LA ARMADURA DE DIOS
CARDENAL DON ISIDRO GOMÁ Y TOMÁS
ARZOBISPO DE TOLEDO — PRIMADO DE ESPAÑA
LA FAMILIA
CAPÍTULO XI
LA RELIGIÓN Y LA FAMILIA
Medios para la intensificación de la vida cristiana en la familia
II LA VIDA CRISTIANA EN LA FAMILIA
Es tan necesario poner el cielo — es decir, las cosas de Dios — en la vida humana, ha dicho un filósofo, como le es necesaria la luz a una pintura.
Esto, que es verdad en el individuo y en la sociedad, lo es más, si cabe, en la familia. Porque la familia tiene algo de la santidad de un templo; hay en ella como una presencia especial de Dios, que ha querido depositar en el hogar muchas cosas del cielo, y el germen de las más grandes que, de las de la tierra, se rozan con las del cielo: la fecundidad, el amor, la fidelidad, la abnegación, la inocencia, la autoridad.
De todo ello es garantía y manantial inagotable la vida religiosa de la familia. En ella si la religión decrece, todo se rebaja, como en el individuo y en la sociedad; si los valores de religión se intensifican y aquilatan, todo se refuerza y sublima.
Y hoy, como en los individuos y en el pueblo, ha decrecido la fuerza de la vida religiosa en la familia. De aquí la catástrofe de los valores del hogar: infidelidades, divorcios, luchas intestinas, ruina de la natalidad, del respeto, de la autoridad, de la obediencia, entronización de todos los egoísmos, del padre, de la madre, de los hijos.
Es grave, extensa y profunda la llaga de la irreligión en la familia de hoy. Son muchísimos los hogares en que no tiene Dios un lugar; no son pocos aquellos en que son perseguidas o ultrajadas las cosas de nuestra religión; pocos quedan en que, socialmente —según la naturaleza de la sociedad doméstica— se dé a Dios y a su Cristo lo que se les debe; más contados son aún aquellos en que se realice el ideal de la vida doméstica según el Apóstol: La palabra de Cristo more en vosotros abundantemente en toda sabiduría enseñándoos y amonestándoos los unos a los otros, con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando de corazón a Dios con gracia. Cualquier cosa que hagáis, sea de palabra o de obra, hacedlo todo en nombre de nuestro Señor Jesucristo, dando gracias por Él a Dios y Padre (Col., 3, 16-17).
¿Cómo hacer revivir la religión en la familia?
Logrando, ante todo, en los que la forman, la convicción de su deber doméstico-religioso.
La familia debe vivir cristianamente como tal. No basta que cada uno de sus miembros, en la forma que les plazca, cumpla sus deberes religiosos, dentro o fuera de casa. Esta es, como entidad moral-social, la que le debe un culto especial a Dios. Dios la hizo; Dios la guarda; Dios es su fuerza: luego la familia se debe a Dios y debe estar socialmente unida a Dios.
Lo que reclama el origen y constitución de la familia, lo exigen sus funciones y las relaciones mutuas de sus individuos. La vida colectiva importa la obligación colectiva de adorar, pedir y dar gracias a Dios.
Como jefe de su familia, ofreció Noé al Señor su sacrificio al salir del arca con sus hijos y mujer y las mujeres de sus hijos; y Dios, aceptado el holocausto en olor de suavidad, les bendice a todos.
Tobías y Sara oraron, antes de juntarse en matrimonio.
En Israel, la familia tenía el deber de la plegaria colectiva.
El Ritual Romano manda a los esposos, el día de su matrimonio, que santifiquen determinados días con mutuo acuerdo.
Es la ley y la práctica de la religión, que obliga al hombre en todas las formas de su naturaleza, y una de ellas es la familia.
Si aun las sociedades que, no siendo naturales, son conformes a la naturaleza —una entidad industrial o mercantil, un gremio, una asociación de carácter científico, un centro docente— créense obligadas a dar culto a Dios bajo su razón específica, ¿qué no deberá hacer la familia?
