CARDENAL GOMÁ: LA FAMILIA

LA ARMADURA DE DIOS

CARDENAL DON ISIDRO GOMÁ Y TOMÁS

ARZOBISPO DE TOLEDO — PRIMADO DE ESPAÑA

LA FAMILIA

CAPÍTULO XIII

LOS ENEMIGOS DE LA FAMILIA

La familia es una sociedad natural y, por lo mismo, será tan perdurable como el hombre.

Sociedad tipo como es y semilla de las grandes agrupaciones humanas, no podría desaparecer la familia sin que al mismo tiempo desapareciera la sociedad. No nace la sementera donde no se sembró el grano; y grano del que brota la ciudad, la región, el imperio, es la familia.

Pero nada hay, desde la inconmovilidad de Dios hasta las móviles cosas de la humana vida, que se libre de los desvaríos de la razón y de la pasión. Si el genio de la destrucción se levanta contra todo lo que se dice Dios; es decir, si todo lo que lleva la marca de Dios, que son las grandes instituciones que soportan la vida moral y social del hombre, han recibido rudos ataques en todo tiempo, no podía la familia sustraerse a esta ley general.

¿Cómo debían respetar las furias del mal a la familia, si ella es como el armazón de la sociedad, sostén de la religión, santuario de los nobles ideales, fragua de hombres probos, reducto infranqueable donde se refugian las fuerzas salvadoras del mundo en días de grandes crisis?

El mal es grave, porque los enemigos de la familia son traidores. Los males de la familia suelen ser males difusos en la atmósfera social en que la familia se desenvuelve. Como estas epidemias en que se absorben por los delicados tejidos, por las membranas porosas del pulmón, los microbios que pululan en el aire y engendran las enfermedades consuntivas, así son los enemigos de la familia; o bien, como estas infecciones que se producen como por generación espontánea en el seno de nuestro organismo y determinan su muerte a plazo más o menos breve. Quiere ello decir que tiene la familia enemigos externos e internos.

La familia es lo más profundamente humano, después del hombre mismo. Ya la definíamos diciendo que es el hombre total.

Por lo que tiene de humano, porque el hombre ha salido de ella, y en ella ha pasado sus mejores días, y en ella ha hallado los más dulces y fuertes amores, y vio siempre en ella el germen de toda grandeza humana, el hombre, que se ha atrevido a atacar a Dios cara a cara, que ha negado sin rebozo su ley y su palabra y su moral, no se ha atrevido a levantarse contra la familia en forma abierta hasta hoy: hubiese sido levantarse contra sí mismo.

Hoy sí: es el comunismo soviético, expresión sintética de todo malsano individualismo, el que en recientes declaraciones ha pretendido pulverizar la familia. «El padre, si quiere, puede engendrar hijos que no serán suyos. La madre es una hembra, a la que hay que quitarle los hijos así que los haya amamantado. Los hijos son del Estado, al que se incorporarán, no con nombres o apellidos familiares, sino con números correlativos de nacimiento. Hay que descuajar a la familia de toda propiedad, para que carezca de arraigo y de sostén».

Tal es el credo de los novísimos revolucionarios.

Pero estas monstruosidades son excepción pasajera en la historia de la filosofía social. Por lo común, el enemigo de la familia, como el de la sociedad, que no es más que la expansión definitiva del hombre, hace guerra a la familia so capa de hacerle bien. Y los enemigos que adulan y engañan fueron siempre los más peligrosos.

Se han multiplicado en forma tan alarmante, que han llegado a poner en el corazón el miedo por esta institución veneranda. La manera de defenderse de ellos es conocerlos bien.

Discurramos, pues, sobre LOS ENEMIGOS EXTERNOS E INTERNOS DE LA FAMILIA.

I ENEMIGOS EXTERNOS DE LA FAMILIA

Fuera de las disposiciones legales que podrían inferir a la familia gravísimo daño, como hemos visto en el capítulo anterior, los enemigos externos de la familia podrían reducirse a dos grandes grupos: los de orden moral y los de orden económico.

