CONSERVANDO LOS RESTOS II
Vigésimo octava entrega

DESARROLLO ULTERIOR DEL MOVIMIENTO LUTERANO HASTA LA CONFESIÓN DE AUGSBURGO (1530)
Con la condenación de Lutero, por una parte, se ratificaba la división religiosa de Alemania, y, por otra, daba el Romano Pontífice su fallo definitivo en el asunto de los innovadores. Esto fue de gran trascendencia, pues unos y otros sabían ya en adelante a qué debían atenerse.
1. El emperador Carlos V. Edicto de Worms (1521). El emperador Carlos V, de convicciones profundamente católicas, apenas publicada la bula pontificia contra Lutero, hizo quemar públicamente sus escritos en Lieja, Colonia y Maguncia, y, en general, no puede dudarse que emprendió inmediatamente una activa campaña contra la nueva herejía. Por desgracia, las guerras en que se vio casi continuamente envuelto lo obligaron a estar ausente de Alemania y apartar su atención del luteranismo, que iba avanzando rápidamente; y, lo que es peor, lo forzaron a hacer frecuentes concesiones a los príncipes protestantes, con lo que la herejía fue avanzando más y más.
La dieta anual del imperio, que se celebraba aquel año 1521 en Worms, fue una excelente ocasión para plantear oficialmente la cuestión de las innovaciones luteranas. Federico el Sabio de Sajonia suplicó que se escuchara a Lutero en la dieta. El legado del Papa era de opinión que no debía ser escuchado en la dieta, pues su causa estaba ya juzgada por el Papa. Así lo hizo ver en un célebre discurso de tres horas de 13 de febrero. Sin embargo, la mayoría decidió que se le admitiera, con el objeto de exigirle una retractación e interrogarle sobre diversos puntos.
Así se realizó en efecto. Mas por de pronto, y antes de la llegada de Lutero, renovó la dieta la antigua queja de los cien Gravámenes de la nación germana, y, como era natural, renováronse con esta ocasión todos los resentimientos tan generalizados en Alemania contra la curia romana.
Después de esto, el 16 de abril del mismo año 1521 se presentó Lutero ante la dieta. Ya al día siguiente, 17 de abril, se le plantearon las dos cuestiones fundamentales: si reconocía como suyos los escritos allí presentes y si estaba dispuesto a retractarse de los errores señalados. No obstante la decisión con que se había presentado, Lutero quedó profundamente impresionado por esta solemne intimación. Por esto pidió se le concediera tiempo para reflexionar.
Concediósele sin dificultad lo que pedía, y al día siguiente, 18 de abril, exigiósele de nuevo una absoluta retractación, a lo cual respondió con un célebre discurso, en el que vino a decir que él no había dicho en sus escritos nada reprobable; el mal consistía en que Roma ejercía en Alemania una verdadera tiranía. Finalmente, a una tercera requisitoria de que hiciera una clara retractación, respondió que no lo haría hasta que se le presentara una refutación con la Sagrada Escritura. El Papa y los concilios podían errar. Él era esclavo de la palabra de Dios. Todavía permaneció Lutero algunos días en Worms, pero fue imposible obtener nada más de él. El 26 de abril abandonó la ciudad de Worms apoyado en el salvoconducto imperial.
Así, pues, por este lado, la dieta fue un fracaso. En cambio, Carlos V entregó al nuncio una declaración escrita por la que se comprometía a defender la religión de sus padres aun al precio de su sangre y vida, y, después de la partida de Lutero, publicó el célebre edicto de Worms, del 25 de mayo de 1521, en el cual se proscribía decididamente en todo el imperio a Lutero y a sus secuaces y se ordenaba fueran quemados sus escritos.
2. Lutero en la Wartburg. Escritos dogmáticos. Sin embargo, esta proscripción de Lutero tuvo escaso resultado, en lo que influyó decididamente el hecho de que Carlos V, a quien durante los años siguientes apartaron de Alemania las guerras con Francia, no pudo urgir su exacto cumplimiento. Además, el elector de Sajonia, Federico el Sabio, puso a Lutero inmediatamente a salvo. Mientras volvía de Worms, antes todavía de publicarse la proscripción imperial, se simuló un asalto inesperado en el camino y fue conducido a la fortaleza llamada Wartburg, que pertenecía a dicho elector. Allí, pues, permaneció Lutero durante diez meses, en que su vida pudo correr mayor peligro por efecto de la proscripción imperial. Mas, por otra parte, este tiempo no fue perdido para su causa. Por el contrario, Lutero lo aprovechó para realizar una obra particularmente fecunda.