Su primer deber, lograda esta convicción, es vivir en cristiano, ajustando toda la vida de familia a las leyes de nuestra religión. Los deberes fundamentales los hemos señalado en los capítulos anteriores; los que imponen la ley natural y los especiales de nuestra religión.
No hemos de recordarlos: son numerosos y graves Cada una de las funciones domésticas, aun las de orden natural, deben ser funciones de vida cristiana. Como el individuo no puede desdoblarse en hombre honrado y cristiano, porque todo es solidario en la vida humana, y la sobrenaturaleza no hace más que elevar y transformar la naturaleza, así en la familia. Todo debe ser en ella cristiano, porque todo debe ser hecho en nombre de nuestro Señor Jesucristo, repetiremos con el Apóstol.
El vivir de la familia debe ser con Cristo en Dios, como el vivir del cristiano.
Porque, ¿no es el matrimonio, raíz de la familia, un sacramento, símbolo de la unión, viva y vivífica, de Cristo y la Iglesia? ¿No es el marido cabeza de la mujer, como lo es Cristo de la Iglesia? ¿No debe el esposo amar a su esposa, como Cristo a su Iglesia? ¿No deben estar la esposa, los hijos y la servidumbre sujetos al jefe de la familia «en el Señor», in Domino, es decir según el espíritu de Jesucristo? ¿No tiene por objeto la familia dilatar la Iglesia, que es el Cuerpo Místico de Jesucristo, y formar hijos para el cielo, que es el reino definitivo de Jesucristo?
Si todo ello es verdad, pura verdad, porque es doctrina apostólica ¿cómo podría la familia, en nuestra sociedad cristiana, dejar de vivir la vida cristiana, que es vida según Cristo?
Y como lo que se opone a la vida es la muerte, lo contrario de la vida cristiana será vida de muerte para Cristo, que es la vida de pecado en lo que tiene la familia de específico.
Dios tiene castigos terribles para los pecados de familia. Porque Caín mató a Abel, fue condenado a andar errante sobre la faz de la tierra. Porque Cam se burló de su padre Noé, Dios hizo a sus hijos esclavos de los de sus hermanos. Porque Onán defraudaba la vida en su misma fuente, quitóle Dios la vida, por hacer cosa detestable. El adulterio de David se traduce en castigo terrible para su pueblo.
Es de conciencia universal la verdad de que las familias sufren de los pecados de familia. Léanse estas sentencias terribles de la escritura: La casa de los impíos será arrasada. — Vendrá la maldición encima de la casa del ladrón, y del que jura en falso en mi nombre. — Este fue el pecado de la casa de Jeroboam, y por esto fue destruida y arrancada de la superficie de la tierra.
Y especificando los deberes de vida cristiana de la familia, decimos que el primero de ellos, deber cotidiano, que debiera convertirse en práctica dulcísima, es el de la oración colectiva.
Oren las madres con sus hijitos por la mañana; mejor, si la vida de familia lo consiente, que sea esta oración de toda la casa. Sentados a la mesa en esta hora de las efusiones íntimas y de las santas expansiones, implore el jefe de familia la bendición de Dios sobre los manjares, ricos o pobres, regados quizás con el sudor de la frente de todos, que la munificencia de Dios concede a todos en el tiempo oportuno. Den gracias al Señor por su largueza, y acuérdense de los difuntos de la casa; quizás a su trabajo se debe el que no falten los frutos, o que sean más abundantes. No se requieren para esta función fórmulas complicadas; un Padrenuestro basta a quien más no sepa.
Y por la noche, récese en familia el Santo Rosario. Es rezo clásico de la familia. Oración suave, sencilla, cadenciosa, impregnada toda ella del sentido de familia, porque en la mayor parte de sus oraciones y misterios se evoca el recuerdo o de la Santa Familia de Nazaret, o de la gran familia espiritual cristiana, o de la propia familia, en las preces peculiares que suelen añadirle las familias cristianas. Oración española, de nacimiento, de espíritu y de arraigo, que suele ser la medida de la vida religiosa de familias y pueblos. Oración que atrae sobre la casa, con segurísima eficacia, la copiosa bendición de Dios.