Responde esta clasificación a la doble tendencia individualista que ha penetrado nuestra sociedad y que ha debido repercutir en la familia. Porque estas dos sociedades, la civil y la doméstica, están tan íntimamente trabadas, que forzosamente la familia debe verter en la sociedad el bien y el mal que en ella germinen; como, por ley natural de reversibilidad, la sociedad debe devolver a la familia, acrecido y multiplicado por los poderosos factores de orden social, el bien y el mal que la invadan.

A) El enemigo más formidable de la familia en el orden exterior es la corrupción de costumbres en nuestra sociedad.

Es la corrupción de costumbres característica de las sociedades de civilización refinada y decadente. Es en ellas que se produce como una sobreexcitación general de lo que llama el Apóstol el sensus reprobus, el sentido depravado, que se manifiesta en las mil formas que el mismo refinamiento de costumbres le brinda.

Dios ha puesto el máximo placer sensible en las funciones reproductoras de la especie; y cuando se tuercen los nobles fines de la naturaleza, poniendo el placer como fin del placer mismo, la fuerza tremenda de la pasión del sentido lo avasalla todo, en la vida personal y en la social, para marcarlo todo, hombres y cosas, con la señal de la bestia: Y vino una llaga cruel y maligna sobre los hombres, que tenían la señal de la bestia, y sobre aquellos que adoraron su imagen (Apoc., 16, 2).

Recuérdense los días de Noé y los de Sodoma, los de Babilonia y los de Roma decadente.

No hay que remontarnos tanto en la corriente de la historia para asistir a las grandes prevaricaciones del hombre en punto a corrupción de costumbres. Las de hoy han añadido a las perversas costumbres de otros tiempos toda la malicia que consienten las nuevas conquistas sobre la materia y las nuevas formas del vivir social. Diríase que la mayor extensión de la cultura, la mayor holgura de vivir y los hallazgos del ingenio humano no han hecho más que difundir y ahondar en los pueblos de hoy la marca de la bestia.

Las costumbres públicas repercuten forzosamente en el hogar. No hablemos ya de la fuerza de ejemplaridad de la vida social que, según ella sea, hallará siempre un eco en la pequeña sociedad doméstica que en su seno vive; sino de las mismas costumbres en cuanto causan directamente la decadencia de alguno de los órganos esenciales de la familia. Y el más recio arietazo que la familia de hoy sufre por la decadencia moral en que nos hallamos, lo recibe en lo que tiene de más entrañable y constitucional, que es el matrimonio.

Porque de las costumbres públicas de hoy ha nacido el celibato voluntario, que casi siempre puede decirse equivalente de celibato vicioso. El celibato no es un mal, y puede ser un poderoso factor de dignificación social.

El sacerdote ha hecho ofrenda a Dios de su paternidad según la carne, trocándola por esta otra gloriosa paternidad del espíritu; y ello es fuente inagotable de bienes para la sociedad. La virginidad fue siempre considerada como privilegio de pocos y como elemento elevador de la moral de los pueblos.

Pero la raza de los célibes empedernidos suele ser aquella raza de hombres de que nos habla el Sabio, que dicen: Comamos y bebamos, que mañana moriremos… Coronémonos de rosas… Que no quede prado alguno que no recorra nuestra lujuria… (Sap., 2, 8).

Nótese un fenómeno, que es constante en la historia. Cuando las costumbres se corrompen, decrece el número de hogares. La Roma decadente tiene que ofrecer primas a los nuevos matrimonios, al par que grava con onerosos tributos a los célibes. Ello responde a un profundo sentido de la naturaleza y de la justicia; porque, ¿con qué derecho goza de los beneficios de la ciudadanía quien no concurre a nutrir la ciudad, civitas? ¿Con qué derecho se estancan las aguas de la vida humana, contraviniendo la orden general de Dios: Creced y multiplicaos…?

De aquí, de esta lacra de la sociedad moderna, viene el funesto desequilibrio social de la preponderancia de hombres libres que, siguiendo el impulso de la naturaleza y de la pasión, buscan a las mujeres libres.

