CARDENAL GOMÁ: LA FAMILIA

LA ARMADURA DE DIOS

CARDENAL DON ISIDRO GOMÁ Y TOMÁS

ARZOBISPO DE TOLEDO — PRIMADO DE ESPAÑA

LA FAMILIA

CAPÍTULO XI

LA RELIGIÓN Y LA FAMILIA

Medios para la intensificación de la vida cristiana en la familia

III LA PARROQUIA Y LA FAMILIA

Nota de Radio Cristiandad: hay que tener en cuenta que lo que escribió el Cardenal Gomá servía para una situación normal en la Iglesia. Hoy la vida parroquial como tal no existe. Nuestros centros de Misa, las catacumbas modernas, las inhóspitas trincheras, pueden paliar hasta cierto punto esta grave ausencia.

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Sean remate de este capítulo unas breves notas sobre tema tan simpático y fecundo como es el que encabeza este artículo.

Nuestra religión nació en una casa de familia. No sólo fue la santa Casa de Nazaret donde se encarnó el Hijo de Dios y vivió la mayor parte de sus días mortales, sino que en la sala de respeto de una distinguida familia de Jerusalén, convertida en Cenáculo capaz y bien amueblado (Mc., 14, 15), se consagró por vez primera el Cuerpo del Señor, brotó de los labios de Jesús el sermón más sublime sobre la vida cristiana y recibieron los apóstoles los poderes sacerdotales y vino la irrupción del divino Espíritu sobre la primera asamblea oficial de la Iglesia, presidida por la Madre de Jesucristo.

Más tarde, los misterios eucarísticos, antes que se construyeran templos cristianos, se celebrarán per domos, de casa en casa, como también la predicación sagrada (Act., 2, 46; 20, 20).

No parece sino que quiso Dios significar con ello el carácter de intimidad santa entre la familia y la Iglesia.

Este carácter íntimo, después de todas las vicisitudes históricas, se conserva en las parroquias.

«Parroquia», etimológicamente, equivale a agrupación de casas o familias. Hay gran afinidad entre la familia y la parroquia. Aquélla es la célula de la sociedad civil, como es ésta la célula de la Iglesia universal. Como el cristiano adquiere su máxima personalidad en la parroquia, así el ciudadano en la familia. La Iglesia universal se divide en provincias, diócesis y parroquias, como la nación en provincias, municipios y familias. La parroquia, se ha dicho, tiene, como la familia, su padre o jefe, que es el párroco; su casa, el templo; sus hijos, los feligreses; sus reuniones, las asambleas para el culto; su dormitorio común, el cementerio.

Sería de gran provecho una instrucción sobre las relaciones entre la parroquia y la familia. No haremos más que someras indicaciones sobre ello, en orden a conservar e intensificar la vida cristiana en el hogar.

Debe la familia considerar al párroco como su maestro oficial en la verdad religiosa. El pulpito de la parroquia es la cátedra desde la cual el pastor de las almas da, en virtud de su oficio, el pasto espiritual a su feligresía. Del Papa le viene su poder de magisterio al Obispo, y éste comunica su potestad magistral al párroco.

A los ojos del padre de familias debiera agrandar esta consideración la figura del párroco. Es el órgano de la verdad religiosa. Ya hemos indicado en otro lugar los derechos de la Iglesia en orden a la educación del hombre.

Será el párroco, por lo mismo, de mucha ciencia o escasa, elocuente o no; pero en su parroquia, es el maestro ordinario de la verdad divina. Las familias deberán oírle, mejor si lo hacen colectivamente, mandar a los hijos al catecismo de la parroquia, seguir las direcciones del párroco, respetarlas y comentarlas en familia, para mutua edificación. Es la manera oficial y segura de conservarse y crecer en esta maravillosa comunión católica de las inteligencias en la verdad de Jesucristo.

Donde haya varios, el templo parroquial debe ser el templo preferido de las familias cristianas. Es en el templo parroquial donde se congrega oficialmente la iglesia de la parroquia, porque la iglesia, ecclesia, es la congregación de los fieles, y éstos no se incorporan a la Iglesia universal sino por la parroquia.

Tendrán, pues, a sumo honor las familias contribuir al esplendor del culto parroquial. En sus pilas bautismales fueron regenerados sus individuos en Cristo; en sus bancos aprendieron las verdades del catecismo; allí recibieron, o debieron recibir, por vez primera, el Cuerpo del Señor; de allí vendrá el Santo Viático para sostenerles en su camino a la eternidad; y allí, cuando salgan para siempre de la casa de su familia según la carne, serán llevados para que les despida el párroco in paradisum, antes de que descansen en el cementerio o «dormitorio».

