CONSERVANDO LOS RESTOS II
Vigésimo novena entrega

EL LUTERANISMO, EN PLENO DESARROLLO HASTA LA PAZ DE AUGSBURGO (1555)
Las decisiones de la Dieta de Augsburgo fueron desde un principio letra muerta. Los príncipes católicos, que habían esperado un éxito rotundo, volvieron a sus respectivos territorios con las más tristes perspectivas para un porvenir inmediato.
1. Compromiso de Nüremberg. Así, pues, los años que siguieron a la confesión de Augsburgo fueron de gran agitación por ambas partes. Los católicos, no obstante la oposición de los contrarios, obtuvieron en enero de 1531 la considerable ventaja de la elección del archiduque Fernando de Austria como rey de romanos, con derecho a la sucesión al trono imperial. Como réplica, los príncipes protestantes se decidieron a formar una nueva liga de mutua defensa. En efecto, en marzo del mismo año, Juan de Sajonia, Ernesto de Brunnswick, Felipe de Hessen y otros tres príncipes y once ciudades constituyeron la liga de Esmalcalda. Más tarde se adhirieron a ella otros territorios. No contentos con esto y decididos a contrarrestar el poder del emperador, se pusieron en relaciones con Francia e Inglaterra y otras potencias extranjeras enemigas de Carlos V.
El mismo Papa Clemente VII, unido a disgusto al carro triunfal del emperador, trabajaba indirectamente contra él. Pero hay más todavía: los príncipes protestantes no dudaron en aprovecharse de la amenaza de los turcos para conseguir nuevas ventajas sobre el emperador. Solimán el Magnífico se presentaba en 1532 con un imponente ejército, que algunos hacen subir a 300.000 hombres, amenazando de nuevo a la ciudad de Viena. Ante la inminencia de una catástrofe, Carlos V tuvo que pedir ayuda a todos los príncipes alemanes, incluso a los protestantes; pero éstos, ante la angustiosa situación del imperio y de toda la cristiandad, le otorgaron el auxilio pedido a condición de que se suspendieran las decisiones de la Dieta de Augsburgo.
Así, pues, ante la inminencia del peligro de los turcos, Carlos V, que necesitaba a todo trance aquella ayuda, tuvo que ceder a los príncipes protestantes, y el 23 de julio de 1532, en el compromiso o paz religiosa de Nüremberg, prometió suspender las decisiones de la Dieta de Augsburgo y tolerar sus innovaciones hasta la celebración de un concilio universal.
2. Los anabaptistas de Münster. A medida que avanzaba y progresaba el luteranismo, tuvo que tropezar diversas veces con los fanáticos, soñadores apocalípticos o anabaptistas. Más aún, aunque en diversas ocasiones, ante las atrocidades que estos espíritus fanáticos cometían, se volvieron contra ellos, en realidad Lutero y los suyos, con sus predicaciones de libertad e individualismo, fomentaron aquel espíritu.
Después de la derrota de los campesinos, quedó algún tiempo amortiguado este espíritu fanático y exaltado. Pero algo más tarde aparecen centros muy considerables de exaltación libertaria en Suiza, sur de Alemania y, sobre todo, por la región de Moravia. Pero donde los anabaptistas, como generalmente eran designados, hicieron más adeptos fue en el norte de Alemania y en los Países Bajos. Llevados de sus sueños apocalípticos y sus planes de formar una nueva sociedad sobre la base de una especie de comunismo libertario, se oponían a la autoridad del Estado y causaban verdaderos desórdenes públicos.