En efecto, durante este tiempo redactó, o comenzó a componer, un buen número de obras importantes. Además de otros trabajos, escribió bien pronto su folleto Refutación del razonamiento latomiano, en el que daba respuesta al profesor Latomus, de Lovaina, quien en mayo de 1521 había escrito contra él. Trabajó igualmente en una respuesta a la censura de la Facultad de Teología de París contra sus errores, y en ella designa a la célebre Universidad como «la más vil prostituta que haya alumbrado el sol» y usa otras expresiones más bajas todavía. Asimismo, compuso Sobre los votos monásticos, escrito muy significativo, que sirvió de base a innumerables frailes y monjas para abandonar el claustro.
Pero los trabajos que más lo ocuparon, e indudablemente los más célebres de este retiro forzoso de Wartburg, que Lutero llamaba su Patmos, fueron las traducciones de la Biblia. Ante todo, compuso la traducción del Nuevo Testamento, que terminó en 1522. Asimismo comenzó la del Antiguo Testamento, que continuó después hasta 1534, en que la terminó. Ciertamente estas traducciones adolecen de defectos capitales, sobre todo los cambios y omisiones cuando se trataba de algo referente a sus ideas, e incluso al rechazar por entero la epístola canónica de Santiago; pero no hay duda que fue, desde el punto de vista de Lutero, un extraordinario acierto para su causa. Literariamente, era un excelente trabajo. Menos valor tenía como traducción del original, pues Lutero no conocía el hebreo y sólo medianamente el griego.
A este número de obras fundamentales compuestas o iniciadas durante la estancia de Lutero en la Wartburg, debemos añadir la que publicó Melanchton en diciembre del mismo año 1521, titulada Lugares comunes de las cuestiones teológicas. Era un compendio de teología, en el que, naturalmente, se exponían los conceptos de justificación por sola la fe, la falta de libertad del hombre, la inutilidad de las buenas obras y la doctrina luterana sobre los sacramentos, la misa y las indulgencias. En cambio, no se decía nada sobre la Trinidad y la Encarnación, que se suponían de poca importancia para nuestra vida moral. En adelante, esta obra, al lado de los escritos doctrinales de Lutero, constituyó la base de la dogmática de los luteranos.
Mas no fue todo paz y tranquilidad para Lutero en la Wartburg. Una documentación abundante, particularmente algunos testimonios del mismo Lutero, confirman el hecho de que durante los meses transcurridos en aquella soledad fue objeto de persistentes ansiedades y luchas interiores. Ya el 13 de julio de 1521 escribía a Melanchton que «ardía en su carne y en la lujuria», y añadía luego: «No sé si Dios se ha apartado de mí». Más aún: insiste en la idea de que el demonio lo perseguía y que tuvo que mantener duras batallas con él. Así, refiere que el mismo demonio se le presentó una tarde en forma de perro, pero que felizmente lo pudo él apresar y arrojar por la ventana. Prescindiendo de la veracidad de estos y otros hechos, ciertamente podemos admitir que, con ocasión de las largas horas que tuvo que pasar Lutero en aquella soledad, se renovaron sus preocupaciones y angustias interiores y tuvo que sostener duras batallas contra ellas.
3. Revueltas de Wittemberg. Otro asunto turbó la tranquilidad de Lutero en la Wartburg. En efecto, muy a los principios de la estancia de Lutero en la Wartburg llegaron de Erfurt noticias de que algunos estudiantes de Wittemberg, apoyados por grupos del pueblo, se habían dedicado a saquear las casas de los canónigos y a cometer otros atropellos. La agitación continuó intensificándose cada vez más, con la tolerancia del príncipe elector, hasta el extremo de destruir las imágenes de la iglesia, eliminar la misa y excitar a los religiosos y religiosas a abandonar sus conventos y romper el celibato.
Ante noticias tan alarmantes, según parece, salió Lutero de incógnito de la Wartburg vestido de caballero, estuvo ocho días en Wittemberg, se informó de todo lo ocurrido y procuró aplacar los ánimos. Luego volvió de nuevo a su retiro, desde donde escribió su Exhortación leal a guardarse de la sedición. Sin embargo, esto no obtuvo el resultado apetecido. El ex agustino Zwilling y Karlstadt continuaron sus agitaciones. Se sustituyó la misa por la cena eucaristica, repartiendo la comunión bajo dos especies; prohibiéronse los trajes eclesiásticos y se continuó destruyendo imágenes de santos, a las que Karlstadt llamaba Ídolos.
