SAN FRANCISCO DE SALES

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

 

SAN FRANCISCO DE SALES
Obispo y Doctor de la Iglesia (1567-1622)

 

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Nació este amabilísimo y santo varón el día 21 de agosto de 1567 en Saboya, en el castillo de Sales, que era el solar de sus padres, llamados los señores de Boisy. Ofrecióle al Señor su piadosa madre aun antes de dar a luz al qué había de ser, andando el tiempo, el más noble florón de la familia. Al día siguiente de nacer fue bautizado en la parroquia de Thorens y le pusieran por nombre Francisco Buenaventura.

Las primeras palabras que balbuceó el niño fueron admirables: «Dios y mamá me quieren mucho» — repetía con insistencia.

Su cara —dice un biógrafo— era sumamente agraciada, sus ojitos bellísimos, su mirada muy tierna y amorosa, y todo su porte tan modesto que parecía un angelito.

Siendo de edad de siete años, comenzó a estudiar en el colegio de la Roche, y luego continuó en el de Annécy. Su piedad y modestia hacían fuerte impresión en sus compañeros; «¡que viene el santo; seamos buenos!» —decíanse unos a otros al verle llegar. Si alguno de ellos se desmandaba en su presencia en obras o palabras, Francisco le reprendía, pero con tanta blandura y afabilidad, que el culpado no volvía a las andadas. Por otra parte, era tal el cariño que todos le profesaban, que sentían mucho causarle pota o disgusto. Tan grande era su bondad, que un día se presentó para ser azotado en vez de su primo Gaspar de Sales.

A los diez años recibió la primera Comunión y la Confirmación en la iglesia de los Dominicos de Annecy, determinando desde ese día abrazar el estado eclesiástico y consagrarse totalmente al servicio de Dios. Recibió ya al año siguiente la tonsura clerical en la ciudad de Clermont.

Terminados los estudios que en Annecy podía cursar, enviáronle sus padres a París para estudiar Retórica y Filosofía, acompañado de su preceptor, el señor Deage, sabio y prudente sacerdote. No por vivir en la gran capital de Francia dejó Francisco de camínar a pasos de gigante en la senda de la virtud. «Dios es mi maestro en la ciencia de la santidad —solía decir—; a Él acudo con frecuencia para que me la enseñe, pues de nada me serviría ser sabio, si no llegara a ser santo.»

Con gran contento de su alma ingresó en la Congregación Mariana del colegio de los Jesuítas a cuyas, aulas acudía. La devoción a la Reina del cielo daba fuerzas extraordinarias a su alma; María era la confidente de sus penas y alegrías. «¡Oh Madre bondadosísima! —exclamaba—; ¿cómo vivir sin amarte? Haz que sea tuyo eternamente y que, a una conmigo, todas las criaturas vivan y mueran sólo por tu amor.»

No faltaron tentaciones al piadoso joven, pero con la ayuda de su Madre celestial salvó todos los lazos que le tendía el enemigo. Trató entonces el demonio de vencerle con pensamientos de desaliento y desesperación. Comenzó por hacerle creer que no estaba en. gracia de Dios, e intentó convencerle luego que sería condenado al infierno. Causóle esta tentación tal angustia interior, que llegó a enfermar notablemente. Acudió en trance tan sombrío a la dulcísima Consoladora de los afligidos y, postrado a los pies de la Virgen, exclamó: «¡Oh Dios mío!, si he de ser  tan desgraciado que no pueda amaros y honraros por toda la eternidad, quiero a lo menos amaros en este mundo, y emplear en vuestro divino servicio todo el tiempo que me déis de vida.» Rezó luego el «Acordaos» a Nuestra Señora, y se ofreció a Dios haciendo allí mismo voto de perpetua castidad. Al punto cesó la tentación y volvió la paz a su alma.

Seis años permaneció Francisco en París. Acabados allí sus estudios, regresó a Saboya; pero en breve le envió su padre a la Universidad de Padua, para que cursara Jurisprudencia y Teología. En Padua tuvo también que luchar contra peligrosas tentaciones de las que salió victorioso. Enfermó de gravedad a los pocos meses de llegar; pero poco a poco fue recobrando la salud, con gran asombro de los médicos, y pudo continuar los estudios.

