MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.
Hoy nos encomendamos a:

SAN PABLO DE TEBAS
Primer ermitaño (229-342)
Al ocupar el trono el emperador Decio —que sólo reinó dos años (249-251)— se propuso borrar del mundo hasta el último vestigio del cristianismo. Comenzó mandando que todos sus subditos sacrificasen a los dioses, aunque al principio no castigó con pena de muerte a los que no lo hacían, y ordenó a los magistrados que pusieran en juego todo su arte para quebrantar la firmeza de los cristianos, procurando ganarlos con la bondad y persuasión, y, si nada lograban por ese medio, que los amenazasen con prolongadas detenciones y atroces tormentos. Y era que siguiendo más diestra táctica que sus antecesores, quería Decio hacer apóstatas y no mártires.
EFECTOS DE LA PERSECUCIÓN DE DECIO
No solamente no logró llevar a cabo tan satánico designio, sino que, con su proceder, contribuyó en gran manera y sin sospecharlo, a la difusión del reinado de Cristo, pues en su corta aunque terrible persecución, tuvo origen la huida de los fieles al desierto, derivándose de ello las maravillas de la vida monástica.
Entre la multitud de cristianos perseguidos, había no pocos que se habían entibiado en la fe, en los años de tolerancia y prosperidad. Por eso, no es de extrañar que a la vista de los tormentos y de la muerte, muchos negasen a Jesucristo y sacrificasen a los ídolos. No faltaron quienes, no atreviéndose a ofrecer víctimas a los dioses, procuraron ganar el ánimo de los prefectos, logrando de ellos testimonios de haber sacrificado. Pasada la tormenta, esos cobardes solicitaron reintegrarse a la Iglesia, y en ella fueron admitidos, pero tuvieron que someterse a penas proporcionadas a la gravedad de su
apostasía.
Hubo también en todo el imperio magníficos ejemplos de heroísmo, derramando su sangre por la fe muchísimos fieles. Pero otros cristianos optaron por huir a los desiertos, exponiéndose a las mayores privaciones para evitar el peligro de la apostasía. Así, un joven llamado Pablo, de la ciudad de Tebas, en Egipto, vino a refugiarse en la Tebaida, encerrándose en una caverna, donde vivió por espacio de noventa y dos años solitario, mereciendo el dictado de «primer ermitaño».
En la misma época abrazaron este género de vida un sinnúmero de cristianos, de suerte que la desoladora aridez del desierto fue fecundísima en varones virtuosos y santos, debido a la persecución de Decio, de la que se sirvió el Señor para poblar las soledades y fomentar la vida eremítica.
La vida de San Pablo, primer ermitaño, fue escrita por San Jerónimo, que recogió los documentos visitando a los anacoretas de la Tebaida; en esta corta biografía seguiremos su relato.
JUVENTUD DE SAN PABLO
Nació San Pablo en Tebas, en la Baja Tebaida, por los años del Señor de 229, según los cálculos más exactos. Huérfano a los quince años y dueño de cuantiosas riquezas, vivía en casa de su cuñado, en cuyas manos puso gustoso la administración de sus bienes temporales, para él cuidarse de los intereses de su alma.
AI levantarse la terrible persecución de Decio, tendría Pablo como unos veinte años. Para estar más apartado del peligro y más seguro del furor de los tiranos, se retiró a una casa de campo, esperando no ser allí descubierto.
Pero su cuñado, dando oídos a la envidia y codicia, resolvió hacerle traición, sin ser parte para detenerle en su propósito los lazos de carne y sangre. El Señor, que tenía designios especiales sobre su siervo, le dio a conocer la poca seguridad de su retiro, y le inspiró el huir al desierto y vivir en medio de las bestias fieras, cuya crueldad era menos temible que la furia de los hombres.
Obedeció Pablo al impulso divino partiendo sin demora y, habiendo andado varias jornadas, se adentró más y más en la soledad, hasta que llegó a un monte a cuya falda halló una cueva grande. Quitó la piedra que la cerraba y entró en ella, caminando temeroso por las tortuosas veredas del subterráneo, hallándose muy pronto en una como estancia que la naturaleza había abierto en la roca, y desde donde no se veía sino el cielo.
En un rincón de la misma extendía sus hojas una añosa palmera cargada de dátiles, y junto a ella brotaba una fuentecilla, cuyas claras y limpias aguas, apenas nacidas, iban a perderse en la arena, bebiéndolas la misma tierra de donde manaban. En las laderas del monte había algunas chozas, y dentro de ellas, unos yunques y martillos muy oxidados, que sin duda sirvieron en otro tiempo para acuñar moneda falsa.