Ni era sólo en Wittemberg. En Zwickau y en otras poblaciones llegó más adelante el desorden con la intervención de la nueva secta de los anabaptistas, dirigidos por Tomás Münzer y Nicolás Storch.
Estos fanáticos, partiendo de la base que debía transformarse por completo el orden social, asentaban el principio de que el bautismo de los niños era inválido por faltarles la fe, y así rebautizaban a todo el mundo. Por esto fueron designados como anabaptistas. Mas lo peor del caso era que, llevados de su fanatismo, emprendieron una violenta campaña con el objeto de establecer el nuevo orden de cosas, eliminando la jerarquía para vivir sin ley y sin culto; pero, arrojados de sus territorios, algunos de sus cabecillas escaparon a Wittemberg a fines de 1521, y allí se juntaron con Karlstadt y renovaron todos juntos los mayores desórdenes. Quedaron abolidos los estudios; se obligó a los estudiantes a aprender oficios manuales, y a los obreros a predicar el Evangelio; se eliminó el culto público, la misa, la confesión y los ayunos prescritos por la Iglesia.
4. Lutero sale de la Wartburg. En estas circunstancias, requerido con insistencia por Melanchton, salió Lutero de la Wartburg en marzo de 1522. Aunque pesaba sobre él la proscripción imperial, seguro de la protección del príncipe elector de Sajonia, se dirigió a Wittemberg, y con su ascendiente personal y el ardor de su palabra restableció rápidamente el orden. Sin embargo, tuvo que ceder a gran parte de las exigencias de los agitadores.
Así, pues, con la plena aprobación de Lutero y en inteligencia con él, se eliminó definitivamente la misa privada, la obligación de la confesión, los ayunos y aun el celibato de los clérigos. Más aún: se alabó y alentó a los monjes, religiosos, sacerdotes y religiosas para que, saliendo de los conventos, contrajesen matrimonio. Así lo hizo Karlstadt con la expresa aprobación de Lutero, y el mismo Lutero en 1524 dejó el hábito religioso, que había vestido hasta entonces, y en junio de 1525 se unió con Catalina Bora, religiosa cisterciense salida de su monasterio en inteligencia con él.
De hecho fueron numerosos los sacerdotes, religiosos y religiosas que abrazaron la falsa reforma. Así, por no citar más que algunos casos de estos primeros años, fueron unos doce los agustinos eremitas que dejaron el hábito, entre los cuales el ya nombrado Zwilling y Juan Lang, confidente de Lutero. Según parece, fueron varios los abades benedictinos que apostataron. El moderno historiador de la Orden benedictina Ph. Schmitz, teniendo presentes las defecciones posteriores, cuenta hasta siete.
La propaganda por escrito y la caricatura ayudó de un modo extraordinario a la rápida extensión de las nuevas doctrinas y, sobre todo, contribuyó eficazmente a excitar los ánimos contra el Papado, los eclesiásticos y todo lo católico. En este punto se llegó a un extremo que, aun teniendo presentes las costumbres del tiempo en esta clase de escritos, no hace ningún honor a los innovadores. Los grandes pintores Lucas Granach, Holbein y Granach el Joven contribuyeron por su parte igualmente a ilustrar el Passional de Cristo y del anticristo y la Biblia alemana.
Pero no fueron todo triunfos para Lutero y los suyos. En primer lugar, el mismo Melanchton quedó muy disgustado de Lutero, según se expresa en una carta dirigida a su amigo Carnerario, donde se lamenta de que, en momentos tan críticos (por la guerra de los campesinos), Lutero se haya entregado a una vida fácil y que, al menos aparentemente, deshonre su vocación. Fue muy significativa también la actitud de Desiderio Erasmo, quien había saludado con entusiasmo y alentado los principios luteranos. Sin embargo, al ver ahora el desarrollo que tomaba la anunciada reforma y lo que él llamaba los «enigmas absurdos» de sus enseñanzas, salió a la palestra en 1524 contra Lutero con su obra Diatriba sobre el libre albedrio, en la cual se declaraba decidido defensor de la libertad humana contra los innovadores. No se arredró por esto Lutero. Es cierto que, ante el temor de que Erasmo escribiera contra él, Lutero le había dirigido una carta, donde le suplicaba:
«No escribas contra mí; no te sumes al número de mis adversarios…, porque entonces me veré obligado a replicar con otro (libro) análogo».