Las familias cristianas cumplirán escrupulosamente las leyes de la santa Iglesia: descanso dominical, santa misa, ayunos, recepción de sacramentos. No sólo cumplirán, sino que darán a todo ello aire de familia, en cuanto puedan. Se logrará dando estado de conversación familiar, de cumplimiento colectiva, de tradición doméstica, en la manera de llenar estos deberes.
Ofrecerán ocasión de intensificar la vida cristiana en la familia las grandes solemnidades de la Iglesia, y particularmente las de carácter propiamente familiar.
Estos días solemnes del año litúrgico, Navidad y Reyes, Semana Santa, las Pascuas, Corpus Christi y otros análogos del Señor y de la Virgen, son como sagrados mojones, dentro el ciclo anuo de fiestas en que se dilata el alma ante las maravillosas perspectivas de la verdad y de la vida cristiana.
Cada una de estas fiestas tiene su nota específica; todas ellas convergen en el sistema maravilloso de nuestra fe y de sus exigencias en la vida práctica del cristiano. La rancia fe de nuestros antepasados acumuló alrededor de ellas, en la vida doméstica y popular, santas e ingenuas prácticas, de fuerte presentación, algunas de ellas, del sentido espiritual de aquellas fiestas.
La familia cristiana las solemnizará según el espíritu de la Iglesia. La confesión y comunión, hechas por todos, las darán fuerte relieve, al par que harán de la casa un trasunto del cielo y vendrá Dios a ella con sus dones. La asistencia a las solemnidades de la parroquia dará esplendor social a los grandes días. Cuiden los padres de conservar, con espíritu de fe y de piedad, las prácticas tradicionales del hogar en este punto: la cristianísima felicitación de los pequeños, los clásicos belenes, los santos recuerdos de las fechas memorables, la palma y la vela benditas, etc.
Santifiquen los días señalados de la familia: el santo titular de padres e hijos, el aniversario del matrimonio de los padres, el retorno de las fechas tristes, de la muerte del padre, del hijo, del abuelo…
Tiene la vida humana sus goces y sus penas; para el pagano o impío se traducen en efímero goce de los sentidos, o en el amargor de las desgracias sin remedio. La familia cristiana todo lo santificará, alegrías y quebrantos: las alegrías se adentrarán en el espíritu y lograrán algo de eternidad; los dolores se endulzarán por la fe y la esperanza; la santa solidaridad de la familia en unos y otros será crecimiento de vida, cristiana y ligadura de mutuo amor.
Un bautizo, la confirmación de los pequeños, la primera comunión, la boda del hijo o de la hija, debieran ser motivo de renovación espiritual de toda la familia.
Para los días de bautizo en la familia, proponemos a los padres la lectura en común, en lengua vulgar, de las preces del bautismo y una somera explicación de las mismas. Sería, al par que un acto de piedad, función de viva y profunda pedagogía y lección de vida cristiana para todos. Se llega hasta la vanidad fastuosa en todas las fiestas religiosas de familia; y queda ayuna el alma, sin entrar en la región clara de la fe, sin nutrirse del manjar sabroso de la piedad.
La primera comunión marca una hora memorable en la vida de los padres del comulgante. Es la tierna vida que se abre para recibir de lleno la luz del sol de la Eucaristía; alma blanca que se convierte en ciborio del Pan vivo. Dilátase el pecho de los padres a la esperanza, porque se orienta la tierna vida hacia la fuente de vida. Es feliz el hijo, porque ha llegado su gran día.
