ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD
Sobre la pena de muerte
Décimo sexta entrega

A continuación, y como complemento de los especiales sobre la pena de muerte, transcribimos el libro del Padre David Núñez:
Continuación:
LA PENA DE MUERTE
Frente a la Iglesia y al Estado
BUENOS AIRES 1956
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO III
CONVENIENCIA DE LA PENA DE MUERTE
ARTÍCULO ÚNICO
Contra la lenidad penal absoluta
Continuación
192. — Y ya que hemos hablado de venganzas de partido, nos viene a la mano otra razón de que ese artificio y maltrecho organismo de la moderna democracia liberal se ve forzada a echar mano para excusar el justo rigor en el castigo, especialmente para aquellos delitos que, por extraviar el juicio de la conciencia pública, revisten suma gravedad, ya que ponen más de una vez en contingencia hasta la existencia misma de la sociedad.
Nos referimos a la lenidad penal respecto de los crímenes políticos, a los que la conciencia pública ya extraviada considera, no como culpas morales y crímenes merecedores del mayor castigo; sino como actos, quién sabe si hasta inocentes y provechosos en sí mismos. Todo lo cual, esto es, tanto estos crímenes como la lenidad penal que les acompaña, son secuela necesaria de la bandería a que especialmente está sujeto el sistema actual de gobierno democrático liberal. (Véase la nota 67).
¿Y cómo no? Ni puede ser de otra manera. Dado el concepto erróneo que se tiene de semejantes crímenes, ni los jueces, ni los mismos partidos políticos pueden tener interés ninguno ni atreverse a cargar la mano; antes al contrario, tienen que estar sumamente dispuestos e interesados en mitigar las penas todo lo posible, aunque vean que dejan impunes innumerables actos que merecieron ser severamente castigados. A lo más unos y otros se contentarán con señalar penas tan suaves que el juez pueda resignarse a cometer una mediana injusticia y el acusado a sufrirla, ya que para él viene a ser no pequeño beneficio; y con eso todos pagados y contentos.
193. — Véase cuán aguda y certeramente discurre sobre este punto el P. Taparelli:
«El partido vencedor que hace la ley siente íntimamente que cometería una enorme injusticia si condenase a los del otro partido, especialmente en materias políticas… Pero aunque perezca el sentimiento de equidad, si no llegamos al salvajismo feroz del terrorismo, sobrevivirá el interés, y el partido vencedor comprenderá que no siendo su triunfo eterno, puede llegar para él el día de la derrota, Y EXIGÍRSELE ENTONCES OJO POR OJO Y DIENTE POR DIENTE; MÁS VALE, PUES, COMPRAR INDULGENCIA POR INDULGENCIA.»
De aquí la facilidad con que los partidos parlamentarios amalgaman tan fácilmente, cuando no media el odio personal, las amistades, las promesas y las traiciones. Es una especie de convenio tácito entre los partidos, especialmente a donde están acostumbrados a ese continuo cambio de fortuna, que el vencedor no use jamás por completo de la victoria, para no sufrir demasiado el día de la derrota.
194. — Aquí, pues, el interés se aviene con la equidad, PARA HACER MÁS LIGERAS LAS PENAS. La equidad rehúsa castigar un delito que mañana podrá ser una virtud (a saber: cuando el cambio de fortuna les haga practicar a ellos para volver a subir lo que ahora en el otro partido condenan); y el interés recomienda la discreción en el oprimir, para sentir mañana los efectos de la discreción al ser oprimidos. Sucede, en suma, a los partidos lo que advierte Melegari a propósito de los ministros, que no se atreven a hacer leyes opresivas, porque no creen que ha de durar eternamente su cartera.
Pero así como algunas veces el vencedor se cree llegado a la cúspide del poder, y dispensado por consiguiente de las reflexiones que inspira el temor inaccesible a los cambios de fortuna, al menos por parte de aquel partido que cree derrotado para siempre; así vemos que en las convulsiones políticas llegan por la misma razón días de terror en que fulminan sentencias de proscripción para castigar hasta el último retoño y hasta el germen de la esperanza para los derrotados.
