LA ARMADURA DE DIOS
CARDENAL DON ISIDRO GOMÁ Y TOMÁS
ARZOBISPO DE TOLEDO — PRIMADO DE ESPAÑA
LA FAMILIA
CAPÍTULO XIII
LOS ENEMIGOS DE LA FAMILIA
II ENEMIGOS INTERNOS DE LA FAMILIA
Discurramos unos momentos sobre los principales enemigos que tiene la familia en el orden interior.
Podría resumir aquí cuanto he dicho sobre los deberes y derechos de los individuos que constituyen la familia, y añadir: el desconocimiento de estos derechos, y el incumplimiento de los deberes correlativos, son otros tantos enemigos internos de la familia. Porque, ¿qué puede haber más automáticamente destructor de la vida de un organismo que ignorar las leyes de su funcionamiento? Si el padre y la madre ignoran o no cumplen los deberes que del vínculo conyugal derivan; si abandonan el cuidado de los hijos; si se rompe la trabazón jerárquica que mantiene unidos los elementos de la familia, ¿no es verdad que sucumbirá ella, o llevará una vida lánguida o torcida? Pero ya no me refiero a estas grandes causas de disolución de los hogares, sino a aquellas otras que, dejando intacto el funcionamiento de la familia en sus órganos esenciales, corroen paulatinamente alguno de sus elementos y pueden asimismo acarrearle una ruina definitiva. Hay en el organismo humano enfermedades agudas, que ocasionan una muerte rápida; como las hay consuntivas, que llevan paulatinamente al sepulcro. Así es en la familia; y a estas causas menos ruidosas, pero no menos fatales que las dolencias fulminantes, voy a referirme.
Es una de ellas la familiaridad excesiva en el seno del hogar. Familiaridad deriva de «familia»; y bajo Los enemiga de la familia este aspecto, a mayor familiaridad parece debiera responder mayor espíritu de familia. Pero la familiaridad que es un atentado al respeto debido a la jerarquía, o al respeto debido a las personas, o a las conveniencias sociales o a la dignidad de las relaciones entre los miembros de la familia, es un gran peligro para la misma.
Concretemos algunos casos de familiaridad indebida.
En tierras de Cataluña, los hijos de los campesinos dan el tratamiento de vos a los padres; los de la ciudad, pero de menos abolengo, les dicen de usted, abreviación del españolísirno vuestra merced; los de más alta jerarquía, y los pretenciosos que quieren imitarles, les dicen de tú. Creo sinceramente que, aun salvando toda la ingenuidad que pueda dar la costumbre al pronombre tú, es mucho más respetuoso y jerárquico el vos, y el usted.
Y levantando esto a principios, diré que el hombre suele vaciarse mucho en sus palabras; que las palabras tienen un valor representativo de uso corriente que con facilidad aceptamos a través de todos los convencionalismos; y que, por lo mismo, es fácil que el hijo que tutee a sus padres, meta en este tú, tan bajo de nivel, el pensamiento y el gesto y la frase que sólo tendrá para el camarada de colegio o de oficina.
El Evangelio narra dos episodios en que Jesús se refiere en vocativo a su santísima Madre: en las bodas de Cana y clavado ya en cruz; y en ambas las llama: Mujer. Mujer, en hebreo y en estos pasajes, dicen los exegetas, equivale a Señora Madre. Ya veis el respeto de Jesús a la suya.
Otro ejemplo de familiaridad indebida. Al describir los elementos constitutivos de la familia, decíamos que es una sociedad compuesta de varias sociedades elementales : la conyugal, la paterna y la heril, que es la de la familia propiamente dicha con la servidumbre de la casa.
Fijándonos sólo en esta última, ya veis de un golpe todo lo que sobre los daños de la familiaridad podría deciros en este punto. La historia de la familia moderna está llena de ruinas causadas por los excesos de la familiaridad en este punto. Los excesos llegan a tal que en el código de la moral cristiana se llaman gravísimos pecados, y en el código penal pueden llegar a la categoría de crímenes. Y sin decir más sólo he de encargaros que, personalmente y por vuestros hijos, salvéis lo que yo llamaría los desniveles naturales de la casa. La santa caridad que os iguale a todos en el mutuo amor y en los mutuos servicios; pero, cada cual en su lugar, sin alianzas ni conturbemos, más o menos pecaminosos, cuyo más inocente efecto será la relajación de la autoridad, cuando no sea la discordia o una ruina moral en vuestras familias.