La debilidad concurre con la audacia para aumentar el número de las desgraciadas y disminuir el número de las familias. Más de 200.000 infelices viven en nuestro país de esta organización pública de la lujuria causada por el egoísmo individual. Son otras tantas familias que podrían constituirse.

¿Quién podrá contar los cuerpos debilitados o deshechos por el monstruo; los estragos causados por la inoculación del virus del mal en seres inocentes; las discordias en los matrimonios con el consiguiente rebajamiento del vigor físico y moral de la raza?

Y cuando no, viene este otro desequilibrio, al que un autor moderno atribuye la eficacia principal en la agudización del movimiento feminista: me refiero a las mujeres, que son las más, que, celosas de su virtud y de su honra, se ven obligadas a buscar para sí y para los suyos el pan que les daría, para ellas y para sus hijos, el hombre que prefiere aventar su juventud en los campos del deshonor.

De aquí los matrimonios tardíos, a los que en el ocaso de la virilidad vienen a refugiarse, como bajeles desarbolados por la tempestad, unos hombres que ya no hallarán en su corazón una gota de puro amor, ni en la sustancia de su vida la fuerza que produce las vidas lozanas. Suelen juntarse en estos hogares de otoño el frío de los corazones y el raquitismo de las tiernas vidas.

De aquí ha derivado esta otra corrupción que se ha metido en el corazón mismo de la familia que he insinuado ya en otra parte, y que amenaza su existencia, como el asqueroso gusano amenaza la de la fruta lozana.

¡Qué cosas podrían decirse de la moralidad de los mismos cónyuges, daño más grave aún que el denunciado, porque ya no se trata de los agravios que se infieren a la sociedad, sino de los que atentan contra los grandes bienes del matrimonio, que son la fidelidad, los hijos, la santidad del sacramento, como dicen los moralistas: Fides, proles, sacramentum!

Se dirá quizás: ¿Qué remedio tiene este mal gravísimo que amenaza a la familia? ¿No es libre el hombre para contraer matrimonio o dejar de contraerlo?

Si el mal viene de la pública inmoralidad, el remedio único es el retorno a la severidad cristiana de las costumbres.

Cierto que es libre el hombre de contraer o no: pero esta libertad, que en el orden individual es un derecho, suponiendo siempre la legitimidad de los móviles y la observancia de la ley de Dios, jamás se convertirá en un hecho de carácter universal como el que lamentamos, si se contienen los hombres dentro de sus deberes.

Dios ha hecho las cosas muy bien, y más, si cabe, las cosas humanas, en las que entra en juego la libertad del hombre, que puede comprometer la estabilidad de su obra. Dios ha puesto en el fondo de la especie humana, como en el de todas las especies, el instinto natural de reproducción, que asegura la perdurabilidad de la especie misma. Este instinto, que en el hombre deberá ser un acto racional, llevará a la generalidad de los hombres, prescindiendo de casos excepcionales, al acto generador.

Y, o bien se produce este acto en las condiciones queridas por Dios e impuestas al hombre para asegurar su propia dignidad y la expansión de las familias y pueblos; o bien el hombre, abusando de su libertad contra lo estatuido por Dios, saldrá del cauce de la ley divina y natural, aventando esta fuerza reproductora que Dios le dio.

En el primer caso, no cabe más que el matrimonio y la familia; en el segundo, caben todas las aberraciones del instinto depravado, opuestas diametralmente, por lo mismo, a la constitución de la familia y a su santidad, si llega a constituirse.

He aquí cómo la ley natural y la ley moral se unen para la multiplicación de los matrimonios y de los hijos, salvando siempre la libertad de unos escogidos o voluntariamente mortificados que quieran abstenerse o contenerse en orden al instinto generador. Estos, por lo penoso del esfuerzo, serán siempre en exigua minoría; y no sólo no serán un elemento destructor de la familia, sino que, con la excelsitud de sus ejemplos, mantendrán dentro de la ley a los demás.

