuvieron que dimitir y fueron encarcelados. Cranmer mismo, que se había casado ocultamente, envió a Alemania a su mujer.
Sin embargo, todavía intentó Cromwell consolidar su posición vacilante por medio de un nuevo acercamiento a los príncipes luteranos alemanes, indignados por la actitud hostil del rey inglés. Por esto, conociendo el punto más débil de Enrique VIII, que era el de las mujeres y su pasión carnal, habiendo fallecido en 1539 su tercera esposa, Juana Seymour, le consiguió, después de largas y difíciles negociaciones, una princesa protestante, Ana de Cleve, con la que Enrique VIII se unió en enero de 1540. Pero bien pronto se cansó de ella y la abandonó. Cranmer declaró la nulidad de este matrimonio. Poco después el 10 de junio, era arrestado Cromwell, caído en desgracia de Enrique VIII, y el 29 de julio subía al cadalso al que él mismo había condenado a tantos católicos. Al día siguiente eran ejecutados igualmente por sus creencias luteranas tres predicantes, y juntamente tres sacerdotes católicos, por no reconocer la supremacía espiritual del rey. Habiendo conocido por Cranmer la infidelidad de su quinta esposa, Catalina Howard, la hizo decapitar el 13 de febrero de 1542, y en julio de 1543 se unió con Catalina Parr.
11. «Libro del rey». Fin del reinado y juicio sobre Enrique VIII. Todavía procuró Enrique VIII una tercera fórmula de fe, para cuya elaboración nombró en 1540 una comisión de obispos y teólogos, los cuales después de tres años presentaron la fórmula definitiva, que Enrique VIII impuso con su autoridad el 12 de mayo de 1543. Por esto fue llamada libro del rey. En su contenido no difería de las dos fórmulas anteriores, pero era más extensa y más exacta sobre todo en la doctrina sobre los sacramentos.
Al mismo tiempo, una segunda comisión publicó en enero de 1544 una instrucción oficial sobre Las ceremonias de la iglesia de Inglaterra, que pone más en evidencia la tendencia de Enrique VIII a conservar las prácticas católicas. Sin embargo, todavía hubo algunas víctimas de más o menos significación. Así, por ejemplo, Ana Askew, de convicciones zwinglianas y que negaba la presencia real de la eucaristía, que fue torturada de la manera más horrorosa y el 16 de julio de 1546 fue quemada como hereje junto con Juan Lascelles y otros varios. De esta manera siguió Enrique VIII hasta su muerte, ocurrida en enero de 1547 a los cincuenta y seis años de edad.
El recuerdo que Enrique VIII ha dejado en la historia es por demás desfavorable. Sobre un fondo de un espíritu religioso, que es lo que lo indujo a mantenerse firme contra los esfuerzos de los innovadores extranjeros por introducir sus ideas en Inglaterra, aparecen sus dos defectos fundamentales, que lo hacen el principal responsable del daño inmenso que hizo a sus Estados y a toda la cristiandad. Por una parte, su desatada pasión carnal, que lo empujó a saltar por encima de todas las leyes divinas y eclesiásticas con el objeto de satisfacer sus instintos. Pero lo trágico es que por satisfacer esta pasión no dudara en precipitar a todos sus Estados en la rebelión contra Roma. A este defecto se añadió luego el segundo, que fue su altanería y soberbia, unidas a su desmedida avaricia, por lo cual quiso a todo trance ser reconocido como única cabeza en lo temporal y en lo espiritual, y, con el objeto de apoderarse de sus inmensas riquezas, no dudó en la disolución de tantos monasterios, con la ruina económica y cultural que esto supone, y en aplicar los más infamantes suplicios a innumerables católicos fieles a la fe de sus mayores.
