LA ARMADURA DE DIOS
LA VIRGEN MARÍA
Y SU PATRONATO EN AMÉRICA
NUESTRA SEÑORA DE SUYAPA
PATRONA DE HONDURAS
Hacia el Sudeste de la ciudad de Tegucigalpa, a unos ocho kilómetros de dicha capital, se encuentra el pueblo de Suyapa, derivación del nombre indígena Coyapa, que significa En el agua de las palmeras.
En 1590, recién fundada la población del Real de Minas de San Miguel de Tegucigalpa, que es hoy la capital de Honduras, Carlos Ferrufino se presentó ante don Francisco Romero, lugarteniente del gobernador de la provincia de Honduras, le pidió que, en nombre de Su Majestad, se le otorgasen unas tierras para cultivo y ganado, en un terreno llamado antiguamente Supelecapa, y hoy, Hato de Enmedio, contiguo a la finca El Trapiche, en donde se encuentra enclavada la aldea de Suyapa.
Aparición de la imagen de Nuestra Señora
Cerca de ahí está la montaña del Piligüín, vestida siempre de verde, gracias al follaje de sus pinos. Abajo se divisa la campiña. Por entre los troncos se desliza un sendero que conduce a la ranchería de Suyapa.
La señora Ana Caraballo de Colindres era vecina de Suyapa. Despachaba a trabajar a sus hijos en las tierras de las montañas del Piligüín, en donde preparaban extensas milpas, tierras destinadas a cultivar maíz.
La pequeña imagen de la Inmaculada Concepción de Suyapa se apareció en una estrellada noche de un sábado del mes de febrero de 1747, en un sitio boscoso cuajado de pinos y encinos en la quebrada del Piligüin.
Cuando el joven Alejandro Colindres y el niño Jorge Martínez después de concluidas sus labores en la labranza de don Juan José Lozano, habiendo recibido su paga de la semana al caer la tarde, decidieron por la oscuridad quedarse a orillas de una quebrada rocosa cerca de un ojo de agua para dormir y poder emprender la marcha muy de madrugada del domingo hacia la aldea de Suyapa, de donde eran originarios.
Alejandro sintió que un pequeño objeto le molestaba el costado por donde descansaba y, creyendo que era algún fragmento de raíz o alguna piedrecilla, lo tiró lejos de sí. Tan pronto como intentó dormirse sintió otra vez el mismo estorbo y, palpándolo, advirtió que era el mismo objeto que hacía poco había repudiado, por lo que se conformó con echarlo en su mochila.
Por la oscuridad que envolvía la noche no se percató que una pequeña imagen tallada en madera oscura era el objeto que en repetidas veces le ocasionaba molestias al disponerse a colocar su cabeza sobre el yagual que los labriegos antes terciaban alrededor de su cintura para múltiples usos, y que en casos de esta naturaleza utilizaban como almohada.
Lo que él consideró esa noche como un estorbo para poder dormir, lo guardó en su alforja y a la mañana siguiente se la entregó a su madre, Ana Caraballo, una mestiza hija de uno de los primeros pastores que se asentaron en San José de el Trapiche, y quien estaba casada con el laborío Francisco Colindres, de cuyo matrimonio nacieron María Isabel, Alejandro y Bernabé.
¡Y cuál no sería el asombro de todos ellos al ver que el inoportuno objeto era una pequeña escultura en madera de la Santísima Virgen María!
Ana, ya entrada en años, como era costumbre en aquellos tiempos que las pertenencias hogareñas pasaban al cuidado de las hijas, depositó la imagen en manos de su única hija, María Isabel Colindres, que apenas contaba con doce años de edad, cuando se produjo la aparición.
El relato que hizo Alejandro de aquel suceso se consideró como una revelación milagrosa. En la aldea, la noticia circuló como la portentosa bendición de Dios a los habitantes del poblado de nativos que trabajaban la tierra, y servían en las estancias próximas donde se criaban ovejas y ganado vacuno.
Isabel Colindres, requerida por la Curia Eclesiástica de Comayagua (antigua capital de Honduras y sede del obispado), hizo una declaración jurada de ese hecho, a mediados de 1796.
Ya en poder de María Isabel Colindres, ésta se encargó de cuidar la pequeña imagen de la Inmaculada Concepción en su casa de habitación durante 33 años, y a ese lugar acudían muchas personas a orar y a pedirle a la virgen que curara sus padecimientos y su intersección ante Dios para aliviar sus penas.