Uno de sus principales corifeos fue Melchor Hoffmann, quien de los Países Bajos pasó a Westfalia, donde hizo muchos adeptos. Por otro lado, el sacerdote Bernardo Rottmann, ganado para el luteranismo, trabajó intensamente por introducirlo en Münster y en gran parte de Westfalia; pero, habiendo abrazado las ideas apocalípticas de Hoffmann, unido con él y con el predicador popular Knipperdolling, lograron imponerse al consejo de Münster. Ante las noticias de lo allí ocurrido, fueron llegando de Holanda otros fanáticos anabaptistas, Juan Matthys, Juan Bockelson y otros, y, habiendo eliminado a su príncipe-obispo Waldeck, unidos todos ellos, convirtieron bien pronto la ciudad de Münster en centro del más furioso fanatismo, estableciendo lo que llamaron el reino de Sión, con comunidad de bienes y de mujeres. Como rey de este nuevo paraíso del comunismo, sin autoridad religiosa y sin ley, fue proclamado Bockelson. Él se llamó Juan de Leyden.
Entre tanto, el príncipe-obispo Francisco de Waldeck, que había podido escapar de la ciudad, logró mover a algunos otros príncipes para poner término a tal locura, que amenazaba propagarse a otros territorios. Uno de los que unieron sus fuerzas en esta campaña contra los anabaptistas de Münster fue el protestante Felipe de Hessen. Pusieron, pues, cerco a Münster, y al fin lograron rendirla en junio de 1535. Aunque Rottmann, el más culpable de todos, logró escapar, el reyezuelo Bockelson y otros cabecillas fueron apresados y ajusticiados. Con esto se puede decir que terminó el peligro de los anabaptistas, si bien se observa que persistieron algunos núcleos esporádicos en diversas partes.
Uno de los hombres que más caracteriza al luteranismo en estos momentos de evolución y crecimiento es el landgrave Felipe de Hessen, y asimismo es sintomático sobre el espíritu de libertad que movía a estos príncipes, lo que por este tiempo realizó. Hasta qué punto llegaba en su espíritu religioso y en su moral privada, lo mostró al empeñarse en tomar una segunda mujer. En efecto, había tenido ya siete hijos de su legítima esposa Cristina, hija de Jorge de Sajonia; pero, viviendo ésta todavía, quiso tomar como segunda esposa, y que fuera públicamente reconocida, a una mujer con la que ya hacía tiempo mantenía relaciones ilícitas. Pera ello invocaba el ejemplo de los patriarcas y, en general, del Antiguo Testamento.
Pero lo más curioso del caso es la conducta que observaron los teólogos protestantes y el mismo Lutero. Pidióles él autorización, bajo la amenaza de que, si no se la concedían, se uniría con el emperador. Melanchton y Lutero manifestaron gran asombro, dando por razón el escándalo que se originaria; pero, ante la insistencia y amenaza del landgrave, respondieron que no se podía acceder a sus deseos; pero, en atención a sus méritos en la defensa del Evangelio, le concedían la dispensa, a condición de que la concesión se mantuviera secreta. Así, pues, en marzo de 1540, Felipe de Hessen tomó una segunda mujer, practicando verdadera poligamia, con la anuencia de Melanchton y Bucer.
3. Artículos de Esmalcalda. No obstante este percance de la poligamia, de Felipe de Hessen, el protestantismo siguió progresando durante los años siguientes. Los príncipes luteranos se aprovecharon ampliamente de las concesiones arrancadas a Carlos V en 1532 por el compromiso de Nüremberg. Paulo III (1534-1549) por su parte, sucesor de clemente VII, quiso desde un principio tomar en serio la celebración de un concilio general. Envió a Alemania a Vergerio como legado suyo con el objeto de preparar los espíritus. Este celebró en 1535 una entrevista con el mismo Lutero y dio toda clase de seguridades a los teólogos protestantes. Según parece, Lutero le prometió la asistencia de los suyos al proyectado concilio, que él mismo había reclamado. Efectivamente, lo convocó Paulo III para mayo de 1537 en Mantua; pero los príncipes protestantes de la liga de Esmalcalda, reunidos el mismo año 1537, se negaron a toda participación en el concilio y al mismo tiempo planearon un sínodo por su cuenta.