Pero, al ver la obra de su antiguo amigo, le dio en 1525 una grosera respuesta con su tratado De servo arbitrio, que hirió en lo vivo a Erasmo. Así, pues, respondió éste a su vez en 1526 con su Hypersaspistes, que calificaba de irracional y excéntrico a Lutero. De un modo semejante se alejaron de él otros varios humanistas que antes lo hablan aplaudido.
5. El papa Adriano VI (1522-1523). DIETA DE NÜREMBERG (1522-23). Carlos V, ocupado en la guerra contra Francia, no había podido impedir el avance del luteranismo, y su hermano Fernando I se sentía impotente frente a los príncipes que lo favorecían. Estos se sentían particularmente atraídos por las ventajas que Lutero les brindaba de apoderarse de los bienes eclesiásticos y constituirse en dueños absolutos en lo civil y en lo religioso.
En estas circunstancias y en este ambiente se desarrolló el pontificado de Adriano VI y tuvo lugar la primera dieta de Nüremberg (1522-23), dedicada en gran parte a la cuestión del luteranismo. Adriano VI, antiguo preceptor de Carlos V y antiguo regente de España, era hombre sumamente recto y sincero, y se propuso desde el principio de su pontificado hacer todo lo posible por la reforma eclesiástica, por lo cual, al reunirse la dieta de Nüremberg, envió como legado suyo al nuncio Francisco Chieregati, quien, por encargo expreso del Papa, reconoció paladinamente la necesidad de la reforma de la curia romana, de los prelados y del clero y la culpa que les cabía a ellos en los acontecimientos de Alemania. Así, pues, por una parte, proclamaba la voluntad decidida del Romano Pontífice de realizar esta reforma cuanto antes, y, por otra, suplicaba a los príncipes alemanes la ejecución del edicto de Worms y la lucha seria contra la herejía.
Esta confesión pública del Romano Pontífice por boca de su legado hizo una enorme impresión en todos los asistentes a la dieta y ha hecho célebre este discurso del nuncio Chieregati. Sin embargo, se habían ya creado muchos intereses entre algunos príncipes alemanes, y así éstos volvieron a repetir las famosas quejas de la nación alemana, recomendaron insistentemente los medios de suavidad y dejaron la solución de las cuestiones religiosas a un concilio, que debía reunirse en el término de un año en territorio alemán.
6. Clemente VII (1523-34). Segunda dieta de Nüremberg (1524). El resultado de la primera dieta de Nüremberg fue en verdad exiguo y la muerte prematura del noble Papa Adriano VI frustró las fundadas esperanzas en una acción fecunda de reforma. Entre tanto, Lutero continuaba su intensa propaganda, y a estos años pertenecen algunos de sus libelos más apasionados, como los del Fraile-vaca y el Papa-asno. El nuevo Papa Clemente VII, perteneciente a la familia de los Médicis, era de costumbres intachables; mas, por una parte, era enemigo de un concilio ecuménico, y, por otra, se puso desde el principio frente al emperador Carlos V. Con esto fácilmente se comprende que el arreglo de las cuestiones de Alemania experimentara un sensible entorpecimiento.
En la primavera de 1524 reunióse de nuevo en Nüremberg la dieta alemana. Ante la agitación creciente de los innovadores, el gobierno central del emperador se mostraba más decidido a tomar medidas enérgicas para defender el catolicismo. El Papa envió como legado suyo al cardenal Campegio, el cual desde un principio exigió, en nombre del papa, la ejecución del edicto de Worms. La respuesta de los príncipes fue insuficiente. Admitieron oficialmente dicho edicto, pero sólo se comprometieron a su cumplimiento «en cuanto fuese posible».
El legado pontificio, cardenal Campegio, dedicóse entonces con el mayor empeño a unir a los príncipes fieles al Romano Pontífice. Así, pues, durante el verano de 1524 obtuvo se formara en Ratisbona una alianza entre el archiduque Fernando de Austria, los duques Guillermo y Luis de Baviera y doce obispos del sur de Alemania (Alianza de Ratisbona). El año siguiente (1525) se constituyó otra coalición semejante católica (Liga de Dessau), bajo la dirección del duque Jorge de Sajonia, en la que tomaban parte varios príncipes del centro de Alemania.