Cobró Pablo entendido cariño a esa morada que, a su entender, le había deparado el mismo Dios y, encerrándose en ella para no volver a salir, transcurrió su vida en la presencia del Señor, único testigo de sus acciones hasta la muerte. Vestíase de las hojas de la palma, comía de su fruta, y bebía el agua de la fuente. El mundo ignoraba su retiro, pero no le importaba, pues sólo pensaba en él cuando encomendaba a Dios los miembros de su familia; en cambio, su soberano Señor y Maestro Jesucristo, por quien todo lo había dejado, le consolaba y favorecía y, del modo que vamos a referir, le manifestó cierto día cuánto le agradaba aquella manera de vida solitaria.
SAN ANTONIO VISITA A SAN PABLO
Corría el año de 342, y hacía casi un siglo que Pablo llevaba en la tierra vida celestial, y su ejemplo había ya arrastrado al yermo infinito número de solitarios. «El desierto —como lo habían predicho los Profetas— estaba cubierto de flores», y la flor que exhalaba más suave aroma de santidad, a por cierto el venerable patriarca de la vida cenobítica, San Antonio. Siendo ya de noventa años de edad, y habiendo llevado vida devotísima y muy austera, vínole una imaginación, y comenzó a pensar si habría alguno que hubiese vivido en el yermo tantos años como él. La noche siguiente le reveló el Señor, que otro ermitaño más antiguo y mucho mejor, se hallaba en soledad más apartada y austera, y
que sin tardanza debía buscarle y visitarle.
Al rayar el alba, salió de su convento el santo viejo y, sustentando sus flacos miembros con un báculo, se puso en camino para ir a donde no sabía, confiando que el Señor le mostraría aquel portento de santidad. El demonio, para asustarle, se le apareció en el viaje, una vez bajo la forma de un monstruo que parecía medio hombre y medio caballo, y otra vez en figura de un enano con las narices encorvadas, unos cornezuelos en la frente y los pies como de cabra; pero él se armó con la señal de la cruz y obligó a la maldita bestia a mostrarle el camino.
Llevaba ya andando dos días, cuando al amanecer del tercero, vio de lejos una loba sedienta que iba ansiosa a la falda de un monte. Siguióla él con los ojos cuanto pudo y, al perderla de vista, acercóse a una cueva que allí estaba y comenzó a mirar con curiosidad lo que había dentro, sin poder distinguir cosa alguna por la grande oscuridad. Con todo, movido del divino espíritu, entró dentro paso a paso y conteniendo la respiración, y pasó adelante deteniéndose algunas veces en el camino; y, poniendo la oreja para escuchar si allá dentro sonaba alguna cosa, vio entre aquella oscuridad una luz que resplandecía de lejos. Así que la vio, queriendo con ello apresurar el paso, tropezó en una piedra e hizo ruido. Oyéndolo San Pablo, cerró la puerta y atrancóla. Entonces Antonio se arrojó al suelo ante la puerta y estuvo hasta pasado medio día, pidiendo con grande instancia
que le abriese:
—Bien entiendo, padre mío —decía—, que vos sabéis quién soy, de dónde y a qué vengo, y también se que no merezco veros; mas tened por cierto que no me apartaré de aquí hasta que os vea. ¿Recibís a las bestias y desecharéis al hombre? Yo os he buscado y os he hallado, y a vuestra puerta llamo para que me abráis. Si esto no puedo alcanzar, aquí me
moriré, y espero que a lo menos enterraréis mi cuerpo cuando ante ella lo halléis.
—Ninguno pide gracia con amenazas, ni con lágrimas hace agravio —le respondió Pablo— Si vienes para morir, ¿de qué te maravillas que no te reciba?
Diciendo esto, sonriéndose, abrió la puerta, y los dos se abrazaron con grande amor y ternura, saludándose por sus nombres como si mucho tiempo antes se hubieran conocido. Dieron gracias al Señor por aquella merced y, sentándose después de darse el ósculo de paz, Pablo habló a Antonio de esta manera:
—Aquí tienes al que has buscado con tanto trabajo; mira estos miembros consumidos ya por la vejez; aquí tienes, desgreñado y cubierto de canas, a un hombre que muy en breve se tornará en polvo. Pero dime, ¿qué es del linaje humano? ¿Se construyen por ventura casas nuevas en las antiguas ciudades? ¿Quién señorea al mundo? ¿Hay todavía gente ciega que adora a los demonios?
De todo le dió cuenta Antonio por menudo; y después él preguntó a Pablo con qué ocasión había venido al desierto, cuántos años había vivido en él, cuántos tenía y con qué manera de vida había pasado tan prolija edad. Y Pablo, por satisfacer el deseo de Antonio, le informó de toda su vida.
Estando en estas pláticas, llegó un cuervo y se paró en la rama de un árbol que estaba cerca; voló luego de allí blandamente, vino a poner un pan delante de ellos y se fue.