12. Eduardo VI (1547-1553). Regencia del protector Sommerset A Enrique VIII siguió su hijo Eduardo VI, nacido de su tercer matrimonio, con Juana Seymbur. Tenía entonces solamente nueve años y era de inteligencia precoz, pero de complexión enfermiza. Formáronse dos regencias durante su reinado de seis años. La primera fue dirigida por su tío materno Eduardo Seymour, duque de Sommerset. La segunda por Juan Dudley, conde de Warwick. Ambas regencias fueron asistidas por un Consejo, al frente del cual estaba Cranmer, arzobispo de Cantorbery, quién como tal tuvo un influjo decisivo durante el reinado. Este se caracteriza por el cambio realizado en la cuestión religiosa, en la cual predominaron las tendencias luterana y calvinista, y por los manejos de la nobleza, enriquecida por los bienes de la Iglesia, que ansiaba conservar y aun aumentar.
Personalmente era Somerset más bien inclinado a la tolerancia. Por esto se opuso a toda clase de medidas extremas y, por lo mismo, suavizó algunas disposiciones de Enrique VIII. Pero, habiéndose asegurado un poder absoluto por una especie de golpe de Estado, por el que eliminó a Gardiner y a otros nobles de tendencias católicas, se echó en manos del Consejo de regencia, formado por Cranmer, Ridley, Latiner y Barolow, todos ellos bien conocidos como portavoces de las innovaciones protestantes. De este modo, el espíritu conservador de Enrique VIII cedió inmediatamente a las corrientes innovadoras venidas del continente. Los protestantes de varias tendencias acudieron rápidamente a la Gran Bretaña, donde contaban con el apoyo del protector regente, Sommerset, y del presidente del Consejo de regencia, Cranmer. Entre los principales debemos conmemorar al italiano Pedro Mártir Vermigli, ex agustino pasado al protestantismo, procedente de Estrasburgo. Llegó ya en 1547, y bien pronto fue nombrado profesor de teología en la Universidad de Oxford. Asimismo llegó Pedro Alejandro de Arlés, quien fue magníficamente acogido por Cranmer y colmado de beneficios en su palacio de Lambeth. Digno de mención igualmente es Bernardino Ochino, ex vicario general de los capuchinos, quien llegó en 1548 y desempeñó un papel importante en la nueva iglesia de Inglaterra. No menos importantes fueron los innovadores llegados en 1549: Martín Bucer, Pablo Fagius y otros varios.
De esta manera comenzaron bien pronto a manifestarse las nuevas tendencias. El 31 de julio de 1547 publicáronse las Ordenanzas reales, que debían servir de guía para la visita de las iglesias del reino. Es curioso el hecho que las Ordenanzas mandaban a los eclesiásticos procurarse en el plazo de tres meses el Nuevo Testamento en latín e inglés y la Paráfrasis, de Erasmo. Al mismo tiempo aparecía el Libro de las homilías, compuesto por Cranmer, en las que se daban instrucciones sobre diferentes puntos fundamentales.
Ahora bien, para poner en práctica la visita de las iglesias e introducir en ellas estas reformas fueron nombrados treinta visitadores reales, diez de los cuáles eran eclesiásticos. Todos ellos procedieron con gran libertad y decisión en sus visitas, que dieron por resultado una verdadera transformación del culto y de la liturgia. Gardiner, obispo de Winchester, y Bonner, obispo de Londres, que hicieron algunas observaciones a estas ordenanzas o bien opusieron alguna dificultad a los visitadores, fueron encarcelados, procesados y tratados con gran rigor.
Por otra parte, ya desde los principios de su actuación, el protector Sommerset y Cranmer abrogaron los seis artículos, que había sido la última obra de Enrique VIII, decidiendo se distribuyera la comunión bajo las dos especies y aboliendo el celibato de los clérigos. Por un nuevo decreto del Parlamento, se autorizó la confiscación de bienes de corporaciones semirreligiosas, con lo que se completaba la obra de destrucción comenzada anteriormente.