ENTONCES SE DEJA RIENDA SUELTA A LA VENGANZA, Y LA LENIDAD DE LAS PENAS ESCRITA QUEDA EN EL CÓDIGO, MIENTRAS LA ESPADA DE LA JUSTICIA SE CONFÍA AL DESENCADENADO POPULACHO… Hecha así justicia al furor del pueblo, se sanciona por medio de una ley al hecho consumado: el muerto bien muerto está, el desterrado bien desterrado está y el robado bien robado está. Se publica el estado de sitio para consolidar libremente el triunfo, y en pocas horas los negocios siguen su curso acostumbrado, se entonan nuevos himnos de gloria a la humanidad del siglo y a la LENIDAD DE LOS CASTIGOS… y todo concluido (69).
He aquí retratada de mano maestra y con visión verdaderamente profética la taimada manera de proceder de la moderna filantropía, y cómo sin mucho esfuerzo la moderna democracia liberal se convierte en soberana tiranía.
195. — Hasta aquí hemos señalado varias de las raíces de la lenidad penal en la moderna criminología, tales como la desaparición en la conciencia pública de la idea de derecho y execración del crimen, el orgullo del ciudadano elevado como por ensalmo nada menos que a la categoría de soberano, la ferocidad de las revoluciones que hacen innecesarios los jueces y el juego al sube y baja congénito a los partidos políticos de la moderna democrática liberalesca, todo lo cual tiende por su misma naturaleza a borrar también de la conciencia pública la idea de castigo, y con ello el aumento exorbitante de la lucha y malestar social.
Entre las varias raíces señaladas de la lenidad penal, o más bien de la falta de proporción de los castigos con la gravedad de los delitos, la primera de las señaladas es quizá la más profunda, aunque tal vez no sea la más extendida, porque es la más antinatural.
Empero hay otra que, si bien es mucho menos profunda que la primera y menos repugnante que otras, al menos para quienes conservan la sana luz de la razón y el instinto de natural honradez que impide la brutalidad del egoísmo, es, con todo, mucho más halagadora y general, y por tanto también de más perniciosas consecuencias.
Se trata de la molicie epicúrea, tan propia de la moderna filantropía.
196. — No puedo resistirme a copiar aquí otro pasaje del P. Taparelli que retrata bien al vivo otro extravío de la sociedad e instituciones modernas, por lo que hace al mitigamiento legal e injustificado de la pena.
Dice así:
«Está tan en el ánimo y en la boca hasta de los hombres honrados que la felicidad del hombre consiste esencialmente en los goces, que ya los mismos defensores del orden, de la justicia y de la religión parece que se han consagrado a la apoteosis del placer, escribiendo o al menos sobreentendiendo en toda su apología el célebre epígrafe de Montesquieu encabezado por Chateaubriand en su Genio del Cristianismo: La Religión dada por el Cielo para el bien de la otra vida, forma la felicidad humana también en la tierra. ¡Tan connaturalizadas están las inteligencias con el principio epicúreo!»
197. «Pero si el bien del hombre es GOZAR, padecer será su mal, por más que diga el Evangelio. Y por consiguiente, el que no quiera el mal del hombre, habrá de abolir los padecimientos.
He aquí, por consiguiente, a nuestros filántropos… afanados EN ABOLIR TODO CASTIGO PARA LOS MALVADOS Y EN MULTIPLICAR LOS GOCES PARA SUS CONCIUDADANOS.
Esta abolición de todo padecimiento es en ellos tanto más racional cuanto que ellos ven en el delincuente, no ya un CULPABLE, sino un desgraciado. De ahí que la mitigación sucesiva, y más bien la abolición de todo suplicio, no encuentre más límites que la necesidad de la propia defensa; y si fuese posible COLOCAR A TODOS LOS MALHECHORES EN UN PARAÍSO TERRENAL PARA QUE GOZASEN DE TODAS LAS DELICIAS, mientras la sociedad se librase de sus puñales, LA FILANTROPÍA LOS LLEVARÍA A ÉL EN PALMAS, y creería haber hecho con esto el ÚLTIMO ESFUERZO DEL HUMANITARISMO, consagrado a limitar los sufrimientos del cuerpo, sin CUIDARSE PARA NADA DE LA HONESTIDAD DEL ALMA, que depende enteramente de la opinión particular del delincuente.