La familia entera siente la conmoción de las grandes cosas. Hagan grande, cuanto puedan los padres el gran día de sus hijos, que es grande para todos. La preparación del hijo debiera ser cuidadosa y prolija, y revestir el carácter de un ejercicio espiritual para toda la familia; el día de la comunión, la gran Pascua para todos, en que todos recibieran a Cristo, nuestra Pascua; y el recuerdo de la fiesta, más que recuerdo, debiera ser estela, luminosa y profunda, que reanimase el sentido cristiano de la familia.
Del matrimonio, se ahuyenta cada día más el sentido cristiano. La gravedad del paso hace que la tímida doncella lo encomiende aún a Dios. Y poca cosa más, fuera de los actos religiosos del día de la boda. No obstante, sea el que fuere el éxito del enlace, el suceso es gravísimo para la familia. Desmémbrase ésta, para formar una nueva. Es agridulce el sabor de la fiesta para los padres. Sólo sus esfuerzos en la preparación profundamente cristiana de sus vástagos para el acto podrá tranquilizar su corazón y dar eficacia de vida cristiana al hecho trascendental.
Cuanto a la celebración de la boda, márquenlo todo en ella con el sello de Jesucristo y eliminen, implacables, toda profanidad que desdiga del gran sacramento. Falta espacio aquí para delatar los abusos de las costumbres modernas.
Se ha dicho que los muertos mandan a los vivos; tienen, sin duda, los muertos su voz, que los vivos deben oír. Es voz de amor y de verdad, que resuena en un pequeño círculo de almas y que no es más que la fuente de la tradición, venerada porque es voz de familia. Es corta la vida de un hombre para solidarizar a varias generaciones; sólo puede hacerlo la voz del padre que se suma a la del hijo y que baja al nieto y adquiere caudal y fuerza para llenar a las generaciones futuras del sentido de las pasadas.
El culto de los muertos de la casa debe ser nota característica de la familia cristiana. No dudamos en señalar como uno de los grandes factores de la pulverización doméstica y social de hoy el olvido de los muertos.
Como si al debilitarse la creencia en la inmortalidad de sus destinos en la vida futura y de su eficacia en los de la presente, se hubiesen aflojado los lazos de la afección doméstica y de la solidaridad social.
Rueguen diariamente las familias por sus muertos, en la acción de gracias de la mesa y en el Santo Rosario; ofrezcan en el templo para ellos sufragios en común.
Estas preces, amén de que podrán ser refrigerio para las almas queridas, serán cadena espiritual que tendrá sus primeros anillos en el cielo, y estrechará a los de una misma sangre con las fuerzas irrompibles de la tradición y del espíritu cristianos.
Estas simples indicaciones no son más que el esbozo de un programa de vida religiosa para nuestras familias.
Tan sobrias y sencillas son sus líneas, que parece que toda familia debiera obrar así, por impulso de naturaleza y religión.
Pero ni este mínimo de vida religiosa aparece en la inmensa mayoría de las familias de hoy. Jesucristo y su espíritu han sido lanzados de la familia moderna. Y con el espíritu y la vida de Jesucristo, han desaparecido de la familia los goces puros, la caridad sincera y abnegada, la delicada constancia en el cumplimiento de los deberes, esa atracción santa que hacía de cada hogar un núcleo de vida cristiana, una célula donde tenían sus comienzos las grandes organizaciones de la vida cristiana social.
Todo ello ha sido suplantado por estas manifestaciones de la frivolidad del espíritu moderno: juegos, viajes, deportes, modas, literatura de emoción o de escándalo, espectáculos, etc., que han convertido en enojosa la dulce vida de familia, porque han debilitado u ofuscado los grandes principios cuya práctica era su mayor encanto.
Es que cuando Dios huye de la familia —y Dios no huye de ella sino por lanzamiento—, huye de ella el cielo, para convertirse, sino en un infierno, en pobre recinto donde se agrandan los ecos de todo mal, en que la vida es pródiga, y se reducen al humo que son los pocos bienes deleznables de la tierra.