Mal de familiaridad excesiva es el poco recato en las conversaciones de los padres ante sus hijos, o de los padres con los hijos; lo es cierto manoseo y ciertos modos de acariciarse promiscuamente unos a otros, en que sufren no poco menoscabo el recato y el respeto, ambas virtudes tan delicadas como son; las intimidades y confidencias de los jefes de la casa con el servicio doméstico, de donde se originan conflictos y querellas, en las que siempre es fecunda la indiscreción; lo es, en fin, todo aquello que pueda disipar este perfume de dulce severidad, de reverencia mutua, que son causa y efecto a un tiempo de los nobles modales y de las cristianas virtudes.
A la familiaridad, añado la frivolidad entre las causas de decadencia de la familia moderna.
¡Azote terrible el de la frivolidad, para el individuo, para la familia, para la sociedad! Porque la frivolidad es la inconstancia, el mariposeo de la vida; es la inteligencia postergada, la voluntad sin eje que la sostenga, el sentido estético ineducado; es el corazón, vacío de todo lo grande, henchido de todo viento, que flota, como esas bombas repletas de un gas ligero, que, roto el hilo que las retiene, siguen el rumbo de toda corriente.
¡Pobre hogar el hogar frívolo, formado por seres frívolos! Todo en él llevará la marca de la liviandad, de la inconstancia; nada tendrá en él lo que llamamos un valor humano. Frívola la madre, quizás el padre: frívolas las hijas, tal vez los hijos. Frívolas las conversaciones, las preocupaciones, las lecturas, los quehaceres.
Modas, espectáculos, viajes, deportes; la crónica callejera, más o menos picaresca, cuando no escandalosa ; enredos de pequeña sociedad; mordeduras más o menos venenosas en la vida ajena: tés, y cotillones, y tertulias.
¿Y para esto, jefes de familia, constituísteis una familia? ¿Y para esto hizo Cristo un sacramento? Si la familia es el seminario de la república, ¿qué será de la sociedad que tales familias albergue, sino una sociedad frívola ? «Una sola cosa es necesaria», ha dicho Jesucristo; y esta es la salvación del alma: ¿dónde tienen el alma ciertas gentes, y por qué cuidan de todas las pequeñas, inútiles cosas, menos del gravísimo negocio del alma? ¡ Qué! ¿ Deberéis estar en casa como frailes cartujos, con el pensamiento fijo en la muerte? No: que no debe faltar jamás la cristiana alegría en vuestras casas, ni debéis negaros honesto esparcimiento.
Lo que aquí se condena, en nombre de la gravedad cristiana, es la vida inútil, pasada entre fruslerías, cuando hay tanta cosa grave, dentro y fuera de la familia, que reclama nuestro esfuerzo: el orden de la casa, el acrecentamiento de la riqueza, los deberes de religión y piedad, la beneficencia al prójimo, hasta la misma necesidad de ahuyentar el taedium vitae, este fastidio de la vida que no podréis evitar con todas vuestras bagatelas, porque sois más grandes que todas ellas.
Otro enemigo interno de la familia es la claudicación de la autoridad del padre y de la madre en el gobierno de la misma. Este mal es grave, y hoy casi os diré universal: las muelles costumbres modernas nos le han traído.
Fijaos en un hecho. Fuera de estos momentos en que se ha impuesto un régimen de excepción, causado por los excesos de la tolerancia, en todas partes veréis el fenómeno de la claudicación de la autoridad: en la sociedad civil, en los organismos que la integran, en el taller, en la escuela. Es una verdadera epidemia de abuso de libertad, que ha traído consigo la disminución de la autoridad. Los sistemas de gobierno giran alrededor de un principio: dejar hacer, dejar pasar, hasta que se llegue al límite máximo de la tolerancia, más allá del cual están el desorden y quizás la disolución. Entonces, contener, reprimir las fuerzas más o menos desviadas.
Es un sistema negativo de gobierno; porque yo concibo el gobierno como el oficio del timonel que, con puño firme, sostiene la manija en el punto que exige la dirección de la nave; no como el del marino que duerme en el fondo del bajel y que sólo despierta cuando ruidos siniestros le anuncian la inminencia de estrellarse contra una roca.
En el orden político ha habido una feliz reacción en el sentido conservador de la severidad y de las prácticas del buen gobierno: altos y bajos se han dado cuenta de que la sociedad iba a estrellarse por falta de gobernarle, empujada por los vientos de la falsa libertad.
En la familia no ha habido reacción; por el contrario, el aumento brusco de la general riqueza y la invasión cada día creciente de la ola de comodidades y placeres, ha determinado este holgado vivir de muchas familias, que se preocupan más del bien parecer y del bien vivir que de formar un hogar que tenga por forma sustancial la autoridad y por ley de vida la sujeción y la severidad de costumbres.