Los que así discurren en defensa de sus semejantes, son los más honrados y están movidos de verdadera aunque puramente natural benevolencia para con sus conciudadanos.
198. — Pero hay otra razón, que nace del mismo epicureísmo, que puede inducir a mitigar los castigos: el horror no a la pena ajena, sino a la propia. Mientras la brutalidad del epicúreo no llega a saborear el placer de la sangre y de la crueldad, mientras se enerva en el placer y en el lujo, sin poner en juego pasiones violentas y furiosas; los ánimos muelles y débiles son incapaces de soportar la vista de un objeto desagradable, y hacen todo lo posible para que nada venga a turbar el banquete perenne en donde se desvanecen entre los perfumes de los ungüentos las delicias de los variados excitantes.
En semejante condición de hombres, el horror a la sangre humana y a las lágrimas, NO ES COMPASIÓN RACIONAL QUE CONSUELA AL INFELIZ, SINO MOLICIE QUE RECHAZA TODA PENA; y el buen efecto que resulta en favor del condenado, es una combinación accidental, fortuita, que podría tender a diverso fin.
199. — LA COQUETUELA Y LA PISAVERDE NO QUIEREN OÍR NOMBRAR LA CUERDA POR NO DESMAYARSE, Y PIDEN HOY LA ABOLICIÓN DE LA PENA DE MUERTE, COMO MAÑANA PEDIRÁN EL ENCARCELAMIENTO DE TODOS LOS MENDIGOS E IMPEDIDOS PARA NO ENCONTRARSE POR CASUALIDAD CON LA VISTA DESAGRADABLE DE LOS ANDRAJOS Y LAS MUTILACIONES: AYER SU MOLICIE, SALVABA A UN MALVADO DE LA MUERTE; HOY ESA MISMA MOLICIE, CONDENA A MIL INOCENTES A LA CÁRCEL.
Aquel monstruo Marat que mandó millares de víctimas a la guillotina, no tenía corazón para retorcer el cuello a una gallina; y los mismos que claman por la abolición DE LA PENA DE MUERTE, ¡¡¡HONRAN EL HOMICIDIO DE LOS DUELISTAS!!! (?)
¡He aquí cuál es la lenidad del epicureísmo (y de la moderna filosofía)! Pura pasión, tan irracional en el bien como en el mal, QUE PRUEBA IGUAL HORROR A LA MUERTE DEL ASESINO QUE A LA MUERTE DEL ASESINADO, QUE NO TENDRÍA CORAZÓN PARA VISITAR A LOS ENFERMOS EN UN HOSPITAL, POR LA MISMA RAZÓN PORQUE REPARTE LIMOSNA Y SOCORROS A UNA FAMILIA QUE LLORA (70).
200. —En estas palabras del P. Taparelli es todo substancia, de tal manera que parece imposible se pueda decir más en menos palabras y retratar más al vivo la irracional insubstancialidad de la mayor parte, sino de todos los partidarios de la lenidad penal entendida a la moderna y, en particular de los que, también a la moderna, pugnan por la abolición de la pena de muerte para los verdaderos malhechores a quienes debe aplicarse.
