FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA
Sus padres iban cada año a Jerusalén, por la fiesta de Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron, según la costumbre de la fiesta; mas a su regreso, cumplidos los días, se quedó el niño Jesús en Jerusalén, sin que sus padres lo advirtiesen. Pensando que Él estaba en la caravana, hicieron una jornada de camino, y lo buscaron entre los parientes y conocidos. Como no lo hallaron, se volvieron a Jerusalén en su busca; y, al cabo de tres días lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos e interrogándolos; y todos los que lo oían, estaban estupefactos de su inteligencia y de sus respuestas. Al verlo sus padres quedaron admirados y le dijo su Madre: ¿por qué has hecho así con nosotros? Tu padre y yo te estábamos buscando con angustia. Les respondió ¿Cómo es que me buscabais? ¿No sabíais que conviene que Yo esté en lo de mi Padre? Pero ellos no comprendieron las palabras que les habló. Y bajó con ellos y volvió a Nazaret, y estaba sometido a ellos, y su madre conservaba todas estas palabras repasándolas en su corazón. Y Jesús crecía en sabiduría, como en estatura, y en favor ante Dios y ante los hombres.
La Iglesia celebra la Festividad de la Sagrada Familia, que es el modelo de la familia cristiana.
De la Sagrada Familia debemos considerar cuatro cosas:
1ª: Su dignidad.
2ª: Su santidad.
3ª: Su intercesión.
4ª: Sus ejemplos.
En cuanto a su dignidad, de las tres personas que componen la Sagrada Familia, una de ellas es divina, aunque se halla cubierta con el velo de nuestra humanidad: es la Persona del Verbo.
Otra, es la más perfecta, la más santa de las criaturas que ha salido de las manos de Dios, la Reina del Cielo, la Madre del Verbo, la Reina y Madre amorosa de los hombres.
Y la tercera persona es aquel varón justo, incomparable, que mereció ser llamado el Padre de Jesús, que representa en la tierra la paternidad del Padre Eterno, y fue jefe de la Sagrada Familia y custodio de la infancia de Jesús.
Tal es la gloria de esta Sagrada Familia elevada sobre todas las familias del mundo, la primera en dignidad por ser la familia de Dios.
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Respecto de su santidad, basta decir que en la casa de Nazaret se hallaba el Cielo en la tierra.
Ahí estaba el ideal de toda virtud, de toda santidad, la santidad misma, el Hijo de Dios enseñando en su vida oculta las más hermosas lecciones a los hombres.
Ahí moraba la Reina de los Santos, la Inmaculada Virgen, llamada por el Cielo llena de gracia y bendita entre todas las mujeres.
Ahí vivía el varón justo y prudentísimo; el que fue el digno Esposo de aquella Reina que tiene a sus pies la luna y corona de estrellas en su frente.
Nuestra veneración ha de ser proporcionada a la santidad de estas personas.
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¿Qué decir de su intercesión?
Maravillosa asamblea la de las tres personas de la Sagrada Familia, que otorgan todas las gracias.
Nada puede negar Dios Padre y su Unigénito Hijo.
Nada puede negar Jesús a su Padre Adoptivo que lo alimenta, lo cuida, lo defiende.
Nada puede negar Jesús a los ruegos de María Santísima, que es su Madre; ella impera en el Corazón de su Hijo con la autoridad y la ternura de Madre. Ella es la Omnipotencia Suplicante. Es la misteriosa escala por donde suben las plegarias de los fieles y descienden a la tierra las misericordias divinas.
¡Felices los que están a las puertas de esta casa, y a quienes se abran para entrar en ella!
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Finalmente, en cuanto a sus ejemplos, la Sagrada Familia es el modelo de todas las virtudes y para todas las edades.
Jesús, en su infancia, es el modelo de los niños; en su juventud, de los adolescentes.
La Santísima Virgen María es el dechado de las jóvenes, de las esposas, de las madres.
Ella presenta su Hijo al templo; Ella lo consagra a Dios, Ella lo defiende de las iras del tirano Herodes.
Ejemplo para las madres que deben llevar sus hijos al templo, consagrarlos a Dios y defenderlos de todos los que atentan contra su virtud e inocencia.
El Buen San José es ejemplar de las personas de edad provecta; ejemplo de fe, de confianza, de trabajo, de docilidad, de obediencia, de prudencia…
La Sagrada Familia es modelo para todos los estados: para el estado virginal, el matrimonio, la viudez, el religioso.
Ahí aprenden hermosas lecciones los hijos, los esposos, las viudas.