A estos actos de energía de los príncipes católicos respondieron los luteranos con la Alianza de Gotha-Torgau en mayo de 1526, en la que se comprometían a la mutua defensa.
7. Guerra de los campesinos. Las predicaciones luteranas sobre la libertad cristiana y contra la opresión de la autoridad eclesiástica y aun contra el emperador, contribuyeron, indudablemente, a revolver las pasiones, ya desde antiguo contenidas, y a desatar la revuelta general conocida en la historia como guerra de los campesinos.
Tomás Münzer, uno de los fanáticos anabaptistas, que unía las doctrinas luteranas del sacerdocio universal y la seguridad de la salvación con cierto comunismo y algunas utopías sociales, se unió con Karlstadt en Wittemberg, y ambos sembraron la agitación en Turingia y otros territorios. En Franconia, el movimiento partió de los territorios eclesiásticos y se extendió rápidamente a otros, donde intervino como agitador particularmente Karlstadt. Bien pronto todo el centro y sur de Alemania, desde la Alsacia y Lorena hasta el Tirol y Carintia, se hallaban en franca revuelta, movida por bandas de paisanos, a los que se juntaban grupos de proletarios urbanos y aun de monjes relajados y nobles arruinados. Los horrores que cometieron por todas partes fueron incalculables: arrasaron castillos y casas señoriales, destruyeron monasterios e iglesias, sembraron por doquier la destrucción.
En febrero de 1525, los campesinos de Suabia propusieron sus reivindicaciones en los célebres doce puntos. Entre otras cosas, exigían la abolición de la servidumbre, el libre disfrute de la caza, la supresión de los diezmos, libertad en la elección de sus pastores, todo conforme al Evangelio. Pero al fin se pudo contener tanta barbarie gracias a la unión de algunos príncipes. Distinguióse en Suabia el conde Jorge Truchsess de Waldburg (designado como Bauernjdrg), el cual en mayo y junio de 1525 batió a los revolucionarios, pero fue excesivamente duro en la represión. Asimismo fue extremadamente riguroso el duque Antonio de Lorena. También Felipe de Hessen y algún otro de los príncipes luteranos se unieron a la alianza para dominar a los insurrectos. El 15 de mayo tuvo lugar la batalla definitiva en Frankenhausen, donde Münzer cayó prisionero y luego fue decapitado.
Es muy significativa la conducta de Lutero frente al levantamiento de los campesinos. Como Karlstadt y otros innovadores animaron a los revoltosos, así también Lutero se puso al principio de su parte y contribuyó con sus palabras a mantenerlos en su actitud. Los de Suabia le enviaron sus doce artículos para recibir su aprobación, y entonces les dirigió él su célebre Exhortación a la paz.
«No son —dice a los señores— los campesinos los que se levantan contra vosotros, sino la cólera de Dios».
En cambio, se dirige luego a los campesinos, sus «queridos amigos», y reconoce la opresión de que son objeto; les habla de las «vejaciones y exacciones» de que son objeto, y, refiriéndose a los príncipes, dice que sobre su «cabeza está pendiente la espada vengadora».
Pero dominada la resistencia de los campesinos, los príncipes quedaron triunfantes en todas partes. Entonces, pues, escribió Lutero el folleto Contra las bandas asesinas y bandoleras de los campesinos, donde con frases virulentas inflama a los príncipes contra aquellos «demonios» y los excita a aniquilarlos y estrangularlos como perros rabiosos.
Por otra parte, no fue accidental y pasajero este cambio de Lutero. En toda su mentalidad y, sobre todo, en su conducta se fue realizando un cambio fundamental. Perdida su confianza en la masa y en el pueblo, la puso con toda decisión en los príncipes. Ellos eran los que debían imponer la innovación. Lo importante, pues, era ganarse a los príncipes por todos los medios posibles.
8. Ulterior desarrollo del protestantismo. La consecuencia de todo esto fue más bien desfavorable a la causa católica, como se manifestó claramente en la dieta de Espira de 1526. Mientras en mayo de 1526 se constituía la Santa Liga de Cognac, entre el Papa, Francia y Venecia contra el emperador Carlos V, se envalentonaron los príncipes protestantes. Así, pues, en la dieta se atribuyeron el derecho de reformar, y comenzaron a organizar definitivamente las iglesias territoriales. fue uno de los pasos más transcendentales y eficaces en el desarrollo de la falsa reforma.