201. — Por tanto, hemos de concluir este tercer capítulo, y con él la primera parte de la obra diciendo que, si la pena capital es justa (capítulo 1º) y legítima (capítulo 2º); que si no hay ninguna tan eficaz como ella para reprimir a cierta clase de criminales a quienes no basta el temor de cualquier otra clase de pena que la de muerte para retraerles del crimen (número 29), y por consiguiente para hacerles observar el orden a que están obligados y que es necesario para la existencia misma de la sociedad, que no puede subsistir sin el orden que ellos con sus crímenes destruyen; si además es necesaria para satisfacer la justicia que pide sea el crimen convenientemente castigado, a fin de reparar la injuria cometida (número 29) y restaurar el orden perturbado; en fin, si como vamos a probar inmediatamente en la 2ª Parte de este trabajo, no se ha alegado todavía ni fácilmente podrá alegarse una razón conveniente ni contra la justicia ni contra la legitimidad, ni contra la conveniencia de la aplicación de la pena capital; no hay razón ninguna para suprimirla ni en las leyes ni en la aplicación de las mismas cuando sea necesaria o simplemente conveniente.
202. — Por tanto, habremos de concluir que los adversarios de la pena capital son unos cuantos teóricos más o menos respetables, pero que siempre serán una ínfima parte de la sociedad sana y honrada; unos cuantos políticos que quién sabe con qué intenciones y por qué interés abogan por la abolición de la pena capital; pero que no raramente se olvidan de su ficticia teoría y dejan desgraciadamente traslucir lo que verdaderamente sentían sobre ella en su interior, prodigándola sin piedad; o la generalidad de los criminales, gentuza de ínfima categoría social, a quienes ya se entiende lo que puede convenir que exista la pena de muerte; o en fin, la turba de epicúreos, filántropos oportunistas, demócratas, progresistas y sentimentales a la moderna, vanos hueros e inconscientes, que sin tener sentimientos verdaderamente humanitarios y racionales, sin haber nada ni sentir nada, ni sacrificarse en nada por el bien del prójimo; tendidos a lo mejor en un comodísimo diván, escupen filantropía para con el criminal, al par que borbotan injurias y denuestos contra la justicia que, usando de la fuerza del derecho procura con energía y rectitud impedir que prevalezca el derecho de la fuerza y la maldad.
(69) Taparelli, Examen crítico de los Gobiernos representativos, vol. 2º, pte. 2ª, c. 8°, § 5º, págs. 474-475, nº 1228-1231, y el discurso de SS. Pio XII citado en la nota (67).
Ya sé yo que a pesar de todas las razones presentadas y de cuantas puedan presentarse habrá muchísimos sordos que no quieran oír.
Pues bien, a los que tan obcecadamente empecinados están con las bondades de las democráticas y liberales y a los poseídos de tan profunda inquina contra la pena de muerte que no quieran ver las razones alegadas, presento inmediatamente algunos números que les mostrarán que todas las razones, caricias y arrullos con que los amantes del pueblo, y como ellos enemigos acérrimos de la pena de muerte, suelen adormecer suavemente a quien tanto aman y por quien tanto se sacrifican: al pueblo, y al que no lo es, según su concepto.
Las cosas tienen a veces una muda elocuencia, tanto mayor cuanto más alejadas de nosotros; pero eso no obstante, dejemos aparte los asesinatos, injusticias y pillajes de todo género que llevaron a cabo los héroes de la Revolución francesa y olvidémonos también de los monstruos que se llamaron Marat (en cuya muerte se decretó la prisión de 150.000 ciudadanos), Danton y Robespierre, que pedía nada menos que 250.000 cabezas para asegurar la revolución, y aun quería, al decir de Taine, QUE CONVENÍA NO SOBREVIVIESE NADIE QUE HUBIERA TENIDO MÁS DE QUINCE AÑOS EN 1789, a fin de que no echara de menos el régimen antiguo; y señalemos nada más que algunas cifras que trae el mismo Taine en su Histoire de la Revolution française, en la que dice así, entre otras muchas cosas:
«Sin contar más de 40.000 cárceles provisionales, 1.200 prisiones, llenas y abarrotadas, contienen cada una más de 200 reclusos (pág. 383). Ciento setenta y ocho tribunales, de los cuales cuarenta son ambulantes, pronuncian en todas las comarcas del territorio sentencias de MUERTE, que son ejecutadas en el mismo lugar y al instante…, se juzga a NIÑOS DE SIETE AÑOS, DE CINCO AÑOS, DE CUATRO AÑOS. SE CONDENA AL PADRE POR LOS HIJOS Y AL HIJO POR EL PADRE (ibíd., págs. 388-393). Además del cadalso (más de 17.000 víctimas), hay fusilamientos (en Tolón, más de 2.000 fusilados); muchísimos condenados a morir ahogados (en Nantes 4.800 hombres, mujeres y niños sucumbieron); en fin, asesinatos populares (cerca de 10.000 personas tan sólo en la provincia de Anjou perecieron de muerte violenta sin apariencia siquiera de juicio). Añadid los horrores del cautiverio. Se puede estimar que en los once Departamentos del Oeste, la cifra de muertos de toda edad y de ambos sexos se aproxima a medio millón. Además de la lista total de fugitivos y de desterrados comprendía más de 150.000 hombres. (Esta cita está tomada del P. Arturo Vermeersch S. J., La Tolerancia, pág. 178, Herder, Friburgo, Brisgovia 1915)».
