CARDENAL GOMÁ: LA FAMILIA

LA ARMADURA DE DIOS

CARDENAL DON ISIDRO GOMÁ Y TOMÁS

ARZOBISPO DE TOLEDO — PRIMADO DE ESPAÑA

LA FAMILIA

CAPÍTULO XII

EL ESTADO Y LA FAMILIA

Si cada una de las familias se bastara para todo, no tendría necesidad de juntarse a otras. Mas la familia, ya lo hemos dicho, si es sociedad completa, en cuanto tiene los elementos de tal, dentro de su naturaleza, pero es imperfecta, porque no se bastan sus individuos por sí solos para atender a todas las humanas necesidades, y menos para lograr las ventajas de una civilización adelantada.

De aquí la unión de familias para formar la civitas, o sociedad civil.

Este tránsito natural de la casa al reino, de la familia al Estado, así lo expone Santo Tomás:

«Como sea natural al hombre vivir en multitud, porque no se bastaría a lo necesario a la vida si viviese solitario, se sigue que tanto será más perfecta la sociedad de muchos cuanto más se baste por sí sola para las necesidades de la vida. Así se logra alguna suficiencia para la vida en la familia de una casa, con respecto a los actos de la generación y nutrición de la prole; y más en un pueblo o aldea, cuanto a aquellas cosas que pertenecen a determinado oficio o arte; pero en una ciudad, donde vive ya una comunidad perfecta, se halla ya todo lo necesario a la vida: más todavía que en la ciudad, en la provincia, por las exigencias de la defensa y de la lucha contra los enemigos. Por lo cual, el que gobierna una comunidad perfecta se llama rey por antonomasia” (De Reg. Princip., I, 1).

Esta ley de la expansión civil de la familia dentro de la unidad es consecutiva a la ley de la propagación de la especie y de la misma naturaleza del hombre. Porque, como dice Liberatore, después que los hermanos nacidos en una misma casa se casaron y tuvieron hijos, ya no caben en aquella primera casa. Las casas, pues, se multiplican. Pero como el mutuo amor y la recíproca necesidad no consienten la total separación de los hermanos, constrúyense las casas una junto a otra, para que se conserven las mutuas relaciones entre sus habitantes. De donde nace la aldea, de la aldea la ciudad, y de las ciudades las provincias, y de las provincias se constituye un Estado o reino.

Así, añade Cicerón, de la primera sociedad, que es el matrimonio, nace la siguiente, que es la paternal, que con la heril, forman una familia, donde todo es común. Cásanse los hermanos, los sobrinos, los nietos, se multiplican las casas, se forman colonias, se constituyen las repúblicas.

Tal es el principio natural e histórico del Estado, entendiendo por tal que aquella sociedad política que no es miembro de otra, sino que por sí sola es un cuerpo; que no es parte ulterior de otra comunidad, sino que es un todo que se basta a sí mismo y que es independiente de toda otra sociedad del mismo orden.

Con todo, tomaremos aquí el Estado indistintamente en su concepto de sociedad concreta, tal como queda definido, o en el del poder supremo que la representa y gobierna.

Porque al surgir, por la multiplicación de las familias, la sociedad-Estado, se origina por el mismo hecho la exigencia de la autoridad correspondiente que le rija, porque ésta es de la esencia de la sociedad y como su forma; como al constituirse la familia brota espontáneamente en ella la autoridad. Sólo que la familia, por ley de naturaleza, tiene la autoridad concretada en el padre, y la sociedad política tiene que concretar el sujeto o sujetos en quienes resida la autoridad.

De aquí un nuevo hecho, o mejor, un estado de cosas delicadísimo entre la nueva sociedad y las sociedades elementales o familias que la forman, y entre la autoridad paterna y la autoridad soberana que rige el Estado.

Porque no es absorbida y aniquilada la familia por la ciudad o el Estado al incorporarse a ellos. Célula del gran organismo nuevo, debe conservar todo su ser y toda su vitalidad. Más; debe aumentar en vigor y perfección, porque en el Estado es donde la familia debe hallar su expansión definitiva.

Los individuos humanos no entran en la gran sociedad directamente, sino por medio de la sociedad doméstica. No son granos de arena, que se junten para formar una masa informe; sino partes vivas de una célula viva que, al yuxtaponerse a otras células o familias, formarán como los tejidos y órganos que integran el gran cuerpo vivo social.

Éste, el Estado, no podrá atentar contra las condiciones de la vitalidad de la familia sin inferirse a sí mismo gravísimo daño, quizás la muerte. La gran ciencia del poder político del Estado consistirá en dar a la familia y a las sociedades elementales que la componen todo el desarrollo y perfección de que sean capaces, dentro de su naturaleza.

Cosa difícil y más en la grandiosa concepción y constitución de los modernos Estados, compuestos de millones de familias, trabadas, entre sí y con el Estado de que forman parte, por relaciones de orden intelectual y moral, jurídico, económico y hasta religioso.

Las grandes masas, en física, atraen a las menores; la fuerza mayor suele anular a la menor, en rozaduras y colisiones. ¿Cómo la pequeña masa de la familia conservará la autonomía de su ser y de sus delicados movimientos, al engrosar el cuerpo del Estado? ¿Podrá el Estado desplegar los recursos de su fuerza tremenda sin anular las fuerzas propias de la familia?