—Bendito sea Dios que nos envía de comer —dijo Pablo—. Sabed, Antonio hermano, que hace ya sesenta años que este cuervo me trae medio pan cada día, y ahora que has venido, el Señor nos envía la ración doblada.
Dieron ambos gracias a Dios, y se sentaron cabe la fuentecilla para tomar su sustento. Queriendo partir el pan, comenzaron con santa humildad a porfiar sobre quién de los dos lo había de hacer. Pablo quería que lo partiese Antonio como huésped, y Antonio, que Pablo, como más viejo, y en esta piadosa porfía gastaron casi toda la tarde. Al fin, asiendo el uno de una parte del pan y el otro de la otra, le partieron y comieron, alabando luego al Señor y pasando la siguiente noche en oración.
Vino la mañana, y Pablo habló a Antonio de esta manera:
—Muchos días ha, hermano Antonio, que sé que habitas por estos desiertos, y Dios me había prometido que serías mi compañero; mas, porque llegó ya el tiempo por mí tan deseado, en que he de ser desatado de este cuerpo mortal y ver a mi Señor Jesucristo, él te ha enviado para que me entierres devolviendo la tierra a la tierra.
AI oír estas palabras, enternecióse Antonio en gran manera, y con muchas lágrimas comenzó a pedir a Pablo que no le dejase, antes le llevase al cielo en su compañía.
—No quieras lo que no quiere Dios, ni busques tu provecho, sino el de tus hermanos —le respondió Pablo—. Bueno seria para ti dejar esta tan pesada carga del cuerpo y subir a las moradas eternas; pero a tus hermanos conviene que vivas y que les enseñes y los. ayudes con tu ejemplo. Por tanto, ruégote vayas luego a tu convento —si no lo tienes por molestia— y me traigas el manto que te dio el santo obispo Atanasio, para que envuelvas
en él mí cuerpo y lo entierros.
Esto dijo Pablo, no porque tuviese cuidado de que su cuerpo fuese enterrado desnudo o cubierto, pues había vivido tantos años vestido con solas hojas tejidas de palma, sino porque estando ausente Antonio, no recibiese tanta pena con su muerte; y también para mostrar que seguía la fe católica que profesaba Atanasio, que a esta sazón era fuertemente combatida de los herejes arrianos, y defendida con no menos esfuerzo por aquel valeroso soldado del Señor.
Maravillóse Antonio cuando oyó hablar a Pablo de Atanasio y del manto; y, deduciendo de esto que Cristo moraba en Pablo, no se atrevió a contradecirle, antes besándole la mano, se volvió a su monasterio. Viéronle llegar dos de sus discípulos y, saliéndole a recibir, le dijeron:
—¿Dónde habéis estado tanto tiempo. Padre?
—¡Ay de mí, pecador, que sólo tengo nombre de religioso! —les respondió—.
He visto a Elias; he visto a Juan Bautista en el desierto, y en verdad, he visto a Pablo en el paraíso.
Dicho esto, sacó de su celda el manto. Rogáronle sus discípulos que les declarase más lo que aquello era. pero él solamente les respondió:
—Tiempo hay de hablar y tiempo de callar.
Salió del convento con tanta prisa que no tomó alimento, y volvió por el mismo camino, ardiendo en deseos de ver al que había dejado en los umbrales del paraíso, temiendo, lo que sucedió, que no diese su alma a Dios estando él ausente.
Al día siguiente, habiendo andado ya como unas tres horas, vio que el alma del bienaventurado Pablo subía a los cielos entre coros de ángeles y santos y envuelta en luz resplandeciente, y, en viéndola, cayó en el suelo sobre su rostro, y echó tierra sobre su cabeza en señal de dolor, y llorando y gimiendo decía:
—¿Por qué me dejas, Pablo? ¿Por qué te vas sin despedirte de mí? ¿Tan tarde te conocí, y tan presto te perdí?
Prosiguió luego el viaje con tanta presteza que no parecía que andaba, sino que volaba. Entrando en la cueva vio el cuerpo difunto, hincadas las rodillas, la cabeza yerta y las manos levantadas. Creyó al principio que Pablo estaba Vivo y oraba, y se puso a hacer oración junto a él; mas como no le oyese suspirar —como solía cuando oraba—, entendió que estaba muerto.
Echándose entonces sobre el santo solitario, cuyo cadáver parecía alabar todavía al Señor, le abrazó regándole con sus lágrimas.
DOS LEONES CAVAN LA SEPULTURA DE SAN PABLO
Envolvió Antonio el difunto cuerpo con el manto de Atanasio que consigo traía y, sacándole fuera, rezó los himnos y salmos que se suelen decir a los difuntos, y, queriéndole enterrar, no sabía cómo, por no tener herramienta para abrir la sepultura. Vióse en gran perplejidad, porque si volvía al monasterio, había tres días de camino, en los cuales no convenía dejar solo el santo cuerpo y, si se quedaba allí, le parecía que sería sin provecho. Al fin se determinó a quedar, y, hablando con Dios, le dijo:
—Aquí moriré, Señor, y junto a este tu soldado caeré, y con él permaneceré hasta dar el postrer suspiro.