Pero en fin, dejemos estas cosas como ya demasiado viejas. Han pasado a la historia y tenemos otras más recientes que aún la están haciendo (de nuevo recordamos que esto se escribía en 1938), y que no solamente no les van en zaga a aquellos, sino que en punto a pillaje, ferocidad, bandolerismo, AMOR AL PUEBLO Y ODIO A LA PENA DE MUERTE, sobrepujan infinitamente a los sobredichos de la Revolución francesa: son los «DUCES» de la revolución rusa y de la República española.
LA REVOLUCIÓN RUSA, esto es, desde la revolución de octubre hasta el fin de la guerra civil rusa, según Senoski, en la: «Trinidad Roja» (1931), y las revelaciones hechas por el Obispo Serafín, fueron ejecutados los siguientes ciudadanos:
25 Obispos
1.215 eclesiásticos (esta cifra nos parece excesivamente baja, dada la furia con que se desató y continúa la persecución religiosa)
6.675 profesores o empleados de enseñanza
54.850 oficiales
9.800 médicos
260.000 soldados
10.500 funcionarios
48.000 guardias civiles
19.850 funcionarios públicos
340.250 eruditos o dedicados al cultivo de las artes y ciencias
815.000 campesinos (sin duda por ser éstos más «pueblo»)
192.000 obreros (hágase la misma reflexión…)
————
1.758.165 víctimas.
¡UN MILLON SETECIENTAS CINCUENTAY OCHO MIL CIENTO SESENTA Y CINCO VICTIMAS!
Estos datos están confirmados en Derrota Mundial, por Salvador Borrego.
¡Tal es el terror rojo organizado: en cinco años solamente han sacrificado 1.758.165 víctimas! Esto es, ¡964 asesinatos diarios!
Esto en sólo cinco años, en los primeros cinco años y contando sólo los crímenes conocidos, que los ignorados han de ser y continúan siendo muchísimos más. Véanse si no un suelto aparecido en el «Correo de Galicia», de Buenos Aires, el día 6 de Marzo de este año 1938, con el epígrafe de: Justicia soviética.
Dice así: «Durante el año 1937, según los comunicados oficiales soviéticos (nótese que estos comunicados «oficiales» suelen siempre comunicar sólo aquellos fusilamientos o crímenes que por la calidad de las personas u otras circunstancias no pueden ocultarse, que de los otros ¿quién sabe cuántos serán, mayormente tratándose de tiranos tan brutales como son los ejecutores de estos crímenes?) han sido fusilados 4.800 enemigos del pueblo… (?)» En realidad, según otras estadísticas menos oficiales pero MÁS EXACTAS, la cifra de personas condenadas a muerte “oficialmente” y no indultadas se eleva a más de 12.000 personas.
En consecuencia, durante el año 1937, han sido fusilados, por decisión judicial al menos 33 personas por día. Todo un «record», que quedará superado en 1938 por los «leales» españoles de Azaña, Largo Caballero, Negrín, etc.
(70) Taparelli 1. c., págs. 466-468.