De particular importancia fue el Libro de procesos, establecido en 1549, que constituye uno de los actos más significativos del nuevo gobierno. En general, se puede decir que éste dirigió su política religiosa principalmente a las modificaciones u ordenaciones sobre la liturgia, particularmente en torno a la misa. Por esto, a las disposiciones ya indicadas se añadió el 8 de marzo de 1548 el Order of Communion, o Instrucción acerca de la comunión, compuesta sobre la base del ritual usado en las iglesias luteranas. Este Orden o Instrucción no suprimía la misa, sino que se añadía a la misma, combinando con ella diversas preces para la comunión. En la administración de los sacramentos se seguían otras fórmulas. Se permitía abandonar la confesión auricular y contentarse con la general que precedía a la comunión. Sin embargo, todo este conjunto no era más que un primer paso para el cambio sustancial, realizado por el célebre Prayer-book de 1549, que fue el primer manual completo de liturgia anglicana, compuesto desde 1548 por una comisión presidida por Cranmer y de tendencia marcadamente luterana.
El nuevo Libro de liturgia era una especie de ritual de carácter general, a la vez misal, breviario y ritual. En el prefacio se indica como su objeto el unificar y simplificar la liturgia, que resultaba demasiado complicada. Por esto en adelante no deben subsistir más que dos libros litúrgicos: la Biblia y el Prayer-book, y debe eliminarse de ella el latín, que el pueblo, no entiende, sustituyéndolo por la lengua vulgar.
Según la nueva liturgia, el breviario no debía comprender más que maitines y vísperas y se acomodaba en todo al modelo luterano. La misa es la que resultaba más substancialmente cambiada. La palabra misa, a imitación protestante, es sustituida por la expresión cena del Señor o santa comunión. Se procura quitarle todo su carácter de sacrificio propiciatorio. En una palabra, es la reproducción de la cena luterana o calvinista. En lo que se refiere a los sacramentos, el Libro de liturgia sigue el modelo presentado por Bucer a Hermann von Wied en Colonia.
Ahora bien, tanto el protector Sommerset como el arzobispo Crammer trataron de introducir estas innovaciones con la mayor rapidez posible, como previendo la corta duración de sus poderes. En la primavera de 1549 realizóse una visita oficial de las dos Universidades de Oxford y Cambridge, donde los visitadores oficiales tropezaron con una enconada oposición. Celebráronse disputas públicas sobre la eucaristía, y en particular sobre la transubstanciación, y Pedro Mártir no supo defender las opiniones protestantes.
El resultado de estos, manejos del Gobierno y de la violencia con que se quería imponer las nuevas reformas litúrgicas fueron diversas revueltas que tuvieron lugar durante el año 1549. De hecho, los levantamientos del norte y del oeste tenían como lema la defensa de la antigua religión. En Cornuailles formularon sus aspiraciones en dieciséis artículos. Un ejército de diez mil hombres marchó sobre Exeter. Exigían el restablecimiento de los seis artículos de Enrique VIII, que la misa se celebrara en latín, que la comunión se distribuyera sólo bajo una especie.
Son curiosas las respuestas que dieron a estas intimaciones Cranmer y Sommerset. Sobre todo, el protector se esforzaba en hacer ver a los rebeldes que las innovaciones eran insignificantes, como cuando afirma que la cena del Señor era exactamente como la antigua misa. Mas, como estas respuestas no dieron satisfacción a los rebeldes, la lucha siguió su curso, y Sommerset sólo consiguió dominar por completo la rebelión gracias a un gran número de tropas mercenarias extranjeras. No obstante su triunfo, Sommerset se vio forzado a escapar, víctima de las intrigas de sus adversarios políticos, a cuya cabeza se hallaba su rival, el conde de Warwick. Condenado como traidor, el 5 de octubre de 1549 fue encerrado en la Torre de Londres. Más tarde, acusado de haber tomado parte en un complot, fue ejecutado en enero de 1552.
13. Regencia de Warwick (octubre 1549-junio 1553). El nuevo protector y regente que, apoyado por el partido conservador, había asumido el poder iba a continuar y completar la obra de protestantización de Inglaterra. Con el objeto de obtener el apoyo de los más influyentes católicos y simpatizantes con la antigua fe, Warwick había prometido expresamente «restablecer en su integridad la antigua religión». Por eso, cuando los católicos se enteraron del triunfo de Warwick, concibieron esperanzas de un próximo restablecimiento del catolicismo. Por lo mismo, en algunas partes se restableció el latín en la liturgia y se volvió a los usos primitivos. Pero Warwick no fue fiel a sus promesas. Puesto ante la alternativa de restablecer el antiguo poder de la Iglesia, de la nobleza y de los obispos católicos o de entregarse por entero al protestantismo y constituirse su jefe, optó por esto último, y desde el primer momento empezó a tomar medidas cada vez más favorables al luteranismo y calvinismo.