Esta fue la ocasión de los llamados Artículos de Esmalcalda. En efecto, reunidos los príncipes pertenecientes a la liga de este nombre, Lutero mismo presentó en veintitrés artículos los puntos fundamentales de su doctrina. Y es digno de tenerse en cuenta que, a diferencia de la confesión de Augsburgo, obra de Melanchton, esta nueva confesión, obra de Lutero, se complace en marcar las diferencias entre la ideología luterana y la católica.
Estos artículos de Esmalcalda fueron considerados en adelante como la base más auténtica de la confesión luterana.
Mas, por otra parte, tampoco se pudo realizar el serio propósito de Paulo III sobre la celebración del concilio en 1537 y en los años siguientes. Esta dilación y, sobre todo, la ausencia de Carlos V de Alemania fueron fatales para la causa católica, por lo cual el avance de los protestantes continuó sin ningún obstáculo. Frente a la liga de Esmalcalda, Carlos V y su hermano Fernando, junto con los príncipes católicos de Baviera, Sajonia y otros, constituyeron en 1538 la nueva alianza defensiva de Nüremberg. Después de difíciles negociaciones, Carlos V obtuvo los auxilios que necesitaba en su guerra contra los turcos. Así se realizó en el convenio de Frankfurt, de abril de 1538, y poco después iniciaba los coloquios religiosos.
4. Coloquios religiosos. El primer coloquio religioso se inició en Hagenau en junio de 1540 y luego continuó en Worms y, finalmente, en la dieta de Ratisbona, donde terminó en abril de 1541. Para dar más autoridad al acto y por el interés que tenía en su feliz resultado, Carlos V quiso estar presente en Ratisbona. Para su mejor éxito había hecho preparar un esquema de veintitrés artículos (libro de Ratisbona), que debían constituir la base de la discusión. En ella tomaron parte, entre los teólogos católicos, Juan Eck, Julio von Pflug y Juan Gropper, y entre los protestantes, Melanchton, Bucer y Pistorius. Estaban también presentes, como legados pontificios, Contarini y Morone.
Las discusiones fueron muy laboriosas, pero al fin habían llegado ya a cierta inteligencia acerca del pecado original, la libertad humana y, aun de algún modo, sobre la justificación; pero ni Lutero ni el Papa la aprobaron. El emperador, por su cuenta, dio buenas esperanzas sobre algunos puntos, como la comunión bajo las dos especies y el matrimonio de los clérigos. Mas, como fracasaron por completo otros conatos de inteligencia sobre el concepto de Iglesia, la eucaristía y la jerarquía, terminó el coloquio sin ningún resultado positivo. Entonces, pues, el emperador, a quien apremiaba urgentemente el peligro de los turcos, con su propia autoridad puso término al coloquio y a la dieta con el Interim de Ratisbona (julio de 1541), en el cual publicaba los artículos en que habían convenido y renovaba el compromiso de Nüremberg. Mas, como se sintiera más apretado por los turcos y necesitara nuevos auxilios, hizo ulteriores concesiones a los protestantes en la llamada Declaración de Ratisbona.
Los años siguientes, en que Carlos V se mantuvo en guerra en Argel y contra Francia, los príncipes protestantes aprovecharon la situación apurada del emperador para realizar nuevos avances y protestantizando otros territorios. Así sucedió en Naumburg-Zeitz, en enero de 1541, y en los territorios de Enrique de Braunschweig.
El caso de Colonia tuvo más complicaciones. Ganado para la causa protestante su arzobispo Hermann von Wied, hombre de vida poco ejemplar, se puso en inteligencia en 1543 con Melanchton para introducir en Colonia el luteranismo; pero allí se encontraron con la más valiente y decidida oposición del cabildo y del teólogo Gropper. La lucha continuó cada vez más exacerbada. En abril de 1546, el arzobispo fue excomulgado por el Papa, y, gracias a la enérgica intervención de Carlos V, quien lo obligó a la renuncia en 1547, y a la constante resistencia del cabildo y del pueblo, Colonia no cayó en el protestantismo. Asimismo, en Westfalia, el príncipe-obispo de Münster, Fr. von Waldeck, ganado para el protestantismo, ingresó en la liga de Esmalcalda, pero no logró protestantizar su territorio.