Muchos fueron los que recibieron las bienaventuranzas de Santa María de Suyapa y pronto sus acciones milagrosas se divulgaron por la comarca, incluyendo a los vecinos del Real de Minas, lo que motivó a María Isabel Colindres para destinar en su casa, una vieja construcción que todavía se encuentra al costado este de la antigua ermita, una pieza al borde de la polvorienta calle, donde levantó un pequeño altar, que siempre permanecía adornado con fragantes flores e iluminado con velas de cera de castilla.
Características de la Imagen
De apenas seis centímetros y medio de alto, la imagen de la Inmaculada Concepción de María, tallada en madera de cedro oscura, cabía en la mano del niño.
Su rostro ovalado, con facciones de una mujer indígena, con ojos grandes, boca diminuta contrastando con su nariz respingada, se enmarca en una larga cabellera negra que cae hasta los hombros a la altura de la capa azul oscuro, tachonada de diminutas estrellas doradas, saliendo en la parte frontal sus pequeñas manos entrelazadas en acción de oración, porque ella está de hinojos y no de pié como la mayoría de las advocaciones de la Madre de Jesucristo.
En su mirada angelical se refleja la nobleza de la raza indígena. Es morena, de rostro ovalado, mejillas redondeadas, y su lacia cabellera le llega hasta los hombros. La imagencita tiene sus diminutas manos unidas en actitud de oración.
El color original de su vestidura es el rosa pálido, que apenas se deja ver por estar totalmente cubierto por un manto oscuro tachonado de estrellas doradas y adornado con valiosas alhajas.
Colocado al frente de la imagen, un resplandor de plata sobredorada la enmarca. Es una cosa peculiar, pues tanto el resplandor, como la aureola, suelen verse habitualmente en el respaldo de las imágenes.
El resplandor está formado por dos aros cerrados en forma de número ocho del que salen los rayos que rodean a la Virgen. El aro superior está nimbado por doce estrellas de plata. El conjunto nos recuerda a la mujer revestida de sol que aparece en el Apocalipsis.
De plata sólida es la esfera que sirve de apoyo a la imagen que tanto venera el pueblo hondureño.
La estatua de la virgen tiene un grupo de conserjes, todos hombres, conocidos como la Orden de los Caballeros de Suyapa; fundada en el siglo XX, la cual es responsable de cuidar a la Virgen y su capilla. También acompañan a la Virgen en todo momento que sale de la capilla para viajar o recorrer Honduras como frecuenta hacerlo cada mes de febrero de todos los años.
Primer milagro de la Virgen de Suyapa
Los habitantes de la aldea le tenían mucho cariño. Cuando alguno enfermaba solían llevar la imagen a la casa del enfermo para que la Virgen lo visitara.
Un día enfermó Don José de Zelaya. Un militar importante, dueño de la hacienda El Trapiche, situada como a un cuarto de legua de la aldea. En realidad ya estaba enfermo desde hacía tiempo y sufría mucho a causa de unos cálculos renales.
María Isabel Colindres sabía de su enfermedad y le mandó un recado diciéndole que, si quería, podía enviarle la imagen de su Virgen.
Don José aceptó y trajeron a la Virgen en una especie de procesión. Al llegar, el enfermo, fervoroso y contrito, le pidió su curación y le prometió construirle a cambio una ermita. Tres días después el Señor Zelaya arrojó por vía urinaria las tres piedras que eran el tormento de su vida. Esto ocurrió en el año de 1768.
Aquel milagro se divulgó entre los vecinos del lugar, entre los moradores del Real de Minas y el prodigio fue revelado en detalles a la autoridad eclesiástica del poblado, el ilustre sacerdote don José de Simón y Celaya cura párroco de la Villa y constructor de la Catedral de Tegucigalpa en 1765.
El Templo
El capitán Zelaya no cumplió su promesa. Quien honró su palabra fue don Bernardo Fernández dueño de la Hacienda y compadre del mayordomo, donando el predio y con las aportaciones de muchos creyentes se construyó la ermita en 1780, levantando las paredes de adobe alineadas sobre cimientos de piedra acarreada del cerro de Coyapa, nombre original de la aldea.
La ermita solo tenía una entrada dirigida hacia el poniente y tres ventanas, una sobre la puerta principal y dos laterales en la proximidad del sitio destinado para colocar la virgen y que servía para iluminación durante las horas del día.