Pasados brillantes exámenes, graduóse de Doctor y recibió la borla de mimos del obispo de Padua. Cuando salió de la ciudad, todos maestros y discípulos, se deshacían en alabanzas de su ciencia y su virtud.

Antes de volver a su patria, fue en peregrinación a Roma y Loreto. Al entrar en este célebre santuario, sintió abrasarse su alma en el divino amor, cual si hubiese entrado en un horno encendido, y después de confesarse y comulgar, renovó el voto de castidad.

VOCACIÓN AL SACERDOCIO

Cuando Francisco regresó a Saboya, tenía veinticinco años y era cumplidísimo caballero. El señor de Boisy, ufano de tal hijo, lo consideraba como gloriosa esperanza de la familia. Le nombró Señor de Villagoret, y le envió a Chambery a pasar examen para ser admitido
como abogado del Senado de Saboya. Los senadores, en reunión plenaria y con toda pompa, le recibieron en la corporación.

Volvió a Annecy, y al pasar por el bosque de Sonaz, tropezó su caballo tres veces, cayendo al suelo Francisco, y lo prodigioso fue que cada vez la espada que llevaba salió de la vaina y formó con ella una cruz perfecta.

El joven abogado interpretó el prodigio como aviso del cielo de que se hiciera sacerdote, siguiendo el impulso que le inclinaba al estado eclesiástico.

Por eso, al proponerle su padre en matrimonio a la hija de uno de los principales señores, en la que a la par de la nobleza brillaban las más bellas prendas, Francisco se negó con prudencia y fortaleza de santo.

En balde trató el señor de Boisy de hacerle revocar su propósito; Francisco mantuvo firme y constante su determinación. Arrodillado a los pies de su padre, le conjuró que no contrariase en adelante los designios de Dios y, abriéndole su corazón, le declaró que había hecho voto de guardar perpetua castidad.

Abrazó, pues, el estado eclesiástico; fue nombrado prepósito del cabildo de Ginebra, y ordenóse de sacerdote en Annecy el 18 de diciembre de 1513.

La ceremonia de su ordenación fue conmovedora en extremo. El obispo de Ginebra creía tener a sus pies a un ángel, y tanto el venerable prelado como lodos los presentes, derramaron abundantes lágrimas.

A los pocos días comenzó a ejercer el sagrado ministerio, predicando a menudo, y siempre con tan santa sencillez y piedad, que ganaba los ánimos y corazones con sus palabras. Pasaba gran parte del día en el confesonario, donde acogía con bondad a los pecadores.

Era voz común que no había obstinación tan empedernida que pudiese resistir a su devoción en el altar, ni a su elocuencia en el púlpito. Andaba sin cesar de aldea en aldea y de choza en choza, instruyendo a innúmerables pobres rústicos, a ignorantes que vivían en el cristianismo sin conocerlo, y sus primeras excursiones apostólicas ganaron tantas almas para Jesucristo, que así el obispo de Ginebra como el duque de Saboya trataron de nombrarle misionero del Chablais.

EL MISIONERO

La región del Chablais, que estuvo por más de cincuenta años en poder de los protestantes, volvió a ser posesión, en el año de 1593, del piadosísimo Duque de Saboya, quien trató de restablecer allí la religión católica. Para lograrlo, rogó al obispo de Ginebra que le enviara celosos misioneros. La empresa no era llana, puesto que el fanatismo de los calvinistas ponía en constante peligro la vida de los misioneros.

Con todo, Francisco, joven sacerdote de veintiséis años, se ofreció con determinación para tan arriesgada empresa. La señora de Boisy soltó la rienda a las lágrimas al saberlo, pero como no ignoraba que su hijo pertenecía al Señor antes que a ella, nada hizo para desviarle de tan santo propósito.