Ante todo, el nuevo regente siguió la política iniciada de destrucción de la antigua liturgia. Por una ley del 25 de enero de 1550 aprobada por ambas Cámaras, ordenó la eliminación de todos los breviarios, misales y otros libros antiguos de liturgia. Al mismo tiempo, para conquistarse amigos fieles entre la nobleza, permitióles ampliamente completar el saqueo de los bienes que quedaban en poder de la Iglesia después de la supresión de los monasterios y otras confiscaciones semejantes. Se llegó a suprimir los obispados de Gloucester y Westminster con el fin de apoderarse de sus rentas. De este modo conquistó Warwick amigos adictos y defensores decididos del nuevo estado de cosas.
Juntamente se estableció una nueva comisión de doce miembros, quienes compusieron para el 1° de abril del año 1550 un nuevo Ordinal, o ritual litúrgico, en el que se da un paso más en el camino de la protestantización de todo el culto. Frente a todas estas disposiciones y a las tendencias del nuevo gobierno, manifestaron claramente su disconformidad y su protesta los obispos de tendencias conservadoras y católicas, a cuya cabeza se hallaban Gardiner y Bonner. Pero el Gobierno, sin arredrarse ante las medidas de violencia, puso a Bonner fuera de combate encerrándolo en la Torre de Londres y entabló contra Gardiner un largo proceso, que terminó en febrero de 1551 desposeyéndolo de su sede.
En esta forma fue Inglaterra avanzando rápidamente hacia el luteranismo o calvinismo. Bajo su constante influjo y presión, Cranmer, ya enteramente calvinista, contando con el apoyo decidido del protector Warwick, decidió realizar una revisión definitiva de la liturgia anglicana. Para ello reunió en su palacio de Lamberth a Pedro Mártir, Bucer y demás dirigentes protestantes y les propuso la realización de una reforma del Prayer-book. Inmediatamente pusieron manos a la obra que Bucer no pudo ver terminada, pues murió en 1551. Pero los extremistas Pedro Mártir, Bullinger y Hooper la continuaron con tenacidad hasta terminarla en enero de 1552. En esta fecha el nuevo Prayer-book fue presentado al Parlamento, el cual con su aceptación oficial lo convirtió en ley para todo el reino.
De este modo entró en funciones desde noviembre el Prayer-book de 1552. Él es el que nos indica mejor que nada el verdadero estado del anglicanismo al fin del reinado de Eduardo VI. El cisma primitivo, en el que se habían conservado casi en su integridad las doctrinas y la liturgia antiguas, se había transformado ya en una mezcla de luteranismo y calvinismo, que posteriormente tuvo todavía algunas modificaciones. Inglaterra se había hecho protestante.
Tal fue el célebre Prayer-book de 1552, que marca una nueva etapa en la evolución del anglicanismo. Pero Warwick y Cranmer no se contentaron con esto. Con el objeto de hacer penetrar más eficazmente las doctrinas protestantes, hicieron imprimir el llamado Primero o Libro de horas, en el que se suprimían el Ave María y otras preces y se acomodaba toda la liturgia a las prácticas luteranas y calvinistas. Asimismo publicaron un Catecismo en inglés y latín para el uso de las escuelas populares, en el que se introducían las doctrinas básicas protestantes, como la justificación por sola la fe.
Pero el colmo de toda esta campaña de protestantización de Inglaterra lo pusieron Warwick y Cranmer con sus nuevos artículos de fe. Para ello, desde 1551 preparó Cranmer un formulario, a cuya aceptación debía obligarse a todos los obispos y sacerdotes y a todo el pueblo, y, en efecto, logró redactarlo durante el año 1552. El rey Eduardo VI lo aprobó definitivamente el 12 de junio de 1553. Son los célebres 42 artículos de 1553, de tendencia luterana y calvinista, si bien mantienen diversas fórmulas conciliatorias y de un tono, marcadamente conservador.