La cuestión del celibato vicioso es, ante todo, una cuestión de conciencia y de moral, como tantas otras que afectan a lo fundamental de la vida doméstica y social. De conciencia personal y de conciencia pública, si así podemos decirlo; porque si la moral pública estuviese tan entonada que marcase con el estigma de la infamia a los infractores contumaces del sexto mandamiento, tal vez llegara la fuerza de las conveniencias sociales a donde no llegó la del deber.

Pero el mal es gravísimo. La debilidad del individuo, lejos de chocar con la pública estimación, halla en ella sus justificantes y en las mismas costumbres públicas, que habrán causado quizá su depravación, encuentra manera fácil, múltiple, a veces legal, de apacentarla.

He aquí por qué invocamos la moral cristiana como único remedio eficaz de esta lacra social, que tanto daño hace a la familia moderna.

Ella podría ser auxiliada, y en parte suplida, por medidas de carácter legal, en el orden económico o social. Cuando la moral de los pueblos claudica, en forma que el desorden de los individuos ponga en peligro la vida social, entonces es la misma ley humana la que puede constreñirlos a la observancia de la ley natural. Remedio de eficacia siempre limitada, como la de toda ley humana, frente a estas lacras generales que arrancan de la depravación del sentido moral.

Un conato de ley fiscal represiva del celibato voluntario es la reciente, dictada por los poderes del Estado español, recargando el impuesto por cédula personal a los solteros. No la calificamos. De más trascendencia fue la ley Popea promulgada por Augusto, emperador romano. Por ella se declaraba el matrimonio una carga pública, un impuesto debido al Estado. El que a los veinticinco años no había contraído matrimonio, era tenido por célibe y tratado como tal. No podía recoger herencia testamentaria, ni legados, ni sucesión alguna, a no ser que se tratara de parientes muy próximos.

Si, casado ya, y transcurrido un número determinado de años, no había hijos del matrimonio, los esposos no podían legarse más que la décima de sus bienes.

Por el contrario, el padre de familias recogía la parte de sus coherederos célibes, tenía entrada en las ceremonias, y ocupaba la mejor localidad en el teatro. Cada hijo le dispensaba de un año para las magistraturas; y cuando contaba un número fijo de hijos, tres en Roma, cuatro en Italia y cinco en provincias, la ley le libraba de toda carga pública, le descargaba de tutelas, etc. El senador que contaba más numerosa familia era el primero en emitir voz en el Senado.

B) Junto a la corrupción de costumbres, dándose la mano con ella, porque ambos fenómenos aparecen siempre juntos en las sociedades decadentes, vemos hoy encumbrado el dios dinero, como fetiche a quien rinden culto los hombres de nuestra generación.

Porque yo creo que es un mal gravísimo para una sociedad el hecho de que no tenga ideales levantados; pero quizás es mal peor el que haya puesto sus ideales a la altura de sus bolsillos o de sus cajas fuertes.

El dinero es factor poderoso del progreso de los pueblos, sobre todo del progreso material; pero no deben invertirse los factores de la vida poniendo a la riqueza como objetivo principal de ella. Vivir para ser ricos y ser ricos para gozar de la vida, es decadencia y principio de todas las decadencias, de orden material, moral y social.

La riqueza como ley de vida es madre del refinamiento; porque la riqueza no se acumula sino para gozarla. La avaricia acumuladora es un fenómeno de excepción. Y el refinamiento engendra la corrupción de costumbres, el enervamiento de los caracteres y la disolución de las sociedades.

¿Cuándo vinieron los bárbaros del norte para acabar con el imperio romano, sino cuando en las bacanales de la decadencia había consumido las riquezas acumuladas en sus tiempos de vigor?

Y, ¿qué tiene que ver, dirá alguno, este espíritu fenicio de nuestros tiempos con la familia? ¿Por qué capítulo el afán de riquezas puede atacar a la familia desde fuera de ella?