Na así el señor marqués, el cual recibió como puñalada en el corazón la noticia de la determinación de su hijo. Hallábase el digno anciano en su castillo de Sales; sin pérdida de tiempo y no obstante sus setenta y dos años de edad, ensilló un caballo y partió para Annecy, resuelto a tomar lo medios para impedir aquella locura como él decía.

Probó de disuadirle con las más vivas y tiernas amonestaciones, pero Francisco, con sus dulces palabras, exhortó y alentó a su señor padre a ofrecer a Dios aquél sacrificio; pero, aunque muy conmovido por lo que veía y oía, permaneció firme en su resolución.

El señor de Boisy, desconsolado, fue con su hijo a ver al obispo y, bañado en lágrimas, le dijo: «Monseñor, yo di licencia a mi primogénito, esperanza de la familia y apoyo de mi ancianidad,, para que se dedicase al servicio de la Iglesia como «confesor», pero de ningún modo puedo consentir que sea «mártir» y que lo enviéis a que lo devoren.los lobos calvinistas.»

A punto de ceder estuvo el prelado, movido por tales ruegos, pero Francisco exclamó con apostólica energía: «Manténgase firme, Monseñor; no quiera arrebatarme la corona celestial. He empuñado el arado, y ¿quisiera Su Señoría que mirase atrás por motivos humanos?»

Partió, pues, para el Chablais en compañía de su primo el canónigo Luis de Sales, el día 14 de septiembre de 1594, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, viajando a pie, sin criados y con poquísimo dinero. Al pisar tierra protestante, Francisco y Luis se encomendaron al ángel tutelar de la provincia y, tierra adentro hasta llegar a la cumbre de la fortaleza de Allinges,

pudieron desde allí contemplar toda aquella triste comarca de iglesias destruidas, cruces derribadas, aldeas incendiadas, castillos arrasados y, lo que era más de lamentar, con señales manifiestas por doquier de ruina de las almas. Ríos de lágrimas derramó Francisco ante aquel cuadro desolador.


Diariamente iba de Atinges a Thonon, refugio principal del calvinismo, y plaza fuerte que era menester conquistar a todo trance, pero no descuidaba las aldeas y caseríos, sin que la lluvia, el frío ni las tormentas fuesen obstáculo a sus correrías. ¡Cuántas veces no tuvo que andar a gatas en cuestas o caminos helados, enrojeciendo la nieve con la sangre de sus heridas y rozaduras!

Cierta noche al volver a Allinges, atravesando un bosque, vio venir a él una manada de lobos corriendo por la nieve. Para librarse de su voracidad, no tuvo, más remedio que subirse a un árbol, atándose con el cinturón a una rama para no caerse sí se dormía. Pasó tanto frío, que a la mañana siguiente los campesinos le hallaron medio muerto.

Pero si las noches eran a veces tan amargas, los días lo eran más, pues parecía que los sermones del misionero sólo lograban encender la ira de sus adversarios, algunos de los cuales pintaban a Francisco como hipócrita, seductor y hechicero; otros, más crueles, aconsejaban arrojarle a palos del Chablais. Ningún protestante acudía a sus sermones, y tales prejuicios tenían de él formados, que le negaban el alojamiento y hasta la comida.

El Santo quería, sin embargo, que llegase a todos la verdad católica.

Para lograrlo, escribía las instrucciones en hojitas que sembraba por las calles, pegaba en las paredes o dejaba a las entradas de las casas por debajo de las puertas.

Al fin, tantos y tan hermosos ejemplos de abnegación e intrépida constancia conmovieron a algunos protestantes, los .cuales, ávidos de saber qué enseñaba el valeroso misionero, burlando la prohibición de asistir a’sus sermones, acudieron a uno de ellos, quedando prendados de lo que oyeron. Al día siguiente aumentó el número de los que fueron a oír al Santo, acabando todos ellos convirtiéndose al catolicismo.

Estos hechos despertaron grandes inquietudes entre los ministros calvinistas.