El corto reinado de Eduardo VI, quien no llegó a gobernar independientemente, pues murió el 6 de julio a la edad de quince años, fue aprovechado por los dos regentes, Sommerset y Warwick, y, sobre todo, por el arzobispo de Cantorbery, Cranmer, para continuar su obra protestantizadora, que, interrumpida desde 1553 a 1558 durante el reinado de María, la Católica, se completó a partir de 1558 en tiempo de la reina Isabel.
14. El protestantismo en Escocia. El estado de Escocia desde el punto de vista religioso era muy semejante al de Inglaterra. Casi todas las riquezas de la Iglesia estaban a merced del rey y de los nobles, los cuales las distribuían entre sus hijos y sus favoritos. Era frecuente que mujeres de buenas familias viviesen en un concubinato autorizado con prelados distinguidos. Es célebre el caso del cardenal Beatón, que tanto trabajó contra el protestantismo, quien tuvo hasta nueve hijos. Ahora bien, el resurgimiento inicial católico que observamos a principios del siglo XVI se apoyaba principalmente en algunos elementos intelectuales y humanistas de ideas profundamente católicas. Su principal representante fue el obispo de Aberdeen, Guillermo Elphinstone, quien fundó el Colegio del Rey, elevado en 1494 por el romano pontífice al rango de universidad. Asimismo es digno de mención el humanista, obispo de las Orcadas, Roberto Reid, quien trabajó intensamente por la reorganización de la enseñanza.
El rey Jacobo V (1524-1542) de Escocia se mantuvo hasta el fin profundamente católico, si bien favoreció ciertas tendencias anticlericales. Durante su reinado defendió y urgió las leyes del Estado contra la herejía. Así se vio después de 1525, en que el predicante Patricio Hamilton, que había aprendido el luteranismo en Wittemberg, comenzó a esparcirlo en Escocia. Apresado por el arzobispo de St. Andfews, Jacobo Beatón, y sometido a proceso, fue condenado y quemado en febrero de 1528. Asimismo fueron descubiertos y castigados conforme a las leyes existentes otros dos en 1534, y seis hasta 1539.
En esta forma siguieron las cosas hasta la muerte de Jacobo V, ocurrida en 1542. El protestantismo fue conquistando algunos partidarios o simpatizantes entre los eclesiásticos y religiosos faltos de verdadera vocación y entre los nobles, llenos de prejuicios contra Roma y ansiosos de apoderarse de los bienes de la Iglesia, a ejemplo de Alemania e Inglaterra. Sin embargo, mientras se urgieron las leyes contra la herejía, procuraban ocultar sus convicciones. Pero el regente conde de Arran, puesto al frente de Escocia en lugar de María Estuardo, niña entonces de pocos años, favoreció al principio a los protestantes. De este modo comenzaron éstos a ganar muchos adeptos. Por su parte, Enrique VIII intentó conquistar el reino de Escocia procurando unir en matrimonio a su hijo Eduardo con la heredera María Estuardo. Entonces, pues, el regente Arran, para oponerse mejor a estas pretensiones, se volvió de nuevo a la Iglesia católica y emprendió una intensa campaña contra el protestantismo, que iba haciendo rápidos progresos. En ella se unió con el cardenal David Beatón, sobrino y sucesor del arzobispo Jacobo Beatón, a quien apoyaba con toda decisión el poderoso partido católico.
Entre tanto, prevaliéndose los protestantes del favor anteriormente recibido, llegaban a tomarse las más atrevidas libertades. Como se les había permitido la lectura de la Biblia en lengua vulgar, el Antiguo Testamento, según escribe un historiador protestante, «abrió los ojos de los hijos de Dios para hacerles ver la verdad y aborrecer las abominaciones papistas». Así, en 1543 era acusado un tal Roberto Lamb de las más abominables irreverencias cometidas con una estatua de San Francisco. Y en la pequeña población de Dundee, el pueblo en masa se atrevió el mismo año a destruir los conventos de los dominicos y franciscanos y a saquear la abadía de Londres.