Por dos razones.

a) Es la primera, porque el afán desmedido de riquezas es fuerza centrífuga que desplaza el centro de gravedad de muchas familias, que es el hogar, trasladando toda la actividad del jefe de la casa, cuando no de varios miembros de ella, al centro de contratación o de industria. La familia no puede dar de sí toda la eficacia que en ella se entraña sino por el contacto mutuo de los individuos que la forman. Sin ello faltará la autoridad del padre, o los abnegados cuidados de la madre, o la reverencia y obsequio de los hijos, si es que no falta todo a la vez.

No condeno con ello, porque no pueden desconocerse las condiciones del trabajo moderno, la vida laboriosa fuera del hogar, ni fuera de la pequeña patria donde el hogar se formó. El trabajo se ha organizado hoy por núcleos regionales y por grandes agrupaciones locales. Esto no es en sí un mal, porque no lo es la industria; porque el progreso industrial reclama esta concentración de vidas y de esfuerzos; porque es una exigencia de la especialización en el trabajo de su consiguiente perfección; porque puede ello obedecer a una ley universal de competencia. Aunque no deben desconocerse los males que de aquí han derivado a la sociedad en el orden moral: la relajación del sentido de jerarquía, el esceptismo religioso y la impiedad, la disolución de costumbres, todo lo cual ha debido forzosamente repercutir en la vida del hogar.

Peor daño causa a la familia la forma de trabajo exigido por ciertas industrias y ciertas organizaciones industriales. Ellas reclaman el esfuerzo prematuro de los niños, que han debido ser amparados por la ley, aunque mejor les hubiese amparado el amor bien entendido de sus padres. Así se malogra su instrucción escolar y su formación moral en la familia. Pero el analfabetismo y la inmoralidad se apoderaron de la juventud. En España, las leyes que regulan el trabajo de los niños se lo prohíben en absoluto a los menores de diez años y lo organizan para los de catorce y dieciséis. Aun así, la educación deberá ser forzosamente mutilada si no la continúa la familia, el patrono, la escuela nocturna, el catecismo de perseverancia.

«Los niños, decía León XIII en Rerum Novarum, no debieran entrar en la fábrica hasta que la edad hubiese desarrollado suficientemente sus fuerzas físicas, intelectuales y morales; de lo contrario, como un tierno tallo, veráse ajado por un trabajo precoz, y quedará ineducado.»

Ellas, las industrias modernas, imponen este hacinamiento de jóvenes doncellas que, a cambio de unas pesetas semanales, habrán truncado su formación de mujeres casaderas, para cuando tengan que constituir un hogar. Si no es que el roce con las demás y el forzoso trato con obreros del otro sexo hayan producido en ellas otros más graves estragos. Así empiezan a malograrse en la fábrica las futuras familias.

«De igual manera, seguía el inmortal Pontífice, hay trabajos que se adaptan poco a la mujer, la que más bien está destinada por la naturaleza a los trabajos domésticos: trabajos que, de otra parte, protegen admirablemente el honor de su sexo y que, por su naturaleza, responden mejor a las exigencias de la educación de sus hijas y de la prosperidad de la familia.»

Esta forma de trabajo y este afán de lucro son los que obligan a la mujer a dejar su hogar, donde quedan los pequeñuelos, privados de amor y de cuidados. Suele la mujer, en los países de tradición industrial, contribuir con más de un 30 % al número total de obreros. De aquí el abandono de la casa y de los deberes de la maternidad, lo que se traduce en terrible contribución que a la muerte pagan los niños. Llega la mortalidad infantil al 26 % en los hijos de trabajadoras de fábrica, cuando no rebasa el 6 % si trabaja la mujer en su propia casa. Más grave es aún el mal donde logran las industrias su máximo desarrollo: en Manchester, de 21.000 niños morían más de 20.000 antes de llegar a los cinco años; en Lila, de 48 morían 46, o sea el 95 %.

Quedan los hijos más crecidos sueltos a la ventura de sus caprichos juveniles. Todos ellos se juntan por la noche, cansados de cuerpo y espíritu, para repetir el siguiente día, y semana tras semana, la labor del día anterior.