Ved sino unos ejemplos. Se trata de un niño: es voluntarioso por temperamento, como suelen serlo los niños; ha cometido una falta; la represión se impone: la madre le amonestará blandamente; si hay reincidencia o rebeldía, le impondrá un castigo, proporcionado a la edad y a la falta. Pero el padre interviene: no se puede tocar al niño; lo hará él cuando sea preciso. El resultado es fatal: la claudicación del padre produce la ruina de la autoridad de la madre y el crecimiento de las audacias del hijo, que se ha hecho dueño de la situación, y de la que no se le desaloja sino con violencias extraordinarias.
A vueltas no es el padre el que claudica: es la madre.
El padre ha dado órdenes severas que han contrariado la voluntad de la madre: no se irá a tal espectáculo, ni se realizará el proyectado viaje, ni se harán tales compras que superan la capacidad económica del presupuesto.
Pero la madre se alía con las hijas, y el padre tiene que sufrir el asedio de quejas, impertinencias, rostros agrios, que no cejarán hasta que su autoridad claudique, con daño de la misma y de los intereses de la casa.
Otras veces son el padre y la madre que conscientemente, solidariamente, abdican de su autoridad. Las muchachas son casaderas; los hijos deben buscarse un partido: hay que abrir las puertas de la casa. Y se abren las puertas de la casa; y entra en ella quien tal vez sea el mensajero de la desdicha de vuestras hijas; y salen de ella los hijos, que quizás aprendan la fácil carrera del noctambulismo, que lleva aparejadas todas las caídas y todos los rebajamientos de la juventud inexperta.
Al concluir, señalo el enemigo más terrible de la familia: es la irreligión, se entiende la irreligión de los que la componen.
La familia está profundamente atada a Dios, su Autor, y a Jesucristo, su regenerador: la irreligión arroja a Dios de la casa; pero Dios, para vengarse, no tiene más que dejar a la familia abandonada a sus propias fuerzas. Y vedla a la familia sin Dios.
Si la familia es pobre, faltará en ella el acatamiento a los designios de la divina Providencia; el trabajo se hará durísimo, sin el contrapeso de la virtud presente y de la esperanza en la vida futura; la visión de la riqueza ajena llenará de rencor los corazones, quizás los lanzaré a reivindicaciones injustas; las penas inherentes a la vida la harán miserable, añadiendo a la pobreza material esta tremenda miseria de los que no saben levantar los ojos al cielo.
Si la familia es rica, se cebará la desgracia en unos corazones muelles, no fortalecidos por la resignación cristiana. Sin los placeres nobles del espíritu, la misma facilidad de gozar los de la tierra se los hará insípidos y pobres. Las comodidades de la vida fomentarán el egoísmo de todos, y no conocerán más que el propio bienestar, no la abnegación que les imponga los mutuos y dulces servicios.
¿Qué será de los deberes conyugales sin Dios? Cada día que pase arrancará una hoja del árbol del amor conyugal, si no es la savia de Dios la que le nutra. Sin Dios por testigo en la conciencia de los esposos, nadie será capaz de garantir la fidelidad que se juraron. Sin miedo a Dios, se ahogará la vida en el secreto donde debió forjarse. Sin la fuerza de Dios, caerá de sus manos la vara de la autoridad con que deben regir la familia.
¿Dónde hallar, sin Dios en la familia, la fuente del respeto y de la obediencia que los hijos deben a los padres? ¿Quién será capaz de contener en la ley y en la justicia y en las conveniencias domésticas y sociales a unos jóvenes que, si no hay Dios, y de hecho no le hay en la familia irreligiosa, tienen derecho a saltar, como potros indómitos, toda valla que pretenda contenerles? Y cuando sea la hora de atender a los futuros destinos de los hijos e hijas, ¿qué orientaciones se tomarán, si no es Dios quien oriente a padres e hijos en la hora solemne? No: sin Dios, no hubiera familia: Él la hizo, la dignificó, la santificó. Sin Él no hay familia; está deshecha.
Tal vez la misma ejemplaridad de otras familias religiosas, el mismo atavismo, que nos arrastra sin darnos cuenta, hará que la familia sin religión conserve algo de su dignidad y grandeza en un ambiente religioso.
Pero, con el tiempo, y en ambiente homogéneo, perecerá sin remedio. Ahí está» el ejemplo de tantas familias degradadas o pulverizadas por el espíritu de irreligiosidad.
Ahí está la familia pagana de todos los tiempos.