Los acontecimientos políticos, por otra parte, se fueron desarrollando de una manera sumamente peligrosa para la causa católica. Las tropas de Carlos V, mandadas por el condestable de Borbón y Jorge Frudsberg, en las que tomaban parte muchos soldados luteranos, penetraron en 1527 en los Estados pontificios, y en mayo escalaron la Ciudad Eterna, que sometieron al más terrible saqueo. Es el tristemente célebre Sacco di Roma.
La culpa inmediata de las horribles profanaciones y crueldades que se cometieron recae sobre los jefes que mandaban las tropas y sobre la soldadesca luterana. El Papa, quien no está exento de culpa por haberse aliado con los enemigos del emperador, quedó sitiado en el castillo de Sant’Angelo; pero al fin se rindió. Carlos V sintió sinceramente las profanaciones y crímenes cometidos, pero quiso sacar partido de la situación. Finalmente, el tratado de Barcelona, de junio de 1529, y la paz de las Damas, del mes de julio, significan la reconciliación de los jefes de la cristiandad. En febrero de 1530, Carlos V recibía en Bolonia de manos del Papa la corona imperial.
Por otro lado, también el archiduque Fernando, hermano de Carlos V y representante suyo en el gobierno de Alemania, había pasado durante estos años momentos sumamente difíciles, con lo que los príncipes protestantes habían quedado con las manos libres para la obra de organización de sus iglesias territoriales. En efecto, los turcos habían seguido apretando más y más a Hungría, y Fernando se veía obligado a auxiliar a su rey Luis II. El sultán Solimán II obtuvo en agosto de 1526 la gran victoria de Moács, que ocasionó la muerte a Luis II. Fernando, su heredero, se vio desde entonces obligado a emplear todas sus fuerzas en contener el avance turco.
De esta manera se facilitó, entre 1526 y 1529, la formación de diversas iglesias territoriales, en que el jefe religioso y político era el príncipe secular, que había asumido el derecho de reformar. El primer territorio que tomó la forma del nuevo Estado protestante fue la Prusia de la Orden Teutónica. El maestro de esta Orden, Alberto de Brandemburgo, habiendo abrazado el luteranismo en 1525; se casó al año siguiente e introdujo en el territorio secularizado el culto luterano. Por su parte, Felipe de Hessen celebró en 1526 un sínodo, y, bajo la dirección del ex franciscano Francisco Lambert, introdujo la Reformatio Hessiae, que sirvió luego de modelo a otros territorios. De un modo semejante introdujeron oficialmente el culto protestante Juan de Sajonia y los territorios de Prusia, Mecklemburgo y otros. Melanchton compuso el Manual de visitas, destinado a la introducción del culto luterano, y Lutero mismo los Catecismos, uno más pequeño, en 1526, y otro mayor, en 1529, para los párrocos.
Así, pues, hacia el año 1527 y 1528, los príncipes luteranos se sentían extraordinariamente fuertes. Buen indicio de ello es el llamado asunto de Pack, que estuvo a punto de provocar una guerra. En efecto, Felipe de Hessen, el más animoso de los príncipes luteranos, pretendía estar enterado por medio del secretario del jefe de los católicos, Jorge de Sajonia, llamado Otón de Pack, de que los católicos preparaban una campaña contra los protestantes. Así, pues, quiso adelantarse, y acometió a mano armada los territorios católicos de los obispados de Wurzburgo y Bamberga. Sin embargo, se probó con toda evidencia que el documento de Pack era falsificado.
9. Dieta de Espira de 1529. Esta violencia tuvo el buen efecto de sacudir la inercia de los príncipes católicos. Por otra parte, con los últimos acontecimientos políticos de los años 1528-29 quedaba aumentado extraordinariamente el prestigio del emperador. Así, pues, en la dieta de Espira, celebrada en marzo y abril de 1529, los príncipes católicos y sus consejeros teólogos se mostraron más resueltos. Así aparece claramente en las decisiones que tomó la mayoría de la dieta.
En primer lugar se anuló la de la dieta de 1526. Además, se mantuvo íntegramente el edicto de Worms y se prohibía todo avance de las innovaciones hasta un concilio. Ante estos hechos, los príncipes luteranos Juan de Sajonia, Felipe de Hessen, Jorge de Brandemburgo y otros, junto con catorce ciudades libres, protestaron contra estas decisiones el 19 de abril de 1529. Este fue el motivo de que en adelante se designara a todos los innovadores con el nombre de protestantes.