Estando en este apuro, vio salir de repente, de lo más retirado de aquel yermo, dos leones que corrían a él. Al verlos tuvo un poco de sobresalto, pero después, volviendo los ojos a Dios, se estuvo quedo y sin temor alguno, como si viera dos mansas ovejas. Los leones se fueron derechos al cuerpo de San Pablo, se echaron a sus pies acariciándole con sus colas, y dieron un gran bramido, como si lloraran su muerte a la manera que podían.
Luego comenzaron a cavar la tierra con las manos, haciendo un hoyo en que podía caber el cuerpo de un hombre. Y como si tuvieran sentido y pidieran paga por su trabajo, moviendo las orejas y bajando la cabeza, se fueron a Antonio, lamiéndole los pies y las manos. Entendiendo el santo que le pedían su bendición, alabando al Señor, a quien hasta las bestias fieras reconocen y obedecen, dijo:
—Señor, sin cuya providencia no cae una hoja de un árbol, ni un pajarillo del aire, dad a estos leones lo que les conviene. Y, haciéndoles señas con la mano, les mandó que se fuesen.
SAN ANTONIO DA SEPULTURA A SAN PABLO Y VUELVE A SU MONASTERIO
Partidos que fueron los leones, tomó Antonio sobre sus hombros el santo cuerpo de su amigo, púsole en la sepultura y cubrióle de tierra y toda la noche se quedó orando ante el sepulcro de Pablo.
Al día siguiente fue a ver por última vez la gruta que había sido cerca de un siglo el único testigo de las virtudes del valeroso ermitaño, hallando en ella una sola cosa que diese testimonio de haber sido aquel lugar morada de un mortal. Era una túnica de hojas de palma, tejida por el mismo Pablo. Tomóla Antonio para sí cual preciosa herencia, y con este tesoro se fue a su monasterio, y contó a sus discípulos lo que le había sucedido; y en testimonio de la estima en que tenía aquella presea, vestíala por fiesta y regocijo los días de Pascua de Resurrección y del Espíritu Santo.
Y no sólo tuvo autoridad San Antonio con sus discípulos en lo que contó de San Pablo, sino con toda la Iglesia católica, la cual por su testimonio le canonizó y celebra su fiesta.
Murió San Pablo a los diez días de enero del año del Señor de 342, siendo de edad de ciento trece años, y habiendo vivido noventa y dos en la soledad del yermo.
En los primeros siglos después de su muerte, celebróse su fiesta el día 10 de enero; pero el papa San Pío V la trasladó al día 15 del mismo mes, y en el año de 1722, Inocencio XIII la mandó, celebrar con rito de doble.
Cuenta San Sulpicío Severo que Postumio visitó en 402, allá en el fondo de la Tebaida, la celda del bienaventurado ermitaño, convertida ya en tugar de peregrinación.
Dícese que los restos de San Pablo fueron llevados a Constantinopla, por orden del emperador Miguel Comneno, en el siglo XII. En 1240 los trasladaron a Venecia; y más tarde. Luis I, rey de Hungría, los adquirió de la república veneciana, y los mandó depositar en Buda, bajo la custodia de los Ermitaños de San Pablo.
San Jerónimo acaba la vida de San Pablo con estas palabras: «Quiero en el fin de esta vida de San Pablo que he escrito, preguntar a los que son tan ricos que no saben lo que tienen, y a los que edifican grandes y magníficos palacios, y en un hilo de perlas o en una sarta de piedras traen grandes tesoros, rogarles que me digan: ¿qué faltó jamás a este hombre santo y desnudo? Vosotros —dice— bebéis en tazas de oro, y Pablo en sus manos
satisfacía su sed. Vuestros vestidos son de oro y seda, y él aun no tuvo para cubrirse una ropa de las más viles, que vuestros criados desechan; pero torceránse las manos.
A Pablo pobrecito está abierto el cielo, y vosotros cargados de oro iréis al infierno. Él, desnudo, guardó limpia la vestidura de Cristo, y vosotros, vestidos de ricas ropas, la habéis manchado. Pablo está debajo de tierra para resucitar a la gloria, y vosotros en sepulcros magníficos de jaspe y de mármol, arderéis con vuestras obras para siempre.
Tened siquiera lástima de vosotros mismos, o a lo menos de las riquezas que tanto amáis.
Yo ruego al que esto leyere, que se acuerde de Jerónimo pecador, quien, si Dios le diese a escoger, más querría la túnica de Pablo con sus merecimientos, que la púrpura de los reyes con sus penas.»
EL SANTO DE CADA DÍA
EDELVIVES