Nazaret es una escuela en la que todos pueden ser discípulos.
Los sacerdotes penetran el modo de tratar a Jesús, de llevarle a las gentes que no lo conocen; los religiosos estudian la perfección, la consagración a Dios, el cumplimiento de sus sagrados votos.
La Sagrada Familia es también modelo para todos los acontecimientos, para todas las vicisitudes de la vida.
En la Sagrada Familia encontramos gozos y penas, exaltaciones y humillaciones, honras y persecuciones: Belén, Egipto, Nazaret, Jerusalén…, fueron teatros de estas escenas.
En la vida del cristiano también hay gozos y penas; y él necesita un modelo, un dechado.
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Habiéndonos detenido en la casita de Nazaret para contemplar la dignidad, la santidad, la intercesión y los ejemplos de la Sagrada Familia, consideremos ahora cuál es la constitución de la familia cristiana. Y podemos resumirla en tres puntos:
1º. La autoridad del Padre.
2º. El amor de la madre.
3º. La obediencia de los hijos.
Cristo comienza la reforma del mundo, reformando la familia.
En el paganismo, la familia estaba desorganizada. El padre imperaba con autoridad despótica en el hogar, disponía de la vida de sus hijos; la esposa era esclava del hombre, un instrumento de placer; el niño abandonado y su vida dependía del capricho del padre.
Jesús modela el hogar de Nazaret donde la mujer ocupa el lugar previsto por Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda semejante a él. Ella es ayuda para el hombre, reina, ángel, corazón del hogar.
Aquella autoridad despótica del padre es reemplazada por el amor; el niño es objeto de todas las ternuras de todos los cuidados divinos…. Dejad que los niños vengan a Mí…
La familia cristiana ha de ser un hogar iluminado por la fe, confortado por la esperanza y regido por el amor.
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En la constitución del hogar cristiano resalta en primer lugar la autoridad del padre.
Es el principio de vida de las generaciones humanas, el representante de la autoridad de Dios, la fuerza, la inteligencia de la sociedad doméstica.
En el hogar que modeló el mismo Dios, José era el jefe, la cabeza de la familia; él era la autoridad a quien el mismo Dios comunica sus mandatos; él alimentó y protegió a su Esposa y al Niño; él los sostuvo y defendió en las luchas y persecuciones.
Tales son los deberes del padre en la sociedad familiar.
A toda soberanía incumbe un deber; a la soberanía incumbe un gobierno recto y prudente; a la autoridad un mandato justo y ordenado; a la paternidad una educación laboriosa y continua.
Siendo la inteligencia la fuerza de la familia, al padre corresponde sostenerla, dirigirla, defenderla.
Dirigirla con las luces de la sabiduría y el buen ejemplo; defenderla con su autoridad, poder y religiosidad.
Debe vivir en la familia y para la familia; evitar los vicios que destruyen la vida de la sociedad doméstica: el juego, el abandono, el descuido de la casa y de los bienes, la ociosidad, etc.
El padre representa el poder de Dios en la creación, dice San Juan Crisóstomo; y así como Dios no abandona el mundo después de crearlo, el padre no debe contentarse con dar la vida a sus hijos; después de la vida natural debe darles la vida espiritual, educándolos, defendiéndolos, alimentándolos.
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Para cumplir con estos deberes le ha dado una auxiliadora, una esposa fiel, una compañera en el hogar. Ella es el segundo elemento en la familia.
Ella es esposa y lazo de unión entre el padre y los hijos. Participa de la misma autoridad del padre con respecto a los hijos y está sujeta a su esposo.
Compañera del hombre, no es su esclava; goza de derechos en el seno de la sociedad doméstica; está sujeta a deberes en el sostenimiento y educación de los hijos.
Ella es, en una palabra, el amor, el corazón de la familia.
Modelo de esposa cristiana es la Virgen María. Trabaja con sus propias manos para el sostenimiento de su Esposo y del Niño Jesús; los cuidados del divino Niño forman todo el encanto de su vida oculta y sencilla; forma las delicias de su Esposo y del Hijo divino.
Esos son los grandes deberes de la mujer en la familia cristiana. Fidelidad a su esposo, obediencia en las cosas que no se opongan a la voluntad de Dios; auxilio y dirección de la casa y hacienda; amor y dulzura, dirección suave y prudente.
Educar a sus hijos s su gran misión, su gran deber.
No sólo el desarrollo físico sino la educación moral. La madre es la primera maestra. Ella alimenta la vida física de sus hijos con su propia vida; la vida intelectual con sus primeras enseñanzas; la vida moral con las primeras nociones de bondad, de virtud.