Tuvieron junta general y determinaron deshacerse a toda costa del misionero católico, pagando a dos asesinos para que. apostados en el camino de Allinges, le matasen al pasar por aquel paraje. Volvía Francisco de Thonon a la hora acostumbrada, cuando de repente vio salir de la emboscada a los dos criminales, que se arrojaron sobre él espada en mano.

Quiso interponerse Rolando, fiel servidor que le acompañaba en sus viajes por mandárselo el señor de Boisy, pero Francisco se fue derecho a los dos asesinos, y con majestuoso continente y dulces palabras, logró disuadirles del criminal intento; los dos se echaron arrepentidos a los pies del Santo, pidiéndole humildemente perdón.

Desde ese día fueron desvaneciéndose los prejuicios de la población, los ánimos se apaciguaron, y Francisco pudo predicar libremente aun en medio del mercado de Thonon. Subíase a una silla y hablaba unas dos horas, desenvolviendo los argumentos de la fe con tanta gracia y elocuencia que la ¿ente suspendía las ventas, y todos le escuchaban atónitos, convirtiéndose no pocos después de cada sermón.

La cosecha correspondió a la siembra, y así fue grande dicha para el obispo de Ginebra poder visitar como pastor y padre, aquellas poblaciones tan rebeldes hasta hacía sólo cuatro años. En 1598 presidió el prelado la función de las Cuarenta Horas y confirmó a un sinnúmero de convertidos.

Al cabo de pocos años pudo decir Franciscos «Sólo hallamos quince católicos al llegar al Chablais; hoy no quedan sino quince calvinistas.» Y a la verdad, merced a su apostólico celo, a su paciencia, ánimo esforzado, talento y prudencia, había logrado devolver a la Iglesia una provincia entera.

OBISPO Y FUNDADOR


Restablecida
 la religión católica en el Chablais, el obispo de Ginebra envió a Francisco a Roma para arreglar varios asuntos concernientes a dicha región. Su acompañante llevó en secreto una carta del prelado al Papa, suplicándole tuviese a bien nombrar a Francisco de Sales para su coadjutor en el obispado. Consintió en ello el Pontífice, y en otro, viaje del Santo a Roma fue examinado de sagrada Teología ante el Papa.


Tan admirado quedó el Sumo Pontífice de las respuestas del Santo, que dio de él este testimonio: «Ningún examen de los verificados basta hoy, nos ha complacido tanto como el de Francisco de Sales.»

Nombrado coadjutor en el año de 1599, y consagrado obispo en el de 1602, Francisco se dio con más ardiente celo a las apostólicas tareas de director y pastor de las almas, y fueron tantas las obras que llevó a cabo, que el querer traerlas o esbozarlas todas aquí, excedería los límites del fin propuesto en esta breve reseña de su vida. Menudeaba las visitas a las parroquias de su diócesis, enseñando la doctrina a los fieles, reformando los monasterios, predicando y convirtiendo cada vez algunos protestantes; en suma, haciendo bien a todos. También predicó la Cuaresma en varias poblaciones.

Fue a París enviado por el duque de Saboya, para tratar asuntos diplomáticos con el rey Enrique IV, y también allí hubo de predicar, dejando a los parisienses admirados de su mansedumbre y doctrina. En París entabló relación con San Vicente de Paúl; trabajó para establecer en Francia la Orden carmelitana, y con su sencillez y santidad ganó el corazón del monarca, que trató de guardarle en París, prometiéndole altas dignidades. El
Santo, con su acostumbrada gracia y llaneza» le contestó que estando ya casado con una pobre dama, la Iglesia de Ginebra, por nada del mundo quería divorciarse de ella. Salidas así, tan llenas de donosura y exquisita gracia, brotaban espontáneamente y con mucha frecuencia de labios de Francisco.

Mientras residía en Annecy, era el buen Pastor en medio de sus ovejas, dando a todos, y en particular a los pobres, libre entrada en su habitación, oyéndolos con bondad, aun cuando entendiera que le hacían perder tiempo.


De que fuese varón afable y amenísimo, sobrado testimonio dan sus escritos, muy en particular la Introducción a la vida, devota y la Práctica del amor de Dios, llenos de suavidad y devoción al par que de doctrina, y muy leídos, admirados y celebrados.