Corresponderán las familias a tanto bien ayudando al sostén de culto y fábrica parroquiales, con limosnas, cuidando de una imagen o altar, ofreciendo velas, aceite para la lámpara del Sagrario, ornamentos o vasos sagrados.

No de otra suerte levantaron y enriquecieron nuestros abuelos los templos parroquiales, a veces espléndidos, de nuestros pueblos y ciudades. Ello retornará a las familias con crecimientos de fe y de vida cristiana.

Tiene la parroquia sus obras, por las que deriva a la feligresía los bienes espirituales, y a veces los temporales, en que es fecunda la Iglesia de que es parte: cofradías, instituciones de beneficencia, escuelas y patronatos, bibliotecas, cajas dotales, etc. Los miembros de la familia formarán parte de la asociación religiosa o cofradía que les corresponda, según la edad, sexo o condición. Son familias subalternas, dentro la familia parroquial.

Por lo que toca a las obras de beneficencia e instrucción, las instituciones parroquiales pueden ser un elemento compensador de las diferencias sociales y una forma supletoria de las asociaciones profesionales, tan en boga hoy; tal vez con la ventaja de mayor espíritu de caridad fraternal, y sin los naturales recelos de la distinción de clases y jerarquías de trabajo.

Tenemos la convicción de que una sabia organización de la vida parroquial, con la íntima compenetración entre la vida religiosa y la de trabajo, hubiese evitado muchos de los gravísimos conflictos de los últimos tiempos. Y, si no dudamos de la eficacia de tanta organización católica extra-parroquial, creemos lograrían todas ellas su máximo rendimiento con la incardinación sabia a la parroquia.

Así vivieron los antiguos Gremios, tan fecundos en bienes para la vida de piedad y de trabajo.

Por último, la intervención de la familia cristiana en los actos más solemnes de la vida parroquial, sería fuerte lazo de unión entre la familia y la parroquia, y gran excitante de la vida cristiana en el hogar.

Señalamos particularmente, a las parroquias y a las familias, como medio eficacísimo para ello, la Asociación de la Sagrada Familia, aprobada y sancionada por León XIII, por el Breve Apostólico Neminen fugit, de 14 de junio de 1892. «Nadie ignora, dice el gran Papa, que el bien privado y público depende principalmente de la institución doméstica. Porque cuanto más profundas raíces habrá echado la virtud en la casa paterna, y cuanto con mayor diligencia los padres, con la plegaria y el ejemplo, hayan informado en los preceptos de la religión las almas de sus hijos, tanto serán los frutos más copiosos para el bien común. Para lo cual, es de importancia suma para la sociedad doméstica, no sólo que esté santamente constituida, sino regida también por santas leyes, alimentándose en ella, con constancia y solícitos cuidados, el espíritu de religión y la observancia de las normas de la vida cristiana». Señala como medio la Asociación de la Sagrada Familia, y después de férvida invitación a las familias cristianas a inscribirse en ella, ordena el Papa su Estatuto, y la colma, pocos días después el 20 de junio, de preciosas gracias espirituales.

¡Qué frutos copiosísimos se han logrado con la Asociación bendita! Parroquias conocemos en que por ella han vuelto no pocas familias a las prácticas de la vida cristiana, siendo un verdadero fermento que ha esponjado y caldeado la masa, antes fría, de la feligresía. ¿Qué no puede esperarse del poder, atrayente y vivífico, de los santísimos Hijo, Madre y Padre legal de la santísima Familia de Nazaret, Jesús, María y José?

Este pobre libro, lector, nació también al calor de unos cultos solemnísimos tributados a la Sagrada Familia por la Asociación mentada, en populosa ciudad, donde se han logrado por ella frutos ubérrimos, especialmente en las familias de la clase obrera.

¡Qué! ¿No agita al mundo la llamada cuestión social, que se ha convertido hoy en serie pavorosa de gravísimas cuestiones sociales? ¿No son la familia, la propiedad, la autoridad, el trabajo, los nombres representativos de la lucha entre la religión y la revolución —más que de la lucha de clases— llámese a la revolución laicismo, socialismo, comunismo, bolchevismo? ¿Habrá mejor manera, para aplacar el tremendo oleaje, que ingerir en la familia, célula y corazón de las sociedades, la unción suavísima de los nombres de Jesús, María y José, con la fuerza pacificadora y regeneradora que Dios quiso concederles? ¿No apacigua el aceite las olas enfurecidas del mar?