5. Nuevas discusiones religiosas. Frente a estas violencias de los protestantes, el emperador apenas pudo hacer nada mientras estuvo absorbido por las guerras contra Argel (1541), contra los turcos (1542) y contra Francia (1542-44). Por esto, al reunirse la dieta de Espira en 1544, se vio forzado a hacer nuevas concesiones a los protestantes con el objeto de obtener los subsidios que necesitaba. Paulo III protestó contra estas concesiones, con las cuales Carlos V se extralimitaba en sus facultades. Finalmente, en septiembre de 1544 consiguió Carlos V desentenderse de todos sus enemigos por la paz de Créspy, con Francia, y más todavía en noviembre de 154$ con una tregua con los turcos, y entonces pudo dedicarse de lleno a los asuntos alemanes.
Ante todo, pues, intentó de nuevo resolver, por medio de coloquios religiosos, las diferencias existentes. En inteligencia con el Papa, anunció con toda solemnidad el concilio de Trento para marzo de 1545; Pero bien pronto tuvo que conocer la respuesta de los protestantes, quienes rechazaron obstinadamente toda participación en él. Con esta ocasión, Lutero, ya en el ocaso de su vida, puso bien de manifiesto su ánimo hostil, publicando uno de sus folletos más expresivos, Contra el Papado de Roma, creado por el diablo. Ante este fracaso penetró por vez primera en el ánimo del emperador la convicción de que ya no existía otro medio de dominar la arrogancia protestante que las armas. Sin embargo, quiso intentar todavía otros coloquios religiosos. Así, pues, en la dieta de Ratisbona de 1546 fueron de nuevo invitados los protestantes a discutir sobre los problemas religiosos con el objeto de llegar a la unión deseada; pero ellos no hicieron caso de la invitación, con lo que se recibe la impresión de que sus principales corifeos querían la guerra.
6. Muerte de Lutero. Juicio de conjunto. Estos acontecimientos ya no los pudo presenciar Lutero, muerto el 18 de febrero de 1546. Con su carácter activo e impetuoso, supo comunicar a sus seguidores aquél ansia de conquista y aquél espíritu inquieto y dominador que era el secreto de sus constantes triunfos. Al mismo tiempo había ido componiendo las obras que constituyen la base dogmática del luteranismo. Además siguió trabajando en su traducción de la Biblia, que pudo terminar en 1534 y constituye su obra maestra. En 1535 lanzó también al público otra de sus obras capitales, el Comentario a la Epístola a los Gálatas.
Poco después comenzaron sus dolores de piedra, los cuales, unidos a los muchos disgustos que tuvo que sufrir, le depararon días y años muy amargos, que fueron agriando cada vez más su carácter. De ello son clara prueba las célebres Conversaciones de sobremesa. Pero entre tanto fueron aumentando sus enfermedades de un modo amenazador, de modo que en repetidas ocasiones creyeron los suyos llegado el fin de sus días. Por lo que se refiere a sus luchas interiores, en varias ocasiones sus angustias y remordimientos de conciencia lo torturaron de un modo particularmente intenso.
Su odio contra el Papado fue más bien en aumento hacia el fin de su vida, por lo cual execraba el concilio de Trento y preparaba una última obra, que no pudo terminar, Contra el Papado, fundado en Roma por el diablo.
A principios de 1546 se trasladó de Wittemberg a Eisleben, su ciudad natal, Sus achaques y el disgusto latente de su espíritu por las divisiones internas y la corrupción de costumbres de muchos de los suyos lo hacían cada vez más insoportable a los que lo acompañaban. Sobre todo, Melanchton tuvo que sufrir mucho, hasta el punto de confesar que había tenido que «aguantar una servidumbre deforme». En estas circunstancias, pues, murió Lutero.