Y la vida física, intelectual y moral constituyen toda la vida humana.
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Los deberes de los hijos para con los padres radican en la misma naturaleza, porque debiéndoles a ellos, después de Dios, el ser, la vida y la educación, han de rendirles homenajes de amor, respeto y obediencia.
Amor por ser los padres principio de su existencia; respeto por ser superiores en dignidad; obediencia por ser representantes de la autoridad misma de Dios en la tierra.
Así manda la Escritura obedecer a los padres; manda honrarlos en uno de los preceptos del decálogo.
En Nazaret Jesús obedece, está sometido a sus padres en todo. Quiso enseñar a los hijos esa virtud que es la base del orden y la armonía en la familia.
Por lo tanto los hijos deben obedecer con prontitud y fidelidad; en sus ocupaciones, en sus estudios, en los deberes de su profesión, en las prácticas de la religión y piedad deben seguir las enseñanzas de sus padres, sus buenos ejemplos; en el trato con sus semejantes deben seguir la práctica y los consejos de sus mayores.
Sólo así tendrán alegría y paz y la satisfacción de haber cumplido con el deber sagrado que exigen la naturaleza y la religión.
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Hemos visto cuál es la constitución de la familia cristiana. Veamos ahora cuál es, en estos tiempos revolucionarios, su crisis, su desolación y los peligros que la amenazan.
Los tiempos presentes son de una perversidad moral que causa espanto.
Podemos repetir la frase bíblica: Miró, pues, Dios la tierra, y he aquí que estaba depravada, porque toda carne había corrompido su camino sobre la tierra (Gen., VI, 12).
Los grandes centros de población se hallan tan corrompidos o acaso más que Babilonia, Corinto y Roma bíblicas.
Y en los mismos pueblos pequeños, se van aminorando los valores por la facilidad de comunicaciones que los pone en contacto con el resto del mundo.
La inmoralidad es un verdadero cáncer social, que el mismo progreso y refinamiento de la vida moderna ha venido a agravar.
La inmoralidad reina en los espectáculos, en los cines, teatros, modas, diversiones, bailes, paseos, cabarets, discotecas, playas de baño, donde se pasea la desnudez y donde se exhiben todas las formas de pasión.
Este problema de la corrupción es un problema universal, porque la inmoralidad es una tromba devastadora que lleva al abismo a las sociedades, corrompe a la juventud, extingue las fuentes mismas de la vida y amenaza a los cimientos del orden social.
La fiebre del placer se ha hecho como la segunda naturaleza de esta moderna sociedad; ella ha entrado en el período de descomposición.
Estas consecuencias se dejan sentir en la familia.
La familia está en crisis y es una crisis honda y aterradora.
Ha desaparecido de la familia aquella vida tradicional de nuestros antepasados; hoy se ha convertido en un hotel donde sólo se va a comer y dormir. Es un montón de ruinas destruido o asaltado por el materialismo, por el socialismo y la impiedad.
La corrupción es uno de sus enemigos más formidables. Ella hace decrecer el número de los hogares, de los hijos, lleva al amor libre, trae las nefandas leyes del divorcio, del matrimonio civil, que llevan a la poligamia sucesiva; unión sin Dios, unión sin amor; madres sin hijos; hogares desolados, ruinas sin cuento.
La misma vida moderna arroja a los esposos y a los hijos del santuario del hogar a la calle, a los centros de diversión…
Las prácticas cristianas se han desterrado de la familia; ya no es Jesús el que preside las bodas como en Cana; es la pasión.
El hombre ha cerrado las puertas del Cielo y sólo mira los goces materiales.
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Podemos pues, contemplar la gran desolación y miseria de la familia actual.
Las mujeres huyen del matrimonio, prefieren la unión libre, sin ninguna ley moral, sin ningún freno, sin más ley que su capricho, su pasión.
El vicio, la inmoralidad ambiente va acrecentando el número de los “sin hogar”, dignas parejas o yuntas de los “sin patria”.
Pero el vicio no sólo lleva la desolación a los hogares; también los deja anémicos. Porque malgastando el hombre su vida en los desórdenes, en los vicios, en la lujuria, ¿qué fuerzas podrá trasmitir a sus hijos? ¿Qué vigor, qué savia de vitalidad va a dar, si él la ha dejado toda en el lodazal del sensualismo?
Y esas pobres criaturas son remedos de vida, y muchas veces tienen que maldecir a sus padres que les trasmitieron la muerte en lugar de la vida; porque el vicio envenenó su sangre y mató las energías de su vida.