Esto permite a muchas familias vivir con desahogo, es cierto. Bajo este aspecto, bendecimos a la industria como la providencia de ciertos pueblos y comarcas. Pero hay muchos males que lamentar en ello, a saber: el afán desmedido de riquezas, que de sí ya es un mal, que hace entrar a familias enteras en su órbita de preocupación excesiva del bienestar material; esta fuerza centrífuga que, en familias ricas y pobres, deriva fuera del hogar tesoros de tiempo, de pensamiento y de amor que quizás sean necesarios a la formación de la familia; y la inversión de los valores de la vida, ya que a medida que crece el afán del trabajo por el trabajo, mengua el noble afán por las cosas del espíritu. El desapego a la casa; el espíritu de independencia, fomentado por la autonomía en el trabajo y la ganancia; el lujo desmedido en las jóvenes; y, en otro orden de cosas, la irreligión, la propensión a la indisciplina social, la esterilidad voluntaria son, según revelan las estadísticas, las plagas endémicas de las regiones de intensa vida industrial.

De aquí la emigración, desde las regiones de vida más pobre a estos centros de riqueza; mal que desangra la patria, a veces, y que, cuando no fuese mal de ella, lo es siempre gravísimo de la familia.

De aquí la deserción de la vida campesina, madre y maestra de familias numerosas, sobrias y fuertes, y los hacinamientos en la ciudad, con daño de la agricultura, que es nuestra principal riqueza; de la higiene y de la moral, que suelen andar juntas en estos casos; y, sobre todo, de la familia que, descentrada de la atmósfera en que se formó, pierde su vitalidad propia, para ser absorbida por la vida que solicita a los trasplantadas con toda la fascinación de un mundo nuevo.

¡Qué de miserias, de orden material y moral, representa  este censo que nos dice que en 1921 había, en sólo París, 401.374 habitaciones con una sola pieza; 307.040 con dos; 224.468 con tres! ¿No sabemos en nuestro país la vergüenza de las barracas y de los realquilados en las grandes ciudades, y la enorme carestía de las habitaciones en todas ellas?

Y en la movilidad de la vida moderna, que facilitan los rápidos medios de comunicación y transporte, hallará quizás la doncella pueblerina la ruina de su honestidad; los hijos, un medio de huir la fiscalización y dirección del padre y de la madre; los padres, una manera cómoda de descargarse de los deberes que les incumben; y toda la familia es capaz de perder todo el sentido de tradición y de religión, que son los dos factores decisivos de la fuerza de las familias y de los pueblos.

b) La segunda razón, que no haré más que indicar, es que este afán de riquezas ataca a la misma raíz de la familia, que es el matrimonio. Él es el que pacta los matrimonios de conveniencia, por los que se juntan fortunas, no seres humanos, y en los que se atiende más a la suma de dineros que el acoplamiento de los espíritus.

Es, a veces, un joven avisado, que está al acecho de la fortuna de la hija única o rica para vivir con holgura, en vez de buscar mujer de su brazo, con menos riqueza «adjetiva» y más prendas personales, sobre todo más amor.

O es el solterón casado, que busca acoplar otro caudal al suyo, no otro corazón, para defenderse del frío de la vejez.

O es un hombre de hacienda averiada, que buscará remedio a sus finanzas, no inteligencia y virtud para constituir un hogar.

Matrimonios desiguales, de edad, de posición, de educación, en el concepto de la vida, en creencias; de los que no puede esperarse humanamente más que una historia de sinsabores conyugales o de escándalos, y una generación de hijos ineducados, por el abandono o el mal ejemplo.

C) Pero la corrupción de costumbres y el afán de riquezas se alían con una tercera plaga social que constituye un enemigo formidable de la familia en el orden exterior. Es el lujo, el lujo terrible y fastuoso que, cuando se ha convertido en plaga social, es una marca inconfundible de las sociedades viciosas y decadentes.