Ahora bien, el juicio de conjunto que nos merece la figura y actuación de Lutero se puede sintetizar en pocas palabras. Indudablemente, Lutero poseía una naturaleza pujante, una inteligencia despierta, una actividad asombrosa, una imaginación viva y todo ese conjunto de cualidades humanas que disponen a un hombre para mover y conducir las masas. Por otra parte, poseía una idea elevada de Dios y un alto espíritu de sacrificio, con lo que se unían, pero entendidos a su manera, un profundo sentimiento religioso y un alto ideal cristiano.
Mas, por otra parte, aparecen en él un conjunto de defectos fundamentales, que hicieron de él uno de los hombres que más daño han hecho a la humanidad. Su carácter angustioso hizo que no se tranquilizara con la solución que da el dogma católico a la inquietud por los pecados cometidos y el problema de la seguridad de la salvación, y su soberbia y espíritu de independencia lo sugestionaron con la idea de la justificación por sola la fe. En adelante, el rasgo dominante de su carácter será esa soberbia y autosugestión que pone su criterio y sus opiniones por encima de todo, que designa a sus ideas como su evangelio, y que ya no quiere doblegarse ni a la autoridad de los Santos Padres, ni a la de los concilios, ni a la de los Papas.
Añadamos a esto su carácter apasionado y vehemente, que no conoce límite en su odio a las personas y a las instituciones que se oponen a su ideología, como lo fueron, sobre todo, el Papado, los monjes y algunas personas en particular. Su estilo es a las veces grosero, como lo reconocen los mismos protestantes, y llega en ocasiones a la inconveniencia e indecencia en las palabras y en los grabados que ilustran sus folletos de propaganda, cosa que no puede disculparse suficientemente por el modo de ser del tiempo; y lo que es peor, su mismo proceder y su falta de escrúpulos al aprobar la poligamia de Felipe de Hessen y recomendar en los momentos de pasión y de tristeza el trato ilícito con mujeres, todo esto nos da una idea de conjunto de la figura moral de Lutero.
Ciertamente, Lutero obtuvo un triunfo material extraordinario y brillante, a lo que contribuyeron sus cualidades humanas y otras causas que más adelante indicaremos. Pero junto con este éxito material y humano fue inmenso el daño que hizo a la humanidad. Pretendía reformar a la Iglesia y conducirla a la pureza del cristianismo primitivo, y no sólo no la reformó, sino que la dividió, y puso entre los suyos los gérmenes de la división, de la independencia y de una creciente relajación de costumbres, de que él mismo se lamentaba.
7. Guerra de Esmalcalda. Convencido Carlos V de que para hacer respetar su autoridad por los príncipes protestantes no existía ya otro medio que la guerra, empezó a trabajar en este sentido en la dieta de Ratisbona de 1546, procurando dividir lo más posible a los jefes de la liga de Esmalcalda. Consiguió, pues, ganar para su causa al protestante Mauricio de Sajonia y algo después a Juan de Küstrin y Erico II de Brunswick, dando siempre a su campaña el carácter puramente político, como de ofensiva contra la insubordinación de los miembros de la liga de Esmalcalda.
Sin embargo, fueron los príncipes protestantes, ansiosos, sin duda, de provocar un conflicto con el emperador y de sacudir su tutela, los que rompieron las hostilidades. En julio de 1546 irrumpieron algunas de sus fuerzas en los Estados de Enrique de Brunswick-Wolfenbütel, por lo cual, acusados solemnemente ante el emperador, éste lanzó sobre los jefes protestantes la proscripción imperial, e inmediatamente salió con su ejército de Ratisbona, Rápidamente fue sometiendo algunos territorios y reuniendo grandes contingentes de ejército, con lo que mantuvo en jaque y fue desgastando las fuerzas de los protestantes. Logró someter a Würtemberg y algunas ciudades libres del sur, y, entrado ya el año 1547, mientras Juan Federico de Sajonia acudía a defender sus Estados, invadidos por Mauricio de Sajonia, las tropas protestantes fueron completamente derrotadas por el emperador en la célebre batalla de Miihlberg, del 24 de abril de 1547. En ella quedaron prisioneros los dos jefes principales protestantes, Juan Federico de Sajonia y Felipe de Hessen. La liga de Esmalcalda quedaba deshecha.