Este es el problema. Lo agravan las tendencias individualistas y utilitaristas de los modernos Estados.

Hubo un tiempo, como en Israel y en el régimen feudal, en que las familias participaban del régimen general del Estado; en su misma fuerza tenían un gaje de su autonomía.

Hoy, no: el poder soberano del Estado trasciende sobre las diminutas familias. Éstas, por su parte, han perdido el sentido de su fuerza —quizá la misma noción de su naturaleza—, y el instinto de solidaridad ciudadana.

Pueden quedar, pues, indefensas y a merced de un poder incontrastable. ¿Qué duda que el Estado podría anular a la familia, llevando su fuerza invasora hasta lo más íntimo del santuario del hogar?

Señalaremos en este capítulo LA ACTUACIÓN DEL ESTADO Y LA DE LA FAMILIA EN SUS RELACIONES MUTUAS.

¿Es la sociedad civil, o Estado, unión de familias o de individuos?

Propenden las escuelas políticas modernas a defender lo que podríamos llamar constitución atómica, no orgánica, de la sociedad civil.

El Estado, dicen, no es un compuesto de las sociedades domésticas, sino sociedad simple, formada directamente de individuos.

Luego, si así fuese, podría el Estado, en el desarrollo de la actividad política, prescindir de la familia, y, contando sólo con los individuos como materia o sujeto de la autoridad social, debilitar o desorganizar esta gloriosa institución.

De hecho, así parece en las legislaciones de los Estados modernos.

Tanto distan de la constitución y régimen patriarcal, en el sentido etimológico de la palabra, que la tendencia general es de pulverización de la sociedad conyugal, de la paternal, de la autoridad, de la propiedad, que son los inconmovibles cimientos en que quiso Dios se asentara la familia.

El estatismo, o tendencia abusiva del Estado, por una de aquellas antilogías frecuentes en la vida moral del hombre, viene a ser la reducción del individuo al estado gregario, a pretexto de encumbrarle para formar con él directamente la construcción soberbia del Estado.

Aún hay grados en el estatismo, cierto. Por esto calificamos el mal de tendencia, más que de hecho.

Ya es un hecho grave la tendencia; tan grave, que los mismos Estados más conservadores han debido horrorizarse ante el hecho funestísimo de estatismo soviético, que ha derivado del principio individualista del Estado las últimas consecuencias, aniquilando la familia, la autoridad, el matrimonio, y reduciéndolo todo a un montón humano, como el de las arenas de la playa.

El estatismo más encumbrado ha demostrado ser la fuerza máxima del comunismo. La lección es dura y clara.

No: el Estado es una sociedad orgánica; sus partes órganos vivos son las familias; éstas son el sujeto directo de la sociedad política; mediante ellas van los individuos a constituir y engrosar el Estado.

Éste es, pues, una familia de familias, donde hallan las familias su complemento y perfección.

Es el Estado la gran familia que debe tratar con sumo amor y tiento a sus tributarias, las pequeñas familias. Antes que él fueron ellas, en el orden de la naturaleza y en el de la historia.

El Estado no es más que una síntesis viva de muchas familias vivas, que buscan en su anchuroso seno la expansión definitiva de su ser.

Bajo este aspecto, y considerando al Estado en su fin de protector y fomentador nato de la familia, podríamos llamar a éstas «hijuelas» del Estado, porque el Estado debe cuidarlas como a las niñas de sus ojos.

Es ello un deber derivado de la misma naturaleza de las sociedades subordinadas y de sus funciones respectivas.

El Estado es como un gran círculo, cuya circunferencia encierra y circunscribe los pequeños círculos de las familias; un panal, en su totalidad encierra millares de células o alvéolos. Estos pequeños espacios no deben ser jamás invadidos ilegítimamente por el espacio mayor, que es el Estado. Si la vida y el bienestar y la libertad domésticos, garantidos por la autoridad doméstica, son invadidos por el Estado, tema el Estado a su vez, porque no hay más que una razón única de toda autoridad, que es la Razón de Dios, de quien viene toda autoridad; y debilitar la autoridad inferior es atentar contra la propia autoridad.

Es, además, un deber que nace del fin del poder político del Estado. Este fin no es más que el logro de la seguridad y abundancia de los subordinados en esta vida, el otium cum dignitate, de Cicerón, ordenado todo a la consecución del fin de todo y de todos, que es Dios: Te encargo, le decía San Pablo a Timoteo, que se hagan peticiones y oraciones y rogativas… por los reyes y por todos los que están puestos en alturas, para que tengamos una vida quieta y tranquila, en toda piedad y honestidad (I Tim., 2, 1-2).

¿Cómo podría salvaguardarse la paz y el bienestar de los individuos, si el Estado pusiera su mano desatentada sobre la familia, debilitando su autoridad, su propiedad, sus derechos de orden intelectual y moral, deshaciéndola, en una palabra, cuando Dios ha querido que la familia fuese el último reducto de la paz y del bienestar de los hombres, y que la mayor desgracia de un hombre fuese el ser un «sin familia»?

De estas razones generales de la intangibilidad de la familia por el Estado, en lo que tiene aquélla de fundamental y autónomo, derivamos los deberes del Estado para con la familia.

Continuará