No he de definir la naturaleza del lujo; lo he hecho en un libro que ha corrido por esos mundos (Las Modas y el Lujo ante la ley cristiana, la sociedad y el arte). Aunque sospecho que sin determinar mejoría en el mal que le hizo nacer: porque el lujo es de aquellos males que no tienen remedio, si no es poniéndolo a las causas profundas de orden social que lo determinan.

El lujo no es la elegancia, ni la riqueza en la casa, mobiliario y vestido. Si fuera esto, deberíamos condenar la elegancia y la riqueza; y la elegancia no es más que una rama de la belleza; y la riqueza es un fenómeno social de todas las civilizaciones, porque debe haber en el orden económico su jerarquía que garantice la marcha progresiva de las sociedades.

El lujo, que puede manifestarse en la casa y en los muebles, en el vestido y en el tocado, en el tren de vida que un individuo o una familia o una sociedad lleven, está en el desequilibrio entre la vida y lo accesorio del vivir.

Y este desequilibrio puede manifestarse en diversas formas: en la forma económica, cuando los dispendios innecesarios sobrepujan la capacidad de riqueza del que sostiene el lujo; en la forma suntuaria, cuando en el coste o en la forma se exceden las normas corrientes en la sociedad en que se vive; y en la forma que podríamos llamar moral —obsérvese de paso la analogía gramatical entre «lujo» y «lujuria» —, cuando el vestido o la decoración de la casa tienden por su naturaleza, prescindiendo si se quiere de las intenciones de quien lo usa, a soliviantar la concupiscencia de la carne.

Estas tres formas, cuando el lujo adquiere estado social, suelen fundirse, como se alían las causas morales y económicas que lo producen.

¿Es hoy el lujo lo que se llama una plaga social? Sí, lo es. La denuncian las industrias, cada día crecientes y prósperas, de los llamados artículos de lujo.

La denuncia un simple paseo de curiosidad por nuestras calles; el cotejo de nuestras costumbres de hoy, en este punto, con las de cinco lustros atrás; las frecuentes bancarrotas; las ruinas de familias modestas; la inquietud de casi todos los hogares, que no pueden con la carga abrumadora.

Y, ¿es el lujo grave enemigo de la familia? Es enemigo terrible, porque es enemigo interno y externo a la vez. El lujo de fuera llama al lujo de dentro; y el de dentro sostiene y acrece el lujo de fuera, aumentándose ambos por esta ley de flujo y reflujo que se establece siempre, en lo malo como en lo bueno, entre la sociedad y la familia.

Y, ¿cuáles son las hijuelas que del lujo nacen, con daño de la familia?

Es la primera la disminución de las familias. Porque, ¿quién tiene alma para afrontar los enormes gastos de una familia de hoy? Un joven casadero fija sus ojos en una joven: formarían quizás una feliz pareja para construir el nido de una nueva familia; pero el sueldo o los haberes del joven son escasos.

¿Cómo sostener el rango de la joven? ¿Cómo dejar de sostenerlo, si el lujo se estima una necesidad? El lujo habrá agostado en flor una esperanza, una ilusión, quizás habrá matado una familia.

Otra hipótesis que es, por desgracia, un hecho frecuentísimo. La familia, ya constituida, vive, si queréis, conservando la balanza a fiel, aun sosteniendo un lujo indebido. Pero viene una crisis del negocio o del trabajo, una enfermedad, un corte del capital, por fraude ajeno, porque se descotizan unos títulos, por un accidente desgraciado. El lujo ha devorado anticipadamente las reservas del ahorro, y viene el descrédito, quizás la ruina, tal vez la disolución de la familia.

Otra hipótesis, más desgraciada aún. El afán del lujo se ha apoderado de la madre y de las hijas. El padre no ha tenido mano de hierro para cortar el abuso; quizás lo ha fomentado con sus complacencias. Pero el negocio, la industria, el pequeño sueldo no llegan a cancelar las crecidas facturas: ¿qué sucederá, si el temor de Dios no sostiene la infeliz familia? Sucederá lo que suele suceder: que un abismo llama a otro abismo; que del lujo a la lujuria no hay más que un paso, que puede salvar la ambición de una mujer; y que de una caja exhausta al garito del juego no hay más que unos pasos, que puede salvar la desesperación del marido.