Mas, por desgracia, Carlos V no supo o no pudo aprovechar suficientemente su gran victoria. De hecho, se contentó casi exclusivamente con mantener en cautividad mitigada a los dos jefes prisioneros hasta 1552 y en arreglar los asuntos de Colonia y Schaumburg, que volvieron al catolicismo, y algunos otros asuntos parecidos. El arreglo de la cuestión religiosa se dejó por entero al concilio de Trento.
8. Dieta e «Interim de Augsburgo». Pero entonces precisamente se complicó más la situación. El Concilio de Trento, después de haber dictado excelentes decretos sobre la Sagrada Escritura, el pecado original, la justificación y los sacramentos, fue trasladado a Bolonia por orden del Papa. Con esto se inició un período de descontento mutuo y de verdadera tirantez entre Carlos V y Paulo III, que contribuyó eficazmente a frustrar el efecto de la victoria de Esmalcalda sobre los protestantes.
Trastornado en sus planes Carlos V, quien había sinceramente esperado la solución religiosa del Concilio, volvió entonces a los proyectos de los coloquios religiosos y se decidió a procurar resolver por sí mismo las divisiones religiosas de Alemania. Así lo intentó, en efecto, en la dieta de Augsburgo de 1547-48. Tomaron parte en ella, del lado católico, los teólogos de tendencias conciliadoras Julio von PJlug y Miguel Helding, a quienes se juntó el célebre dominico español Pedro de Soto. De los protestantes, el único teólogo de nota que participó en la discusión fue Juan Agrícola. Al fin se convino en la fórmula, que se designó como Interim de Augsburgo, católica en los puntos substanciales del dogma, pero que hacía a los protestantes excesivas concesiones. Mas, como era de prever, dada la naturaleza del Interim, levantóse inmediatamente de ambos lados una clamorosa protesta. El intento de Carlos V de ordenar los asuntos religiosos fracasó rotundamente.
Ni los protestantes, demasiado celosos de su independencia, ni mucho menos los católicos quedaron satisfechos. Así, pues, el Interim sólo se pudo aplicar en algunos territorios. Desde Roma particularmente se hizo una guerra tenaz y decidida al Interim.
9. Paz de Augsburgo (1555). Entre tanto, el nuevo Papa Julio III (1550-1555) convocó por segunda vez para 1551 el Concilio de Trento. Por su parte, Carlos V, quien veía en él una nueva esperanza de inteligencia con los protestantes, los invitó oficialmente en la dieta de Augsburgo de 1550, y al fin consiguió la promesa de enviar sus representantes. El concilio inició su segunda etapa, según se había anunciado, en mayo de 1551, y, finalmente, aparecieron en él los representantes de los protestantes. Los acontecimientos se iban desarrollando en la forma más ideal y todo parecía prometer un resultado favorable, cuando inesperadamente tuvo lugar la traición de Mauricio de Sajonia.
Efectivamente, Mauricio de Sajonia, uno de los principales colaboradores de Carlos V en la derrota de los príncipes protestantes, aunque después de la batalla de Mühlberg habla recibido la dignidad de elector y otras muestras de la gratitud del emperador, no estaba todavía satisfecho. Como protestante que era, por una parte, se sentía humillado delante de los suyos por su actuación al lado de Carlos V, y, por otra, aspiraba a ser el jefe de la liga protestante. Deseoso, pues, de dar un golpe sensacional, con el que pudiera de una vez alcanzar sus ideales, siguió disimulando al lado del emperador al mismo tiempo que, como lo hacían los demás príncipes protestantes, trataba con el rey de Francia y tramaba su traición.