10. Dieta y confesión de Augsburgo: 1530. En esta disposición tuvo lugar la dieta de Augsburgo, en la que se presentó y discutió la célebre confesión de Augsburgo. Carlos V anunció esta dieta a principios de 1530 en Bolonia, donde fue coronado por Clemente VII. Presentóse, pues, en Augsburgo acompañado del legado pontificio, Lorenzo Campegio. Hallábanse presentes la mayor parte de los príncipes, protestantes y católicos.
Los protestantes habían preparado para este objeto una confesión, para lo cual se había compuesto una fórmula, designada como los artículos de Torgau. Sobre esta base redactó Melanchton la confesión definitiva, la confessio augustana o Confesión de Augsburgo. Su importancia proviene de que en adelante fue la que exhibieron ordinariamente los protestantes y la admitida oficialmente hasta la paz de Augsburgo de 1555. De sus veintiocho artículos, los veintiuno primeros dan una síntesis relativamente moderada de las doctrinas luteranas, y los siete restantes enumeran algunos abusos católicos.
Esta confesión estaba firmada por Juan de Sajonia, Felipe de Hessen y la mayor parte de los príncipes luteranos. Melanchton, su principal autor, estaba dispuesto a suavizar o cambiar algunos puntos; pero Lutero manifestó desde Coburgo que no debía modificarse nada. Por otro lado, no fue la única confesión presentada a la dieta. Zwinglio presentó la llamada confesión zwingliana, que apenas fue tenida en consideración; y las cuatro villas de la alta Alemania, Estrasburgo, Constanza, Lindau y Memmingen, presentaron la confesión tetrapolitana, compuesta por Bucer y Capito.
Por orden de Carlos V, la Confesión de Augsburgo fue examinada por los teólogos católicos Eck, Wimpina, Cochlaeus, Fabri y otros, los cuales, después de muchas discusiones, redactaron la Confutatio confessionis augustanae, o Refutación de la confesión de Augsburgo. A esto siguieron acaloradas discusiones. Nombráronse por ambas partes comisiones de siete miembros, que luego se redujeron a tres. Melanchton, que era el principal teólogo protestante, deseaba sinceramente la unión y hacía algunas concesiones. Pero ni Lutero ni los príncipes protestantes las aprobaron. Fue, pues, imposible llegar a una inteligencia, y así, presentaron al fin los protestantes su Apología de la confesión augustana, que excluía toda esperanza de avenencia. El emperador declaró que no admitía esta réplica, y el 18 de noviembre publicó la Despedida de la dieta de Augsburgo, en la que ordenaba a todos volver a la Iglesia antigua, renovaba el Edicto de Worms y disponía la devolución de los bienes eclesiásticos.
LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN
HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA
Primer entrega: LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?
Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones
Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)
Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo
Quinta entrega: El semipelagianismo
Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques. San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)
Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia. Los monoteletas
Octava entrega: Segunda fase del monotelismo: 638-668
Novena entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente
Décima entrega: El error adopcionista
Undécima entrega: Gotescalco y las controversias de la predestinación
Duodécima entrega: Las controversias eucarísticas del siglo IX al XI
Decimotercera entrega: El cisma de oriente
Decimocuarta entrega: El cisma de oriente (continuación)
Decimoquinta entrega: La lucha de la Iglesia contra el error y la herejía
Decimosexta entrega: Herejía de los Cátaros o Albigenses
Decimoséptima entrega: Otros herejes
Entrega especial (1era parte): La inquisición medieval
Entrega especial (2da parte): La inquisición medieval
Vigésima entrega: La edad nueva. El Wyclefismo
Vigésimo primera entrega: El movimiento husita
Vigésimo segunda entrega: El movimiento husita (cont.)
Vigésimo tercera entrega: El pontificado romano en lucha con el conciliarismo
Vigésimo cuarta entrega: Eugenio IV y el concilio de Basilea
Vigésimo quinta entrega: La edad nueva. El concilio de Ferrara-Florencia
Vigésimo sexta entrega: Desde el levantamiento de Lutero a la paz de Westfalia (1517-1648). Rebelión protestante y reforma católica
Vigésimo séptima entrega: Primer desarrollo del luteranismo. Procso y condenación de Lutero