Pero el cardenal Beatón, apoyado por el regente Arran, perseguía ya entonces con particular rigor los nuevos círculos protestantes. Por esto, uno de sus jefes, Wishart, se vio obligado varias veces a escapar mientras continuaba con entusiasmo creciente su propaganda y se enfrentaba a las veces con los predicadores católicos. Así, en Iveresk apostrofaba a dos franciscanos con estas palabras: «Serpientes de Satanás, que engañáis las almas de los hombres, ¿no queréis escuchar la palabra de Dios ni permitir a otros que la oigan? Bien pronto Dios confundirá y desenmascará vuestra hipocresía». Poco después fue apresado por los agentes de la regencia y procesado en St. Andrews por un tribunal presidido por el cardenal Beatón. Al fin fue quemado el 1° de marzo de 1546.
A esta muerte del jefe protestante siguió una gran efervescencia entre algunos elementos de la nobleza adictos a las nuevas doctrinas, los cuales organizaron un complot que terminó con el asesinato del cardenal Beatón el de mayo de 1546. Con esto fácilmente se comprende que el partido católico continuó con más intensidad la persecución de los protestantes. El asesinato del cardenal Beatón no podía quedar impune y además era claro indicio de la fuerza de que gozaba la herejía. Así, tenemos noticias de otros protestantes quemados en los años siguientes.
Sin embargo, a pesar de la persecución, los núcleos protestantes iban más bien engrosando con el apoyo recibido constantemente de Inglaterra y del continente. En 1554, el conde de Arran tuvo que renunciar a la regencia en favor de María de Guisa, viuda de Jacobo V, la cual, católica convencida, trató de parar los pasos al protestantismo. Pero ya era demasiado tarde. Precisamente entonces, en 1559, entra en Escocia e inicia su actividad el puritano Juan Knox, que fue quien galvanizó a los protestantes en Escocia y los organizó definitivamente hasta obtener el más completo triunfo.
Los católicos entre tanto, aunque debe reconocerse que no ofrecieron una resistencia decidida y suficientemente enérgica, no dejaron de defender su causa. En efecto, después de la muerte de Elphinstone, el arzobispo de Saint-Andrews, Andrés Forman, primado de Escocia, continuó al frente de la defensa católica. En un sínodo de 1525-26 se tomaron una serie de medidas de carácter reformador y en otros sínodos posteriores se dieron normas claras y precisas contra las maquinaciones y esfuerzos protestantes por introducirse en Escocia.
El de Edimburgo de 1549 constituye el esfuerzo más valiente para salvar del naufragio que amenazaba la fe católica. Comienza reconociendo las dos causas y raíces del mal: la «corrupción de costumbres» y la «ignorancia» de los eclesiásticos y de los fieles. Por eso establece una serie de disposiciones prácticas muy semejantes a las establecidas en Trento. No menos importantes fueron los dos sínodos de 1552 y otro de Edimburgo de 1559, en vísperas del establecimiento definitivo del protestantismo en Escocia por obra del calvinista Juan Knox. En 1552 se escucha la voz lúgubre de los Padres, quienes se lamentan de que «lobos crueles se esfuerzan por devorar en todas las formas posibles las ovejas dispersas de Cristo, por destruir el uso debido de los sacramentos, menospreciar las ceremonias de la Iglesia y demoler los templos de Dios y de los santos».
15. La falsa reforma en Irlanda. El estado general de las costumbres en Irlanda entre el estado laico y el estado eclesiástico tanto secular como regular era muy semejante al de Inglaterra y al del resto de Europa. Sin embargo, es un hecho que el espíritu católico era, sin duda, más profundo que en otras partes. Por esto, cuando llegó el momento de defender su antigua fe, supieron hacerlo con la mayor entereza y con verdadero heroísmo.