Y si a esto añadimos la educación superficial, el reinado del alcoholismo, la molicie, las excitaciones al placer, el lujo, las novelas eróticas, las películas de cine, internet y tantos otros factores de corrupción, tendremos el cuadro completo de la desolación de los hogares modernos.
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Otros peligros amenazan la familia moderna, y uno de ellos es de la insuficiencia e incluso la carencia de la natalidad.
Este es el hecho, un hecho evidente y claro, que confirman las estadísticas: el reinado de la inmoralidad, las leyes del divorcio han traído la disminución de la natalidad.
Tenemos más ataúdes que cunas, decía Adolphe Pinard, el célebre médico francés.
La causa de este fenómeno se debe al divorcio, al control de la natalidad y al aborto.
Otras amenazas son el divorcio y el amor libre.
Las estadísticas demuestran que el divorcio lleva a la inmoralidad, a la disminución de la natalidad, al aumento de la criminalidad
El amor libre conduce a los hijos ilegítimos y al paganismo en las costumbres.
Es ley de la historia que la vida y grandeza de un pueblo depende del número de sus habitantes y de la moralidad de las costumbres. Cuando un pueblo es insuficiente para ocupar y defender su territorio, no tarda otro en apoderarse de él. Esta es ley de la historia y no hace más que repetirse.
La causa de estos males hay que buscarla en la falta de religión, en el egoísmo, en el abandono de las costumbres familiares, en el progreso alarmante de la inmoralidad, en los avances del feminismo moderno, en esa nefanda literatura anti-concepcionista que pone al alcance de todos los procedimientos y teorías maltusianas, literatura de burdel corruptora de almas, asesina de la humanidad.
Así deben desaparecer de la escena del mundo los pueblos que han hecho trizas las leyes fundamentales de la vida…
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Para paliar estos hondos males que lamentamos en la familia, debemos señalar algunos remedios morales.
1º) Vida de fe.
La fe nos revela un mundo desconocido, nos llena de un santo temor y amor de Dios.
La fe, que nos muestra a Dios en todas partes, envuelve al hombre en una atmósfera sobrenatural, le lleva a Dios a rogarle, a alabarle, a temer sus justos juicios y castigos.
La fe nos hace conocer a Cristo, y en su conocimiento está la vida eterna.
La fe llevará a Cristo a nuestra vida, a nuestros hogares, como lo llevaron los esposos de Cana. Y cuando Cristo reina en el hogar, reina también la paz, la pureza, la armonía.
Pero cuando desaparece la fe, viene el materialismo, la vida pagana y todas sus consecuencias, que ya hemos considerado.
2º) Prácticas de piedad.
No basta creer; es necesario practicar.
La vida cristiana es vida de oración, de plegarias, de prácticas piadosas.
Es necesario llevar a los hogares esas prácticas cristianas olvidadas y que pueden restituir la pureza a las familias.
El cumplimiento de los deberes religiosos; la santificación del Domingo; el Santo Rosario en familia; la devoción a María Santísima; las oraciones de la mañana y de la noche, etc.
Estas prácticas avivarán la piedad y formarán la vida cristiana tan necesaria en las familias.
3º) Huir de los peligros.
La vida cristiana es santificadora, todo tiende en ella a purificar los corazones y preservarlos del pecado.
El Apóstol San Pablo nos describe cómo debe estar revestida nuestra vida de buenas obras: “Todo lo que es conforme a la verdad, todo lo que respira pureza, todo lo que es justo, todo lo que es santo, todo lo que os haga amables, todo lo que sirva al buen nombre, toda virtud, toda disciplina loable: esto sea vuestro estudio.” (Phil., IV, 8.)
Y nada caracteriza mejor al discípulo de Cristo que la huida del mundo en el cual reina esa triple concupiscencia de que habla San Juan.
La vida pagana consiste en seguir las máximas del mundo, las diversiones, las voluptuosidades y glotonerías, las embriagueces y lujurias.
Mas la vida cristiana consiste en el servicio de Dios; consiste en sacrificar las pasiones con sus vicios y concupiscencias para seguir a Cristo.
Por eso el verdadero cristiano mortifica sus pasiones, emplea su vida en obras buenas, de caridad, de compasión, de limosna, de celo, de apostolado, etc.
Si lamentamos la vida pagana sin Dios, sin Religión, sin Cristo, santifiquemos nosotros el hogar y que reinen en él Jesús, María y José; que reinen como en un trono en nuestros corazones y en nuestros hogares.

