CLARA MALDOCENA: PATROCINIO DE NUESTRA SEÑORA

LA ARMADURA DE DIOS

LA VIRGEN MARÍA

Y SU PATRONATO EN AMÉRICA

NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE

Reina de México y Emperatriz de América

Foto oficial de 1923

Nuestra Señora se aparece a San Juan Diego

El sábado 9 de diciembre de 1531, entre las cuatro y las cinco de la madrugada, Juan Diego se dirigía a la catequesis; estaba en los alrededores del cerro Tepeyácac, en la actual ciudad de Méjico.

Repentinamente, oyó una música suave, sonora y melodiosa que, poco a poco, se fue extinguiendo.

En ese momento escuchó una lindísima voz, que en el idioma nahualt lo llamaba por su nombre. Era Nuestra Señora de Guadalupe:

— Juanito, Juan Dieguito. Oye, hijo mío, Juanito, a quien amo tiernamente, como a un hijo pequeñito y delicado, ¿a dónde vas?

— Voy, Señora y Niña mía, a la ciudad, al barrio de Tlaltelolco, a oír la Santa Misa que nos celebra el ministro de Dios y súbdito suyo.

Ella le habló y le descubrió su santa voluntad:

— Sábelo, y ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive, del Creador cabe quien está todo; Señor del cielo y de la tierra. Mucho quiero, mucho deseo que aquí me levanten un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, mi compasión, mi auxilio y mi salvación. Porque en verdad soy vuestra madre compasiva, a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; quiero oír ahí sus lamentos y remediar todas sus miserias, penas y dolores.

Y para que se realice mi voluntad, has de ir a la ciudad de México, dirigiéndote al palacio del Obispo que allí reside, al cual dirás que yo te envío y que es voluntad mía que me edifique un templo en este lugar; referirás cuanto viste y oíste.

Yo te agradeceré lo que por mí hicieres a este respecto, te daré prestigio y te exaltaré; y mucho merecerás que yo recompense tu fatiga y tu trabajo, con que vas a poner por obra lo que te encomiendo.

Ya has oído mi mandato, hijo mío el más pequeño; anda, haz lo que esté de tu parte.

Al punto se inclinó delante de Ella, y le dijo:

— Ya voy, nobilísima Señora mía, a cumplir tu mandato; por ahora me despido de Ti, como humilde siervo tuyo.

El Mensajero de la Virgen fue a entrevistarse con el Obispo de Fray Juan de Zumárraga, a quien narró lo sucedido, pero éste se mostró incrédulo citándolo para otro día.

Segunda Aparición

En ese mismo día, 9 de diciembre, al ponerse el sol, Juan Diego, apesadumbrado, va a dar cuenta a la Virgen de su fracasada misión:

— Mi muy querida Reina y altísima Señora, hice lo que me mandaste, y aunque no pudiese entrar a hablar con el señor obispo sino después de mucho tiempo, le comuniqué tu mensaje, conforme me ordenaste; me oyó afablemente y con atención; pero, por su modo y por las preguntas que me hizo, entendí que no me había dado crédito; por tanto, te pido que encargues de eso a una persona digna de respeto, y en quien se pueda acreditar, porque bien sabes, mi Señora, que no es para mí este negocio al que me envías; perdona, mi Reina, mi atrevimiento, si me aparté del respeto debido a tu grandeza; que yo no haya merecido tu indignación, ni te haya desagradado mi respuesta.

La Madre de Dios le respondió:

— Escucha, el más pequeño de mis hijos, ten por cierto que no son escasos mis servidores, mis mensajeros, a quienes encargue que lleven mi mensaje y hagan mi voluntad. Pero es muy necesario que tú, personalmente, vayas, y que por tu intercesión se realice, se lleve a efecto mi querer, mi voluntad. Y mucho te ruego, hijo mío el menor, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al Obispo. Y de mi parte hazle saber, hazle oír mi querer, mi voluntad, para que realice, haga mi templo que le pido. Y otra vez dile que yo, personalmente, la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, te envío.

Tercera aparición

Al día siguiente, domingo 10 de diciembre, después de asistir a Misa, Juan Diego volvió a buscar al señor Obispo Zumárraga, quien lo recibió con atención pero, más escéptico que antes, le dice que era necesario «una señal» para demostrar que era realmente la Reina del Cielo quien lo enviaba. Con toda naturalidad Juan Diego respondió que sí, y va a pedirle a la Señora la señal solicitada.

Al caer el sol, como en las veces anteriores, se le apareció Nuestra Señora radiante de dulzura. Ella aceptó sin el menor reproche concederle la señal pedida, para lo cual lo citó al día siguiente:

— Bien está, hijito mío, volverás aquí mañana para que lleves al obispo la señal que te ha pedido. Con eso te creerá y acerca de esto ya no dudará ni de ti sospechará.