Dirigía a las almas llevándolas por diversos caminos según la condición peculiar de cada una, y juzgaba que la verdadera piedad consiste en hacer la voluntad divina cumpliendo fielmente las propias obligaciones, y que así, no cabe vocación o estado en que no pueda y deba servir el hombre al Señor.

En el año de 1604,  predicó San Francisco de Sales la Cuaresma en Dijón, y entre los oyentes se hallaba la baronesa de Chanta], viuda desde hacía poco tiempo. La piadosa dama, hoy en día santa, tuvo revelación del cielo de ser aquél el maestro espiritual que ella buscaba, y Francisco a su vez, hablando con ella, entendió haber hallado el alma generosa que le ayudaría eficazmente a realizar uno de los proyectos que más le agradaban.

No pudo, sin embargo, la baronesa dejar en seguida el siglo, pues tenía que educar a sus cuatro hijos; mas luego que hubo cumplido con sus deberes maternales. Francisco le descubrió los altísimos designios que el Señor tenía sobre ella, y la nombró primera superiora de .las religiosas de la Visitación, conocidas comúnmente con el nombre de Salesas.

Hacía tiempo que pensaba establecer para las mujeres un congregación en la que llevasen vida menos austera que en otros conventos y en la que pudieran ingresar las viudas, las solteras y aun las achacosas. Quiso que las austeridades corporales fuesen en parte reemplazadas por la obediencia practicada de manera tal, que su ejercicio fuese a un tiempo martirio para la naturaleza y fuente de gracias y méritos abundantísimos para las almas. No entraba en los planes del Santo el establecer la clausura en el nuevo instituto» sino el dedicar las «Hijas de María» al servicio y visita de enfermos, por lo que al principio se llamaron «Visitandinas». Pero tales dificultades le salieron al paso, que viendo en ellas claro indicio de la voluntad del Señor, determinó al fin que sus Hijas aun guardando el nombre de Visitandinas, trocasen la ocupación de Marta por la de María, dedicándose a la vida recogida y contemplativa. Por eso decía Francisco donosamente: «Me llaman fundador de una Orden, siendo así que me ha salido todo al revés; se ha hecho lo que no quería, y lo que tanto anhelaba se ha malogrado.»


MANSEDUMBRE DEL SANTO. — SU MUERTE


Muy imperfectamente quedaría dibujado nuestro Santo, si a lo menos con una pincelada no estampásemos en esta vida aquellas lindas flores de su mansedumbre y bondad de las que fue dechado cumplidísimo, no obstante su natural vehemente e irritable. Lo cierto es que de tal manera logró dominar su genio y someterlo al yugo de la humildad, que vino a ser como la personificación de la mansedumbre y afabilidad, haciendo exclamar a San Vicente de Paúl: «¡Cuán bueno y suave debe de ser el Señor, puesto que el obispo de Ginebra, su ministro, lo es tanto!»

El día 27 de diciembre de 1622, regresando Francisco de Aviñón, a donde, a pesar de estar algo enfermo, fue con el duque de Saboya, y hallándose en Lyón, sobrevínole un fuerte acceso de apoplejía de que murió ni día siguiente; tenía a la sazón cincuenta y seis años de edad.

Luego que se esparció fa noticia de su muerte, fue extraordinaria la conmoción y el concurso de todo el pueblo. Condújose el santo cadáver a Annecy con pompa digna de su mérito, y correspondiente a la celosa veneración con que todos, le miraban. Diósele sepultura en la iglesia de las Salesas. donde lo veneran los fieles. Más adelante, hízose donación del corazón del Santo al primer monasterio de Salesas de Lyón, pero de allí lo
llevaron luego las Vísitandinas al convento de Venecia.

El papa Alejandro VII  canonizó a Francisco de Sales en el año 1665. Su fiesta fue trasladada por Inocencio XII al día 29 de enero con rito de doble. En 1877 Pío IX le declaró Doctor universal.

 

 

EL SANTO DE CADA DÍA

EDELVIVES

 

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