Cuando Enrique VIII se decidió a separarse de Roma y organizar la iglesia anglicana, presentó también ante el Parlamento de Irlanda la cuestión del reconocimiento de su supremacía absoluta. Reunido, pues, el clero en mayo de 1536, manifestáronse claramente las dos tendencias, la inglesa y la irlandesa. En realidad, muchos nobles, como en Inglaterra y en otras partes, se sentían atraídos por el aliciente de los bienes eclesiásticos. Aun entre los prelados, los partidarios de Enrique se inclinaban decididamente por él. Así se explica que el Parlamento, y particularmente el arzobispo de Dublín, nombrado por Enrique VIII, reconocieran su supremacía. Puesto ya en este camino el mismo Parlamento dictó algunas disposiciones, como el decreto que concedía al rey la propiedad de todas las casas religiosas. Desde 1539 ejerció sus funciones una comisión encargada de destruir las imágenes de los lugares de peregrinación y otras salvajadas semejantes.
Entre tanto, y no obstante todas estas disposiciones reales el pueblo y el clero en el interior de la isla conservaron intacta la antigua fe. Los predicantes ingleses y la liturgia anglicana no hallaron aceptación más que en los centros oficiales y en círculos muy reducidos. El episcopado, a excepción de ocho obispos impuestos por Enrique VIII, continuó fiel a Roma. El primado Cromer, arzobispo de Armagh, después de resistir a los principios, se inclinó luego al cisma, pero fue reemplazado por Roma en 1539 por Roberto Wanchop, de origen escocés, que se mantuvo fuera de Irlanda. Por su consejo, envió Paulo III en 1542 una misión pontificia con los jesuitas PP. Alfonso Salmerón y Pascasio Broet con Francisco Zapata. La inmensa mayoría de Irlanda persistía fiel a Roma.
Durante el reinado de Eduardo VI (1547-53) se hicieron esfuerzos-por introducir en Irlanda las reformas establecidas en Inglaterra. En una asamblea de 1551 a la que solo asistieron cinco prelados, presididos por el arzobispo Brown, se decidió aceptar el Prayer-book inglés. En efecto, el Libro de liturgia se utilizó en la catedral y en alguna otra iglesia, pero no fue admitido por el pueblo ni el clero irlandés. Los ministros anglicanos celebraron otra asamblea en Armagh, pero su arzobispo Dowdall no quiso tener trato con ellos. De nada valieron las tropelías cometidas en Dublin y otras poblaciones. Irlanda no se sometía al cisma anglicano.
LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN
HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA
Primer entrega: LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?
Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones
Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)
Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo
Quinta entrega: El semipelagianismo
Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques. San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)
Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia. Los monoteletas
Octava entrega: Segunda fase del monotelismo: 638-668
Novena entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente
Décima entrega: El error adopcionista
Undécima entrega: Gotescalco y las controversias de la predestinación
Duodécima entrega: Las controversias eucarísticas del siglo IX al XI
Decimotercera entrega: El cisma de oriente
Decimocuarta entrega: El cisma de oriente (continuación)
Decimoquinta entrega: La lucha de la Iglesia contra el error y la herejía
Decimosexta entrega: Herejía de los Cátaros o Albigenses
Decimoséptima entrega: Otros herejes
Entrega especial (1era parte): La inquisición medieval
Entrega especial (2da parte): La inquisición medieval
Vigésima entrega: La edad nueva. El Wyclefismo
Vigésimo primera entrega: El movimiento husita
Vigésimo segunda entrega: El movimiento husita (cont.)
Vigésimo tercera entrega: El pontificado romano en lucha con el conciliarismo
Vigésimo cuarta entrega: Eugenio IV y el concilio de Basilea
Vigésimo quinta entrega: La edad nueva. El concilio de Ferrara-Florencia
Vigésimo sexta entrega: Desde el levantamiento de Lutero a la paz de Westfalia (1517-1648). Rebelión protestante y reforma católica
Vigésimo séptima entrega: Primer desarrollo del luteranismo. Procso y condenación de Lutero
Vigésimo octava entrega: Desarrollo ulterior del movimiento luterano hasta la confesión de Augsburgo (1530)
Vigésimo novena entrega: El luteranismo en pleno desarrollo hasta la paz de Ausgburgo
Trigésima entrega: Causas del triunfo del protestantismo
Trigésimoprimera entrega: Calvino. La iglesia reformada
Trigésimosegunda entrega: El cisma de Inglaterra. El anglicanismo