Su techo era de tejas, que descansaban sobre un artesón de dos aguas que se cerraban con limatones en el lugar destinado al retablo principal, donde se colocaría el trono de la virgen.
La pequeña iglesia no contaba con un campanario, y los aldeanos habilitaron un travesaño sostenido por dos horcones para colgar una pequeña campana que servía para llamar a los fieles a los actos litúrgicos en los días de fiesta.
Habiendo salido de la casa de los Colindres, la ermita era el humilde hogar de la milagrosa virgen. María Isabel Colindres falleció en 1812 y fue sepultada en el patio del costado sur de la catedral de Tegucigalpa.
Recién en 1913 el Cura Párroco, Don Santiago Zelaya, logró obtener fondos y el permiso del Obispo Martínez y Cabañas, para levantar cornisas, torres en los laterales, reforzar la viejas paredes de adobe y cambiar el frontispicio de la ermita, construyéndole dos capillas laterales, que le dieron al templo la forma de una cruz latina, procediendo a enladrillado desde la entrada hasta el retablo, donde se colocó en 1929 el camarín de madera tallada con motivos dorados, confeccionado por el artista Antonio Vega de San Antonio de Oriente, y el que por muchos años fue el sitio de honor de la Virgen de Suyapa una vez que se le colocó la capa de oro y plata que la cubría totalmente y que constituye la imagen conocida por los hondureños con su resplandor en forma de ocho nimbado por las doce estrellas del Colegio Apostólico.
La ermita, diseñada por el maestro Miguel Turcios Reina y ejecutada por los maestros albañiles Máximo González y Panfilo Sauceda, se terminó en 1922, y se convirtió en el santuario de Nuestra Señora de Suyapa.
Su exaltación como Patrona de Honduras la hizo su Santidad el Papa Pío XI, en 1925, siendo Arzobispo de Tegucigalpa monseñor Agustín Hombach, Prelado que decretó ese año como su día el 3 de febrero, ya que antes, desde su hallazgo hasta 1924, la festividad de Suyapa se celebraba el Día de la Virgen de la Candelaria, el 2 de febrero.
El Santuario Nacional, que se comenzó a construir en la década de los cincuenta, resultó del Acuerdo Apostólico emitido en 1943 por el Prelado doméstico de su santidad y Administrador Apostólico de la arquidiócesis de Tegucigalpa, Monseñor Emilio Morales Roque e iniciado durante el arzobispado de Monseñor José de la Cruz Turcios y Barahona.
En el año 1954, un año esencialmente mariano, el tercer Arzobispo de Tegucigalpa, Monseñor José de la Cruz Turcios y Barahona, puso la primera piedra del que llegaría a ser uno de los santuarios más grandes de Centro América, con capacidad de 10.000 personas en su nave central; y que espera su futura constitución como Santuario y Basílica Nacional.
El templo tiene 93 metros de longitud, 43 metros de altura en sus torres y 46 metros en la cúpula. El diámetro de ésta es de 11.50 metros. Y la anchura de la nave central es de 13.50 metros.
El estilo de la Basílica de Suyapa es moderno, pintada en su totalidad en color blanco. La fachada muestra tres puertas principales, custodiadas con dos torres campanarios a los lados; al acceder al atrio, se puede notar la nave central principal que eleva las ojivas y el techo cilíndrico, sostenidas por columnas. El altar principal, obra del artista valenciano Francisco Hurtado-Soto, se encuentra en el fondo de la nave, bajo la cúpula. Sus hermosos vitrales escenas de la vida de la Virgen y de Cristo.
ORACIÓN
Virgencita de Suyapa, Madre de mi corazón, únete siempre a mi espalda como al niño que te halló; guíame por el camino, abrígame con tu amor, condúceme al Paraíso donde no se oculta el Sol.
Cuando me venza el cansancio, o me atenace la angustia, cuando la muerte, a su paso, haga despertar mis dudas, Virgencita de Suyapa ven a mi espalda en ayuda, sostenme con tu mirada, y mis lágrimas enjuga.
Reina de los hondureños, con tus pequeñas manitas rezas por el bien del pueblo que en tu protección confía. Virgencita de Suyapa, morena de raza indígena, ¡cúbreme de paz el alma hasta el final de mis días!