Así, pues, cuando lo tuvo todo bien preparado, en marzo de 1552 cayó de improviso sobre Innsbruck, donde se encontraba a la sazón Carlos V, con intención de apoderarse de él; pero éste logró a duras penas escapar. Ante estos hechos y la guerra que inmediatamente estalló, disolvióse el Concilio de Trento, y sólo después de difíciles discusiones entre D. Fernando, como representante de Carlos V, y los príncipes protestantes se llegó a la transacción de Passau (junio de 1552), por la que se suspendía el Interim de Augsburgo y se aseguraba interinamente a los protestantes el libre ejercicio de su religión hasta la próxima dieta imperial.
Pero este arreglo definitivo, planeado para el año siguiente, se fue retrasando a causa de las guerras en que se vieron envueltos contra Francia y contra los turcos, Al mismo tiempo, Carlos V, sumamente abatido por los últimos acontecimientos, había abandonado todos los negocios del imperio en manos de su hermano D. Fernando y, renunciando a todos sus Estados, se retiró más tarde al monasterio de Yuste.
La anunciada dieta pudo, finalmente, celebrarse en 1555, y en ella se llegó a la célebre paz de Augsburgo, que marca uno de los estadios más significativos del avance del protestantismo. Su significación proviene de haber sellado definitivamente la división religiosa de Alemania. Por ella los católicos reconocían oficialmente la existencia de los luteranos en el imperio alemán. En consecuencia, las dos confesiones, la católica y la protestante, debían tener completa libertad en su ejercicio dentro del imperio. Los jefes de los territorios podían elegir entre la religión católica y la confesión de Augsburgo e imponerla a sus súbditos. Los súbditos debían someterse a esta elección; pero, si no estaban conformes, podían emigrar. Es el principio del ius reformandi, concretado en la expresión Cuius regio, eius et religio.
Solamente se hizo una excepción a este principio, lo que se llamó el reservado eclesiástico, consistente en que los jefes de territorios eclesiásticos que abrazaban el protestantismo debían abandona sus territorios, dejándolos en manos de los católicos. Precisamente este reservado eclesiástico dio luego ocasión a largas y sangrientas contiendas.
LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN
HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA
Primer entrega: LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?
Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones
Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)
Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo
Quinta entrega: El semipelagianismo
Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques. San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)
Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia. Los monoteletas
Octava entrega: Segunda fase del monotelismo: 638-668
Novena entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente
Décima entrega: El error adopcionista
Undécima entrega: Gotescalco y las controversias de la predestinación
Duodécima entrega: Las controversias eucarísticas del siglo IX al XI
Decimotercera entrega: El cisma de oriente
Decimocuarta entrega: El cisma de oriente (continuación)
Decimoquinta entrega: La lucha de la Iglesia contra el error y la herejía
Decimosexta entrega: Herejía de los Cátaros o Albigenses
Decimoséptima entrega: Otros herejes
Entrega especial (1era parte): La inquisición medieval
Entrega especial (2da parte): La inquisición medieval
Vigésima entrega: La edad nueva. El Wyclefismo
Vigésimo primera entrega: El movimiento husita
Vigésimo segunda entrega: El movimiento husita (cont.)
Vigésimo tercera entrega: El pontificado romano en lucha con el conciliarismo
Vigésimo cuarta entrega: Eugenio IV y el concilio de Basilea
Vigésimo quinta entrega: La edad nueva. El concilio de Ferrara-Florencia
Vigésimo sexta entrega: Desde el levantamiento de Lutero a la paz de Westfalia (1517-1648). Rebelión protestante y reforma católica
Vigésimo séptima entrega: Primer desarrollo del luteranismo. Procso y condenación de Lutero
Vigésimo octava entrega: Desarrollo ulterior del movimiento luterano hasta la confesión de Augsburgo (1530)