Que sean fuertes las familias cristianas para sustraerse a las solicitaciones de este bello monstruo que llamamos lujo. Cíñanse a su estado económico; corten toda superfluidad dañina; que no miren hacia fuera de la casa sino en la medida que pueda convenirles dentro.

Viajeros pacíficos de la vida, dejen que pase, entre el estrépito y la polvareda y los aplausos, el caballo desbocado del lujo; dejen que se estrellen sus jinetes; queden quietas a la vera del camino, y serán salvas del gran peligro que ha perdido a tantas familias.

D) Indiquemos una serie de enemigos externos a los que fácilmente puede darse batalla, sobre todo por las madres cristianas. Son la prensa, los espectáculos, las representaciones gráficas; es decir, las tres poderosas palancas de la inmoralidad y de la irreligión en los hogares, como en todas partes.

Sobre estos extremos sólo diré: Padres y madres, hay una conjura internacional, urdida en las logias masónicas, con intervención del dinero judío, para arrancar la fe y la moral cristianas del alma del pueblo. Estad en vela: cerrad a cal y canto vuestras casas al libro, a la revista, al periódico que no lleven la marca cristiana. Es más difícil de lo que parece sopesar el valor moral de un libro. Valeos de persona ilustrada y cristiana que os saque de dudas en este punto, cuando las tengáis. Es más fácil de lo que pensáis meter entre los renglones de una prosa más o menos literaria la ponzoña del error y de la inmoralidad. Apelad a todos los medios para evitar la entrada en vuestras casas de la mercadería fraudulenta.

Fiscalizad a vuestros hijos en este punto; casi os aseguro que de ello sacaréis gran provecho para sus almas. Rechazad de plano toda lámina más o menos obscena, aunque pretenda introducirse a pretexto de arte; la obscenidad nunca es artística.

Librad vuestras almas y las de vuestros hijos del peligro terrible de los espectáculos de hoy; de este cine bochornoso, que enseña el arte de ser criminal; que crispa los nervios y exalta las almas de los jóvenes con la visión terrorífica de episodios catastróficos o detectivescos; que es capaz de dar lecciones de adulterio y falsificar la historia sagrada bajo títulos inocentes, sugestivos, tomados de cosas e historias santas.

En cambio, colgad de las paredes de vuestro hogar el calendario cristiano. Poned en manos de vuestros hijos el libro de religión, de historia, de honesto esparcimiento.

Abrid de par en par las puertas de vuestra casa a la hoja parroquial, que os introducirá en esta vida feliz del espíritu de la parroquia, que debéis considerar como la familia común de todas las familias de la feligresía. Y sustituid los espectáculos profanos y peligrosos por honestos paseos o viajes de familia; y, sobre todo, por la asistencia al gran espectáculo de nuestra Liturgia sagrada, capaz de llenar pensamiento y corazón de los más refinados espíritus.

Hay, por fin, un enemigo terrible de la familia: es la vida mundana que se fomenta en toda clase de centros, más o menos lujosos, más o menos pecaminosos, donde a pretexto de cultura, de deporte, de arte o de simple esparcimiento, cafés, bares, clubs, peñas, casinos, se reúnen hombres y mujeres de todas las clases sociales, según la categoría de los centros, que se convierten en centros de absorción de las fuerzas de la familia.

No es preciso ponderar los daños que con ello se infieren al hogar: pérdida de tiempo precioso para la formación de la casa; facilidad para la vida frívola y de aventuras; dispendios innecesarios; pasajeras comodidades que no se hallan en la propia casa y cuyo disfrute mata el cariño a los serenos y suaves goces del hogar.

Tal vez el juego, del que ya hemos hablado; quizás el fomento de este mal terrible del alcoholismo, que tantos estragos causa en los individuos y familias en países menos sobrios que el nuestro.