Y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mí has hecho; ahora vete que mañana aquí te espero.

Él huye, Ella va a su Encuentro

Sin embargo, al día siguiente, lunes 11 de diciembre, Juan Diego no se presenta a la cita. Su tío, Juan Bernardino, había caído repentinamente enfermo, y él trata por todos los recursos medicinales indígenas curarlo. Todo fue en vano. Cuando el tío ve que la muerte se aproxima, siendo ya cristiano fervoroso, le pide a su sobrino que intente traerle un sacerdote para que lo asista.

Juan Diego, presuroso, al amanecer del día martes 12 de diciembre, entre las cinco y las seis, sale en busca del confesor; pero decide tomar un camino diferente al habitual, para que la Señora del Cielo no le salga al encuentro, pues, pensaba él: me pedirá cuentas de su encargo y no podré ir en busca del sacerdote.

Pero su artimaña no funciona. Para su asombro, la Madre de Dios se le apareció en ese camino:

— ¿Qué pasa, el más pequeño de mis hijos? ¿A dónde vas, a dónde te diriges, y por qué tomaste este camino?

Avergonzado, Juan Diego trató de disculparse con fórmulas de cortesía propias de la usanza indígena:

— Mi muy amada Señora, ¡Dios te guarde! ¿Cómo amaneciste? ¿Estás con salud?… No te fastidies con lo que te voy a decir: está enfermo un siervo tuyo, mi tío, y yo voy de prisa a la iglesia de Tlaltelolco, para traer un sacerdote para confesarlo y ungirlo, y después de hecha esta diligencia volveré a este lugar, para obedecer tu orden. Perdóname, te pido Señora mía, y ten un poco de paciencia, que mañana volveré sin falta.

A lo cual le respondió la Virgen, con bondad y cariño:

— Escucha, y ponlo en tu corazón, hijo mío el menor, que no es nada lo que te asusta y aflige. Que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad, ni ninguna otra enfermedad y angustia.

¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás debajo de mi protección y amparo? ¿No soy yo vida y salud? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa? Que ninguna otra cosa te aflija, ni te perturbe. No te apriete con pena la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá por ahora. Ten por cierto que ya sanó.

Señal para el Mensajero de la Virgen

Así que oyó esas bellísimas palabras, Juan Diego, muy consolado, creyó en la Virgen.

Ahora era preciso cumplir con la misión.

¿Cuál era la señal?

Ella le ordena subir al cerro del Tepeyac y cortar las flores que allí encontrara. Encargo imposible, dado que nunca las había, y menos todavía en ese tiempo de intenso frío y sequedad:

— Sube hijo mío el más pequeño, a la cumbre del cerro, a donde me viste y te di órdenes. Allí verás que haya variadas flores: córtalas, reúnelas, ponlas todas, júntalas. Luego baja aquí; tráelas aquí, delante de mí.

Juan Diego no duda. Sube el cerro y en la cumbre encuentra las más bellas y variadas rosas, todas perfumadas y llenas de gotas de rocío como si fuesen perlas. Las cortó y colocó en su tilma (poncho típico de los indios mejicanos). Al llegar abajo, Juan Diego mostró las flores a Nuestra Señora, quien las toca con sus manos celestiales y se las vuelve a poner en la tilma:

— Hijito mío, el más pequeño, esta diversidad de flores son la prueba y señal que llevarás al Obispo. Le dirás de mi parte que vea en ella mi voluntad y él tiene que cumplirla. Tú eres mi embajador en el que absolutamente deposito toda la confianza. Rigurosamente te ordeno que sólo delante del Obispo despliegues tu ayate y descubras lo que llevas.

Le contarás bien todo, le dirás que te mandé que subieras a la cumbre del cerrito a cortar flores, y todo lo que viste y admiraste, para que puedas convencer al gobernante sacerdote, para que luego ponga todo lo que está de su parte para que se haga, se levante mi templo que le he pedido.

Juan Diego se dirigió nuevamente al palacio del Obispo Zumárraga y luego de mucho esperar y forcejear con los criados, lo hace pasar a su presencia.

El Mensajero de la Virgen comenzó a narrar todo lo sucedido con Nuestra Señora y en cierto momento extiende su tilma, descubriendo la señal.

Cayeron las más preciosas y perfumadas flores y, al instante, se estampó milagrosamente en el tejido la portentosa Imagen de la Perfecta Virgen Santa María Madre de Dios, que se venera hasta hoy en el Santuario de Guadalupe.